V Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – febrero 8, 2026
Isaías
58, 7-10 / Salmo 111 / 1 Corintios 2, 1-5
Evangelio
según san
Mateo 5, 13-16
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Ustedes son la
sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el
sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo
alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una
olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la
casa.
Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres,
para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que
está en los cielos''.
Para
profundizar:
Reflexiones
Buena Nueva
#Microhomilia
Hernán
Quezada, SJ
En tiempos insípidos y de oscuridad, tenemos la sensación de que podemos hacer poco; entonces optamos por lamentarnos y quejarnos, acariciamos la desesperanza y nos hacen sentir que nuestras propias vidas, no sirven para nada.
Hoy Jesús, en medio de esta realidad, se dirige a nosotros con fuerza y, me atrevo a decir, incluso con esperanza: "Ustedes son la sal de la tierra", "Ustedes son la luz del mundo".
Y ¿cómo?, ¿cómo le hacemos para devolver sabor, para iluminar tinieblas? La Palabra nos responde:
Sé justo, clemente y compasivo; parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, no te desentiendas de los tuyos. Aleja de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia; ofrece de lo tuyo y sacia el alma afligida. No se trata de dar de lo que nos sobra, sino de lo nuestro, de lo que también necesitamos; no se trata solo de compartir, sino de compartirnos.
La llamada a la acción es muy concreta y no deja lugar ni a la inacción ni a la desesperanza; nos toca y podemos, somos llamados a actuar.
Pero no solo recibimos una llamada, sino una promesa: si eres sal y luz, se curarán tus heridas, delante de ti irá la justicia y detrás de ti la gloria de Dios; cuando clames al Señor, él te responderá: "Aquí estoy".
¿Qué respondes a tal llamada? ¿Concretamente cómo vas a comenzar?
#FelizDomingo
“(...)
procuren ustedes que su luz brille delante de la gente”
Cuenta
la leyenda que una vez una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga. Ésta
huía rápido con miedo de la feroz predadora y la serpiente al mismo tiempo no
desistía. Huyó un día y ella la seguía, dos días y la seguía. Al
tercer día, ya sin fuerzas, la Luciérnaga se detuvo y le dijo
a la serpiente: ¿Puedo hacerte tres preguntas? – No acostumbro dar
entrevistas a nadie, pero como te voy a devorar, puedes preguntar,
contestó la serpiente. –¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?, preguntó la
luciérnaga –No, contestó la serpiente –¿Te hice algún mal?, volvió a preguntar
la luciérnaga –No, respondió la serpiente –Entonces, ¿por qué
quieres acabar conmigo? –Porque no soporto verte brillar, fue la respuesta
simple que dio la serpiente, antes de devorar a la luciérnaga.
“Ustedes
son la sal de este mundo. Pero si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá
recobrar su sabor? Ya no sirve para nada, así que se la tira a la calle y la
gente la pisotea. Ustedes son la luz de este mundo. Una ciudad en lo alto de un
cerro no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para ponerla bajo un
cajón; antes bien, se la pone en lo alto para que alumbre a todos los que están
en la casa. Del mismo modo, procuren ustedes que su luz brille delante de la
gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que
está en el cielo”. Estas palabras de Jesús son el mensaje que nos regala hoy el
Evangelio. Toda una buena noticia que se constituye en una tarea para todos los
cristianos.
La
sal servía antiguamente para evitar la putrefacción de los alimentos. Incluso,
la sal fue para muchas sociedades el elemento que permitió realizar las
primeras actividades comerciales de las que se tiene noticia. Hoy en día, en
los lugares en los que no hay energía eléctrica y no se cuenta con medios para
conservar los alimentos, se sigue teniendo la costumbre de salar las comidas
para evitar que se dañen. Con los alimentos salados se podían hacer largos
viajes sin perder las provisiones necesarias. La sal, por tanto, da sabor, y
evita la descomposición. Sin sal, una sociedad está abocada a la corrupción y a
la descomposición de sus miembros y de sus instituciones. Por su parte, la luz
ha servido siempre para alumbrar y dar calor al hogar. Alrededor de la luz se
reunían y se reúnen las familias para compartir la sabiduría de los mayores.
Por esto, la luz también representa el saber necesario para la supervivencia
humana. La luz ha señalado también el rumbo de los caminantes en medio de la
noche. Una sociedad que pierda la luz, termina perdiendo el saber y el sentido
de su marcha hacia el futuro.
El sabor
y el saber se convierten en una dualidad fundamental en el camino de la vida,
porque vivir es ante todo encontrarle a la vida sentido (luz) y
gusto (sal). Es decir, hay que aprender a vivir con saber y con sabor. Si
logramos encontrarle a nuestra vida sentido pero no encontramos gusto,
viviremos densamente, pero tristes. Si vivimos con gusto, pero sin encontrarle
un sentido profundo, viviremos divertidos pero vacíos. Vivir con saber es vivir
con sentido, saber por qué se vive. Vivir con sabor es vivir con gusto,
encontrar cómo hay que vivir. Y no tenemos que perder de vista que a los corruptos,
y a los que no quieren que el mundo encuentre su camino, les molesta la sal y
luz. Como la serpiente primordial, hoy también hay quienes no soportan sentir
el sabor de la sal ni el resplandor de la luz que estamos llamados a regalarle
a la sociedad y a la iglesia.
DAR SABOR A LA VIDA
Una de las tareas
más urgentes de la Iglesia de hoy y de siempre es conseguir que la fe llegue a
los hombres como «buena noticia».
Con frecuencia
entendemos la evangelización como una tarea casi exclusivamente doctrinal.
Evangelizar sería llevar la doctrina de Jesucristo a aquellos que todavía no la
conocen o la conocen de manera insuficiente.
Entonces nos
preocupamos de asegurar la enseñanza religiosa y la propagación de la fe frente
a otras ideologías y corrientes de opinión. Buscamos hombres y mujeres bien
formados, que conozcan perfectamente el mensaje cristiano y lo transmitan de
manera correcta. Tratamos de mejorar nuestras técnicas y organización pastoral.
Naturalmente, todo
esto es importante, pues la evangelización implica anunciar el mensaje de
Jesucristo. Pero no es esto lo único ni lo más decisivo. Evangelizar no
significa solo anunciar verbalmente una doctrina, sino hacer presente en la
vida de las gentes la fuerza humanizadora, liberadora y salvadora que se
encierra en el acontecimiento y la persona de Jesucristo.
Entendida así la
evangelización, lo más importante no es contar con medios poderosos y eficaces
de propaganda religiosa, sino saber actuar con el estilo liberador de Jesús.
Lo decisivo no es
tener hombres y mujeres bien formados doctrinalmente, sino poder contar con
testigos vivientes del evangelio. Creyentes en cuya vida se pueda ver la fuerza
humanizadora y salvadora que encierra el evangelio cuando es acogido con
convicción y de manera responsable.
Los cristianos hemos
confundido muchas veces la evangelización con el deseo de que se acepte
socialmente «nuestro cristianismo». Las palabras de Jesús llamándonos a ser
«sal de la tierra» y «luz del mundo» nos obligan a hacernos preguntas muy
graves.
¿Somos los creyentes
una «buena noticia» para alguien? Lo que se vive en nuestras comunidades
cristianas, lo que se observa entre los creyentes, ¿es «buena noticia» para la
gente de hoy?
¿Ponemos los
cristianos en la actual sociedad algo que dé sabor a la vida, algo que
purifique, sane y libere de la descomposición espiritual y del egoísmo brutal e
insolidario? ¿Vivimos algo que pueda iluminar a las gentes en estos tiempos de
incertidumbre, ofreciendo una esperanza y un horizonte nuevo a quienes buscan
salvación?
TIENES TU LUZ BAJO EL CELEMÍN
Continuamos Continuamos con el primer discurso de Jesús en el evangelio de Mateo. Es, por tanto, un texto al que se le quiere dar suma importancia. Se trata de dos comparaciones aparentemente sin importancia, pero que tienen un mensaje de gran calado para la vida humana. La tarea más importante de todo ser humano sería estar ardiendo e iluminar.
Todo el que ha alcanzado la iluminación, iluminará. Si una vela está encendida, necesariamente tiene que dar luz. Si echas sal a un alimento, quedará salado. Pero, ¿qué queremos decir cuando aplicamos a una persona humana el concepto iluminado?
Somos plenitud de luz, pero no es fácil tomar conciencia de ello. Solo lo comprenderemos en la medida que descubramos esa luz. Está claro que no nos referimos a ninguna clase de luz material o conocimiento especial. Nos referimos más bien a un ser humano que ha despertado, es decir que ha desplegado todas sus posibilidades de ser humano.
El evangelio da por supuesto todo el proceso de despertar y considera a los discípulos ya iluminados y capaces de iluminar a los demás y eso no es lo que dicen los evangelios. Estar despierto no se puede dar por supuesto, tenemos que emprender la tarea de despertar. Sería inútil que intentáramos iluminar a los demás antes de estar ardiendo.
Ni la sal ni la luz son provechosas por sí mismas. La sal solo es útil cuando acompaña a los alimentos. La luz no se puede ver, es absolutamente oscura hasta que los fotones tropiezan con un objeto material. La sal, para salar, tiene que deshacerse, disolverse, dejar de ser ella. La lámpara o la vela producen luz, pero el aceite o la cera se consumen.
La sal actúa desde el anonimato, ni se ve ni se aprecia. Si un alimento tiene la cantidad precisa, pasa desapercibida. Si a un alimento le falta o le sobra, nos acordamos de ella. No es importante la sal, sino la comida sazonada. Era tan apreciada que se repartía en pequeñas cantidades a los trabajadores, de ahí procede la palabra “salario” y “asalariado”.
Jesús dice: sois la sal, sois la luz. El artículo determinado nos advierte que no hay otra sal ni otra luz. Todos esperan algo de nosotros. El mundo de los cristianos no es un mundo cerrado y aparte. La salvación que propone Jesús es la salvación para todos. El mundo tiene que quedar sazonado e iluminado a través de los que siguen a Jesús.
Cuando se nos pide que seamos luz, se nos está exigiendo algo decisivo para la vida espiritual propia y de los demás. La luz brota siempre de una fuente incandescente. Si no ardes no podrás emitir luz. Pero si estás ardiendo, no podrás dejar de emitir luz y calor.
Debemos iluminar, no deslumbrar. Debe estar al servicio del otro, pensando en su bien no en mi vanagloria. Debemos dar lo que el otro espera y necesita, no lo que nosotros queremos imponerle. Los cristianos somos más aficionados a deslumbrar que a iluminar.
En el último párrafo, hay una enseñanza esclarecedora: “Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre”. La única manera eficaz de transmitir el mensaje son las obras. Evangelizar no es proponer una doctrina elaborada y convincente. No es obligar a los demás a aceptar nuestra ideología o manera de entender la realidad.
Solo las obras que nacen de una actitud auténtica pueden iluminar. Lo que hay en mi interior solo puede llegar a los demás a través de las obras. Toda obra hecha desde el amor es luz. Si nos conformamos con una programación, nadie nos hará caso.
En el centro de ti mismo hay una hoguera, no necesitas que llegue del exterior. Toda la energía está ya dentro de ti. Si no ahogas la llama iluminará a todos. Lo más profundo de ti mismo es lo eterno. Eres una sola cosa con la Esencia universal que lo atraviesa todo. No mires hacia fuera, solo dentro de ti encontrarás la Última Realidad que te atraviesa.