domingo, 5 de abril de 2026

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (Reflexión)

Hechos 10, 34.37-43 / Salmo 117 / 1 Corintios 5, 6-8




Es el día de Pascua, paso de la muerte a la vida.

Evangelio según san Juan 20, 1–9  

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.

Reflexión:

¿Cuál es la Nueva Vida?

Parece que todo terminó con la pasión y muerte del Justo (Jesús), pero, no. El amor, tuvo y tiene la última palabra.

La Resurrección de Jesús, es el triunfo de la Vida sobre la muerte, de la Libertad, sobre la opresión.

Con su entrega total y su Resurrección, por amor a nosotros, Jesús da cabal cumplimento a su Palabra de salvarnos, para que tengamos la vida que vale la pena vivir.

Jesús, quien “pasó haciendo el bien” (1ª lectura), sanado gente, liberando a los oprimidos por el pecado y perdonándolos, triunfa sobre el mal, que provoca: opresión, sufrimiento, llanto, hambre, esclavitud.

Hoy, la Resurrección de Jesús, nos despierta y lanza a ser testigos de su triunfo, a salir y anunciar que sigue vivo, que su Buena Noticia y enseñanzas nos dan la vida que Él desea para nosotros. La Resurrección es llamado a la misión de hacer presente la vida, allí donde vivimos y trabajamos. Tendremos que salir de las dinámicas de muerte, que nos disminuyen e impiden, personal y comunitariamente, a vivir fraternalmente.

La Resurrección, para nosotros es signo de vida, que vence lo que nos la quita; volver a la vida es el proceso interior que reconoce, rechaza y vence el mal (pecado), que nos distancia de nosotros mismo, de los demás y de Dios.

En este tiempo de Pascua, de manera especial, habremos de poder reconocer la presencia viva del Resucitado, que se revelará en todo y en todos; al sintonizarnos con Él, podremos ver nuevas todas las cosas; poco a poco, en un proceso, que nos saca del duelo de muerte, para volver a encontrarnos con la vida, en lo cotidiano.

¡ FELIZ PASCUA !

¿Qué significa que la resurrección es un proceso?... ¿Porqué la Resurrección es misión?... ¿Cómo se diferencia la alegría de Cristo de la del mundo?...

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (Profundizar)

 Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor Ciclo A abril 5, 2026 
Hechos 10, 34.37-43 / Salmo 117 / 1 Corintios 5, 6-8


Evangelio según san Juan 20, 1–9  

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

   #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

«Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó».

Ayer, al inicio de la celebración de la Vigilia Pascual, en el atrio de la Iglesia de la Compañía en Arequipa, Perú, ardía un fuego que los sacristanes habían preparado; ardía con fuerza e iluminaba la noche. El templo, todo de piedra blanca, permanecía en total oscuridad; dentro, algunos fieles aguardaban a oscuras.

Fuera se bendijo el fuego: «¡Oh, Dios..., santifica este fuego nuevo!». Luego, el celebrante sostuvo el cirio pascual. «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega...», proclamó con voz fuerte el sacerdote, y lo encendió. Poco a poco, los presentes se acercaron a encender sus velas; unos a otros se pasaban la luz. Presididos por la luz del cirio pascual, ahora la luz de Cristo, los celebrantes nos dirigimos al templo que nos esperaba en total silencio y oscuridad. Entramos y, poco a poco, se iluminó. La luz de Cristo irradiaba desde la velita de cada fiel; algunos llegaban tarde y corrían a encender su vela para sumarse a esta iluminación colectiva que acababa con la oscuridad del templo y revelaba toda la belleza del recinto. La oscuridad se había disipado, y dos jóvenes acabaron con el silencio entonando con voces hermosas el Pregón Pascual: «Esta es la noche... ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!».

Cuántas realidades nuestras y del mundo nos hacen sentir como en un templo a oscuras; momentos de nuestras vidas, violencias, miedos y enfermedades que nos hacen permanecer envueltos en silencio y tinieblas. Permanecemos sin darnos cuenta de que otros están a nuestro lado, limitados y recogidos.

El Resucitado arde, y su fuego enciende el fuego de nuestros corazones; el fuego del Resucitado se contagia y es capaz de iluminarlo todo. 

En los momentos en los que permanecemos a oscuras, en los que ya no arde fuego en nuestro corazón; pero hasta donde estamos llega el fuego de Cristo: Él llega, otros nos lo llevan; nos encienden de nuevo y volvemos a tener luz. Reconocemos que no estamos solos, sino acompañados, y nuestros corazones, antes a oscuras, comienzan también a sumarse a la luz del Resucitado que lo ilumina todo, que disipa nuestros miedos, pacifica nuestros corazones y nos envía a construir la paz.

Que el Fuego Nuevo que se nos regala en esta Pascua permanezca en nuestro corazón, reavive y fortalezca nuestra esperanza, y nos movilice a la misión. ¡Feliz Pascua!

“No tengan miedo”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

El miedo es un sentimiento de angustia por un riesgo o daño real o imaginario. El miedo nos paraliza y bloquea. No somos capaces de superarlo si no desaparece la amenaza que tenemos delante. Cuando sentimos miedo, regresamos un poco a nuestra propia infancia, reviviendo situaciones en las que nos sentíamos indefensos ante situaciones que no éramos capaces de manejar o frente a las cuales nos sentíamos impotentes. Pero la única manera de superar el miedo es también recurriendo a las experiencias propias de la infancia: recordando momentos en los que nos hemos sentido acompañados, apoyados, respaldados, afirmados por alguien que nos inspiraba seguridad.

Recuerdo una historia que me contó alguna vez el Padre Luis Carlos Herrera: “Viajando de Lima a Río de Janeiro una noche de junio, se desató de improviso una tempestad entre las nubes densas del Mato grosso. Temblaba como una hoja el gigantesco aparato, en medio de fogonazos y relámpagos que causaban revuelo y nerviosismo entre todos los pasajeros. Yo leía El Relato de un Náufrago de García Márquez. Permanecí tranquilo en un primero momento, pero no fui capaz de seguir la lectura... Una niña, a mi lado, leía con pasmosa serenidad, recostada en su silla. Ni siquiera se ajustó el cinturón. Al arreciar la tormenta, le dijo la azafata: «¡Ponte el cinturón! ¿No te das cuenta del peligro en el que estamos en estos momentos?» La niña cerró el libro y dijo con tono sosegado: «Papá es el piloto. ¡Tranquila, señora, que él maneja muy bien!» Recordé las palabras de Jesús en la tormenta del lago: «¡Hombres de poca fe!» Al llegar a Río, al amanecer, no hubo ningún contratiempo. Bajamos apresurados la escalerilla... y vimos el abrazo y el beso de felicitación que la niña daba a su padre. Emocionados aplaudimos el hecho”.

“Pasado el día de reposo, cuando ya amanecía, el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron al sepulcro. De pronto hubo un fuerte temblor de tierra porque un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose al sepulcro, quitó la piedra que lo tapaba y se sentó sobre ella. El ángel brillaba como un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve. Al verlo, los soldados temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel dijo a las mujeres: – No tengan miedo. Yo sé que están buscando a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, sino que ha resucitado. Como dijo. Vengan a ver el lugar donde lo pusieron. Vayan pronto y digan a los discípulos: ‘Ha resucitado, y va a ir a Galilea antes que ustedes; allí lo verán’. Esto es lo que tenía que decirles.

Mientras las mujeres abandonaban rápidamente el sepulcro, llenas de miedo, pero con mucha alegría por la noticia que habían acabado de recibir, se encontraron con el Resucitado, que les dijo casi lo mismo: “– No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allá me verán”. Tal vez este sea el mensaje más importante que nos trae la Pascua: “No tengan miedo”. No se dejen vencer por las dudas, por la desconfianza, por el temor. Jesús se hará presente en su vida ordinaria, en la cotidianidad de Galilea. Jesús estará junto a nosotros en el trabajo, en la vida de familia, en el encuentro con la misión. Las situaciones que vivimos, muchas veces nos pueden llenar de miedo, pero la presencia del resucitado nos invita a confiar en su presencia constante. No podemos olvidar nunca que «Papá es el piloto y él maneja muy bien».

MISTERIO DE ESPERANZA

José Antonio Pagola

Creer en el Resucitado es resistirnos a aceptar que nuestra vida es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús, resucitado por Dios, intuimos, deseamos y creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el anhelo de vida, de justicia y de paz que se encierra en el corazón de la humanidad y en la creación entera.

Creer en el Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas contra el hecho de que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo ha conocido en esta vida miseria, humillación y sufrimientos, quede olvidada para siempre.

Creer en el Resucitado es confiar en una vida en la que ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que vienen en pateras llegar a su verdadera patria. Creer en el Resucitado es acercarnos con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, discapacitados físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión, cansadas de vivir y de luchar. Un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: «Entra para siempre en el gozo de tu Señor».

Creer en el Resucitado es no resignarnos a que Dios sea para siempre un «Dios oculto» del que no podamos conocer su mirada, su ternura y sus abrazos. Lo encontraremos encarnado para siempre gloriosamente en Jesús.

Creer en el Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no se perderán en el vacío. Un día feliz, los últimos serán los primeros y las prostitutas nos precederán en el reino.

Creer en el Resucitado es saber que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor o a lo que hemos renunciado por amor.

Creer en el Resucitado es esperar que las horas alegres y las experiencias amargas, las «huellas» que hemos dejado en las personas y en las cosas, lo que hemos construido con amor, quedará transfigurado. Ya no conoceremos la amistad que termina, la fiesta que se acaba ni la despedida que entristece. Dios será todo en todos.

Creer en el Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el libro del Apocalipsis pone en labios de Dios: «Yo soy el origen y el final de todo. Al que tenga sed, yo le daré gratis del manantial del agua de la vida». Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas, porque todo eso habrá pasado.

 

NO HAY ARGUMENTOS PARA LA RESURRECCIÓN

Fray Marcos

Estamos ante el misterio más profundo de nuestra religión, imposible de desvelar a través de conceptos. Es una osadía intentar explicarlo, sabiendo de antemano que la tarea es imposible. Lo más que puedo hacer es ayudaros a evitar errores.

Los relatos de apariciones de los evangelios pueden ser una trampa en la que, con gran facilidad caemos. No hablar de hechos reales, porque nada de lo que acontece puede llevar al sobrenatural. Lo que puedo ver no puede llevarme a lo trascendente.

Hoy la exégesis explica cómo debemos entender esos relatos. Nunca intentan decirnos que lo que vieron fue lo que cambió su visión de Jesús, al contrario, todos los textos nos quieren llevar a la vivencia interna que es donde descubrirás la Realidad.

Jesús había alcanzado la VIDA antes de morir. Y él fue consciente de ello. Él era el agua viva, dice a la Samaritana; Él había nacido del Espíritu, como pidió a Nicodemo; Él vive por el Padre; Él es la resurrección y la Vida. Ya en ese momento cuando habla con sus interlocutores, está en posesión de la verdadera Vida.

Salgamos de la trampa de entender la resurrección como la reanimación de un cadáver. Un instante después de la muerte, el cuerpo no es más que estiércol. La muerte devuelve al cuerpo al universo de la materia de una manera irreversible.

Jesús resucitó antes de morir, porque hizo suya la misma Vida de Dios mientras vivía esta vida biológica. Debo descubrir que estoy llamado a esa misma Vida. No tengo que esperar nada. Todo lo que necesito está dentro de mí y no me faltará nunca. Ni creencias ni ritos ni conducta moral pueden suplir esta actitud vital que se me exige.

A la Samaritana: el agua que yo le daré se convertirá en un surtidor que salta hasta la Vida eterna. A Nicodemo: Hay que nacer de nuevo; lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es Espíritu. También: El Padre vive y yo vivo por el Padre, del mismo modo el que me asimile, vivirá por mí. Yo soy la resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. Jesús no habla del más allá, sino en presente.

La liturgia de Pascua no está diciendo que, en cada uno de nosotros, hay zonas muertas que tenemos que resucitar. Debemos preocuparnos por la vida biológica, pero no olvidemos la verdadera Vida. Tenemos que estar muriendo todos los días y al mismo tiempo pasando de la muerte a la Vida. Si al celebrar la resurrección de Jesús no experimentamos una nueva Vida, es que nuestra celebración ha sido folclore.

La experiencia pascual de sus inmediatos seguidores consistió en darse cuenta de esta Vida de Jesús, descubriéndola en ellos mismos. Es inútil tratar de descubrir a Jesús resucitado y viviendo, si antes no descubrimos en nosotros esa misma Vida.

Esa toma de conciencia no puede llegar a través de explicaciones o argumentos teológicos. La razón no puede tener arte ni parte en este proceso. Para lo que nos puede servir la inteligencia es para superar los errores que nos impiden descubrirla.

En la medida que haga mía esa Vida, estoy garantizando mi resurrección. Por olvidar una cosa tan obvia, la religión nos ha metido en un enredo. Nadie me tiene que dar nada porque lo tengo todo. Descubrirlo y vivirlo es cosa mía. Si me dejo llevar por la corriente, nada conseguiré y el hedonismo me arrastrará en sus olas.

No te preocupes de lo que va a ser de ti cuando te mueras. Lo importante es vivir aquí y ahora esa VIDA. Todo lo que no sea trabajar en esa dirección será perder el tiempo. Solo permanecerá lo que en esta vida despliegue desde mi ser profundo.

 

Para profundizar

Cómo puede resucitar el que está vivo.

Jesús no estuvo muerto ni un instante.

Cambiemos el concepto de esa VIDA

Y cambiará la idea de la Pascua.

No hay sombra en un objeto si no le da la luz.

Podemos vivir en la sombra sin descubrir la luz.

Podemos vivir en la luz, sabiendo que la sombra está a la vuelta.

No podemos separar la muerte de la Vida,

Pero podemos olvidarnos de una de ellas.

No hay que pasar la muerte para vivir la Vida

Como nos han contado tantas veces.

La Vida es ya mi ámbito, aunque no la descubra.

La pascua no es un tiempo, es un estado,

En el que todos permanecemos siempre.

Muerte y resurrección caminan de la mano

Y nunca pueden separarse del todo.

Jesús había resucitado antes de muerto,

Pero no lo pudieron sospechar sus seguidores.

La experiencia pascual obró el milagro

Y fue una bendición para nosotros.

Gracias a ellos sabemos que está vivo

Y que esa misma Vida está en nosotros.

Si solo nos fijamos en él, seguimos muertos.

La Pascua atañe a cada uno en lo más hondo.

No hay nada que esperar cuando lo tienes todo.

Busca dentro de ti lo que celebras,

y todo cambiará radicalmente.

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor – A – (Reflexión)

 Domingo de Ramos de la Pasión del Señor Ciclo A marzo 29, 2026 
Isaías 50, 4-7 / Salmo 21 / Filipenses 2, 6-11




Con el Domingo de Ramos, iniciamos la Semana Santa, como un tiempo especial para recordar y acompañar a Jesús, tanto en su dolor más profundo como en su alegría más intensa …

Evangelio según san Mateo 21, 1–11 Procesión de las Palmas

Cuando se aproximaban ya a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, envió Jesús a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al pueblo que ven allí enfrente; al entrar, encontrarán amarrada una burra y un burrito con ella; desátenlos y tráiganmelos. Si alguien les pregunta algo, díganle que el Señor los necesita y enseguida los devolverá”.

Esto sucedió para que se cumplieran las palabras del profeta: Díganle a la hija de Sión: He aquí que tu rey viene a ti, apacible y montado en un burro, en un burrito, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron lo que Jesús les había encargado y trajeron consigo la burra y el burrito. Luego pusieron sobre ellos sus mantos y Jesús se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendía sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían a su paso. Los que iban delante de él y los que lo seguían gritaban: “¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!”

Al entrar Jesús en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. Unos decían: “¿Quién es éste?” Y la gente respondía: “Éste es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”.

Evangelio según san Mateo 26, 14–27, 66 Pasión de Nuestro Señor

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo…

NOTA: continúa leyendo el Evangelio completo en: https://tinyurl.com/PasionSegunSnMateo

 

Reflexión:

¿Quiénes son los “Cristos” de hoy?

En esta semana estaremos recordando, como después de tres años (aproximadamente) de predicar, enseñar y dar testimonio veraz, de la Buena Noticia del Reino de su Padre, Jesús llega a Jerusalén, centro religioso y político de Judea, la cual estaba ocupada militarmente por los romanos, para culminar su misión de: salvarnos.

Habremos de permitir que Cristo nos transforme, acampándolo en los últimos momentos de su vida terrena y en su manera de amar sin límites hasta el final. Entra en Jerusalén, humildemente, sobre un burro, en una escena contradictoria que presenta a un "rey-mendigo" en lugar de un monarca con carruajes poderosos; y nos invita a abrir las puertas de nuestra propia "Jerusalén" interior, derribando las murallas que resisten lo nuevo, para que Jesús habite en nosotros, aún en momentos de hostilidad en el entorno.

Cada día de esta semana, nos puede ayudar a comprender y vivir, como la la entrega y el servicio a los que sufren es el camino de la salvación; Jesús nos muestra y enseña cómo hacerlo. Cada uno tenemos que elegir como seguir a Jesús y colaborar junto con Él, como hacer redención, en nuestra vida. Reflexionemos, para cada día:

Domingo de Ramos: Llega a la Ciudad, como ofrenda, para nuestra salvación; quienes lo han escuchado y visto, en su empeño por sanar y restaurar la dignidad de las personas, lo vitorean: ¡Hosana, hosana! (Sálvanos ahora).

Lunes Santo: María de Betania, quien unge los pies de Jesús con un perfume costoso y los seca con sus cabellos. Este acto representa la generosidad pura y la profecía de la sepultura de Jesús, contrastando con la actitud calculadora y mezquina de Judas. ¿Qué tengo yo para ofrecer a Jesús?

Martes Santo: Ante la infidelidad de Judas, Jesús actúa con caridad y sin violencia, permitiendo que Judas entre en contacto con la maldad de su propio corazón. La reflexión sugiere que todos tenemos una parte de "Judas" que ofrece resistencia a la conversión y prefiere caminar en la oscuridad de los afectos desordenados. ¿Cómo permanecer fiel a Jesús?

Miércoles Santo: Se advierte que hoy en día también se puede "negociar" la vida de los pobres cuando se olvida la fraternidad. Es un momento para cuestionar el nivel de compromiso personal al participar del pan y del cáliz del Señor. ¿Por cuánto dinero traicionaría a una persona?

Jueves Santo: La grandeza de Jesús reside en gestos que salvan y restauran, estableciendo que el verdadero "poder es servicio". Se nos exhorta a los seguidores a descender hacia los hermanos que están solos, sin casa o sin salud. ¿A quiénes puedo tender una mano, para levantarlos?

Viernes Santo: Es el momento de la oscuridad y la crucifixión, donde Jesús se une a todos los humillados de la tierra. La cruz es presentada como un signo de amor y fidelidad absoluta ante la maldad del mundo. Se invita a contemplar al Crucificado como un ser libre que no se deja mover por el odio, y a depositar en su sepulcro nuestros propios dolores, pecados y falta de esperanza. ¿Quiénes son injustamente, los crucificados de hoy?

Sábado Santo: Este día representa el proceso de despertar de los sentidos tras el desánimo. Así como la piedra del sepulcro fue removida, se pide que la piedra del corazón sea arrancada para que entre la luz. Jesús invita a sus discípulos a ir a Galilea, lo que significa que no hay lugar para la venganza, sino para un nuevo comienzo en la fraternidad.

Parece que todo termina, pero, no. El amor, tiene la última palabra.

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP

Para profundizar: https://tinyurl.com/BN-SSA-260329

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor – A – (Profundizar)

Domingo de Ramos de la Pasión del señor Ciclo A marzo 29, 2026 
Isaías 50, 4-7 / Salmo 21 / Filipenses 2, 6-11


Evangelio según san Mateo 21, 1–11 Procesión de las Palmas

Cuando se aproximaban ya a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, envió Jesús a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al pueblo que ven allí enfrente; al entrar, encontrarán amarrada una burra y un burrito con ella; desátenlos y tráiganmelos. Si alguien les pregunta algo, díganle que el Señor los necesita y enseguida los devolverá”.

Esto sucedió para que se cumplieran las palabras del profeta: Díganle a la hija de Sión: He aquí que tu rey viene a ti, apacible y montado en un burro, en un burrito, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron lo que Jesús les había encargado y trajeron consigo la burra y el burrito. Luego pusieron sobre ellos sus mantos y Jesús se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendía sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían a su paso. Los que iban delante de él y los que lo seguían gritaban: “¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!”

Al entrar Jesús en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. Unos decían: “¿Quién es éste?” Y la gente respondía: “Éste es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”.

Evangelio según san Mateo 26, 14–27, 66 Pasión de Nuestro Señor

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo…

NOTA: continúa leyendo el Evangelio en: https://tinyurl.com/PasionSegunSnMateo

 

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

  Hernán Quezada, SJ 

«Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo», nos recuerda San Pablo hoy, al iniciar la Semana Santa. La Palabra nos coloca en las consecuencias de ese «despojarse», de ese volverse verdaderamente humano, de abrazar nuestra condición frágil y vulnerable. Esta es, quizás, la expresión más grande del poder de Dios: descender al grado de volverse vulnerable ante el pecado del mundo, ese pecado que vemos con mucha nitidez en nuestro tiempo, en la vacia vida de los poderosos que mienten y aniquilan para estar más arriba y tener más poder. Esa ruta destruye a quienes la recorren.

Quizás nosotros no estamos en las «grandes ligas», pero en nuestro entorno podríamos descubrirnos en la ridiculez de creer que, con la propuesta del mundo, encontraremos algún día sentido y felicidad.

La ruta nos la muestra Cristo, y no se trata de un camino de sufrimiento y humillación, sino de coherencia y lealtad con aquello de vivir en el amor. Vivir así tiene consecuencias, pero también resurrección.

Dios no quiere que su Hijo muera; Dios no quiere que nadie muera, quiere que vivamos en el amor. Vivir en el amor es vivir en la verdad, abrazar la justicia y trabajar por la reconciliación.

Dios nos recuerda que su camino, único, verdadero y auténtico, es desde abajo y en comunidad. Este Domingo de Ramos hay que empuñar bien la palma en la mano, hay que agitarla con júbilo y con la convicción de que queremos recibirlo.

#FelizDomingo  #DomingoDeRamos #SemanaSanta 

  “Guarda tu espada en su lugar”

  Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Contemplar el mundo desde la Pasión del Señor, especialmente cuando estamos todos conmocionados por una enorme crisis planetaria producida por las guerras, que no terminan nunca y se reproducen en distintos rincones del mundo, la crisis climática, las crisis económicas y otros fenómenos globales, nos invita a preguntarnos por el origen de la fuerza salvífica de esa Pasión en nuestra propia historia. Tal vez no haya que dar muchas vueltas y resumir el mensaje que Dios nos regala en la Pasión de Jesús diciendo que no podemos vencer el mal haciendo el mal. Que la violencia no puede ser vencida con más violencia.

Después de unos años críticos en los que bajó la intensidad de muchos conflictos que enfrentaban a pueblos y naciones, así como las diferencias y tensiones entre personas particulares. Estábamos concentrados en combatir un enemigo nuevo que nos atacaba a todos por igual. Nos sentimos, de alguna manera, unidos en una nueva cruzada por una amenaza que no tiene distingue credos, grupos sociales, razas ni convicciones políticas. La situación generada por la pandemia a comienzos del año 2020, nos unió en cierto modo. Esperábamos que la humanidad saliera fortalecida de este cataclismo y aprendiera que lo único que nos puede salvar son las dinámicas de apoyo, de colaboración y los esfuerzos compartidos por hacer que todos tengamos vida y salud. Pero no ha sido así.

No quiero ser pesimista, pero pasados los años, volvimos a caer en la dinámica de la ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente, olvidando que la violencia no se combate con la violencia y que la derrota del enemigo no puede ser el cimiento de una paz duradera. Y allí es donde viene el mensaje de la Pasión del Señor, que pone en duda lo que normalmente pensamos que es más eficaz para combatir el mal. Jesús nos enseña que la paz no se construye con la guerra: “Todos los que pelean con la espada, también a espada morirán”, decía Jesús en Getsemaní al ser arrestado. No fue fácil dar este paso ni es fácil hoy levantar esta bandera cuando vivimos tiempos de guerra y aparecen enemigos por todos lados. Pero no podemos olvidar a Erasmo de Rotterdam cuando decía que la guerra era dulce sólo para el que no la ha probado.

Leyendo la Pasión del Señor según San Mateo, ha vuelto a rechinar en mi interior una pieza que no acaba nunca de ajustarse en todo el engranaje de la vida de Jesús: ¿Por qué no huyó ante la inminencia de la muerte? “Después del beso de Judas Jesús le contestó: –Amigo, adelante con tus planes”. ¿Por qué no se defendió con la fuerza? Después de que “uno de los que estaban con Jesús sacó su espada y le cortó una oreja al criado del sumo sacerdote, Jesús le dijo: –Guarda tu espada en su lugar” ¿Por qué no se defendió ante Caifás? “Entonces el sumo sacerdote se levantó y preguntó a Jesús: –¿No contestas nada? ¿Qué es esto que están diciendo contra ti? Pero Jesús se quedó callado”. ¿Por qué no se defendió ante Pilato? “Mientras los jefes de los sacerdotes y los ancianos lo escuchaban, Jesús no respondió nada. Por eso Pilato le preguntó: –¿No oyes todo lo que están diciendo contra ti? Pero Jesús no le contestó ni una sola palabra”.

El silencio de Jesús, la actitud paciente frente a la burla, la difamación, el insulto, los golpes, la tortura, la muerte violenta, todavía nos escandalizan. Con razón él decía: “Todos ustedes van a perder su fe en mi esta noche”. ¿Quién no? Lo que hace Jesús sobrepasa nuestras posibilidades. ¿Quién está preparado para seguir esta propuesta hoy? ¿Quién cree que entregar la vida es más eficaz que imponerse y dominar a otros? ¿Quién está dispuesto a defender que la pasión de un justo es una fuente de salvación para toda la humanidad? Cualquiera entiende hoy ese versículo de Mateo al final del arresto de Jesús: “En aquel momento, todos los discípulos dejaron solo a Jesús y huyeron”. Ojalá pudiéramos tener la dicha de no escandalizarnos de la Pasión del Señor y él mismo nos concediera la gracia que le regaló al capitán romano que fue testigo de esta tragedia, para poder decir con él: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

 SEGUIR A JESÚS CONDUCE A LA CRUZ

 José Antonio Pagola

Estamos tan familiarizados con la cruz del Calvario que ya no nos causa impresión alguna. La costumbre lo domestica y lo «rebaja» todo. Por eso es bueno recordar algunos aspectos demasiado olvidados del Crucificado.

Empecemos por decir que Jesús no ha muerto de muerte natural. Su muerte no ha sido la extinción esperada de su vida biológica. A Jesús lo han matado violentamente. No ha muerto tampoco víctima de un accidente casual ni fortuito, sino ajusticiado, después de un proceso llevado a cabo por las fuerzas religiosas y civiles más influyentes de aquella sociedad.

Su muerte ha sido consecuencia de la reacción que provocó con su actuación libre, fraterna y solidaria con los más pobres y abandonados de aquella sociedad.

Esto quiere decir que no se puede vivir el evangelio impunemente. No se puede construir el reino de Dios, que es reino de fraternidad, libertad y justicia, sin provocar el rechazo y la persecución de aquellos a los que no interesa cambio alguno. Imposible la solidaridad con los indefensos sin sufrir la reacción de los poderosos.

Su compromiso por crear una sociedad más justa y humana fue tan concreto y serio que hasta su misma vida quedó comprometida. Y, sin embargo, Jesús no fue un guerrillero, ni un líder político, ni un fanático religioso. Fue un hombre en el que se encarnó y se hizo realidad el amor insondable de Dios a los hombres.

Por eso ahora sabemos cuáles son las fuerzas que se sienten amenazadas cuando el amor verdadero penetra en una sociedad, y cómo reaccionan violentamente tratando de suprimir y ahogar la actuación de quienes buscan una fraternidad más justa y libre.

El evangelio siempre será perseguido por quienes ponen la seguridad y el orden por encima de la fraternidad y la justicia (fariseísmo). El reino de Dios siempre se verá obstaculizado por toda fuerza política que se entienda a sí misma como poder absoluto (Pilato). El mensaje del amor será rechazado en su raíz por toda religión en la que Dios no sea Padre de los que sufren (sacerdotes judíos).

Seguir a Jesús conduce siempre a la cruz; implica estar dispuestos a sufrir el conflicto, la polémica, la persecución y hasta la muerte. Pero su resurrección nos revela que, a una vida crucificada, vivida hasta el final con el espíritu de Jesús, solo le espera resurrección. 

   LOS TEXTOS NO DICEN LO QUE PASÓ EN LA PASIÓN

 Fray Marcos

La exégesis ha obligado a cambiar de mentalidad. Hoy sabemos que los evangelios no relatan sucesos, sino la cristología de los seguidores de Jesús. Los evangelios no pretenden informarnos de los hechos sino convencernos de que Jesús es el ‘Mesías’.

Con frecuencia se inventan los hechos para facilitar la interpretación. Cada vez que leemos la frase “esto sucedió para que se cumpliesen la Escrituras”, quiere decir: tuvo que pasar así porque lo dice la Biblia. Si los cuatro evangelios se parecen tanto en la pasión se debe a que el relato fue el primero del que todas las tradiciones participaron.

Con los datos que tenemos no podemos pensar en una entrada triunfal. Si era política, no lo hubiera permitido Roma. Si era religiosa, no lo hubiera permitido el Templo. No cabe duda de que algo pasó, pero no debemos imaginarlo como un acto espectacular sino como un acto profético de un pequeño grupo que llegaban en ambiente festivo.

Con relación a la muerte, seguir hablando de la muerte de Jesús como condición para que Dios nos perdone es la negación del Dios de Jesús. Esa manera de explicar el sentido de la muerte de Jesús nos mete por un callejón sin salida. La muerte de Jesús, desvinculada de su predicación y de su vida no tiene el más mínimo significado.

Tampoco fue el requisito para llegar a la gloria. El domingo veíamos que la muerte no quita ni añade nada a la verdadera Vida. Jesús murió por ser fiel a sí mismo y a Dios. Jesús nos enseña que amar como Dios ama, es más importante que conservar la vida biológica. No murió para que Dios nos amara, sino para demostrar que Dios es amor.

La muerte de Jesús no se puede separar de su denuncia de la injusticia en nombre de Dios. Su cercanía a los excluidos fue su mensaje fundamental. Esta actitud resultó inaguantable para los que solo buscaban su interés y mantener sus privilegios.

No sabemos casi nada de las circunstancias de la muerte de Jesús. En la Biblia no podemos encontrar nada sobre Jesús porque su figura desborda absolutamente todo lo que pudieron pensar de él antes de que apareciera con su novedosa predicación.

Hoy sabemos los motivos que llevaron a los jefes religiosos y a Pilato a deshacerse de Jesús, y en ambos casos eran motivos egoístas y pragmáticos. Ni el Sanedrín ni Pilato pensaban en otra cosa que en liberarse de un ser humano muy peligroso.

Debemos descubrir la presencia de Dios en nuestro sufrimiento, en nuestra misma muerte. No podemos seguir buscando nuestra plenitud en el triunfo y en la gloria. Seguimos pensando que el dolor y la muerte son incompatibles con Dios. Un Dios que no nos dé seguridades y garantice la permanencia del yo, no nos interesa.

Una parte de nosotros está con los dirigentes judíos y no quiere saber nada del dolor y de la muerte. Otra parte de nosotros se siente atraída por ese hombre que viene a manifestar la verdadera Vida. En el fondo de nosotros mismos, algo nos dice que Jesús tiene razón, pero despegarnos de nuestro “yo” sigue siendo una meta inalcanzable.

Jesús no murió por nuestros pecados, sino por nuestra imbecilidad. Pablo nos metió por ese callejón sin salida en el que seguimos atollados. Como en el caso de otras interpretaciones, la culpa la tiene un apego demasiado literal a la Escritura. Para un judío los sacrificios en el templo eran la única manera de escapar a la ira de dios.

Hacer de la muerte de Jesús el sacrificio definitivo a Dios era matar dos pájaros de un tiro. Por una parte, se mantenía la exigencia por parte de Dios de la servidumbre. Por otra, se ponía a Jesús como el culmen de todas las aspiraciones del pueblo judío.

 

 

jueves, 19 de marzo de 2026

V Domingo de Cuaresma – Ciclo A – (Profundizar)

 V Domingo de Cuaresma Ciclo A marzo 22, 2026 
Ezequiel 37, 12-14 / Salmo 129 / Romanos 8, 8-11


Evangelio según san Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”.

Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la luz”.

Dijo esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo”. Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con él”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: “Ya vino el Maestro y te llama”. Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar allí y la siguieron.

Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”

Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra.

Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

  #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

En este V domingo de Cuaresma, la Palabra nos propone una imagen: estar dentro de una tumba. Y es que el pecado, aunque estemos vivos, nos hace estar muertos.

El pecado es la lápida que sella nuestra tumba, y dentro de la tumba nos sentimos solos, atrapados, y nos vamos descomponiendo poco a poco. Dentro de la tumba todo es oscuridad. ¿Cómo se llama ese "pecado-lápida" que te mantiene dentro? ¿Miedo, soberbia, rencor, desconfianza, avaricia? ¿Cómo se llama eso que te impide vivir con plenitud?

Pero la buena noticia que nos da la Palabra es que Dios no nos quiere muertos; Él nos quiere vivos: "Yo mismo abriré sus sepulcros y los sacaré de ellos", "pondré mi Espíritu en ustedes y vivirán".

Clamando en este domingo junto con el salmista: "Desde lo hondo grito, Señor", escucha hoy a Jesús pararse frente a tu tumba y gritar con fuerza (llamándote por tu nombre): ¡________, sal de ahí!

Hermanos, hermanas, nosotros no estamos sujetos a la carne, sino al Espíritu, y el Espíritu de Dios habita en nosotros. Salgamos fuera, que esta Cuaresma sea el tiempo para salir de "la tumba" y vivir de nuevo.

#FelizDomingo

“Jesús, al ver llorar a María (...) se conmovió profundamente”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

¡Qué fácil resultan las cosas cuando se quiere! Detrás de todo lo valioso e importante en esta vida, hay historias de amor que no conocemos. Normalmente, vemos los resultados y nos llenamos de admiración al reconocer la inmensidad de las obras de hombres y mujeres a lo largo y ancho de este mundo: Obras de arte, gestas revolucionarias, grandes construcciones, proyectos de desarrollo, acciones a favor de los demás... Detrás de todo ello había trabajando un motor inmóvil, un dinamismo creador, salvador y liberador que no se explica con palabras sino con obras; que no se contenta con los buenos deseos sino que pasa a las acciones; que no sólo opina sobre lo que debe cambiar, sino que transforma la realidad: ¡Este motor del mundo, que mueve sin ser movido, es el amor!

Recordarán ustedes la historia que salió hace unos años en una de las páginas del calendario del Corazón de Jesús que hablaba de una niña que iba caminando por un sendero pedregoso llevando a cuestas a su hermanito. “Me quedé mirándola y le pregunté: –¿Cómo puedes llevar una carga tan pesada? La niña volvió hacia mí sus ojos llenos de sorpresa y me respondió: –No es una carga, señor, es mi hermanito".

Por todas partes, en el texto en el que san Juan nos relata la resurrección de Lázaro, salta a la vista el cariño que Jesús sentía hacia esta familia de Betania: “tu amigo está enfermo”; “Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro, cuando le dijeron que Lázaro estaba enfermo se quedó dos días más en el lugar donde se encontraba. Después dijo a sus discípulos: – Vamos otra vez a Judea”; “Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se conmovió profundamente y se estremeció, y les preguntó: – ¿Dónde lo sepultaron? Le dijeron: – Ven a verlo Señor. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron entonces: – ¡Miren cuánto lo quería!”. “Jesús, otra vez conmovido, se acercó a la tumba. Era una cueva, cuya entrada estaba tapada con una piedra. Jesús dijo: – Quiten la piedra”. Y más adelante, la bella oración que Jesús dice delante de la tumba de su amigo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo digo por el bien de esta gente que está aquí, para que crean que tú me has enviado. Después de decir esto, gritó: – ¡Lázaro, sal de ahí!”

Sólo desde el amor se explica que el Señor Jesús haya querido ir a Judea donde hacía poco habían tratado de matarlo a pedradas. Sólo desde el amor pudieron los discípulos decir: “Vamos también nosotros, para morir con él”. Sólo desde el amor se explica ese bendito grito de Jesús ante la tumba de su amigo: “¡Lázaro, sal de ahí!” Sólo desde el amor se entiende que “El muerto salió, con las manos y los pies atados con vendas y la cara envuelta en un lienzo”.

Si nos dejamos mover por esa fuerza misteriosa del amor que bulle allí en nuestro interior, daremos vida a los cadáveres y seremos capaces, también hoy, de asumir nuestra misión estando incluso dispuestos a ‘morir con él’. La Cuaresma es un tiempo para crecer en este amor que mueve montañas. Vivamos esta experiencia del amor que Dios nos regala en la persona de Jesús y pidámosle que seamos capaces de sacar de su tumba a los muertos o por lo menos, sintamos la fuerza para echarnos al hombro a nuestro hermanito.

NUESTROS MUERTOS VIVEN

José Antonio Pagola

El adiós definitivo a un ser muy querido nos hunde inevitablemente en el dolor y la impotencia. Es como si la vida entera quedara destruida. No hay palabras ni argumentos que nos puedan consolar. ¿En qué se puede esperar?

El relato de Juan no tiene solo como objetivo narrar la resurrección de Lázaro, sino, sobre todo, despertar la fe, no para que creamos en la resurrección como un hecho lejano que ocurrirá al fin del mundo, sino para que «veamos» desde ahora que Dios está infundiendo vida a los que nosotros hemos enterrado.
Jesús llega «sollozando» hasta el sepulcro de su amigo Lázaro. El evangelista dice que «está cubierto con una losa». Esa losa nos cierra el paso. No sabemos nada de nuestros amigos muertos. Una losa separa el mundo de los vivos y de los muertos. Solo nos queda esperar el día final para ver si sucede algo.
Esta es la fe judía de Marta: «Sé que mi hermano resucitará en la resurrección del último día». A Jesús no le basta. «Quitad la losa». Vamos a ver qué es lo que sucede con el que habéis enterrado. Marta pide a Jesús que sea realista. El muerto ha empezado a descomponerse y «huele mal». Jesús le responde: «Si crees, verás la gloria de Dios». Si en Marta se despierta la fe, podrá «ver» que Dios está dando vida a su hermano.

«Quitan la losa» y Jesús «levanta los ojos a lo alto», invitando a todos a elevar la mirada hasta Dios, antes de penetrar con fe en el misterio de la muerte. Ha dejado de sollozar. «Da gracias» al Padre porque «siempre lo escucha». Lo que quiere es que quienes lo rodean «crean» que es el Enviado por el Padre para introducir en el mundo una nueva esperanza.

Luego «grita con voz potente: Lázaro, sal afuera». Quiere que salga para mostrar a todos que está vivo. La escena es impactante. Lázaro tiene «los pies y las manos atados con vendas» y «la cara envuelta en un sudario». Lleva los signos y ataduras de la muerte. Sin embargo, «el muerto sale» por sí mismo. ¡Está vivo!

Esta es la fe de quienes creemos en Jesús: los que nosotros enterramos y abandonamos en la muerte viven. Dios no los ha abandonado. Apartemos la losa con fe. ¡Nuestros muertos están vivos!

 

SI AÚN TE PREGUNTAS SI LÁZARO RESUCITÓ FÍSICAMENTE ES QUE ESTÁS MUERTO

Fray Marcos

Agua, luz, vida. Son tres grandes metáforas que intentan lanzarnos más allá de toda lógica. Si nos empeñamos en seguir entendiéndolas al pie de la letra, estamos distorsionando el texto y nos quedamos en ayunas del verdadero mensaje.

Todo es simbólico. Familia de hermanos, la nueva comunidad. Jesús integrado en el grupo por su amor a cada uno. Unos miembros de la comunidad se preocupan por la salud de otro. La falta de lógica del relato nos obliga a salir de la literalidad.

Si nos preguntamos si Lázaro resucitó físicamente, es que seguimos muertos. La alternativa no es, esta vida aquí abajo u otra vida después, pero continuación de esta. La alternativa es: vida biológica sola, o Vida definitiva durante esta vida física, pero más allá de ella. Que Lázaro resucite para volver a morir no tiene sentido. ningún otro escrito del NT, mencione un hecho tan espectacular.

Yo soy la resurrección y la Vida. Jesús no vino a prolongar la vida física, vino a comunicar la Vida de Dios. Esa Vida anula los efectos catastróficos de la muerte biológica. Ante el hecho de la muerte natural, la Vida que sigue, aparece como renovación de la vida que termina. En realidad, es la única y verdadera Vida.

Jesús corrige la concepción de “resurrección del último día”, que Marta compartía con los fariseos. Para Juan, el último día es el día de la muerte de Jesús, en el cual, con el don del Espíritu, la creación del hombre queda completada. Es una pena que seguimos con la fe para el más allá, que Jesús declara insuficiente.

¿Dónde le habéis puesto? Indica que son ellos los que colocaron a Lázaro en el sepulcro, lugar de muerte sin esperanza. El sepulcro no es el lugar propio de los que han dado su adhesión a Jesús. Al decirles: “Quitad la losa”. Jesús pide a la comunidad que se despoje de su creencia. Los muertos no tienen por qué estar separados de los vivos. Los muertos pueden estar vivos y los vivos, muertos.
Ya huele mal. La trágica realidad de la muerte se impone. Marta sigue pensando que la muerte es el fin. Jesús quiere hacerle ver que no es el fin; pero también que sin “muerte” no se puede alcanzar la verdadera Vida. La muerte deja de ser el horizonte último de la vida cuando se asume. Nadie queda dispensado de morir.

Al quitar la losa, desaparece la frontera entre muertos y vivos. La losa no dejaba entrar ni salir. Era la señal del punto y final de la existencia. La pesada losa de piedra ocultaba la presencia de la Vida más allá de la muerte. Jesús sabe que Lázaro había aceptado la Vida antes de morir, por eso ahora sigue viviendo.
¡Lázaro, ven fuera! El sepulcro donde le habían colocado, no era el lugar donde debía estar. El creyente no está destinado al sepulcro porque sigue viviendo. Los destinatarios del grito son ellos, no Lázaro. ¡Acceded todos a la verdadera vida!

Salió el muerto con las piernas y los brazos atados. El ser humano, que no nace a la nueva Vida, permanece atado de pies y manos, imposibilitado para crecer como tal. Una vez más es imposible entender la frase literalmente. ¿Cómo pudo salir, si tenía los pies atados? Parecía un cadáver, pero estaba vivo.

Lázaro ostenta todos los atributos de la muerte, pero sale él mismo porque está vivo. La comunidad tiene que tomar conciencia de su nueva situación. Son ellos los que lo han atado y ellos son los que deben soltarlo. No devuelve a Lázaro al ámbito de la comunidad, sino que le deja en libertad. Ahora ellos, sabiendo que morir no significa dejar de vivir, podrán entregar su vida como Jesús.


Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (Reflexión)

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