Hernán
Quezada, SJ No somos los de las leyes, somos los del amor.
En más de alguna ocasión algún fiel en el confesionario me ha pedido «la lista de pecados», algo así como una lista de cosas que no debe hacer. En estas listas parece expresarse una llamada a vivir desde la prohibición: no hagas, no digas, no veas, no, no, no. Es una pesada e infantil moralidad del NO. Quien vive con esta moralidad, vive asustado y doblado con el peso de los NO.
Hoy el Evangelio coloca lo fundamental de nuestra llamada, nos recuerda que nuestra moral está fundada en un SÍ: ¡Ama! Hay que vivir amando, vivir en el amor; y porque amamos, no violentamos, no lastimamos, no arrebatamos; porque quien ama busca siempre vivir respondiendo a la moral fundada en el amor al prójimo y a Dios.
Suelo proponer, para un buen examen de conciencia, la pregunta: ¿Amé? ¿En dónde, con quién fui miserable en el amor?
Vivir con la moral del SÍ nos hace hombres y mujeres maduros, responsables y conscientes, que buscan en todo, con todos y todas, en cualquier momento, vivir en el amor.
#FelizDomingo
“¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley?”
En la manija interior de la puerta de mi cuarto, hay una tirita de papel, colgada de un trozo de lana roja, que tiene escritas dos frases. Por un lado, dice: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Y por el otro, dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Ya está un poco deteriorada, pero me ha acompañado por los lugares donde he vivido en los últimos años.
Recordando la sugerencia del libro del Deuteronomio que decía: “Lleva estos mandamientos atados en tu mano y en tu frente como señales, y escríbelos también en los postes y en las puertas de tu casa” (Dt. 6, 8-9), le propuse, hace muchos años, a los niños y niñas de Mejorada del Campo, una pequeña población a las afueras de Madrid, España, que ataran estos lazos de lana con la tirita de papel en sus muñecas y que luego la colocaran en las puertas de sus cuartos. Los niños salieron felices de la misa con sus pulseras de lana y, estoy seguro de que compartieron con sus familias lo que habían descubierto en la Eucaristía ese día.
El sentido del compartir dominical con estos niños y niñas, que asisten todavía hoy a la Eucaristía dominical, era que se trataba de dos leyes inseparables. Como la cara y el sello de una moneda. Es imposible separarlas. Si llevas una, tienes que llevar la otra; pues, “si alguno dice: «Yo amo a Dios», y al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso. Pues si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn. 4, 20).
Cuando los fariseos le preguntan a Jesús, “para tenderle una trampa”, “¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?”, no se imaginaban que Jesús les iba a dar un compendio de “toda la ley y de las enseñanzas de los profetas”. Para Jesús estos dos mandamientos son muy “parecidos” ... No son dos, sino uno mismo.
Siempre que cierro la puerta de mi cuarto, por las noches, antes de descansar, reviso el día que ha pasado y me detengo en estos dos mandamientos, inseparables, que nos recuerda Jesús en el Evangelio de este domingo. Revisarnos sobre el amor a Dios y al prójimo supone dos dinámicas simultáneas que no podemos nunca separar, tal como lo expresa Benjamín González Buelta, SJ, en uno de sus poemas:
“Soy la misma relación en todo encuentro.
Si en verdad soy contigo fuego,
con sólo abrir los ojos y dar un paso,
no seré con el hermano, hielo”.
EL AMOR LO ES TODO
Los
judíos llegaron a contar hasta seiscientos trece mandamientos que debían ser
observados para cumplir íntegramente la Ley. Por eso no era extraño en los
círculos rabínicos hacerse preguntas como la que plantean a Jesús en un intento
de buscar lo esencial: ¿qué mandamiento es el primero de todos?
Jesús
responde de manera clara y precisa: «El primero es: “Amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. El segundo es este:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
¿Cómo escuchar hoy estas palabras fundamentales de Jesús?
Hay
algo que se nos revela con toda claridad: el amor lo es todo. Lo que se nos
pide en la vida es amar. Ahí está la clave. Podremos luego sacar toda clase de
consecuencias y derivaciones, pero lo esencial es vivir ante Dios y ante los
demás en una actitud de amor. Si pudiéramos actuar siempre así, todo estaría
salvado. Nada hay más importante que esto, ni siquiera la práctica de una
determinada religión.
Pero,
¿por qué el amor es la fuerza que da sentido, verdad y plenitud a la vida? Esta
centralidad del amor se arraiga, según la fe cristiana, en una realidad: Dios,
el origen de toda vida, él mismo es amor. Esa es la definición osada e
insuperable de la fe cristiana: «Dios es amor» (1 Juan 4,8). Por decirlo de
alguna manera, aunque sea deficiente, Dios consiste en amar; Dios no sabe, no
quiere y no puede hacer otra cosa que amar. Podemos dudar de todo, pero de lo
que no hemos de dudar nunca es de su amor.
Precisamente
por esto, amar a Dios es encontrar nuestro propio bien. Lo que da verdadera
gloria a Dios no es nuestro mal, sino nuestra vida y plenitud. Quien ama a Dios
y se sabe amado por él con amor infinito aprende a mirarse, estimarse y
cuidarse con verdadero amor. Qué fuerza y dinamismo genera en nosotros esta
peculiar manera de entendernos. Cuántos miedos y angustias se diluyen dentro de
nosotros. Qué diferente es la vida cuando la persona aprende a decir: «Señor,
que se haga tu voluntad, porque así se va forjando también mi bien».
Por
otra parte, es entonces cuando se comprende en su verdadera profundidad el
segundo mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Quien ama a Dios
sabe que no puede vivir en una actitud de indiferencia, despreocupación u
olvido de los demás. La única postura humana ante cualquier persona que
encontremos en la vida es amarla.
Esto
no significa que se haya de vivir de la misma forma la intimidad con la esposa,
la relación con el cliente o el encuentro fortuito con alguien en la calle. Lo
que se nos pide es actuar, en cada caso, buscando positivamente el bien que
queremos para nosotros mismos. En unos tiempos en que parece cuestionarse todo,
es bueno recordar que hay algo incuestionable: el hombre es humano cuando sabe
vivir amando a Dios y a su prójimo.
EL
AMOR EN DIOS NO ES RELACIÓN SINO IDENTIFICACIÓN,
EL
AMOR A DIOS ES VIVIR SU AMOR.
Fray Marcos
La
mayoría consideraba que todos los mandamientos tenían la misma importancia.
Otros defendían que guardar el sábado era el primero. La mayoría, que el amor a
Dios era el principal. A nadie se le había ocurrido que el principal
mandamiento, eran dos.
Jesús
hace referencia al (Lev 19,18) pero elimina la primera parte que dice: “no
guardarás rencor ni tomarás venganza de los hijos de tu pueblo”. Deja claro
quién es el prójimo. La originalidad de Jesús está en unir los dos
mandamientos, dejándolos convertidos en uno.
Se
trata de una identificación en toda regla, que, además, prepara el terreno a
Juan para poder decir con rotundidad: un mandamiento nuevo os doy, que os améis
unos a otros como yo os he amado (Jn 13,34). Es el mandamiento nuevo, que
convierte la Ley en vieja.
El
valor absoluto de la persona es la originalidad de Jesús. Hasta entonces el
individuo no contaba más que como perteneciente al grupo. Lo único que
interesaba era la manifestación del amor, no el amor mismo. De ese modo, el
precepto recaía sobre las manifestaciones.
El
concepto de “prójimo” es modificado por Jesús de manera sustancial. Para un
judío, prójimo era el que pertenecía al pueblo y, a lo sumo, el prosélito.
Jesús desbarata esa barrera y postula que todos somos exactamente iguales para
Dios. El cristianismo no ha sabido trasmitir esta idea de igualdad y hemos
seguido creyéndonos privilegiados.
La
exigencia de Jesús no es con relación a Dios sino con relación al hombre. Si
proponemos los mandamientos como marco de convivencia es que no hemos entendido
el mensaje de Jesús. S. Agustín dijo: Ama y haz lo que quieras. Y Pablo: Quien
ama ha cumplido el resto de la Ley. No se trata de una nueva Ley, sino de hacer
inútil toda ley.
El
“como a ti mismo” es también superado por Jesús: “como yo os he amado”
necesitaría un comentario más extenso. Únicamente diré que el amor solo se
puede dar entre iguales. Si considero superior o inferior al otro, mi relación
con él nunca será de amor. Lo que me pide Jesús es que quiera para los demás
todo lo que estoy deseando para mí.
Una
vez más tenemos que resaltar la imposibilidad de aceptar el mensaje de Jesús
sin abandonar la idea de Dios del AT. Esta es la trampa en la que cayeron los
primeros cristianos que eran todos judíos. Aquí está la clave para entender
tantas aparentes contradicciones en los evangelios. Lo que pide Jesús es más de
lo que puede enseñar una religión.
La
excesiva fidelidad a la institución nos impide alcanzar el mandamiento nuevo.
Por eso Jesús criticó tan duramente las instituciones religiosas de su tiempo
(Templo, Ley, culto); se habían convertido en un obstáculo para llegar al
hombre. A Dios no se le puede amar directamente ni mucho ni poco. Dios no es un
sujeto con el que me pueda relacionar.
No
es nada distinto de mí. Amar a Dios y amar al prójimo es un único acto. Dios y
el prójimo no se pueden separar. Tampoco Dios puede amar a sus criaturas porque
no son nada fuera de Él. Demuestro que estoy abierto al Amor si amo a todos. Si
dejo de amar a una persona, puedo estar seguro de que lo que me mueve no es
amor, sino egoísmo o programación.
El
amor no responde a necesidad alguna de mi ego. Acontece en la profundidad del
ser, incluyendo todos sus aspectos. Es el único camino para un crecimiento
armónico del ser, impidiendo que la parte material y biológica se imponga y
arrastre a la parte espiritual. El superar el egoísmo no significa una renuncia
a nada sino plenitud de humanidad.
En
nosotros el amor es una cualidad que podemos tener o no tener, permaneciendo en
el ser. En Dios el amor-unidad es su esencia. Pero resulta que nuestro amor a
Dios consiste en tomar conciencia del amor de Dios a nosotros y vivirlo como
nuestro verdadero ser.