Oseas
6, 3-6 / Salmo 49 / Romanos 4, 18-25
Evangelio
según san
Mateo 9, 9-13
Jesús se fue de allí y vio a un hombre llamado Mateo, que estaba
sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo: —Sígueme.
Entonces Mateo se levantó y lo siguió.
Sucedió que Jesús estaba comiendo en la casa, y muchos de los que
cobraban impuestos para Roma, y otra gente de mala fama, llegaron y se sentaron
también a la mesa junto con Jesús y sus discípulos. Al ver esto, los
fariseos preguntaron a los discípulos: —¿Cómo es que su maestro come con
cobradores de impuestos y pecadores?
Jesús lo oyó y les dijo: —Los que están buenos y sanos no
necesitan médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan el significado de
estas palabras: “Lo que quiero es que sean compasivos, y no que ofrezcan
sacrificios.” Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
Para profundizar:
Reflexiones
Buena Nueva
#Microhomilia
Hernán
Quezada, SJ
Cuánta razón tiene aquello de que somos lo que comemos. Sí, lo que comemos determina mucho de cómo vivimos y viviremos; nuestro alimento es un aspecto fundamental.
Hoy Jesús mismo se proclama como alimento: "Yo soy el pan vivo". Si no nos alimentamos de Él, no tendremos vida, vida eterna, de esa que nunca se acaba.
Los cristianos hemos recibido el regalo de la Eucaristía, ese sacramento en el que, en Cristo y por Cristo, somos alimentados; ese momento de comunión en el que formamos un solo cuerpo porque todos nos alimentamos de Cristo. Y así, con Cristo y en Cristo, nos reconfiguramos, porque la comunión, nuestro alimento, nos transforma.
Vamos a preguntarnos hoy: ¿Qué nos está alimentando el alma?
Quien come del Pan de la Vida, quien se alimenta de Cristo, es configurado de un modo distinto, vive en comunión, su vida es en relación, y por ello vive libre, valiente y con misericordia. Porque quien se alimenta de Cristo, también se vuelve "alimento" que se parte y se comparte: "hagan esto en memoria mía".
Dios nos conceda la gracia de alimentarnos de Él, para vivir con Él y por Él, con todos, en comunión, en comunidad.
#FelizDomingo
“Yo soy el pan vivo”
Había una vez un pan malo que, tan pronto salió del horno, fue colocado, contra su voluntad, en la vitrina de la panadería junto a otros muchos panes. Poco a poco los clientes se fueron llevando todos los panes y sólo quedó el pan malo que siempre que trataban de agarrarlo, gritaba y protestaba para que no lo tocaran. De pronto, llegó una señora a comprar pan y, como no encontró más, se llevó el pan malo que refunfuñó disgustado: – “¿A dónde cree que me lleva?” La señora le dijo: –“Pues te llevo a mi casa, donde hay cuatro niños que te esperan para poder ir a la escuela a estudiar todo el día”. El pan malo no tuvo más remedio que dejarse llevar, pero siguió refunfuñando para sus adentros... Tan pronto estuvo en medio de la mesa del comedor de la familia y se sintió amenazado por los cuatro niños, comenzó a gritar: –“¡No tienen derecho a hacerme daño! ¡Yo no quiero que me partan, ni estoy dispuesto a que me coman! ¡No lo voy a aceptar de ninguna manera!”.
Los niños, estupefactos, se contentaron esa mañana con el café con leche y algunas galletas que había del día anterior... Dejaron el pan malo sobre la mesa y se fueron a la escuela sin discutir más con el... Pasaron los días y la señora terminó tirando el pan malo a la basura, porque se puso tieso y nadie se lo quería comer...
Había, en cambio, otro pan bueno que tan pronto salió del horno, crujiente y tierno, se sintió feliz de que se lo llevaran de primero para la casa de una familia numerosa. Cuando lo colocaron sobre la mesa, sabiendo que lo iban a partir y que se lo iban a comer, agradeció a Dios porque podía darle vida a los niños que iban a estudiar a la escuela. Tuvo miedo y le dolió cada uno de los embates del cuchillo que lo fue rebanando poco a poco; luego, cuando sentía cada mordisco, sufría, pero sabía que los niños lo necesitaban para jugar, para estudiar, para reír toda la mañana. Así que se ofreció con generosidad hasta el final, sin dejar sentir el dolor que lo embargaba.
Esta historia la suelo contar a los niños y niñas cuando hacen su primera comunión; a partir de este sencillo cuento, converso con ellos sobre el valor de la entrega, del sacrificio por los demás, de la entrega generosa de Dios a través de su Hijo en la Eucaristía. Los niños, como los que escuchaban al Señor, se preguntan aterrados: ¿cómo puede este darnos a comer su propio cuerpo?
Leyendo a santo Tomás de Aquino, podemos entender un poco mejor el sentido de la fiesta de hoy y de los textos bíblicos que nos propone la Iglesia para la celebración de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: “El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres (...) Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión (...)”.
Participar de la vida del Señor, por haber comido su carne y haber bebido su sangre, es participar de su vida divina, que no es otra cosa que una vida entregada, por amor, hasta la muerte. Por eso, “el que come de este pan, vivirá para siempre”, porque es una vida que no termina, sino que se transforma en vida para el mundo, como el pan generoso que se hizo risa y alegría en los niños del cuento.
YO SOY PAN QUE SE PARTE Y
SE REPARTE
El domingo ya no es
lo que era hace unos años. En poco tiempo ha crecido y se ha convertido en el
«fin de semana», que comienza ya el viernes por la tarde y en el que la mayoría
puede vivir de manera diferente, escapando de las obligaciones del trabajo, de
los horarios impuestos y de la rutina diaria.
No todos vivimos el
fin de semana de la misma manera. Para algunos es una verdadera suerte: tienen
iniciativa, posibilidades y amigos para disfrutar esos días. Para otros es un
tiempo cruel, pues sienten con más fuerza su soledad, enfermedad o vejez; el domingo
solo despierta en ellos tristeza y nostalgia. Otros temen el domingo, no saben
qué hacer con él, se aburren; si no hubiera fútbol sería insoportable.
Teólogos y
liturgistas se preguntan hoy cómo será en el futuro el domingo cristiano. ¿Se
reducirá a una celebración de la misa aislada y sin conexión alguna con el fin
de semana de la gente? Por el contrario, «¿no será posible –se pregunta Xabier
Basurko– una integración dinámica de los valores humanos del fin de semana en
la mística del domingo?». El liturgista vasco nos ofrece algunas pistas.
El domingo cristiano
puede ser el alma del fin de semana, que ayude a los creyentes a experimentar
mejor su libertad de hijos de Dios, sin imposiciones ni fines utilitaristas. La
eucaristía podría ayudar a recuperar el sosiego y reavivar el aliento interior.
El fin de semana podemos ser un poco más «nosotros mismos».
Por otra parte, se
podría recuperar el sábado como fiesta de la creación; de esta manera se podría
proseguir el domingo con la celebración de la salvación. Así piensan algunos
liturgistas. La fe ayudaría entonces a vivir el fin de semana como una celebración
al Creador y un encuentro con la naturaleza, no a través del trabajo, sino del
disfrute y la contemplación.
Por último, la
celebración de la «asamblea eucarística» puede dar un sentido más hondo a esa
otra dimensión del fin de semana, que es la comunicación entrañable y
gratificante con amigos y familiares, o el encuentro con otras personas y otros
pueblos. El fin de semana puede ser experiencia de encuentro y comunión de
hermanos. ¿Crecerá el domingo cristiano hasta ser «fermento y sal» del fin de
semana de la actual cultura? En cualquier caso, podemos hacernos una pregunta:
¿sabemos los cristianos extraer de la eucaristía dominical aliento y alegría
para vivir el nuevo domingo?
DIOS NO ES NADA DE LO QUE PODAMOS
PENSAR
Fray Marcos
La eucaristía es una
realidad muy compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tiene
tantos aspectos que es imposible abarcarlos todos. Podemos quedarnos en la
superficialidad del rito y perder así su riqueza. Podíamos considerarla como ‘acción
de gracias’ (eucaristía), ‘Sacrificio’, ‘Presencia’, ‘recuerdo’, ‘alimento’,
‘fiesta’, ‘unidad’, ágape.
La eucaristía es un
sacramento. Los sacramentos ni son milagros ni
son magia. Se realiza un sacramento cuando un signo nos conecta con una
realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. La realidad
trascendente, ni se crea ni se destruye; ni se trae ni se lleva; ni se pone ni
se quita. Es inmutable y eterna. Está siempre ahí pero no se ve.
Para que haya
conexión entre un signo y la realidad significada tiene que haber una mente
activa que realice la conexión. La Realidad significada no es objetivable, más
allá del sujeto que establece la relación no hay nada. La relación entre el
signo y lo significado es real, pero solo mientras mi mente está activando esa
conexión entre ambos.
Los signos no son el
pan y el vino sino el pan partido y el vino servido. No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir
y comer. Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, que
es don infinito y total. Si quieres ser cristiano tienes que partirte,
repartirte, dejarte comer, asimilar, desaparecer en beneficio de los demás.
Es más tajante aún
el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo: esto es
mi vida que se derrama en beneficio de todos. Eso que los judíos tenían por la
cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que
pretende Jesús. Tienes que hacer tuya, mi vida y derramar la tuya en beneficio
de los demás.
La realidad
significada no es Jesús en sí
mismo, sino Jesús como don cuya entrega tengo que imitar. Ese es el
significado que yo tengo que descubrir y vivir. Puedo oír misa sin que me
obligue a nada, pero no puedo celebrar la eucaristía sin comprometerme con los
demás. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que me he quedado en el
rito.
No debemos confundir
la eucaristía con la comunión. Tanto la
eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan
al sacramento incompleto. Ir a misa solo con la intención de comulgar es
sencillamente una trampa.
La eucaristía no
la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Solo la comunidad puede hacer
presente el don de sí mismo que Jesús significó. Es el sacramento del amor. No
puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mt: “donde dos o
tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
La comunión no es un
premio para los buenos. No son los que
“que están en gracia” los que deben acercarse a comulgar. Somos los
desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me
siento pecador estoy necesitado de realizar el último signo del sacramento.
Necesito el signo del amor cuando me siento separado de Dios.
Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús
no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que recordáramos el significado
de lo que acababa de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo
comer. Haced también vosotros esto. Solo entregando vuestra vida a los demás
como he hecho yo, llegaréis a plenitud humana.
Celebrar la
Eucaristía es comprometerse a ser para los demás. Todas las estructuras que
están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas. Una
celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro
desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros
complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver
con lo que queremos expresar en este sacramento.