jueves, 13 de agosto de 2026

XX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XX Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 16, 2026 
Isaías 56, 1.6-7 / Salmo 66 / Romanos 11, 13-15. 29-32


En la liturgia de este domingo, se nos recuerda cuales son algunas actitudes que al vivirlas, con fe, transforman nuestra vida …

Evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: "Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: "Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros". Él les contestó: "Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel.

Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: "¡Señor, ayúdame!" Él le respondió: "No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos". Pero ella replicó: "Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos". Entonces Jesús le respondió: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

Reflexión:

¿Cómo me relaciono con los demás?

Las lecturas de este domingo nos presentan tres puntos a reflexionar: la universalidad del mensaje de salvación, la misericordia y compasión del Señor y nuestra fe.

Si bien, la historia de salvación narrada en la Biblia nace y se va desarrollando en el pueblo escogido por Dios, hoy escuchamos que es para todas las personas, independientemente de su origen y/o nacionalidad.

Podemos decir que cualquier persona que tenga un interés genuino en conocer, seguir y vivir el mensaje de salvación que se nos transmite a través de la Palabra (en el antiguo y nuevo testamento de la Biblia), podrá ser salvado, de aquello que le impide disfrutar de lo que Dios quiere para nosotros: “que tengamos una vida que valga la pena vivir” (cfr. Carlos Morfín SJ)

En la primera lectura, el profeta Isaías (56, 1.6-7), nos dice lo que el Señor nos invita a vivir, en relación con las demás personas, en derecho y justicia, es decir, reconocer la dignidad que Dios ha dado a cada persona y actuar para que nadie sea tratado como menos, en relaciones interpersonales sanas, horizontales, que permitan a toda persona vivir y crecer.

Luego, el apóstol Pablo (Rom 11, 13-15. 29-3), nos hace un llamado que nos interpela todavía hoy, al recordarnos lo que hemos dejado de hacer, quiénes nos decimos cristianos de hoy, y actuamos en rebeldía en contra de las invitaciones de Jesús a ser y hacer el bien entre nosotros; Pablo rompe la lógica de “nosotros, por ser seguidores de Jesús” somos los buenos… no, todos somos dignos del amor y misericordia de Dios.

Así, las lecturas nos han puesto de manifiesto que el llamado a vivir con actitudes fraternas es universal, es para todas las personas). En el evangelio de Mateo, contemplamos a una mujer cananea, que “no tiene derecho a ser atendida”, según los judíos, pero ella busca, suplica e insiste a Jesús, por su compasión, para salvar a su hija de los demonios que la atormentan y le quitan vida.

Su insistencia provoca la intervención de los apóstoles: “atiéndela … nos fastidian sus gritos”, y Jesús en aparente desprecio, termina reconociendo en ella: “¡qué grande es tu fe! … que se cumpla lo que deseas”.

Lo que hoy nos deja la Palabra es un reto personal: * a vivir la justicia de Dios, más allá de nuestras fronteras, * nuestra fe en Dios, nos lanza a actuar, siendo compasivos…  

¿Qué hago yo cuando alguien que considero "diferente" se acerca a mí con una necesidad?... ¿Cómo tener y mantener relaciones interpersonales fraternas?... ¿Cómo ir más allá de mis fronteras y ser persona de bien, desde el amor?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XX Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 16, 2026 
Isaías 56, 1.6-7 / Salmo 66 / Romanos 11, 13-15. 29-32



Evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: "Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: "Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros". Él les contestó: "Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel.

Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: "¡Señor, ayúdame!" Él le respondió: "No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos". Pero ella replicó: "Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos". Entonces Jesús le respondió: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


  #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

EL GRITO DE LA MUJER

José Antonio Pagola

Cuando en los años ochenta del siglo I Mateo escribe su evangelio, la Iglesia tiene planteada una grave cuestión: ¿qué han de hacer los seguidores de Jesús? ¿Encerrarse en el marco del pueblo judío o abrirse también a los paganos?

Jesús solo había actuado dentro de las fronteras de Israel. Eliminado rápidamente por el representante de Roma y los dirigentes del templo, no había podido hacer nada más. Sin embargo, rastreando en su vida, los discípulos recordaron dos cosas muy iluminadoras. Primero, Jesús era capaz de descubrir entre los paganos una fe más grande que entre sus propios seguidores. Segundo, Jesús no había reservado su compasión solo para los judíos. El Dios de la compasión es de todos.

La escena es conmovedora. Una mujer sale al encuentro de Jesús. No pertenece al pueblo elegido. Es pagana. Proviene del maldito pueblo de los cananeos, que tanto había luchado contra Israel. Es una mujer sola y sin nombre. Tal vez es madre soltera, viuda o ha sido abandonada por los suyos.

Mateo solo destaca su fe. Toda su vida se resume en un grito que expresa lo profundo de su desgracia. Viene detrás de los discípulos «gritando». No se detiene ante el silencio de Jesús ni ante el malestar de sus discípulos. La desgracia de su hija, poseída por «un demonio muy malo», se ha convertido en su propio dolor: «Señor, ten compasión de mí».

En un momento determinado, la mujer alcanza al grupo, detiene a Jesús, se postra ante él y de rodillas le dice: «Señor, socórreme». No acepta las explicaciones de Jesús, dedicado a su quehacer en Israel. No acepta la exclusión étnica, política, religiosa y de sexos en que se encuentran tantas mujeres, sufriendo soledad y marginación.

Es entonces cuando Jesús se manifiesta en toda su humildad y grandeza: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas». La mujer tiene razón. De nada sirven otras explicaciones. Lo primero es aliviar el sufrimiento. Su petición coincide con la voluntad de Dios.

¿Qué hacemos los cristianos de hoy ante los gritos de tantas mujeres solas, marginadas, maltratadas y olvidadas por la Iglesia? ¿Las dejamos de lado justificando nuestro abandono por exigencias de otros quehaceres? Jesús no lo hizo.

 

UN DIÁLOGO QUE ENRIQUECE A JESÚS Y A LA MUJER

Fray Marcos

Hoy las tres lecturas y el salmo van en la misma dirección: La salvación para todos. La apertura a los gentiles fue complicada. Muchos seguidores de Jesús pretendían mantener la pertenencia al judaísmo como la marca y seña de la nueva comunidad, conservando la fidelidad a la Ley. El problema no se solucionó hasta pasado un siglo de la muerte de Jesús.

Seguramente la retirada a territorio pagano está motivada por la oposición de los dirigentes. Jesús viendo el cariz que toman los acontecimientos prefiere apartarse un tiempo de los lugares donde le vigilaban. El relato pretende romper con los esquemas estereotipados que algunos cristianos pretendían mantener: judío=creyente y extranjero=pagano o ateo.

Quiere dejar claro que, si una persona tiene fe en Jesús, no se puede impedir su pertenencia a la comunidad, aunque sea “pagana”. Es un relato magistral que plantea el problema desde las dos perspectivas. Insiste tanto en la actitud abierta de los cristianos como en la urgencia de que los paganos vinieran con una disposición adecuada de sinceridad y humildad.

Los perros son considerados impuros en muchas culturas. La idea que nosotros tenemos de hiena es lo que más se aproxima a la idea de perro. Pero hay gran diferencia entre los perros salvajes y los de compañía que son considerados como familia. A esta diferencia se aferra la mujer para salir airosa. Jesús no podía prescindir de los prejuicios que el pueblo judío arrastraba. Tenía motivos para no hacerle caso; pero vemos un Jesús dispuesto a aprender.

En el AT hay chispazos que nos indican ya la apertura total por parte de Dios a todo aquel que le busca con sinceridad. La primera lectura nos lo confirma: "A los extranjeros que se han dado a Señor les traeré a mi monte santo". No cabe duda de que Jesús participa de la mentalidad del pueblo. En aquel tiempo, fue la única manera de garantizar su supervivencia.

Para Jesús la religión no era una programación por eso fue capaz de responder vivencialmente ante situaciones nuevas. Su experiencia de Dios y las circunstancias le hicieron ver que solo puede uno estar con Dios si está con el hombre. Pero para poder comunicar una experiencia, primero hay que vivirla. Jesús no tuvo más remedio que aprender de la experiencia cotidiana.

Jesús toma en serio a la mujer, no como los discípulos. El “apoluson” griego significa también despedir, rechazar. La respuesta: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”, no va dirigida a los apóstoles, sino a dureza de la respuesta no desanima a la mujer, sino que le hace ver que el atenderla a ella no va en contra de la atención a los suyos.

Por ser auténtico y sincero por ambas partes, el diálogo es fructífero. Los dos aprenden y produce el milagro del cambio en ambos. A pesar de su actitud, Jesús cambia y descubre lo que en aquella mujer había de auténtica creyente. Jesús descubre que esa mujer, ajena al entorno de Jesús, tiene más confianza en él que los más íntimos que le siguen.

La Cananea demuestra una sensibilidad mayor de la que muestra Jesús. De ella aprendió Jesús que debía superar sus prejuicios. Aprendió que hay que proteger ante todo a los débiles; una idea femenino-maternal. Le sorprendió la confianza absoluta que en él tenía; otro valor femenino. Jesús hace suyos los valores femeninos que ve en la mujer y acepta su "anima".

La mujer representa a todos los que sufren por el dolor de un ser querido. La profunda relación entre ambas impide delimitar donde empieza el problema de su hija, porque la madre es también parte del problema; primero dice: ten piedad de mí y más tarde: socórreme. La enfermedad de la hija se debe a la actitud inadecuada de la madre.

El diálogo tuvo que ser más largo. En él la actitud de la madre ha cambiado y Jesús descubre que ese cambio tendrá repercusiones positivas en la enfermedad de la hija. Viendo la nueva actitud de la madre, Jesús puede decir sin miedo a equivocarse: tu hija está curada.

 

 


miércoles, 5 de agosto de 2026

XIX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XIX Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 9, 2026 
1 Reyes 19, 9. 11-13 / Salmo 84 / Romanos 9, 1-5

En este domingo, las lecturas nos recuerdan como tenemos que confiar en la presencia de Dios en nuestra vida, sabiendo reconocer como se nos presenta …

Evangelio según san Mateo 14, 22-33

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa, y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron, y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Reflexión:

¿Dónde reconozco a Dios, en mi vida?

En la medida que aprendemos a reconocer la presencia de Dios en nuestra vida, todo cambia, para bien.

Si bien, a los seres humanos, lo desconocido, lo misterioso, lo que va más allá de lo comprensible, nos da miedo, nos preocupa y quita la paz, cuando tenemos confianza en Dios, porque lo conocemos, entonces esas “tristezas y dolores incesantes en nuestro corazón” (cfr. Rom 9, 1-5), serán trasformados en paz y serenidad, para elegir lo que mejor nos conviene.

En esta reflexión, hemos mencionado muchas veces, que el conocimiento interno de Jesús aumenta nuestra confianza y fe en él, y así, podremos responder mejor a las diversas situaciones de la vida, al estilo que hemos aprendido de Él.

Al igual que le pasó a Elías (1 Rey 19, 9.11-13), nosotros pudiéramos estar esperando encontrarlo de una manera espectacular y vistosa, pero, lo que nos dice esta lectura sobre el profeta es que fue en el “murmullo de una brisa suave” que lo puedo reconocer … Y sí, para poder escuchar a Dios, es más fácil cuando estamos tranquilos, atentos y en paz … aún en momentos de dificultades; no digo que sea fácil, pero tampoco es difícil.

Hay que mirar y aprender de Jesús, quién después de la multiplicación de los panes “subió al monte a solas para orar” …ora, para escuchar al Padre … porque “Y, ¿qué es orar? Es buscar en el ruido, silencio. En el silencio, palabra. Y en la palabra, un destino.” José María Rodríguez, SJ.

Jesús ora para cumplir su misión: salvarnos, de los miedos, inseguridades e incertidumbres (tormentas de la vida), que no nos permiten navegar por la vida y llegar a buen puerto. Igual que les pasó a sus apóstoles, en la tormenta, y se asustan porque no re-conocen a Jesús, quien responde: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Así es Jesús, nos tiende la mano, cuando por desconfianza nos hundimos en las “tormentas de la vida” y le pedimos “¡Salvamos, Señor!” … Él está siempre con nosotros, para sacarnos de donde estamos (o nos metimos). Ojalá, que no lleguemos a escuchar de Jesús, que nos diga “hombres / mujeres de poca fe, ¿porqué dudan de mi?.

Entonces, al conocer a Jesús, nos ayudará a re-conocer su presencia en nuestra vida, y podremos, al igual que él, "echar una mano" a quiénes estén en tormentas. Para conocerlo mejor, lo hacemos orando ... como él; el fruto de la oración es mayor confianza en Jesús, en su manera de ser y hacer, lo que transforma nuestra mirada y nos lleva a nueva manera de vivir, amar y servir.

¿Cuáles son tormentas interiores, en este tiempo?... ¿Cómo puedo mantenerme unido a Jesús y tener una mejor vida?... ¿Cómo puedo enfrentar / responder a los desafíos de la vida?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 
Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XIX Domingo de Tiempo Ordinario – A – (Profundizar)

 XIX Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 9, 2026  
1 Reyes 19, 9. 11-13 / Salmo 84 / Romanos 9, 1-5

Evangelio según san Mateo 14, 22-33

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa, y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron, y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

La Palabra este domingo nos anuncia una buena noticia: Jesús siempre viene, Él siempre llega. Con este anuncio podríamos deducir que hay momentos y lugares en que no está: como en la cueva donde pasaba la noche Elías en el monte Horeb, o en la barca sacudida por las olas con viento contrario en medio del mar. Cada una y cada uno de nosotros podríamos pensar en tiempos y lugares en donde experimentamos que Él no está. Podría ser que hoy mismo vivamos un tiempo de cueva y noche, o de agitación en medio del mar.

La invitación que recibimos con este anuncio es a sostenernos por la fe en que Jesús viene, en que Él va a llegar. También nos describe la Palabra que Él llega de un modo que no podíamos imaginar; asusta y sorprende, sobre todo cuando nuestro corazón comienza a dudar.

Pero Él toma la iniciativa de devolvernos la tranquilidad: «Soy yo, no temas». Sin embargo, nosotros, como Pedro, podemos obstinarnos en dudar: exigimos pruebas sobrenaturales como pedirle «caminar sobre el mar», y con todo ello nuestra falta de fe nos hunde. Y ante nuestro grito: «¡Sálvame!», nos agarra de la mano y nos da su paz.

¿En qué "cueva" o "mar agitado" necesitas escuchar hoy su «Soy yo, no temas»?

Pidamos al Señor la gracia de descubrirlo en la brisa suave, en la sonrisa amable, en la mano extendida o en la mirada tierna en la que llega para estar.

#FelizDomingo

“¡Tengan valor, soy yo, no tengan miedo!”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Es frecuente que sólo nos acordemos de Dios en tiempos de crisis y dificultad. Cuando navegamos por aguas tranquilas y nuestra vida transcurre sin particulares sobresaltos, podemos ir perdiendo la referencia fundamental al Señor. Podríamos decir, utilizando el lenguaje de san Ignacio de Loyola para referirse a los estados del alma, que en tiempos de desolación buscamos con más insistencia a Dios; y que en tiempos de consolación nos olvidamos de él, como la fuente de toda gracia.

Juan Casiano (ca. 360-435), uno de los padres de la Iglesia, cuyos escritos marcaron definitivamente el monaquismo de Occidente, nos presenta, en una de sus obras, algunas causas por las cuales las personas vivimos momentos de desolación. En primer lugar, dice Casiano, "de nuestro descuido procede, cuando andando nosotros indiferentes, tibios y empleados en pensamientos inútiles y vanos, nos dejamos llevar de la pereza, y con esto somos ocasión de que la tierra de nuestro corazón produzca abrojos y espinas, y creciendo éstas, claro está que habemos de hallarnos estériles, indevotos, sin oración y sin frutos espirituales" (Conlationes IV,3).

La segunda causa por la cual Dios permite que tengamos estas experiencias de abandono, según Casiano, es “para que desamparados un poco de la mano del Señor (...) comprendamos que aquello fue don de Dios, y que la quietud, que puestos en esta tribulación le pedimos, únicamente la podemos esperar de su divina gracia, por cuyo medio habíamos alcanzado aquel primer estado de paz, de que ahora nos sentimos privados” (Conlationes IV,4).

Ignacio de Loyola, en el siglo XVI, explicará esto mismo diciendo que Dios permite que vivamos momentos de desolación “por darnos vera noticia y conocimiento para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crecida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación espiritual, mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor; y porque en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento en alguna soberbia o gloria vana, atribuyendo a nosotros la devoción o las otras partes de la espiritual consolación” (EE, 322).

Pedro, junto con los demás discípulos, vive un momento de crisis profunda, cuando en medio de la noche, y sintiendo que “las olas azotaban la barca, porque tenían el viento en contra”, ve a Jesús caminando sobre las aguas; dice san Mateo que los discípulos “se asustaron, y gritaron llenos de miedo: – ¡Es un fantasma!”. La respuesta de Jesús los tranquilizó: “– ¡Tengan valor, soy yo, no tengan miedo!” Pedro, entonces, con la seguridad que le daban estas palabras, dice: “– Señor, si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el agua”. A lo que Jesús, ni corto ni perezoso, le respondió: “­– Ven”. Entonces, “Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Jesús. Pero al notar la fuerza del viento, tuvo miedo; y como comenzaba a hundirse, gritó: – ¡Sálvame, Señor! Al momento, Jesús lo tomó de la mano y le dijo: – ¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?”

Como Pedro, cuando caminamos sobre aguas tranquilas guiados y conducidos por el Señor, tenemos la tentación de sentirnos dueños de lo que hacemos y nos olvidamos de aquel que hace posible nuestra existencia. De manera que, “para que en cosa ajena no pongamos nido”, es precisamente en las crisis y en los momentos de turbulencia, cuando reconocemos la verdadera fuente de nuestra seguridad y, como los discípulos, después de la tormenta, nos postramos en tierra para decirle al Señor: “–¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!”

APRENDER A CREER DESDE LA DUDA

José Antonio Pagola

No es fácil responder con sinceridad a esa pregunta que Jesús hace a Pedro en el momento mismo en que lo salva de las aguas: «¿Por qué has dudado?».

A veces, las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos turban sin saber exactamente por qué. Principios aceptados hasta entonces como inconmovibles comienzan a tambalearse. Y se despierta en nosotros la tentación de abandonarlo todo sin reconstruir nada nuevo.

Otras veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador. La última palabra sobre mi vida se me escapa y es duro abandonarme al misterio: mi razón sigue buscando insatisfecha una luz clara y apodíctica que no encuentra ni podrá jamás encontrar.

No pocas veces la superficialidad y ligereza de nuestra vida cotidiana y el culto secreto a tantos ídolos nos sumergen en largas crisis de indiferencia y escepticismo interior, con la sensación de haber perdido realmente a Dios.

Con frecuencia es nuestro propio pecado el que quebranta nuestra fe, pues esta decae y se debilita cuando nos alejamos de Dios. Si somos sinceros, hemos de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que profesamos ser y el creyente que somos en realidad. ¿Qué hacer al constatar en nosotros una fe a veces tan frágil y vacilante?

Lo primero, no desesperar ni asustarnos al descubrir en nosotros dudas y vacilaciones. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la oscuridad y el riesgo. A Dios se le busca «a tientas». Y no hemos de olvidar que muchas veces «la fe genuina solo puede aparecer como duda superada» (Ladislao Boros).

Lo importante es aceptar el misterio de Dios con el corazón abierto. Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con él. Y no hace falta esperar a que nuestros interrogantes y dudas se resuelvan para vivir en verdad ante ese Padre.

Por eso lo importante es saber gritar como Pedro: «Señor, sálvame». Saber levantar hacia Dios nuestras manos vacías, no solo como gesto de súplica, sino también de entrega confiada de alguien que se sabe pequeño, ignorante y necesitado de salvación. No olvidemos que la fe es «caminar sobre agua», pero con la posibilidad de encontrar siempre esa mano que nos salva cuando comenzamos a hundirnos.

 

PARA ENCONTRAR A DIOS DEBO SUBIR A LO ALTO

Fray Marcos

Este relato se parece más a los relatos de apariciones pascuales. Algunos exégetas sugieren que puede tratarse de un relato de Jesús resucitado, que han colocado más tarde en el contexto de la vida real. La experiencia nos dice que Dios no se puede meter en conceptos y que es siempre más. Nunca se identifica con lo que pensamos de Él.

Lo narran Mt, Mc y Jn. Los tres lo sitúan después de la multiplicación de los panes. En Mc y Mt, Jesús manda a los discípulos embarcar e ir a la otra orilla. En Jn, la iniciativa es de los discípulos. En los tres Jesús sube a la montaña para orar. En los tres, Jesús camina sobre el agua. La respuesta de Jesús es la misma: “Soy yo, no tengáis miedo”.

El monte es el lugar de la divinidad. Como Moisés la segunda vez que sube al Sinaí, va solo. Nadie le sigue a la esfera de lo divino. La multitud solo piensa en comer. Los apóstoles piensan en medrar. Orar es darse cuenta de lo que hay de Dios en él para poder vivirlo. Jesús tiene necesidad de momentos de auténtica contemplación.

Jesús sube a lo más alto. Los discípulos bajan hasta el nivel más bajo, buscando seguridades. En realidad, encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal, el caos, la destrucción, la muerte. Jesús camina sobre todo esto. El AT dice: solo Dios puede caminar sobre el dorso del océano.

El relato expresa la visión que de Jesús tenía aquella primera comunidad. Era verdadero hombre y como tal, tenía necesidad de la oración para descubrir lo que era y superar la tentación de quedarse en lo material. Al caminar sobre el mar, está demostrando que era también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia.

La barca es símbolo de la nueva comunidad. Las dificultades son consecuencia del alejamiento de Jesús. Jn deja claro que fueron ellos los que decidieron marcharse sin esperarle. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente.

Pero Jesús no les abandona y va en su busca. Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incompatible con sus pretensiones. Su cercanía y muestra de cariño les hace descubrir el verdadero Jesús.

El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra a gusto en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que le inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Juan lo utiliza con mucha frecuencia.

Aparentemente, este episodio tiene mucha miga. Pedro siente una curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ellos. Pero quiere lograrlo por arte de magia, no por una transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: ¡ven! Pedro fracasa por su escasa fe. La Divinidad la tienes que descubrir dentro de ti.

Jesús no revindica para sí esa presencia divina, sino que da a entender que todos estamos invitados a esa participación. Pedro camina sobre el agua mientras está mirando a Jesús; se empieza a hundir cuando mira a las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino porque no es capaz de prescindir de las seguridades materiales.

Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios, solo puede ser vivida. El budismo tiene una frase, a primera vista tremenda: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Podíamos decir también nosotros: si te encuentras con dios, mátalo, es un ídolo que has fabricado tú.

miércoles, 29 de julio de 2026

XVIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XVIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 2, 2026 
Isaίas 55, 1-3 / Salmo 144 / Romanos 8, 35. 37-39


En este domingo, Jesús nos enseña de que manera, confiando en Él, podemos colaborar en que el Reino de su Padre se haga presente …

Evangelio según san Mateo 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”.

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.

Reflexión:

¿Qué tengo y puedo ofrecer a los demás?

Estamos llamados a ser “imagen y semejanza” de Dios, nuestro creador; Jesús nos muestra esa imagen. Nosotros la reflejamos cuando vivimos como Él.

San Ignacio de Loyola, a quien recordamos el pasado 31 de julio, en la Contemplación para alcanzar Amor, en el cierre de los Ejercicios Espirituales, nos advierte que el Amor se debe poner más en obras que en palabras. El amor es comunicación entre el amado y el amante, es dar y recibir, recíprocamente, de lo que se tiene y puede” (cfr.EE 231) … y así, como Dios es amor (1 Jn 4, 8), lo es Jesús, quien se muestra compasivo con quienes lo siguen, se preocupa de ellos, para que además de escúchalo, tengan alimento del cuerpo, para que continúen su vida …

Dios, sigue siendo de igual manera con nosotros, en esta época: nos cuida y procura nuestro bien. Todo lo creado está dispuesto para ello … tan solo hay que “ponerle atención, escucharlo, estar con Él, para tener vida” (cfr. Is 55, 1-3), “para que tengamos una vida que valga la pena vivir”, como repetimos una y otra vez, en esta columna.

Ser como Jesús, es ser compasivo y misericordioso, es mirar el mundo, a las personas cansadas, agobiadas, sedientas (de justicia, paz… agua) y tenderles una mano, ayudarles, “con lo que somos y con lo que tenemos” …no nada más decírseles: “Dios te bendiga”. Jesús hoy nos dice también: “denles ustedes de comer” … ¡comparte de lo que tienes y puedes! (cfr. Mt 14, 13-21)

Jesús nos invita a descubrir cuáles son esos "panes y peces" que ya ha puesto en nuestras manos. Al compartirlos, otros podrán continuar su camino y experimentar también el amor de Dios. Eso, es hacer presente el Reino, es reflejar, en palabras y acciones, el amor que Dios nos tiene, amar como Él ama.

Al orar y participar en la misa (eucaristía) nos alimentarnos de su palabra, de sus enseñanzas, de su cuerpo y sangre; “nos mantenemos unidos al amor de Cristo y nada podrá separarnos de su amor” (cfr.  Rom 8, 35. 37-39).

Ánimo, buen domingo.

PD. Mañana iniciamos con el Taller de Autoconocimiento, desde la autobiografía de San Ignacio de Loyola, para revisar la vida y la presencia de Dios en nosotros (https://tinyurl.com/TallerDeAutoconocimiento).

¿Cuáles son los “panes y peces” que puedo compartir?... ¿Quién necesita hoy que comparta mis "panes y peces"?... ¿Cómo me está transformando la Eucaristía para amar y servir como Jesús?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 


Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XVIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XVIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 2, 2026
Isaίas 55, 1-3 / Salmo 144 / Romanos 8, 35. 37-39

Evangelio según san Mateo 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”.

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


  #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

"No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados". Con frecuencia en nuestra vida nos damos cuenta de que con lo que tenemos "no nos alcanza"; y tenemos razón: sin Dios, lo que tenemos es poco y no alcanza (fuerza, voluntad, dinero...).

Hoy el Evangelio nos viene a recordar que, si lo que tenemos lo ponemos en manos de Dios, Él lo multiplica, y entonces no solo alcanza, sino que sobra.

Poner todo, lo poco o mucho que tenemos, en manos de Dios no es fácil, porque nos invade la desconfianza. Ponemos algo, pero no todo; nos quedamos con algún "guardadito" por si Dios nos falla.

¡Qué bien nos hace hoy, para fortalecer nuestra fe, para volvernos más valientes y desprendidos, para confiar y poner todo lo que somos y tenemos en las manos del Señor, leer la carta a los Romanos!: "¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo?", "De todo esto salimos victoriosos, gracias a aquel que nos ha amado...".

Pidamos este domingo que crezca nuestra fe para que podamos entregar todos nuestros "panes y pescados"; que sea "el todo", porque "el casi" suele convertirse en nada.

Milagrosamente, quien es capaz de entregarlo todo, en Cristo, nunca se queda sin nada.

#FelizDomingo

“Ustedes me buscan porque comieron hasta llenarse”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

En alguna parte leí la historia de un joven que se quejaba siempre porque su mamá le daba más comida a sus hermanos y nunca estaba satisfecho con lo que le servían a él en el plato. La mamá trataba de ser muy justa en la repartición de las porciones, pero, por alguna razón desconocida, el joven siempre encontraba alguna forma para lamentarse de que le sirvieran menos. Ya desesperada por esta queja constante, la señora decidió un día dejarle una doble ración de todo lo que les iba a ofrecer en la cena de ese día, de manera que el joven no tuviera forma de quejarse. Pero sucedió que el joven ese día llegó tarde a cenar y todos comieron antes de que él llegara. Al momento de recibir su ración doble, que le habían guardado en el horno, la expresión del muchacho por poco hace desmayar a la mamá: Si esto me dieron a mí, ¡cómo le habrán dado a los demás!, fue lo único que acertó a decir el joven insatisfecho...

Los seres humanos sufrimos de una especie de insatisfacción crónica. Vivimos aquejados por lo que algunos llaman el síndrome de las más verdes praderas; es decir, cuando salimos de paseo al campo, miramos a nuestro alrededor y nos parece que el sitio en el que estamos no cumple nuestras expectativas como para sentarnos a comer; en cambio, la ladera del frente se ve más despejada de palos y piedras, y el pasto parece de un verdor especial... de modo que caminamos hasta allá en busca del sueño prometido; pero cuando llegamos, volvemos la mirada atrás y nos parece que donde estábamos no había tanta boñiga ni tanto chamizo como en el nuevo sitio y, entonces, volvemos sobre nuestros pasos o seguimos buscando otra pradera más alejada que se ve como mejor para nuestro propósito de sentarnos a almorzar... Lo cierto es que, cansados de tanto caminar, nos terminamos sentando en cualquier parte, convencidos, eso sí, de que estamos en el peor de los sitios que visitamos y que cualquiera de los anteriores estaría mejor que el que terminamos escogiendo por pura y llana necesidad de dejar, por fin, de dar vueltas alrededor de un sueño que no existe.

La felicidad no parece ser algo alcanzable en esta vida mortal; la realización plena como que no existe en este mundo de sinsabores permanentes; nos queda el consuelo de que vamos probando pequeñas muestras de esa felicidad tan esquiva y de esa realización tan inalcanzable a las que aspiramos desde lo más profundo de nuestro ser insaciable. 

Jesús percibe que la comida que recibieron muchos de sus oyentes los había llenado, pero no los había saciado, estrictamente hablando. Una cosa es tener lleno el estómago y otra muy distinta sentir saciado el corazón... “Les aseguro que ustedes me buscan porque comieron hasta llenarse, y no porque hayan entendido las señales milagrosas. No trabajen por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y que les de vida eterna. Esta es la comida que les dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él”. Sólo entonces, sus oyentes piden ese pan que El les promete: “Señor, danos siempre ese pan”. En la medida en que creamos en las palabras de Jesús, sabremos de la auténtica satisfacción que nos ofrece: “Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en mí, nunca tendrá sed”, ni andaremos, como el joven del principio, lamentándonos porque nos tocó menos que a los demás.

¿CÓMO BENDECIR LA MESA?

José Antonio Pagola

Casi sin darnos cuenta y empujados por diversos factores, hemos ido deshumanizando poco a poco ese gesto tan entrañable y humano que es sentarse a la mesa a comer juntos.

La comida se ha convertido para muchos en algo puramente funcional que es necesario organizar de manera rápida y precisa dentro de la jornada laboral. Cada vez es más raro ese momento privilegiado de encuentro familiar en torno a la mesa. En muchos hogares, esa mesa hecha para ser rodeada ya no sirve para que padres e hijos se encuentren, compartan sus vidas, conversen y descansen juntos.

Otros se van habituando a «alimentar su organismo» en esas comidas impersonales de los restaurantes o en el rincón del self-service de turno. No pocos se ven obligados a participar en comidas protocolarias o de trabajo, donde el gesto amistoso del comer juntos es sustituido por el interés, el pragmatismo o la ostentación.

El gesto de Jesús invitando a las gentes a recostarse para compartir juntos una comida sencilla, bendiciendo a Dios por el pan que recibimos, puede ser una llamada para nosotros. Como expone jugosamente Xabier Basurko en su estudio Compartir el pan, comer es mucho más que «introducir una determinada ración de calorías en el organismo».

La necesidad de alimentarnos es, antes que nada, signo de nuestra indigencia radical. Oscuramente, los seres humanos percibimos que no nos fundamentamos a nosotros mismos. En realidad, vivimos recibiendo, nutriéndonos de una vida que, a través de la tierra, se nos regala día a día a cada uno. Por eso es un gesto profundamente humano recogerse antes de comer para agradecer a Dios esos alimentos, fruto del esfuerzo y trabajo del hombre, pero, al mismo tiempo, regalo originario del Dios creador que sustenta la vida.

Pero, además, comer no es solo un acto individualista de carácter biológico. El ser humano está hecho para comer con otros, compartiendo su mesa con familiares y amigos. Comer juntos es confraternizar, dialogar, crecer en amistad, compartir el regalo de la vida.

Por eso es tan difícil dar gracias a Dios cuando uno tiene más comida que la que necesita mientras otros sufren miseria y hambre. Nos sentimos acusados por aquellas palabras de Gandhi: «Todo lo que comes sin necesidad lo estás robando al estómago de los pobres». Tal vez en los países del bienestar hemos de aprender a bendecir la mesa de otra manera: dando gracias a Dios, pero, al mismo tiempo, pidiendo perdón por nuestra insolidaridad y tomando conciencia de nuestra responsabilidad ante los hambrientos de la Tierra.

 

SI NO ME ACERCO AL QUE ME NECESITA, 

TAMBIÉN ME ESTARÉ ALEJANDO DEL DIOS.

Fray Marcos

Seis veces se dice en los evangelios que Jesús da de comer a una multitud. Es seguro que algo muy parecido, pasó en realidad y probablemente más de una vez. Lo importante es lo que nos quieren decir al contarnos esta historia. Más allá del fácil recurso al milagro, descubramos el mensaje que nos invita a compartir lo que somos.

Entendido como un milagro, nos quedamos sin el verdadero mensaje. Podíamos decir que es una parábola en acción. También hace falta “oídos” y “ojos” bien abiertos para entenderla. El punto de inflexión del relato está en las palabras de Jesús: “dadles vosotros de comer”. No entraba en los planes del grupo preocuparse de los demás.

Tampoco podemos utilizar el relato como un argumento para demostrar la divinidad de Jesús. El sentido de la vida de Jesús salta hecho añicos cuando suponemos que era un ser humano, pero con el comodín de la divinidad que podía utilizar a capricho.

Aunque no se dice que los panes y peces se multiplicaran, realmente fue un verdadero “milagro” que un grupo tan numeroso de personas compartiera todo lo que tenían hasta conseguir que nadie quedara con hambre. En aquel tiempo no se podía repostar por el camino, todo el que salía de casa iba provisto de alimento para todo ese tiempo.

Si estamos abiertos, en el mismo relato encontraremos claves para la interpretación. Los discípulos se dan cuenta de la situación y actúan con toda lógica: es su problema, ellos deben solucionárselo. Jesús da una solución menos sensata: “dadles vosotros de comer”. Soluciona el problema provocando la generosidad y el compartir en cada uno.

Los libros de la Ley eran cinco; y dos el resto de la Escritura: Profetas y Escritos. El número siete (5+2) es símbolo de plenitud. 5000 (cien grupos de cincuenta) es simbólico. Los doce cestos aluden a las doce tribus. La mirada al cielo, el recostarse en la hierba… Son los elementos que permiten interpretar el relato, más allá de la letra.

Jesús no pidió a Dios que solucionara el problema, sino que se lo pidió a sus discípulos. El verdadero sentido del texto está en otra parte. La dinámica normal nos dice que el “pan” indispensable para la vida, tenemos que conseguirlo con dinero; porque alguien lo acapara y no lo deja llegar a su destino más que cumpliendo unas condiciones que el que lo retiene impone; el precio. Jesús librar el pan de ese acaparamiento injusto.

Hoy las lecturas son un buen punto de partida para la reflexión. La 1ª nos advierte que la comida material ni alimenta ni da hartura espiritual. Solo cuando se escucha a Dios se alimenta la verdadera Vida. La 2ª nos indica donde está lo más importante para cualquier ser humano: el amor que Dios nos tiene y se manifestó en Jesús.

Después de un día con Jesús, el pueblo fue capaz de compartir lo poco que tenían. Ese es el verdadero mensaje. Nosotros, después de años junto a Jesús, ¿qué somos capaces de compartir? No hay distinción entre el pan material y el alimento espiritual. Al compartir lo que somos y tenemos, nos alimentándonos de verdad.

El relato no separa el nivel espiritual y el material. La compasión y el compartir son la clave de toda identificación con Jesús. Es inútil insistir porque es el tema de todo el evangelio. Personalmente creo que las comidas de Jesús con el pueblo, incluso con los pecadores, tuvo más que ver con la aparición de la eucaristía que la última cena.

La eucaristía comenzó como una comida en la que todo se compartía. Cada vez que se comparte el pan, se comparte la Vida y se hace presente a Dios que es Vida-Amor. La eucaristía es memoria de esta actitud de Jesús que se partió y repartió. Al partirse y repartirse, hizo presente a Dios que es don total. El pan que alimenta es el que se da.

XX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

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