jueves, 10 de abril de 2025

DOMINGO DE RAMOS – PASIÓN DEL SEÑOR – Ciclo C (Profundizar)

SEMANA SANTA
DOMINGO DE RAMOS – PASIÓN DEL SEÑOR Ciclo C (Lucas 22,14 - 23,56) – abril 13, 2025 
Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11

 


Después de una larga Cuaresma, comienza la Semana Santa, con la entrada de Jesús a la ciudad de Jerusalén, para celebrar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, que son los acontecimientos centrales de nuestra fe cristiana.

a.  Entrada del Señor a Jerusalén, según san Lucas 19, 28-40
     “Bendito el que viene en el nombre del Señor” … (leer en texto en: https://tinyurl.com/Entrada-Jerusalen25 )

b.  Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 22,14 - 23,56

Llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: "Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios". Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: "Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios"…

(continuar leyendo en: https://tinyurl.com/DR-Pasion2025) 

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia 

Esta Semana Santa, pongamos la mirada en Jesús; no como quien admira una película, sino como quien contempla para encontrar, para mirar la propia vida a través de los acontecimientos de los que hacemos memorial.

Jesús elige subir a Jerusalén, no escapa del conflicto ni del riesgo que contiene ser firme y fiel, a lo que Dios quiere que Él sea. 

La gente clama y alaba la llegada de Jesús porque espera; creen porque han visto y le han contado; esperan que el hombre que llega les sane, les libere, les rescate de todo aquello que les aqueja. Frágil expectación que se verá probada. Muchos "soltarán la palma" y algunos la sostendrán para siempre, al grado de vivir el martirio. 

¿Qué te dice este momento, al momento de tu vida que estás viviendo? 

¿Qué te propone Jesús?

¿Soltaste "la palma" o la tienes firme en tu mano? 

#FelizDomingo

Y salió Pedro de allí y lloró amargamente” 

“En el Evangelio de Lucas leemos lo siguiente: ‘Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!». Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro... Y Pedro, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente”.

Yo he tenido unas relaciones bastante buenas con el Señor. Le pedía cosas, conversaba con El, cantaba sus alabanzas, le daba gracias... Pero siempre tuve la incómoda sensación de que El deseaba que le mirara a los ojos..., cosa que yo no hacía. Yo le hablaba, pero desviaba la mirada cuando sentía que Él me estaba mirando. Yo miraba siempre a otra parte. Y sabía por qué: tenía miedo. Pensaba que en sus ojos iba a encontrar una mirada de reproche por algún pecado del que no me hubiera arrepentido. Pensaba que en sus ojos iba a descubrir una exigencia; que había algo que El deseaba de mí. Al fin, un día, reuní el suficiente valor y miré. No había en sus ojos reproche ni exigencia. Sus ojos se limitaban a decir: «Te quiero». Me quedé mirando fijamente durante largo tiempo. Y allí seguía el mismo mensaje: «Te quiero». Y, al igual que Pedro, salí fuera y lloré”.

Esta reflexión que nos presenta el famoso jesuita Anthony de Mello nos invita a fijarnos en dos versículos de la pasión del Señor Jesucristo según san Lucas, que la Iglesia nos propone para el domingo de Ramos este año. Seguramente, más de una vez hemos vivido momentos como los que se describen aquí y hemos sentido la mirada del Señor que no reclama, ni pide nada... sólo nos expresa su amor incondicional. La pasión del Señor nos muestra el amor que llega hasta el extremo. No es un amor que echa en cara el sufrimiento padecido. No es un amor condicionado a nuestra respuesta. El amor con el que Jesús nos ama en su pasión es incondicional, y deja siempre abierta la invitación a trabajar con él y como él, para que no haya crucificados en este mundo. Pero es una invitación libre para personas libres, y no una imposición.

El jesuita chileno, Jorge Costadoat, S.J., envió hace un tiempo una reflexión que tituló ¿Mucha sangre y poco Cristo? En ella hace algunos comentarios sobre la película de Mel Gibson, La Pasión de Jesucristo. Afirma que “hasta el año 1.000 aproximadamente, predominó en la Iglesia la teología de los padres griegos que subrayaba la importancia del don de Dios mismo en Cristo crucificado. Para colaborar en su salvación, los hombres debían creer que, al entregarse Dios en la cruz por ellos, los amaba y salvaba libre y gratuitamente. Pero desde san Anselmo en adelante, la teología latina giró en contrario: la salvación Dios la otorga gracias a la satisfacción que Cristo crucificado le ofrece en representación de quienes no pueden, siendo pecadores, reparar la ofensa de su honor divino. En lo sucesivo se desarrollaron teologías que, llevando al extremo la importancia de la entrega del hombre Jesús, terminaron por menoscabar la gratuidad del sacrificio y de la salvación cristiana”.

Tal vez hemos menoscabado la gratuidad del amor de Dios manifestado en Jesús. Por eso, cuando el Señor nos mira, sentimos su reclamo por nuestras negaciones y traiciones. Sin embargo, lo único que dicen sus ojos es lo que vio Pedro en ellos: «Te quiero».

 

CON LOS CRUCIFICADOS 

El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen del Crucificado, y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria en el mundo entero.

Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.

Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños de Calcuta, sufre con los asesinados y torturados de Iraq, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Solo sabemos que Dios sufre con nosotros. No estamos solos.

Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no recuperamos una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no vemos marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?

¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?

El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los que sufren. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado» no basta celebrar la Semana Santa; es necesario además acercarnos más a los crucificados, semana tras semana.

 

POR SER FIEL A SÍ MISMO LO MATARON 

La liturgia de este domingo es desconcertante. Empieza celebrando la entrada “triunfal”, y termina con la muerte. Es difícil armonizar estos dos aspectos de la vida de Jesús. Podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue derrota. Los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de su actividad. La muerte se considera como la meta de su vida.

Jesús fracasó estrepitosamente porque la salvación que él ofreció no coincidía con la que esperaban los judíos. Jesús pretendió llevarlos a la plenitud. Ellos solo querían defender sus intereses. Lo que Dios quiere de cada uno es también la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser, pero nosotros solo queremos que Él se ponga al servicio de nuestro ego.

El fracaso humano de Jesús nos invita a reflexionar sobre el sentido de las limitaciones humanas. Si nuestro objetivo es evitar el dolor y buscar el máximo placer, nunca podremos aceptar el mensaje de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no lo libró del dolor ni de la muerte. ¿Cómo podemos interpretar este aparente abandono de Jesús?

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Peor aún si la consideramos condición para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad humana. La muerte de Jesús no fue un accidente; fue la consecuencia de su vida. Viviendo como vivió, era lógico que lo eliminaran.

Dios no está solamente en la resurrección, está también en la muerte. Es una lección que no acabamos de aprender. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a castigo de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo sobre todo en el dolor y la limitación.

Los primeros seguidores de Jesús, todos judíos, no tenían otro medio de explicar la muerte de Jesús. Nadie pudo prever lo que pasó en Jesús, porque rompió todos los moldes y lo que vivió y predicó no podía adivinarlo nadie trescientos o quinientos años antes de que sucediera. Aludir a la inspiración divina demuestra no tener idea de lo que significa la Escritura.

La pasión de Lucas tiene una clara tendencia catequética. Aunque utiliza la narración de Marcos, le da un toque de humanización muy significativo. Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. El mismo Jesús se relaciona con algunos con comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando.

Lo importante no es la muerte física de Jesús ni los sufrimientos que padeció. Miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de Jesús en ese trance fue su actitud inquebrantable de vivir hasta sus últimas consecuencias lo que predicó.

Ni siquiera sabemos quién le mató, mucho menos podemos saber por qué lo mataron. Su muerte fue la consecuencia del rechazo por parte de los jefes religiosos. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Eran gente religiosa que pretendían ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida de manera absoluta y exclusiva en la Ley.

Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir a pesar de que eso le acarrearía la muerte. Esa fidelidad a sí mismo es la clave de su muerte.

Seguramente la pasión fue el primer relato sobre Jesús que se redactó por escrito. A pesar de ello no podemos estar seguros de que lo que nos cuentan corresponda a sucesos reales. Los que más probabilidades tienen de ser inventados son los que cumplen a profecías del AT. Algunos han constatado más de 300. Veamos algunas fácilmente identificables:

  • Zacarías 9:9 “Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y montado sobre un asno, sobre la cría de un asna”.
  • Salmo 41:10 “Hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba, el que comió mi pan, se puso contra mí”.
  • Zacarías 11:12 “Yo les dije: «Si les parece bien, páguenme mi salario; y si no, déjenlo». Ellos pesaron mi salario: treinta siclos de plata.”
  • Zacarías 11:13 “Pero el Señor me dijo: Echa al Tesoro ese precio en que he sido valuado por ellos. Tomé los treinta siclos de plata y los eché en el Tesoro de la Casa del Señor”.
  • Isaías 53:7 “Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca”.
  • Isaías 53:4-5 “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”.
  • Isaías 53:12 “Fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”.
  • Salmo 22:16 “Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horadaron mis manos y mis pies”.
  • Salmo 22:6-8 “Mas yo soy gusano, y no hombre; Oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. 7. Todos los que me ven me escarnecen; Estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: 8. Se encomendó al Señor; líbrele él; Sálvele, puesto que en él se complacía”.
  • Salmo 69:21 “Me pusieron además hiel por comida, Y en mi sed me dieron a beber vinagre”.
  • Zacarías 12:10 “Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito”.
  • Salmo 22:18 “Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes”.
  • Salmo 34:20 “El guarda todos sus huesos; Ni uno de ellos será quebrantado”.
  • Isaías 53:9 “Lo enterraron con los malhechores, lo sepultaron con los malvados aunque no cometió ningún crimen ni hubo engaño en su boca”.

 


jueves, 3 de abril de 2025

V DOMINGO DE CUARESMA – C (Reflexión)

 V DOMINGO DE CUARESMA Ciclo C (Juan 8, 1-11) – abril 6, 2025 
Isaías 43, 16-21; Salmo 125; Filipenses 3, 7-14



En esta quinta semana de Cuaresma, la liturgia nos recuerda cómo es Dios, lo misericordioso que con nosotros, y como siempre nos da una oportunidad para estar cerca y permanecer con Él…

Evangelio según san Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?".

Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: ''Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra". Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.
Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: "Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?".
Ella le contestó: "Nadie, Señor". Y Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar".

Reflexión:

¿Estoy libre de pecado?

La historia de salvación que narra la Biblia, nos ayuda a comprender, que sigue siendo válida para nuestra propia salvación; esta Cuaresma, nos ha vuelto a dar otra oportunidad para reconocer que fallamos, nos equivocamos y pecamos, eligiendo aquello que nos aleja de estar con Dios, al no reconocerlo en los demás y en la creación.

Cada vez que, me doy cuenta de que voy por el camino equivocado, y decido volver a la senda del bien, del amor, de la vida, de Dios, es como “salir del desierto, para ir por caminos nuevos, por donde hay ríos de agua que nos refresca… y juntos, con toda la creación, reconocer que Él es fuente de vida…” (cfr. Is 43, 16-21).

Así también, el Salmo de hoy nos recuerda que volver a Dios, al Señor, es como “cambian los ríos la suerte del desierto, cambia también ahora nuestra suerte” (Sal 125)… Profetas y salmistas nos lo recuerdan a cada uno, que el amor de Dios por nosotros, es lo que nos salva de no tener una vida que valga la pena vivir, pero, tenemos que tomar conciencia de ello; lo cual no es fácil si “ando por caminos” distantes de Él.

Sin embargo, al escuchar y aceptar lo dice Pablo en la segunda lectura , “nada vale la pena en comparación con el bien supremo”, que es “estar unido a él”, “conocer a Cristo” y “tener fe en él”, entonces, el contemplar (mirar, escuchar y sentir) a Jesús en el evangelio (Fil 3, 7-14) me hace recapacitar, para darme cuenta de quién soy, cómo soy y en que camino ando:

·     ¿Tratando de autoengañarme, de ser “bueno”, como los escribas y fariseos?

·      ¿Expongo a otros (as), con mentiras a medias, para esconderme de mis fallos?

… Jesús me da tiempo, al ponerse a escribir en el suelo, para que reflexione sobre mí mismo:

·     Si estoy libre de pecado alguno, para sentirme “mejor que los demás”

·     Que reconozca mis faltas y me retire, sin acusar a nadie de sus fallas

·     Darme cuenta de que Jesús no me acusa de nada, sino que, simplemente …

me dice, como a la mujer (y a escribas y fariseos, que se fueron, muy calladitos):

"Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar".

Así es Él: “tierno y compasivo; es paciente y todo amor” (Sal 103,8)… nos toca a cada uno, reconocer, arrepentirnos, corregir el camino y volver a Él, que nos ama y vino a salvarnos.

¿A quién podría yo acusar, siendo un pecador?... ¿Qué faltas tengo que enmendar?... ¿A quién tengo que perdonar sus faltas, como Jesús perdona las mías?...

 

Alfredo Aguilar Pelayo  
#RecursosParaVivirMejor 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP

Para profundizar: https://tinyurl.com/BN-5DC-250406

V DOMINGO DE CUARESMA – C (Profundizar)

 V DOMINGO DE CUARESMA Ciclo C (Juan 8, 1-11) – abril 6, 2025 
Isaías 43, 16-21; Salmo 125; Filipenses 3, 7-14

 

Evangelio según san Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?".

Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: ''Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra". Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.
Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: "Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?".
Ella le contestó: "Nadie, Señor". Y Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar".
 

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia 

 "Yo voy a realizar algo nuevo. Ya está brotando. ¿No lo notan?"

"Olvido lo que he dejado atrás y me lanzo hacia adelante." "Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar."

Este domingo de Cuaresma se nos propone el horizonte de la esperanza, que brota de la conversión. Es un horizonte capaz de buscar y reconocer lo nuevo, de levantarse y ponerse en marcha, de reconocer que Jesús es defensor y no acusador; sabiendo Él de nuestra miseria, nos defiende y nos reincorpora, nos llama a no volver a pecar más.

El dinamismo cristiano de la Cuaresma no termina en reconocer nuestra miseria, fragilidad y pecado, y mucho menos en llenarnos de terror hacia Dios; el dinamismo cristiano de reconciliación nos provee de una nueva actitud, que reconoce con verdad y exclama con gratitud: "Grandes cosas has hecho por mí, Señor". Pues quien se sabe rescatado, librado, vive agradecido y quiere no volver a pecar más.

#FelizDomingo

“Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra” 

Cuentan que una vez un sacerdote con cierta experiencia pastoral se iba de paseo un fin de semana y encargó todos los detalles al joven vicario parroquial: “–Tenga en cuenta que el sábado hay dos misas; la de seis y la de siete en la que habrá un matrimonio. El domingo recuerde tocar las campanas, aunque los vecinos se quejen. No se olvide de la misa de niños a las once. Por la tarde, deje las limosnas sobre el escritorio...” Y así, el párroco se fue tranquilo a su paseo.

Al regresar, el lunes por la tarde, recibió un completo informe de lo sucedido el fin de semana. Aparentemente, no hubo nada raro. Pero llegando al final del relato, el joven vicario dijo: “–¡Ah, se me olvidaba comentarle! Resulta que el sábado vino mucha gente al matrimonio. Llegó más gente que a la misa de las seis”. “–Hasta ahí, nada raro”, replicó el párroco. El vicario continuó: “–Pues resulta que vino una señora evangélica. Todo el mundo sabe que ella es evangélica; yo mismo la he visto entrar en un templo que hay cerca de aquí. Es muy amiga de la novia y por eso estaba allí”. “–Hasta ahí, nada raro”, continuó el párroco, ya un poco molesto por los rodeos. “–Pues lo raro fue que en el momento de la comunión la señora se puso en la fila y yo no sabía qué hacer. Mientras iba repartiendo la comunión a los fieles, me iba preguntando interiormente: ¿qué hago, Señor? ¡Ilumíname! Cuando llegó frente a mí, lo único que se me ocurrió preguntarme fue: ¿Qué hubiera hecho Jesús en un caso como este?” Entonces, el párroco, casi gritando, dijo: “¡No me diga que hizo eso! Hoy mismo hablaré con el obispo para que lo sancione por lo que ha hecho. Habrá una ceremonia de desagravio en la que estén presentes los feligreses de la parroquia”.

No sé qué final le ha puesto cada uno de los lectores a esta historia. Propiamente, la historia no cuenta lo que hizo el vicario. Lo único que deja claro es que lo que pensó el joven sacerdote que hubiera hecho Jesús, escandalizó al párroco. Pero ni siquiera éste supo qué hizo el vicario. Se supone que hizo lo que Jesús hubiera hecho en un caso similar. No conozco una mejor forma de explicar lo que es el discernimiento espiritual. La gente se imagina que el discernimiento es una técnica determinada para buscar la voluntad de Dios. Desde luego, hay técnicas que nos pueden ayudar a adelantar un proceso de discernimiento personal o comunitario. Pero, estrictamente hablando, estas técnicas no son el discernimiento. Por eso, prefiero decir que el discernimiento espiritual es una forma de vida que, sin mayores complicaciones, se hace cada día y ante cada situación particular y cotidiana, la pregunta del vicario parroquial: ¿Qué hubiera hecho Jesús en un caso como este? Y no sólo se hace la pregunta, sino que acierta en la respuesta y la realiza sin titubeos. Si nos hemos impregnado de la manera de obrar de Jesús, no debería ser tan complicado saber cómo obraría él en una determinada situación. Lo complicado, normalmente, no es saber qué haría el Señor. Lo difícil es hacerlo... Sobre todo, porque las consecuencias para la propia vida son impredecibles, como fue impredecible la reacción del párroco de la historia, que se escandalizó, no de lo que hizo el vicario, sino de lo que él mismo pensó que hubiera hecho Jesús ante una situación como esa...

La escena que nos presenta el evangelio de san Juan este domingo también debió escandalizar a más de uno en su momento. Incluso hoy, no faltará quien piense que Jesús se pasó de bueno, porque una cosa es tener misericordia y otra dejar pasar estos pecados tan monumentales sin una sanción ejemplar para todos los creyentes. Jesús no condena a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. Una persona sensata, con criterios morales, no habría tenido la menor duda de que a esta mujer había que apedrearla, como lo mandaba la ley de Moisés. Pero Jesús no dejará nunca de sorprendernos con su bendita forma de pensar y sobre todo con su más bendita forma de actuar. Lo primero es salvar a la persona humana... a cada ser humano en particular. Y este es el criterio fundamental para discernir su voluntad hoy. Ese fue el criterio del vicario de la historia, y ese debería ser el criterio que nos guíe hoy en nuestros propios discernimientos.

AMIGO DE LA MUJER

José Antonio Pagola

Sorprende ver a Jesús rodeado de tantas mujeres: amigas entrañables como María Magdalena o las hermanas Marta y María de Betania. Seguidoras fieles como Salomé, madre de una familia de pescadores. Mujeres enfermas, prostitutas de aldea... De ningún profeta se dice algo parecido.

¿Qué encontraban en él las mujeres?, ¿por qué las atraía tanto? La respuesta que ofrecen los relatos evangélicos es clara. Jesús las mira con ojos diferentes. Las trata con una ternura desconocida, defiende su dignidad, las acoge como discípulas. Nadie las había tratado así.

La gente las veía como fuente de impureza ritual. Rompiendo tabúes y prejuicios, Jesús se acerca a ellas sin temor alguno, las acepta en su mesa y hasta se deja acariciar por una prostituta agradecida.

La sociedad las consideraba como ocasión y fuente de pecado; desde niños se les advertía a los varones para no caer en sus artes de seducción. Jesús, sin embargo, pone el acento en la responsabilidad de los varones: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón».

Se entiende su reacción cuando le presentan a una mujer sorprendida en adulterio, con intención de lapidarla. Nadie habla del varón. Es lo que ocurría siempre en aquella sociedad machista. Se condena a la mujer porque ha deshonrado a la familia y se disculpa con facilidad al varón.

Jesús no soporta esta hipocresía social construida por el dominio de los varones. Con sencillez y valentía admirables, pone verdad, justicia y compasión: «El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra». Los acusadores se retiran avergonzados. Saben que ellos son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad.

Jesús se dirige a aquella mujer humillada con ternura y respeto: «Tampoco yo te condeno». Vete, sigue caminando en tu vida y, «en adelante, no peques más». Jesús confía en ella, le desea lo mejor y le anima a no pecar. Pero de sus labios no saldrá condena alguna.

¿Quién nos enseñará a mirar hoy a la mujer con los ojos de Jesús?, ¿quién introducirá en la Iglesia y en la sociedad la verdad, la justicia y la defensa de la mujer al estilo de Jesús?

 

DIOS NO JUZGA, JESÚS NO CONDENA 

El texto está en un contexto artificial. No se encuentra en ningún otro evangelista y ha sido añadido al evangelio de Juan. No aparece en los textos griegos más antiguos. Es un relato muy antiguo y su mensaje está de acuerdo con los evangelios, incluido el de Juan.

En el relato, se destaca el “fariseísmo” de los acusadores. El texto dice que le estaban tendiendo una trampa. En efecto, si Jesús consentía en apedrearla, perdería su fama de bondad e iría contra el poder civil, que había retirado al Sanedrín la facultad de ejecutar a nadie. Si decía que no, se declaraba en contra de la Ley, que lo prescribía expresamente.

Si los pescaron “in fraganti”, ¿dónde estaba el hombre? (La Ley mandaba apedrear a ambos). Se consideraba adulterio la relación de un hombre con una mujer casada, no con una soltera. Se trataba de un pecado contra la propiedad, porque la mujer se consideraba propiedad del marido. Llevamos dos milenios tergiversando los textos con naturalidad.

Aparentemente Jesús está dispuesto a que se cumpla la Ley, pero pone una simple condición: que tire la primera piedra el que no tenga pecado. El tirar la primera piedra era obligación o “privilegio” del testigo. Tirar la primera piedra era responsabilizarse de la ejecución. Aquellos hombres acusaban, pero no se hacían responsables de la muerte.

Jesús perdona a la mujer antes de que se lo pida; no exige ninguna condición. No es el arrepentimiento ni la penitencia lo que consigue el perdón. Es el amor incondicional, lo que debe llevar a la adúltera al cambio de vida. El “perdón” de Dios es lo primero. Cambiar de perspectiva será la consecuencia de haber tomado conciencia de que Dios es Amor.

Sigue habiendo “cristianos” que ponen el cumplimiento de la “Ley” por encima de las personas. La base y fundamento del mensaje de Jesús es precisamente que, para el valor primero es la persona de carne y hueso, no la institución ni la “Ley”. El Padre estará siempre con los brazos abiertos para el hermano menor y para el mayor.

La cercanía que manifestó Jesús hacia los pecadores, no podía ser comprendida por los jefes religiosos de su tiempo porque se habían hecho un Dios justiciero y distante. Para ellos el cumplimiento de la Ley era el valor supremo. Jesús nos dice que la persona es el valor supremo y no puede ser utilizada como medio para conseguir nada.

El miedo es la consecuencia de la inseguridad. Cuando buscamos seguridades, tenemos asegurado el miedo. El miedo paraliza nuestra vida espiritual. El descubrimiento del verdadero Dios tiene que ser siempre liberador. La mejor prueba de que nos relacionamos con un ídolo, y no con el verdadero Dios, es que nuestra religiosidad produce miedos.

La “buena noticia” consiste en que el amor de Dios es incondicional, no depende de nada ni de nadie. Dios no es un ser que ama sino el amor. Su esencia es amor y no puede dejar de amar sin destruirse. ¿Quién es el bueno y quién es el malo? ¿Puedo yo dar respuesta a esta pregunta? ¿Quién puede sentirse capacitado para acusar a otro? Solo el fariseísmo.

Jesús está ya identificado con el Padre y unifica los tres. Tanto el hermano menor (adúltera) como el mayor (fariseos) tienen que ser superados. Una vez más descubrimos que el menor está dispuesto a cambiar con más facilidad que el mayor.


jueves, 27 de marzo de 2025

IV DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo C (Reflexión)

 IV DOMINGO DE CUARESMA Ciclo C (Lucas 15,1-3.11-32) – marzo 33, 2025 
Josué 5, 9a. 10-12; Salmo 33; Corintios 5, 17-21



La liturgia del Cuarto Domingo de Cuaresma, nos presenta en la Palabra, como es nuestro Padre Dios y Señor, lo único que desea para nosotros, es nuestro bien, lo cual tendríamos que reconocer y agradecer…

Evangelio según san Lucas 15,1-3.11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publícanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”.

Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad.

Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’. Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre.

Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’. Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ ”.

Reflexión:

¿Con quién me identifico?

La alianza que Dios ha hecho con su pueblo, que hoy somos nosotros, es para nuestro bien: nos libra de lo que nos oprime, quita libertad y nos da todo lo necesario para poder vivir, a través de los frutos que da la tierra (la creación). Por lo cual, como dice el salmo (33) de hoy, “tendríamos que agradecerlo y sentirnos orgullosos de nuestro Padre”.

Sin embargo, parece que nos gusta ir por el camino difícil, el equivocado, por el que me aparta de del bien que Él desea para nosotros.  Así somos, nos equivocamos, pecamos. Afortunadamente, nuestro Padre Bueno, nos da la libertad de elección; y si me equivoco, nos da la gran oportunidad de volver a Él, para reconciliarnos; Él, en Jesús, se ha ofrecido precisamente, para que “recibamos la salvación y nos volvamos justos y santos” (Cor 5, 17-21)

Ejemplo de lo anterior es la parábola del Evangelio (Lucas 15,1-3.11-329), donde vemos las actitudes y caminos que eligen dos hijos (podrían ser, hombres o mujeres) y el de su padre…

§  El hijo menor, el que se va (pródigo): se le hace poco lo que tiene en casa, quiere “liberarse” y hacer lo que se le antoje y le de placer, quiere desvincularse de su familia; “mata” en vida a su padre, para tener la “herencia”; lo mueve y domina, tanto la ambición como el ego; ante la realidad adversa, “decide regresar”, hace su cuaresma, reconoce “que la regó” y vuelve a su casa, con justificación en mano …

§  El hijo mayor, el que se queda (envidioso): no disfruta lo que tiene con su padre; ha tenido miedo de hacer uso de lo que posee (dones); no extrañaba al hermano, la envidia lo domina; le reclama al padre que sea bueno con su hermano…

§  El padre bueno, los deja elegir libremente, no reclama que los hijos lo traten mal, es paciente y anhela el regreso de hijo menor; solo cuenta los días del regreso del menor; a quien decide regresar a él, le hace fiesta; al que se ha quedado (amargado), le insiste pase a festejar con el hermano… Así es Papá Dios, con nosotros, … ¡nos quiere con Él! ¡está de fiesta, cuando estamos y vivimos en él!

 

Así que, nuestro tiempo de cuaresma es reconocer dónde y cómo estamos, para volver a la Casa del Padre, que es su Reino, donde a pesar de fallar, él nos espera y abraza, cunado decidamos regresar con Él.

¿Con que hijo me identifico más, para evitar sus actitudes y/o corregirlas?... ¿Qué me impide elegir lo bueno, el bien?... ¿Cómo ser como el Padre, misericordioso?...

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP 

IV DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo C (Profundizar)

 IV DOMINGO DE CUARESMA Ciclo C (Lucas 15,1-3.11-32) – marzo 30, 2025 
Josué 5, 9a. 10-12; Salmo 33; Corintios 5, 17-21

Evangelio según san Lucas 15,1-3.11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publícanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”.

Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad.

Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’. Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre.

Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’. Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ ”. 

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia 

Es el hambre la que nos hace regresar; es la misericordia la que nos hace nacer de nuevo.

El hijo menor, cree que con lo que ha exigido y recibido de su padre le basta; cree que puede irse de casa y valerse por si mismo. Mientras tiene los bolsillos llenos, no se arrepiente de nada y cree que no necesita nada; es hasta que se queda sin nada y le envuelve la humillación y el hambre, cuando por estrategia elige regresar a la casa del padre, con la conciencia que quizás ya no será hijo, sino sólo siervo. 

El hijo regresa, hambriento y descalzo, el padre no sólo lo recibe, sino que sale a su encuentro; sin castigos ni reclamos lo abraza y lleno de misericordia lo devuelve a su condición de Hijo.

Así nos suele pasar a nosotros: creemos que podemos vivir sin Dios. Mientras nuestros "bolsillos" están llenos, ni memoria de nuestro Padre tenemos. Es la necesidad, el vacío o el hambre lo que nos hace volver. Y cada vez que volvemos nos encontramos con Dios Padre, Misericordia, que nos recibe y restaura en nuestra dignidad de hijas e hijos de nuevo. 

En esta Cuaresma, repasemos las historias que nos confirman que sin Dios no podemos, y que cuando regresamos, Él no acoge y su misericordia nos hace hombres y mujeres nuevos. Es tiempo de reconocer y volver a la casa de nuestro Padre Bueno.

#FelizDomingo

Así que se puso en camino y regresó a la casa de su padre” 

Un hombre El P. Ignacio Rosero, quien murió hace algunos años en Bucaramanga, fue un jesuita pastuso que trabajó muchos años en una parroquia de Barrancabermeja; cambió el frío de San Juan de Pasto por el calor ardiente del Magdalena Medio. Un hombre con un carisma particular; sabía hablar a las multitudes y orientarlas para que pudieran tener todos un encuentro cercano con el Señor. Fui a colaborar con él varias veces durante mi formación y siempre me impactó la profundidad de sus palabras y la experiencia de Dios que transmitía en sus eucaristías. Recuerdo cómo dirigía la procesión del Via Crucis a través de una emisora de radio, sin necesidad de moverse del despacho parroquial. Conocía de tal manera el recorrido y los incidentes del camino doloroso de su pueblo barranqueño, que podía adivinar lo que iba pasando en la procesión, aunque lo que tuviera delante fuera solamente un micrófono y su escritorio revuelto de papeles.

Todos los sacerdotes, las religiosas, los religiosos, el mismo Papa y los obispos hacen cada año una semana de Ejercicios Espirituales. Muchos laicos y laicas también suelen hacer anualmente esta experiencia espiritual. Algunos los hacemos según la metodología creada por san Ignacio de Loyola; otros buscan otros métodos. Lo que se pretende, en último término, es renovar la experiencia de Dios que fundamenta la vida de fe del creyente.

Desde luego el P. Rosero también hacía sus Ejercicios Espirituales anualmente. Una vez le oí decir que había hecho la experiencia cambiando un poco el método. Se había venido para Bogotá y había ido a vivir al Colegio Mayor de san Bartolomé, en el centro de la ciudad. Dejó de celebrar la eucaristía durante ocho días, dejó la oración, el rezo del Oficio Divino y se dedicó ocho días a pasear por el centro, a caminar por los alrededores del colegio; fue a cine, visitó familias amigas... Él mismo contaba que al final de esos ocho días tenía un hambre de Dios muy grande y que pudo regresar a su parroquia en Barrancabermeja, completamente renovado y lleno de Dios. Es decir, hizo los Ejercicios Espirituales por nostalgia de Dios.

No quisiera comparar al P. Rosero con el hijo pródigo, pero sí me llama la atención que esta parábola, que cuenta Jesús a los fariseos y maestros de la ley que criticaban su cercanía a los pecadores, tiene como característica que el hijo descarriado vuelve a casa, precisamente, porque en la distancia, siente nostalgia de la vida junto a su padre: “Al fin se puso a pensar: ‘¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! Regresaré a casa de mi padre, y le diré: Padre mío, he pecado contra el Dios y contra ti; ya no merezco llamarme tu hijo; trátame como a uno de tus trabajadores’. Así que se puso en camino y regresó a la casa de su padre”.

Al llegar a la casa y escuchar la música, el hijo mayor sintió envidia y celos por la fiesta que había organizado su papá: “Pero tanto se enojó el hermano mayor, que no quería entrar, así que su padre tuvo que salir a rogarle que lo hiciera”. Volver a casa por la nostalgia de la vida junto al padre, es lo que motivó al hijo pródigo a regresar. Muchas veces también nosotros nos renovamos interiormente porque sentimos el hastío de una vida alejada de Dios. El camino que escogió el P. Rosero, ese año por lo menos, fue el mismo. No deberíamos sentir envidia de los que hacen así el camino de regreso a la casa de Dios, sino alegrarnos porque también este puede ser nuestro camino.

 

CÓMO EXPERIMENTA JESÚS A DIOS 

No quería Jesús que las gentes de Galilea sintieran a Dios como un rey, un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre increíblemente bueno. En la parábola del «padre bueno» les hizo ver cómo imaginaba él a Dios.

Dios es como un padre que no piensa en su propia herencia. Respeta las decisiones de sus hijos. No se ofende cuando uno de ellos le da por «muerto» y le pide su parte de la herencia.

Lo ve partir de casa con tristeza, pero nunca lo olvida. Aquel hijo siempre podrá volver a casa sin temor alguno. Cuando un día lo ve venir hambriento y humillado, el padre «se conmueve», pierde el control y corre al encuentro de su hijo.

Se olvida de su dignidad de «señor» de la familia, y lo abraza y besa efusivamente como una madre. Interrumpe su confesión para ahorrarle más humillaciones. Ya ha sufrido bastante. No necesita explicaciones para acogerlo como hijo. No le impone castigo alguno. No le exige un ritual de purificación. No parece sentir siquiera la necesidad de manifestarle su perdón. No hace falta. Nunca ha dejado de amarlo. Siempre ha buscado para él lo mejor.

Él mismo se preocupa de que su hijo se sienta de nuevo bien. Le regala el anillo de la casa y el mejor vestido. Ofrece una fiesta a todo el pueblo. Habrá banquete, música y baile. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta buena de la vida, no la diversión falsa que buscaba entre prostitutas paganas.

Así sentía Jesús a Dios y así lo repetiría también hoy a quienes viven lejos de él y comienzan a verse como «perdidos» en medio de la vida. Cualquier teología, predicación o catequesis que olvida esta parábola central de Jesús e impide experimentar a Dios como un Padre respetuoso y bueno, que acoge a sus hijos e hijas perdidos ofreciéndoles su perdón gratuito e incondicional, no proviene de Jesús ni transmite su Buena Noticia de Dios.

 

SOY HIJO MENOR, SOY, SOBRE TODO, HIJO MAYOR 

La parábola no va dirigida a los pecadores, sino a los fariseos. Se trata de un relato ancestral presente en muchas culturas. Son tres arquetipos del subconsciente colectivo. Es un prodigio de conocimiento psicológico. Los tres personajes nos represen­tan. Yo mismo tengo que ser el Padre que tiene que integrar y acoger todo lo que hay en él de imperfecto. Ser hijo no es vivir sometido al padre o renegando de él, sino identificarse con él.

El padre es nuestro verdadero ser, lo divino que somos y tenemos que descubrir en lo hondo de nuestro ser. No hace referencia a un Dios que nos ama desde fuera, sino a lo que hay de Dios en nosotros. Esa profunda realidad que somos está siempre esperando abrazar todo lo que hay en nosotros. Es el fuego del amor que espera fundir todo el hielo que hay en nosotros. Esa realidad fundante nunca lucha contra nada, sino que lo integra todo.

El hijo menor es nuestra naturaleza egocéntrica y narcisista que nos domina mientras no descubramos lo que somos. Es la ola que quiere independizarse del océano, porque lo considera una cárcel. Quiere ser "yo". Cree que lo que no es ella la puede aniquilar. De ahí, surge la inseguridad. Tiene que retornar a su verdadero ser, porque lo que alcanza por otro camino nunca podrá satisfacerle. Ser hijo menor es un mal trago que nunca asimilará.

El hijo mayor representa también nuestro “ego”, pero un yo que ya ha experimentado su verdadero ser; aunque no se ha identificado con él. Vive al lado de su naturaleza esencial (el Padre), pero sigue aún apegado a su naturaleza egocéntri­ca. De ahí que permanezca en la dualidad que le parte por medio. El “yo” y el “ser verdadero” aún siguen separados. El Padre que ya ha descubierto y acepta en el exterior, lo tendrá que descubrir en su interior.

El aparente buen comportamiento está motivado por el miedo a perder al Padre externo. No es ninguna virtud sino una manifestación más de su egoísmo y falta de seguridad en sí mismo. Le falta dar el último paso de desprendimiento del ego e identificarse con lo que hay de divino en él, el Padre. Todos tenemos que dejar de ser “hermano menor”, y “hermano mayor”, para convertirnos finalmente en “Padre”.

La insistencia maniquea de nuestra religión en el pecado ha hecho que nos sintamos hermano menor. Ninguno de los que vais a leer este escrito se debe sentir hermano menor.

Todos tenemos más rasgos del mayor. Nos irrita que otra persona que se ha portado mal, sea tan querida como nosotros. Rechazar al hermano es rechazar al Padre. No solo no nos identificamos con el Padre, sino que intentamos que el Padre se identifique con nosotros.

El padre espera a uno con paciencia durante mucho tiempo, sin dejar de amarle en ningún momento; pero también sale a convencer al otro de que debe entrar y debe alegrarse; demuestra así, en contra de lo que piensa y espera el hermano mayor, que su amor es idéntico para uno y para otro. El Padre espera y confía que los dos se den cuenta de su amor incondicional. Ese amor debía ser el motivo de alegría para uno y para otro.

El objetivo de la parábola es llevarnos al Padre. No se trata de imitarle. No hay por ahí fuera alguien a quien imitar. Yo tengo que convertirme en Padre. Dios necesita de mí para existir y hacerse presente entre los seres humanos. Vivir junto a Dios sin conocerlo es hacer de Él un ídolo. Lo malo de esta opción es que seguiremos creyendo que caminamos en la verdadera dirección, lo que hace mucho más difícil que podamos rectificar.

XVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

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