miércoles, 25 de marzo de 2026

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor – A – (Reflexión)

 Domingo de Ramos de la Pasión del Señor Ciclo A marzo 29, 2026 
Isaías 50, 4-7 / Salmo 21 / Filipenses 2, 6-11




Con el Domingo de Ramos, iniciamos la Semana Santa, como un tiempo especial para recordar y acompañar a Jesús, tanto en su dolor más profundo como en su alegría más intensa …

Evangelio según san Mateo 26, 14–27, 66

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo…

NOTA: continúa leyendo el Evangelio completo en: https://tinyurl.com/PasionSegunSnMateo

 

Reflexión:

¿Quiénes son los “Cristos” de hoy?

En esta semana estaremos recordando, como después de tres años (aproximadamente) de predicar, enseñar y dar testimonio veraz, de la Buena Noticia del Reino de su Padre, Jesús llega a Jerusalén, centro religioso y político de Judea, la cual estaba ocupada militarmente por los romanos, para culminar su misión de: salvarnos.

Habremos de permitir que Cristo nos transforme, acampándolo en los últimos momentos de su vida terrena y en su manera de amar sin límites hasta el final. Entra en Jerusalén, humildemente, sobre un burro, en una escena contradictoria que presenta a un "rey-mendigo" en lugar de un monarca con carruajes poderosos; y nos invita a abrir las puertas de nuestra propia "Jerusalén" interior, derribando las murallas que resisten lo nuevo, para que Jesús habite en nosotros, aún en momentos de hostilidad en el entorno.

Cada día de esta semana, nos puede ayudar a comprender y vivir, como la la entrega y el servicio a los que sufren es el camino de la salvación; Jesús nos muestra y enseña cómo hacerlo. Cada uno tenemos que elegir como seguir a Jesús y colaborar junto con Él, como hacer redención, en nuestra vida. Reflexionemos, para cada día:

Domingo de Ramos: Llega a la Ciudad, como ofrenda, para nuestra salvación; quienes lo han escuchado y visto, en su empeño por sanar y restaurar la dignidad de las personas, lo vitorean: ¡Hosana, hosana! (Sálvanos ahora).

Lunes Santo: María de Betania, quien unge los pies de Jesús con un perfume costoso y los seca con sus cabellos. Este acto representa la generosidad pura y la profecía de la sepultura de Jesús, contrastando con la actitud calculadora y mezquina de Judas. ¿Qué tengo yo para ofrecer a Jesús?

Martes Santo: Ante la infidelidad de Judas, Jesús actúa con caridad y sin violencia, permitiendo que Judas entre en contacto con la maldad de su propio corazón. La reflexión sugiere que todos tenemos una parte de "Judas" que ofrece resistencia a la conversión y prefiere caminar en la oscuridad de los afectos desordenados. ¿Cómo permanecer fiel a Jesús?

Miércoles Santo: Se advierte que hoy en día también se puede "negociar" la vida de los pobres cuando se olvida la fraternidad. Es un momento para cuestionar el nivel de compromiso personal al participar del pan y del cáliz del Señor. ¿Por cuánto dinero traicionaría a una persona?

Jueves Santo: La grandeza de Jesús reside en gestos que salvan y restauran, estableciendo que el verdadero "poder es servicio". Se nos exhorta a los seguidores a descender hacia los hermanos que están solos, sin casa o sin salud. ¿A quiénes puedo tender una mano, para levantarlos?

Viernes Santo: Es el momento de la oscuridad y la crucifixión, donde Jesús se une a todos los humillados de la tierra. La cruz es presentada como un signo de amor y fidelidad absoluta ante la maldad del mundo. Se invita a contemplar al Crucificado como un ser libre que no se deja mover por el odio, y a depositar en su sepulcro nuestros propios dolores, pecados y falta de esperanza. ¿Quiénes son injustamente, los crucificados de hoy?

Sábado Santo: Este día representa el proceso de despertar de los sentidos tras el desánimo. Así como la piedra del sepulcro fue removida, se pide que la piedra del corazón sea arrancada para que entre la luz. Jesús invita a sus discípulos a ir a Galilea, lo que significa que no hay lugar para la venganza, sino para un nuevo comienzo en la fraternidad.

Parece que todo termina, pero, no. El amor, tiene la última palabra.

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP

Para profundizar: https://tinyurl.com/BN-SSA-260329

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor – A – (Profundizar)

Domingo de Ramos de la Pasión del señor Ciclo A marzo 29, 2026 
Isaías 50, 4-7 / Salmo 21 / Filipenses 2, 6-11


Evangelio según san Mateo 26, 14–27, 66

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo…

NOTA: continúa leyendo el Evangelio en: https://tinyurl.com/PasionSegunSnMateo

 

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

  Hernán Quezada, SJ 

 

  “”

  Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

 SEGUIR A JESÚS CONDUCE A LA CRUZ

 José Antonio Pagola

Estamos tan familiarizados con la cruz del Calvario que ya no nos causa impresión alguna. La costumbre lo domestica y lo «rebaja» todo. Por eso es bueno recordar algunos aspectos demasiado olvidados del Crucificado.

Empecemos por decir que Jesús no ha muerto de muerte natural. Su muerte no ha sido la extinción esperada de su vida biológica. A Jesús lo han matado violentamente. No ha muerto tampoco víctima de un accidente casual ni fortuito, sino ajusticiado, después de un proceso llevado a cabo por las fuerzas religiosas y civiles más influyentes de aquella sociedad.

Su muerte ha sido consecuencia de la reacción que provocó con su actuación libre, fraterna y solidaria con los más pobres y abandonados de aquella sociedad.

Esto quiere decir que no se puede vivir el evangelio impunemente. No se puede construir el reino de Dios, que es reino de fraternidad, libertad y justicia, sin provocar el rechazo y la persecución de aquellos a los que no interesa cambio alguno. Imposible la solidaridad con los indefensos sin sufrir la reacción de los poderosos.

Su compromiso por crear una sociedad más justa y humana fue tan concreto y serio que hasta su misma vida quedó comprometida. Y, sin embargo, Jesús no fue un guerrillero, ni un líder político, ni un fanático religioso. Fue un hombre en el que se encarnó y se hizo realidad el amor insondable de Dios a los hombres.

Por eso ahora sabemos cuáles son las fuerzas que se sienten amenazadas cuando el amor verdadero penetra en una sociedad, y cómo reaccionan violentamente tratando de suprimir y ahogar la actuación de quienes buscan una fraternidad más justa y libre.

El evangelio siempre será perseguido por quienes ponen la seguridad y el orden por encima de la fraternidad y la justicia (fariseísmo). El reino de Dios siempre se verá obstaculizado por toda fuerza política que se entienda a sí misma como poder absoluto (Pilato). El mensaje del amor será rechazado en su raíz por toda religión en la que Dios no sea Padre de los que sufren (sacerdotes judíos).

Seguir a Jesús conduce siempre a la cruz; implica estar dispuestos a sufrir el conflicto, la polémica, la persecución y hasta la muerte. Pero su resurrección nos revela que, a una vida crucificada, vivida hasta el final con el espíritu de Jesús, solo le espera resurrección. 

   LOS TEXTOS NO DICEN LO QUE PASÓ EN LA PASIÓN

 Fray Marcos

La exégesis ha obligado a cambiar de mentalidad. Hoy sabemos que los evangelios no relatan sucesos, sino la cristología de los seguidores de Jesús. Los evangelios no pretenden informarnos de los hechos sino convencernos de que Jesús es el ‘Mesías’.

Con frecuencia se inventan los hechos para facilitar la interpretación. Cada vez que leemos la frase “esto sucedió para que se cumpliesen la Escrituras”, quiere decir: tuvo que pasar así porque lo dice la Biblia. Si los cuatro evangelios se parecen tanto en la pasión se debe a que el relato fue el primero del que todas las tradiciones participaron.

Con los datos que tenemos no podemos pensar en una entrada triunfal. Si era política, no lo hubiera permitido Roma. Si era religiosa, no lo hubiera permitido el Templo. No cabe duda de que algo pasó, pero no debemos imaginarlo como un acto espectacular sino como un acto profético de un pequeño grupo que llegaban en ambiente festivo.

Con relación a la muerte, seguir hablando de la muerte de Jesús como condición para que Dios nos perdone es la negación del Dios de Jesús. Esa manera de explicar el sentido de la muerte de Jesús nos mete por un callejón sin salida. La muerte de Jesús, desvinculada de su predicación y de su vida no tiene el más mínimo significado.

Tampoco fue el requisito para llegar a la gloria. El domingo veíamos que la muerte no quita ni añade nada a la verdadera Vida. Jesús murió por ser fiel a sí mismo y a Dios. Jesús nos enseña que amar como Dios ama, es más importante que conservar la vida biológica. No murió para que Dios nos amara, sino para demostrar que Dios es amor.

La muerte de Jesús no se puede separar de su denuncia de la injusticia en nombre de Dios. Su cercanía a los excluidos fue su mensaje fundamental. Esta actitud resultó inaguantable para los que solo buscaban su interés y mantener sus privilegios.

No sabemos casi nada de las circunstancias de la muerte de Jesús. En la Biblia no podemos encontrar nada sobre Jesús porque su figura desborda absolutamente todo lo que pudieron pensar de él antes de que apareciera con su novedosa predicación.

Hoy sabemos los motivos que llevaron a los jefes religiosos y a Pilato a deshacerse de Jesús, y en ambos casos eran motivos egoístas y pragmáticos. Ni el Sanedrín ni Pilato pensaban en otra cosa que en liberarse de un ser humano muy peligroso.

Debemos descubrir la presencia de Dios en nuestro sufrimiento, en nuestra misma muerte. No podemos seguir buscando nuestra plenitud en el triunfo y en la gloria. Seguimos pensando que el dolor y la muerte son incompatibles con Dios. Un Dios que no nos dé seguridades y garantice la permanencia del yo, no nos interesa.

Una parte de nosotros está con los dirigentes judíos y no quiere saber nada del dolor y de la muerte. Otra parte de nosotros se siente atraída por ese hombre que viene a manifestar la verdadera Vida. En el fondo de nosotros mismos, algo nos dice que Jesús tiene razón, pero despegarnos de nuestro “yo” sigue siendo una meta inalcanzable.

Jesús no murió por nuestros pecados, sino por nuestra imbecilidad. Pablo nos metió por ese callejón sin salida en el que seguimos atollados. Como en el caso de otras interpretaciones, la culpa la tiene un apego demasiado literal a la Escritura. Para un judío los sacrificios en el templo eran la única manera de escapar a la ira de dios.

Hacer de la muerte de Jesús el sacrificio definitivo a Dios era matar dos pájaros de un tiro. Por una parte, se mantenía la exigencia por parte de Dios de la servidumbre. Por otra, se ponía a Jesús como el culmen de todas las aspiraciones del pueblo judío.

 

 

jueves, 19 de marzo de 2026

V Domingo de Cuaresma – Ciclo A – (Profundizar)

 V Domingo de Cuaresma Ciclo A marzo 22, 2026 
Ezequiel 37, 12-14 / Salmo 129 / Romanos 8, 8-11


Evangelio según san Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”.

Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la luz”.

Dijo esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo”. Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con él”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: “Ya vino el Maestro y te llama”. Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar allí y la siguieron.

Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”

Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra.

Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

  #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

En este V domingo de Cuaresma, la Palabra nos propone una imagen: estar dentro de una tumba. Y es que el pecado, aunque estemos vivos, nos hace estar muertos.

El pecado es la lápida que sella nuestra tumba, y dentro de la tumba nos sentimos solos, atrapados, y nos vamos descomponiendo poco a poco. Dentro de la tumba todo es oscuridad. ¿Cómo se llama ese "pecado-lápida" que te mantiene dentro? ¿Miedo, soberbia, rencor, desconfianza, avaricia? ¿Cómo se llama eso que te impide vivir con plenitud?

Pero la buena noticia que nos da la Palabra es que Dios no nos quiere muertos; Él nos quiere vivos: "Yo mismo abriré sus sepulcros y los sacaré de ellos", "pondré mi Espíritu en ustedes y vivirán".

Clamando en este domingo junto con el salmista: "Desde lo hondo grito, Señor", escucha hoy a Jesús pararse frente a tu tumba y gritar con fuerza (llamándote por tu nombre): ¡________, sal de ahí!

Hermanos, hermanas, nosotros no estamos sujetos a la carne, sino al Espíritu, y el Espíritu de Dios habita en nosotros. Salgamos fuera, que esta Cuaresma sea el tiempo para salir de "la tumba" y vivir de nuevo.

#FelizDomingo

“Jesús, al ver llorar a María (...) se conmovió profundamente”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

¡Qué fácil resultan las cosas cuando se quiere! Detrás de todo lo valioso e importante en esta vida, hay historias de amor que no conocemos. Normalmente, vemos los resultados y nos llenamos de admiración al reconocer la inmensidad de las obras de hombres y mujeres a lo largo y ancho de este mundo: Obras de arte, gestas revolucionarias, grandes construcciones, proyectos de desarrollo, acciones a favor de los demás... Detrás de todo ello había trabajando un motor inmóvil, un dinamismo creador, salvador y liberador que no se explica con palabras sino con obras; que no se contenta con los buenos deseos sino que pasa a las acciones; que no sólo opina sobre lo que debe cambiar, sino que transforma la realidad: ¡Este motor del mundo, que mueve sin ser movido, es el amor!

Recordarán ustedes la historia que salió hace unos años en una de las páginas del calendario del Corazón de Jesús que hablaba de una niña que iba caminando por un sendero pedregoso llevando a cuestas a su hermanito. “Me quedé mirándola y le pregunté: –¿Cómo puedes llevar una carga tan pesada? La niña volvió hacia mí sus ojos llenos de sorpresa y me respondió: –No es una carga, señor, es mi hermanito".

Por todas partes, en el texto en el que san Juan nos relata la resurrección de Lázaro, salta a la vista el cariño que Jesús sentía hacia esta familia de Betania: “tu amigo está enfermo”; “Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro, cuando le dijeron que Lázaro estaba enfermo se quedó dos días más en el lugar donde se encontraba. Después dijo a sus discípulos: – Vamos otra vez a Judea”; “Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se conmovió profundamente y se estremeció, y les preguntó: – ¿Dónde lo sepultaron? Le dijeron: – Ven a verlo Señor. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron entonces: – ¡Miren cuánto lo quería!”. “Jesús, otra vez conmovido, se acercó a la tumba. Era una cueva, cuya entrada estaba tapada con una piedra. Jesús dijo: – Quiten la piedra”. Y más adelante, la bella oración que Jesús dice delante de la tumba de su amigo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo digo por el bien de esta gente que está aquí, para que crean que tú me has enviado. Después de decir esto, gritó: – ¡Lázaro, sal de ahí!”

Sólo desde el amor se explica que el Señor Jesús haya querido ir a Judea donde hacía poco habían tratado de matarlo a pedradas. Sólo desde el amor pudieron los discípulos decir: “Vamos también nosotros, para morir con él”. Sólo desde el amor se explica ese bendito grito de Jesús ante la tumba de su amigo: “¡Lázaro, sal de ahí!” Sólo desde el amor se entiende que “El muerto salió, con las manos y los pies atados con vendas y la cara envuelta en un lienzo”.

Si nos dejamos mover por esa fuerza misteriosa del amor que bulle allí en nuestro interior, daremos vida a los cadáveres y seremos capaces, también hoy, de asumir nuestra misión estando incluso dispuestos a ‘morir con él’. La Cuaresma es un tiempo para crecer en este amor que mueve montañas. Vivamos esta experiencia del amor que Dios nos regala en la persona de Jesús y pidámosle que seamos capaces de sacar de su tumba a los muertos o por lo menos, sintamos la fuerza para echarnos al hombro a nuestro hermanito.

NUESTROS MUERTOS VIVEN

José Antonio Pagola

El adiós definitivo a un ser muy querido nos hunde inevitablemente en el dolor y la impotencia. Es como si la vida entera quedara destruida. No hay palabras ni argumentos que nos puedan consolar. ¿En qué se puede esperar?

El relato de Juan no tiene solo como objetivo narrar la resurrección de Lázaro, sino, sobre todo, despertar la fe, no para que creamos en la resurrección como un hecho lejano que ocurrirá al fin del mundo, sino para que «veamos» desde ahora que Dios está infundiendo vida a los que nosotros hemos enterrado.
Jesús llega «sollozando» hasta el sepulcro de su amigo Lázaro. El evangelista dice que «está cubierto con una losa». Esa losa nos cierra el paso. No sabemos nada de nuestros amigos muertos. Una losa separa el mundo de los vivos y de los muertos. Solo nos queda esperar el día final para ver si sucede algo.
Esta es la fe judía de Marta: «Sé que mi hermano resucitará en la resurrección del último día». A Jesús no le basta. «Quitad la losa». Vamos a ver qué es lo que sucede con el que habéis enterrado. Marta pide a Jesús que sea realista. El muerto ha empezado a descomponerse y «huele mal». Jesús le responde: «Si crees, verás la gloria de Dios». Si en Marta se despierta la fe, podrá «ver» que Dios está dando vida a su hermano.

«Quitan la losa» y Jesús «levanta los ojos a lo alto», invitando a todos a elevar la mirada hasta Dios, antes de penetrar con fe en el misterio de la muerte. Ha dejado de sollozar. «Da gracias» al Padre porque «siempre lo escucha». Lo que quiere es que quienes lo rodean «crean» que es el Enviado por el Padre para introducir en el mundo una nueva esperanza.

Luego «grita con voz potente: Lázaro, sal afuera». Quiere que salga para mostrar a todos que está vivo. La escena es impactante. Lázaro tiene «los pies y las manos atados con vendas» y «la cara envuelta en un sudario». Lleva los signos y ataduras de la muerte. Sin embargo, «el muerto sale» por sí mismo. ¡Está vivo!

Esta es la fe de quienes creemos en Jesús: los que nosotros enterramos y abandonamos en la muerte viven. Dios no los ha abandonado. Apartemos la losa con fe. ¡Nuestros muertos están vivos!

 

SI AÚN TE PREGUNTAS SI LÁZARO RESUCITÓ FÍSICAMENTE ES QUE ESTÁS MUERTO

Fray Marcos

Agua, luz, vida. Son tres grandes metáforas que intentan lanzarnos más allá de toda lógica. Si nos empeñamos en seguir entendiéndolas al pie de la letra, estamos distorsionando el texto y nos quedamos en ayunas del verdadero mensaje.

Todo es simbólico. Familia de hermanos, la nueva comunidad. Jesús integrado en el grupo por su amor a cada uno. Unos miembros de la comunidad se preocupan por la salud de otro. La falta de lógica del relato nos obliga a salir de la literalidad.

Si nos preguntamos si Lázaro resucitó físicamente, es que seguimos muertos. La alternativa no es, esta vida aquí abajo u otra vida después, pero continuación de esta. La alternativa es: vida biológica sola, o Vida definitiva durante esta vida física, pero más allá de ella. Que Lázaro resucite para volver a morir no tiene sentido. ningún otro escrito del NT, mencione un hecho tan espectacular.

Yo soy la resurrección y la Vida. Jesús no vino a prolongar la vida física, vino a comunicar la Vida de Dios. Esa Vida anula los efectos catastróficos de la muerte biológica. Ante el hecho de la muerte natural, la Vida que sigue, aparece como renovación de la vida que termina. En realidad, es la única y verdadera Vida.

Jesús corrige la concepción de “resurrección del último día”, que Marta compartía con los fariseos. Para Juan, el último día es el día de la muerte de Jesús, en el cual, con el don del Espíritu, la creación del hombre queda completada. Es una pena que seguimos con la fe para el más allá, que Jesús declara insuficiente.

¿Dónde le habéis puesto? Indica que son ellos los que colocaron a Lázaro en el sepulcro, lugar de muerte sin esperanza. El sepulcro no es el lugar propio de los que han dado su adhesión a Jesús. Al decirles: “Quitad la losa”. Jesús pide a la comunidad que se despoje de su creencia. Los muertos no tienen por qué estar separados de los vivos. Los muertos pueden estar vivos y los vivos, muertos.
Ya huele mal. La trágica realidad de la muerte se impone. Marta sigue pensando que la muerte es el fin. Jesús quiere hacerle ver que no es el fin; pero también que sin “muerte” no se puede alcanzar la verdadera Vida. La muerte deja de ser el horizonte último de la vida cuando se asume. Nadie queda dispensado de morir.

Al quitar la losa, desaparece la frontera entre muertos y vivos. La losa no dejaba entrar ni salir. Era la señal del punto y final de la existencia. La pesada losa de piedra ocultaba la presencia de la Vida más allá de la muerte. Jesús sabe que Lázaro había aceptado la Vida antes de morir, por eso ahora sigue viviendo.
¡Lázaro, ven fuera! El sepulcro donde le habían colocado, no era el lugar donde debía estar. El creyente no está destinado al sepulcro porque sigue viviendo. Los destinatarios del grito son ellos, no Lázaro. ¡Acceded todos a la verdadera vida!

Salió el muerto con las piernas y los brazos atados. El ser humano, que no nace a la nueva Vida, permanece atado de pies y manos, imposibilitado para crecer como tal. Una vez más es imposible entender la frase literalmente. ¿Cómo pudo salir, si tenía los pies atados? Parecía un cadáver, pero estaba vivo.

Lázaro ostenta todos los atributos de la muerte, pero sale él mismo porque está vivo. La comunidad tiene que tomar conciencia de su nueva situación. Son ellos los que lo han atado y ellos son los que deben soltarlo. No devuelve a Lázaro al ámbito de la comunidad, sino que le deja en libertad. Ahora ellos, sabiendo que morir no significa dejar de vivir, podrán entregar su vida como Jesús.


V Domingo de Cuaresma – Ciclo A – (Reflexión)

 V Domingo de Cuaresma Ciclo A marzo 22, 2026 
Ezequiel 37, 12-14 / Salmo 129 / Romanos 8, 8-11



En este quinto domingo de Cuaresma, la liturgia nos recuerda, como es que la vida, es lo que desea Dios para nosotros, en el plano terrenal y en la vida eterna

Evangelio según san Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”.

Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la luz”.

Dijo esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo”. Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con él”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: “Ya vino el Maestro y te llama”. Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar allí y la siguieron.

Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”

Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra.

Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Reflexión:

¿Cómo volver a la vida?

Las lecturas nos recuerdan que el Dios de la vida, nos puede sacar de “nuestros sepulcros”, pues aunque vivos, pareciera que andamos muertos, por causa de nuestras fallas, desórdenes, egoísmos y pecados, que nos alejan de los demás, de nuestra escencia y por ende de Dios.

Durante este tiempo de Cuaresma, hemos sido invitados a reconocer que, a pesar de nuestro distanciamiento de Dios, Él siempre nos procura e invita a volver al camino de la vida; su misericordia es mayor que nuestras faltas. Reconocer que nos alejemos y elegir volver a Él, es regresar al camino de lo que nos da una “vida que vale la pena vivir”.

Para volver a vivir (ser dichosos, plenos, felices…) tan solo habremos de escucharlo, llenarnos de su Espíritu y dejarnos guiar, para vivir de tal manera que se refleje en nuestra manera de ser, que nos mueve: su amor y deseo de vida, cuyo fruto es la fraternidad.

Al igual que a Lázaro, hoy nos dice: “sal de allí” (de nuestro sepulcro); y para ello, habremos de quitarnos lo que nos ata, esclaviza, mata … y no nos deja vivir en plenitud en esta vida terrena, en comunidad y fraternidad.

Jesús, llora por nosotros, que no sabemos vivir y por ello, nos ofrece beber de la fuente de la vida, mirar la realidad con sus ojos, para tener una vida plena, ya desde ahora, para luego, al morir definitivamente, acceder a la vida eterna, en la Casa del Padre.

¿Qué actitudes y acciones, me tienen “muerto” en vida?... ¿Cómo reconocer a Jesús como fuente de vida?... ¿Cómo ayudo a “desatar” a quién está esclavo del pecado?...

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

miércoles, 11 de marzo de 2026

IV Domingo de Cuaresma – Ciclo A – (Reflexión)

 IV Domingo de Cuaresma Ciclo A marzo 15, 2026 
1 Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a / Salmo 22 / Efesios 5, 8-14


La cuarta semana de Cuaresma, nos recuerda cómo Jesús, devuelve la vista a un ciego de nacimiento; signo de que ahora nosotros podemos recobrar la vista, para poder ver con su mirada…

Evangelio según san Juan 9, 1-41

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘Enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista.

Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No lo sé”.

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.

Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.

Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene”.

Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.

Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.

Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

Reflexión:

¿Cuáles son mis cegueras?

En la obscuridad y tinieblas, no podemos ver, es en lo oscurito, que “a veces” actuamos y hacemos el mal, para que no nos vean, ni se sepa. Necesitamos de luz para no caer, para no fallar y no pecar.

Jesús, quiere que veamos, con su mirada, la cual aprendemos, conociendo quién es Él y cuál es su proyecto salvador. Este tiempo especial de Cuaresma, nos da la oportunidad de volver nuestra mirada y atención a Jesús, quien nos ilumina con su luz para tener claridad y volver a Él.

Hay que cuidarnos de la arrogancia farisaica, para no creer que todo lo hacemos bien, ni justificar nuestras acciones, bajo el típico “así siempre ha sido, así soy yo”. Tenemos que abrir bien los ojos, dejar que Jesús nos de su luz, para poder reconocer y ver su presencia, en todo y en todos.

Mirar como Jesús, es ir más allá de lo superficial, es interiorizar y descubrir como Dios actúa en todo lo creado. Podríamos decir que, al recibir su Palabra, somos ungidos con su sabiduría y empoderados para dar testimonio de su presencia, siendo y haciendo el bien, como Él.

“Abrir los ojos”, nos hace ver nuestras ataduras, para poder liberarnos y ver el camino que nos lleva a “tener una vida que valga la pena”, que es el deseo y voluntad de Dios, para todos y cada uno de nosotros.

¿Cómo ver aquello que me oprime y esclaviza?... ¿Cómo reconocer a Jesús y confiar en Él?... ¿En dónde veo, a mi alrededor, las obras de Dios?...

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

IV Domingo de Cuaresma – Ciclo A – (Profundizar)

 IV Domingo de Cuaresma Ciclo A marzo 15, 2026
1 Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a / Salmo 22 / Efesios 5, 8-14


Evangelio según san Juan 9, 1-41

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘Enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista.

Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No lo sé”.

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.

Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.

Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene”.

Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.

Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.

Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

   #Microhomilia 

Ver y no ver, vivir en la luz o en las tinieblas, vivir como hijos de la luz sin tomar parte en las obras de las tinieblas.

Este domingo de Cuaresma somos invitados por la Palabra a examinar nuestras «cegueras» más graves: las cegueras del corazón. Ciegos de corazón, nos envuelven las tinieblas, y, como aquel ciego que nos narra el Evangelio hoy, permanecemos «sentados y pidiendo», o, peor aún, tirados entre los muertos.

Juan nos muestra que en esta historia, esta vez no es el ciego el que pide ver, sino que es Jesús el que ve la ceguera de aquel hombre, el que toma la acción de empeorar su ceguera poniendo barro en los ojos, pero, a su vez, dando la solución: «Ve a lavarte».

Esa es la buena noticia de este domingo: Dios no mira como los hombres, Él mira el corazón. Y al mirar lo que tenemos dentro, nos sana, nos levanta, nos pone en acción. ¿Será que el Señor te viene untando barro en los ojos desde hace tiempo? ¿Será que te envía a «Siloé»?

La Cuaresma es un buen tiempo para lavarnos, para volver a ver. Quizás sentir «el barro en los ojos» es el signo de que ya es tiempo para lavarnos y ver. Es tiempo para escuchar a Jesús decirnos: «Despierta, tú que duermes»; es tiempo para abandonar las obras de las tinieblas y comenzar a «lavarnos» viviendo como hijos de la luz: con bondad, justicia y verdad. Es tiempo de levantarnos y ver.

#FelizDomingo

“Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre?”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

El diagnóstico que nos acaban de dar es fatal; la enfermedad apareció de repente y no hubo tiempo de prevenirla. Fue un accidente horrible; nadie esperaba que muriera tan joven. En el cruce de balas lo hirieron y quedó parapléjico; le espera una vida entera de sufrimiento. Un joven de 18 años sufre un infarto y después de una semana en coma, muere. La ecografía dice que el niño va a nacer con una deficiencia grave; será una carga pesada de llevar para toda la familia. Noticias como estas no se las desea uno a nadie. Pero llegan muchas veces. Y siempre, sin avisar. El dolor en este mundo es muy grande y toca, más tarde o más temprano, a nuestra puerta, y entra sin pedir permiso.

“Cuando le pasan cosas malas a la gente buena” es el título de un libro escrito por un rabino norteamericano que vio nacer a uno de sus hijos con una penosa enfermedad, que lo acompañó hasta su muerte, a los catorce años; murió sin saber por qué él y sus padres, habían tenido que sufrir tanto. Desde luego, este libro no logra explicar del todo el origen del mal en el mundo, pero sí nos ayuda a entender algunas de las situaciones que viven aquellas personas que han sufrido injustamente. Es un buen intento por descubrir el sentido que tiene el dolor del inocente.

Los discípulos, viendo al ciego de nacimiento, le preguntan a Jesús: “¿Por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres, o por su propio pecado?”. Esta pregunta aparece siempre ante el dolor y el sufrimiento del inocente. Buscamos la culpa en alguien. Buscamos alguna explicación, algún sentido al dolor, porque no nos cabe en la cabeza que no haya una causa que lo explique. Pero siempre, las explicaciones y los razonamientos que hacemos se quedan cortos. El sufrimiento desborda nuestros intentos por entenderlo y explicarlo. Eso ha pasado muchas veces en medio de tragedias que no tienen explicación y sucesos que dejan al descubierto nuestra propia contingencia.

La respuesta que da Jesús puede decirnos algo, aunque hay que reconocer que el misterio sigue allí, sin aclararse plenamente: “Ni por su propio pecado ni por el de sus padres; fue más bien para que en él se demuestre lo que Dios puede hacer. Mientras es de día, tenemos que hacer el trabajo del que me envió; pues viene la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo”. ¿Qué culpa puede tener el niño al nacer? ¿Por qué iba a cargar el niño con el pecado de sus padres? Sin embargo, esta es la explicación que le damos muchas veces, al dolor. Necesitamos un chivo expiatorio y lo buscamos en otros o en nosotros mismos. Tratamos de descubrir el origen del mal en algún comportamiento nuestro.

El dolor y el sufrimiento no se pueden explicar. Tal vez lo peor que podemos hacer es buscar culpables o culparnos a nosotros mismos. El dolor es una pregunta que nos lanza la vida y que nos abre a lo que Dios puede hacer en nosotros y, a través nuestro, en los demás. El Señor nos invita a ser una luz para aquellos que transitan por el camino del dolor, como lo fue él para aquel ciego que recuperó la vista después de bañarse en el estanque de Siloé. “Después de haber dicho esto, Jesús escupió en el suelo, hizo con la saliva un poco de lodo y se lo untó al ciego en los ojos. Luego le dijo: – Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa ‘enviado’)”.


 

TESTIGO DE LA VERDAD

José Antonio Pagola

Hay un rasgo que define a Jesús y configura toda su actuación: su voluntad de vivir en la verdad. Es sorprendente su decisión de vivir en la realidad, sin engañarse ni engañar a nadie. No es frecuente en la historia encontrarse con un hombre así. Jesús no solo dice la verdad. Cree en la verdad y la busca. Está convencido de que la verdad humaniza a todos.

Por eso no tolera la mentira o el encubrimiento. No soporta la tergiversación o las manipulaciones. No hay en él atisbos de disimular la verdad o de convertirla en propaganda. Su honradez con la realidad le hace libre para decir toda la verdad. Jesús se convertirá en «voz de los sin voz, y voz contra los que tienen demasiada voz» (Jon Sobrino).

Jesús va siempre al fondo de las cosas. Habla con autoridad porque habla desde la verdad. No necesita falsos autoritarismos. Habla con convicción, pero sin dogmatismos. No necesita presionar a nadie. Basta su verdad. No grita contra los ignorantes, sino contra los que falsean interesadamente la verdad para actuar de manera injusta.

Jesús invita a buscar la verdad. No habla como los fanáticos, que la imponen, ni como los funcionarios, que la «defienden» por obligación. Dice las cosas con absoluta sencillez y soberanía. Lo que dice y hace es diáfano y fácil de entender. La gente lo percibe enseguida. En contacto con Jesús, cada cual se encuentra consigo mismo y con lo mejor que hay en él. Jesús nos lleva a nuestra propia verdad.

Cuando este hombre habla de un Dios que quiere una vida digna para los más desgraciados e indefensos, se hace creíble. Su palabra no es la de un farsante interesado por su propia causa. Tampoco la de un religioso piadoso en busca de su bienestar espiritual. Es la palabra de quien trae la verdad de Dios para quienes la quieran acoger.

Según el cuarto evangelio, Jesús dice: «Yo he venido a este mundo para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Es así. Cuando reconocemos nuestra ceguera y acogemos su evangelio, comenzamos a ver la verdad.

 

JESÚS ES LUZ

Fray Marcos

El relato es simbólico, como el de la Samaritana del domingo pasado y la resurrección de Lázaro del próximo. Es un proceso catecumenal que lleva al hombre de las tinieblas a la luz; de la opresión a la libertad; de no ser nada a ser plenamente hombre.

Jesús acaba de decir: “Yo soy la luz del mundo”. Lo repite y lo va a demostrar dando la vista al ciego. Jesús no le consulta, pero no suprime su libertad; le da la oportunidad, pero la decisión queda en sus manos. Tendrá que ir a lavarse. Los demás personajes siguen en su ceguera: fariseos, apóstoles, paisanos, padres.

Al mezclar la tierra con su saliva está simbolizando la creación del hombre nuevo, compuesto por la tierra-carne y la saliva-Espíritu. De ahí la frase que sigue: le untó su barro en los ojos. El barro, modelado por el Espíritu, es el proyecto de Dios realizado ya en Jesús, y con posibilidad de realizarse en todos los seres humanos.

Aquí está la clave del relato. El ciego es ahora un “ungido”, como Jesús. El hombre carnal ha sido transformado por el Espíritu. La duda de la gente sobre la identidad del ciego refleja la novedad que produce el Espíritu. Siendo el mismo, es otro.

El hombre ciego era libre pero no lo había descubierto todavía. De ahí que el ciego utilice las mismas palabras que tantas veces, en Jn, utiliza Jesús para identificarse: "Soy yo". Esta fórmula refleja la identidad del hombre transformado por el Espíritu.

Lo que importa es que este hombre estaba limitado y carecía de toda libertad. Ahora está llena de sentido. Pierde todo miedo y comienza a ser él mismo, no solo en su interior sino ante los fariseos que le acosan.

No se había mencionado que era mendigo, incapacitado, dependiente de los demás. Jesús le hace hombre cabal. Tampoco se había mencionado que era sábado. Jesús no tiene en cuenta esa circunstancia a la hora de hacer bien al hombre.

Los fariseos no se alegran del bien del hombre. Solo les interesa la Ley y creen que a Dios tampoco le importa el hombre. Acuden a los padres para desvirtuar el hecho que no pueden negar. Los padres son gente sometida y no se atreven a hablar.

La pregunta es triple: ¿Es vuestro hijo? ¿Nació ciego? ¿Cómo recobró la vista? Responden a las dos primeras, pero a la tercera no se atreven a responder. El miedo les impide aceptar complicidad con el hecho. Podían ser expulsados de la institución.

Los fariseos quieren conseguir la lealtad del ciego aún en contra de la evidencia. Condenan a Jesús en nombre de la moral oficial y pretenden que le condene el ciego. Para ellos Dios no puede estar de parte del que no cumple la Ley. Dios no puede actuar contra el precepto ni siquiera en beneficio del hombre.

El ciego, sin miedo, opone los hechos a la teoría. Ha experimentado el amor gratuito y liberador. Él sabe ahora lo que es ser un hombre y sabe también lo que es Dios. Él ahora ve; los maestros de la Ley están ciegos. El hombre utiliza una teología admitida por todos. Dios no puede estar de parte de un pecador.

Por no negar su experiencia ni renunciar al bien que ha recibido, lo expulsan. Con su mentira han querido apagar la luz-vida. Al no conseguirlo, el hombre no puede permanecer dentro del ámbito de la muerte-tiniebla, que es la sinagoga.

Los fariseos lo expulsan, Jesús lo busca. Con su pregunta acaba la obra de iluminación. La acción de Jesús ha hecho descubrir al ciego una nueva manera de ser hombre, cuyo modelo es Jesús. Jesús le hace tomar conciencia de ello.

 

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor – A – (Reflexión)

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