miércoles, 2 de septiembre de 2026

XXIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XXIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A septiembre 6, 2026 
Ezequiel 33, 7-9 / Salmo 94 / Romanos 13, 8-10

La liturgia de hoy nos recuerda cómo, se hacemos caso al Señor y colaboramos con él, podríamos vivir en una sociedad donde se privilegie el bien común, y así vivir mejor …

Evangelio según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.

Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Yo les aseguro también, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos''.

Reflexión:

¿Soy corresponsable del bien común?

El punto central de las lecturas de hoy, se puede decir que es, que somos corresponsables del bien común, el cual no es subjetivo o arbitrario, pues el Señor no ha dado criterios claros: los mandamientos. Procurar el “bien común” (de la familia, el grupo, la comunidad, etc), es lo que nos ayuda a que todos estemos bien, mejor; para simplificar y entender lo que implica lograrlo, hay que partir de nuestra manera personal de ser e interactuar con los demás, lo que nos lleva a no solo buscar nuestro bien personal, sino el de los demás.

San Pablo, en la primera lectura nos recuerda que, vivir los mandamientos, es amar al prójimo, como a uno mismo… y amamos, en cuanto nos relacionarnos con los demás, de tal manera que “no les cause daño”, como no lo haría conmigo mismo.

Profundicemos un poco más en la corresponsabilidad que tememos: no solo es “no hacer mal”, sino ayudar a que los demás tampoco lo hagan. El profeta Ezequien es claro al respecto: ”al malvado hay que amonestarlo (llamarte la atención) cuando se aparta del buen camino” …  “que me haga caso, depende de él (ella)” (cfr Ez 33, 7-9).  

Finalmente, Jesús nos lleva más allá en nuestra corresponsabilidad de vivir fraternalmente, al amonestar a quien anda mal, al que peca, al que se aparta del bien:

·        “amonéstalo a sola, si te escucha, lo habrás salvado”…

·        “si no te hace caso, hazte acompañar por dos o más personas”,

·        “si ni así hace caso, dile a la comunidad…”

·        … y si no hace caso a nadie: apártate de él / ella.

¡Qué de nuestra parte no quede! … Para salvarnos, hay que salvar a los demás (echarles una mano)… no necesariamente solos, sino haciendo sinergia en comunidad … de la mano del Señor de la vida y el amor, que nos está invitando a no ser indiferentes cuando veo que un comportamiento hace daño; cuando no podamos, Él no nos deja solos, pues nos asegura que: “donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos''.

¿Qué tan indiferente soy ante mal en la sociedad?... ¿A quién / quiénes puedo agradecer que me hayan amonestado, para volver al buen camino?... ¿Con que frecuencia hago oración comunitaria?

PD. El pasado 1º. de septiembre, iniciamos los Ejercicios Espirituales Ignacianos en la Vida Ordinaria: todavía podrías incorporarte, informes y registro, en https://tinyurl.com/EjerciciosEspiritualesVO

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XXIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A septiembre 6, 2026 
Ezequiel 33, 7-9 / Salmo 94 / Romanos 13, 8-10



Evangelio según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.

Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Yo les aseguro también, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos''.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

¿QUÉ HAGO YO POR UNA IGLESIA MÁS FIEL A JESÚS?

José Antonio Pagola

«Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». La mejor manera de hacer presente a Cristo en su Iglesia es mantenernos unidos actuando «en su nombre», movidos por su Espíritu. La Iglesia no necesita tanto de nuestras confesiones de amor o nuestras críticas cuanto de nuestro compromiso real. No son pocas las preguntas que nos podemos hacer.

¿Qué hago yo por crear un clima de conversión colectiva en el seno de esta Iglesia, siempre necesitada de renovación y transformación? ¿Cómo sería la Iglesia si todos vivieran la adhesión a Cristo más o menos como la vivo yo? ¿Sería más o menos fiel a Jesús?

¿Qué aporto yo de espíritu, verdad y autenticidad a esta Iglesia tan necesitada de radicalidad evangélica para ofrecer un testimonio creíble de Jesús en medio de una sociedad indiferente y descreída?

¿Cómo contribuyo con mi vida a edificar una Iglesia más cercana a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que sepa no solo enseñar, predicar y exhortar, sino, sobre todo, acoger, escuchar y acompañar a quienes viven perdidos, sin conocer el amor ni la amistad?

¿Qué aporto yo para construir una Iglesia samaritana, de corazón grande y compasivo, capaz de olvidarse de sus propios intereses, para vivir volcada sobre los grandes problemas de la humanidad?

¿Qué hago yo para que la Iglesia se libere de miedos y servidumbres que la paralizan y atan al pasado, y se deje penetrar y vivificar por la frescura y la creatividad que nace del evangelio de Jesús?

¿Qué aporto yo en estos momentos para que la Iglesia aprenda a «vivir en minoría», sin grandes pretensiones sociales, sino de manera humilde, como «levadura» oculta, «sal» transformadora, pequeña «semilla» dispuesta a morir para dar vida?

¿Qué hago yo por una Iglesia más alegre y esperanzada, más libre y comprensiva, más transparente y fraterna, más creyente y creíble, más de Dios y menos del mundo, más de Jesús y menos de nuestros intereses y ambiciones? La Iglesia cambia cuando cambiamos nosotros, se convierte cuando nosotros nos convertimos.

 

Sin comunidad no hay evangelio

Fray Marcos

Del capítulo 16 hemos pasado al 18. Mateo comienza una serie de discursos sobre la comunidad. Es la primera vez que se emplea el término “hermano” para designar a los miembros del grupo. El texto está a continuación de la parábola de la oveja perdida que dice: “Así vuestro Padre no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”.

El evangelio nos advierte que no partimos de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos sin traumas.

Tenemos un problema en el mismo texto, porque han llegado tres versiones: ‘si tu hermano peca’, ‘si tu hermano peca contra ti’, ‘si tu hermano te ofende’. Ninguna se puede remontar a Jesús. Los evangelios ponen en boca de Jesús lo que era práctica de la comunidad para darle valor definitivo. Al fallo debía responder perdón y corrección.

Si tu hermano peca”, no debemos entenderlo con el concepto que tenemos hoy de pecado. Durante los primeros siglos solo se apreciaron los fallos contra la comunidad. La comunidad no juzgaría la situación personal del que ha fallado sino el daño que había hecho a la comunidad, que tiene que velar por el bien de sus miembros.

La corrección fraterna no es fácil. El que corrige puede humillar al corregido al hacer ver su superioridad. El corregido puede rechazar la corrección por falta de humildad. Por ambas partes se necesita un grado de madurez no fácil de alcanzar. Hoy tenemos la dificultad añadida de que no existe ni comunidad ni compromiso con los demás.

Queremos a los demás perfectos y en cuanto fallan ponemos el grito en el cielo. La verdad es que ninguna comunidad es posible sin aceptar y comprender que todos somos imperfectos y que antes o después fallaremos. Es muy difícil advertir al otro de sus fallos sin humillarle, más difícil aceptar que me corrija otro que falla como yo.

Partiendo de que todo pecado es un error, lo que falla es la capacidad de convencer al otro de su equivocación. Una buena corrección tiene que dejar claro que buscamos el bien del otro no nuestra vanagloria. Debemos demostrarle que no solo se aleja él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia esa meta.

Todo lo que atéis en la tierra…” Hace dos domingos, el mismo Mateo ponía en boca de Jesús las mismas palabras referidas a Pedro. El poder de decidir ¿lo tiene Pedro o lo tiene la comunidad? Solo hay una solución: Pedro actúa como cabeza de la comunidad. En el evangelio de Mt no se encuentra una autoridad que toma decisiones.

“Donde dos estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está identificado con cada una de sus criaturas, pero solo se manifiesta cuando hay comunidad. La relación de amor es el único marco idóneo para que Dios se haga presente. Se trata de estar buscando únicamente el bien del hombre.

La comunidad es la última instancia de nuestras relaciones con Dios. Es absurdo pretender una directa relación con Dios para solucionar mis fallos. La solución final que nos da el evangelio manifiesta la incapacidad de la comunidad para convencer al otro de su error. Si tiene que apartarlo es que no tiene la capacidad de integrarlo.

Sin verdadera comunidad, las propuestas evangélicas carecen de sentido. Debemos reconocer que hoy no existe comunidad. Tenemos una iglesia jerárquica que destroza las bases de una comunidad. La corrección fraterna solo se puede dar entre iguales. Si la hace el superior, será imposición. Si la hace el inferior, será rebeldía.

jueves, 27 de agosto de 2026

XXII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XXII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 30, 2026 
Jeremías 20, 7-9 / Salmo 62 / Romanos 12, 1-2



Jesús, en el evangelio, nos dice a cada uno de nosotros, lo que dijo a sus discípulos hace mucho tiempo atrás. Reflexionemos lo que nos implica hoy …

Evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: "No lo permita Dios, Señor; eso no te puede suceder a ti". Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: "¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!".

Luego Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras''.

Reflexión:

¿Qué implica seguir a Jesús?

Par el día de hoy, la reflexión podemos hacer empleado “uno de los modos oración” de san Ignacio de Loyola: después de leer las escrituras, tenemos que respondernos las siguientes preguntas: ¿qué dice el texto? ¿qué me dice a mí? ¿a qué me invita? Y con ellas “sacar provecho para nuestra vida”.

Para mí, el punto central que encuentro es que la afirmación que Jesús dice a los discípulos, me lo dice hoy a mí, de esta manera: "Si quieres venir conmigo (seguirme), renuncia a tí mismo, toma tu cruz y sígueme. Pues si quieres salvar tu vida, la perderás; pero si la pierdes por mí, la encontrarás”.

Entonces, tengo que responder a la propuesta que me hace Jesús a seguirlo; necesito discernir para tomar mi elección; debo tener claro porqué, a dónde y a qué, voy al seguir a Jesús:

·       ¿Porqué habría de seguirte Jesús? … porque, al ir conociendo quién y cómo eres, y la manera en que te relacionas con las personas, comenzando con las más necesitadas (las que sufren), me “ha seducido, me ha ganado simpatía el buscar que las relaciones interpersonales fraternas sean un camino del bien común” (cfr.  Jer 20, 7). Me gusta que pongas en práctica lo que predicas. Me hace soñar que yo podría hacer similar; me despierta una “sed interior” y “admiración” por ti, ”que no puedo contener” y me mueve a seguirte

·       ¿A dónde vas Jesús? … te miro recorrer los caminos y lugares, llegar a las fronteras de la vida digna, de salud precaria y esperanza disminuida … donde parece que falta todo, y nadie quiere ir; a donde están los descartados de la sociedad…  Allí, en dónde solo pasan las miradas…

·       ¿A qué vas a allí? … a llevar un Buena Noticia, de esperanza, de alivio; a sanar corazones y dignidad rotas … a levantar al que sufre, a tenderle una mano que lo levante y fortaleza para continuar, pero, nuevo brío y esperanza. Va a hacer presente el amor, a través de la voz defensora que protege al débil…

Para seguir a Jesús, nos dice Ignacio de Loyola, que habremos de subir por los peldaños de una escalera: el primero, de la pobreza (desapego a las cosas materiales), los oprobios (dificultades y conflictos, desprecio y humillaciones, por ser fieles al Evangelio) y la humildad (reconocer que todo lo bueno viene de Él) …  y así, finalmente conseguir todas las virtudes para una vida plena.

Seguir a Jesús, a su manera, es hacernos “ofrenda vida, santa y agradable” (cfr. Rom 12, 1-2), es enfrentar los retos y dificultades (nuestra cruz), para ganar “una vida que valga la pena vivir”.

¿Por qué podría seguirte Jesús?... ¿Qué necesito para tener el valor de seguirte?... ¿Qué podría perder y qué ganaría al seguirte?

PD. El próximo martes 1º. de septiembre, iniciamos Ejercicios Espirituales en la Vida Ordinaria: informes y registro, en https://tinyurl.com/EjerciciosEspiritualesVO

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XXII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 30, 2026 
Jeremías 20, 7-9 / Salmo 62 / Romanos 12, 1-2


Evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: "No lo permita Dios, Señor; eso no te puede suceder a ti". Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: "¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!".

Luego Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria.

Para profundizar:

   Reflexiones Buena Nueva

   #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

«El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y que me siga». Tremenda frase sale hoy de la boca de Jesús.

Cuando el mundo nos convoca a vivir encerrados en nosotros mismos, haciéndonos nuestra propia referencia y horizonte de vida, ¡qué complejo resulta escuchar eso de renunciar a uno mismo!

Renunciar a uno mismo no se trata de no querernos ni apreciarnos, y mucho menos de negar quiénes somos y lo que amamos, sino de renunciar a ser yo mi propio centro, mi principio y mi fin. Como dice San Pablo, se trata de escapar de los criterios del mundo, de dejar que una nueva manera de pensar nos transforme internamente.

Cuando vivimos para nosotros mismos y nos tragamos el veneno endulzado que nos ofrece el mundo, terminamos presos de la soledad y el miedo, carcomidos por la frustración de no alcanzar la «felicidad».

Y es que para ser felices, para vivir bien, hay que salir de uno mismo, hay que poner el cuerpo, hay que ser valientes y libres para reconocer que cargamos una cruz y que no nos la podemos quitar. Pero aquí está la clave de ese «nuevo modo de pensar»: no funciona negar, sino asumir, cargar y caminar.

Pero no solos, sino con Cristo, cargando juntos nuestras cruces. Sí, en el «nuestras» se instala la novedad. Cuando descubrimos que mi cruz es su cruz y que su cruz es la mía, recorremos la vida con valentía y libertad; ganamos la vida, la vida de verdad.

Te invito a mirar esta cruz y reflexionar: ¿qué te hace pensar?, ¿qué sientes?, ¿a qué te invita hoy el Señor?

#FelizDomingo

“¡Apártate de mí Satanás!”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

¿Quién no quiere realizarse como persona? ¿Quién no busca, por todos los medios, su plenitud? ¿Quién no aspira a ser feliz? El carbón o el estaño, el naranjo o la margarita, la vaca o el ciervo, no necesitan preocuparse por su realización; están programados para cumplir su meta. Si encuentran las condiciones necesarias, serán lo que tienen que ser y ya está... Pero nosotros... Nosotros somos otro cuento… La realización no nos llega automáticamente, sino que tenemos que construirla paso a paso, escalón tras escalón. El camino de los hombres y las mujeres ‘se hace al andar’, decía el poeta andaluz y cantaba el juglar catalán… no encontramos hecho el camino, lo tenemos que hacer.

Pero, ¿cuál es el camino que nos lleva a desplegar todas nuestras potencialidades? ¿Cómo llegar a ser auténticamente humanos? ¿Cómo llegar a ser plenamente felices? La familia, con muy buenas intenciones, pero no siempre de manera acertada, nos advierte sobre las ventajas y los peligros de una u otra opción profesional, matrimonial, existencial... Los amigos y amigas nos aconsejan, muchas veces de acuerdo a su propia experiencia, por dónde debemos seguir... La sociedad, a través de los medios de comunicación y la publicidad, nos señala senderos de plenitud y felicidad, que terminan siendo sólo realidad de novela o alegrías de cartón... Todos quieren ayudarnos a encontrar el secreto de la felicidad.

Sin embargo, a casi nadie se le ocurre decirnos que para encontrar la vida, tenemos que perderla. ¡Qué locura! ¡Cómo se te ocurre! ¡Estás loco! Como Pedro, cuando escuchó a Jesús diciendo que “tendría que ir a Jerusalén, y que los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley lo harían sufrir mucho”, nuestros seres queridos, nuestros amigos, la sociedad entera nos lleva aparte y nos reprende: “¡Dios no lo quiera (...)! ¡Esto no puede pasar!”

La reacción de Jesús es tal vez la expresión más fuerte que haya dirigido a ningún ser humano; a los fariseos los llamó “raza de víboras”; a los escribas les dijo “sepulcros blanqueados”; a Pedro le dice: “¡Apártate de mí Satanás, pues eres un tropiezo para mí! Tu no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres”. Poco antes Lo había llamado dichoso “(...) porque esto no lo conociste por medios humanos, sino porque te lo reveló mi Padre que está en el cielo”.

El camino de la felicidad es el despojo de nosotros mismos y de nuestras seguridades: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida?”

¿En qué dirección va la búsqueda de nuestra plenitud? ¿Hacia dónde caminamos cuando aspiramos a realizarnos en la vida? ¿Dónde buscamos la felicidad? Este camino que nos señala el Señor es el único que nos podrá llevar al desarrollo pleno de todas nuestras potencialidades. A los otros planes y proyectos, habrá que decirles con sencillez, pero con decisión: “¡Apártate de mi Satanás!”

APRENDER DE JESÚS LA ACTITUD ANTE EL SUFRIMIENTO

José Antonio Pagola

Pocos aspectos del mensaje evangélico han sido tan distorsionados como la llamada de Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos cristianos tengan ideas bastante confusas sobre la actitud cristiana ante el sufrimiento. Recordemos algunos datos que no hemos de ignorar, si queremos seguir al Crucificado con mayor fidelidad.

En Jesús no encontramos ese sufrimiento que hay tantas veces en nosotros, generado por nuestro propio pecado o nuestra manera desacertada de vivir. Jesús no ha conocido los sufrimientos que nacen de la envidia, el resentimiento, el vacío interior o el apego egoísta a las cosas y a las personas. Hay, por tanto, en nuestra vida un sufrimiento (según los expertos, puede llegar en algunas personas al 90% de lo que sufren) que hemos de ir eliminando precisamente si queremos seguir a Jesús.

Por otra parte, Jesús no ama ni busca arbitrariamente el sufrimiento ni para él ni para los demás, como si el sufrimiento encerrara algo especialmente grato a Dios. Es un error creer que uno sigue más de cerca a Cristo porque busca sufrir arbitrariamente y sin necesidad alguna. Lo que agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume el sufrimiento en seguimiento fiel a Cristo.

Jesús, además, se compromete con todas sus fuerzas para hacer desaparecer en el mundo el sufrimiento. Toda su vida ha sido una lucha constante por arrancar al ser humano de ese padecimiento que se esconde en la enfermedad, el hambre, la injusticia, los abusos, el pecado o la muerte.

El que quiera seguirle no podrá ignorar a los que sufren. Al contrario, su primera tarea será quitar sufrimiento de la vida de los hombres. Como ha dicho un teólogo, «no hay derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás» (Ignacio Larrañeta).

Por último, cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento provocado por quienes se oponen a su misión, no lo rehúye, sino que lo asume en actitud de fidelidad total al Padre y de servicio incondicional a los hombres.

Antes que nada, «tomar la cruz» es seguir fielmente a Jesús y aceptar las consecuencias dolorosas que se seguirán, sin duda, de este seguimiento. Hay rechazos, padecimientos y daños que el cristiano ha de asumir siempre. Es el sufrimiento que solo podríamos hacer desaparecer de nuestra vida, dejando de seguir a Cristo. Ahí está para cada uno de nosotros la cruz que hemos de llevar siguiendo sus pasos.

 

COMO LIMITADOS, DEBEMOS ESTAR SIEMPRE ELIGIENDO

Fray Marcos

Lo que Mateo pone hoy en boca de Jesús ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. ¿A qué judío se le podía ocurrir que el Mesías iba a morir en la cruz? Ni Jesús pudo pensar tal cosa, si pensó que era el Mesías.

A los seguidores les costó Dios y ayuda descubrir quién era Jesús. A pesar del esfuerzo, encontramos en los evangelios infinidad de incoherencias. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas, nos hemos escandalizado de la cruz. Nadie hubiera elegido para Jesús ese camino. La imagen de un Mesías victorioso es la única que puede tener sentido.

La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más conflictivo de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida, se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mateo. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús iba a terminar como terminó.

Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿No podía dejar de pensar como judío? El día que vinieron a prenderle, Pedro sacó la espada y atizó un buen golpe a Malco para evitar que se llevaran a su Maestro. La crítica de Jesús a Pedro tiene como objetivo justificar los juicios contradictorios de los primeros años del cristianismo.

La respuesta de Jesús a Pedro, es la misma que dio al diablo en las tentaciones. La propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. Lo difícil de la tentación no es vencerla, sino desenmascararla. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra el verdadero mesianismo, que no coincide ni con el oficial.

El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. La nueva oferta es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria y ni siquiera recompensa alguna.

Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo y el egoísmo quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas, sean amigas o enemigas, por ser fieles al evangelio y no acomodarnos a este mundo.

La cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El condenado era obligado a cargar con la parte trasversal de la cruz (patibulum). El carácter simbólico solo llegó después de comprender la muerte de Jesús. El relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús.

Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar a una mayor humanidad. Esa propuesta es la única manera de ser humano. Lo que Jesús exige a sus seguidores, es que vayan por el camino del amor. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor. Verlo como renuncia, es no haber entendido ni jota.

Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia, sino llevarnos a verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento, sino lo mejor.

Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego que pretenda potenciar el egoísmo. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.

martes, 18 de agosto de 2026

XXI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XXI Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 23, 2026 
Isaίas 22, 19-23 / Salmo 137 / Romanos 11, 33-36


En la liturgia de este domingo, se nos recuerda cuales son algunas actitudes que al vivirlas, con fe, transforman nuestra vida …

Evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?" Ellos le respondieron: "Unos dicen que eres Juan, el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas".

Luego les preguntó: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". 

Jesús le dijo entonces: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".

Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Reflexión:

¿Quién es Jesús para mí?

La reflexión de este domingo nos lleva a que tengamos que interiorizar en nosotros mismos para poder responder, las preguntas que Jesús hizo a sus discípulos, y que hoy, nos hace personalmente: ¿quién dice la gente que es Jesús, el Hijo del hombre? y tú (pon tu nombre aquí) ¿quién dices que soy yo?

Para responder la primera pregunta, es “relativamente fácil”, por que podemos tan solo repetir lo que hemos escuchado, visto o leído sobre lo que “otros” han dicho o dicen acerca de él; pero, de una u otra manera, tendría que haber estado atento a esos comentarios, para repetirlos. Hasta aquí, podríamos decir que es información externa y que puedo o no considerar verdadera o falsa.

Para responder la segunda pregunta, la cosa cambia, porque es una pregunta personal y eso solo es posible dar una respuesta cuando efectivamente “conozco” a la persona, en este caso a Jesús; como cuando conozco a otras personas (papás, hermanos, amigos, compañeros, etc.).

El decir, para responder quién es Jesús para mí, me tengo que implicar, para no es solo dar mi “opinión” sobre él; implicarme es responder a partir de mis experiencias y encuentros con él, y de recordar (pasar por el corazón), como reconocí su presencia, en mi oración y en la vida diaria … lo que le escuché hablar y cómo lo vi actuar y relacionarse con la gente y conmigo.

El haber estado con él nos da la oportunidad de para pasar del saber (tener información sobre él) a conocer (experimentar y relacionarme) quién y cómo es Jesús, lo que permite entender mejor sus principios y valores, qué lo mueve interiormente y hacia dónde se dirige.

“Conocerlo internamente”, como dice San Ignacio de Loyola, es lo que me enamora de él y de su proyecto, y me transforma internamente para seguirlo. Eso si que es personal, pero no individualista, porque seguir a Jesús, nos “saca de nuestro propio querer e interés” y nos lanza a la colaboración de la misión salvadora. Así como a Eleacín, en primera lectura, Dios lo elige, también lo hace con cada uno, si lo escuchamos y lo aceptamos, entonces, como en la segunda lectura, podremos como Pablo reconocer “la gracia y revelación” de parte de Dios, que nos dice quién es y cómo es Dios… como es Jesús.

También hoy, como Pedro, podemos reconocer a Jesús, como el Hijo de Dios, y escuchar como nos dice, analógicamente: “sobre tí (pon tu nombre nuevamente aquí), edificaré mi Iglesía”.

¿Quiénes me han dado a conocer a Jesús, y qué me han dicho sobre él?... ¿Qué fundamenta mi respuesta sobre quién es Jesús para mí?... ¿Cómo puedo conocer mejor a Jesús?...

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XXI Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 23, 2026 
Isaίas 22, 19-23 / Salmo 137 / Romanos 11, 33-36

Evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?" Ellos le respondieron: "Unos dicen que eres Juan, el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas".

Luego les preguntó: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". 

Jesús le dijo entonces: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".

Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

   #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Hoy la Palabra sale de los labios de Jesús dirigida a cada una y a cada uno de nosotros: «Y tú... ¿quién dices que soy yo?».

¿Qué respondes?

¡Qué importante es que la respuesta surja de nuestra propia experiencia, de nuestra memoria, de nuestra historia! ¿Dónde te has encontrado con Él? ¿En qué circunstancias ha caminado a tu lado? ¿Cómo se te ha revelado? ¿A través de quiénes se te ha mostrado? ¿Qué te ha dicho?

Y es que si nuestra fe en el Señor se sostiene en ideas y conceptos ajenos que no sentimos ni comprendemos, se vuelve algo muy frágil o muy rígido de lo que nos agarramos. La fe en Jesús es la experiencia de saber que no somos nosotros los que nos agarramos, sino que en todo momento Él nunca nos ha soltado.

Reconocerlo a Él presente en nuestras vidas nos da como resultado la posibilidad de reconocernos a través de Él, de escuchar que nos llama por nuestros nombres y nos desvela lo que somos ante sus ojos. ¡Qué gran riqueza recibimos cuando lo escuchamos!, cuando nos revela nuestra más grande verdad y nos sabemos amados.

Guardemos silencio, mirémosle y sintámonos mirados.

#FelizDomingo

“¿Quién dicen que soy?”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 Llaman al teléfono a una casa de familia y contesta una vocecita de unos cinco años... La persona que llama pregunta: – Por favor, ¿está tu mamá? – No, señor, no está. – ¿Y tu papá? – Tampoco. – ¿Estás sola? – No, señor, estoy con mi hermano. El interlocutor, con la esperanza de poder hablar con algún mayor le pide que le pase a su hermano. La niña, después de unos minutos de silencio, vuelve a tomar el teléfono y dice que no puede pasar a su hermano... – ¿Por qué no me puedes pasar a tu hermano? Pregunta el hombre, ya un poco impacientado. – Es que no pude sacarlo de la cuna. – Lo siento, dice la niña...

Al nacer, los seres humanos somos las criaturas más indefensas de la naturaleza. No podemos nada, no sabemos nada, no somos capaces de valernos por nosotros mismos para sobrevivir ni un solo día. Nuestra dependencia es total. Necesitamos del cuidado de nuestros padres o de otras personas que suplen las limitaciones y carencias que nos acompañan al nacer. Otros escogen lo que debemos vestir, cómo debemos alimentarnos, a dónde podemos ir... Alguien escoge por nosotros la fe en la que iremos creciendo, el colegio en el que aprenderemos las primeras letras, el barrio en el que viviremos... Todo nos llega, en cierto modo, hecho o decidido y el campo de nuestra elección está casi totalmente cerrado. Solamente, poco a poco, y muy lentamente, vamos ganando en autonomía y libertad.

Tienen que pasar muchos años para que seamos capaces de elegir cómo queremos transitar nuestro camino. Este proceso, que comenzó en la indefensión más absoluta, tiene su término, que a su vez vuelve a ser un nuevo nacimiento, cuando declaramos nuestra independencia frente a nuestros progenitores. Muchas veces este proceso es más demorado o incluso no llega nunca a darse plenamente. Podemos seguir la vida entera queriendo, haciendo, diciendo, actuando y creyendo lo que otros determinan. Este camino hacia la libertad es lo más típicamente humano, tanto en el ámbito personal, como social.

La fe no escapa a esta realidad. Jesús era consciente de ello cuando pregunta primero a sus discípulos “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Es, como hemos visto, una etapa necesaria e inevitable de nuestra evolución como personas creyentes. Por allí comienza nuestra primera profesión de fe: “Algunos dicen que Juan el Bautista; otros dicen que Elías, y otros dicen...”

Pero no podemos quedarnos allí. No podemos detener nuestro camino en la afirmación de lo que otros dicen. Es indispensable llegar a afrontar, más tarde o más temprano, la pregunta que hace el Señor a los discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?” Aquí ya no valen las respuestas prestadas por nuestros padres, amigos, maestros, compañeros... Cada uno, desde su libertad y autonomía, tiene que responder, directamente, esta pregunta. Pedro tiene la lucidez de decir: “Tu eres el Mesías, e Hijo de Dios viviente”. Pero cada uno deberá responder, desde su propia experiencia y sin repetir fórmulas vacías, lo que sabe de Jesús. Ya no es un conocimiento adquirido “por medios humanos”, sino la revelación que el Padre que está en el cielo nos regala por su bondad.

La pregunta que debe quedar flotando en nuestro interior este domingo es si todavía seguimos repitiendo lo que ‘otros’ dicen de Jesús o, efectivamente, podemos responder a la pregunta del Señor desde nuestra propia experiencia de encuentro con aquél que es la Palabra y el sentido último de nuestra vida. Mejor dicho, la pregunta es si somos capaces de pasar al teléfono cuando él nos llama o si todavía dependemos de alguien para responder a su llamada...

UNA PREGUNTA DECISIVA

José Antonio Pagola

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Esta pregunta de Jesús no está dirigida solo a sus primeros seguidores. Es la cuestión fundamental a la que hemos de responder siempre los que nos confesamos cristianos.

Nuestra primera reacción puede ser encontrar rápidamente una respuesta doctrinal y confesar de manera rutinaria que Jesús es el «Hijo de Dios encarnado», el «Redentor» del mundo, el «Salvador» de la humanidad. Títulos todos ellos muy solemnes y ortodoxos, sin duda, pero que pueden ser pronunciados sin contenido vital alguno.

La pregunta de Jesús no nos pide simplemente nuestra opinión. Nos interpela, sobre todo, acerca de nuestra actitud ante él. Y esta no se refleja solo en nuestras palabras, sino sobre todo en nuestro seguimiento concreto a él. Como ha escrito algún teólogo: «La breve proposición: “Yo creo que Jesús es el Hijo de Dios”, significa algo completamente distinto si la pronuncia Francisco de Asís o la pronuncia uno de los actuales dictadores sudamericanos. El Dios de estos hombres no es el mismo, o, al menos, el Dios al que cada uno invoca para dirigir su conducta».

Las palabras de Jesús piden una opción radical. O bien Jesús es para nosotros un personaje más, junto a otros muchos de la historia, o bien es la Persona decisiva que nos proporciona la comprensión última de la existencia, da la orientación decisiva a nuestra vida y nos ofrece la esperanza definitiva.

La pregunta «¿quién decís que soy yo?» cobra entonces un contenido nuevo. No es ya una cuestión sobre Jesús, sino sobre nosotros mismos. ¿Quién soy yo? ¿En quién creo? ¿Desde dónde oriento mi existencia? ¿A qué se reduce mi fe?

Todos hemos de recordar una y otra vez que la fe no se identifica con las fórmulas que pronunciamos. Para comprender mejor el alcance de «lo que yo creo» es necesario verificar cómo vivo, a qué aspiro, en qué me comprometo.

Por eso, la pregunta de Jesús, más que un examen sobre nuestra ortodoxia, debería ser la llamada a un estilo de vida cristiano. Evidentemente no se trata de decir o creer cualquier cosa acerca de Cristo. Pero tampoco de hacer solemnes profesiones de fe ortodoxa para vivir luego muy lejos del espíritu que esa misma proclamación de fe exige y lleva consigo.

 

SOLO DESCUBRIRÁS QUIÉN ES JESÚS SI VIVES LO QUE HAY DE DIVINO EN TI.

Fray Marcos

Lo primero que hay que tener en cuenta es que los evangelios están escritos mucho después de la muerte de Jesús. Reflejan, no lo que dijo o hizo, sino lo que las primeras comunidades interpretaron de los que recordaban de él. El texto expresa vivencias pascuales de la primera comunidad. Esto no le quita importancia, sino que se la da.

Se diferencia la opinión de la gente de la de los discípulos para expresar una fórmula de la fe primitiva. La diferencia estaría entre lo que la gente y los discípulos pensaron de Jesús mientras vivía y lo que pensaron de él después de la experiencia pascual.

Mientras vivieron con él le mostraron una gran admiración y estima, pero no se dieron cuenta de toda la novedad que aportaba. A los discípulos les costó Dios y ayuda dar el paso de la visión nacionalista del Mesías, que era general entre judíos, al Mesías que  demostró ser Jesús. Solo después de la experiencia pascual consiguieron dar ese paso.

De Jesús, como ser humano sí podemos hablar. De lo divino que hay en Jesús, nada podemos decir con propiedad, escapa a nuestra capacidad intelectual. Pero lo divino se manifestó en su humanidad y aunque no podemos definirlo, podemos intuirlo.

Si nos empeñamos en pensar lo divino y lo humano como diferentes, imposibilitamos una respuesta coherente. Si Jesús fue Dios es porque es hombre, y si es hombre cabal es porque es divino. No hay incompatibilidad entre ambas realidades. Al contrario, Dios es el fundamento de lo humano y el hombre solo llegará a su plenitud en lo divino.

La respuesta de Pedro no supone ninguna novedad. El objetivo del relato es afianzar una profesión de fe pascual. Si Pedro hubiera dicho esa frase antes de la experiencia pascual, lo hubiera hecho pensando en un “hijo de Dios” en el sentido en que lo entendían los judíos; como persona cercana a Dios que tiene una misión especial.

No podemos definir con dogmas lo que es Jesús, pero tampoco podemos dejar de hacernos la pregunta. Lo que es Jesús, nunca lo descubriremos. Todo intento de responder con fórmulas racionales será inútil. La respuesta no puede ser teórica. Solo tomaré conciencia de los que es Jesús en la medida que viva lo que él vivió.

Dar por completas y definitivas las respuestas de los primeros concilios nos ha llevado a la ruina. Lo que nos debe importar es descubrir la calidad humana de Jesús en la que queda reflejada su divinidad. Nuestra tarea será descubrir la manera de llegar nosotros a esa misma plenitud. Se trata de responder con la propia vida.

Respecto a la segunda cuestión, tenemos que aclarar algunos puntos. Los textos paralelos de Mc y de Lc no dicen nada de la promesa de Jesús a Pedro. Es éste un dato muy interesante, que tiene que hacernos pensar. Mt lo relata con toda intención.

Debemos tener en cuenta que existe otro texto paralelo en Mt, que leeremos dentro de dos domingos, que va dirigido a la comunidad: “Porque lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo; y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”.

En dos lugares tan próximos del mismo evangelio dan el poder de atar y desatar a Pedro y a la comunidad. Esto quiere decir que la última palabra la tiene siempre la comunidad. Pedro actúa como cabeza de la comunidad no en nombre propio.

A Jesús nunca le pudo pasar por la cabeza el fundar una Iglesia. Él era judío por los cuatro costados y no podía pensar en una religión distinta. Lo que quiso hacer con su mensaje, fue purificar la religión judía de todas las adheren­cias que la hacían incompatible con el verdadero Dios. Lo mismo intentaron sus inmediatos seguidores.

XXIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

  XXIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – septiembre 6, 2026  Ezequiel 33, 7-9 / Salmo 94 / Romanos 13, 8-10 La liturgia de hoy...