miércoles, 30 de septiembre de 2026

XXVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XXVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – octubre 4, 2026 
Isaίas 5, 1-7 / Salmo 79 / Filipenses 4, 6-9

El evangelio de hoy, narra de una manera irónica, la historia del pueblo de Israel, que también es la nuestra como cristianos…

Evangelio según san Mateo 21, 33-43

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: "Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: 'A mi hijo lo respetarán'. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: 'Éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia'. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Ahora, díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?'' Ellos le respondieron: "Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo".

Entonces Jesús les dijo: "¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable?

Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos''.

Reflexión:

¿Qué frutos del Reino doy?

La primera lectura y el evangelio nos describen muy bien actualmente, como vivimos en la sociedad: donde la inseguridad, violencia, abusos y egoísmo, parecen dominar; se da en todos los ambientes, familiares, laborares, comunitarios, políticos… personas y grupos queriendo sacar ventaja para beneficio propio.

Así es la viña que se describe en los textos de hoy, desde la mirada de nuestro Padre, creador de todo cuanto hay en este mundo, y quien nos ha arrendado / encargado todo para nuestro propio bien; sin embargo, al igual que en la narración, “ya nos consideramos dueños” de todo y de todos, incluso de la vida de los demás.

Ahí está el problema de los seres humanos, la voracidad y egoísmo nos impide poder convivir y disfrutar, todos,  de lo que el Señor nos ha previsto para vivir. Seguimos siendo como los “malos viñadores”, cerrados en “nuestro propio querer e interés”, ignorando que, de todo lo que gozamos, tan solo somos administradores…

Afortunadamente, el dueño de la viña (la vida), el Padre, es misericordioso con nosotros y más que destruir o quitarnos la viña, ha enviado (y lo sigue haciendo) mensajeros que nos recuerden como hacer realidad el deseo del Padre para nosotros, para que tengamos “una vida que valga la pena”. San Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales ignacianos, en la contemplación de la Encarnación [106-107], ante la realidad del mal y el caos en el mundo, decide la Trinidad hacer redención, en el Hijo, Jesucristo.

La invitación personal es a, escuchar y aprender de Jesús, que nos muestra el camino para dar frutos de vida, en palabras de san Pablo, para que, “pidamos en oración, que la paz custodie nuestros corazones, apreciemos lo verdadero y noble, lo justo y puro, lo amable y honroso”, que es lo que nos permitía vivir en fraternidad y en paz, entre nosotros.

Esa manera de con-vivir, es lo que nos salva; es lograr el bien común, fruto de tener en nuestro corazón, como “piedra angular”, las enseñanzas de Jesús. ¡A ponerlas en práctica!

¿Cómo administrar lo que se me ha confiado, para el bien común?... ¿Qué frutos son urgentes, en mi familio y comunidad?... ¿De qué manera puedo producir frutos de bien?


Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXVII Domingo de Tiempo Ordinario - Ciclo A - (Profundizar)

 XXVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – octubre 4, 2026 
Isaίas 5, 1-7 / Salmo 79 / Filipenses 4, 6-9

Evangelio según san Mateo 21, 33-43

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: "Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: 'A mi hijo lo respetarán'. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: 'Éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia'. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Ahora, díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?'' Ellos le respondieron: "Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo".

Entonces Jesús les dijo: "¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable?

Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos''.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

  #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

EL PELIGRO DE AHOGAR LA VOZ DE LOS PROFETAS

José Antonio Pagola

Cuando el año 70 las tropas romanas destruyeron Jerusalén y el pueblo judío desapareció como nación, los cristianos hicieron una lectura terrible de este trágico hecho. Israel, aquel pueblo tan querido por Dios, no ha sabido responder a sus llamadas. Sus dirigentes religiosos han ido matando a los profetas enviados por él; han crucificado, por último, a su propio Hijo. Ahora, Dios los abandona y permite su destrucción: Israel será sustituido por la Iglesia cristiana.

Así leían los primeros cristianos la parábola de los «viñadores homicidas», dirigida por Jesús a los sumos sacerdotes de Israel. Los labradores encargados de cuidar la «viña del Señor» van matando uno tras otro a los criados que él les envía para recoger los frutos. Por último matan también al hijo del propietario, con la intención de suprimir al heredero y quedarse con la viña. El señor no puede hacer otra cosa que darles muerte y entregar su viña a otros labradores más fieles.

Esta parábola no fue recogida por los evangelistas para alimentar el orgullo de la Iglesia, nuevo Israel, frente al pueblo judío, derrotado por Roma y dispersado por todo el mundo. La preocupación era otra: ¿le puede suceder a la Iglesia cristiana lo mismo que le sucedió al antiguo Israel? ¿Puede defraudar las expectativas de Dios? Y si la Iglesia no produce los frutos que él espera, ¿qué caminos seguirá Dios para llevar a cabo sus planes de salvación?

El peligro siempre es el mismo. Israel se sentía seguro: tenían las Escrituras Sagradas; poseían el templo; se celebraba escrupulosamente el culto; se predicaba la Ley; se defendían las instituciones. No parecía necesario nada nuevo. Bastaba conservarlo todo en orden. Es lo más peligroso que le puede suceder a una religión: que se ahogue la voz de los profetas y que los sacerdotes, sintiéndose los dueños de la «viña del señor», quieran administrarla como propiedad suya.

Es también nuestro peligro. Pensar que la fidelidad de la Iglesia está garantizada por pertenecer a la Nueva Alianza. Sentirnos seguros por tener a Cristo en propiedad. Sin embargo, Dios no es propiedad de nadie. Su viña le pertenece solo a él. Y si la Iglesia no produce los frutos que él espera, Dios seguirá abriendo nuevos caminos de salvación.

 

DIOS NUNCA RECHAZA A NADIE

Fray Marcos

Al rechazo de los jefes responde Jesús con suma crudeza. Esta parábola se narra ya en el evangelio de Mc, del que copian Mt y Lc. Cuando se escriben ya se había producido la muerte de Jesús, la destrucción de Jerusalén y la separación de los cristianos de la religión judía. Era muy fácil anunciar como profecía lo que había sucedido ya.

El relato es a la vez parábola y alegoría. A cada elemento del relato, corresponde un elemento espiritual. El propietario es Dios. La viña es el pueblo judío. Los labradores son los jefes religiosos. Los enviados son los profetas. El hijo es el mismo Jesús. Los frutos que Dios espera son derecho y justicia. El nuevo pueblo es la comunidad cristiana.

El relato del evangelio es copia del texto de Isaías. Pero si nos fijamos, descubriremos matices que cambian sustancialmente el mensaje. En Is el protagonista es el pueblo (viña), que no ha respondido a las expectativas de Dios; en vez de uvas, dio agrazones.

En Mt los protagonistas son los jefes religiosos (viñadores), que quieren apropiarse de los frutos e incluso de la misma viña. No quieren reconocer los derechos del propietario. Pero al final se retoma la perspectiva de Isaías porque se dice que la viña será entregada a otro pueblo, cosa que ni a Isaías ni a Jesús se les podía ocurrir.

No es probable que Jesús la relatara tal como la encontramos en los evangelios. No solo porque en él se da por supuesta la muerte de Jesús y el total rechazo del pueblo de Israel, sino también porque a ningún judío le podía pasar por la cabeza que Dios los rechazara para elegir a otro pueblo. Refleja una reflexión de la comunidad cristiana.

Se os quitará la viña y se dará a otro pueblo que produzca sus frutos. Una manera muy bíblica de justificar que los cristianos se consideraran ahora el pueblo elegido. El relato no solo justifica la separación, sino que también advierte a las autoridades de la comunidad que pueden caer en la misma trampa y ser rechazadas.

Recordemos que entre la Torá y el mensaje del Jesús existe un peldaño, los profetas que dieron chispazos en la dirección correcta: “esto sucedió para que se cumpliesen las Escrituras”. Muchas de las enseñanzas de Jesús ya las encontramos en ellos.

La piedra desechada es ahora la piedra angular. Es la apreciación cristiana de la figura de Jesús. Jesús nunca pensó en una nueva religión ni un nuevo Dios. Jesús fue judío y nunca dejó de serlo. Muy a su pesar, su predicación dio lugar al nacimiento del cristianismo. El traspaso de la viña a otros sobrepasa el pensamiento bíblico.

Aquellos jefes religiosos no eran malvados. Su preocupación por el culto, por la Ley, por defender la institución, por el respeto a su Dios era sincera. Lo que los perdió fue confundir los derechos de Dios con sus propios intereses. De esta manera llegaron a identificar la voluntad de Dios con la suya propia y creerse dueños del pueblo.

La historia nos demuestra que es muy fácil caer en la trampa de identificar los intereses propios o de grupo con la voluntad de Dios. No se puede separar el interés de Dios del interés del hombre. Nunca se puede machacar al ser humano en nombre de Dios.

¿De qué frutos nos habla el evangelio? Isaías dice: “esperó de ellos derecho y ahí tenéis asesinatos; esperó justicia y ahí tenéis lamentos”. Jesús da un paso más. No habla ya de “derecho y justicia” sino de amor total que es la norma suprema.

Dios no puede esperar nada de mí porque nada puedo darle. Lo que Dios espera de nosotros no es para Él sino para nosotros mismos. Siendo y dándose a los demás, Jesús alcanzó esa plenitud y nos marcó el camino para que todos podamos llegar a ella.

domingo, 27 de septiembre de 2026

XXVI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

XXVI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – septiembre 27, 2026 
Ezequiel 18, 25-28 / Salmo 24 / Filipenses 2, 1-11


Hoy, el evangelio interpela nuestra congruencia y cuestiona nuestra confianza en el proyecto del Reino de Dios, que nos anuncia Jesús…

Evangelio según san Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: "¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: 'Hijo, ve a trabajar hoy en la viña'. Él le contestó: 'Ya voy, señor', pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: 'No quiero ir', pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?" Ellos le respondieron: "El segundo".

Entonces Jesús les dijo: "Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas, sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él''.

Reflexión:

¿Qué tan congruente soy con mi respuesta al Padre?

Ser una persona congruente es cuando no hay contradicción entre lo que uno dice (anuncia, promueve, pregona) y lo que hace al respecto. Hoy la pregunta que respondemos cada uno es: “¿cuál de los dos hace la voluntad del Padre?”.

San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales [EE 153-155 ], también habla de esta congruencia, en cuanto al seguimiento de Jesús, en los tipos de personas que dicen seguir a Jesús:

·       El primer: quiere seguirlo, pero no pone medios (incongruente)
·       El segundo: quiere, pero, que se haga como él quiere (conveniencia)
·       El tercero: quiere, y en efecto se da a la tarea de hacerlo (congruente)

Al escuchar la parábola del Evangelio,  la pregunta es para cada uno y la tenemos que responder: ¿acepto la invitación a trabajar por el Reino? La respuesta que demos será consecuencia de, por una parte, al haber  escuchado, entendido y aceptado la Buena Noticia y seguiremos a Jesús en nuestra vida, (y con ello, estaremos colaborando en la construcción del reinado del amor entre nosotros: en la familia, en la colonia, en el estado y en el país)… por la otra, la segunda lectura, nos recuerda que de aceptar la invitación del Padre,  implica que “nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción; antes bien, por humildad, cada uno considere a los demás como superiores a sí mismo y no busque su propio interés, sino el del prójimo”; de tal manera que nuestro servicio, sea como el mismo Jesús pone de ejemplo, al hacerse “como uno de nosotros”.

En nuestra respuesta, congruente a trabajar para que el Reino se haga presente, nos jugamos nuestra salvación, haciendo el bien a los demás, es decir: ayudando y sirviendo a otros, es que nos salvaremos y nuestra vida terrena, valdrá la pena y alcanzaremos la vida plena.

¿Cuál es la “voluntad del Padre”, que rezamos en el Padrenuestro?... ¿Cómo podría colaborar en construcción de la Paz?... ¿Es mi congruencia para el Bien Común?

 

Alfredo Aguilar Pelayo
#RecursosParaVivirMejor

 

XXVI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

XXVI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – septiembre 27, 2026 
Ezequiel 18, 25-28 / Salmo 24 / Filipenses 2, 1-11


Evangelio según san Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. Él le contestó: ‘Ya voy, señor’, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” Ellos le respondieron: “El segundo”.

Entonces Jesús les dijo: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas, sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él’’.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

 #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

«Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere; cuando el malvado se aparta de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida». El profeta Ezequiel nos recuerda dos realidades: nuestros actos nos matan o nos salvan, y, lo más importante, podemos cambiar. 

Sí, estamos abiertos a la conversión, es decir, podemos cambiar de rumbo, podemos ser una mejor versión de nosotros mismos.

En la misma dirección, el Evangelio nos describe esta misma realidad, pero subraya un matiz: no nos define lo que decimos, sino lo que hacemos. El primer hijo dijo «no quiero», pero se arrepintió y fue; el segundo dijo que iba, pero no fue.

Así pues, nos van definiendo nuestras acciones, pero no nos cancelan. Tenemos siempre la posibilidad de la conversión, tenemos siempre la posibilidad de elegir, porque Dios nos hizo libres. Pero esa libertad que Dios nos ha dado es ética, es decir, tiene una dirección, una llamada, porque los seres humanos somos siempre en relación. Esto nos lo recuerda san Pablo en la segunda lectura: «No se encierren en sus intereses», «manténganse unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir», «tengan ustedes los sentimientos de Cristo».

Aquí encontramos el criterio vital y cotidiano para vivir, para vivir con plenitud, sentido y felicidad: sentir lo que Él sentiría, hacer lo que Él haría si estuviera en mi lugar.

Deja que la Palabra toque tu corazón. ¿A qué te invita hoy?

#FelizDomingo 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

PARA JESÚS, LOS ÚLTIMOS SON LOS PRIMEROS

José Antonio Pagola

Jesús conoció una sociedad dividida por barreras de separación y atravesada por complejas discriminaciones. En ella encontramos judíos que pueden entrar en el templo y paganos excluidos del culto; personas «puras» con las que se puede tratar y personas «impuras» a las que hay que evitar; «prójimos» a los que se debe amar y «no prójimos» a los que se puede abandonar; hombres «piadosos» observantes de la ley y «gentes malditas» que ni conocen ni cumplen lo prescrito; personas «sanas» bendecidas por Dios y «enfermos» malditos que no tienen acceso al templo; personas «justas» y hombres y mujeres «pecadores».

La actuación de Jesús en esta sociedad resulta tan sorprendente que todavía hoy nos resistimos a aceptarla. No adopta la postura de los grupos fariseos, que evitan todo contacto con impuros y pecadores. No sigue la actitud elitista de Qumrán, donde se redactan listas precisas de los que quedan excluidos de la comunidad.

Jesús se acerca precisamente a los más discriminados. Se sienta a comer con publicanos. Se deja besar los pies por una pecadora. Toca con su mano a los leprosos. Busca salvar «lo que está perdido». La gente lo llama «amigo de pecadores». Con insistencia provocativa va repitiendo que «los últimos serán los primeros», y que los publicanos y las prostitutas van por delante de los escribas y sacerdotes en el camino del reino de Dios.

¿Quién sospecha hoy realmente que los alcohólicos, vagabundos, pordioseros y todos los que forman el desecho de la sociedad pueden ser ante Dios los primeros? ¿Quién se atreve a pensar que las prostitutas, los heroinómanos o los afectados por el sida pueden preceder a no pocos eclesiásticos de vida intachable

Sin embargo, aunque ya casi nadie os lo diga, vosotros, los indeseables y anatematizados, tenéis que saber que el Dios revelado en Jesucristo sigue siendo realmente vuestro amigo. Vosotros podéis «entender» y acoger el perdón de Dios mejor que muchos cristianos que no sienten necesidad de arrepentirse de nada.

Cuando nosotros os evitamos, Dios se os acerca. Cuando nosotros os humillamos, él os defiende. Cuando os despreciamos, os acoge. En lo más oscuro de vuestra noche no estáis solos. En lo más profundo de vuestra humillación no estáis abandonados. No hay sitio para vosotros en nuestra sociedad ni en nuestro corazón. Por eso precisamente tenéis un lugar privilegiado en el corazón de Dios.

  LAS PALABRAS SE LAS LLEVA EL VIENTO

Fray Marcos

No se alude en el relato a las otras dos situaciones que se pueden dar: el hijo que dice sí y va a trabajar a la viña; y el hijo que dice no, y no va. En estos dos casos no hay posibilidad de equivocarse ni cabe la pregunta de quién cumple la voluntad del padre.

Jesús distingue dos hijos: los que se consideran verdaderos israelitas y los que los jefes religiosos consideran pecadores. Recordemos que ser hijo significaba hacer siempre la voluntad del padre. El que dejaba de hacer la voluntad del padre dejaba de ser hijo. ¿Quién hizo la voluntad del padre? quiere decir: ¿Quién es verdadero Hijo?

Los fariseos no tenían nada de qué arrepentirse, eran perfectos, porque decían “sí” a todos los mandamientos. Para ellos es intolerable que Dios pague lo mismo al que no ha trabajado. No se dan cuenta de que su respuesta es solamente formal, sin compromiso vital alguno. El espíritu de la Ley no les importaba y el ser humano, menos.

Para Jesús no hay duda, los que se consideran buenos fallan y los malos son los buenos. Los primeros eran los estrictos cumplidores de la Ley, los segundos ni la conocían ni podían cumplirla. Los primeros ponían su empeño en el cumplimiento externo de las normas. Los otros buscaban hacerse más humanos, porque se sabían pecadores.

No debemos engañarnos. La simplicidad del relato esconde una enseñanza fundamental. Los hechos son lo importante, las palabras sirven de poco. La praxis prevalece siempre sobre la teoría. El evangelio no nos invita a decir primero no y después sí. El ideal sería decir sí y hacer; pero lo maravilloso del mensaje está precisamente ahí: Dios comprende nuestra limitación radical y admite la posibilidad de rectificación, después de recapacitar.

La pretensión de ser perfectos no tiene sentido, porque somos limitados e imperfectos. Ni siquiera podemos saber de antemano lo que es bueno o malo. Necesitamos la experiencia para poder dilucidar lo que me edifica o lo que me deteriora como ser humano. Rectificar no es solo cosa de sabios, sino de todo hombre que quiere llegar.

Los recaudadores y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino. Es una de las frases más hirientes que pudo decir Jesús a los fariseos y escribas. Pero es también la mejor noticia que nos podían dar. El organigrama religioso-social de su tiempo era represivo e injusto. Que esa situación se mantuviera en nombre de Dios no podía aguantarlo quien había descubierto un Dios, que quiere el bien de todos los hombres.

Nuestra actitud religiosa es incoherente. Llevamos muchos siglos haciendo una religión de ritos externos. No hay más que ver lo que se entiende por “practicante” para darse cuenta de que no tiene nada que ver con las exigencias del evangelio. Doctrinas y preceptos. Desde el bautismo decimos “sí voy”, pero nos quedamos en donde estamos.

Solo la experiencia me dice qué es lo que me deteriora y qué es lo que me enriquece como ser humano. Cuando damos por absoluta una norma nos negamos a progresar. El gran peligro es creer que Dios mismo nos ha dado directamente esa norma. Desde esa perspectiva se siguen cometiendo verdaderas barbaridades en contra del ser humano.

También hoy podemos ir más allá de la parábola. Ni siquiera las obras tienen valor absoluto. Las obras pueden ser la manifestación de una actitud vital, pero pueden ser fruto de una programación desconectada de nuestro verdadero ser. Los fariseos cumplían todas las normas, pero lo hacían mecánicamente, sin ninguna sinceridad de corazón.

No pierdas el tiempo tratando de situarte en una de las partes. Todos estamos diciendo “no” cada tres por cuatro, y todos estamos diciendo “sí” con una pasmosa ligereza. Aceptar nuestras limitaciones es el primer paso para poder superarlas.

 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

XXV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XXV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – septiembre 20, 2026
Isaίas 55, 6-9 / Salmo 144 / Filipenses 1, 20-24. 27


Leemos este domingo acerca de cómo es Jesús y lo que somos llamados a ser y hacer …

Evangelio según san Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña


. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo'. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.

Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: '¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?' Ellos le respondieron: 'Porque nadie nos ha contratado'. Él les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña'.

Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: 'Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros'. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.

Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: 'Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor'.

Pero él respondió a uno de ellos: 'Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?'

De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos''.

Reflexión: 

¿Cómo puedo colaborar a construir el Reino?

La Buena Noticia de Jesús (Evangelio), lo que hoy nos propone es cómo vivir bien, personal y comunitariamente; situación que parece no logramos alcanzar como humanidad: siempre en conflicto, en guerra, física e ideológicas, por nuestras envidias. 

El mensaje de Jesús, nos muestra el camino posible para caminar hacia ese anhelo; Primero necesito conocer su propuesta y luego construirla, lo cual es un trabajo artesanal, tanto de cada uno, como de la sociedad.

Conocer a Jesús y su propuesta, es, en palabras del profeta Isaías (Is 55, 6-9): “buscar al Señor mientras lo pueden encontrar, invóquenlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes” … necesitamos reaprender y cambiar la manera de vivir y relacionarnos entre nosotros, pensar de otra manera: “mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor”.

Para dar fruto y vivir bien, tenemos que ponernos las “pilas”, “chambear”, “hacerle caso” a Jesús, que solo quiere nuestro bien. Él nos invita hoy (siempre lo ha hecho) a trabajar para hacer presente el Reinado de su Padre, que en el amor (ágape) y cuyos frutos son la fraternidad, justicia y paz, en nuestro interior, en nuestra familia, en mi colonia, en mi ciudad. 

Nunca es tarde, hoy Jesús nos pregunta '¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?', habrá que responder y ponerlo en práctica, desde la trinchera y el lugar de cada uno, unidos, juntos, sin envidia … hay que colaborar, contribuir, con lo que “tenemos y podemos” … Como dice el dicho: “si no soy yo, ¿quién?; si no es ahora ¿cuándo?” … 

La Palabra nos muestra cómo es Dios: compasivo y misericordiosos, generoso al perdonar, incluyente y bueno, con todos… así que hay que ponernos a trabajar y a pulir los dones recibidos, para que podamos “llevar una vida digna del Evangelio de Cristo…” y que también busquemos e invitemos a otros a que lo hagan. Esta es invitación que se nos hace hoy, ¿qué me parece, lo quiero? 

¿Cómo puedo trabajar por la justicia y paz en mi comunidad?... ¿Me quedaré de espectador?… ¿Cómo puedo hacerlo, haciendo sinergia con otras personas y grupos?


Alfredo Aguilar Pelayo
alfredo@ccrrsj.org
#RecursosParaVivirMejor
www.ccrrsj.org

Para profundizar: 


XXV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XXV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – septiembre 20, 2026
Isaίas 55, 6-9 / Salmo 144 / Filipenses 1, 20-24. 27

Evangelio según san Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.

Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’ Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.

Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.

Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’.

Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’

De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos’’.

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia
Hernán Quezada, SJ 
.
“Vayan también ustedes a mi viñedo” 
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
“El Reino de los cielos es semejante a dos hermanos que vivían felices y contentos, hasta que recibieron la llamada de Dios a hacerse discípulos. El de más edad respondió con generosidad a la llamada, aunque tuvo que ver cómo se desgarraba su corazón al despedirse de su familia y de la muchacha a la que amaba y con la que soñaba casarse. Pero, al fin, se marchó a un país lejano, donde gastó su propia vida al servicio de los más pobres de entre los pobres. Se desató en aquel país una persecución, de resultas de lo cual fue detenido, falsamente acusado, torturado y condenado a muerte. Y el Señor le dijo: «Muy bien, siervo fiel y cumplidor. Me has servido por el valor de mil talentos. Voy a recompensarte con mil millones de talentos. ¡Entra en el gozo de tu Señor!».

La respuesta del más joven fue mucho menos generosa. Decidió ignorar la llamada, seguir su camino y casarse con la muchacha a la que amaba. Disfrutó de un feliz matrimonio, le fue bien en los negocios y llegó a ser rico y próspero. De vez en cuando daba una limosna a algún mendigo o se mostraba bondadoso con su mujer y sus hijos. También de vez en cuando enviaba una pequeña suma de dinero a su hermano mayor, que se hallaba en un remoto país, adjuntándole una nota en la que le decía: «Tal vez con esto puedas ayudar a aquellos pobres diablos». Cuando le llegó la hora, el Señor le dijo: «Muy bien, siervo fiel y cumplidor. Me has servido por el valor de diez talentos. Voy a recompensarte con mil millones de talentos. ¡Entra en el gozo de tu Señor!».

El hermano mayor se sorprendió al oír que su hermano iba a recibir la misma recompensa que él. Pero le agradó sobremanera. Y dijo: «Señor, aun sabiendo esto, si tuviera que nacer de nuevo y volver a vivir, haría por ti exactamente lo mismo que he hecho». Esto sí que es una Buena Noticia: un Señor generoso y un discípulo que le sirve por el mero gozo de servir por amor” (Anthony de Mello, El canto del pájaro, pp. 151-152).

Desde una perspectiva mercantil, es un absurdo que el que trabaja desde el comienzo del día hasta la tarde, reciba lo mismo que el que llegó a la viña casi al caer el sol. Esto no nos cabe en la cabeza y le reclamamos a Dios: “Estos que llegaron al final, trabajaron solamente una hora, y usted les ha pagado igual que a nosotros que hemos aguantado el trabajo y el calor de todo el día”. Pero Dios, como el dueño de la viña, nos responde: “Amigo, no te estoy haciendo ninguna injusticia. ¿Acaso no te arreglaste conmigo por el jornal de un día? Pues toma tu paga y vete. Si yo quiero darle a éste que entró a trabajar al final lo mismo que te doy a ti, es porque tengo el derecho de hacer lo que quiera con mi dinero. ¿O es que te da envidia que yo sea bondadoso?”

Tal vez haya personas que, sabiendo de la generosidad de Dios, habrían sido menos bondadosas... Pero también las hay que se alegran y gozan de tal manera con esta magnificencia divina, que no les queda otro remedio que desbordarse en generosidad.
CONFIAR EN LA BONDAD DE DIOS
José Antonio Pagola
Cada vez estoy mas convencido de que muchos de los que se dicen ateos son hombres y mujeres que, cuando rechazan a Dios, están rechazando en realidad un «ídolo mental» que se fabricaron cuando eran niños. La idea de Dios que llevan en su interior y con la que han vivido durante algunos años se les ha quedado pequeña. Llegado un momento, ese Dios les ha resultado un ser tan extraño, incómodo y molesto que han prescindido de él.
No me cuesta nada comprender a estas personas. Dialogando con alguna de ellas he recordado más de una vez aquellas certeras palabras del patriarca Máximos IV durante el Concilio: «Yo tampoco creo en el dios en que los ateos no creen». En realidad, el dios que algunos han suprimido de sus vidas es una caricatura que se han formado falsamente de él. Si han vaciado su alma de ese «dios falso», ¿no será para dejar sitio algún día al Dios verdadero?
Pero ¿cómo puede hoy una persona encontrarse con Dios? Si se acerca a los que nos decimos creyentes, es fácil que nos encuentre rezando, no al Dios verdadero, sino a un pequeño ídolo sobre el que proyectamos nuestros intereses, miedos y obsesiones. Un Dios del que pretendemos apropiarnos y al que intentamos utilizar para nuestro provecho, olvidando su inmensa e incomprensible bondad con todos.
Jesús rompe todos nuestros esquemas cuando nos presenta en la parábola del «señor de la viña» a ese Dios que «da a todos su denario», lo merezcan o no, y dice así a los que protestan: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».
Dios es bueno con todos, lo merezcan o no, sean creyentes o ateos. Su bondad misteriosa está más allá de la fe de los creyentes y de la increencia de los ateos.
Lo que hemos de hacer es olvidarnos de nuestros esquemas, hacer silencio en nuestro interior, escuchar hasta el fondo la vida que palpita en nosotros… y esperar, confiar, dejar abierto nuestro ser. Dios no se oculta indefinidamente a quien lo busca con sincero corazón. 

Nuestra justicia debe imitar la de Dios
Fray Marcos
Una advertencia a la comunidad. Los cristianos veteranos reclamaban privilegios, porque en un inminente final de la historia, los que se incorporaban no iban a tener la oportunidad de trabajar como lo habían hecho ellos. Advierte a los cristianos que no es mérito suyo haber accedido a la fe antes, sino un privilegio que debían agradecer.

Jesús acaba de decir al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga. A continuación, Pedro dice a Jesús: “Pues nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué tendremos?” Jesús le promete cien veces más, pero termina con esa frase enigmática: Hay primeros que serán últimos, y últimos que serán primeros. A continuación, viene el relato de hoy.

Tenemos una mezcla de alegoría y parábola que puede dificultar la comprensión. Está claro que la viña representa al pueblo elegido, y que el propietario es Dios mismo. Pero también es cierto que, en el relato, hay un punto de inflexión cuando dice: “Al llegar los primeros pensaron que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario”.

Desde la justicia humana, el propietario está cometiendo una injusticia. El propietario actúa desde el amor absoluto, cosa que solo Dios puede hacer. Lo que nos dice es que una relación de ‘toma y da acá’ con Dios no tiene sentido. El trabajo en la comunidad de los seguidores de Jesús tiene que imitar a Dios y ser totalmente desinteresado.

Con esta parábola, Jesús no pretende dar una lección de relaciones laborales. Cualquier referencia a ese campo en la homilía de hoy no tiene sentido. Jesús habla de la manera de comportarse Dios con nosotros, que está más allá de toda justicia. Desde los valores de justicia que manejamos en nuestra sociedad, será imposible entender la parábola.

Hoy todos trabajamos para lograr desigualdades, para tener más que el otro, estar por encima y así marcar diferencias. Incluso en el ámbito religioso se nos ha inculcado que tenemos que ser mejores que los demás para recibir un premio mayor. Esta ha sido la filosofía que ha movido la espiritualidad cristiana de todos los tiempos.

La parábola trata de romper los esquemas en los que está basada la sociedad, que se mueve por el interés. Dirigida a la comunidad, la parábola pretende unas relaciones humanas que estén más allá de todo interés egoísta de individuo o de grupo. “Nadie consideraba suyo propio nada de lo que tenía, sino que lo poseían todo en común”.

Los de primera hora se quejan del trato que reciben los de la última. No tienen derecho a exigir, pero les molesta que los últimos reciban lo mismo que ellos. El relato demuestra un conocimiento profundo de la psicología humana. La envidia envenena las relaciones humanas. A veces preferimos perjudicarnos con tal de que el otro no se beneficie.

Tan desconcertante es ese Dios de Jesús, que después de veinte siglos, aún no lo hemos asimilado. Seguimos pensando en un Dios que ‘paga a cada uno según sus obras’. El don total y gratuito de Dios es siempre el punto de partida, no algo a conseguir gracias a nuestro esfuerzo. Dios se da a todos siempre sin que podamos merecerlo.

No existe retribución que valga. Dios da a todos los seres lo mismo, porque se da a sí mismo y no puede partirse. Dios nos paga antes de que trabajemos. Es una manera equivocada de hablar, decir que Dios nos concede esto o aquello. Dios está totalmente disponible para todos. Lo que tome cada uno dependerá solamente de él.

El mensaje de la parábola es evangelio, buena noticia: Dios es don para todos: amor infinito. Los que nos creemos buenos lo veremos como una injusticia; seguimos con la pretensión de aplicar a Dios nuestra manera de hacer justicia. ¡Cómo vamos a aceptar que Dios ame a los malos igual que a nosotros! Seguimos convencidos de que es injusto.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

XXIV Domingo de Tiempo Ordinario – A – (Reflexión)

 XXIV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – septiembre 13, 2026 
Eclesiástico 33, 27, 33–28, 9 / Salmo 102 / Romanos 14, 7-9




Este domingo, continuamos escuchando en la Palabra, acerca de las actitudes que nos ayudan a tener una buena vida terrena, que nos llevará a una vida plena, al morir…

Evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano’’.

Reflexión:

¿Por qué perdonar a quién me ofende?

Continuamos con enseñanzas elementales de cómo podemos vivir fraternal y humanamente. Los seres humanos hemos sido creados para vivir en comunidad, en relaciones interpersonales. Nadie vive aislado; necesitamos de los demás. En nuestra manera de relacionarnos con las otras personas (y con nosotros mismos), se nos va la vida. Por eso, es importante, escuchar y aprender, de quien solo desea lo mejor para nosotros: Dios y su Hijo, Jesús … para saber vivir y poder tener una vida que valga la pena.

El que diga que no se equivoca, miente, todos nos equivocamos. Equivocarse, fallar, meter la pata, es de humanos; pero ello no es pretexto para no dejar de hacerlo, habremos de reconocer cuando nos equivocamos, para corregir y seguir por buen rumbo en la vida.

Cuando hablamos de pecado, hablamos de hamartía (ἁμαρτία en griego), que literalmente significa «errar el blanco» o «no dar en el blanco». Pecamos, cuando nos molestamos, enojamos, somos vengativos, guardamos rencor, ofendemos a las personas, cercanas o no; cuando nuestras palabras y acciones van contra cualquier persona (cfr. Eclo 33, 27, 33–28, 9), siendo esta una de las expresiones más graves de nuestro pecado, que aparece en la manera en que nos relacionamos con los demás.

La gran enseñanza de hoy, que nos recuerda la Escritura, es saber perdonar; y hay que entender primero lo que es perdonar:

·        una decisión voluntaria y un acto de amor mediante el cual la persona ofendida decide renunciar al rencor y a la venganza…

·        es tomar la decisión de no devolver el mal recibido con otro mal…

No es fácil, pero, es el camino que nos muestra Jesús, para alcanzar la paz entre nosotros. Al perdonar, reflejamos algo de cómo es Dios, quién es “compasivo y misericordioso” (Sal 102) con los todos. Perdonar es tan importante, que el mismo Jesús, en el Padrenuestro, nos muestra pedir (humildemente) que “perdone nuestras ofensas, como él nos perdona” … “que no nos deje caer en la tentación (del orgullo y la soberbia)” y nos “libre del mal”…

Así, que tenemos el reto de romper el ciclo de violencia, del ojo por ojo, diente por diente, sabiendo perdonar, igual que Papá Dios nos perdona “nuestras fallas y deudas”… Perdonar, es liberador, no solamente libera al que es perdonado; también puede liberar al que perdona.

Si hemos sido creados para vivir en relación, aprender a perdonar —y a pedir perdón— es indispensable para aprender a vivir.

PD. Le recomendó, para aprender y profundizar en el perdón, tomar el Taller de Escuelas de Perdón y Reconciliación, ESPERE, informes en el 4444254835

¿A quién, que me ha ofendido, puedo perdonar?... ¿A quién tengo que pedir perdón por algo malo que le hice? … ¿De qué manera encuentro a Dios, en mis relaciones interpersonales?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

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