Hechos
6, 1-7 / Salmo 22 / 1 Pedro 2, 4-9
Evangelio
según san
Juan 14, 1-12
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "No pierdan la
paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas
habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora
voy a prepararles un lugar. Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar,
volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y
ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy".
Entonces Tomás le dijo: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo
podemos saber el camino?" Jesús le respondió: "Yo soy el camino, la
verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a
mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto".
Le dijo Felipe: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos
basta". Jesús le replicó: "Felipe, tanto tiempo hace que estoy con
ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre. ¿Entonces por
qué dices: 'Muéstranos al Padre'? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el
Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia
cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo
estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las
obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará
aun mayores, porque yo me voy al Padre".
Para profundizar:
Reflexiones
Buena Nueva
#Microhomilia
Hernán
Quezada, SJ
«Yo soy el camino, la verdad y la vida», escuchamos exclamar a Jesús hoy en el Evangelio. Y esa es una frase a la que todos los amigos y amigas de Jesús hemos de recurrir en los momentos complejos, de elección y de discernimiento en nuestra vida. Y es que, cuando no nos queda claro cómo, por dónde o qué, esta afirmación de Jesús ha de sonar fuerte en nuestra mente y corazón, transformada en un: «¿Qué haría Jesús en mi lugar?».
En los momentos en los que se nos antoja «tirar la toalla», decir algunas verdades o saborear un buen bocadillo de venganza, pero en nuestro corazón se enciende la «alarma» de la incomodidad y perdemos la paz; es entonces cuando nos detenemos y ponemos en práctica esto de hacer lo que Él haría, decir lo que Él diría y creer lo que Él creería. Así, contra toda lógica del mundo, e incluso la propia, actuamos de un modo que nos devuelve la paz, nos construye y nos llena de esperanza.
Finalmente, no olvidemos lo que nos anuncia Pedro hoy: somos piedras rechazadas por los hombres, pero elegidas y preciosas para Dios; piedras vivas llamadas a ser parte de la construcción. A quien el mundo rechaza, Dios lo convierte en piedra angular de su templo. Dios nos mira como a una piedra hermosa, nos elige y llama, confía en nosotros y espera proezas maravillosas en el regalo de su amor.
Pero ahí tenemos el primer desafío o llamada: quiere que tengamos esa misma mirada, «ese modo», hacia los demás. ¿A qué te invita el Señor hoy? Siente cómo te mira: como a su «piedra preciosa», amada, cuidada y deseada.
#FelizDomingo
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”
Cada vez que nace un niño o una niña, la gente va a visitar a los nuevos padres, que se alegran de una vida nueva que llega al mundo. El comentario que no puede faltar nunca en este tipo de visitas es: “Igualito al papá”... “Tiene la misma nariz de la mamá”... “Cómo se parece al abuelo”... “sacó los mismos cachetes de la abuela”... Las mujeres son más capaces de encontrar estas similitudes que, muchas veces, a los hombres nos parecen exageraciones propias de la sensiblería. No voy a entrar a dirimir quién tiene la razón, pero sí creo que es “normal” que los hijos y las hijas se parezcan a su papá y a su mamá... Eso es lo menos que se puede esperar...
Van pasando los años y, efectivamente, los rasgos físicos, la barriga, las canas, la calvicie, la forma del rostro, la estructura corporal, absolutamente todo se va revelando más claramente parecido. “De tal palo, tal astilla”, solemos decir coloquialmente. Y, ¡oh sorpresa!, no sólo terminamos pareciéndonos en los rasgos físicos, sino que, muchas veces, es sorprendente reconocer similitudes en los movimientos mismos: cómo menea la cabeza, cómo camina, cómo mueve las manos, cómo se sonríe... Y, aún más, no es raro que el hijo o la hija se parezca, o llegue a ser una versión mejorada (o empeorada) de lo que es su padre o su madre en su carácter, en su humor, en su personalidad...
Algo parecido pasa entre Jesús y su Padre Dios: “Solamente por mí se puede llegar al Padre. Si ustedes me conocen a mí, también conocerán a mi Padre; y ya lo conocen desde ahora, pues lo han estado viendo”. (...) “El que me ve a mí, ha visto al Padre” (...) “El Padre, que vive en mí, es el que hace sus propias obras. Créanme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no, crean al menos por las obras mismas”. Jesús hace lo que ve hacer al Padre y nos revela al Padre con toda su vida. Por eso, cuando Felipe le pide que les deje ver al Padre, Jesús le responde: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces?”
Así como Jesús fue un reflejo claro del Padre para los suyos, nosotros estamos invitados a ser también un reflejo de Dios para este mundo. El testimonio de vida es el mejor canal de evangelización. No se trata tanto de hacer cosas para dar ejemplo, ni de repetir gestos que nos parecen simpáticos, ni de copiar actitudes que nos parecen loables. Es algo que debe ir surgiendo por connaturalidad con el origen de la vida que es Dios. Valdría la pena preguntarnos hoy: ¿Cuánto nos parecemos nosotros a nuestro Padre Dios? ¿Podemos decir, como Jesús: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”? Porque, como bien dice Jesús, “Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago; y hará otras todavía más grandes”.
Dios permita que nuestra vida sea, como la de Jesús, un reflejo de la vida de Dios para los que nos rodean. Que aquellos que viven junto a nosotros y conocen nuestra forma de amar, vivir, trabajar y actuar, puedan decir de nosotros lo que dicen los que visitan al niño recién nacido: “Es igualito a su papá”.
CREERLE A JESÚS, EL CRISTO
Hay en la vida
momentos de verdadera sinceridad en que surgen de nuestro interior, con lucidez
y claridad desacostumbradas, las preguntas más decisivas: en definitiva, yo ¿en
qué creo?, ¿qué es lo que espero?, ¿en quién apoyo mi existencia?
Ser cristiano es,
antes que nada, creerle a Cristo. Tener la suerte de habernos encontrado con
él. Por encima de toda creencia, fórmula, rito o ideologización, lo
verdaderamente decisivo en la experiencia cristiana es el encuentro con Jesús,
el Cristo.
Ir descubriendo por
experiencia personal, sin que nadie nos lo tenga que decir desde fuera, toda la
fuerza, la luz, la alegría, la vida que podemos ir recibiendo de Cristo. Poder
decir desde la propia experiencia que Jesús es «camino, verdad y vida».
En primer lugar,
descubrirlo como camino. Escuchar en él la invitación a caminar, avanzar
siempre, no detenernos nunca, renovarnos constantemente, ahondar en la vida,
construir un mundo justo, hacer una Iglesia más evangélica. Apoyarnos en Cristo
para andar día a día el camino doloroso y al mismo tiempo gozoso que va desde
la desconfianza a la fe.
En segundo lugar,
encontrar en Cristo la verdad. Descubrir desde él a Dios en la raíz y en el
término del amor que los seres humanos damos y acogemos. Darnos cuenta, por
fin, que la persona solo es humana en el amor. Descubrir que la única verdad es
el amor, y descubrirlo acercándonos al ser concreto que sufre y es olvidado.
En tercer lugar,
encontrar en Cristo la vida. En realidad, las personas creemos a aquel que nos
da vida. Por eso, ser cristiano no es admirar a un líder ni formular una
confesión sobre Cristo. Es encontrarnos con un Cristo vivo y capaz de hacernos
vivir.
Jesús es «camino,
verdad y vida». Es otro modo de caminar por la vida. Otra manera de ver y
sentir la existencia. Otra dimensión más honda. Otra lucidez y otra
generosidad. Otro horizonte y otra comprensión. Otra luz. Otra energía. Otro
modo de ser. Otra libertad. Otra esperanza. Otro vivir y otro morir.
JESÚS ES ÉL MISMO DIOS-VIDA
Fray Marcos
Se trata de
reflexiones de la comunidad. Se nota la dificultad que tiene para expresar su
experiencia. Esta vivencia está anclada en la presencia de Jesús, del Espíritu
y del Padre. Los tres forman una Realidad que los acompaña y les transforma.
Creed en Dios y
creed también en mí. “Pisteuete eis”,
no significa creer, en el sentido que damos hoy a la palabra. Sería “creer” en
sentido bíblico, es decir, poner la confianza en alguien. Juan utiliza esta
construcción 30 veces aplicada a Jesús. Solo en 12,44 y aquí pone como término
a Dios. La confianza en Jesús y la confianza en Dios son la misma. Sería
confiar en lo que cada uno es ya.
En el hogar de mi
Padre, hay sitio para todos. El lenguaje mítico
nos puede despistar. Jesús va al Padre, para procurarles un tipo de relación
con Dios, similar a la suya. No se trata de un lugar, sino del ámbito del amor
de Dios. En el corazón de Dios, todos tienen cabida. Todos estamos llamados a
formar una Realidad con Él.
Todo lenguaje es
mítico-simbólico. Me voy, me quedo, vuelvo, no se puede entender literalmente.
Esta teología es clave para entender la marcha de Jesús y a la vez, su
permanencia. Aunque la formulación es mítica, el mensaje sigue siendo válido.
Lo que tenemos que descubrir y vivir ya aquí es esa identificación con Dios.
Yo soy Camino,
Verdad y Vida. Lo que se quiere decir está más
allá de la capacidad del lenguaje. Camino, Verdad, Vida hacen referencia al
Padre que está identificado con Jesús. No hay un Jesús separado que se
identifica con Dios sino una única Realidad que se manifiesta en Jesús.
Jesús es Camino,
que empieza y termina en Dios. No hay ningún espacio entre Jesús y Dios. Desde
Dios hasta Dios no puede haber ningún trecho. Jesús es, como todo ser humano,
un proyecto, pero ya realizado, recorrió el camino que le llevó a la plenitud
humana. Ese camino es el amor total que abarca toda su vida. Los que le siguen
deben recorrer también ese camino, es decir ir de Dios que es su origen hasta
Dios que es la meta. En el AT el camino era el cumplimiento de la Ley. Ahora es
Jesús.
Yo soy verdad,
es decir, soy lo que tengo que ser. No se trata de la verdad lógica sino de la
verdad ontológica que hace referencia al ser. Jesús es auténtico, hace presente
a Dios, que es su verdadero ser. Lo contrario sería ser falso. “Yo soy” es el
nombre que se dio a sí mismo Dios en la zarza, para responder a Moisés.
Yo soy Vida,
es decir, lo esencial de mi ser está en la energía (Dios) que hace que sea lo
que soy. "El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del
mismo modo el que me coma, vivirá por mí." Está hablando de la misma
Vida-Dios que se le ha comunicado a él y que se está comunicando siempre a
todos.
Nadie va al Padre
sino por mí. También había dicho: nadie viene a
mí si el Padre no lo atrae. Las dos ideas se complementan. Para el que nace del
Espíritu, el Padre no es alguien lejano ni en espacio ni en tiempo, su
presencia es inmediata.
“Si llegáis a
conocerme, conoceréis también a mi Padre”. No se trata de progresar en el
conocimiento racional, sino en la comunión por amor. El conocimiento vivencial
de Jesús, hará que el Padre se manifieste en el discípulo.
¿Cómo dices tú,
muéstranos al Padre? Esta queja es una
clara reflexión pascual. En su vida pública, sus seguidores no entendieron lo
que era Jesús. Felipe sigue separando a Dios del hombre. No ha descubierto el
alcance del amor-Dios ni su proyecto sobre el hombre. Dios solo es visible en
el hombre concreto.