miércoles, 4 de febrero de 2026

V Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 IV Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A febrero 8, 2026
Isaías 58, 7-10 / Salmo 111 / 1 Corintios 2, 1-5


Continuamos en este domingo con exhortaciones de parte de parte de Jesús, para de manera puntual, con nuestras acciones ser testimonio vivo de Jesús …

Evangelio según san Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.

Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos''.

Reflexión:

¿Cómo reflejar la Luz de Jesús?

Como dice el dicho popular, “más claro, ni el agua” … y así es con las lecturas, el salmo y el evangelio de este domingo: nos indican como podemos ser, si seguimos a Jesús y ponemos en práctica sus enseñanzas.

Para poner en práctica las Bienaventuranzas (que reflexionamos la semana pasada), hoy, de manera concreta nos dice la Palabra, cuáles son las acciones que tenemos que hacer, con los siguientes verbos: compartir con, acoger y vestir, a quien tiene necesidad; además de evitar oprimir, amenazar, ofender, a cualquier persona. Actuar de la manera anterior nos trae, es precisamente como colaboramos con Jesús a que el reinado del amor se haga presente hoy, es la forma de llevar la felicidad, y así, nos transformamos en gente luz, justa, clemente, compasiva, con corazón sano…

Acercar un pedacito de “cielo”, “de amor”, a este mundo terreno, es como dice Ignacio de Loyola, “el amor, se pone más en obras que en palabras” … y lo hacemos con acciones concretas, que son fruto de la Palabra sembrada por el Señor, en nuestro corazón (cfr. Mt 13, 1-9).

San Pablo, por otra parte, como con la humildad de nuestras acciones, es cómo podemos predicar mejor la buena noticia del reino del amor; es dejarnos guiar por el espíritu de Dios, el Espíritu Santo, para que nos lleve a ser reflejo de la luz de Cristo en el mundo… en mi mundo: en casa, el trabajo, con amistades, en la calle…

Jesús lo confirma con su analogía, de “ustedes son” … sal y luz:

·        Sal, para darle sabor a lo que alimenta y conserva lo que da vida… donde ando y vivo.

·        Luz, que me da claridad y despeja la tiniebla, que impide ver hacia dónde voy, para poder ser feliz, bienaventurado, dichoso … y que los demás también puedan serlo.

Ser sal y luz en este mundo, son medio para que el Reino de los cielos / el Reino de Dios se haga presente. Si, equivocadamente los hacemos nuestro fin, entonces sería para destacar nuestro egoísmo, luciéndonos, exhibiéndonos; así, como mucha sal, empalaga.

Andar por el mundo, haciendo el bien, por amor, como reflejo de Jesús, es la manera humilde de ser testigos que reina en nuestro corazón y entre nosotros el Amor de Dios.

“Hoy, Jesús nos sigue llamando a ser sal y luz en el mundo, preservando la verdad e iluminando en nuestro corazón con su amor. Si perdemos nuestra escencia, no cumplimos nuestra misión: transformar la realidad que nos rodea” (cfr. Eliomar Ribeiro, SJ)

¿Qué actitudes cristianas debo pulir?... ¿Cómo ser luz que ilumina y orienta?... ¿Cómo puedo “dar buen sabor” en mi familia, iglesia y sociedad?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

V Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 V Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A febrero 8, 2026 
Isaías 58, 7-10 / Salmo 111 / 1 Corintios 2, 1-5



Evangelio según san Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.

Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos''.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

En tiempos insípidos y de oscuridad, tenemos la sensación de que podemos hacer poco; entonces optamos por lamentarnos y quejarnos, acariciamos la desesperanza y nos hacen sentir que nuestras propias vidas, no sirven para nada.

Hoy Jesús, en medio de esta realidad, se dirige a nosotros con fuerza y, me atrevo a decir, incluso con esperanza: "Ustedes son la sal de la tierra", "Ustedes son la luz del mundo".

Y ¿cómo?, ¿cómo le hacemos para devolver sabor, para iluminar tinieblas? La Palabra nos responde:

Sé justo, clemente y compasivo; parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, no te desentiendas de los tuyos. Aleja de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia; ofrece de lo tuyo y sacia el alma afligida. No se trata de dar de lo que nos sobra, sino de lo nuestro, de lo que también necesitamos; no se trata solo de compartir, sino de compartirnos.

La llamada a la acción es muy concreta y no deja lugar ni a la inacción ni a la desesperanza; nos toca y podemos, somos llamados a actuar.

Pero no solo recibimos una llamada, sino una promesa: si eres sal y luz, se curarán tus heridas, delante de ti irá la justicia y detrás de ti la gloria de Dios; cuando clames al Señor, él te responderá: "Aquí estoy".

¿Qué respondes a tal llamada? ¿Concretamente cómo vas a comenzar?

#FelizDomingo

“(...) procuren ustedes que su luz brille delante de la gente”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Cuenta la leyenda que una vez una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga. Ésta huía rápido con miedo de la feroz predadora y la serpiente al mismo tiempo no desistía. Huyó un día y ella la seguía, dos días y la seguía. Al tercer día, ya sin fuerzas, la Luciérnaga se detuvo y le dijo a la serpiente: ¿Puedo hacerte tres preguntas? – No acostumbro dar entrevistas a nadie, pero como te voy a devorar, puedes preguntar, contestó la serpiente. –¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?, preguntó la luciérnaga –No, contestó la serpiente –¿Te hice algún mal?, volvió a preguntar la luciérnaga –No, respondió la serpiente –Entonces, ¿por qué quieres acabar conmigo? –Porque no soporto verte brillar, fue la respuesta simple que dio la serpiente, antes de devorar a la luciérnaga.

“Ustedes son la sal de este mundo. Pero si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá recobrar su sabor? Ya no sirve para nada, así que se la tira a la calle y la gente la pisotea. Ustedes son la luz de este mundo. Una ciudad en lo alto de un cerro no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para ponerla bajo un cajón; antes bien, se la pone en lo alto para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo, procuren ustedes que su luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que está en el cielo”. Estas palabras de Jesús son el mensaje que nos regala hoy el Evangelio. Toda una buena noticia que se constituye en una tarea para todos los cristianos.

La sal servía antiguamente para evitar la putrefacción de los alimentos. Incluso, la sal fue para muchas sociedades el elemento que permitió realizar las primeras actividades comerciales de las que se tiene noticia. Hoy en día, en los lugares en los que no hay energía eléctrica y no se cuenta con medios para conservar los alimentos, se sigue teniendo la costumbre de salar las comidas para evitar que se dañen. Con los alimentos salados se podían hacer largos viajes sin perder las provisiones necesarias. La sal, por tanto, da sabor, y evita la descomposición. Sin sal, una sociedad está abocada a la corrupción y a la descomposición de sus miembros y de sus instituciones. Por su parte, la luz ha servido siempre para alumbrar y dar calor al hogar. Alrededor de la luz se reunían y se reúnen las familias para compartir la sabiduría de los mayores. Por esto, la luz también representa el saber necesario para la supervivencia humana. La luz ha señalado también el rumbo de los caminantes en medio de la noche. Una sociedad que pierda la luz, termina perdiendo el saber y el sentido de su marcha hacia el futuro.

El sabor y el saber se convierten en una dualidad fundamental en el camino de la vida, porque vivir es ante todo encontrarle a la vida sentido (luz) y gusto (sal). Es decir, hay que aprender a vivir con saber y con sabor. Si logramos encontrarle a nuestra vida sentido pero no encontramos gusto, viviremos densamente, pero tristes. Si vivimos con gusto, pero sin encontrarle un sentido profundo, viviremos divertidos pero vacíos. Vivir con saber es vivir con sentido, saber por qué se vive. Vivir con sabor es vivir con gusto, encontrar cómo hay que vivir. Y no tenemos que perder de vista que a los corruptos, y a los que no quieren que el mundo encuentre su camino, les molesta la sal y luz. Como la serpiente primordial, hoy también hay quienes no soportan sentir el sabor de la sal ni el resplandor de la luz que estamos llamados a regalarle a la sociedad y a la iglesia.


DAR SABOR A LA VIDA

José Antonio Pagola

Una de las tareas más urgentes de la Iglesia de hoy y de siempre es conseguir que la fe llegue a los hombres como «buena noticia».

Con frecuencia entendemos la evangelización como una tarea casi exclusivamente doctrinal. Evangelizar sería llevar la doctrina de Jesucristo a aquellos que todavía no la conocen o la conocen de manera insuficiente.

Entonces nos preocupamos de asegurar la enseñanza religiosa y la propagación de la fe frente a otras ideologías y corrientes de opinión. Buscamos hombres y mujeres bien formados, que conozcan perfectamente el mensaje cristiano y lo transmitan de manera correcta. Tratamos de mejorar nuestras técnicas y organización pastoral.

Naturalmente, todo esto es importante, pues la evangelización implica anunciar el mensaje de Jesucristo. Pero no es esto lo único ni lo más decisivo. Evangelizar no significa solo anunciar verbalmente una doctrina, sino hacer presente en la vida de las gentes la fuerza humanizadora, liberadora y salvadora que se encierra en el acontecimiento y la persona de Jesucristo.

Entendida así la evangelización, lo más importante no es contar con medios poderosos y eficaces de propaganda religiosa, sino saber actuar con el estilo liberador de Jesús.

Lo decisivo no es tener hombres y mujeres bien formados doctrinalmente, sino poder contar con testigos vivientes del evangelio. Creyentes en cuya vida se pueda ver la fuerza humanizadora y salvadora que encierra el evangelio cuando es acogido con convicción y de manera responsable.

Los cristianos hemos confundido muchas veces la evangelización con el deseo de que se acepte socialmente «nuestro cristianismo». Las palabras de Jesús llamándonos a ser «sal de la tierra» y «luz del mundo» nos obligan a hacernos preguntas muy graves.

¿Somos los creyentes una «buena noticia» para alguien? Lo que se vive en nuestras comunidades cristianas, lo que se observa entre los creyentes, ¿es «buena noticia» para la gente de hoy?

¿Ponemos los cristianos en la actual sociedad algo que dé sabor a la vida, algo que purifique, sane y libere de la descomposición espiritual y del egoísmo brutal e insolidario? ¿Vivimos algo que pueda iluminar a las gentes en estos tiempos de incertidumbre, ofreciendo una esperanza y un horizonte nuevo a quienes buscan salvación?

 

TIENES TU LUZ BAJO EL CELEMÍN

Fray Marcos

Continuamos Continuamos con el primer discurso de Jesús en el evangelio de Mateo. Es, por tanto, un texto al que se le quiere dar suma importancia. Se trata de dos comparaciones aparentemente sin importancia, pero que tienen un mensaje de gran calado para la vida humana. La tarea más importante de todo ser humano sería estar ardiendo e iluminar. 

Todo el que ha alcanzado la iluminación, iluminará. Si una vela está encendida, necesariamente tiene que dar luz. Si echas sal a un alimento, quedará salado. Pero, ¿qué queremos decir cuando aplicamos a una persona humana el concepto iluminado? 

Somos plenitud de luz, pero no es fácil tomar conciencia de ello. Solo lo comprenderemos en la medida que descubramos esa luz. Está claro que no nos referimos a ninguna clase de luz material o conocimiento especial. Nos referimos más bien a un ser humano que ha despertado, es decir que ha desplegado todas sus posibilidades de ser humano. 

El evangelio da por supuesto todo el proceso de despertar y considera a los discípulos ya iluminados y capaces de iluminar a los demás y eso no es lo que dicen los evangelios. Estar despierto no se puede dar por supuesto, tenemos que emprender la tarea de despertar. Sería inútil que intentáramos iluminar a los demás antes de estar ardiendo. 

Ni la sal ni la luz son provechosas por sí mismas. La sal solo es útil cuando acompaña a los alimentos. La luz no se puede ver, es absolutamente oscura hasta que los fotones tropiezan con un objeto material. La sal, para salar, tiene que deshacerse, disolverse, dejar de ser ella. La lámpara o la vela producen luz, pero el aceite o la cera se consumen. 

La sal actúa desde el anonimato, ni se ve ni se aprecia. Si un alimento tiene la cantidad precisa, pasa desapercibida. Si a un alimento le falta o le sobra, nos acordamos de ella. No es importante la sal, sino la comida sazonada. Era tan apreciada que se repartía en pequeñas cantidades a los trabajadores, de ahí procede la palabra “salario” y “asalariado”. 

Jesús dice: sois la sal, sois la luz. El artículo determinado nos advierte que no hay otra sal ni otra luz. Todos esperan algo de nosotros. El mundo de los cristianos no es un mundo cerrado y aparte. La salvación que propone Jesús es la salvación para todos. El mundo tiene que quedar sazonado e iluminado a través de los que siguen a Jesús. 

Cuando se nos pide que seamos luz, se nos está exigiendo algo decisivo para la vida espiritual propia y de los demás. La luz brota siempre de una fuente incandescente. Si no ardes no podrás emitir luz. Pero si estás ardiendo, no podrás dejar de emitir luz y calor. 

Debemos iluminar, no deslumbrar. Debe estar al servicio del otro, pensando en su bien no en mi vanagloria. Debemos dar lo que el otro espera y necesita, no lo que nosotros queremos imponerle. Los cristianos somos más aficionados a deslumbrar que a iluminar. 

En el último párrafo, hay una enseñanza esclarecedora: “Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre”. La única manera eficaz de transmitir el mensaje son las obras. Evangelizar no es proponer una doctrina elaborada y convincente. No es obligar a los demás a aceptar nuestra ideología o manera de entender la realidad. 

Solo las obras que nacen de una actitud auténtica pueden iluminar. Lo que hay en mi interior solo puede llegar a los demás a través de las obras. Toda obra hecha desde el amor es luz. Si nos conformamos con una programación, nadie nos hará caso. 

En el centro de ti mismo hay una hoguera, no necesitas que llegue del exterior. Toda la energía está ya dentro de ti. Si no ahogas la llama iluminará a todos. Lo más profundo de ti mismo es lo eterno. Eres una sola cosa con la Esencia universal que lo atraviesa todo. No mires hacia fuera, solo dentro de ti encontrarás la Última Realidad que te atraviesa.

miércoles, 28 de enero de 2026

IV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 IV Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A febrero 1, 2026 
Sofonías 2, 3; 3, 12-13 / Salmo 145 / 1 Corintios 1, 26-31


La liturgia de este día nos recuerda las actitudes que de vivirlas, nos conducen a la vida plena que Dios desea para cada uno; Jesús nos enseña cómo ponerlas en practica…,

Evangelio según san Mateo 5, 1-12

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:

"Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran,
porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos".

Reflexión:

¿Qué me hace feliz?

El deseo de ser felices en esta época, por no decir que siempre lo ha sido, nos ha llevado a centrarnos en “lo que me hace feliz”, centrándonos en nuestras aspiraciones y en aquello que creemos nos traerá esa felicidad buscada. En contra parte, hoy se nos recuerda cual es el camino propuesto por Jesús para realmente alcanzar la vida plena (felicidad), en este mundo terrenal y en la vida eterna, cuando regresemos de donde venimos.

San Ignacio de Loyola, en el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales (EE.23), nos dice que “El hombre (y la mujer) es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediate esto salvar su ánima” … lo que podríamos traducir en lenguaje de hoy como: “Somos creaturas, con una para qué vivir, que la vida valga la pena; y el modo o actitudes que la hacen que valga la pena son: amistad gratuita (alabanza), respeto a los demás (reverencia) y servicio que tiende la mano, sin ahogar a quien se sirve..” (cfr. Carlos Morgín, SJ).

Conectando lo anterior con la liturgia de hoy, podemos relacionar las lecturas y el evangelio, de la siguiente manera, para lograr la felicidad que vale la pena vivir, a la manera de Jesús:

·      Las actitudes que nos disponen a la felicidad para la que somo creados son: humildad, verdad y justicia (cfr. Sof 2, 3; 3, 12-13)

De tal manera que la felicidad no sea una narcisista - egoísta, que solo busque “lo que me hace feliz”, sino que, encuentre dicha, alegría, plenitud, felicidad, en el construir relaciones interpersonales fraternas, cuyo fruto sea bien común.

En concreto, Jesús, con las bienaventuranzas nos muestra actitudes de cómo podemos lograr la fraternidad que nos da felicidad - plenitud:

·     Pobreza de espíritu: es evitar el poseer algo, a causa del abuso y sufrimiento de alguien más…

·     Mansedumbre: serenidad y paciencia que posibilita recuperar al otro, sin imponer ni dominar...

·     Sensibilidad: ante el llanto, dolor y lágrimas de quien sufre, de manera solidaria y pragmática…

·     Justicia: ser alimento que posibilite a quien carece de lo indispensable, para vivir en libertad y crecimiento con dignidad…

·     Misericordia: empatía activa en las acciones que reivindican a las personas que sufren o tienen carencias…

·     Corazón limpio: transparencia, buena intensión y sinceridad, que solo busca el bien…

·     Pacíficos: constructores de paz y armonía, que posibilita el con-vivir en fraternidad…

·     Fortaleza ante la persecución, cuando posibilite que el reinado del amor de Dios, se haga presente…

Vivir las bienaventuranzas, nos pone en el camino de crecer humanamente, seguir creciendo y avanzando hacia el horizonte de la vida plena para la que somos llamando, no individualmente, sino comunitariamente.

¿Cómo evitar el egoísmo?... ¿Qué actitud de las mencionadas, necesito desarrollar más?... ¿Cómo puedo vivir mejor cada una de las bienaventuranzas?...

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

IV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 IV Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A febrero 1, 2026 
Sofonías 2, 3; 3, 12-13 / Salmo 145 / 1 Corintios 1, 26-31


Evangelio según san Mateo 5, 1-12

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:

"Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran,
porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos".

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Μακάριοι (Makarioi) es una palabra griega que quiere decir “estado de gracia”, bendición, felicidad plena que brota desde lo profundo del corazón. Quien es makarioi es absolutamente libre y pleno de sentido.

Todos queremos ser makarioi, pero el mundo nos engaña prometiendo que lo seremos cuando poseamos tal o cual cosa, cuando nos acepte tal o cual persona, cuando logremos realizar el viaje de nuestros sueños. Así, engañados, seguimos experimentando el sinsentido y el vacío existencial.

Hoy Jesús nos presenta el único y eficaz programa para el makarioi, para la felicidad profunda y duradera, para la libertad y el sentido:

Sé pobre en el espíritu; es decir, poseedor de humildad interior, reconoce que eres limitado y dependiente, necesitado de Dios.

No temas llorar, porque el llanto expresa tu vulnerabilidad que se abre a la acción divina, al consuelo de Dios.

Sé πραεῖς (praeis): manso, humilde, suave, gentil; es decir, no violento. No se trata de debilidad, sino de fuerza bajo control.

Ten hambre y sed de justicia.

Sé misericordioso.

Ten un corazón íntegro, sincero y transparente.

Trabaja por la paz.

Sé justo y busca la justicia, aunque te persigan, insulten y calumnien por ello y por la causa de Jesús.

Recuerda que el Señor es fiel, alimenta y libera; abre los ojos, endereza nuestros “dobleces”, nos ama, nos guarda y sustenta. No se trata de ser fuerte, sino de saber que en nuestra fragilidad somos sostenidos y fortalecidos por la gracia de Dios.

¿Cómo estás viviendo? ¿Eliges vivir el programa y la llamada de Dios?

#FelizDomingo

“(...) él tomó la palabra y comenzó a enseñarles”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 Leí alguna vez esta historia que me parece que puede ayudarnos a entender las Bienaventuranzas que nos presenta hoy san Mateo en su Evangelio. “El dueño de una tienda estaba clavando un letrero sobre la puerta que decía 'Cachorros para la venta'. Letreros como ese atraen a los niños, y tan es así que un niñito apareció bajo el letrero. –¿Cuánto cuestan los cachorros? – preguntó. – Entre quince y veinte mil pesos – replicó el dueño. El niño buscó en sus bolsillos y sacó unas monedas. Tengo ocho mil pesos – dijo – ¿Puedo verlos, por favor? El dueño sonrió y dio un silbido, y de la perrera salió Laika, corriendo por el pasillo de la tienda seguida de cinco diminutas bolas plateadas de pelaje. Uno de los cachorros se retrasaba considerablemente detrás de los demás.

– ¿Qué pasa con ese perrito? – dijo el niño señalando al cachorro que cojeaba rezagado. El dueño de la tienda le explicó que el veterinario lo había examinado, y había descubierto que no tenía la cavidad del hueso de la cadera. Siempre sería cojo. El niño se emocionó. Ese es el cachorro que quiero comprar. No tienes que comprar ese perrito – le dijo el dueño de la tienda –. Si realmente lo quieres te lo daré. El niño se molestó un poco. Miró directamente a los ojos del dueño de la tienda, y señalándolo con el dedo dijo: – No quiero que me lo regale. Ese perrito vale tanto como los demás, y pagaré todo su valor. En efecto, le daré ocho mil pesos ahora, y mil pesos mensuales hasta que lo haya pagado completamente. No creo que quieras comprar ese perrito – replicó el dueño –. Nunca va a poder correr ni jugar ni saltar contigo como los demás cachorros. En ese momento, el pequeño se agachó y arremangó su pantalón para mostrar una pierna malamente lisiada, retorcida y sujeta por una gran abrazadera de metal. ¡Bien – replicó suavemente el niño mirando al dueño de la tienda – yo tampoco corro muy bien, y el cachorrito necesitará a alguien que lo entienda!

Sólo una persona que tenga espíritu de pobre, podrá entender a los que tienen espíritu de pobres. Sólo alguien que haya sufrido, entenderá a los que sufren. Sólo entenderá a los humildes, quien sea verdaderamente humilde. Sólo quien ha tenido hambre y sed de justicia, entenderá a quienes tienen hambre y sed de justicia. Sólo una persona compasiva, podrá entender a quienes son compasivos. Sólo aquel que tienen un corazón limpio, podrá entender a los que tienen un corazón limpio. Sólo el que ha trabajado por la paz, entenderán a quienes trabajan por la paz. Sólo aquel que ha sufrido persecuciones por causa de la justicia, entenderá a quienes son perseguidos por causa de la justicia. Sólo quien han recibido insultos y maltratos, y haya sido atacado con toda clase de mentiras, podrá entender a quienes son insultados, maltratados y atacados con toda clase de mentiras...

Tal vez por eso es por lo que estas expresiones muchas veces nos rechinan interiormente cuando las escuchamos. Porque nuestro corazón ha estado alejado de los valores que nos presenta aquí el Señor. Valores que sólo podremos entender cuando los hayamos hecho nuestros. No es fácil predicar esto hoy en una sociedad hedonista que huye del dolor y se le esconde al sacrificio. Pero tampoco podemos dejar de pensar que Jesús vivió esto mismo y por eso pudo entender estas realidades como fuentes de salvación.

ESCUCHAR DE CERCA LAS BIENAVENTURANZAS

José Antonio Pagola

Cuando Jesús sube a la montaña y se sienta para anunciar las bienaventuranzas, hay un gentío en aquel entorno, pero solo «los discípulos se acercan» a él para escuchar mejor su mensaje. ¿Qué escuchamos hoy los discípulos de Jesús si nos acercamos a él?

Dichosos «los pobres de espíritu», los que saben vivir con poco, confiando siempre en Dios. Dichosa una Iglesia con alma de pobre porque tendrá menos problemas, estará más atenta a los necesitados y vivirá el evangelio con más libertad. De ella es el reino de Dios.

Dichosos «los sufridos», los que viven con corazón benévolo y clemente. Dichosa una Iglesia llena de mansedumbre. Será un regalo para este mundo lleno de violencia. Ella heredará la tierra prometida.

Dichosos «los que lloran», porque padecen injustamente sufrimientos y marginación. Con ellos se puede crear un mundo mejor y más digno. Dichosa la Iglesia que sufre por ser fiel a Jesús. Un día será consolada por Dios.

Dichosos «los que tienen hambre y sed de justicia», los que no han perdido el deseo de ser más justos ni el afán de hacer un mundo más digno. Dichosa la Iglesia que busca con pasión el reino de Dios y su justicia. En ella alentará lo mejor del espíritu humano. Un día su anhelo será saciado.

Dichosos «los misericordiosos» que actúan, trabajan y viven movidos por la compasión. Son los que, en la tierra, más se parecen al Padre del cielo. Dichosa la Iglesia a la que Dios le arranca el corazón de piedra y le da un corazón de carne. Ella alcanzará misericordia.

Dichosos «los que trabajan por la paz» con paciencia y fe, buscando el bien para todos. Dichosa la Iglesia que introduce en el mundo paz y no discordia, reconciliación y no enfrentamiento. Ella será «hija de Dios».

Dichosos los que, «perseguidos a causa de la justicia», responden con mansedumbre a las injusticias y ofensas. Ellos nos ayudan a vencer el mal con el bien. Dichosa la Iglesia perseguida por seguir a Jesús. De ella es el reino de Dios.

 

 

A PESAR DE LLORAR, PUEDES SER FELIZ SI NO HACES LLORAR A OTROS

Fray Marcos

Después de sesenta años explicando las bienaventuranzas me he dado cuenta de que no tienen explicación posible. No van dirigidas a la racionalidad sino al ser, al corazón. Qué atrevimiento decirle a uno que pasa hambre: ¡Enhorabuena! Qué suerte tienes, da gracias a Dios por lo que te está pasando. Sería un sarcasmo cruel e inaceptable.

Es completamente absurdo decirle al pobre, al que pasa hambre, al que llora, al perseguido…. aguanta, porque algún día se cambiarán las tornas y tú serás como el que ahora te oprime. La formulación arcaica impide descubrir su sentido. Quieren decir que la verdadera humanidad no consiste en buscar el placer, sino en desplegarla al máximo.

Sobre las bienaventuranzas se han dicho las cosas más dispares. Para Gandhi eran la quintaesencia del evangelio. Para Nietzsche son una maldición ya que atentan contra la dignidad del hombre. ¿A qué se debe esta abismal diferencia? Muy sencillo. Uno habla desde la mística. El otro pretende comprenderlas desde la razón.

Mateo las coloca en el primer discurso programático de Jesús. No es verosímil que Jesús haya comenzado su predicación con un discurso tan solemne y radical. El escenario del sermón nos indica hasta qué punto lo considera importante. El “monte” está haciendo clara referencia al Sinaí. Jesús, un nuevo Moisés que promulga la “nueva Ley”.

No tiene importancia que Lucas proponga cuatro y Mateo, nueve. Bastaría con una para romper los esquemas mentales de cualquier ser humano. Se trata del ser humano que sufre limitaciones materiales o espirituales por caprichos de la naturaleza o por causa de otro, y que unas veces se manifiestan por el hambre y otras por las lágrimas.

La inmensa mayoría de los exegetas están de acuerdo en que las tres primeras de Lucas, recogidas también en Mateo, son las originales e incluso se puede afirmar con cierta probabilidad que se remontan al mismo Jesús. Parece que Mateo las espiritualiza, no solo porque dice pobre de espírituy hambre y sed de justicia, sino porque añade: bienaventurados los pacíficos, los limpios de corazón, que nos saca de la materialidad.

Las bienaventuranzas quieren decir: es preferible ser pobre, que ser rico a costa de la pobreza de los demás. Es preferible llorar a hacer llorar al otro. Es preferible pasar hambre a ser la causa de que otros pasen hambre. Dichosos no por ser pobres, sino por no empobrecer a otro. Dichosos, no por ser oprimidos, sino por no ser opresores.

Si el ser pobre es motivo de dicha, por qué Jesús se empeñó en liberarlos de sus miserias. Y si la pobreza es una desgracia, por qué la disfrazamos de bienaventuranza. Ahí tenemos la contradicción más radical al intentar explicar racionalmente las bienaventuranzas.

Por paradójico que pueda parecer, la exaltación de la pobreza que hace Jesús tiene como objetivo el que deje de haber pobres. En ningún caso puede bendecirse la pobreza. Cualquier clase de pobreza causada por el hombre debe ser combatida como una lacra y la causada por los desastres naturales debe ser compartida y en lo posible paliada.

Las bienaventuranzas nos dicen que otro mundo es posible. No es justo que yo esté pensando en consumir más, mientras hay personas que mueren por no tener un puñado de arroz que comer. Si no quieres ser cómplice de la injusticia, escoge la pobreza, no pongas el objetivo en consumir. Comprende que mientras menos necesites, más rico eres.

Ni el pobre ni el rico se puede considerar aisladamente. La riqueza y la pobreza son dos términos correlativos, no existiría uno sin el otro. Es más, la pobreza es mayor cuanto mayor es la riqueza, y viceversa. Si desaparece la pobreza, desaparecerá la riqueza. Si todos fuésemos igualmente pobres o igualmente ricos no había problema alguno.

 

miércoles, 21 de enero de 2026

III Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 III Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A enero 25, 2026 
Isaías 8, 23-9,3 / Salmo 26 / 1 Corintios 1, 10 -13.17


Evangelio según san Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”.

Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”. Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también. Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.

Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia.

Reflexión:

¿Qué respondo a Jesús?

Este tercer domingo de tiempo ordinario, recordamos como la profecía de Isaías, que se hace realidad en la persona de Jesús, y cómo sigue vigente, cada vez que escuchamos el llamado que nos hace a cada uno de nosotros.

La profecía de Isaías fue sobre la esperanza de llegada de una “gran luz, sobre tierra de tinieblas…” (cfr. Isaías 8, 23-9,3), la cual hoy día necesitamos todavía, pues sigue habiendo sufrimiento y dolor a causa de la opresión que ejercemos unos sobre otros, en mayor o menor grado.

Recordemos como el domingo pasado, Juan Bautista señalaba a Jesús como quien “quita el pecado del mundo”… y es que nuestro pecado como humanidad, sociedad, familia, o persona, es que nos ”equivocamos / fallamos en el blanco” y elegimos vivir lo contario a como exhortaba Pablo, necesitamos “vivir en concordia y sin divisiones” (cfr. 1 Cor 1, 10 -13.17)

La misión de Jesús es acercarnos el Reino de los cielos (el reinado del Amor de Dios entre nosotros), a través de la Buena Noticia (evangelio), que nos presenta la manera en que podríamos relacionarnos y así, vivir de una mejor manera. Lo que Dios quiere para su nosotros sus hijos, sus criaturas, es que tengamos una “vida que valga la pena vivir”; es cuestión, ahora, de que escuchemos su llamado, pongamos atención a sus Palabras y las pongamos en práctica (cfr. Lc 11,28)

Hoy, como a Simón, Andrés, Santiago, Juan y Pablo, Jesús se acerca a nosotros, allí donde andamos en la vida diaria y también nos invita a ser “pesadores de hombres y mujeres”, esto es, que con nuestras palabras y hechos les acerquemos el Reino de Dios.

Sí, hoy nos llama a seguirlo, a estar con Él, para conocerlo internamente, de primera mano; a conocer su proyecto salvador, aprender de Él, siendo sus discípulos ... para luego, colaborar con Él, en su misión.

¿Cómo anda mi escucha de la Palabra, en oración?... ¿Cómo podría ser mejor discípulo de Jesús?... ¿Cómo podría llevar la Buena nueva en mi comunidad?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 


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