jueves, 25 de junio de 2026

XIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 28, 2026 
2 Reyes 4, 8-11. 14-16 / Salmo 88 / Romanos 6, 3-4.8-11


En este domingo, el evangelio nos recuerda que nadie esta por encima de Dios, como nos lo indicó Jesús en su mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”

Evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

Reflexión:

¿Qué ocupa hoy el centro de mi vida?

En el breve evangelio de hoy, Mateo nos recuerda de manera muy concreta “un orden”, que al vivirlo, nos ayuda a tener mejores relaciones interpersonales con los demás y así tener una “vida que vale la pena vivir”, que es deseo de Dios para todos nosotros.

Al poner a Dios como prioridad en nuestra vida, iremos “ordenamos nuestros afectos desordenados” de tal manera que, viviendo desde el amor que Él nos tiene y enseña, nuestra vida toma una nueva perspectiva, porque estaríamos relacionándonos con los demás, de la misma manera que Dios nos trata. Podemos decir en otras palabras que, si escuchamos y ponemos en práctica sus enseñanzas, es lo mejor que podemos hacer.

El amor de Dios no se agota, tampoco nuestra capacidad de hacerlo. Por eso, cuando Jesús nos pide que lo amemos como prioridad, es para que desde ese amor inagotable podamos crear y/o enmendar nuestras relaciones interpersonales, de tal manera que vivamos su amor en ellas. Su amor (ágape), en un sentido espiritual, representa un amor incondicional, altruista, fraterno y desinteresado, y es el mismo que tenemos que vivir.

Que Dios sea el primero no significa que sea el único a quien debemos amar. Significa que aprendemos de Él la manera de amar a todos los demás; cuando Dios ocupa el primer lugar, también nuestras relaciones encuentran su verdadero lugar; al hacerlo así, estaremos reflejando el amor del Padre, que siempre busca el bien.

En la espiritualidad ignaciana, el significado de prioridad bíblica se centra en el Principio y Fundamento: Dios es el absoluto y el fin supremo, es principio y fin, alfa y omega. Poéticamente, lo escribe San Agustín: “nos creaste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti”

Nos toca, a cada uno, en primer lugar, buscar y encontrar ese amor (ágape), para vivirlo de manera ordinaria, mostrando así que mi prioridad es vivir en esa fraternidad, que crea condiciones de bien común allí donde vivo y con quien convivo; como la “mujer distinguida” que acoge fraternalmente al profeta Eliseo (cfr. 2 Reyes 4, 8-11. 14-16); en segundo lugar, hay que aprender a elegir solo aquello que me lleve a hacer presente el Reino de Amor de dios, y también a saber enfrentar las dificultades que son presenten en la vida, “nuestras cruces”, como Jesús nos lo mostrado (cfr. Rom 6, 3-4.8-11).

Cuando Dios ocupa el centro de nuestra vida, dejamos de usar a las personas y comenzamos a amarlas. Entonces comprendemos que las riquezas, el trabajo, el éxito o la salud son dones valiosos, pero no el sentido último de nuestra existencia. Todo encuentra su lugar cuando Dios ocupa el primero.

¿Cómo puedo amar, como Dios me ama?... ¿Qué necesito reordenar para que Jesús sea mi prioridad?... ¿Qué decisión concreta puedo tomar esta semana para vivir desde su amor?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 28, 2026 
2 Reyes 4, 8-11. 14-16 / Salmo 88 / Romanos 6, 3-4.8-11



Evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


   #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

APRENDER A DAR

José Antonio Pagola

A veces no es tan fácil responder a las preguntas más sencillas. Hemos oído decir con frecuencia que amar es dar. Pero ¿qué es dar? Muchos suponen que dar es solo privarse de algo, renunciar a algo, «sacrificarse» desprendiéndose de algo. Estamos tan condicionados por nuestra sociedad del bienestar y tan inclinados a poseer, acumular y ganar, que «dar» nos parece algo improductivo. Un empobrecimiento que no estamos dispuestos a aceptar. En nuestra sociedad, quien da sin recibir es una persona poco práctica, sin sentido realista, poco inteligente.

Sin embargo, dar es algo totalmente distinto. El gesto de dar es la expresión más rica de vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en grado muy modesto. «Solo el amor hace que la vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los demás procura la gran alegría de vivir» (Karl Tillmann).

Dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico. Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad, solo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás.

Necesitamos todos escuchar con más atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un pobre sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está vivo en nosotros y puede hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, comprensión, aliento, esperanza, acogida o cercanía.

Muchas veces no se trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente, «un vaso de agua fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin prisas, una ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de apoyo y amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que nos pueda parecer. Se llama Dios, nuestro Padre.

 

SI AMAR A DIOS SE OPONE A OTRO AMOR, UNO DE LOS DOS ES FALSO

Fray Marcos

La manera de hablar semita, por contrastes excluyentes, nos puede jugar una mala pasada. El evangelio propone, en fórmulas concisas, varios temas esenciales para el seguimiento de Jesús. Todos tienen más alcance del que se puede sospechar.

El que quiere a sus padres más que a mí, no es digno de mí. El amor a la madre y a Dios son realidades de distinta naturaleza; no se pueden comparar. Jesús no pudo decir eso con el significado que tiene para nosotros hoy. El amor a Dios no puede entrar en conflicto con el amor a nadie, y menos con el amor a la madre.

Hay que tener mucho cuidado al hablar del amor a Dios o a Jesús. Creer que puedo amar directamente a Dios es una quimera. Solo puedo amar a Dios, amando a los demás. Jesús no pudo decir: tienes que amarme a mí más que al Hijo. Recordemos: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber”.

No existe más amor que el que llega a concretarse en obras. Ahora bien, lo más próximo a cada ser humano son los miembros de su propia familia. La advertencia del evangelio está encaminada a hacernos ver que desplegar a tope esos impulsos instintivos, no garantiza el más mínimo grado de calidad humana. Pero sería un error aún mayor el creer que pueden estar en contra de mi humanidad.

El evangelio no quiere decir, que el amor a los hijos o a los padres sea malo y que debemos olvidarlo para amar a Jesús o a Dios. Pero nos advierte de que ese amor puede ser un egoísmo camuflado que busca una seguridad mayor para el ego, sin tener en cuenta a Dios y a los demás. Ese “amor” es egoísmo amplificado.

El hombre puede poner como objetivo el despliegue exclusivo de su animalidad, cercenando así sus posibilidades humanas. Esto es degradarse en su verdadera ser, al poner su mente al servicio del instinto. Si estamos en esa dinámica y metemos a los demás en ella, estamos “amando” mal, y ese amor se convierte en veneno.

Un verdadero amor nunca puede oponerse a otro amor auténtico. Cuando un marido se encuentra atrapado entre el amor a su madre y el amor a su esposa, algo no está funcionando bien. Uno de esos amores (o los dos) está viciado. Si el amor a Dios está en contradicción con el amor al padre o a la madre, los dos pueden ser falsos.

El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda, la encontrará. En griego hay tres palabras para decir vida: “Zoe”, “bios” y “psiques”. El texto no dice zoe ni bios, sino psiques. No se trata de la vida biológica, ni de la vida sicológica. No se trataría de dejarse matar, sino de poner tu humanidad al servicio de los demás.

Esto no sería perder nada, sino ganarlo todo. Quien pretenda defender a toda costa su individualidad egoísta malogrará todos los aspectos de su existencia, porque pasará por ella sin desplegar su verdadera esencia. Mi humanidad no responde a una visión egoísta de mi ser, está inextricablemente unida a la de los demás.

La evolución ha permitido al ser humano ir más allá de los instintos y alcanzar conscientemente una meta más alta que no está en contradicción con la biología. Todo lo que le acerca a ese objetivo último le puede causar más felicidad que satisfacer sus instintos. Nada más falso que la lucha entre lo biológico y lo espiritual.

La trampa es quedarnos en el placer inmediato que nos proporciona nuestra biología y perder de vista el bien total del ser humano. Ahí está la causa de tanto desajuste en la conducta humana. Debemos tomar conciencia de que lo que es malo para nuestro verdadero ser, no puede ser bueno bajo ningún aspecto del ser humano.

 

 

jueves, 18 de junio de 2026

XII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 21, 2026 
Jeremías 20, 10-13 / Salmo 68 / Romanos 5, 12-15


Durante el tiempo ordinario litúrgico, como hemos comentado, vamos conociendo el modo de proceder de Jesús, para darnos a conocer el Reino de su Padre y que viviéndolo seamos personas plenas …

Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: "No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos".

Reflexión:

¿Soy buen testigo de Jesús?

En este domingo, las lecturas y el evangelio nos enseñan, por una parte, maneras de vivir el seguimiento a los deseos de Dios, y por el otro lado, también como hay personas que por “envidias”, “frustraciones”, “traumas” o “engaños”, actúan de tal manera que están en contra de vivir y dejar vivir.

En el profeta Jeremías, nos podemos ver reflejados, cuando al hablar con la verdad que hemos conocido (por la Palabra) y denunciamos actitudes y/o acciones que van en contra de la vida y el bien común, podemos ser atacados, con oprobios y mentiras … no por lo que decimos, sino porque incomodamos a quienes denunciamos por sus acciones.

Hay personas que, por sus heridas, egoísmos, ambiciones o decisiones equivocadas, terminan causando daño a los demás. Y lo más importante es reconocer que todos podemos caer en esas actitudes si no examinamos nuestra vida.

Jesús vino a salvarnos y continúa haciéndolo hoy. Cada vez que escuchamos su Palabra y permitimos que ilumine nuestra vida, nos ayuda a elegir el bien y a alejarnos de aquello que nos destruye, a nosotros mismos o a los demás.

Jesús nos salva y perdona nuestras faltas, esto es, cuando nos equivocamos y nuestras intenciones, pensamientos y acciones, dañan a alguien más o a nosotros mismos. San Pablo nos recuerda que el mal y el pecado son una realidad presente en nuestra historia, pero que la gracia de Dios es más grande. Allí donde abundan nuestras limitaciones, el amor de Dios puede transformar el corazón humano.

Nuestra fe en Jesús y en su Padre nos da la esperanza de que su deseo de bien para todos es posible, en cuanto me dejo guiar y pongo en práctica sus enseñanzas.

El salmo de hoy es un canto de confianza en el Señor, porque es bueno … confiamos en Él, pues nos escucha en nuestras tribulaciones, nos cuida en la adversidad, porque somos sus creaturas y nos ama.

Con la aclamación del evangelio, “El Espíritu de verdad dará testimonio de mí, dice el Señor, y también ustedes serán mis testigos”, nos damos cuenta de cómo es que estamos llamados a dar testimonio de que conocemos a Jesús y por ende al Padre (Jn 14,7).

Conociéndolos, conocemos su verdad, que genera vida y bien entre nosotros; caso contrario de lo que pasa con aquellos (o con nosotros), que cuando la mentira y el engaño (del mal espíritu) nos mueven hacia el mal, manipulando nuestro egoísmo y soberbia, y provocando injusticia, dolor y sufrimiento a los demás.

Hoy, como discípulos de Jesús, estamos llamados a ser testigos de la verdad de Dios, aun cuando ello provoque oposición; pero podemos hacerlo con confianza porque la gracia de Cristo es más fuerte que el mal y porque el Padre cuida de quienes ponen su vida en sus manos.

 

¿Cómo reconozco la acción del mal espíritu en mis pensamientos, decisiones y acciones?... ¿Cómo puedo confiar más en el Señor en medio de las dificultades?... ¿Cómo enfrentar las adversidades caminando de la mano de Dios?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor  

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 21, 2026 
Jeremías 20, 10-13 / Salmo 68 / Romanos 5, 12-15


Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: "No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos".

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

  #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

«No tengan miedo». Jesús se lo repite cuatro veces a sus discípulos en el Evangelio de hoy. Y es que el miedo nos encierra, nos paraliza, nos oscurece, entre tantos otros efectos que podríamos enumerar desde nuestras propias experiencias.

Por otra parte, el miedo no es siempre irracional, tampoco es un asunto que podamos elegir no experimentar; va más allá de nuestra razón y voluntad: ante las amenazas sentimos miedo. Pero qué hacemos con ese sentimiento sí que es importante; darnos cuenta de ello definirá nuestras elecciones, nuestras vidas.

Y ¿cómo no tener miedo? Solo no vive atrapado en sus miedos quien tiene fe, quien se sabe hijo amado de Dios, quien tiene memoria de la promesa del Señor, quien sabe que Él no nos abandona. La gracia de Dios se ha desbordado sobre nosotros, se nos ha otorgado en virtud de Jesucristo, y por ello optamos por la verdad, por procurar la vida que no se acaba, por vivir en la luz y la lealtad.

¿Tienes miedo? ¿A qué tienes miedo? Escucha al Señor liberarte de tu miedo, de tus miedos; escucha cómo te recuerda que Él ha estado, está y estará contigo.

#FelizDomingo

“No tengan miedo a los que pueden darles muerte”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

San Hilario de Poitiers vivió en el Siglo IV, en la época del emperador Constancio, hijo de Constantino. La Iglesia atravesaba una etapa de expansión y estrenaba legitimidad, habiendo sido declarada, ya no sólo religión permitida, sino Religión oficial del Imperio. Aparentemente, se trataba de un momento bueno y deseable; sin embargo, después tantas persecuciones y martirios, durante los primeros siglos, los cristianos habían comenzado a tener un estilo de vida mediocre y cada vez más instalado, en una Iglesia que se iba haciendo rica y poderosa. En estas circunstancias, San Hilario escribe unas palabras que me vinieron a la memoria al leer el texto del Evangelio de Mateo que nos propone la liturgia para el domingo XII del tiempo ordinario, en este ciclo A:

"¡Oh Dios todopoderoso, ojalá me hubieses concedido vivir en los tiempos de Nerón o de Decio...! Por la misericordia de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, yo no habría tenido miedo a los tormentos (...). Me habría considerado feliz al combatir contra tus enemigos declarados, ya que en tales casos no habría duda alguna respecto a quienes incitarían a renegar... Pero ahora tenemos que luchar contra un perseguidor insidioso, contra un enemigo engañoso, contra el anticristo Constancio. Este nos apuñala por la espalda, pero nos acaricia el vientre. No confisca nuestros bienes, dándonos así la vida, pero nos enriquece para la muerte. No nos mete en la cárcel, pero nos honra en su palacio para esclavizarnos. No desgarra nuestras carnes, pero destroza nuestra alma con su oro. No nos amenaza públicamente con la hoguera, pero nos prepara sutilmente para el fuego del infierno. No lucha, pues tiene miedo de ser vencido. Al contrario, adula para poder reinar. Confiesa a Cristo para negarlo. Trabaja por la unidad para sabotear la paz. Reprime las herejías para destruir a los cristianos. Honra a los sacerdotes para que no haya Obispos. Construye iglesias para demoler la fe. Por todas partes lleva tu nombre a flor de labios y en sus discursos, pero hace absolutamente todo lo que puede para que nadie crea que Tú eres Dios. (...) Tu genio sobrepasa al del diablo, con un triunfo nuevo e inaudito: Consigues ser perseguidor sin hacer mártires” (Jesús Álvarez Gómez, Historia de la Vida Religiosa, Publicaciones Claretianas, Madrid, Volumen I, 1987, 170).

Afortunadamente, hoy contamos con el testimonio de auténticos mártires que no han querido someterse dócilmente a los embates de una sociedad que niega, en la práctica, los principios más fundamentales del Evangelio del Señor. Hay quienes han denunciado un orden injusto que aplastaba a las mayorías, como Monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado hace treinta y seis años en San Salvador, mientras celebraba la eucaristía; otros, como Monseñor Isaías Duarte Cancino, aquí en Colombia, tuvieron el valor de señalar el influjo de los dineros del narcotráfico en la elección de congresistas en Colombia; y junto a ellos, muchos hombres y mujeres, fieles al Evangelio, han estado dispuestos a morir antes que ceder frente a una sociedad que nos quiere postrados por el silencio y la pasividad.

No se trata de buscar el martirio por el martirio; Luis Espinal, jesuita catalán, asesinado en Bolivia por denunciar las injusticias de un régimen totalitario, escribió poco antes de morir una oración que tituló: No queremos mártires. Tampoco hoy queremos mártires. Pero tampoco queremos una Iglesia que le tenga miedo a los que matan el cuerpo... Como bien lo afirma Jesús, hay que tenerle miedo, “más bien al que puede darles muerte y también puede destruirlos para siempre en el infierno”.

En lugar de dejarnos cooptar por los halagos de una sociedad cada vez más opulenta y suficiente, tenemos que ser testimonio vivo de una propuesta que, efectivamente, contraste con lo que nos invita a vivir el orden establecido. De lo contrario, como en la época de San Hilario, terminaremos siendo apuñalados por la espalda, mientras nos acarician, delicadamente, el vientre.

LIBERAR DEL MIEDO A NUESTRAS COMUNIDADES

José Antonio Pagola

Las fuentes cristianas presentan a Jesús dedicado a liberar a la gente del miedo. Le apenaba ver a las personas aterrorizadas por el poder de Roma, intimidadas por las amenazas de los maestros de la ley, distanciadas de Dios por el miedo a su ira, culpabilizadas por su poca fidelidad a la ley. De su corazón, lleno de Dios, solo podía brotar un deseo: «No tengáis miedo». Son palabras de Jesús que se repiten una y otra vez en los evangelios. Las que más se deberían repetir también hoy en su Iglesia.

El miedo se apodera de nosotros cuando en nuestro corazón crece la desconfianza, la inseguridad o la falta de libertad interior. Este miedo es el problema central del ser humano, y solo nos podemos liberar de él arraigando nuestra vida en un Dios que solo busca nuestro bien.

Así lo veía Jesús. Por eso se dedicó, antes que nada, a despertar la confianza en el corazón de las personas. Su fe profunda y sencilla era contagiosa: si Dios cuida con tanta ternura de los gorriones del campo, los pájaros más pequeños de Galilea, ¿cómo no va a cuidar de vosotros? Para Dios sois más importantes y queridos que todos los pájaros del cielo. Un cristiano de la primera generación recogió bien su mensaje: «Descargad en Dios todo agobio, que a él le interesa vuestro bien».

Con qué fuerza hablaba Jesús a cada enfermo: «Ten fe. Dios no se ha olvidado de ti». Con qué alegría los despedía cuando los podía ver curados: «Vete en paz. Vive bien». Era su gran deseo. Que la gente viviera con paz, sin miedos ni angustias: «No os juzguéis, no os condenéis mutuamente, no os hagáis daño. Vivid de manera amistosa».

Son muchos los miedos que hacen sufrir en secreto a las personas. El miedo hace daño, mucho daño. Donde crece el miedo se pierde de vista a Dios y se ahoga la bondad que hay en el corazón de las personas. La vida se apaga, la alegría desaparece.

Una comunidad de seguidores de Jesús ha de ser, antes que muchas otras cosas, un lugar donde la gente se libera de sus miedos y aprende a vivir confiando en Dios. Una comunidad donde se respira una paz contagiosa y se vive una amistad entrañable que hacen posible escuchar hoy la llamada de Jesús: «No tengáis miedo».

 

TU VERDADERO SER ES INVIOLABLE

Fray Marcos

El “no tengáis miedo” está encuadrado en el contexto de misión. Jesús acaba de decir a sus seguidores que les perseguirán, incluso los matarán. La advertencia de superar el miedo es aplicable a todas las situaciones que podemos encontrar en nuestra vida.

Hay un miedo instintivo que es producto de la evolución, imprescindible para mantener la vida biológica, ya sea huyendo, sea liberando energía para enfrentarse a la amenaza real. El hombre puede ser presa de un miedo aprendido racionalmente, que nos traiciona y nos lleva a desatinos constantes porque nos paraliza y atenaza.

Anhelamos lo que no tenemos y surge el miedo de no alcanzarlo. No estamos seguros de poder conservar lo que tenemos y surge el temor de perderlo. El miedo racional es la consecuencia de nuestros apegos. No hemos descubierto lo que somos y buscamos seguridades en otra parte. Conocido nuestro verdadero ser no hay lugar para el miedo.

Jesús no nos invita a no tener miedo porque nos promete un camino de rosas. No se trata de confiar en que no me pasará nada desagradable, o que, si algo malo sucede, alguien me sacará las castañas del fuego. Se trata de una seguridad que permanece intacta en medio de las dificultades, porque no puede anular lo que de verdad somos.

Aceptar nuestras limitaciones y descubrir nuestra verdadera riqueza es el único camino para llegar a la total confianza. La confianza es la primera consecuencia de salir de uno mismo y descubrir que mi fundamento no está en mí, sino en Él. Mi pasado es Dios, mi futuro es el mismo Dios; mi presente es Dios, no tengo nada que temer.

La confianza en Dios nos obliga a salir de las falsas imágenes de Dios. Confiar en Dios es confiar en nuestro propio ser, en la vida, en lo que somos de verdad. Se trata de descubrir que Dios es el fundamento de mi ser y que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro de sí. La creación es como tiene que ser, si sé percibirla.

El miedo es la mejor forma de someter a otro. Todas las autoridades lo han utilizado siempre para conseguir el sometimiento de sus súbditos. Incluso las religiones han intentado manipular la divinidad para ponerla al servicio de intereses egoístas.

En nuestra religión, el miedo ha tenido y sigue teniendo una influencia nefasta. La jerarquía ha caído en la trampa de potenciar ese miedo. Han atribuido a Dios la misma estrategia que utilizamos para domesticar los animales: zanahoria o palo.

La causa de Dios es la causa del hombre. No nos engañemos: ponerse de parte de Jesús es ponerse de parte del hombre. Dios no está desde fuera manejando a capricho la creación. Está implicado en ella inextricablemente. Su voluntad es inmutable. No es algo añadido a la creación, sino la misma creación que se fundamenta en Él.

Esta seguridad no tiene nada que ver con lo que yo individualmente sea. La confianza no es un regalo para los buenos, sino una necesidad de los que no lo somos. Cuando confiamos porque nos creemos buenos, entramos en una dinámica peligrosísima, porque no confiamos en Dios, sino en nosotros mismos y en nuestras obras.

Todos los miedos se resumen en el miedo a la muerte. Si fuésemos capaces de perder el miedo a morir, seríamos capaces de vivir en plenitud. Todo lo que tememos perder con la muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida. 

La muerte solo nos arrebata lo que hay en nosotros de contingente, de individual, de terreno, de caduco, de egoísmo. El evangelio está hoy muy claro. Todo lo que te pueden arrebatar, aunque sea la vida, no debía importarte porque no es esencial.

jueves, 11 de junio de 2026

XI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XI Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 14, 2026 
Éxodo 19, 2-6 / Salmo 99 / Romanos 5, 6-11



En este domingo, las lecturas nos recuerdan que, poner atención lo que Dios nos indica, nos trae grandes beneficios … ¡nuestra salvación!

Evangelio según san Mateo 9, 36 - 10, 8

En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

Reflexión:

¿Cómo colaborar en la salvación?

Este domingo, las lecturas nos invitan a reconocer nuestra propia historia en la historia del pueblo de Israel. Lo que Dios hizo con ellos, sigue haciéndolo hoy con nosotros.

Reflexionemos sobre ello. Al profesar la fe cristiana, nos reconocemos hijos de Dios, y por ende parte de su pueblo, de su iglesia. En la lectura del Éxodo, actualizando el mensaje, Dios nos dice hoy: "los he traído a mi … escuchen mi voz … manténganse en mi alianza…" y así, “serán mi tesoro especial”. Nos lo dice hoy, de manera personal a cada uno.

Escuchar a Dios, a través de la Palabra revelada, de las enseñanzas de Jesús, y de cuantos nos transmiten la fe, de entrada, nos abre a sentirnos amados y especiales para Dios… y es eso, lo que me mueve a vivir nuestras vidas, de acuerdo con lo que escuchamos de Él. No porque seamos los más fuertes, los más inteligentes o los más perfectos, sino porque Dios nos ama.

Antes de cualquier logro o fracaso, antes de cualquier reconocimiento o error, Dios nos mira con cariño, y nos salva, como nos lo recuerda Pablo en la carta a los romanos. Nos salva de aquello que rompe la relación con Él, con los demás y con nosotros mismos; nos salva con su entrega y fidelidad a su alianza, por que somo suyos, sus hijos. Solo quien nos ama, se entrega como lo hizo Jesús.

Hoy, también Jesús nos mira, con compasión y cariño; nos ve cansados, desanimados, desprotegidos, divididos, polarizados, utilizados, violentados, explotados … sufriendo (cfr. Mt 9, 36 - 10, 8). ¿A caso no parece que así vivimos? Y gran parte de este sufrimiento tiene una raíz común.

Cuando lo que guía nuestra vida, son ideas o voces que alientan nuestro egoísmo, nos encerramos “en nuestro propio querer e interés, pensando solamente en lo que nos conviene, en lo que nos beneficia o nos hace sentir importantes.”, lo que provoca la separación entre nosotros, de los “prójimos” y ello, nos divide y causa situaciones que nos hacen sufrir a todos, en menor o mayor grado.

Nuestra naturaleza humana es débil, el egoísmo nos seduce, y nos lleva a la competencia, a ganar a cualquier precio. Ahí están los resultados.

Afortunadamente, Jesús nos sigue hablando, sigue fiel a su promesa de salvarnos; nos mira, compasiva y tiernamente entre la multitud, como personas concretas (con nombre y apellido), en nuestra realidad, con nuestras heridas, preocupaciones, cansancios y sueños… nos mira con un amor profundo, que lo lleva a seguir actuando en nuestro mundo.

Nos sorprende que Jesús llama a sus discípulos, para que “vayan y proclamen ya se acerca el Reino de los cielos” … Hoy, te llama por tu nombre, me llama por el mío, y nos invita a ser colaboradores de su misión para promover el “reinado del amor”: animando la vida, tendiendo la mano a los que lo necesitan, a quienes sufren; a que “echemos fuera demonios” (que nos apartan de Dios, nos corrompen y nos llevan a hacer el mal, engañándonos).

Hoy, Jesús sigue necesitando personas que se atrevan a mirar con sus mismos ojos, a sentir con su mismo corazón y a colaborar en la construcción de un mundo más humano, más justo y lleno de esperanza.

 

¿Cómo me mira hoy Jesús, en mi vida diaria?... ¿Qué voces estoy hoy escuchando, que influyen en mi vida?... ¿A qué me invita concretamente el Señor para colaborar con Él?

 

Alfredo Aguilar Pelayo

alfredo@ccrrsj.org

#RecursosParaVivirMejor

www.ccrrsj.org

 

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Para profundizar: https://tinyurl.com/BN-11A-260614

XI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XI Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 14, 2026 
Éxodo 19, 2-6 / Salmo 99 / Romanos 5, 6-11


Evangelio según san Mateo 9, 36 - 10, 8

En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

La Palabra nos presenta la imagen: «como ovejas sin pastor». Esta imagen es poderosa, pues una oveja sin su pastor está sola y, por tanto, expuesta; expuesta a todas las inclemencias del mundo: lobos, distracción, agotamiento, perdición. Esta situación mueve el corazón de Jesús a la compasión, no a la exclusión o al rechazo, y su respuesta es enviarnos; enviarnos no con los que ya están, sino con quien se encuentra «descarriado», es decir, quien tiene una conducta irracional e inadecuada.

No somos enviados a regañar ni a cuestionar, sino a proclamar buenas noticias, a curar, «resucitar», limpiar y arrojar demonios. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de que respondamos activamente al envío de Jesús! Es decir, que seamos buena noticia, motivo de salud; agua capaz de limpiar y renovar; gente capaz de no aceptar demonios terribles como la soberbia, el egoísmo, el miedo y tantos otros en los que podemos pensar.

¿Qué te dice hoy la Palabra? ¿Qué te hace sentir? ¿A qué te invita?

#FelizDomingo 

“Como ovejas que no tienen pastor”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

“Todos los días del año, sin importar el sol o la lluvia, lo veía pasar junto a mi casa. Varias veces al día..., como el que nada o mucho tiene que hacer. De color ajado, descolorido y con mugre acumulada desde las últimas lluvias. De lomo esquelético y vientre abultado –vivero de parásitos– siempre deambulando en soledad desconfiada. Sobre un fondo de miedo, en su mirar indiferente, dejaba traslucir destellos de tierna bondad y hambre de caricias. Ciertamente era, y es, un marginado del amor. Me estoy refiriendo a uno de los perros callejeros del barrio. Por no tener, ni dueño tenía. Nadie lo llamaba. En tercera persona lo conocíamos despectivamente por «El Pulgas». Su pedegree..., como el de tantos otros. Madre callejera que paría por hambre. Concebía, insensible a la emoción, mientras roía un sucio hueso adobado en polvo o barro, según las estaciones. Paría sin orgullo. Amamantaba hasta donde sus lacios senos respondían –era bien poco– transmitiendo en herencia fatal, su endémica parasitosis. «El Pulgas» nunca supo de ternuras acariciantes. Su única tenue y, ya olvidada, experiencia de relación amorosa –época de amamantamiento– fue abortada por exigencias de la supervivencia. Cada uno, madre e hijo –con dolor traumatizante para «El Pulgas»– cogió por su lado a buscar vida.

En cierta ocasión creyó encontrar la seguridad de un hogar. Su esperanza se quebró pronto, cuando descubrió que –a cambio de unas recortadas sobras de comida– le exigían acabar con un nido de ratas sobrevivientes de un envenenamiento colectivo. Salió de la casa apaleado, intoxicado y casi sin fuerzas. Las hierbas y el instinto de conservación sirvieron de médico y medicina. Al principio, todos se apartaban de él con gesto de asco. La lluvia de piedras y crueles patadas de la chiquillería, le enseñaron a apartarse él mismo con el rabo humillado entre las patas.

Un día dejé de verlo. Me contaron, no sé si será cierto, que habían venido los de la higiene y amarrado lo habían llevado a la perrera a compartir sus mugres y frustraciones con otros perros contaminados. Me dice quien lo ha visto –no me constar y de pronto no deja de ser un chisme más– que está desconocido. Más solitario que nunca. Que aúlla como los coyotes –lamento hecho aria trágica– y que pasa asomado a los barrotes de la jaula atisbando en busca de lo único que le pertenecía: un residuo de libertad. Nota: Cualquier semejanza de «El Pulgas» con el «El Batea», el «Mano fina», «El Camote», «El Mico» o «El Marcado», chiquillos de mi barrio, es pura coincidencia” (Luis Arocena Pildain, Hora de Dios, hora del pobre: Vida Nueva, No. 1464, 1985, p. 183).

“Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban angustiados y desvalidos, como ovejas que no tienen pastor”. Es comprensible que Jesús dijera, enseguida, a sus discípulos: “Ciertamente, la cosecha es mucha, pero los trabajadores son pocos. Por eso, pidan ustedes al Dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla”. Y, diciendo y haciendo: llamó a sus doce discípulos, dándoles “autoridad para expulsar a los espíritus impuros y para curar toda clase de enfermedades y dolencias”. Y san Mateo nos presenta la lista de los primeros escogidos para llevar adelante esta tarea... Hoy tu y yo estamos también en esta lista. Todos somos servidores de la misión de Cristo en esta tierra. Si te encuentras en tu camino con un ser humano que ha vivido una experiencia parecida a la de «El Pulgas», no voltees la cara para mirar a otro lado; escucha a Jesús que nos dice “Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien de su enfermedad a los leprosos y expulsen a los demonios. Ustedes recibieron gratis este poder; no cobren tampoco por emplearlo”.


PROGRAMA LIBERADOR

José Antonio Pagola

Muchos cristianos piensan estar viviendo su fe con responsabilidad porque se preocupan de cumplir determinadas prácticas religiosas y tratan de ajustar su comportamiento a unas leyes morales y unas normas eclesiásticas.

Asimismo, muchas comunidades cristianas piensan estar cumpliendo fielmente su misión porque se afanan en ofrecer servicios de catequesis y educación de la fe, y se esfuerzan por celebrar con dignidad el culto cristiano.

¿Es esto lo único que Jesús quería poner en marcha al enviar a sus discípulos por el mundo? ¿Es esta la vida que quería infundir en el corazón de la historia?

Necesitamos escuchar de nuevo las palabras de Jesús para redescubrir la verdadera misión de los creyentes en medio de esta sociedad. Así recoge el evangelista Mateo su mandato: «Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis».

Nuestra primera tarea también hoy es proclamar que Dios está cerca de nosotros, empeñado en salvar la felicidad de la humanidad. Pero este anuncio de un Dios salvador no se hace solo a través de discursos y palabras sugestivas. No se asegura solo con catequesis ni clases de religión. Jesús nos recuerda la manera de proclamar a Dios: trabajar gratuitamente por infundir a los hombres nueva vida.

«Curar enfermos», es decir, liberar a las personas de todo lo que les roba vida y hace sufrir. Sanar el alma y el cuerpo de los que se sienten destruidos por el dolor y angustiados por la dureza despiadada de la vida diaria.

«Resucitar muertos», es decir, liberar a las personas de aquello que bloquea sus vidas y mata su esperanza. Despertar de nuevo el amor a la vida, la confianza en Dios, la voluntad de lucha y el deseo de libertad en tantos hombres y mujeres en los que la vida va muriendo poco a poco.

«Limpiar leprosos», es decir, limpiar esta sociedad de tanta mentira, hipocresía y convencionalismo. Ayudar a las gentes a vivir con más verdad, sencillez y honradez.

«Arrojar demonios», es decir, liberar a las personas de tantos ídolos que nos esclavizan, nos poseen y pervierten nuestra convivencia. Allí donde se está liberando a las personas, allí se está anunciando a Dios.

 

ESTAR MÁS CERCA O MÁS LEJOS DE JESÚS NO LO DETERMINA ÉL

Fray Marcos

Las lecturas de hoy tienen una gran variedad de temas. La pregunta que nos debíamos hacer en este domingo es la siguiente: ¿Qué salvación ofrece Jesús en el evangelio? Lo que ha llegado a nosotros es ya una interpretación de lo que dijo.

El relato del Éxodo fue para el pueblo judío la cima de su experiencia religiosa, pero no se trató de ninguna actuación puntual de Dios. La experiencia de salvación de los israelitas no fue más que una interpretación de acontecimientos favorables. Cuando los aconteci­mientos eran adversos, los interpretaban como castigo del mismo Dios.

En tiempo de Jesús se sintieron liberados del demonio, de las enfermeda­des, de sus pecados. ¿De qué nos tienen que salvar hoy? Para la mayoría de los cristianos, salvarse es evitar la condenación. Salvación debe ser alcanzar la plenitud de ser a la que estoy destinado. Esa plenitud tenía que dar sentido a toda mi vida.

Tal como entendemos la salvación, da la impresión de que a Dios le salió mal la creación y ahora solo con remiendos puede llevar a feliz término su obra. La Biblia dice en el relato de la creación que vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Dios no tiene que cambiar nada, somos nosotros lo que debemos cambiar.

Dios no tiene que librarnos de nada. Nuestras limitaciones son consecuencia de nuestra condición de criaturas. Dios no puede evitarlas. La salvación hay que buscarla a pesar de las limitaciones. En una ocasión Jesús dijo "Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo."

Cuando habla de los doce no quiere decir que los apóstoles fueran exactamente doce, con nombres y apellidos, sino el nuevo Israel. También las doce tribus son un mito: El dios sol rodeado de los signos del zodiaco. Tomar hoy los doce como número de personas investidas por Jesús de un poder especial es anacrónico. La necesidad de un nuevo fundamento del nuevo pueblo llegó mucho más tarde.

No podemos seguir manteniendo la idea de que lo importante en nuestra Iglesia, es la jerarquía. La obligación de “proclamar” el evangelio es de todos los que forman la comunidad, no de unas personas separadas y elegidas especialmente para esa tarea. El Vaticano II habló de la misión de los laicos, pero no queremos enterarnos.

La misión no debía ser un ingente esfuerzo por acrecentar el número de los que pertenecen a la Iglesia, sino el aumentar el número de los que son objeto de nuestro cuidado. El verdadero seguidor de Jesús tiene que considerar a todo hombre como perteneciente a la comunidad, porque todos tienen que ser el objetivo de su servicio.

Una comunidad no es cristiana si no está abierta a todos los hombres. A la comunidad cristiana pertenecen todos los seres humanos. Si dejamos fuera a uno solo, se convertirá en un gueto y dejará de ser la comunidad de Jesús. La Iglesia (pueblo de Dios) debe estar volcada sobre los demás, no replegada sobre sí misma.

Es sorprendente la frase: ”no vayáis a tierra de paganos”. Parece que va en contra del espíritu de Jesús. Él mismo salió varias veces de galilea. Una vez más, nos faltan datos para una interpretación adecuada. Tal vez quiera decir que no los veía preparados para una tarea universal y prefería afianzar la fe de los ya judíos.

Termina el evangelio con una frase tajante: “Gratis habéis recibido, dad gratis”. Solo cuando doy lo que he recibido, lleno de sentido el don que se me ha regalado. Cuando quiero acaparar lo que soy y lo que tengo, lo convierto en algo estéril para mí y para los demás. La gratuidad tenía que ser la norma de la comunidad cristiana.

 

 

XIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

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