miércoles, 5 de agosto de 2026

XIX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XIX Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 9, 2026 
1 Reyes 19, 9. 11-13 / Salmo 84 / Romanos 9, 1-5

En este domingo, las lecturas nos recuerdan como tenemos que confiar en la presencia de Dios en nuestra vida, sabiendo reconocer como se nos presenta …

Evangelio según san Mateo 14, 22-33

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa, y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron, y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Reflexión:

¿Dónde reconozco a Dios, en mi vida?

En la medida que aprendemos a reconocer la presencia de Dios en nuestra vida, todo cambia, para bien.

Si bien, a los seres humanos, lo desconocido, lo misterioso, lo que va más allá de lo comprensible, nos da miedo, nos preocupa y quita la paz, cuando tenemos confianza en Dios, porque lo conocemos, entonces esas “tristezas y dolores incesantes en nuestro corazón” (cfr. Rom 9, 1-5), serán trasformados en paz y serenidad, para elegir lo que mejor nos conviene.

En esta reflexión, hemos mencionado muchas veces, que el conocimiento interno de Jesús aumenta nuestra confianza y fe en él, y así, podremos responder mejor a las diversas situaciones de la vida, al estilo que hemos aprendido de Él.

Al igual que le pasó a Elías (1 Rey 19, 9.11-13), nosotros pudiéramos estar esperando encontrarlo de una manera espectacular y vistosa, pero, lo que nos dice esta lectura sobre el profeta es que fue en el “murmullo de una brisa suave” que lo puedo reconocer … Y sí, para poder escuchar a Dios, es más fácil cuando estamos tranquilos, atentos y en paz … aún en momentos de dificultades; no digo que sea fácil, pero tampoco es difícil.

Hay que mirar y aprender de Jesús, quién después de la multiplicación de los panes “subió al monte a solas para orar” …ora, para escuchar al Padre … porque “Y, ¿qué es orar? Es buscar en el ruido, silencio. En el silencio, palabra. Y en la palabra, un destino.” José María Rodríguez, SJ.

Jesús ora para cumplir su misión: salvarnos, de los miedos, inseguridades e incertidumbres (tormentas de la vida), que no nos permiten navegar por la vida y llegar a buen puerto. Igual que les pasó a sus apóstoles, en la tormenta, y se asustan porque no re-conocen a Jesús, quien responde: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Así es Jesús, nos tiende la mano, cuando por desconfianza nos hundimos en las “tormentas de la vida” y le pedimos “¡Salvamos, Señor!” … Él está siempre con nosotros, para sacarnos de donde estamos (o nos metimos). Ojalá, que no lleguemos a escuchar de Jesús, que nos diga “hombres / mujeres de poca fe, ¿porqué dudan de mi?.

Entonces, al conocer a Jesús, nos ayudará a re-conocer su presencia en nuestra vida, y podremos, al igual que él, "echar una mano" a quiénes estén en tormentas. Para conocerlo mejor, lo hacemos orando ... como él; el fruto de la oración es mayor confianza en Jesús, en su manera de ser y hacer, lo que transforma nuestra mirada y nos lleva a nueva manera de vivir, amar y servir.

¿Cuáles son tormentas interiores, en este tiempo?... ¿Cómo puedo mantenerme unido a Jesús y tener una mejor vida?... ¿Cómo puedo enfrentar / responder a los desafíos de la vida?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 
Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XIX Domingo de Tiempo Ordinario – A – (Profundizar)

 XIX Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 9, 2026  
1 Reyes 19, 9. 11-13 / Salmo 84 / Romanos 9, 1-5

Evangelio según san Mateo 14, 22-33

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa, y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron, y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

APRENDER A CREER DESDE LA DUDA

José Antonio Pagola

No es fácil responder con sinceridad a esa pregunta que Jesús hace a Pedro en el momento mismo en que lo salva de las aguas: «¿Por qué has dudado?».

A veces, las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos turban sin saber exactamente por qué. Principios aceptados hasta entonces como inconmovibles comienzan a tambalearse. Y se despierta en nosotros la tentación de abandonarlo todo sin reconstruir nada nuevo.

Otras veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador. La última palabra sobre mi vida se me escapa y es duro abandonarme al misterio: mi razón sigue buscando insatisfecha una luz clara y apodíctica que no encuentra ni podrá jamás encontrar.

No pocas veces la superficialidad y ligereza de nuestra vida cotidiana y el culto secreto a tantos ídolos nos sumergen en largas crisis de indiferencia y escepticismo interior, con la sensación de haber perdido realmente a Dios.

Con frecuencia es nuestro propio pecado el que quebranta nuestra fe, pues esta decae y se debilita cuando nos alejamos de Dios. Si somos sinceros, hemos de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que profesamos ser y el creyente que somos en realidad. ¿Qué hacer al constatar en nosotros una fe a veces tan frágil y vacilante?

Lo primero, no desesperar ni asustarnos al descubrir en nosotros dudas y vacilaciones. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la oscuridad y el riesgo. A Dios se le busca «a tientas». Y no hemos de olvidar que muchas veces «la fe genuina solo puede aparecer como duda superada» (Ladislao Boros).

Lo importante es aceptar el misterio de Dios con el corazón abierto. Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con él. Y no hace falta esperar a que nuestros interrogantes y dudas se resuelvan para vivir en verdad ante ese Padre.

Por eso lo importante es saber gritar como Pedro: «Señor, sálvame». Saber levantar hacia Dios nuestras manos vacías, no solo como gesto de súplica, sino también de entrega confiada de alguien que se sabe pequeño, ignorante y necesitado de salvación. No olvidemos que la fe es «caminar sobre agua», pero con la posibilidad de encontrar siempre esa mano que nos salva cuando comenzamos a hundirnos.

 

PARA ENCONTRAR A DIOS DEBO SUBIR A LO ALTO

Fray Marcos

Este relato se parece más a los relatos de apariciones pascuales. Algunos exégetas sugieren que puede tratarse de un relato de Jesús resucitado, que han colocado más tarde en el contexto de la vida real. La experiencia nos dice que Dios no se puede meter en conceptos y que es siempre más. Nunca se identifica con lo que pensamos de Él.

Lo narran Mt, Mc y Jn. Los tres lo sitúan después de la multiplicación de los panes. En Mc y Mt, Jesús manda a los discípulos embarcar e ir a la otra orilla. En Jn, la iniciativa es de los discípulos. En los tres Jesús sube a la montaña para orar. En los tres, Jesús camina sobre el agua. La respuesta de Jesús es la misma: “Soy yo, no tengáis miedo”.

El monte es el lugar de la divinidad. Como Moisés la segunda vez que sube al Sinaí, va solo. Nadie le sigue a la esfera de lo divino. La multitud solo piensa en comer. Los apóstoles piensan en medrar. Orar es darse cuenta de lo que hay de Dios en él para poder vivirlo. Jesús tiene necesidad de momentos de auténtica contemplación.

Jesús sube a lo más alto. Los discípulos bajan hasta el nivel más bajo, buscando seguridades. En realidad, encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal, el caos, la destrucción, la muerte. Jesús camina sobre todo esto. El AT dice: solo Dios puede caminar sobre el dorso del océano.

El relato expresa la visión que de Jesús tenía aquella primera comunidad. Era verdadero hombre y como tal, tenía necesidad de la oración para descubrir lo que era y superar la tentación de quedarse en lo material. Al caminar sobre el mar, está demostrando que era también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia.

La barca es símbolo de la nueva comunidad. Las dificultades son consecuencia del alejamiento de Jesús. Jn deja claro que fueron ellos los que decidieron marcharse sin esperarle. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente.

Pero Jesús no les abandona y va en su busca. Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incompatible con sus pretensiones. Su cercanía y muestra de cariño les hace descubrir el verdadero Jesús.

El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra a gusto en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que le inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Juan lo utiliza con mucha frecuencia.

Aparentemente, este episodio tiene mucha miga. Pedro siente una curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ellos. Pero quiere lograrlo por arte de magia, no por una transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: ¡ven! Pedro fracasa por su escasa fe. La Divinidad la tienes que descubrir dentro de ti.

Jesús no revindica para sí esa presencia divina, sino que da a entender que todos estamos invitados a esa participación. Pedro camina sobre el agua mientras está mirando a Jesús; se empieza a hundir cuando mira a las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino porque no es capaz de prescindir de las seguridades materiales.

Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios, solo puede ser vivida. El budismo tiene una frase, a primera vista tremenda: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Podíamos decir también nosotros: si te encuentras con dios, mátalo, es un ídolo que has fabricado tú.

miércoles, 29 de julio de 2026

XVIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XVIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 2, 2026 
Isaίas 55, 1-3 / Salmo 144 / Romanos 8, 35. 37-39


En este domingo, Jesús nos enseña de que manera, confiando en Él, podemos colaborar en que el Reino de su Padre se haga presente …

Evangelio según san Mateo 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”.

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.

Reflexión:

¿Qué tengo y puedo ofrecer a los demás?

Estamos llamados a ser “imagen y semejanza” de Dios, nuestro creador; Jesús nos muestra esa imagen. Nosotros la reflejamos cuando vivimos como Él.

San Ignacio de Loyola, a quien recordamos el pasado 31 de julio, en la Contemplación para alcanzar Amor, en el cierre de los Ejercicios Espirituales, nos advierte que el Amor se debe poner más en obras que en palabras. El amor es comunicación entre el amado y el amante, es dar y recibir, recíprocamente, de lo que se tiene y puede” (cfr.EE 231) … y así, como Dios es amor (1 Jn 4, 8), lo es Jesús, quien se muestra compasivo con quienes lo siguen, se preocupa de ellos, para que además de escúchalo, tengan alimento del cuerpo, para que continúen su vida …

Dios, sigue siendo de igual manera con nosotros, en esta época: nos cuida y procura nuestro bien. Todo lo creado está dispuesto para ello … tan solo hay que “ponerle atención, escucharlo, estar con Él, para tener vida” (cfr. Is 55, 1-3), “para que tengamos una vida que valga la pena vivir”, como repetimos una y otra vez, en esta columna.

Ser como Jesús, es ser compasivo y misericordioso, es mirar el mundo, a las personas cansadas, agobiadas, sedientas (de justicia, paz… agua) y tenderles una mano, ayudarles, “con lo que somos y con lo que tenemos” …no nada más decírseles: “Dios te bendiga”. Jesús hoy nos dice también: “denles ustedes de comer” … ¡comparte de lo que tienes y puedes! (cfr. Mt 14, 13-21)

Jesús nos invita a descubrir cuáles son esos "panes y peces" que ya ha puesto en nuestras manos. Al compartirlos, otros podrán continuar su camino y experimentar también el amor de Dios. Eso, es hacer presente el Reino, es reflejar, en palabras y acciones, el amor que Dios nos tiene, amar como Él ama.

Al orar y participar en la misa (eucaristía) nos alimentarnos de su palabra, de sus enseñanzas, de su cuerpo y sangre; “nos mantenemos unidos al amor de Cristo y nada podrá separarnos de su amor” (cfr.  Rom 8, 35. 37-39).

Ánimo, buen domingo.

PD. Mañana iniciamos con el Taller de Autoconocimiento, desde la autobiografía de San Ignacio de Loyola, para revisar la vida y la presencia de Dios en nosotros (https://tinyurl.com/TallerDeAutoconocimiento).

¿Cuáles son los “panes y peces” que puedo compartir?... ¿Quién necesita hoy que comparta mis "panes y peces"?... ¿Cómo me está transformando la Eucaristía para amar y servir como Jesús?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 


Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XVIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XVIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 2, 2026
Isaίas 55, 1-3 / Salmo 144 / Romanos 8, 35. 37-39

Evangelio según san Mateo 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”.

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


  #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

"No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados". Con frecuencia en nuestra vida nos damos cuenta de que con lo que tenemos "no nos alcanza"; y tenemos razón: sin Dios, lo que tenemos es poco y no alcanza (fuerza, voluntad, dinero...).

Hoy el Evangelio nos viene a recordar que, si lo que tenemos lo ponemos en manos de Dios, Él lo multiplica, y entonces no solo alcanza, sino que sobra.

Poner todo, lo poco o mucho que tenemos, en manos de Dios no es fácil, porque nos invade la desconfianza. Ponemos algo, pero no todo; nos quedamos con algún "guardadito" por si Dios nos falla.

¡Qué bien nos hace hoy, para fortalecer nuestra fe, para volvernos más valientes y desprendidos, para confiar y poner todo lo que somos y tenemos en las manos del Señor, leer la carta a los Romanos!: "¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo?", "De todo esto salimos victoriosos, gracias a aquel que nos ha amado...".

Pidamos este domingo que crezca nuestra fe para que podamos entregar todos nuestros "panes y pescados"; que sea "el todo", porque "el casi" suele convertirse en nada.

Milagrosamente, quien es capaz de entregarlo todo, en Cristo, nunca se queda sin nada.

#FelizDomingo

“Ustedes me buscan porque comieron hasta llenarse”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

En alguna parte leí la historia de un joven que se quejaba siempre porque su mamá le daba más comida a sus hermanos y nunca estaba satisfecho con lo que le servían a él en el plato. La mamá trataba de ser muy justa en la repartición de las porciones, pero, por alguna razón desconocida, el joven siempre encontraba alguna forma para lamentarse de que le sirvieran menos. Ya desesperada por esta queja constante, la señora decidió un día dejarle una doble ración de todo lo que les iba a ofrecer en la cena de ese día, de manera que el joven no tuviera forma de quejarse. Pero sucedió que el joven ese día llegó tarde a cenar y todos comieron antes de que él llegara. Al momento de recibir su ración doble, que le habían guardado en el horno, la expresión del muchacho por poco hace desmayar a la mamá: Si esto me dieron a mí, ¡cómo le habrán dado a los demás!, fue lo único que acertó a decir el joven insatisfecho...

Los seres humanos sufrimos de una especie de insatisfacción crónica. Vivimos aquejados por lo que algunos llaman el síndrome de las más verdes praderas; es decir, cuando salimos de paseo al campo, miramos a nuestro alrededor y nos parece que el sitio en el que estamos no cumple nuestras expectativas como para sentarnos a comer; en cambio, la ladera del frente se ve más despejada de palos y piedras, y el pasto parece de un verdor especial... de modo que caminamos hasta allá en busca del sueño prometido; pero cuando llegamos, volvemos la mirada atrás y nos parece que donde estábamos no había tanta boñiga ni tanto chamizo como en el nuevo sitio y, entonces, volvemos sobre nuestros pasos o seguimos buscando otra pradera más alejada que se ve como mejor para nuestro propósito de sentarnos a almorzar... Lo cierto es que, cansados de tanto caminar, nos terminamos sentando en cualquier parte, convencidos, eso sí, de que estamos en el peor de los sitios que visitamos y que cualquiera de los anteriores estaría mejor que el que terminamos escogiendo por pura y llana necesidad de dejar, por fin, de dar vueltas alrededor de un sueño que no existe.

La felicidad no parece ser algo alcanzable en esta vida mortal; la realización plena como que no existe en este mundo de sinsabores permanentes; nos queda el consuelo de que vamos probando pequeñas muestras de esa felicidad tan esquiva y de esa realización tan inalcanzable a las que aspiramos desde lo más profundo de nuestro ser insaciable. 

Jesús percibe que la comida que recibieron muchos de sus oyentes los había llenado, pero no los había saciado, estrictamente hablando. Una cosa es tener lleno el estómago y otra muy distinta sentir saciado el corazón... “Les aseguro que ustedes me buscan porque comieron hasta llenarse, y no porque hayan entendido las señales milagrosas. No trabajen por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y que les de vida eterna. Esta es la comida que les dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él”. Sólo entonces, sus oyentes piden ese pan que El les promete: “Señor, danos siempre ese pan”. En la medida en que creamos en las palabras de Jesús, sabremos de la auténtica satisfacción que nos ofrece: “Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en mí, nunca tendrá sed”, ni andaremos, como el joven del principio, lamentándonos porque nos tocó menos que a los demás.

¿CÓMO BENDECIR LA MESA?

José Antonio Pagola

Casi sin darnos cuenta y empujados por diversos factores, hemos ido deshumanizando poco a poco ese gesto tan entrañable y humano que es sentarse a la mesa a comer juntos.

La comida se ha convertido para muchos en algo puramente funcional que es necesario organizar de manera rápida y precisa dentro de la jornada laboral. Cada vez es más raro ese momento privilegiado de encuentro familiar en torno a la mesa. En muchos hogares, esa mesa hecha para ser rodeada ya no sirve para que padres e hijos se encuentren, compartan sus vidas, conversen y descansen juntos.

Otros se van habituando a «alimentar su organismo» en esas comidas impersonales de los restaurantes o en el rincón del self-service de turno. No pocos se ven obligados a participar en comidas protocolarias o de trabajo, donde el gesto amistoso del comer juntos es sustituido por el interés, el pragmatismo o la ostentación.

El gesto de Jesús invitando a las gentes a recostarse para compartir juntos una comida sencilla, bendiciendo a Dios por el pan que recibimos, puede ser una llamada para nosotros. Como expone jugosamente Xabier Basurko en su estudio Compartir el pan, comer es mucho más que «introducir una determinada ración de calorías en el organismo».

La necesidad de alimentarnos es, antes que nada, signo de nuestra indigencia radical. Oscuramente, los seres humanos percibimos que no nos fundamentamos a nosotros mismos. En realidad, vivimos recibiendo, nutriéndonos de una vida que, a través de la tierra, se nos regala día a día a cada uno. Por eso es un gesto profundamente humano recogerse antes de comer para agradecer a Dios esos alimentos, fruto del esfuerzo y trabajo del hombre, pero, al mismo tiempo, regalo originario del Dios creador que sustenta la vida.

Pero, además, comer no es solo un acto individualista de carácter biológico. El ser humano está hecho para comer con otros, compartiendo su mesa con familiares y amigos. Comer juntos es confraternizar, dialogar, crecer en amistad, compartir el regalo de la vida.

Por eso es tan difícil dar gracias a Dios cuando uno tiene más comida que la que necesita mientras otros sufren miseria y hambre. Nos sentimos acusados por aquellas palabras de Gandhi: «Todo lo que comes sin necesidad lo estás robando al estómago de los pobres». Tal vez en los países del bienestar hemos de aprender a bendecir la mesa de otra manera: dando gracias a Dios, pero, al mismo tiempo, pidiendo perdón por nuestra insolidaridad y tomando conciencia de nuestra responsabilidad ante los hambrientos de la Tierra.

 

SI NO ME ACERCO AL QUE ME NECESITA, 

TAMBIÉN ME ESTARÉ ALEJANDO DEL DIOS.

Fray Marcos

Seis veces se dice en los evangelios que Jesús da de comer a una multitud. Es seguro que algo muy parecido, pasó en realidad y probablemente más de una vez. Lo importante es lo que nos quieren decir al contarnos esta historia. Más allá del fácil recurso al milagro, descubramos el mensaje que nos invita a compartir lo que somos.

Entendido como un milagro, nos quedamos sin el verdadero mensaje. Podíamos decir que es una parábola en acción. También hace falta “oídos” y “ojos” bien abiertos para entenderla. El punto de inflexión del relato está en las palabras de Jesús: “dadles vosotros de comer”. No entraba en los planes del grupo preocuparse de los demás.

Tampoco podemos utilizar el relato como un argumento para demostrar la divinidad de Jesús. El sentido de la vida de Jesús salta hecho añicos cuando suponemos que era un ser humano, pero con el comodín de la divinidad que podía utilizar a capricho.

Aunque no se dice que los panes y peces se multiplicaran, realmente fue un verdadero “milagro” que un grupo tan numeroso de personas compartiera todo lo que tenían hasta conseguir que nadie quedara con hambre. En aquel tiempo no se podía repostar por el camino, todo el que salía de casa iba provisto de alimento para todo ese tiempo.

Si estamos abiertos, en el mismo relato encontraremos claves para la interpretación. Los discípulos se dan cuenta de la situación y actúan con toda lógica: es su problema, ellos deben solucionárselo. Jesús da una solución menos sensata: “dadles vosotros de comer”. Soluciona el problema provocando la generosidad y el compartir en cada uno.

Los libros de la Ley eran cinco; y dos el resto de la Escritura: Profetas y Escritos. El número siete (5+2) es símbolo de plenitud. 5000 (cien grupos de cincuenta) es simbólico. Los doce cestos aluden a las doce tribus. La mirada al cielo, el recostarse en la hierba… Son los elementos que permiten interpretar el relato, más allá de la letra.

Jesús no pidió a Dios que solucionara el problema, sino que se lo pidió a sus discípulos. El verdadero sentido del texto está en otra parte. La dinámica normal nos dice que el “pan” indispensable para la vida, tenemos que conseguirlo con dinero; porque alguien lo acapara y no lo deja llegar a su destino más que cumpliendo unas condiciones que el que lo retiene impone; el precio. Jesús librar el pan de ese acaparamiento injusto.

Hoy las lecturas son un buen punto de partida para la reflexión. La 1ª nos advierte que la comida material ni alimenta ni da hartura espiritual. Solo cuando se escucha a Dios se alimenta la verdadera Vida. La 2ª nos indica donde está lo más importante para cualquier ser humano: el amor que Dios nos tiene y se manifestó en Jesús.

Después de un día con Jesús, el pueblo fue capaz de compartir lo poco que tenían. Ese es el verdadero mensaje. Nosotros, después de años junto a Jesús, ¿qué somos capaces de compartir? No hay distinción entre el pan material y el alimento espiritual. Al compartir lo que somos y tenemos, nos alimentándonos de verdad.

El relato no separa el nivel espiritual y el material. La compasión y el compartir son la clave de toda identificación con Jesús. Es inútil insistir porque es el tema de todo el evangelio. Personalmente creo que las comidas de Jesús con el pueblo, incluso con los pecadores, tuvo más que ver con la aparición de la eucaristía que la última cena.

La eucaristía comenzó como una comida en la que todo se compartía. Cada vez que se comparte el pan, se comparte la Vida y se hace presente a Dios que es Vida-Amor. La eucaristía es memoria de esta actitud de Jesús que se partió y repartió. Al partirse y repartirse, hizo presente a Dios que es don total. El pan que alimenta es el que se da.

jueves, 23 de julio de 2026

XVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XVII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A julio 26, 2026 
1 Reyes 3, 5. 7-12 / Salmo 118 / Romanos 8, 28-30


Hoy, el evangelio continúa hablando sobre el Reino y nos invita a reflexionar sobre el valor que tiene para mí y cuánto estoy dispuesto a que sea parte de mi vida …

Evangelio según san Mateo 13, 44-52

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: "El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra.

También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.

¿Han entendido todo esto?'' Ellos le contestaron: "Sí". Entonces él les dijo: "Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas".

Reflexión:

¿Qué valor tiene para mí el Reino de Dios?

Continuamos escuchando a Jesús hablarnos sobre el Reino, y ahora nos lo describe, nuevamente, mediante comparaciones:

·        se parece a un tesoro escondido

·        a un comerciante de perlas finas

·        a una red de pescadores

·        a un padre de familia

Para descubrir y elegir el Reino necesitamos algunas actitudes que nos ayuden a reconocer aquello que verdaderamente vale la pena: (cfr. 1 Reyes 3, 5. 7-12):

·        Humildad, para pedir al Señor y creador de todo, su sabiduría, para vivir de acuerdo con su voluntad …  

·        Prudencia, para discernir cómo poner en prácticas sus enseñanzas, en nuestra vida diaria …

·        Confianza, en que sus mandatos (mandamientos, preceptos) buscan nuestro bien y nos ayudan a ser mejores seres humanos (cfr. Sal 118) ...

Descubrir ese tesoro de gran valor nos lleva no solo a “buscarlo”, sino a discernir y elegir lo que “más me conduce al fin para el que fui creado” (cfr. Principio y fundamento de San Ignacio de Loyola), así, como los pescadores separan de la red los peces buenos, y el padre de familia, que saca de su tesoro, cosas nuevas y antiguas.

El verdadero tesoro es dejar que Dios reine en nuestro corazón, porque su presencia va transformando nuestra manera de pensar, elegir y actuar, hasta hacernos cada vez más semejantes a Jesús (cfr. Rom 8, 28-30).

Al descubrir que algo vale verdaderamente la pena, seremos capaces de elegirlo con alegría, aun cuando tengamos que dejar otras cosas. Así sucede con el Reino: descubrir su valor nos lleva a elegirlo y vivirlo desde ahora, en este tiempo que nos ha tocado vivir…

PD. Próximo mes de agosto, iniciamos con el Taller de Autoconocimiento, desde la autobiografía de San Ignacio de Loyola, para revisar la vida y la presencia de Dios en nosotros (https://tinyurl.com/TallerDeAutoconocimiento).

¿Cuál es hoy, mi mayor tesoro?... ¿Qué necesito dejar para parecerme cada vez más a Jesús?... ¿Qué cambiaría en mi vida, si dejo que reine Dios en mi corazón?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XVII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A julio 26, 2026 
1 Reyes 3, 5. 7-12 / Salmo 118 / Romanos 8, 28-30


Evangelio según san Mateo 13, 44-52

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: "El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra.

También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.

¿Han entendido todo esto?'' Ellos le contestaron: "Sí". Entonces él les dijo: "Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas".

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva 

   #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

El Reino de los Cielos siempre está a nuestro alcance, pero permanece oculto, hay que descubrirlo; el Reino de los Cielos está en el corazón de los buscadores, que saben encontrar, valorar y que cambian todo lo que tienen por la "perla fina". Quienes tienen el reinado de Dios en su corazón son hombres y mujeres libres, capaces de darse cuenta porque buscan y disciernen; sueltan y toman lo que realmente importa en sus vidas: la justicia, la verdad, la paz y la libertad que hacen plena y dan sentido a la vida.

Para ser de esos, para vivir bien, pidamos a Dios, como Salomón, un corazón atento, sabio para juzgar y para discernir el bien y el mal. Sin ello podemos conformarnos y dejar de buscar, podemos vivir acariciando "baratijas" y nunca hacernos de nuestra "perla fina".

A quienes aman a Dios, los hombres y mujeres del Reino, esos buscadores de tesoros que tienen en su mano la "perla fina", nos dice San Pablo que todo les sirve para hacer el bien; por ello son quienes van construyendo el Reino, aquí y ahora. Son justos y prudentes, libres y felices, y no se conforman.

Detengámonos: ¿Qué tienes por valioso en tu vida? ¿Baratija o perla fina? ¿Sigues buscando "tesoros"? ¿Disciernes o tomas todo?

Que el Señor nos regale la gracia de vivir buscando "el tesoro", que nos permita cambiar las baratijas por la "perla fina", que sepamos distinguirla cuando el Señor la ponga en nuestra mano.

#felizdomingo

El reino de los cielos es como un ...

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 Hugo Canavan, teólogo carmelita norteamericano, especializado en estudios bíblicos y en la animación de pequeñas comunidades de base entre los campesinos de Colombia, ya fallecido, estaba dando un curso de Biblia en un barrio popular de Bogotá. Yo colaboraba en esa época en las pequeñas y frágiles Asambleas familiares que iban creciendo en medio de las luchas entre las pandillas y el hambre que produce el desempleo y la falta de oportunidades. Recuerdo, como si fuera ayer, la manera como Hugo fue explicando, en la casa de don Carlos y doña Isabel, la importancia de la Palabra de Dios para nosotros. Estando en medio de la gente, éramos unas treinta y 35, contando a las mujeres y los niños, se quitó las gafas y comenzó a contar: 

"Había una vez un señor que pertenecía a una comunidad de base. Su nombre era Marcos. Todas las semanas participaba de la reunión en la que hablaban de los problemas del barrio, leían la Biblia y rezaban juntos pidiendo a Dios o dándole gracias por lo que iba realizando en medio de ellos. Un buen día don Marcos, que ya tenía setenta y siete años, comenzó a saludar a la gente con otro nombre; a doña Belén la saludó como si fuera Ángela; a Ángela la confundió con Mariela; a Saulo lo confundió con Benjamín; a don José lo saludó como si fuera la señora Josefina. Mientras Hugo contaba la historia, iba haciendo la representación de lo que iba diciendo con los miembros de la comunidad a los que daba el curso confundiendo los nombres. 

Los que estaban presentes no corrigieron a don Marcos. Lo saludaban naturalmente, aunque sabían que estaba equivocándose. Algunos, después de la reunión, comentaron lo sucedido. Don Marcos estaba perdiendo la vista... por eso, decidieron recoger una platica para llevarlo al médico, para que le formularan unas gafas. Así se hizo. La señora Mercedes se encargó de recoger la colaboración de todos y de llevar a don Marcos al médico. A los quince días llegó don Marcos otra vez a la reunión con las gafas en las manos y mostrándole a todo el mundo el regalo que le habían hecho. Evidentemente, como llevaba las gafas en las manos, volvió a confundir a todo el mundo. Le decía a Carlos: «¡Mire don Saulo las gafas tan bonitas que me regalaron!»; y a doña Belén le dijo: «¡Cuánto les agradezco doña Josefina por estas gafas tan buenas que me han regalado entre todos! ¡Dios se lo ha de pagar!». Hugo iba representando a don Marcos con las gafas en sus manos y mostrándoselas a la gente, confundiéndoles el nombre". 

Después de contar la historia y representarla, Hugo lanzó la pregunta, «¿Entienden ustedes lo que esto significa?» Y fue recogiendo las conclusiones que la gente iba sacando: Por ejemplo, decían: «Así pasa con la Biblia; la gente la recibe y está muy orgullosa de tenerla, pero no la utilizan para lo que es». «La Biblia no es para mostrarla a los demás, sino para poder ver a los hermanos que tenemos al lado; es para reconocer a los que sufren junto a nosotros». «La Biblia es como unas gafas que nos sirven para ver la realidad con los ojos de Dios; no es para quedarnos viéndola a ella sola y mostrándola orgullosamente a los demás». «Tener gafas y no colocárselas es como los que compran la Biblia y luego la colocan en un lugar bien bonito de la casa, pero nunca la leen en grupo, ni personalmente. Es como un adorno más en la casa». Y así, sucesivamente... 

Las parábolas, que fue la forma como Jesús comunicó los secretos del Reino a los hombres y mujeres de su época, siguen teniendo hoy un valor incalculable. Implican a los que las escuchamos en el aprendizaje. No nos deja por fuera de lo que se está enseñando, sino que nos toca interiormente. Más que comentar el contenido de la predicación de Jesús, deberíamos hacer como Hugo Canavan a la hora de comunicar nuestro mensaje a los que tenemos alrededor... copiarnos su estilo...

BUSCAR A DIOS

José Antonio Pagola

Los estudios sociológicos dicen que la crisis religiosa se va deslizando en Europa hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia tranquila, ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más los que, movidos por una cierta «nostalgia de Dios», sienten la necesidad de buscar «algo diferente», una manera nueva de creer en él. ¿Cómo buscar a Dios?

Sin duda, cada uno ha de partir de su propia experiencia. No hay que copiar a otros. No hay que hacer nada forzado ni postizo. Cada uno conoce sus propios deseos y miserias, sus vacíos y sus miedos. Cada uno sabe su «necesidad» de Dios. Su voz no calla nunca. No grita con los labios, pero nos susurra al corazón.

Por eso precisamente no basta buscar a Dios por fuera: en los libros, las discusiones o el debate. Una cosa es «discutir de religión» y otra muy distinta buscar a Dios con sincero corazón. Uno mismo se da cuenta cuándo está huyendo de Dios y cuándo lo está buscando de verdad. San Agustín decía así: «No te desparrames. Concéntrate en tu intimidad. La verdad reside en el hombre interior».

Buscar a Dios exige esfuerzo, pero encontrarse con él no es nunca resultado de un voluntarismo fanático ni de una ascesis crispada. Dios es un regalo, y lo importante es acogerlo con «simplicidad de alma». Recordemos la reflexión de la vieja priora en el Diálogo de carmelitas de Georges Bernanos: «Una vez salidos de la infancia, hay que sufrir mucho para volver a ella, como solo después de una larga noche vuelve a aparecer de nuevo la aurora. ¿He vuelto yo a ser de nuevo niño?».

No es lo más acertado buscar a Dios apoyándonos solo en las propias intuiciones. Hay muchas formas de engañarse o de andar dando vueltas sobre uno mismo, sobre nuestros sentimientos e ideas. Por eso es mejor compartir y contrastar la propia experiencia con alguien que nos pueda guiar desde su vivencia de Dios. Ese mutuo compartir puede ser el mejor estímulo para seguir buscándolo.

En su parábola del «tesoro escondido en el campo», Jesús habla del hombre que, «lleno de alegría», vende todo lo que tiene por hacerse con el tesoro. Buscar a Dios no produce tristeza ni amargura; al contrario, genera alegría y paz, porque la persona comienza a descubrir dónde está la verdadera felicidad. Recordemos a san Agustín: «Solo lo que hace bueno al hombre puede hacerlo feliz».

 

EL TESORO ES MI ESENCIA.

Fray Marcos

No tengo que alcanzarlo, sino descubrirlo, valorarlo y vivirlo.

El tesoro y la perla son dos símbolos que tienen un mismo mensaje. Si lo descubrimos, apreciaremos en su justa medida todo lo demás. No se trata de un descubrimiento racional, sino de una experiencia profunda y viva. Seguimos empeñados en descubrir al falso Dios que hemos creado y está solo en nuestra mente y eso es imposible.

El mensaje es idéntico, pero tiene matices diferentes en cada uno. En un caso, el encuentro es fortuito. Y en el otro, es consecuencia de una búsqueda. Otro matic es que en la primera se identifica el Reino con el tesoro, pero en la segunda se identifica con el comerciante que busca. El mensaje hay que buscarla en el conjunto del relato.

Las dos opciones se hacen con un grado de incertidumbre. Los dos se arriesgan a deshacerse de todo lo demás, a pesar de no contar con seguridad absoluta. La parábola no juzga la moralidad de las acciones narradas; simplemente propone unos hechos para que nosotros nos traslademos a otro ámbito donde no necesito seguridades.

Tanto el campesino, como el comerciante, obran de forma fraudulenta y por lo tanto injusta. Los dos se aprovechan de unos conocimientos privilegiados para engañar. No actúan por desprendimiento sino por egoísmo. “Renuncian” a unos vienes para conseguir bienes mayores. Su objetivo es conseguir una vida material mejor.

El punto de inflexión en las dos parábolas es el mismo: “vende todo lo que tiene y compra”. Sería sencillamente una locura. Si vende todo lo que tiene para comprar la perla, ¿qué comería al día siguiente? ¿Dónde viviría? Esa imposibilidad radical en el orden material, es lo que nos hace saltar a otro orden, en el que sí es posible.

Nada vamos a conseguir si previamente no descubrimos lo que somos. Nuestra principal tarea será tomar conciencia de esa Realidad. Si la descubrimos, prácticamen­te está todo hecho. La parábola al revés, no funciona. El vender todo lo que tienes, antes de descubrir el tesoro (que es lo que nos ha propuesto) no es garantía ninguna de éxito.

El tesoro no es Jesús. Jesús descubrió la divinidad dentro de él. Éste es el principal dogma cristiano. “Yo y el Padre somos uno”. Tampoco la Escritura es el tesoro. La Escritura es el mapa, que puede conducir al tesoro. No podemos presentar la Iglesia como tesoro. En todo caso, sería el campo donde tengo que cavar para encontrarlo.

El tesoro es el mismo Dios. Es la verdadera Realidad que soy, y que son todas los demás. En cuanto las religiones olvidan esto, se convierten en ideologías esclavizantes. El tesoro, la perla no representan grandes valores, sino una realidad que está más allá de toda valoración. Ver a Dios como contrario a otros valores es hacerle ídolo.

Vivimos en una sociedad que funciona a base de trampas. Si fuésemos capaces de llamar a las cosas por su nombre, esta sociedad quedaría colapsada. Si todos nos convenciéramos de que ni el dinero ni la salud ni el poder ni el sexo ni la religión son los valores supremos, nuestra sociedad quedaría inmediatamente purificada.

No se trata de despreciar nada, sino de tener claro lo que vale de veras. El tesoro nunca será incompatible con todos los demás valores que nos hacen más humanos. Es una tentación tener que elegir entre bien y mal. Esta postura es radicalmente equivocada. Debemos tener claro dónde está el valor supremo y que valores son relativos o falsos.

El gran problema de estas dos parábolas es que elegir supone conocer. No basta que nos digan que esto o aquello es lo mejor. Si no descubro el valor absoluto de lo que he encontrado, nunca me decidiré por superar el apego a todo lo demás. Si tengo que hacerme violencia para tomar una decisión espiritual, es que no he entendido nada.

XIX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

  XIX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – agosto 9, 2026  1 Reyes 19, 9. 11-13 / Salmo 84 / Romanos 9, 1-5 En este domingo, las l...