miércoles, 9 de septiembre de 2026

XXIV Domingo de Tiempo Ordinario – A – (Reflexión)

 XXIV Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A septiembre 13, 2026 
Eclesiástico 33, 27, 33–28, 9 / Salmo 102 / Romanos 14, 7-9




Este domingo, continuamos escuchando en la Palabra, acerca de las actitudes que nos ayudan a tener una buena vida terrena, que nos llevará a una vida plena, al morir…

Evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano’’.

Reflexión:

¿Por qué perdonar a quién me ofende?

Continuamos con enseñanzas elementales de cómo podemos vivir fraternal y humanamente. Los seres humanos hemos sido creados para vivir en comunidad, en relaciones interpersonales. Nadie vive aislado; necesitamos de los demás. En nuestra manera de relacionarnos con las otras personas (y con nosotros mismos), se nos va la vida. Por eso, es importante, escuchar y aprender, de quien solo desea lo mejor para nosotros: Dios y su Hijo, Jesús … para saber vivir y poder tener una vida que valga la pena.

El que diga que no se equivoca, miente, todos nos equivocamos. Equivocarse, fallar, meter la pata, es de humanos; pero ello no es pretexto para no dejar de hacerlo, habremos de reconocer cuando nos equivocamos, para corregir y seguir por buen rumbo en la vida.

Cuando hablamos de pecado, hablamos de hamartía (ἁμαρτία en griego), que literalmente significa «errar el blanco» o «no dar en el blanco». Pecamos, cuando nos molestamos, enojamos, somos vengativos, guardamos rencor, ofendemos a las personas, cercanas o no; cuando nuestras palabras y acciones van contra cualquier persona (cfr. Eclo 33, 27, 33–28, 9), siendo esta una de las expresiones más graves de nuestro pecado, que aparece en la manera en que nos relacionamos con los demás.

La gran enseñanza de hoy, que nos recuerda la Escritura, es saber perdonar; y hay que entender primero lo que es perdonar:

·        una decisión voluntaria y un acto de amor mediante el cual la persona ofendida decide renunciar al rencor y a la venganza…

·        es tomar la decisión de no devolver el mal recibido con otro mal…

No es fácil, pero, es el camino que nos muestra Jesús, para alcanzar la paz entre nosotros. Al perdonar, reflejamos algo de cómo es Dios, quién es “compasivo y misericordioso” (Sal 102) con los todos. Perdonar es tan importante, que el mismo Jesús, en el Padrenuestro, nos muestra pedir (humildemente) que “perdone nuestras ofensas, como él nos perdona” … “que no nos deje caer en la tentación (del orgullo y la soberbia)” y nos “libre del mal”…

Así, que tenemos el reto de romper el ciclo de violencia, del ojo por ojo, diente por diente, sabiendo perdonar, igual que Papá Dios nos perdona “nuestras fallas y deudas”… Perdonar, es liberador, no solamente libera al que es perdonado; también puede liberar al que perdona.

Si hemos sido creados para vivir en relación, aprender a perdonar —y a pedir perdón— es indispensable para aprender a vivir.

PD. Le recomendó, para aprender y profundizar en el perdón, tomar el Taller de Escuelas de Perdón y Reconciliación, ESPERE, informes en el 4444254835

¿A quién, que me ha ofendido, puedo perdonar?... ¿A quién tengo que pedir perdón por algo malo que le hice? … ¿De qué manera encuentro a Dios, en mis relaciones interpersonales?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXIV Domingo de Tiempo Ordinario – A – (Profundizar)

 XXIV Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A septiembre 13, 2026 
Eclesiástico 33, 27, 33–28, 9 / Salmo 102 / Romanos 14, 7-9



Evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano’’.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Hoy la Palabra nos presenta un tema muy complejo: el perdón. Nos dice Jesús que hay que perdonar no siete, sino hasta setenta veces siete. ¡Qué desafiantes nos suenan sus palabras cuando hemos sido heridos, cuando nos han lastimado y ni siquiera nos han pedido perdón! Cuando lo que nos han roto o arrebatado ya no lo podremos recuperar jamás.

Perdonar no se trata de olvidar, tampoco de renunciar a la justicia, y menos aún de llenarnos de ingenuidad y ponernos de nuevo al alcance de quien nos ha hecho el mal. Entonces, ¿en qué consiste el perdón cristiano?

Los seres humanos, cuando somos víctimas, tenemos dos rutas frente a nosotros: la del rencor y la del perdón.

Imaginemos que nos han roto nuestra figura de cristal favorita, ya no se puede reparar y ni siquiera nos han pedido perdón. Quien elige transitar por el rencor mantiene en sus manos los fragmentos rotos: no los suelta y las astillas siguen cortando sus manos y su corazón. Así no se sana; las heridas continúan abiertas y a todos mostramos el desastre que la violencia nos dejó.

Quien elige el perdón deposita los pedazos en las manos de Dios, el Experto en reconciliación. Las heridas necesitan tiempo, pero, ya sin la carga de lo roto, es posible comenzar el proceso de sanación. Poco a poco somos ungidos y, un día, podemos volver a estrechar otras manos y retomar la ruta que el malvado interrumpió. El perdón es renuncia y disposición: renuncia a la venganza y disposición a recibir la gracia del perdón.

Nos ayuda elegir perdonar cuando recordamos que nosotros también hemos sido perdonados, cuando reconocemos que hemos sido beneficiarios de la misericordia de Dios.

Pensemos hoy en el perdón: el que se nos ha otorgado y el que estamos llamados a ofrecer.

#FelizDomingo

“(...) hasta setenta veces siete””

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Cuando las 220 familias de las comunidades de Bojayá, Vigía del Fuerte y otros pueblos del Chocó y Antioquia, a orillas del río Atrato regresaron a sus viviendas, después de la masacre que perpetró la guerrilla de las FARC en medio de ellos, todo el pueblo colombiano quedó admirado de la dignidad de este pueblo. El 2 de mayo, hace ya 24 años, un enfrentamiento entre la guerrilla y los paramilitares ocasionó una de las más graves tragedias ocurridas en la historia de nuestro país: 119 personas murieron, víctimas de un ataque de la guerrilla, mientras estaban refugiadas bajo el amparo del Templo parroquial de Bojayá. Las familias regresaron a su terruño en varias embarcaciones, una de las cuales llevaba el significativo nombre de El Arca de Noé. Como en el relato bíblico, el arco iris de la paz se convirtió en señal de la alianza de Dios con su pueblo. Pero no todo estaba solucionado. Al regresar, seguía habiendo presencia de la guerrilla y de los paramilitares en la región. Sin embargo, la gente no quería seguir desplazada y regresaron con las pobres garantías que les ofreció el gobierno de la época.

Serafina, una de las señoras que regresó a Bojayá junto con su familia, comentaba: “Me gustó lo de las coplas y las pancartas. Pero la música no. Yo siento que todavía estamos de luto. (...) La familia no la hace la sangre sino la gente que vive con uno. A mí se me murió un primo, pero también casi 70 amigos y vecinos”. No estaban para fiestas ni celebraciones. La memoria de los muertos sigue viva en medio de este pueblo.

Junto a esta realidad, a nivel mundial recordamos en estos días la tragedia que vivió el pueblo norteamericano, y el mundo entero, en el año 2001, lo mismo que las represalias que esta acción terrorista produjo hacia el pueblo afgano y el mundo árabe. Recordamos el golpe militar en Chile, y la muerte de su presidente, Salvador Allende hace ya 50 años. El dolor sufrido por los pueblos del mundo es tanto, que no podemos sino preguntarnos: ¿Cómo decirle a estas gentes de Bojayá, de Chile, de Afganistán, de la Torres de Nueva York, de Irak, de Palestina… y de tantas otras partes, que no deben perdonar siete veces, sino setenta veces siete? ¿Cómo explicar a una persona que ha sido maltratada o que ha perdido a sus seres queridos, que Jesús nos invita a perdonar como él nos perdona? ¿Perdonar es olvidar?

Aprender a perdonarse a sí mismo y dejarse perdonar es un artículo escrito por el P. Juan Masiá Clavel, S.J. y publicado en un libro que lleva por título “14 aprendizajes vitales”, de la colección Serendipity Maior. En este artículo el P. Masiá afirma que en toda experiencia humana en la que ha habido una herida de alguien hacia su prójimo, existen dos víctimas: la persona agredida y la persona agresora: “La víctima no es solamente la otra persona a la que yo he herido, sino yo mismo. Al hacer mal a otra persona, me he perjudicado a mí mismo”.

Desde esta perspectiva, la parábola que Jesús nos cuenta este domingo nos invita a colocarnos de ambos lados de la experiencia: a veces somos personas perdonadas, pero no sanadas... el perdón de Dios y de los demás no nos garantiza que después nos hagamos capaces de misericordia y compasión. Otras veces herimos y somos heridos cuando herimos. La víctima no es sólo el que es lastimado; también el agresor es víctima que hay que salvar. Esto es, precisamente, lo que Jesús quiere que sus discípulos entiendan y vivan con el milagro del perdón.

APOLOGÍA DEL PERDÓN

José Antonio Pagola

Casi siempre que he escrito sobre el perdón he recibido cartas, por lo general anónimas, en que se me acusaba de olvidar el sufrimiento de las víctimas del terrorismo, de no entender la humillación de quien ha sido traicionado por su cónyuge, de no «tener los pies sobre el suelo» y cosas semejantes.

No me resulta difícil comprender esta resistencia al perdón. ¿Cómo no voy a intuir la rabia, impotencia y dolor de quien ha sido víctima de la violencia, el desprecio o la traición? Pero, precisamente, el resentimiento y la agresividad que se advierten tras esas líneas me hacen ver con mayor claridad qué sería de un mundo en que se suprimiera el perdón.

Hay un mecanismo de defensa bien conocido por los psicólogos. En virtud de un «mimetismo misterioso», quien ha sido víctima de una agresión tiende a su vez a imitar de alguna manera a su agresor. Se trata de una reacción casi instintiva que se desata en el inconsciente individual o colectivo y puede incluso transmitirse de generación en generación.

Si, en algún momento, no se produce una reacción de signo contrario, el mal tiende a perpetuarse. Cuando la víctima no quiere o no puede perdonar, queda en ella una «herida mal curada» que le hace daño, pues la encadena negativamente al pasado. De la misma manera, el resentimiento instalado en una sociedad hace más difícil la lucidez para buscar caminos de convivencia, y puede bloquear todo esfuerzo por encontrar solución a los conflictos.

El deseo de revancha es, sin duda, la respuesta más instintiva ante la ofensa. La persona necesita defenderse de la herida recibida, pero, como advierte el conocido experto Jacques Pohier, quien pretenda curar su herida infligiendo sufrimiento al agresor, se equivoca. El sufrimiento no posee un poder mágico para curar de la humillación o la agresión recibidas. Puede producir una breve satisfacción, pero la persona necesita algo más para volver a vivir de forma sana. Lo decía hace mucho tiempo Henri Lacordaire: «¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona».

A veces se olvida que el proceso del perdón a quien más bien hace es al ofendido, pues lo libera del mal, hace crecer su dignidad y nobleza, le da fuerzas para recrear su vida, le permite iniciar nuevos proyectos. Cuando Jesús invita a perdonar «hasta setenta veces siete», está invitando a seguir el camino más sano y eficaz para erradicar de nuestra vida el mal. Sus palabras adquieren una hondura todavía mayor para quien cree en Dios como fuente última de perdón: «Perdonad y seréis perdonados».

 

Perdonar es el mayor signo de amor

Fray Marcos

Mateo sigue con la instrucción sobre cómo comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón sería imposible la convivencia. El perdón es la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón.

La frase setenta veces siete no significa perdonar 490 veces. Quiere decir siempre. El perdón no es un acto, sino una actitud sostenida. Los rabinos hablan de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro añade otras tres. Siete era un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente. Si Pedro todavía lleva cuenta de los perdones, quiere decir que en realidad no perdona.

La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda. El señor perdona una inmensa deuda (60.000.000 denarios) y el empleado es incapaz de perdonar 100. “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo” nunca lo pudo decir Jesús. Dios es otra cosa.

El perdón del que hablamos solo puede nacer del amor. Los dos van en contra del instinto. Desde nuestro ego es imposible entender el perdón del evangelio. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono al otro para dejar clara mi superioridad. De ahí la famosa frase “perdono, pero no olvido”.

Debo descubrir que no hay nada que perdonar. Hacer daño es siempre ignorancia. Desde nuestro concepto de pecado es imposible perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien.

Pero la voluntad no tiene posibilidad de discernir entre el bien y el mal, depende del conocimiento que es siempre limitado. De ese modo con frecuencia creemos que es bueno para mí lo que es malo. Digo para mí, porque el pecado me daña a mí. Si tengo la sensación de que el perjudicado es el otro, nunca corregiré mis fallos.

El perdón de Dios es siempre lo primero. Si lo aceptamos nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida en que nosotros perdonamos.

Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el juridicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús.

Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. La primera lectura decía: "Del vengativo se vengará el Señor". "Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados". Mejor sería pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe perdonar.

Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo.

El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en la que es objeto del amor. El amor a los que son amables no es garantía ninguna de amor cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

XXIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XXIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A septiembre 6, 2026 
Ezequiel 33, 7-9 / Salmo 94 / Romanos 13, 8-10

La liturgia de hoy nos recuerda cómo, se hacemos caso al Señor y colaboramos con él, podríamos vivir en una sociedad donde se privilegie el bien común, y así vivir mejor …

Evangelio según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.

Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Yo les aseguro también, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos''.

Reflexión:

¿Soy corresponsable del bien común?

El punto central de las lecturas de hoy, se puede decir que es, que somos corresponsables del bien común, el cual no es subjetivo o arbitrario, pues el Señor no ha dado criterios claros: los mandamientos. Procurar el “bien común” (de la familia, el grupo, la comunidad, etc), es lo que nos ayuda a que todos estemos bien, mejor; para simplificar y entender lo que implica lograrlo, hay que partir de nuestra manera personal de ser e interactuar con los demás, lo que nos lleva a no solo buscar nuestro bien personal, sino el de los demás.

San Pablo, en la primera lectura nos recuerda que, vivir los mandamientos, es amar al prójimo, como a uno mismo… y amamos, en cuanto nos relacionarnos con los demás, de tal manera que “no les cause daño”, como no lo haría conmigo mismo.

Profundicemos un poco más en la corresponsabilidad que tememos: no solo es “no hacer mal”, sino ayudar a que los demás tampoco lo hagan. El profeta Ezequien es claro al respecto: ”al malvado hay que amonestarlo (llamarte la atención) cuando se aparta del buen camino” …  “que me haga caso, depende de él (ella)” (cfr Ez 33, 7-9).  

Finalmente, Jesús nos lleva más allá en nuestra corresponsabilidad de vivir fraternalmente, al amonestar a quien anda mal, al que peca, al que se aparta del bien:

·        “amonéstalo a sola, si te escucha, lo habrás salvado”…

·        “si no te hace caso, hazte acompañar por dos o más personas”,

·        “si ni así hace caso, dile a la comunidad…”

·        … y si no hace caso a nadie: apártate de él / ella.

¡Qué de nuestra parte no quede! … Para salvarnos, hay que salvar a los demás (echarles una mano)… no necesariamente solos, sino haciendo sinergia en comunidad … de la mano del Señor de la vida y el amor, que nos está invitando a no ser indiferentes cuando veo que un comportamiento hace daño; cuando no podamos, Él no nos deja solos, pues nos asegura que: “donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos''.

¿Qué tan indiferente soy ante mal en la sociedad?... ¿A quién / quiénes puedo agradecer que me hayan amonestado, para volver al buen camino?... ¿Con que frecuencia hago oración comunitaria?

PD. El pasado 1º. de septiembre, iniciamos los Ejercicios Espirituales Ignacianos en la Vida Ordinaria: todavía podrías incorporarte, informes y registro, en https://tinyurl.com/EjerciciosEspiritualesVO

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XXIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A septiembre 6, 2026 
Ezequiel 33, 7-9 / Salmo 94 / Romanos 13, 8-10



Evangelio según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.

Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Yo les aseguro también, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos''.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

San Pablo, en su carta a los Romanos, afirma algo fundamental para la moral cristiana: «El amor no hace mal al prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor». Así de simple y así de complicado.

Ya lo he escrito otras veces: nuestra moral no es un conjunto de «no» con los que hay que vivir (no digas, no hagas, no veas...). Una moral de este tipo nos hace vivir asustados. Nuestra moral se resume en una sola llamada: AMA.

Así, al final del día la pregunta que nos hacemos —la misma con la que seremos examinados al final de nuestros días— es: ¿Amé? ¿En qué momento fui miserable en el amor? Esto aplica en todo momento, en toda circunstancia, en todo encuentro y en toda relación. Hay que vivir amando.

Pero hoy la Palabra va más allá, y es que vivir en el amor no significa asumir una actitud pasiva. El profeta Ezequiel en la primera lectura nos advierte sobre nuestra responsabilidad con quien no está amando, con quien comete el mal. Sí, como decíamos, vivir en el amor no se trata de estacionarnos como un «radiador amoroso», sino de comprometernos y asumir el conflicto cuando encontramos dinámicas de mal y advertimos a quien lo comete que sus acciones llevan a la muerte.

Jesús mismo nos convoca a actuar cuando alguien rompió con la llamada al amor, y nos confirma que Él está en el encuentro, en la relación: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo».

Hoy puedes preguntarte:

¿Amas?

¿Interpelas?

¿Denuncias el mal al modo en que nos indica Jesús?

Que las palabras del salmista lleguen hoy a cada una y a cada uno de nosotros: «No endurezcan su corazón», y seamos gente que vive en el amor.

#FelizDomingo

“Si tu hermano te hace algo malo (...)”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Había una señora a la que le tenían mucha envidia. Casi todos los días, cuando salía a la puerta de su casa para barrer, encontraba estiércol que las vecinas le dejaban en señal de desprecio. La señora no protestaba nunca. Hasta que un buen día, sabiendo que sus vecinas eran las que le dejaban porquerías delante de su puerta todas las noches, decidió colocar un arreglo floral delante de la puerta de cada una de ellas. En cada uno de los arreglos, las vecinas encontraron un letrero que decía: “Cada uno da de lo que tiene”.

El Evangelio propone, en distintos momentos, formas diferentes de responder a las ofensas y daños que los otros nos hacen. La más conocida es la invitación de Jesús que dice: “Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra. Si alguien te demanda y te quiere quitar la camisa, déjale que se lleve también tu capa. Si te obligan a llevar carga una milla, llévala dos” (Mateo 5, 39-41). En otra momento, cuando Jesús respondió a una de las preguntas del interrogatorio del sumo sacerdote, “uno de los guardianes del templo le dio una bofetada, diciéndole: ¿Así contestas al sumo sacerdote?” Esta vez Jesús no ofreció la otra mejilla... Sencillamente le preguntó al agresor: “Si he dicho algo malo, dime en qué ha consistido; y si lo que he dicho está bien, ¿por qué me pegas?” (Juan 18, 22-23). Otras veces Jesús sencillamente guardó silencio ante la agresión y la violencia que otros ejercieron contra él, como queda patente en todo el proceso de la Pasión.

Este domingo el Evangelio nos presenta otra alternativa para responder al mal que los otros nos pueden causar: “Si tu hermano te hace algo malo, habla con él a solas y hazle reconocer su falta. Si te hace caso, ya has ganado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a una o dos personas más, para que toda acusación se base en el testimonio de dos o tres testigos. Si tampoco les hace caso a ellos, díselo a la congregación; y si tampoco hace caso a la congregación, entonces habrás de considerarlo como un pagano o como uno de esos que cobran impuestos para Roma”.

Se trata de todo un plan de acción ante las agresiones que podemos sufrir. La invitación es a conversar con el que nos hace daño y tratar de ayudarlo a caer en la cuenta de su error; si no hiciera caso a nuestro reclamo, Jesús invita a buscar a otros que apoyen nuestra solicitud de cambio... Y si esto tampoco tuviera efecto positivo, pues habría que comentarlo con toda la comunidad. Pero queda aún una última alternativa: “habrás de considerarlo como un pagano o como uno de esos que cobran impuestos para Roma”.

A simple vista, esto podría significar desprecio, rechazo total, renuncia a buscar su transformación; sin embargo, el modo como Jesús trató a los ‘paganos’ y a los ‘publicanos’, hace pensar que la invitación es a tener con ellos una paciencia aún mayor y una delicadeza extrema. ¿Cuál es nuestra actitud ante las ofensas o daños que recibimos de los demás? ¿De verdad nos hemos dejado impregnar por las actitudes de Jesús? Tal vez la creatividad de la señora de la historia con la que comenzamos pueda ayudarnos a buscar alternativas más evangélicas ante el dolor que los otros nos pueden causar.


¿QUÉ HAGO YO POR UNA IGLESIA MÁS FIEL A JESÚS?

José Antonio Pagola

«Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». La mejor manera de hacer presente a Cristo en su Iglesia es mantenernos unidos actuando «en su nombre», movidos por su Espíritu. La Iglesia no necesita tanto de nuestras confesiones de amor o nuestras críticas cuanto de nuestro compromiso real. No son pocas las preguntas que nos podemos hacer.

¿Qué hago yo por crear un clima de conversión colectiva en el seno de esta Iglesia, siempre necesitada de renovación y transformación? ¿Cómo sería la Iglesia si todos vivieran la adhesión a Cristo más o menos como la vivo yo? ¿Sería más o menos fiel a Jesús?

¿Qué aporto yo de espíritu, verdad y autenticidad a esta Iglesia tan necesitada de radicalidad evangélica para ofrecer un testimonio creíble de Jesús en medio de una sociedad indiferente y descreída?

¿Cómo contribuyo con mi vida a edificar una Iglesia más cercana a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que sepa no solo enseñar, predicar y exhortar, sino, sobre todo, acoger, escuchar y acompañar a quienes viven perdidos, sin conocer el amor ni la amistad?

¿Qué aporto yo para construir una Iglesia samaritana, de corazón grande y compasivo, capaz de olvidarse de sus propios intereses, para vivir volcada sobre los grandes problemas de la humanidad?

¿Qué hago yo para que la Iglesia se libere de miedos y servidumbres que la paralizan y atan al pasado, y se deje penetrar y vivificar por la frescura y la creatividad que nace del evangelio de Jesús?

¿Qué aporto yo en estos momentos para que la Iglesia aprenda a «vivir en minoría», sin grandes pretensiones sociales, sino de manera humilde, como «levadura» oculta, «sal» transformadora, pequeña «semilla» dispuesta a morir para dar vida?

¿Qué hago yo por una Iglesia más alegre y esperanzada, más libre y comprensiva, más transparente y fraterna, más creyente y creíble, más de Dios y menos del mundo, más de Jesús y menos de nuestros intereses y ambiciones? La Iglesia cambia cuando cambiamos nosotros, se convierte cuando nosotros nos convertimos.

 

Sin comunidad no hay evangelio

Fray Marcos

Del capítulo 16 hemos pasado al 18. Mateo comienza una serie de discursos sobre la comunidad. Es la primera vez que se emplea el término “hermano” para designar a los miembros del grupo. El texto está a continuación de la parábola de la oveja perdida que dice: “Así vuestro Padre no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”.

El evangelio nos advierte que no partimos de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos sin traumas.

Tenemos un problema en el mismo texto, porque han llegado tres versiones: ‘si tu hermano peca’, ‘si tu hermano peca contra ti’, ‘si tu hermano te ofende’. Ninguna se puede remontar a Jesús. Los evangelios ponen en boca de Jesús lo que era práctica de la comunidad para darle valor definitivo. Al fallo debía responder perdón y corrección.

Si tu hermano peca”, no debemos entenderlo con el concepto que tenemos hoy de pecado. Durante los primeros siglos solo se apreciaron los fallos contra la comunidad. La comunidad no juzgaría la situación personal del que ha fallado sino el daño que había hecho a la comunidad, que tiene que velar por el bien de sus miembros.

La corrección fraterna no es fácil. El que corrige puede humillar al corregido al hacer ver su superioridad. El corregido puede rechazar la corrección por falta de humildad. Por ambas partes se necesita un grado de madurez no fácil de alcanzar. Hoy tenemos la dificultad añadida de que no existe ni comunidad ni compromiso con los demás.

Queremos a los demás perfectos y en cuanto fallan ponemos el grito en el cielo. La verdad es que ninguna comunidad es posible sin aceptar y comprender que todos somos imperfectos y que antes o después fallaremos. Es muy difícil advertir al otro de sus fallos sin humillarle, más difícil aceptar que me corrija otro que falla como yo.

Partiendo de que todo pecado es un error, lo que falla es la capacidad de convencer al otro de su equivocación. Una buena corrección tiene que dejar claro que buscamos el bien del otro no nuestra vanagloria. Debemos demostrarle que no solo se aleja él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia esa meta.

Todo lo que atéis en la tierra…” Hace dos domingos, el mismo Mateo ponía en boca de Jesús las mismas palabras referidas a Pedro. El poder de decidir ¿lo tiene Pedro o lo tiene la comunidad? Solo hay una solución: Pedro actúa como cabeza de la comunidad. En el evangelio de Mt no se encuentra una autoridad que toma decisiones.

“Donde dos estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está identificado con cada una de sus criaturas, pero solo se manifiesta cuando hay comunidad. La relación de amor es el único marco idóneo para que Dios se haga presente. Se trata de estar buscando únicamente el bien del hombre.

La comunidad es la última instancia de nuestras relaciones con Dios. Es absurdo pretender una directa relación con Dios para solucionar mis fallos. La solución final que nos da el evangelio manifiesta la incapacidad de la comunidad para convencer al otro de su error. Si tiene que apartarlo es que no tiene la capacidad de integrarlo.

Sin verdadera comunidad, las propuestas evangélicas carecen de sentido. Debemos reconocer que hoy no existe comunidad. Tenemos una iglesia jerárquica que destroza las bases de una comunidad. La corrección fraterna solo se puede dar entre iguales. Si la hace el superior, será imposición. Si la hace el inferior, será rebeldía.

jueves, 27 de agosto de 2026

XXII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XXII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 30, 2026 
Jeremías 20, 7-9 / Salmo 62 / Romanos 12, 1-2



Jesús, en el evangelio, nos dice a cada uno de nosotros, lo que dijo a sus discípulos hace mucho tiempo atrás. Reflexionemos lo que nos implica hoy …

Evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: "No lo permita Dios, Señor; eso no te puede suceder a ti". Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: "¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!".

Luego Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras''.

Reflexión:

¿Qué implica seguir a Jesús?

Par el día de hoy, la reflexión podemos hacer empleado “uno de los modos oración” de san Ignacio de Loyola: después de leer las escrituras, tenemos que respondernos las siguientes preguntas: ¿qué dice el texto? ¿qué me dice a mí? ¿a qué me invita? Y con ellas “sacar provecho para nuestra vida”.

Para mí, el punto central que encuentro es que la afirmación que Jesús dice a los discípulos, me lo dice hoy a mí, de esta manera: "Si quieres venir conmigo (seguirme), renuncia a tí mismo, toma tu cruz y sígueme. Pues si quieres salvar tu vida, la perderás; pero si la pierdes por mí, la encontrarás”.

Entonces, tengo que responder a la propuesta que me hace Jesús a seguirlo; necesito discernir para tomar mi elección; debo tener claro porqué, a dónde y a qué, voy al seguir a Jesús:

·       ¿Porqué habría de seguirte Jesús? … porque, al ir conociendo quién y cómo eres, y la manera en que te relacionas con las personas, comenzando con las más necesitadas (las que sufren), me “ha seducido, me ha ganado simpatía el buscar que las relaciones interpersonales fraternas sean un camino del bien común” (cfr.  Jer 20, 7). Me gusta que pongas en práctica lo que predicas. Me hace soñar que yo podría hacer similar; me despierta una “sed interior” y “admiración” por ti, ”que no puedo contener” y me mueve a seguirte

·       ¿A dónde vas Jesús? … te miro recorrer los caminos y lugares, llegar a las fronteras de la vida digna, de salud precaria y esperanza disminuida … donde parece que falta todo, y nadie quiere ir; a donde están los descartados de la sociedad…  Allí, en dónde solo pasan las miradas…

·       ¿A qué vas a allí? … a llevar un Buena Noticia, de esperanza, de alivio; a sanar corazones y dignidad rotas … a levantar al que sufre, a tenderle una mano que lo levante y fortaleza para continuar, pero, nuevo brío y esperanza. Va a hacer presente el amor, a través de la voz defensora que protege al débil…

Para seguir a Jesús, nos dice Ignacio de Loyola, que habremos de subir por los peldaños de una escalera: el primero, de la pobreza (desapego a las cosas materiales), los oprobios (dificultades y conflictos, desprecio y humillaciones, por ser fieles al Evangelio) y la humildad (reconocer que todo lo bueno viene de Él) …  y así, finalmente conseguir todas las virtudes para una vida plena.

Seguir a Jesús, a su manera, es hacernos “ofrenda vida, santa y agradable” (cfr. Rom 12, 1-2), es enfrentar los retos y dificultades (nuestra cruz), para ganar “una vida que valga la pena vivir”.

¿Por qué podría seguirte Jesús?... ¿Qué necesito para tener el valor de seguirte?... ¿Qué podría perder y qué ganaría al seguirte?

PD. El próximo martes 1º. de septiembre, iniciamos Ejercicios Espirituales en la Vida Ordinaria: informes y registro, en https://tinyurl.com/EjerciciosEspiritualesVO

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXIV Domingo de Tiempo Ordinario – A – (Reflexión)

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