miércoles, 8 de julio de 2026

XV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XV Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A julio 12, 2026
Isaías 55, 10-11 / Salmo 64 / Romanos 8, 18-23



Con la parábola del evangelio de hoy, Jesús nos muestra cómo la Palabra de Dios puede transformar nuestra vida... …

Evangelio según san Mateo 13, 1-23

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:

"Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga."

Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: "¿Por qué les hablas en parábolas?" Él les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.

Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador.

A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.

Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.

En cambio, lo sembrado en tierra buena, representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta''.

Reflexión:

¿Cómo dar frutos del Reino?

Jesús tiene una manera muy especial de enseñar, a través de parábolas, pequeñas historias tomadas de la vida cotidiana, que ayudan a descubrir verdades profundas sobre el Reino de Dios.

Es Jesús mismo, la Palabra hecha carne, que desciende del cielo, como lluvia que “empapa y fecunda” la tierra, a cada persona, para que la semilla, su Palabra y enseñanzas, se enraícen y crezcan en nuestros corazones, y produzca frutos (acciones) de misericordia, justicia, paz y fraternidad, que nos permitan tener “una vida que valga la pena vivir” (cfr. Carlos Morfín, SJ).

Escuchar, entender y vivir las “palabras”, la “buena nueva” del Padre, que nos comunica Jesús, es la forma en que podemos ser transformados y salvarnos de aquello que nos provoca sufrimiento, el cual es provocado por nuestros desórdenes, personales y sociales.

La invitación de este domingo es, a disponernos y prepararnos para transformar nuestro corazón, liberarlo de esclavitudes egoístas, para entonces colaborar en la construcción de un mundo justo y fraterno, donde todos podamos vivir, crecer y disfrutar lo que Dios ha dispuesto para nosotros. Esos son los frutos que estamos llamados a dar.

PD. Próximo mes de agosto, tendremos un Taller de Autoconocimiento, para revisar la vida y la presencia de Dios en ella (https://tinyurl.com/TallerDeAutoconocimiento).

¿Qué tipo de “suelo” es mi corazón?... ¿Qué necesito cambiar para que la Palabra eche raíces en mi corazón?... ¿De qué manera, con mis dones, puedo colaborar en la sociedad, para que haya justicia y fraternidad?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XV Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A julio 12, 2026 
Isaías 55, 10-11 / Salmo 64 / Romanos 8, 18-23


Evangelio según san Mateo 13, 1-23

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:

"Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga."

Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: "¿Por qué les hablas en parábolas?" Él les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.

Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador.

A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.

Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.

En cambio, lo sembrado en tierra buena, representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta''.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

  Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

SEMBRAR CON FE

José Antonio Pagola

En pocos años estamos pasando de una sociedad profundamente religiosa, donde el cristianismo jugaba un papel decisivo en la vida de las personas y en la convivencia social, a otro estilo de vida más laico e increyente, donde lo religioso va perdiendo importancia.

Acostumbrados a una «sociedad de cristiandad» donde lo religioso estaba presente visiblemente en nuestras calles, plazas, escuelas y hogares, son muchos los creyentes que sienten malestar y sufren ante la nueva situación.

Más aún. Casi sin darnos cuenta podemos llegar a pensar que el evangelio ha perdido su anterior virtualidad, y el mensaje de Jesús no tiene ya garra ni fuerza de convicción para el hombre moderno.

Por eso se hace necesario escuchar con atención la parábola de Jesús. Aun en su aparente insignificancia y modestia, el evangelio sigue encerrando una virtualidad poderosa para «salvar» al hombre de lo que le deshumaniza. Difícilmente encontraremos algo o a alguien que pueda dar un sentido más humano y liberador a nuestras vidas.

Es cierto que, para ejercer su fuerza liberadora, este evangelio ha de ser presentado con fidelidad, en toda su verdad, sus exigencias y su esperanza. Sin deformaciones ni cobardías. Sin parcialismos intencionados ni manipulaciones interesadas. 

Es cierto también que el evangelio exige una acogida sincera y una disponibilidad total. Y son muchos los factores que, como la riqueza, los intereses egoístas o la cobardía, pueden ahogar y anular la eficacia de la palabra de Jesús.

Pero el evangelio sigue teniendo hoy una energía humanizadora insospechada. Olvidarlo sería un error lamentable para la sociedad moderna. En cualquier caso, los creyentes hemos de recordar que no es momento de «cosechar», sino hora de sembrar con fe en la fuerza renovadora que se encierra en el evangelio.

 

CREERME TIERRA BUENA ES EL MAYOR PELIGRO

Fray Marcos

Las parábolas son muy apropiadas para hablar de la trascendencia. Al partir de conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, nos proyecta hacia una realidad que va más allá de lo material. La parábola por estar pegada a la vida conserva el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo.

Es una de las parábolas más comentadas, pero siempre en la dirección que marca el mismo evangelio al alegorizarlas en su comentario. Otras explicaciones son posibles y vamos a intentar mostrar algunas de ellas y veréis que pueden ser interesantes.

El relato en sí no es significativo, poco importa cómo nace y da fruto ese relato, en sí anodino, da que pensar, cuestiona mi manera de ser, me dice que otro mundo es posible y espera de mí una respuesta vital. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. Ahí está el verdadero mensaje.

El objetivo de la parábola es sustituir una manera simple de ver el mundo, por otra abierta a una nueva realidad llena de sentido. Obliga a mirar a lo profundo del ser y descubrir posibilidades increíbles. La parábola no dice nada al que no está dispuesto a cambiar. Dice más de lo que se puede decir, al que está dispuesto a escuchar.

La alegorización de esta parábola es fruto de la primera comunidad, que intenta moralizarla. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. Exige una respuesta personal y vital; obliga a tomar postura ante la alternativa que propone. Si no tomas la decisión de cambiar, ya has definido tu postura.

Los exegetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueron el sembrador y la semilla. El sembrador como ejemplo de generosidad y la semilla como ejemplo de potencial ilimitado. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. Hay que sembrar a voleo, sin reserva alguna.

No debemos dar importancia al número de los que responden. La intensidad de una sola respuesta da sentido a toda sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís. Por eso Jesús pudo decir: El Reino ya está aquí, yo lo estoy haciendo presente.

Más tarde se dio importancia a las condiciones de la tierra (actitud del oyente). Esta alegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido y haciéndola más moralizante.

Incluso en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras como tierra mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar.

El fruto no es el éxito externo o las obras, sino el cambio de mentalidad del que escucha. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo, con los demás y con la naturaleza. No se puede crecer en humanidad sin esas relaciones.

Esta relación tiene que ser como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar. Cuando hago esto me deshumanizo. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego mis posibilidades de ser. Solo desde esta actitud podremos desplegar a la esencia de lo humano.

“El que tenga oídos que oiga”. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía aceptar el mensaje. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos los que nos mantienen atados a falsas seguridades que nos impiden una respuesta al mensaje.

jueves, 2 de julio de 2026

XIV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XIV Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A julio 5, 2026 
Zacarías 9, 9-10 / Salmo 144 / Romanos 8, 9. 11-13


Es interesante lo que este domingo se nos recuerda en la Palabra: nuestro Padre, quiere salvarnos de lo que impide tengamos una vida que valga la pena vivir, ya desde aquí, en la tierra …

Evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, Jesús exclamó: "¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre; nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera''.

Reflexión:

¿Dónde encuentro el verdadero descanso?

Hoy, en este domingo de tiempo ordinario, seguimos conociendo a Jesús, que nos revela en qué consiste el Reino de su Padre y cómo es que podemos hacerlo realidad en nuestra vida.

En situaciones, como las que vivimos actualmente, como: polarización, precariedad, violencia y muerte, el profeta Zacarías, sigue vigente y con sus palabras nos recuerda que es de alegrarnos porque el Señor está con nosotros para traernos paz y salvarnos de todo aquello que produce enfrentamientos y conflictos. Pero, esto no sucede de manera mágica, hay que estar atentos a su presencia en nuestra vida, hay que reconocerlo, y a su vez, hacerlo presente en nuestras acciones cotidianas (cfr. Zacarías 9, 9-10).

Sin lugar a duda, las situaciones que provocan impedimentos para “tener una vida que valga la pena vivir”, son nuestros “desórdenes egoístas”, personales y sociales, como dice san Pablo (Rom 8, 9. 11-13). Darnos cuenta de qué y cuales son “nuestros desórdenes”, es el principio del camino espiritual según Sn. Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales [1], y poder “ordenar la vida, para buscar y hallar la voluntad divina”.

El Rey (del amor) que ha venido y permanece para salvarnos es Jesús; es Él quien nos revela la voluntad divida del Padre; para recibirla y conocerla, hay que, además de estar atentos, necesitamos ser “sencillos” y “humildes”, para captar lo que Jesús quiere revelarnos. Como nos recuerda el salmista, el Señor es bueno con todos y que su ternura alcanza a todas sus criaturas. Esa es la manera de reinar de Dios: no desde la imposición, sino desde la misericordia, la justicia y el amor.

Jesús nos muestra que existe una forma de vivir que nos libera de nuestros egoísmos y de todo aquello que destruye nuestras relaciones. Con sus palabras y con su ejemplo nos enseña a construir vínculos marcados por el amor, la justicia y la compasión, cuyo fruto es la paz y el bien común.

Cuando Jesús nos invita a cargar con su yugo, no nos está imponiendo un peso más. Nos está proponiendo compartir su manera de amar. Su yugo es aprender a vivir desde el amor (ágape), la misericordia y el servicio. Paradójicamente, es ahí donde encontramos el descanso que tanto buscamos.

Cuando vivimos como Jesús nos enseña, descubrimos que la verdadera paz no depende de que desaparezcan los problemas, sino de caminar con Él. Entonces nuestra vida, y también la de quienes nos rodean, comienza a convertirse en una vida que verdaderamente vale la pena vivir.

PD. Próximo mes de agosto, tendremos un Taller de Autoconocimiento, para revisar la vida y la presencia de Dios en ella (https://tinyurl.com/TallerDeAutoconocimiento).

¿Cómo puedo tomar conciencia de la presencia de Dios en mi vida?... ¿Qué cargas o afectos desordenados me impiden tener una vida plena?... ¿Cómo aprender a ser manso y humilde de corazón?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XIV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XIV Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A julio 5, 2026 
Zacarías 9, 9-10 / Salmo 144 / Romanos 8, 9. 11-13


Evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, Jesús exclamó: "¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre; nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera''.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Imaginemos la vida como un gran campo en el que hay que sembrar y cosechar. Como en el campo, en nuestra vida hay que preparar la tierra, hay que arrancar cardos y hay que remover piedras; hay que arar para sembrar. "La tarea de la vida" cansa, agobia, pesa. Hoy la Palabra nos recuerda la propuesta de Jesús: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera".

Y es que podemos tomar otros yugos; podemos fabricar nuestros propios yugos con soberbia y violencia, creyendo que no necesitamos de nada ni de nadie, hasta que un día desfallecemos.

Ahí tenemos su oferta, libre y amorosa, pero no impositiva. Y es que podemos "trabajar la vida" sin Él o con Él.

Dios nos conceda la humildad para pedir ayuda, un corazón tranquilo, libre de prisas y violencias, que nos permita ser de esos pequeños a quienes el Señor les revela todo.

#FelizDomingo 


“Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Conocí a Carlos Riesgo en Madrid, España, en una comunidad de Fe y Luz que lleva por nombre Ephetá, que significa: ¡Ábrete! Una comunidad que reúne, alrededor de la Palabra de Dios y de la construcción de la fraternidad, a niños y niñas con alguna deficiencia mental o psíquica, a sus familiares y a sus amigos. Jean Vanier y Marie Hélène Mathieu, fundaron estas comunidades hace ya más de cincuenta años y se han ido extendiendo a lo largo y ancho del mundo. En Colombia existe ya una comunidad de Fe y Luz que se llama ‘Camino de Betania’ y en muchos países estas comunidades han ido creciendo de modo lento y pausado, como debe ser el proceso de cualquier obra que de verdad quiera llegar a ser grande, como las ceibas de nuestros campos o el grano de mostaza del Evangelio.

Carlos sufre de una parálisis cerebral y tiene muchos problemas para moverse y para hablar; pero sus ojos, vivos como centellas, dicen más de lo que sus difíciles palabras alcanzan a expresar. Un buen día, a propósito de un encuentro al que fuimos un fin de semana junto con otras comunidades llegadas de otras ciudades, me pidieron que estuviera especialmente pendiente de Carlos los tres días que estaríamos reunidos. Él se defiende muy bien y hace prácticamente todo por sí mismo; lo único que necesitaba era apoyo y respaldo por cualquier eventualidad. Yo acepté el reto con mucho gusto.

Ese bendito fin de semana recibí una de las lecciones más importantes de mi vida; en esos tiempos estaba yo haciendo unos estudios de especialización en teología y contaba con un grupo de distinguidos profesores, todos ellos doctores. Sin embargo, el mejor profesor que tuve durante esos años fue Carlos Riesgo, no lo puedo dudar. El necesitaba apoyo y yo necesité paciencia... mucha paciencia, porque Carlos lo hace todo lentamente, a su ritmo: comer, moverse de un lugar a otro, acomodarse en su silla, arreglarse por las mañanas... Y, dentro de lo que hace lentamente, lo que más me costó trabajo fue su forma de hablar... Desacelerarse un fin de semana completo, para los que vamos por la vida como una moto, no resulta un trabajo fácil.

Cada vez que Carlos quería decirme algo, comenzaba a articular difícilmente las palabras, tratando de hacer una frase comprensible. Y yo, con el acelere de siempre, trataba de adivinar lo que quería decir, sin dejar que él terminara. Tan pronto yo lo interrumpía con una frase que no era la que él estaba tratando de armar, hacía un gesto con la mano y comenzaba de nuevo su tortuoso esfuerzo por expresarse. De nuevo, el hábil sabelotodo, que quiere apurar el paso y ganar tiempo, se me salía con otra frase que tampoco lograba adivinar el trabalenguas. Y vuelva a empezar... Hasta que, poco a poco, fui aprendiendo que cuando yo me quedaba callado y esperaba a que Carlos terminara de decir lo que quería decir, a la velocidad que él iba, entonces, ¡oh milagro!, entendía que lo que quería era un vaso con agua o que le alcanzara fruta...

“Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste de los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido”. Este grito de júbilo de Jesús debió nacer después de haberse encontrado con alguna de estas personas que la sociedad desprecia o considera inútiles. Son ellos los depositarios de los secretos del Reino de Dios. Por eso, gracias a Carlos, el Señor me gritó: ¡Ephetá! para enseñarme a escuchar a los demás sin interrumpirlos; para aprender a callar y a respetar el ritmo de los sencillos... No se si he logrado vivir todo esto, pero siento la responsabilidad de alabar con Jesús la ocurrencia de Dios de revelarle los misterios del Reino a los más pequeños, ocultándolos de los sabios y entendidos. Por eso, tenemos que pedir todos los días que el Señor quiera abrir nuestros oídos para saber escuchar sus mensajes y dejarnos evangelizar por los más pobres de nuestra sociedad. “Sí, Padre, porque así lo has querido”.

DIOS ES PARA GENTE SENCILLA

José Antonio Pagola

Fue hace muchos años, en L’École Biblique de Jerusalén, un maestro de exégesis nos iniciaba en el difícil arte de desentrañar el evangelio de Mateo. Todo parecía poco para captar el sentido último del texto: crítica textual, análisis literario, estructura del pasaje. Un día llegamos a esos versículos en los que Jesús exclama: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». El profesor hizo un largo silencio. Después nos dijo muy despacio: «No olviden nunca estas palabras. Todo lo demás lo pueden olvidar». Fue probablemente la mejor lección de exégesis que he recibido nunca. Luego, a lo largo de los años, he podido ver que es así.

Siempre que he tenido la impresión de estar junto a una persona cercana a Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una persona sin grandes conocimientos, otras alguien de notable cultura, pero siempre un hombre o mujer de alma humilde y limpia.

En más de una ocasión he podido comprobar que no basta hablar de Dios para que se despierte la fe. Para mucha gente, ciertos conceptos religiosos están muy gastados, y aunque uno trate de sacarles todo el vigor y sabor que tuvieron en su origen, Dios sigue como «fosilizado» en sus conciencias. Sin embargo, me he encontrado con gentes sencillas que no parecen necesitar grandes ideas ni razonamientos. Intuyen enseguida que Dios es «un Dios oculto», y de su corazón nace espontánea una invocación: «Señor, muéstrame tu rostro».

Me he encontrado también con personas que se mueven siempre en el terreno de lo útil. Algunas abandonan a Dios porque les resulta perfectamente inútil; otras le retienen y dan culto porque les sirve. Sin embargo, he podido conocer a gentes sencillas que viven dando gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la vida, soportan con paciencia los males; saben vivir y hacer vivir. No sé cómo lo logran, pero de su corazón parece estar siempre brotando la alabanza al Creador. Su vida es un acierto.

He expuesto muchas veces temas religiosos y he hablado de Dios ante gentes muy diversas. En ocasiones me he encontrado con personas que planteaban preguntas y más preguntas sobre toda clase de cuestiones teológicas, sin mostrar el menor interés por encontrarse con Dios. Pero he visto también a gente sencilla cuyos ojos brillaban de forma especial cuando yo leía textos como este del profeta Isaías: «Yo soy el Señor, tu Dios… Tú eres de gran precio a mis ojos, eres valioso y yo te quiero… No temas, que estoy contigo» (Isaías 43,4); o cuando pronunciaba el Salmo 103: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente ternura el Señor por quienes le temen. Pues él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos barro» (Salmo 103,13-14). Sí, Dios se revela a gente sencilla.

 

DIOS NI ESCONDE NI REVELA NADA A NADIE

Fray Marcos

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidos. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas. ¿Qué hubiera dicho Jesús después de Constantino?

Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias, sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que el verdadero Dios no puede ser aceptado más que por la gente sencilla sin prejuicios. Los sabios son capaces de crearse su propio Dios.

¿Quiénes eran los sencillos? El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley y, por lo tanto, no podían cumplirla.

Estas cosas no son conocimientos, sino las experiencias de Dios que Jesús vivió y que nos quiere transmitir. No se trata de saber más cosas, sino de una experiencia más profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie.

El error de la teología fue creer que conocemos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, sabíamos lo que era Jesús. El texto dice lo contrario, la manera de conocer a Dios es conocer a Jesús, haciendo nuestra su experiencia de Dios.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados. El yugo era la Ley, que era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. La tarea de Jesús fue liberar al hombre de todas las ataduras religiosas.

Mi yugo es llevadero. Jesús libera del yugo que oprime al hombre. No propone un camino de rosas. Sin esfuerzo no hay verdadera humanidad. No es el trabajo duro lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a plenitud.

Jesús quiere ayudarnos a desplegar nuestro ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Las alas tienen su peso, pero si se las quitas, ¿con qué volarán? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones nos permiten avanzar.

No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos dice Jesús, que nunca nos lo hemos creído.

Hacemos mal cuando nos dejamos guiar por entendidos. A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de impedirnos pensar por nosotros mismos. Doctores tiene la Iglesia…

Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Ningún jerarca hoy se atrevería a repetir esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Jesús propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda es la que da sentido a la existencia, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Lo que nos lleve a plenitud, será ligero.

jueves, 25 de junio de 2026

XIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 28, 2026 
2 Reyes 4, 8-11. 14-16 / Salmo 88 / Romanos 6, 3-4.8-11


En este domingo, el evangelio nos recuerda que nadie esta por encima de Dios, como nos lo indicó Jesús en su mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”

Evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

Reflexión:

¿Qué ocupa hoy el centro de mi vida?

En el breve evangelio de hoy, Mateo nos recuerda de manera muy concreta “un orden”, que al vivirlo, nos ayuda a tener mejores relaciones interpersonales con los demás y así tener una “vida que vale la pena vivir”, que es deseo de Dios para todos nosotros.

Al poner a Dios como prioridad en nuestra vida, iremos “ordenamos nuestros afectos desordenados” de tal manera que, viviendo desde el amor que Él nos tiene y enseña, nuestra vida toma una nueva perspectiva, porque estaríamos relacionándonos con los demás, de la misma manera que Dios nos trata. Podemos decir en otras palabras que, si escuchamos y ponemos en práctica sus enseñanzas, es lo mejor que podemos hacer.

El amor de Dios no se agota, tampoco nuestra capacidad de hacerlo. Por eso, cuando Jesús nos pide que lo amemos como prioridad, es para que desde ese amor inagotable podamos crear y/o enmendar nuestras relaciones interpersonales, de tal manera que vivamos su amor en ellas. Su amor (ágape), en un sentido espiritual, representa un amor incondicional, altruista, fraterno y desinteresado, y es el mismo que tenemos que vivir.

Que Dios sea el primero no significa que sea el único a quien debemos amar. Significa que aprendemos de Él la manera de amar a todos los demás; cuando Dios ocupa el primer lugar, también nuestras relaciones encuentran su verdadero lugar; al hacerlo así, estaremos reflejando el amor del Padre, que siempre busca el bien.

En la espiritualidad ignaciana, el significado de prioridad bíblica se centra en el Principio y Fundamento: Dios es el absoluto y el fin supremo, es principio y fin, alfa y omega. Poéticamente, lo escribe San Agustín: “nos creaste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti”

Nos toca, a cada uno, en primer lugar, buscar y encontrar ese amor (ágape), para vivirlo de manera ordinaria, mostrando así que mi prioridad es vivir en esa fraternidad, que crea condiciones de bien común allí donde vivo y con quien convivo; como la “mujer distinguida” que acoge fraternalmente al profeta Eliseo (cfr. 2 Reyes 4, 8-11. 14-16); en segundo lugar, hay que aprender a elegir solo aquello que me lleve a hacer presente el Reino de Amor de dios, y también a saber enfrentar las dificultades que son presenten en la vida, “nuestras cruces”, como Jesús nos lo mostrado (cfr. Rom 6, 3-4.8-11).

Cuando Dios ocupa el centro de nuestra vida, dejamos de usar a las personas y comenzamos a amarlas. Entonces comprendemos que las riquezas, el trabajo, el éxito o la salud son dones valiosos, pero no el sentido último de nuestra existencia. Todo encuentra su lugar cuando Dios ocupa el primero.

¿Cómo puedo amar, como Dios me ama?... ¿Qué necesito reordenar para que Jesús sea mi prioridad?... ¿Qué decisión concreta puedo tomar esta semana para vivir desde su amor?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 28, 2026 
2 Reyes 4, 8-11. 14-16 / Salmo 88 / Romanos 6, 3-4.8-11



Evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


   #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Hoy el Evangelio podría resultar difícil de comprender: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí...». La fuerza del mensaje radica en el «MÁS»; sí, no se trata de una invitación a amar menos, y mucho menos a no amar; se trata de vivir una equilibrada jerarquía del amor: amamos a los que amamos tanto como amamos a Dios, y amamos a Dios tanto como amamos a los que amamos, ni más ni menos. Ese amor no es estático, sino que va creciendo; vamos amando más a Dios y a nuestros próximos.

Pero la Palabra no se queda ahí; nos lleva al terreno de esa dimensión incomprensible de nuestra vida: la cruz. No es la cruz de Jesús, sino la propia; la de cada una, la de cada uno. Se trata de eso que pesa, que lastima, que no es justo; de eso que podría derrotarnos y llevarnos a no amar. Quien vive en el amor de Dios carga con su cruz y sigue al Señor. No se «raja», como decimos en Jalisco.

Finalmente, la promesa de Jesús es que Él estará siempre, y siempre los otros estarán; eso que los otros hagan por nosotros lo harán por Jesús, y lo que nosotros hagamos por los otros, lo hacemos por Jesús: una jerarquía de la solidaridad, de la caridad.

Dejemos reposar la Palabra en nuestro corazón y dejemos que mueva nuestros corazones y los afine en el sano equilibrio del amor y la caridad en Dios. #FelizDomingo

“(…) el que pierda su vida por causa mía, la salvará”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Alguna vez mi maestro de novicios me contó la historia de uno de los Padres del desierto al que acudían muchos discípulos en busca de una guía para recorrer el camino de la santidad. Uno de los jóvenes buscadores estaba particularmente preocupado por el secreto de la perseverancia; veía que eran muchos los llamados y pocos los que, efectivamente, se mantenían firmes hasta el final de sus días en el camino comenzado. El Abba, como se les solía llamar a estos Padres durante los primeros siglos de la Iglesia, le dijo al joven novicio:

Cuando un hombre sale con su jauría de perros a cazar, va buscando un venado o una liebre entre los montes y los valles. En un momento determinado uno de los perros reconoce con su olfato la presencia de la presa a lo lejos. Sin perder un instante, comienza a correr y a ladrar, señalando el rumbo a los demás perros y al cazador. Los demás perros también corren y ladran, pero no saben, propiamente hablando, detrás de qué van... por eso, cuando aparecen los obstáculos en el camino, los matorrales cerrados, las quebradas profundas, las cimas infranqueables, se llenan de miedo y dejan de correr. No tienen la culpa, porque, sencillamente, no saben a dónde van, ni qué buscan. Pero el perro que logró olfatear la presa, no tiene inconveniente en superar todas las dificultades que se le puedan presentar en su camino, hasta que llega a atrapar a su presa en compañía de su Señor.

Algo parecido nos pasa en la vida a todos los cristianos. Si no tenemos claro detrás de quién vamos, si nos enredamos haciendo relativo lo absoluto y absoluto lo relativo, terminamos perdiendo el rumbo y olvidando para dónde vamos y qué es lo que buscamos. Esto mismo es lo que pretende San Ignacio de Loyola al proponerle a la persona que quiere hacer los Ejercicios Espirituales, una reflexión que se conoce como el ‘Principio y Fundamento’. Les recuerda que el fin último del ser humano es Dios mismo y que “todas las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es creado” (Ejercicios Espirituales 23).

La conclusión a la que llega San Ignacio de Loyola es que debemos hacernos “indiferentes a todas las cosas creadas (...) en tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados” (Ibíd.). La palabra indiferentes no significa aquí que no nos importen las cosas, sino que no queramos escoger sino aquello que nos conduce al fin para el que hemos sido creados. Todo está coloreado por este amor absoluto y último de nuestra vida.

APRENDER A DAR

José Antonio Pagola

A veces no es tan fácil responder a las preguntas más sencillas. Hemos oído decir con frecuencia que amar es dar. Pero ¿qué es dar? Muchos suponen que dar es solo privarse de algo, renunciar a algo, «sacrificarse» desprendiéndose de algo. Estamos tan condicionados por nuestra sociedad del bienestar y tan inclinados a poseer, acumular y ganar, que «dar» nos parece algo improductivo. Un empobrecimiento que no estamos dispuestos a aceptar. En nuestra sociedad, quien da sin recibir es una persona poco práctica, sin sentido realista, poco inteligente.

Sin embargo, dar es algo totalmente distinto. El gesto de dar es la expresión más rica de vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en grado muy modesto. «Solo el amor hace que la vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los demás procura la gran alegría de vivir» (Karl Tillmann).

Dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico. Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad, solo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás.

Necesitamos todos escuchar con más atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un pobre sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está vivo en nosotros y puede hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, comprensión, aliento, esperanza, acogida o cercanía.

Muchas veces no se trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente, «un vaso de agua fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin prisas, una ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de apoyo y amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que nos pueda parecer. Se llama Dios, nuestro Padre.

 

SI AMAR A DIOS SE OPONE A OTRO AMOR, UNO DE LOS DOS ES FALSO

Fray Marcos

La manera de hablar semita, por contrastes excluyentes, nos puede jugar una mala pasada. El evangelio propone, en fórmulas concisas, varios temas esenciales para el seguimiento de Jesús. Todos tienen más alcance del que se puede sospechar.

El que quiere a sus padres más que a mí, no es digno de mí. El amor a la madre y a Dios son realidades de distinta naturaleza; no se pueden comparar. Jesús no pudo decir eso con el significado que tiene para nosotros hoy. El amor a Dios no puede entrar en conflicto con el amor a nadie, y menos con el amor a la madre.

Hay que tener mucho cuidado al hablar del amor a Dios o a Jesús. Creer que puedo amar directamente a Dios es una quimera. Solo puedo amar a Dios, amando a los demás. Jesús no pudo decir: tienes que amarme a mí más que al Hijo. Recordemos: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber”.

No existe más amor que el que llega a concretarse en obras. Ahora bien, lo más próximo a cada ser humano son los miembros de su propia familia. La advertencia del evangelio está encaminada a hacernos ver que desplegar a tope esos impulsos instintivos, no garantiza el más mínimo grado de calidad humana. Pero sería un error aún mayor el creer que pueden estar en contra de mi humanidad.

El evangelio no quiere decir, que el amor a los hijos o a los padres sea malo y que debemos olvidarlo para amar a Jesús o a Dios. Pero nos advierte de que ese amor puede ser un egoísmo camuflado que busca una seguridad mayor para el ego, sin tener en cuenta a Dios y a los demás. Ese “amor” es egoísmo amplificado.

El hombre puede poner como objetivo el despliegue exclusivo de su animalidad, cercenando así sus posibilidades humanas. Esto es degradarse en su verdadera ser, al poner su mente al servicio del instinto. Si estamos en esa dinámica y metemos a los demás en ella, estamos “amando” mal, y ese amor se convierte en veneno.

Un verdadero amor nunca puede oponerse a otro amor auténtico. Cuando un marido se encuentra atrapado entre el amor a su madre y el amor a su esposa, algo no está funcionando bien. Uno de esos amores (o los dos) está viciado. Si el amor a Dios está en contradicción con el amor al padre o a la madre, los dos pueden ser falsos.

El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda, la encontrará. En griego hay tres palabras para decir vida: “Zoe”, “bios” y “psiques”. El texto no dice zoe ni bios, sino psiques. No se trata de la vida biológica, ni de la vida sicológica. No se trataría de dejarse matar, sino de poner tu humanidad al servicio de los demás.

Esto no sería perder nada, sino ganarlo todo. Quien pretenda defender a toda costa su individualidad egoísta malogrará todos los aspectos de su existencia, porque pasará por ella sin desplegar su verdadera esencia. Mi humanidad no responde a una visión egoísta de mi ser, está inextricablemente unida a la de los demás.

La evolución ha permitido al ser humano ir más allá de los instintos y alcanzar conscientemente una meta más alta que no está en contradicción con la biología. Todo lo que le acerca a ese objetivo último le puede causar más felicidad que satisfacer sus instintos. Nada más falso que la lucha entre lo biológico y lo espiritual.

La trampa es quedarnos en el placer inmediato que nos proporciona nuestra biología y perder de vista el bien total del ser humano. Ahí está la causa de tanto desajuste en la conducta humana. Debemos tomar conciencia de que lo que es malo para nuestro verdadero ser, no puede ser bueno bajo ningún aspecto del ser humano.

 

 

XV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

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