martes, 18 de agosto de 2026

XXI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XXI Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 23, 2026 
Isaίas 22, 19-23 / Salmo 137 / Romanos 11, 33-36


En la liturgia de este domingo, se nos recuerda cuales son algunas actitudes que al vivirlas, con fe, transforman nuestra vida …

Evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?" Ellos le respondieron: "Unos dicen que eres Juan, el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas".

Luego les preguntó: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". 

Jesús le dijo entonces: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".

Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Reflexión:

¿Quién es Jesús para mí?

La reflexión de este domingo nos lleva a que tengamos que interiorizar en nosotros mismos para poder responder, las preguntas que Jesús hizo a sus discípulos, y que hoy, nos hace personalmente: ¿quién dice la gente que es Jesús, el Hijo del hombre? y tú (pon tu nombre aquí) ¿quién dices que soy yo?

Para responder la primera pregunta, es “relativamente fácil”, por que podemos tan solo repetir lo que hemos escuchado, visto o leído sobre lo que “otros” han dicho o dicen acerca de él; pero, de una u otra manera, tendría que haber estado atento a esos comentarios, para repetirlos. Hasta aquí, podríamos decir que es información externa y que puedo o no considerar verdadera o falsa.

Para responder la segunda pregunta, la cosa cambia, porque es una pregunta personal y eso solo es posible dar una respuesta cuando efectivamente “conozco” a la persona, en este caso a Jesús; como cuando conozco a otras personas (papás, hermanos, amigos, compañeros, etc.).

El decir, para responder quién es Jesús para mí, me tengo que implicar, para no es solo dar mi “opinión” sobre él; implicarme es responder a partir de mis experiencias y encuentros con él, y de recordar (pasar por el corazón), como reconocí su presencia, en mi oración y en la vida diaria … lo que le escuché hablar y cómo lo vi actuar y relacionarse con la gente y conmigo.

El haber estado con él nos da la oportunidad de para pasar del saber (tener información sobre él) a conocer (experimentar y relacionarme) quién y cómo es Jesús, lo que permite entender mejor sus principios y valores, qué lo mueve interiormente y hacia dónde se dirige.

“Conocerlo internamente”, como dice San Ignacio de Loyola, es lo que me enamora de él y de su proyecto, y me transforma internamente para seguirlo. Eso si que es personal, pero no individualista, porque seguir a Jesús, nos “saca de nuestro propio querer e interés” y nos lanza a la colaboración de la misión salvadora. Así como a Eleacín, en primera lectura, Dios lo elige, también lo hace con cada uno, si lo escuchamos y lo aceptamos, entonces, como en la segunda lectura, podremos como Pablo reconocer “la gracia y revelación” de parte de Dios, que nos dice quién es y cómo es Dios… como es Jesús.

También hoy, como Pedro, podemos reconocer a Jesús, como el Hijo de Dios, y escuchar como nos dice, analógicamente: “sobre tí (pon tu nombre nuevamente aquí), edificaré mi Iglesía”.

¿Quiénes me han dado a conocer a Jesús, y qué me han dicho sobre él?... ¿Qué fundamenta mi respuesta sobre quién es Jesús para mí?... ¿Cómo puedo conocer mejor a Jesús?...

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XXI Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 23, 2026 
Isaίas 22, 19-23 / Salmo 137 / Romanos 11, 33-36

Evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?" Ellos le respondieron: "Unos dicen que eres Juan, el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas".

Luego les preguntó: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". 

Jesús le dijo entonces: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".

Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

UNA PREGUNTA DECISIVA

José Antonio Pagola

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Esta pregunta de Jesús no está dirigida solo a sus primeros seguidores. Es la cuestión fundamental a la que hemos de responder siempre los que nos confesamos cristianos.

Nuestra primera reacción puede ser encontrar rápidamente una respuesta doctrinal y confesar de manera rutinaria que Jesús es el «Hijo de Dios encarnado», el «Redentor» del mundo, el «Salvador» de la humanidad. Títulos todos ellos muy solemnes y ortodoxos, sin duda, pero que pueden ser pronunciados sin contenido vital alguno.

La pregunta de Jesús no nos pide simplemente nuestra opinión. Nos interpela, sobre todo, acerca de nuestra actitud ante él. Y esta no se refleja solo en nuestras palabras, sino sobre todo en nuestro seguimiento concreto a él. Como ha escrito algún teólogo: «La breve proposición: “Yo creo que Jesús es el Hijo de Dios”, significa algo completamente distinto si la pronuncia Francisco de Asís o la pronuncia uno de los actuales dictadores sudamericanos. El Dios de estos hombres no es el mismo, o, al menos, el Dios al que cada uno invoca para dirigir su conducta».

Las palabras de Jesús piden una opción radical. O bien Jesús es para nosotros un personaje más, junto a otros muchos de la historia, o bien es la Persona decisiva que nos proporciona la comprensión última de la existencia, da la orientación decisiva a nuestra vida y nos ofrece la esperanza definitiva.

La pregunta «¿quién decís que soy yo?» cobra entonces un contenido nuevo. No es ya una cuestión sobre Jesús, sino sobre nosotros mismos. ¿Quién soy yo? ¿En quién creo? ¿Desde dónde oriento mi existencia? ¿A qué se reduce mi fe?

Todos hemos de recordar una y otra vez que la fe no se identifica con las fórmulas que pronunciamos. Para comprender mejor el alcance de «lo que yo creo» es necesario verificar cómo vivo, a qué aspiro, en qué me comprometo.

Por eso, la pregunta de Jesús, más que un examen sobre nuestra ortodoxia, debería ser la llamada a un estilo de vida cristiano. Evidentemente no se trata de decir o creer cualquier cosa acerca de Cristo. Pero tampoco de hacer solemnes profesiones de fe ortodoxa para vivir luego muy lejos del espíritu que esa misma proclamación de fe exige y lleva consigo.

 

SOLO DESCUBRIRÁS QUIÉN ES JESÚS SI VIVES LO QUE HAY DE DIVINO EN TI.

Fray Marcos

Lo primero que hay que tener en cuenta es que los evangelios están escritos mucho después de la muerte de Jesús. Reflejan, no lo que dijo o hizo, sino lo que las primeras comunidades interpretaron de los que recordaban de él. El texto expresa vivencias pascuales de la primera comunidad. Esto no le quita importancia, sino que se la da.

Se diferencia la opinión de la gente de la de los discípulos para expresar una fórmula de la fe primitiva. La diferencia estaría entre lo que la gente y los discípulos pensaron de Jesús mientras vivía y lo que pensaron de él después de la experiencia pascual.

Mientras vivieron con él le mostraron una gran admiración y estima, pero no se dieron cuenta de toda la novedad que aportaba. A los discípulos les costó Dios y ayuda dar el paso de la visión nacionalista del Mesías, que era general entre judíos, al Mesías que  demostró ser Jesús. Solo después de la experiencia pascual consiguieron dar ese paso.

De Jesús, como ser humano sí podemos hablar. De lo divino que hay en Jesús, nada podemos decir con propiedad, escapa a nuestra capacidad intelectual. Pero lo divino se manifestó en su humanidad y aunque no podemos definirlo, podemos intuirlo.

Si nos empeñamos en pensar lo divino y lo humano como diferentes, imposibilitamos una respuesta coherente. Si Jesús fue Dios es porque es hombre, y si es hombre cabal es porque es divino. No hay incompatibilidad entre ambas realidades. Al contrario, Dios es el fundamento de lo humano y el hombre solo llegará a su plenitud en lo divino.

La respuesta de Pedro no supone ninguna novedad. El objetivo del relato es afianzar una profesión de fe pascual. Si Pedro hubiera dicho esa frase antes de la experiencia pascual, lo hubiera hecho pensando en un “hijo de Dios” en el sentido en que lo entendían los judíos; como persona cercana a Dios que tiene una misión especial.

No podemos definir con dogmas lo que es Jesús, pero tampoco podemos dejar de hacernos la pregunta. Lo que es Jesús, nunca lo descubriremos. Todo intento de responder con fórmulas racionales será inútil. La respuesta no puede ser teórica. Solo tomaré conciencia de los que es Jesús en la medida que viva lo que él vivió.

Dar por completas y definitivas las respuestas de los primeros concilios nos ha llevado a la ruina. Lo que nos debe importar es descubrir la calidad humana de Jesús en la que queda reflejada su divinidad. Nuestra tarea será descubrir la manera de llegar nosotros a esa misma plenitud. Se trata de responder con la propia vida.

Respecto a la segunda cuestión, tenemos que aclarar algunos puntos. Los textos paralelos de Mc y de Lc no dicen nada de la promesa de Jesús a Pedro. Es éste un dato muy interesante, que tiene que hacernos pensar. Mt lo relata con toda intención.

Debemos tener en cuenta que existe otro texto paralelo en Mt, que leeremos dentro de dos domingos, que va dirigido a la comunidad: “Porque lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo; y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”.

En dos lugares tan próximos del mismo evangelio dan el poder de atar y desatar a Pedro y a la comunidad. Esto quiere decir que la última palabra la tiene siempre la comunidad. Pedro actúa como cabeza de la comunidad no en nombre propio.

A Jesús nunca le pudo pasar por la cabeza el fundar una Iglesia. Él era judío por los cuatro costados y no podía pensar en una religión distinta. Lo que quiso hacer con su mensaje, fue purificar la religión judía de todas las adheren­cias que la hacían incompatible con el verdadero Dios. Lo mismo intentaron sus inmediatos seguidores.

jueves, 13 de agosto de 2026

XX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XX Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 16, 2026 
Isaías 56, 1.6-7 / Salmo 66 / Romanos 11, 13-15. 29-32


En la liturgia de este domingo, se nos recuerda cuales son algunas actitudes que al vivirlas, con fe, transforman nuestra vida …

Evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: "Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: "Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros". Él les contestó: "Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel.

Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: "¡Señor, ayúdame!" Él le respondió: "No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos". Pero ella replicó: "Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos". Entonces Jesús le respondió: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

Reflexión:

¿Cómo me relaciono con los demás?

Las lecturas de este domingo nos presentan tres puntos a reflexionar: la universalidad del mensaje de salvación, la misericordia y compasión del Señor y nuestra fe.

Si bien, la historia de salvación narrada en la Biblia nace y se va desarrollando en el pueblo escogido por Dios, hoy escuchamos que es para todas las personas, independientemente de su origen y/o nacionalidad.

Podemos decir que cualquier persona que tenga un interés genuino en conocer, seguir y vivir el mensaje de salvación que se nos transmite a través de la Palabra (en el antiguo y nuevo testamento de la Biblia), podrá ser salvado, de aquello que le impide disfrutar de lo que Dios quiere para nosotros: “que tengamos una vida que valga la pena vivir” (cfr. Carlos Morfín SJ)

En la primera lectura, el profeta Isaías (56, 1.6-7), nos dice lo que el Señor nos invita a vivir, en relación con las demás personas, en derecho y justicia, es decir, reconocer la dignidad que Dios ha dado a cada persona y actuar para que nadie sea tratado como menos, en relaciones interpersonales sanas, horizontales, que permitan a toda persona vivir y crecer.

Luego, el apóstol Pablo (Rom 11, 13-15. 29-3), nos hace un llamado que nos interpela todavía hoy, al recordarnos lo que hemos dejado de hacer, quiénes nos decimos cristianos de hoy, y actuamos en rebeldía en contra de las invitaciones de Jesús a ser y hacer el bien entre nosotros; Pablo rompe la lógica de “nosotros, por ser seguidores de Jesús” somos los buenos… no, todos somos dignos del amor y misericordia de Dios.

Así, las lecturas nos han puesto de manifiesto que el llamado a vivir con actitudes fraternas es universal, es para todas las personas). En el evangelio de Mateo, contemplamos a una mujer cananea, que “no tiene derecho a ser atendida”, según los judíos, pero ella busca, suplica e insiste a Jesús, por su compasión, para salvar a su hija de los demonios que la atormentan y le quitan vida.

Su insistencia provoca la intervención de los apóstoles: “atiéndela … nos fastidian sus gritos”, y Jesús en aparente desprecio, termina reconociendo en ella: “¡qué grande es tu fe! … que se cumpla lo que deseas”.

Lo que hoy nos deja la Palabra es un reto personal: * a vivir la justicia de Dios, más allá de nuestras fronteras, * nuestra fe en Dios, nos lanza a actuar, siendo compasivos…  

¿Qué hago yo cuando alguien que considero "diferente" se acerca a mí con una necesidad?... ¿Cómo tener y mantener relaciones interpersonales fraternas?... ¿Cómo ir más allá de mis fronteras y ser persona de bien, desde el amor?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XX Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 16, 2026 
Isaías 56, 1.6-7 / Salmo 66 / Romanos 11, 13-15. 29-32



Evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: "Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: "Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros". Él les contestó: "Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel.

Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: "¡Señor, ayúdame!" Él le respondió: "No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos". Pero ella replicó: "Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos". Entonces Jesús le respondió: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


  #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

El Evangelista nos cuenta hoy el encuentro de Jesús con una mujer «cananea». Los cananeos eran vistos con recelo: en la mente de los judíos existían prejuicios culturales, tensiones teológicas y divisiones territoriales; eran considerados los rivales corruptos que debían ser expulsados.

En el Evangelio, una madre «cananea» desesperada le grita a Jesús: «Ten compasión de mí...», y Jesús la ignora. Los discípulos interceden por ella: «Atiéndela...», y la respuesta de Jesús nos deja perplejos.

Sin embargo, la mujer no se resigna al rechazo; se acerca, se postra y suplica de nuevo. Jesús no parece conmoverse al inicio, pero ella tampoco se inmuta: tiene dos certezas en el corazón: su hija necesita ser sanada y Jesús puede hacerlo. Su fe es tan grande que conmueve a Jesús y hace cambiar de postura al mismísimo Señor.

Imaginemos la escena: imaginemos a la cananea, imaginemos a Jesús. ¿Qué nos enseña ella? ¿Qué aprendemos de Él?

Hay momentos en nuestra vida en los que podemos identificarnos con ese rostro de Jesús: distantes e incluso movidos por condicionantes ideológicos a los que les cuesta dejar fluir la misericordia y el amor. Pero ese mismo Jesús es capaz de transformarse, conmoverse y cambiar su opinión, gracias a alguien totalmente inesperado.

¿A qué te sientes invitada, invitado hoy por la Palabra?

#FelizDomingo


“¡Mujer, qué grande es tu fe!”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

El jesuita brasileño João Batista Libânio, fallecido hace algunos años, en uno de sus muchos libros, decía que las condiciones del cambio eran la sospecha y la experiencia de lo diferente. Cuando funcionamos según nuestros prejuicios, no somos capaces de abrirnos a lo diferente y mucho menos nos atrevemos a sospechar que nuestras posiciones puedan estar equivocadas. Y, por desgracia, vivimos llenos de prejuicios políticos, culturales, sociales, raciales, religiosos...

Cuentan que una vez le preguntaron a un ciudadano estadounidense si era demócrata o republicano, a lo que el hombre respondió: “Soy demócrata”. Le preguntaron, entonces: “¿Por qué es usted demócrata?” “–Soy demócrata, dijo el hombre, porque mi papá era demócrata, mi abuelo era demócrata, toda mi familia ha sido siempre demócrata. Por eso soy demócrata”. “Vamos a ver, inquirió el entrevistador, si su papá hubiera sido un ladrón, su abuelo un ladrón y toda su familia fuera de ladrones, ¿sería usted también ladrón?” “Desde luego que no, respondió el hombre. En ese caso sería republicano”.

Este pequeño ejemplo de prejuicio político es apenas una muestra de lo que funciona dentro de nuestra cabeza. Muy rápidamente sacamos conclusiones respecto de la gente que conocemos todos los días. Cada uno podría hacer un ejercicio de reconocimiento de los propios prejuicios pensando: ¿Cómo le parece que sea una persona que tiene una cuenta bancaria sustanciosa o alguien que esté desempleado? ¿Qué pensamos de una persona nacida en Pasto o en la Costa? ¿Qué respuesta le daríamos a alguien que viene a decirnos que acaba de llegar de una zona de reconocida influencia guerrillera o paramilitar? Y así, se podrían seguir dando muchos ejemplos.

Caminando Jesús por una región apartada, se encuentra con una mujer extranjera. La primera actitud del Señor fue pasar de largo y no contestar nada a los gritos de la mujer, que pedía que le curara a su hija. Los discípulos, entonces, le ruegan que le diga a la mujer que se vaya o que la atienda, “porque viene gritando detrás de nosotros”. Jesús respondió: “Dios me ha enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. Pero la mujer siguió insistiendo: “Fue a arrodillarse delante de él, diciendo: –¡Señor, ayúdame!” Y Jesús le contestó: “–No está bien quitarle el pan a los hijos y dárselo a los perros”. Solemos decir que el perro es el mejor amigo del hombre, pero a nadie le dicen perro como piropo... Sin embargo, la mujer es capaz de sobrepasar el insulto y decirle a Jesús: “–Sí, Señor; pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Jesús, entonces, vencido por la mujer, termina diciendo: “–¡Mujer, qué grande es tu fe! Hágase como quieres. Y desde ese mismo momento su hija quedó sana”.

Es evidente que Mateo quiere dar una lección a su comunidad judeocristiana, para que acojan a los extranjeros como legítimos beneficiarios de los dones del Reino anunciado por Jesús. Para ello, no duda en presentar a un Jesús que fue capaz de abrirse al encuentro con esta mujer extranjera y dejarse vencer por la fortaleza de su fe y su perseverancia. Algunos autores insisten en afirmar que Jesús estaba poniendo a prueba la fe de esta mujer, pero a mi no me cabe en la cabeza que Jesús fuera capaz de insultar a alguien si no es porque estaba convencido de lo que estaba diciendo.

Si queremos sospechar de nuestras posiciones ya tomadas, deberíamos ser capaces de abrirnos al encuentro con lo diferente de nosotros mismos y dejar que este contacto con lo distinto nos cuestione y nos ayude a cambiar nuestro comportamiento habitual frente a los demás, especialmente, frente a aquellos que descalificamos de entrada por nuestros prejuicios.

EL GRITO DE LA MUJER

José Antonio Pagola

Cuando en los años ochenta del siglo I Mateo escribe su evangelio, la Iglesia tiene planteada una grave cuestión: ¿qué han de hacer los seguidores de Jesús? ¿Encerrarse en el marco del pueblo judío o abrirse también a los paganos?

Jesús solo había actuado dentro de las fronteras de Israel. Eliminado rápidamente por el representante de Roma y los dirigentes del templo, no había podido hacer nada más. Sin embargo, rastreando en su vida, los discípulos recordaron dos cosas muy iluminadoras. Primero, Jesús era capaz de descubrir entre los paganos una fe más grande que entre sus propios seguidores. Segundo, Jesús no había reservado su compasión solo para los judíos. El Dios de la compasión es de todos.

La escena es conmovedora. Una mujer sale al encuentro de Jesús. No pertenece al pueblo elegido. Es pagana. Proviene del maldito pueblo de los cananeos, que tanto había luchado contra Israel. Es una mujer sola y sin nombre. Tal vez es madre soltera, viuda o ha sido abandonada por los suyos.

Mateo solo destaca su fe. Toda su vida se resume en un grito que expresa lo profundo de su desgracia. Viene detrás de los discípulos «gritando». No se detiene ante el silencio de Jesús ni ante el malestar de sus discípulos. La desgracia de su hija, poseída por «un demonio muy malo», se ha convertido en su propio dolor: «Señor, ten compasión de mí».

En un momento determinado, la mujer alcanza al grupo, detiene a Jesús, se postra ante él y de rodillas le dice: «Señor, socórreme». No acepta las explicaciones de Jesús, dedicado a su quehacer en Israel. No acepta la exclusión étnica, política, religiosa y de sexos en que se encuentran tantas mujeres, sufriendo soledad y marginación.

Es entonces cuando Jesús se manifiesta en toda su humildad y grandeza: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas». La mujer tiene razón. De nada sirven otras explicaciones. Lo primero es aliviar el sufrimiento. Su petición coincide con la voluntad de Dios.

¿Qué hacemos los cristianos de hoy ante los gritos de tantas mujeres solas, marginadas, maltratadas y olvidadas por la Iglesia? ¿Las dejamos de lado justificando nuestro abandono por exigencias de otros quehaceres? Jesús no lo hizo.

 

UN DIÁLOGO QUE ENRIQUECE A JESÚS Y A LA MUJER

Fray Marcos

Hoy las tres lecturas y el salmo van en la misma dirección: La salvación para todos. La apertura a los gentiles fue complicada. Muchos seguidores de Jesús pretendían mantener la pertenencia al judaísmo como la marca y seña de la nueva comunidad, conservando la fidelidad a la Ley. El problema no se solucionó hasta pasado un siglo de la muerte de Jesús.

Seguramente la retirada a territorio pagano está motivada por la oposición de los dirigentes. Jesús viendo el cariz que toman los acontecimientos prefiere apartarse un tiempo de los lugares donde le vigilaban. El relato pretende romper con los esquemas estereotipados que algunos cristianos pretendían mantener: judío=creyente y extranjero=pagano o ateo.

Quiere dejar claro que, si una persona tiene fe en Jesús, no se puede impedir su pertenencia a la comunidad, aunque sea “pagana”. Es un relato magistral que plantea el problema desde las dos perspectivas. Insiste tanto en la actitud abierta de los cristianos como en la urgencia de que los paganos vinieran con una disposición adecuada de sinceridad y humildad.

Los perros son considerados impuros en muchas culturas. La idea que nosotros tenemos de hiena es lo que más se aproxima a la idea de perro. Pero hay gran diferencia entre los perros salvajes y los de compañía que son considerados como familia. A esta diferencia se aferra la mujer para salir airosa. Jesús no podía prescindir de los prejuicios que el pueblo judío arrastraba. Tenía motivos para no hacerle caso; pero vemos un Jesús dispuesto a aprender.

En el AT hay chispazos que nos indican ya la apertura total por parte de Dios a todo aquel que le busca con sinceridad. La primera lectura nos lo confirma: "A los extranjeros que se han dado a Señor les traeré a mi monte santo". No cabe duda de que Jesús participa de la mentalidad del pueblo. En aquel tiempo, fue la única manera de garantizar su supervivencia.

Para Jesús la religión no era una programación por eso fue capaz de responder vivencialmente ante situaciones nuevas. Su experiencia de Dios y las circunstancias le hicieron ver que solo puede uno estar con Dios si está con el hombre. Pero para poder comunicar una experiencia, primero hay que vivirla. Jesús no tuvo más remedio que aprender de la experiencia cotidiana.

Jesús toma en serio a la mujer, no como los discípulos. El “apoluson” griego significa también despedir, rechazar. La respuesta: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”, no va dirigida a los apóstoles, sino a dureza de la respuesta no desanima a la mujer, sino que le hace ver que el atenderla a ella no va en contra de la atención a los suyos.

Por ser auténtico y sincero por ambas partes, el diálogo es fructífero. Los dos aprenden y produce el milagro del cambio en ambos. A pesar de su actitud, Jesús cambia y descubre lo que en aquella mujer había de auténtica creyente. Jesús descubre que esa mujer, ajena al entorno de Jesús, tiene más confianza en él que los más íntimos que le siguen.

La Cananea demuestra una sensibilidad mayor de la que muestra Jesús. De ella aprendió Jesús que debía superar sus prejuicios. Aprendió que hay que proteger ante todo a los débiles; una idea femenino-maternal. Le sorprendió la confianza absoluta que en él tenía; otro valor femenino. Jesús hace suyos los valores femeninos que ve en la mujer y acepta su "anima".

La mujer representa a todos los que sufren por el dolor de un ser querido. La profunda relación entre ambas impide delimitar donde empieza el problema de su hija, porque la madre es también parte del problema; primero dice: ten piedad de mí y más tarde: socórreme. La enfermedad de la hija se debe a la actitud inadecuada de la madre.

El diálogo tuvo que ser más largo. En él la actitud de la madre ha cambiado y Jesús descubre que ese cambio tendrá repercusiones positivas en la enfermedad de la hija. Viendo la nueva actitud de la madre, Jesús puede decir sin miedo a equivocarse: tu hija está curada.

 

 


miércoles, 5 de agosto de 2026

XIX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XIX Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 9, 2026 
1 Reyes 19, 9. 11-13 / Salmo 84 / Romanos 9, 1-5

En este domingo, las lecturas nos recuerdan como tenemos que confiar en la presencia de Dios en nuestra vida, sabiendo reconocer como se nos presenta …

Evangelio según san Mateo 14, 22-33

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa, y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron, y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Reflexión:

¿Dónde reconozco a Dios, en mi vida?

En la medida que aprendemos a reconocer la presencia de Dios en nuestra vida, todo cambia, para bien.

Si bien, a los seres humanos, lo desconocido, lo misterioso, lo que va más allá de lo comprensible, nos da miedo, nos preocupa y quita la paz, cuando tenemos confianza en Dios, porque lo conocemos, entonces esas “tristezas y dolores incesantes en nuestro corazón” (cfr. Rom 9, 1-5), serán trasformados en paz y serenidad, para elegir lo que mejor nos conviene.

En esta reflexión, hemos mencionado muchas veces, que el conocimiento interno de Jesús aumenta nuestra confianza y fe en él, y así, podremos responder mejor a las diversas situaciones de la vida, al estilo que hemos aprendido de Él.

Al igual que le pasó a Elías (1 Rey 19, 9.11-13), nosotros pudiéramos estar esperando encontrarlo de una manera espectacular y vistosa, pero, lo que nos dice esta lectura sobre el profeta es que fue en el “murmullo de una brisa suave” que lo puedo reconocer … Y sí, para poder escuchar a Dios, es más fácil cuando estamos tranquilos, atentos y en paz … aún en momentos de dificultades; no digo que sea fácil, pero tampoco es difícil.

Hay que mirar y aprender de Jesús, quién después de la multiplicación de los panes “subió al monte a solas para orar” …ora, para escuchar al Padre … porque “Y, ¿qué es orar? Es buscar en el ruido, silencio. En el silencio, palabra. Y en la palabra, un destino.” José María Rodríguez, SJ.

Jesús ora para cumplir su misión: salvarnos, de los miedos, inseguridades e incertidumbres (tormentas de la vida), que no nos permiten navegar por la vida y llegar a buen puerto. Igual que les pasó a sus apóstoles, en la tormenta, y se asustan porque no re-conocen a Jesús, quien responde: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Así es Jesús, nos tiende la mano, cuando por desconfianza nos hundimos en las “tormentas de la vida” y le pedimos “¡Salvamos, Señor!” … Él está siempre con nosotros, para sacarnos de donde estamos (o nos metimos). Ojalá, que no lleguemos a escuchar de Jesús, que nos diga “hombres / mujeres de poca fe, ¿porqué dudan de mi?.

Entonces, al conocer a Jesús, nos ayudará a re-conocer su presencia en nuestra vida, y podremos, al igual que él, "echar una mano" a quiénes estén en tormentas. Para conocerlo mejor, lo hacemos orando ... como él; el fruto de la oración es mayor confianza en Jesús, en su manera de ser y hacer, lo que transforma nuestra mirada y nos lleva a nueva manera de vivir, amar y servir.

¿Cuáles son tormentas interiores, en este tiempo?... ¿Cómo puedo mantenerme unido a Jesús y tener una mejor vida?... ¿Cómo puedo enfrentar / responder a los desafíos de la vida?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 
Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XIX Domingo de Tiempo Ordinario – A – (Profundizar)

 XIX Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 9, 2026  
1 Reyes 19, 9. 11-13 / Salmo 84 / Romanos 9, 1-5

Evangelio según san Mateo 14, 22-33

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa, y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron, y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

La Palabra este domingo nos anuncia una buena noticia: Jesús siempre viene, Él siempre llega. Con este anuncio podríamos deducir que hay momentos y lugares en que no está: como en la cueva donde pasaba la noche Elías en el monte Horeb, o en la barca sacudida por las olas con viento contrario en medio del mar. Cada una y cada uno de nosotros podríamos pensar en tiempos y lugares en donde experimentamos que Él no está. Podría ser que hoy mismo vivamos un tiempo de cueva y noche, o de agitación en medio del mar.

La invitación que recibimos con este anuncio es a sostenernos por la fe en que Jesús viene, en que Él va a llegar. También nos describe la Palabra que Él llega de un modo que no podíamos imaginar; asusta y sorprende, sobre todo cuando nuestro corazón comienza a dudar.

Pero Él toma la iniciativa de devolvernos la tranquilidad: «Soy yo, no temas». Sin embargo, nosotros, como Pedro, podemos obstinarnos en dudar: exigimos pruebas sobrenaturales como pedirle «caminar sobre el mar», y con todo ello nuestra falta de fe nos hunde. Y ante nuestro grito: «¡Sálvame!», nos agarra de la mano y nos da su paz.

¿En qué "cueva" o "mar agitado" necesitas escuchar hoy su «Soy yo, no temas»?

Pidamos al Señor la gracia de descubrirlo en la brisa suave, en la sonrisa amable, en la mano extendida o en la mirada tierna en la que llega para estar.

#FelizDomingo

“¡Tengan valor, soy yo, no tengan miedo!”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Es frecuente que sólo nos acordemos de Dios en tiempos de crisis y dificultad. Cuando navegamos por aguas tranquilas y nuestra vida transcurre sin particulares sobresaltos, podemos ir perdiendo la referencia fundamental al Señor. Podríamos decir, utilizando el lenguaje de san Ignacio de Loyola para referirse a los estados del alma, que en tiempos de desolación buscamos con más insistencia a Dios; y que en tiempos de consolación nos olvidamos de él, como la fuente de toda gracia.

Juan Casiano (ca. 360-435), uno de los padres de la Iglesia, cuyos escritos marcaron definitivamente el monaquismo de Occidente, nos presenta, en una de sus obras, algunas causas por las cuales las personas vivimos momentos de desolación. En primer lugar, dice Casiano, "de nuestro descuido procede, cuando andando nosotros indiferentes, tibios y empleados en pensamientos inútiles y vanos, nos dejamos llevar de la pereza, y con esto somos ocasión de que la tierra de nuestro corazón produzca abrojos y espinas, y creciendo éstas, claro está que habemos de hallarnos estériles, indevotos, sin oración y sin frutos espirituales" (Conlationes IV,3).

La segunda causa por la cual Dios permite que tengamos estas experiencias de abandono, según Casiano, es “para que desamparados un poco de la mano del Señor (...) comprendamos que aquello fue don de Dios, y que la quietud, que puestos en esta tribulación le pedimos, únicamente la podemos esperar de su divina gracia, por cuyo medio habíamos alcanzado aquel primer estado de paz, de que ahora nos sentimos privados” (Conlationes IV,4).

Ignacio de Loyola, en el siglo XVI, explicará esto mismo diciendo que Dios permite que vivamos momentos de desolación “por darnos vera noticia y conocimiento para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crecida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación espiritual, mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor; y porque en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento en alguna soberbia o gloria vana, atribuyendo a nosotros la devoción o las otras partes de la espiritual consolación” (EE, 322).

Pedro, junto con los demás discípulos, vive un momento de crisis profunda, cuando en medio de la noche, y sintiendo que “las olas azotaban la barca, porque tenían el viento en contra”, ve a Jesús caminando sobre las aguas; dice san Mateo que los discípulos “se asustaron, y gritaron llenos de miedo: – ¡Es un fantasma!”. La respuesta de Jesús los tranquilizó: “– ¡Tengan valor, soy yo, no tengan miedo!” Pedro, entonces, con la seguridad que le daban estas palabras, dice: “– Señor, si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el agua”. A lo que Jesús, ni corto ni perezoso, le respondió: “­– Ven”. Entonces, “Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Jesús. Pero al notar la fuerza del viento, tuvo miedo; y como comenzaba a hundirse, gritó: – ¡Sálvame, Señor! Al momento, Jesús lo tomó de la mano y le dijo: – ¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?”

Como Pedro, cuando caminamos sobre aguas tranquilas guiados y conducidos por el Señor, tenemos la tentación de sentirnos dueños de lo que hacemos y nos olvidamos de aquel que hace posible nuestra existencia. De manera que, “para que en cosa ajena no pongamos nido”, es precisamente en las crisis y en los momentos de turbulencia, cuando reconocemos la verdadera fuente de nuestra seguridad y, como los discípulos, después de la tormenta, nos postramos en tierra para decirle al Señor: “–¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!”

APRENDER A CREER DESDE LA DUDA

José Antonio Pagola

No es fácil responder con sinceridad a esa pregunta que Jesús hace a Pedro en el momento mismo en que lo salva de las aguas: «¿Por qué has dudado?».

A veces, las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos turban sin saber exactamente por qué. Principios aceptados hasta entonces como inconmovibles comienzan a tambalearse. Y se despierta en nosotros la tentación de abandonarlo todo sin reconstruir nada nuevo.

Otras veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador. La última palabra sobre mi vida se me escapa y es duro abandonarme al misterio: mi razón sigue buscando insatisfecha una luz clara y apodíctica que no encuentra ni podrá jamás encontrar.

No pocas veces la superficialidad y ligereza de nuestra vida cotidiana y el culto secreto a tantos ídolos nos sumergen en largas crisis de indiferencia y escepticismo interior, con la sensación de haber perdido realmente a Dios.

Con frecuencia es nuestro propio pecado el que quebranta nuestra fe, pues esta decae y se debilita cuando nos alejamos de Dios. Si somos sinceros, hemos de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que profesamos ser y el creyente que somos en realidad. ¿Qué hacer al constatar en nosotros una fe a veces tan frágil y vacilante?

Lo primero, no desesperar ni asustarnos al descubrir en nosotros dudas y vacilaciones. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la oscuridad y el riesgo. A Dios se le busca «a tientas». Y no hemos de olvidar que muchas veces «la fe genuina solo puede aparecer como duda superada» (Ladislao Boros).

Lo importante es aceptar el misterio de Dios con el corazón abierto. Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con él. Y no hace falta esperar a que nuestros interrogantes y dudas se resuelvan para vivir en verdad ante ese Padre.

Por eso lo importante es saber gritar como Pedro: «Señor, sálvame». Saber levantar hacia Dios nuestras manos vacías, no solo como gesto de súplica, sino también de entrega confiada de alguien que se sabe pequeño, ignorante y necesitado de salvación. No olvidemos que la fe es «caminar sobre agua», pero con la posibilidad de encontrar siempre esa mano que nos salva cuando comenzamos a hundirnos.

 

PARA ENCONTRAR A DIOS DEBO SUBIR A LO ALTO

Fray Marcos

Este relato se parece más a los relatos de apariciones pascuales. Algunos exégetas sugieren que puede tratarse de un relato de Jesús resucitado, que han colocado más tarde en el contexto de la vida real. La experiencia nos dice que Dios no se puede meter en conceptos y que es siempre más. Nunca se identifica con lo que pensamos de Él.

Lo narran Mt, Mc y Jn. Los tres lo sitúan después de la multiplicación de los panes. En Mc y Mt, Jesús manda a los discípulos embarcar e ir a la otra orilla. En Jn, la iniciativa es de los discípulos. En los tres Jesús sube a la montaña para orar. En los tres, Jesús camina sobre el agua. La respuesta de Jesús es la misma: “Soy yo, no tengáis miedo”.

El monte es el lugar de la divinidad. Como Moisés la segunda vez que sube al Sinaí, va solo. Nadie le sigue a la esfera de lo divino. La multitud solo piensa en comer. Los apóstoles piensan en medrar. Orar es darse cuenta de lo que hay de Dios en él para poder vivirlo. Jesús tiene necesidad de momentos de auténtica contemplación.

Jesús sube a lo más alto. Los discípulos bajan hasta el nivel más bajo, buscando seguridades. En realidad, encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal, el caos, la destrucción, la muerte. Jesús camina sobre todo esto. El AT dice: solo Dios puede caminar sobre el dorso del océano.

El relato expresa la visión que de Jesús tenía aquella primera comunidad. Era verdadero hombre y como tal, tenía necesidad de la oración para descubrir lo que era y superar la tentación de quedarse en lo material. Al caminar sobre el mar, está demostrando que era también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia.

La barca es símbolo de la nueva comunidad. Las dificultades son consecuencia del alejamiento de Jesús. Jn deja claro que fueron ellos los que decidieron marcharse sin esperarle. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente.

Pero Jesús no les abandona y va en su busca. Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incompatible con sus pretensiones. Su cercanía y muestra de cariño les hace descubrir el verdadero Jesús.

El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra a gusto en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que le inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Juan lo utiliza con mucha frecuencia.

Aparentemente, este episodio tiene mucha miga. Pedro siente una curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ellos. Pero quiere lograrlo por arte de magia, no por una transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: ¡ven! Pedro fracasa por su escasa fe. La Divinidad la tienes que descubrir dentro de ti.

Jesús no revindica para sí esa presencia divina, sino que da a entender que todos estamos invitados a esa participación. Pedro camina sobre el agua mientras está mirando a Jesús; se empieza a hundir cuando mira a las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino porque no es capaz de prescindir de las seguridades materiales.

Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios, solo puede ser vivida. El budismo tiene una frase, a primera vista tremenda: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Podíamos decir también nosotros: si te encuentras con dios, mátalo, es un ídolo que has fabricado tú.

XXI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

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