miércoles, 11 de marzo de 2026

IV Domingo de Cuaresma – Ciclo A – (Reflexión)

 IV Domingo de Cuaresma Ciclo A marzo 15, 2026 
1 Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a / Salmo 22 / Efesios 5, 8-14


La cuarta semana de Cuaresma, nos recuerda cómo Jesús, devuelve la vista a un ciego de nacimiento; signo de que ahora nosotros podemos recobrar la vista, para poder para que poder ver con su mirada…

Evangelio según san Juan 9, 1-41

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘Enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista.

Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No lo sé”.

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.

Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.

Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene”.

Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.

Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.

Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

Reflexión:

¿Cuáles son mis cegueras?

En la obscuridad y tinieblas, no podemos ver, es en lo oscurito, que “a veces” actuamos y hacemos el mal, para que no nos vean, ni se sepa. Necesitamos de luz para no caer, para no fallar y no pecar.

Jesús, quiere que veamos, con su mirada, la cual aprendemos, conociendo quién es Él y cuál es su proyecto salvador. Este tiempo especial de Cuaresma, nos da la oportunidad de volver nuestra mirada y atención a Jesús, quien nos ilumina con su luz para tener claridad y volver a Él.

Hay que cuidarnos de la arrogancia farisaica, para no creer que todo lo hacemos bien, ni justificar nuestras acciones, bajo el típico “así siempre ha sido, así soy yo”. Tenemos que abrir bien los ojos, dejar que Jesús nos de su luz, para poder reconocer y ver su presencia, en todo y en todos.

Mirar como Jesús, es ir más allá de lo superficial, es interiorizar y descubrir como Dios actúa en todo lo creado. Podríamos decir que, al recibir su Palabra, somos ungidos con su sabiduría y empoderados para dar testimonio de su presencia, siendo y haciendo el bien, como Él.

“Abrir los ojos”, nos hace ver nuestras ataduras, para poder liberarnos y ver el camino que nos lleva a “tener una vida que valga la pena”, que el deseo y voluntad de Dios, para todos y cada uno de nosotros.

¿Cómo ver aquello que me oprime y esclaviza?... ¿Cómo reconocer a Jesús y confiar en Él?... ¿En dónde veo, a mi alrededor, las obras de Dios?...

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

IV Domingo de Cuaresma – Ciclo A – (Profundizar)

 IV Domingo de Cuaresma Ciclo A marzo 15, 2026
1 Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a / Salmo 22 / Efesios 5, 8-14


Evangelio según san Juan 9, 1-41

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘Enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista.

Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No lo sé”.

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.

Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.

Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene”.

Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.

Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.

Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

   #Microhomilia 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Cuenta

TESTIGO DE LA VERDAD

José Antonio Pagola

Hay un rasgo que define a Jesús y configura toda su actuación: su voluntad de vivir en la verdad. Es sorprendente su decisión de vivir en la realidad, sin engañarse ni engañar a nadie. No es frecuente en la historia encontrarse con un hombre así. Jesús no solo dice la verdad. Cree en la verdad y la busca. Está convencido de que la verdad humaniza a todos.

Por eso no tolera la mentira o el encubrimiento. No soporta la tergiversación o las manipulaciones. No hay en él atisbos de disimular la verdad o de convertirla en propaganda. Su honradez con la realidad le hace libre para decir toda la verdad. Jesús se convertirá en «voz de los sin voz, y voz contra los que tienen demasiada voz» (Jon Sobrino).

Jesús va siempre al fondo de las cosas. Habla con autoridad porque habla desde la verdad. No necesita falsos autoritarismos. Habla con convicción, pero sin dogmatismos. No necesita presionar a nadie. Basta su verdad. No grita contra los ignorantes, sino contra los que falsean interesadamente la verdad para actuar de manera injusta.

Jesús invita a buscar la verdad. No habla como los fanáticos, que la imponen, ni como los funcionarios, que la «defienden» por obligación. Dice las cosas con absoluta sencillez y soberanía. Lo que dice y hace es diáfano y fácil de entender. La gente lo percibe enseguida. En contacto con Jesús, cada cual se encuentra consigo mismo y con lo mejor que hay en él. Jesús nos lleva a nuestra propia verdad.

Cuando este hombre habla de un Dios que quiere una vida digna para los más desgraciados e indefensos, se hace creíble. Su palabra no es la de un farsante interesado por su propia causa. Tampoco la de un religioso piadoso en busca de su bienestar espiritual. Es la palabra de quien trae la verdad de Dios para quienes la quieran acoger.

Según el cuarto evangelio, Jesús dice: «Yo he venido a este mundo para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Es así. Cuando reconocemos nuestra ceguera y acogemos su evangelio, comenzamos a ver la verdad.

 

JESÚS ES LUZ

Fray Marcos

El relato es simbólico, como el de la Samaritana del domingo pasado y la resurrección de Lázaro del próximo. Es un proceso catecumenal que lleva al hombre de las tinieblas a la luz; de la opresión a la libertad; de no ser nada a ser plenamente hombre.

Jesús acaba de decir: “Yo soy la luz del mundo”. Lo repite y lo va a demostrar dando la vista al ciego. Jesús no le consulta, pero no suprime su libertad; le da la oportunidad, pero la decisión queda en sus manos. Tendrá que ir a lavarse. Los demás personajes siguen en su ceguera: fariseos, apóstoles, paisanos, padres.

Al mezclar la tierra con su saliva está simbolizando la creación del hombre nuevo, compuesto por la tierra-carne y la saliva-Espíritu. De ahí la frase que sigue: le untó su barro en los ojos. El barro, modelado por el Espíritu, es el proyecto de Dios realizado ya en Jesús, y con posibilidad de realizarse en todos los seres humanos.

Aquí está la clave del relato. El ciego es ahora un “ungido”, como Jesús. El hombre carnal ha sido transformado por el Espíritu. La duda de la gente sobre la identidad del ciego refleja la novedad que produce el Espíritu. Siendo el mismo, es otro.

El hombre ciego era libre pero no lo había descubierto todavía. De ahí que el ciego utilice las mismas palabras que tantas veces, en Jn, utiliza Jesús para identificarse: "Soy yo". Esta fórmula refleja la identidad del hombre transformado por el Espíritu.

Lo que importa es que este hombre estaba limitado y carecía de toda libertad. Ahora está llena de sentido. Pierde todo miedo y comienza a ser él mismo, no solo en su interior sino ante los fariseos que le acosan.

No se había mencionado que era mendigo, incapacitado, dependiente de los demás. Jesús le hace hombre cabal. Tampoco se había mencionado que era sábado. Jesús no tiene en cuenta esa circunstancia a la hora de hacer bien al hombre.

Los fariseos no se alegran del bien del hombre. Solo les interesa la Ley y creen que a Dios tampoco le importa el hombre. Acuden a los padres para desvirtuar el hecho que no pueden negar. Los padres son gente sometida y no se atreven a hablar.

La pregunta es triple: ¿Es vuestro hijo? ¿Nació ciego? ¿Cómo recobró la vista? Responden a las dos primeras, pero a la tercera no se atreven a responder. El miedo les impide aceptar complicidad con el hecho. Podían ser expulsados de la institución.

Los fariseos quieren conseguir la lealtad del ciego aún en contra de la evidencia. Condenan a Jesús en nombre de la moral oficial y pretenden que le condene el ciego. Para ellos Dios no puede estar de parte del que no cumple la Ley. Dios no puede actuar contra el precepto ni siquiera en beneficio del hombre.

El ciego, sin miedo, opone los hechos a la teoría. Ha experimentado el amor gratuito y liberador. Él sabe ahora lo que es ser un hombre y sabe también lo que es Dios. Él ahora ve; los maestros de la Ley están ciegos. El hombre utiliza una teología admitida por todos. Dios no puede estar de parte de un pecador.

Por no negar su experiencia ni renunciar al bien que ha recibido, lo expulsan. Con su mentira han querido apagar la luz-vida. Al no conseguirlo, el hombre no puede permanecer dentro del ámbito de la muerte-tiniebla, que es la sinagoga.

Los fariseos lo expulsan, Jesús lo busca. Con su pregunta acaba la obra de iluminación. La acción de Jesús ha hecho descubrir al ciego una nueva manera de ser hombre, cuyo modelo es Jesús. Jesús le hace tomar conciencia de ello.

 

jueves, 5 de marzo de 2026

III Domingo de Cuaresma – Ciclo A – (Reflexión)

 III Domingo de Cuaresma Ciclo A marzo 8, 2026
Éxodo 17, 3-7 / Salmo 94 / Romanos 5, 1-2.5-8


En esta tercera semana de Cuaresma, vemos a Jesús ofreciendo a la samaritana del agua viva, capaz de dar vida eterna

Evangelio según san Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía.

Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: “¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”.

La mujer le respondió: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?” Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.

La mujer le dijo: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla”. Él le dijo: “Ve a llamar a tu marido y vuelve”. La mujer le contestó: “No tengo marido”. Jesús le dijo: “Tienes razón en decir: ‘No tengo marido’. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”.

La mujer le dijo: “Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dijo: “Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”.

La mujer le dijo: “Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, él nos dará razón de todo”. Jesús le dijo: “Soy yo, el que habla contigo”.

En esto llegaron los discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ‘¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?’ Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?” Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde él estaba.

Mientras tanto, sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. Él les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen”. Los discípulos comentaban entre sí: “¿Le habrá traído alguien de comer?” Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿Acaso no dicen ustedes que todavía faltan cuatro meses para la siega? Pues bien, yo les digo: Levanten los ojos y contemplen los campos, que ya están dorados para la siega. Ya el segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna. De este modo se alegran por igual el sembrador y el segador. Aquí se cumple el dicho: ‘Uno es el que siembra y otro el que cosecha’. Yo los envié a cosechar lo que no habían trabajado. Otros trabajaron y ustedes recogieron su fruto”.

Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: ‘Me dijo todo lo que he hecho’. Cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en él al oír su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el salvador del mundo”.

Reflexión:

¿Qué necesito para vivir?

En estas lecturas, podemos vernos reflejados en el pueblo judío liberado de Egipto, cuando nos sentirnos en rebeldía contra Dios, por no tener “lo necesario” en nuestra vida (según nuestros propios criterios), pero, es el Señor quien realmente sabe lo que nos conviene.

El pueblo judío, a través de Moisés, recibió el agua que calma la sed del cuerpo y la samaritana, directamente de Jesús, había recibido el agua del Espíritu de Dios, que da la Vida Eterna.

La sed de Jesús es salvarnos y darnos vida; y la nuestra, en nuestro interior, es también el deseo de tener una vida que valga la pena vivir, la cual nosotros podemos saciar, si recibimos lo que Jesús nos ofrece: su Palabra y el estilo de vida que nos hace presente el Reino del Padre, terrenal y eterno.

Al escuchar a Jesús, su Palabra y Enseñanzas, las cuales cuando la hacemos vida en nuestra vida ordinaria, nos dará el fruto de la vida. El tiempo de Cuaresma nos ayuda a reflexionar que es lo que necesitamos y aceptar lo que Jesús nos ofrece, para tener esa Vida que valga la pena.

Si recibimos lo que Jesús nos ofrece, “no siendo sordos a su voz”, seremos, como la samaritana testimonios vivos de Jesús, que nos salva.

¿Cómo ser consciente de mis fragilidades y marginaciones?... ¿De qué tengo sed en mi vida?... ¿Dónde encuentro a Jesús, para recibir su agua viva?...

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

III Domingo de Cuaresma – Ciclo A – (Profundizar)

 III Domingo de Cuaresma Ciclo A marzoo 8, 2026 
Éxodo 17, 3-7 / Salmo 94 / Romanos 5, 1-2.5-8


Evangelio según san Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía.

Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: “¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”.

La mujer le respondió: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?” Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.

La mujer le dijo: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla”. Él le dijo: “Ve a llamar a tu marido y vuelve”. La mujer le contestó: “No tengo marido”. Jesús le dijo: “Tienes razón en decir: ‘No tengo marido’. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”.

La mujer le dijo: “Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dijo: “Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”.

La mujer le dijo: “Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, él nos dará razón de todo”. Jesús le dijo: “Soy yo, el que habla contigo”.

En esto llegaron los discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ‘¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?’ Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?” Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde él estaba.

Mientras tanto, sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. Él les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen”. Los discípulos comentaban entre sí: “¿Le habrá traído alguien de comer?” Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿Acaso no dicen ustedes que todavía faltan cuatro meses para la siega? Pues bien, yo les digo: Levanten los ojos y contemplen los campos, que ya están dorados para la siega. Ya el segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna. De este modo se alegran por igual el sembrador y el segador. Aquí se cumple el dicho: ‘Uno es el que siembra y otro el que cosecha’. Yo los envié a cosechar lo que no habían trabajado. Otros trabajaron y ustedes recogieron su fruto”.

Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: ‘Me dijo todo lo que he hecho’. Cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en él al oír su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el salvador del mundo”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

​"Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido". Seis maridos había tenido aquella mujer.

​Juan el Evangelista retrata en aquella mujer samaritana a quienes no están, a quienes se sienten o han sido puestos fuera; son aquellos que para algunos no deberían ser ni siquiera mirados ni habría que dirigirles la palabra. El número seis es símbolo de lo incompleto (en las bodas de Caná también había seis tinajas vacías), y así se habrá sentido el corazón de aquella mujer (con 6 no maridos): incompleto, frustrado, vacío de esperanza. Esa samaritana podríamos ser, en algún momento de nuestra vida, cualquiera de nosotros. Pero, como a ella, es Él quien toma la iniciativa de acercarse, de dirigirse a nosotros; cuando todos nos miran como indignos, Él nos pide agua.

​El encuentro con Jesús es promesa de saciedad; es Él quien viene a darnos lo que buscamos en rutas erradas, es el que viene y nos revela la realidad de nuestras vidas y no nos regaña, sino que nos anuncia la plenitud, en Él, para nuestras vidas.

​En esta Cuaresma hay que remover, dejar, acomodar y dar espacio a Él, que viene a nosotros y nos dice: "Levanta los ojos y contempla los campos que ya están dorados para la cosecha".

​En estos tiempos de desasosiego y violencia, en que los profetas de la calamidad y la desesperanza no faltan, resistamos dejando que Jesús nos llene de esperanza, pues la esperanza no defrauda.

#FelizDomingo

“¿Cómo es que tú me pides agua a mí, que soy samaritana?”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

En medio de una noche oscura como la boca de un lobo, el Capitán del barco reconoció a lo lejos la luz de otra embarcación que venía directamente hacia ellos. En seguida dio una orden al telegrafista. Ordénele a esa embarcación que cambie su rumbo diez grados a estribor. Un momento después llega un mensaje a la cabina del Capitán: “Ustedes deben cambiar su rumbo diez grados a babor”. El Capitán pide que el mensaje esta vez sea más explícito: “Soy el Capitán Baquero, le ordeno que gire su rumbo diez grados a estribor”. Mientras pasa todo esto, la luz se va acercando de manera rápida y peligrosa. Se recibe un nuevo mensaje en la cabina: “Soy el marinero Barragán. Le sugiero que gire su rumbo diez grados a babor”. El Capitán muy contrariado y viendo que la luz ya está demasiado cerca envía una última advertencia: “Estoy al mando de un acorazado. Modifique su rumbo diez grados a estribor o no respondo por lo que pueda pasar”. La respuesta que llegó los deja a todos estupefactos: “Modifique su rumbo diez grados a babor. Tampoco respondo por lo que pueda pasar. Estoy al mando de un faro. Usted verá”.

La samaritana que llega a mediodía al pozo de Jacob, a las afueras de Sicar, en busca de agua, se encuentra, sorpresivamente, con que un judío, con rostro cansado, le pide de beber. “Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Era cerca del mediodía. Los discípulos habían ido al pueblo a comprar algo de comer. En eso, una mujer de Samaria llegó al pozo a sacar agua, y Jesús le dijo: – Dame un poco de agua”. La sorpresa aumenta cuando este atrevido personaje le termina ofreciendo agua viva sin tener si quiera un balde y una soga para sacar una gotas de agua del profundo pozo. “Jesús le contestó: – Si supieras lo que Dios da y quién es el que te está pidiendo agua, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”. Pero, sin duda, las sorpresas apenas comenzaban, pues más tarde se sintió confrontada con la verdad de su vida. “Jesús le dijo: – Ve a llamar a tu marido y vuelve acá. La mujer le contestó: – No tengo marido. Jesús le dijo: – Bien dices que no tienes marido; porque has tenido cinco maridos, y el que ahora tienes, no es tu marido. Es cierto lo que has dicho”.

Muchas veces salimos al encuentro de los demás revestidos con nuestras armaduras para defendernos y no dejar entrar a los otros en nuestra vida. Pero es frecuente que nos tropecemos con la sorpresa de descubrirnos vulnerables y nos vemos obligados a cambiar nuestro rumbo para abrirnos a nuestra propia verdad. Es lo que le pasó al capitán del barco con el que comenzamos esta reflexión. Se sentía seguro y fuerte, pero tuvo que dejar a un lado su propio camino, porque estaba navegando hacia su propia destrucción. Algo parecido pasa cuando nos encontramos con la Palabra de Dios; ella nos confronta y nos ayuda a descubrir nuestra propia verdad. “Porque la Palabra de Dios tiene vida y poder. Es más cortante que cualquier espada de dos filos y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4,12).

Este tiempo de Cuaresma nos invita a revisar nuestros caminos y corregir nuestro rumbo. Como la samaritana, El encuentro con Jesús pone en evidencia el camino equivocado que estamos siguiendo, al dejarnos guiar solamente por nuestros criterios.

NO SABEMOS SABOREAR LA FE

José Antonio Pagola

Tal vez, una de las mayores desgracias del cristianismo contemporáneo es la falta de «experiencia religiosa». Son muchos los que se dicen cristianos y, sin embargo, no saben lo que es disfrutar de su fe, sentirse a gusto con Dios y vivir saboreando su adhesión a Jesús. ¿Cómo se puede ser creyente sin gozar nunca del amor acogedor de Dios?

El desarrollo de una teología de carácter marcadamente racional y la importancia que se le ha dado en Occidente a la formulación conceptual ha llevado con frecuencia a entender y vivir la fe como una «adhesión doctrinal» a Jesucristo. Bastantes cristianos «creen cosas» acerca de Jesús, pero no saben comunicarse gozosamente con él.

Algo parecido sucede a veces en la celebración litúrgica. Se observan correctamente los ritos externos y se pronuncian palabras hermosas, pero todo parece acontecer «fuera» de las personas. Se canta con los labios, pero el corazón está ausente. Se recibe el Cuerpo del Señor, pero no se produce una comunicación viva con él.

Es significativo también lo que sucede con la lectura de la Biblia. Los avances de la exégesis moderna nos han permitido conocer como nunca la composición de los libros sagrados, los géneros literarios o la estructura de los evangelios. Sin embargo, no hemos aprendido a saborear el evangelio de Jesús.
Todo esto produce una sensación extraña. Se diría que nos estamos moviendo en la «epidermis de la fe». En la Iglesia no faltan palabras ni sacramentos. Se predica todos los domingos. Se celebra la eucaristía. También hay bautizos, primeras comuniones y confirmaciones. Pero falta «algo», y no es fácil decir exactamente qué. Esto no es lo que vivieron los primeros creyentes.

Necesitamos una experiencia nueva del Espíritu que nos haga vivir por dentro y nos enseñe a «sentir y gustar de las cosas internamente», como decía Ignacio de Loyola. Nos falta gustar lo que decimos creer; saborear en nosotros la presencia callada pero real de Dios. Nos falta espontaneidad con él, confianza gozosa en su amor.

Esta experiencia de Dios no es fruto de nuestros esfuerzos y trabajos. Al Espíritu hay que «hacerle sitio» en la vida y en el corazón, en nuestras celebraciones y en la comunidad cristiana. La Iglesia de nuestros días ha de escuchar también hoy las palabras de Jesús a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios...». Solo cuando se abre a la acción del Espíritu descubre el creyente esa agua prometida por Jesús, que se convierte dentro de nosotros en «manantial que salta hasta la vida eterna».

 

DIOS ES SOLAMENTE ESPÍRITU

Fray Marcos

Hoy y los dos próximos domingos vamos a leer evangelios de Juan: Samaritana, ciego de nacimiento y resurrección de Lázaro. El “yo soy” de Juan, se repite en los tres: yo soy agua viva, luz, vida. El relato es una catequesis que invita a seguir a Jesús-Vida.

Los samaritanos eran despreciados por los judíos como herejes. El peor insulto que se podía hacer a un judío era llamarle samaritano. Sin esta clave no se entiende el relato.

Jesús es el agua viva, que va a sustituir la Ley y el Templo. Esta es la clave de todo el relato. La mujer no tiene nombre, representa la región de Samaría que va a apagar su sed en la tradición. Jesús está solo. Se trata del encuentro del Mesías con Samaría, la infiel. El profeta Oseas de Samaría había denunciado la prostitución de esta tierra.

Jesús toma la iniciativa al pedir de beber a la Samaritana. Se acerca implorando ayuda. Ella tiene lo que a él le falta y necesita, el agua. Es lógica la extrañeza de la mujer. Jesús acaba de derribar una doble barrera, la que separaba a judíos y samaritanos y la que separaba a hombres de mujeres. Reconoce que una mujer puede aportarle algo.

Jesús le ha pedido un favor, pero es para corresponder con otro mucho mayor. Jesús se muestra por encima de las circunstancias aparentemente adversas. La mujer no conoce más agua que la del pozo (la ley) que solo se puede conseguir con el esfuerzo humano. Como los judíos, no ha descubierto que existe un don de Dios gratuito y mejor.

El agua-Espíritu que da Jesús, se convierte en manantial que continuamente da Vida. Esa Vida contiene la energía suficiente para desarrollar a cada ser humano desde su dimensión personal más profunda. El Hombre recibe Vida en lo profundo de su ser. El agua hay que extraerla del pozo, el Espíritu está siempre en lo hondo de uno mismo.

Juan es un experto en la utilización de la falsa comprensión de un aserto para insistir en la explicación. Jesús habla de la Vida y la Samaritana habla del agua para beber. La mejor demostración de que mantenemos la ambivalencia es que la primera lectura es el pasaje de Éxodo, donde la prueba de que Dios está con el pueblo es que les da agua.

El sentido de los versículos, que se refieren a los maridos, hay que buscarlo en el trasfondo profético, que nos lleva a la infiel relación de Samaría con Dios. Samaría ha tenido cinco dioses, y el que tiene ahora (Yahvé) al compartirlo, tampoco es su dios.

En Jesús se personifica la actitud de Dios que no ha roto con Samaria, sino que positivamente la busca. El agua tradicional (Ley) no había conseguido apagar la sed del pueblo. La búsqueda le había llevado a la multiplicidad de maridos-señores-dioses.

La Samaritana descubre que Jesús es un profeta. La imagen de Mesías que tiene la mujer es la de profeta semejante a Moisés. La mujer sigue aferrada a la tradición de "nuestros padres". Busca la solución en lo antiguo, la única realidad que conoce.

Para Jesús, también el templo de Jerusalén está prostituido. Las dos alternativas son equivocadas. Su oferta es algo nuevo. Se trata de un cambio radical. Jesús mismo será el lugar de encuentro con Dios. La relación directa con Dios hará posible la unidad-amor.

"Dios es Espíritu". Debemos tener en cuenta que ‘Espíritu’, desde la mentalidad griega, significa simplemente un ser no material. Desde la mentalidad judía, tiene una gama de significados muy rica. Significa que Dios es fuerza, dinamismo de amor, Vida. 

El culto antiguo era una humillación ante un Dios soberano, subrayaba la distancia. El nuevo culto eleva al hombre y suprime la distancia. Dios no necesita ni espera dones de nosotros. Los herejes samaritanos están más cerca de Dios que los ortodoxos judíos.

jueves, 26 de febrero de 2026

II Domingo de Cuaresma – A – (Reflexión)

 II Domingo de Cuaresma – Ciclo A – marzo 1, 2026
Génesis 12, 1-4 / Salmo 32 / 2 Timoteo 1, 8-10


Para esta Segunda Semana de Cuaresma, la Palabra se centra en la conversión como consecuencia de sentirse amado y perdonado por Dios…

Evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

Reflexión:

¿Escucho a Jesús con atención proactiva?

Durante esta Segunda Semana de Cuaresma, los pasajes las lecturas, nos estarán invitando a mirar más allá de nuestra zona de confort para reconocer a Cristo en los hermanos necesitados.

La gracia que se busca durante estos días es la de ser mensajeros del amor y la misericordia de Dios, para todas las personas en el camino de la vida. El itinerario propone una transformación de la mirada, pasando de la indiferencia al compromiso social y personal con la dignidad humana.

Con la Transfiguración, se nos invita a “subir a la montaña” para contemplar a Jesús como el Hijo amado. El énfasis está en la instrucción del Padre: ”¡escuchénlo!”, lo que implica estar atentos a su mensaje en la cotidianidad y superar el miedo reconociendo su presencia constante. El llamado nos exhorta a estar atentos al mensaje que Jesús quiere transmitir en nuestra vida cotidiana. Para ello, es necesario superar el miedo que, al igual que a los discípulos, puede asaltarnos al no sentirnos capaces de reconocer su presencia. Ante el temor o el asombro por lo sagrado, Jesús se acerca, nos toca y nos dice: “¡Levántense y no teman!”. Esto refuerza la idea de que no estamos solos, pues Él siempre está en medio de nosotros.

Durante la semana, estaremos escuchando como es que lo podemos hacer realidad en nuestra vida:

El lunes, con el llamado a “Ser misericordiosos como nuestro Padre”, cuando el “no juzgar ni condenar”, en las relaciones interpersonales, serían la base para crear una cultura de paz.

El martes, Jesús denuncia la hipocresía de quienes enseñan, pero no practican. El verdadero discípulo es aquel que se pone al servicio de la comunidad, reconociendo sus dones y evitando las actitudes de los escribas y fariseos.

El miércoles, mientras que Jesús anuncia su pasión y resurrección, que contrasta con los discípulos que, aún buscan lugares de honor; seguir a Jesús implica la disposición de y que la verdadera grandeza reside en “hacerse servidor de los demás”.

Durante el jueves, a través de la parábola de Lázaro y el rico, se nos exhorta a “romper el abismo de la indiferencia”. Se busca entrenar la sensibilidad para ver a los que están “a nuestra puerta”, especialmente a los más pobres y enfermos.

La parábola de los viñadores homicidas, del viernes, nos ilustra la relación de amor y cuidado de Dios hacia su pueblo y la respuesta de rechazo de las autoridades. Se invita a cada uno, a asumir un compromiso real con la “viña del Señor” y a revisar su propio modo de proceder.

El sábado, puedes revisar, a partir de lo orado y durante la semana, que fue lo que movió tu corazón y hacia dónde…

¿Qué me impide escuchar a Jesús?... ¿Qué me deslumbra de Jesús?... ¿Cómo entrenar mi sensibilidad, para descubrir a Dios, en los necesitados?

Alfredo Aguilar Pelayo
alfredo@ccrrsj.org
##RecursosParaVivirMejor
www.ccrrsj.org

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 


II Domingo de Cuaresma – A – (Profundizar)

 II Domingo de Cuaresma – Ciclo A – marzo 1, 2026
Génesis 12, 1-4 / Salmo 32 / 2 Timoteo 1, 8-10

Evangelio según san Mateo 1, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

Para profundizar: 

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia
Hernán Quezada, SJ 
La tentación de la inmovilidad: «¡Qué bueno es que estemos aquí!». Por comodidad, por miedo, por tradición, tendemos a quedarnos quietos. No se trata solamente de inmovilidad geográfica, sino, en algunas ocasiones, de inmovilidad existencial, que quizás es la peor de las parálisis. 
Y es que Dios siempre llama y envía, no detiene ni mucho menos inmoviliza. Hay personas que, por circunstancias ajenas a su voluntad, no se pueden movilizar geográficamente, y, sin embargo, vuelan. En este segundo domingo de Cuaresma, podemos examinarnos y descubrir nuestras parálisis, eso que nos ha detenido y encerrado, quizás tirados de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acerca, nos toca y nos dice: «Levántate, no temas».
Que esta Cuaresma el rostro del Señor resplandezca como el sol y disipe nuestros miedos y oscuridades. #FelizDomingo

 

“Levántense; no tengan miedo”
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Tengo ante mí en estos días la imagen de dos parejas enamoradas: una de ellas se casa en junio próximo y la otra cumple sus bodas de oro matrimoniales en enero del próximo año. Los primeros están experimentando el goce mágico de una pasión enamorada que los llena de entusiasmo para comenzar a caminar juntos; los segundos disfrutan del amor fiel y de la mutua compañía en la cima del camino, contemplando, sin acabar de creérselo, la distancia que han recorrido. Para ambas parejas el paisaje es muy distinto. Contemplan el mismo camino desde extremos, aparentemente, opuestos. Sin embargo, el amor que los sostiene tiene la misma raíz. Las dos parejas escuchan la misma palabra que les dice: “Levántense; no tengan miedo”. Esta raíz es la promesa que han recibido y que se va haciendo historia en el diario caminar del amor de Dios en ellos.

¿Quién sería capaz de embarcarse en un proyecto tan complejo como el matrimonio si antes no experimentara, de alguna forma, las mieles luminosas del paraíso que van a construir paso a paso? ¿Quién sería capaz de entrar en un seminario o en una casa de formación religiosa para consagrarse plena y definitivamente al seguimiento y al anuncio del Señor, sin estar, en cierto modo, borrachos de amor hacia Aquél que nos invita y por la misión a la que nos envía? No podríamos comenzar una tarea que abarque la totalidad de nuestra existencia, si nos quedáramos mirando solamente los inconvenientes y las contingencias del proceso, olvidando levantar la vista, por lo menos de vez en cuando, hacia el destino final que nos espera.

Pedro, Santiago y Juan, subieron con el Señor a un cerro muy alto y allí, como un relámpago en medio de una noche cerrada, se reveló para ellos el misterio último de la vida de Jesús. Pudieron contemplar al Señor transfigurado, recordando el brazo fuerte y extendido del Dios de Moisés, que era incapaz de soportar la esclavitud de su pueblo en Egipto y, al mismo tiempo, sintieron la brisa suave que refrescó el rostro del profeta Elías en el monte Horeb. “Allí, delante de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Su cara brillaba como el sol, y su ropa se volvió blanca como la luz. En esto vieron a Moisés y Elías conversando con Jesús”. Ellos pensaron que habían llegado al final del camino y le propusieron al Señor que harían tres tiendas para quedarse allí para siempre. Sin embargo, el camino hacia el calvario apenas comenzaba y todavía tenían que acabar de subir a Jerusalén para asumir las dificultades y sufrimientos que les esperaban en la Ciudad Santa.

El sentido que tiene este evangelio, cuando comenzamos el tiempo de Cuaresma, es mostrarnos, precisamente, el final del camino, la promesa hacia la cual dirigimos nuestros pasos. El Señor nos concede muchas veces probar un poco las delicias del paraíso, en medio de las vicisitudes de nuestra existencia, para fortalecernos y animarnos a construir el amor fiel de la entrega total. El peligro que tiene la pareja que comienza su camino de amor es pensar que todo él será un jardín de rosas y no se decidan a construir día a día y paso a paso, una relación fiel que los lleve a vivir en plenitud. Y el riesgo que corren los que están a punto de llegar a sus bodas de oro es que olviden que algún día su corazón vibró apasionadamente y que lo que han ido edificando a lo largo de tantos años es exactamente lo que el Señor llama un amor que llega hasta el extremo.

ESCUCHAR A JESÚS EN LA SOCIEDAD ACTUAL
José Antonio Pagola

Todavía hace unos años era la religión la que ofrecía a la mayoría de las personas criterios para interpretar la vida y principios para orientarla con sentido y responsabilidad. Hoy, por el contrario, son bastantes los que prescinden de Dios para enfrentarse solos a su vida, sus deseos, miedos y expectativas.

No es tarea fácil. Probablemente nunca le ha resultado al individuo tan difícil y problemático detenerse a pensar, reflexionar y tomar decisiones sobre sí mismo y sobre lo importante de su vida. Vivimos sumergidos en una «cultura de la intrascendencia», que ata a las personas al «aquí» y al «ahora», haciéndoles vivir solo para lo inmediato, sin apertura alguna al misterio último de la vida. Nos movemos en una «cultura del divertimiento» que arranca a las personas de sí mismas y les hace vivir olvidadas de las grandes cuestiones que llevan en su corazón.

El hombre de nuestros días ha aprendido muchas cosas, está informado de cuanto acontece en el mundo que le rodea, pero no sabe el camino para conocerse a sí mismo y construir su libertad. Muchos suscribirían la oscura descripción que hacía el director de La Croix, G. Hourdin, hace algunos años: «El hombre se está haciendo incapaz de querer, de ser libre, de juzgar por sí mismo, de cambiar su modo de vida. Se está convirtiendo en el robot disciplinado que trabaja para ganar el dinero, que después disfrutará en unas vacaciones colectivas. Lee las revistas de moda, ve las emisiones de televisión que todo el mundo ve. Aprende así lo que es, lo que quiere y cómo debe pensar y vivir».

Necesitamos más que nunca atender la llamada evangélica: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». Necesitamos pararnos, hacer silencio y escuchar más a Dios revelado en Jesús. Esa escucha interior ayuda a vivir en la verdad, a saborear la vida en sus raíces, a no malgastarla de cualquier manera, a no pasar superficialmente ante lo esencial. Escuchando a Dios encarnado en Jesús descubrimos nuestra pequeñez y pobreza, pero también nuestra grandeza de seres amados infinitamente por él.

Cada uno es libre para vivir escuchando a Dios o dándole la espalda. Pero, en cualquier caso, hay algo que hemos de recordar todos, aunque resulte escandaloso y contracultural: vivir sin un sentido último es vivir de manera «insensata»; actuar sin escuchar la voz interior de la conciencia es ser un «inconsciente».


LO DIVINO ES NUESTRA ESENCIA 
Fray Marcos

El domingo pasado la gloria se presenta como una tentación. Hoy se nos presenta como la cosa más divina del mundo. Desde la razón es una contradicción, pero en el orden trascendente, una formulación puede ser verdad y la contraria también.

Una vez que descubrieron en la experiencia Pascual lo que Jesús era, trataron de comunicar esa vivencia que les había dado Vida, adornándola con imágenes tomadas del AT. Así disimulaban la ceguera que les había impedido descubrir quién era Jesús.

No podemos pensar en una puesta en escena por parte de Jesús; debemos entender que no es una crónica de un suceso. Se trata de una teofanía, construida con los elementos y la estructura de las muchas manifestaciones de Dios relatadas en el AT. Creo que es un relato pascual, retrotraído a su vida, después de haberse elaborado, para darle mayor fuerza.

El relato está tejido con elementos de las teofanías del AT. Nada en él es original; ni siquiera la voz aporta algo nuevo, pues repite exactamente lo que dijo en el bautismo. Quiere expresar la presencia divina en Jesús, con un lenguaje que todos podían entender. Lo importante es lo que quiere comunicar, no los elementos que utiliza para comunicarlo.

Hasta la experiencia pascual nadie descubrió lo que era Jesús. Todo lo que vieron después de su muerte estaba ya presente en él cuando andaban por los caminos de Palestina. Si se retrotrae a la vida terrena es con el fin de hacer ver que Jesús fue siempre un ser divino.

Jesús vivió constantemente trasfigurado, pero no se manifestaba externamente con espectaculares síntomas. Su humanidad y su divinidad se expresaba cada vez que se acercaba a un hombre para ayudarle a ser él. La única luz que transforma a Jesús es la del amor y solo cuando manifiesta ese amor ilumina. En lo humano se trasparenta Dios.

Tomó consigo a tres: La experiencia interior es siempre personal no colectiva, por eso los presenta con sus nombres propios. Moisés también subió al Sinaí acompañado por Aron. El monte: Es el ámbito de lo divino. Si Dios está en el ‘cielo’, la montaña será el mejor lugar para que se manifieste. En la Biblia el monte alto es el lugar donde siempre está Dios.

Rostro resplandeciente: la gloria de Dios se comunica a aquellos que están cerca de Él. A Moisés, al bajar del monte, tuvieron que taparle el rostro porque hería los ojos. La luz: ha sido siempre símbolo de la presencia de Dios. La nube: Símbolo de la protección de Dios. A los israelitas los acompañaba por el desierto, les protegía de día e iluminaba de noche.

Moisés y Elías: La Ley y los Profetas en diálogo con Jesús. El evangelio es continuación del AT, pero superándolo. La voz: la palabra ha sido siempre la expresión de la voluntad de Dios. ¡Escuchadlo! Es la clave del relato. Solo a él, ni siquiera a Moisés y a Elías. El miedo. Ante la presencia de lo divino, el hombre sentía pánico, incluso miedo de morir.

Jesús no tuvo que transfigurarse porque nunca estuvo desfigurado. Siempre fue lo que era. Nosotros, que estamos desfigurados, sí tenemos que configurarnos conforme a Jesús y, por lo tanto, transfigurarnos. La figura cambiará cuando lo esencial aparezca en mí.

Todos tenemos esa misma energía a rebosar, pero, normalmente, estamos desfigurados porque estamos en la superficie, pendientes y apegados a lo que no somos. Bastaría configurarnos de acuerdo con nuestro verdadero ser para que apareciera esa armonía. No se trata de conseguir nada sino de ser simplemente lo que somos.

La transfiguración nos dice quién era realmente Jesús y lo que somos nosotros. ¡Sal de tu ego y adéntrate por los caminos del Espíritu! Entra dentro de ti y encontrarás tu centro. No tienes que buscar nada distinto de ti mismo. Pide a Dios que te libre de todo dios. 


IV Domingo de Cuaresma – Ciclo A – (Reflexión)

  IV Domingo de Cuaresma – Ciclo A – marzo 15, 2026  1 Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a / Salmo 22 / Efesios 5, 8-14 La cuarta semana de Cu...