IV Domingo de Cuaresma – Ciclo A – marzo 15, 2026
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Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a / Salmo 22 / Efesios 5, 8-14
Evangelio
según san
Juan 9, 1-41
En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y
sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera
ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres.
Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo
haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la
noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del
mundo”.
Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo
puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que
significa ‘Enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista.
Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo
limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos
decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía:
“Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les
respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me
dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le
preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No lo sé”.
Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era
sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos
le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en
los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no
viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un
pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces
volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los
ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.
Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido
ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les
preguntaron: “¿Es éste su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es
que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que
nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos.
Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los
padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque
éstos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a
Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a
él’.
Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria
a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es
pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron
otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije
a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso
también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron
de insultos y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos
discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no
sabemos de dónde viene”.
Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde
viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los
pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás
se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si
éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro
pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron
fuera.
Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le
dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para
que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando
contigo, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.
Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se
definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al
oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces
también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no
tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.
Para
profundizar:
Reflexiones
Buena Nueva
#Microhomilia
Ver y no ver, vivir en la luz o en las tinieblas, vivir como hijos de la luz sin tomar parte en las obras de las tinieblas.
Este domingo de Cuaresma somos invitados por la Palabra a examinar nuestras «cegueras» más graves: las cegueras del corazón. Ciegos de corazón, nos envuelven las tinieblas, y, como aquel ciego que nos narra el Evangelio hoy, permanecemos «sentados y pidiendo», o, peor aún, tirados entre los muertos.
Juan nos muestra que en esta historia, esta vez no es el ciego el que pide ver, sino que es Jesús el que ve la ceguera de aquel hombre, el que toma la acción de empeorar su ceguera poniendo barro en los ojos, pero, a su vez, dando la solución: «Ve a lavarte».
Esa es la buena noticia de este domingo: Dios no mira como los hombres, Él mira el corazón. Y al mirar lo que tenemos dentro, nos sana, nos levanta, nos pone en acción. ¿Será que el Señor te viene untando barro en los ojos desde hace tiempo? ¿Será que te envía a «Siloé»?
La Cuaresma es un buen tiempo para lavarnos, para volver a ver. Quizás sentir «el barro en los ojos» es el signo de que ya es tiempo para lavarnos y ver. Es tiempo para escuchar a Jesús decirnos: «Despierta, tú que duermes»; es tiempo para abandonar las obras de las tinieblas y comenzar a «lavarnos» viviendo como hijos de la luz: con bondad, justicia y verdad. Es tiempo de levantarnos y ver.
#FelizDomingo
“Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre?”
El diagnóstico que nos acaban de dar es fatal; la enfermedad apareció de repente y no hubo tiempo de prevenirla. Fue un accidente horrible; nadie esperaba que muriera tan joven. En el cruce de balas lo hirieron y quedó parapléjico; le espera una vida entera de sufrimiento. Un joven de 18 años sufre un infarto y después de una semana en coma, muere. La ecografía dice que el niño va a nacer con una deficiencia grave; será una carga pesada de llevar para toda la familia. Noticias como estas no se las desea uno a nadie. Pero llegan muchas veces. Y siempre, sin avisar. El dolor en este mundo es muy grande y toca, más tarde o más temprano, a nuestra puerta, y entra sin pedir permiso.
“Cuando le pasan cosas malas a la gente buena” es el título de un libro escrito por un rabino norteamericano que vio nacer a uno de sus hijos con una penosa enfermedad, que lo acompañó hasta su muerte, a los catorce años; murió sin saber por qué él y sus padres, habían tenido que sufrir tanto. Desde luego, este libro no logra explicar del todo el origen del mal en el mundo, pero sí nos ayuda a entender algunas de las situaciones que viven aquellas personas que han sufrido injustamente. Es un buen intento por descubrir el sentido que tiene el dolor del inocente.
Los discípulos, viendo al ciego de nacimiento, le preguntan a Jesús: “¿Por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres, o por su propio pecado?”. Esta pregunta aparece siempre ante el dolor y el sufrimiento del inocente. Buscamos la culpa en alguien. Buscamos alguna explicación, algún sentido al dolor, porque no nos cabe en la cabeza que no haya una causa que lo explique. Pero siempre, las explicaciones y los razonamientos que hacemos se quedan cortos. El sufrimiento desborda nuestros intentos por entenderlo y explicarlo. Eso ha pasado muchas veces en medio de tragedias que no tienen explicación y sucesos que dejan al descubierto nuestra propia contingencia.
La respuesta que da Jesús puede decirnos algo, aunque hay que reconocer que el misterio sigue allí, sin aclararse plenamente: “Ni por su propio pecado ni por el de sus padres; fue más bien para que en él se demuestre lo que Dios puede hacer. Mientras es de día, tenemos que hacer el trabajo del que me envió; pues viene la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo”. ¿Qué culpa puede tener el niño al nacer? ¿Por qué iba a cargar el niño con el pecado de sus padres? Sin embargo, esta es la explicación que le damos muchas veces, al dolor. Necesitamos un chivo expiatorio y lo buscamos en otros o en nosotros mismos. Tratamos de descubrir el origen del mal en algún comportamiento nuestro.
El dolor y el sufrimiento no se pueden explicar. Tal vez lo peor que podemos hacer es buscar culpables o culparnos a nosotros mismos. El dolor es una pregunta que nos lanza la vida y que nos abre a lo que Dios puede hacer en nosotros y, a través nuestro, en los demás. El Señor nos invita a ser una luz para aquellos que transitan por el camino del dolor, como lo fue él para aquel ciego que recuperó la vista después de bañarse en el estanque de Siloé. “Después de haber dicho esto, Jesús escupió en el suelo, hizo con la saliva un poco de lodo y se lo untó al ciego en los ojos. Luego le dijo: – Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa ‘enviado’)”.
TESTIGO DE LA VERDAD
Hay un rasgo que
define a Jesús y configura toda su actuación: su voluntad de vivir en la
verdad. Es sorprendente su decisión de vivir en la realidad, sin engañarse ni
engañar a nadie. No es frecuente en la historia encontrarse con un hombre así.
Jesús no solo dice la verdad. Cree en la verdad y la busca. Está convencido de
que la verdad humaniza a todos.
Por eso no tolera la
mentira o el encubrimiento. No soporta la tergiversación o las manipulaciones.
No hay en él atisbos de disimular la verdad o de convertirla en propaganda. Su
honradez con la realidad le hace libre para decir toda la verdad. Jesús se convertirá
en «voz de los sin voz, y voz contra los que tienen demasiada voz» (Jon
Sobrino).
Jesús va siempre al
fondo de las cosas. Habla con autoridad porque habla desde la verdad. No
necesita falsos autoritarismos. Habla con convicción, pero sin dogmatismos. No
necesita presionar a nadie. Basta su verdad. No grita contra los ignorantes,
sino contra los que falsean interesadamente la verdad para actuar de manera
injusta.
Jesús invita a
buscar la verdad. No habla como los fanáticos, que la imponen, ni como los
funcionarios, que la «defienden» por obligación. Dice las cosas con absoluta
sencillez y soberanía. Lo que dice y hace es diáfano y fácil de entender. La
gente lo percibe enseguida. En contacto con Jesús, cada cual se encuentra
consigo mismo y con lo mejor que hay en él. Jesús nos lleva a nuestra propia
verdad.
Cuando este hombre
habla de un Dios que quiere una vida digna para los más desgraciados e
indefensos, se hace creíble. Su palabra no es la de un farsante interesado por
su propia causa. Tampoco la de un religioso piadoso en busca de su bienestar
espiritual. Es la palabra de quien trae la verdad de Dios para quienes la
quieran acoger.
Según el cuarto
evangelio, Jesús dice: «Yo he venido a este mundo para que los que no ven,
vean, y los que ven, se queden ciegos». Es así. Cuando reconocemos nuestra
ceguera y acogemos su evangelio, comenzamos a ver la verdad.
JESÚS ES LUZ
El relato es simbólico, como el de la
Samaritana del domingo pasado y la resurrección de Lázaro del próximo. Es un
proceso catecumenal que lleva al hombre de las tinieblas a la luz; de la
opresión a la libertad; de no ser nada a ser plenamente hombre.
Jesús acaba de
decir: “Yo soy la luz del mundo”. Lo repite y lo va a demostrar dando la vista
al ciego. Jesús no le consulta, pero no suprime su libertad; le da la
oportunidad, pero la decisión queda en sus manos. Tendrá que ir a lavarse. Los
demás personajes siguen en su ceguera: fariseos, apóstoles, paisanos, padres.
Al mezclar la tierra
con su saliva está simbolizando la creación del hombre nuevo, compuesto por la
tierra-carne y la saliva-Espíritu. De ahí la frase que sigue: le untó su barro en
los ojos. El barro, modelado por el Espíritu, es el proyecto de Dios realizado
ya en Jesús, y con posibilidad de realizarse en todos los seres humanos.
Aquí está la clave
del relato. El ciego es ahora un “ungido”, como Jesús. El hombre carnal ha sido
transformado por el Espíritu. La duda de la gente sobre la identidad del ciego
refleja la novedad que produce el Espíritu. Siendo el mismo, es otro.
El hombre ciego era
libre pero no lo había descubierto todavía. De ahí que el ciego utilice las
mismas palabras que tantas veces, en Jn, utiliza Jesús para identificarse:
"Soy yo". Esta fórmula refleja la identidad del hombre transformado
por el Espíritu.
Lo que importa es
que este hombre estaba limitado y carecía de toda libertad. Ahora está llena de
sentido. Pierde todo miedo y comienza a ser él mismo, no solo en su interior
sino ante los fariseos que le acosan.
No se había
mencionado que era mendigo, incapacitado, dependiente de los demás. Jesús le
hace hombre cabal. Tampoco se había mencionado que era sábado. Jesús no tiene
en cuenta esa circunstancia a la hora de hacer bien al hombre.
Los fariseos no se
alegran del bien del hombre. Solo les interesa la Ley y creen que a Dios
tampoco le importa el hombre. Acuden a los padres para desvirtuar el hecho que
no pueden negar. Los padres son gente sometida y no se atreven a hablar.
La pregunta es
triple: ¿Es vuestro hijo? ¿Nació ciego? ¿Cómo recobró la vista? Responden a las
dos primeras, pero a la tercera no se atreven a responder. El miedo les impide
aceptar complicidad con el hecho. Podían ser expulsados de la institución.
Los fariseos quieren
conseguir la lealtad del ciego aún en contra de la evidencia. Condenan a Jesús
en nombre de la moral oficial y pretenden que le condene el ciego. Para ellos
Dios no puede estar de parte del que no cumple la Ley. Dios no puede actuar contra
el precepto ni siquiera en beneficio del hombre.
El ciego, sin miedo,
opone los hechos a la teoría. Ha experimentado el amor gratuito y liberador. Él
sabe ahora lo que es ser un hombre y sabe también lo que es Dios. Él ahora ve;
los maestros de la Ley están ciegos. El hombre utiliza una teología admitida
por todos. Dios no puede estar de parte de un pecador.
Por no negar su
experiencia ni renunciar al bien que ha recibido, lo expulsan. Con su mentira
han querido apagar la luz-vida. Al no conseguirlo, el hombre no puede
permanecer dentro del ámbito de la muerte-tiniebla, que es la sinagoga.
Los fariseos lo
expulsan, Jesús lo busca. Con su pregunta acaba la obra de iluminación. La
acción de Jesús ha hecho descubrir al ciego una nueva manera de ser hombre,
cuyo modelo es Jesús. Jesús le hace tomar conciencia de ello.