Isaίas
55, 1-3 / Salmo 144 / Romanos 8, 35. 37-39
Evangelio
según san
Mateo 14, 13-21
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el
Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al
saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús
desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los
enfermos.
Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle:
“Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan
a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta
que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más
que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”.
Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco
panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió
los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente.
Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se
llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin
contar a las mujeres y a los niños.
Para profundizar:
Reflexiones
Buena Nueva
#Microhomilia
Hernán
Quezada, SJ
"No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados". Con frecuencia en nuestra vida nos damos cuenta de que con lo que tenemos "no nos alcanza"; y tenemos razón: sin Dios, lo que tenemos es poco y no alcanza (fuerza, voluntad, dinero...).
Hoy el Evangelio nos viene a recordar que, si lo que tenemos lo ponemos en manos de Dios, Él lo multiplica, y entonces no solo alcanza, sino que sobra.
Poner todo, lo poco o mucho que tenemos, en manos de Dios no es fácil, porque nos invade la desconfianza. Ponemos algo, pero no todo; nos quedamos con algún "guardadito" por si Dios nos falla.
¡Qué bien nos hace hoy, para fortalecer nuestra fe, para volvernos más valientes y desprendidos, para confiar y poner todo lo que somos y tenemos en las manos del Señor, leer la carta a los Romanos!: "¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo?", "De todo esto salimos victoriosos, gracias a aquel que nos ha amado...".
Pidamos este domingo que crezca nuestra fe para que podamos entregar todos nuestros "panes y pescados"; que sea "el todo", porque "el casi" suele convertirse en nada.
Milagrosamente, quien es capaz de entregarlo todo, en Cristo, nunca se queda sin nada.
#FelizDomingo
“Ustedes me buscan porque comieron hasta llenarse”
En alguna parte leí la historia de un joven que se quejaba siempre porque su mamá le daba más comida a sus hermanos y nunca estaba satisfecho con lo que le servían a él en el plato. La mamá trataba de ser muy justa en la repartición de las porciones, pero, por alguna razón desconocida, el joven siempre encontraba alguna forma para lamentarse de que le sirvieran menos. Ya desesperada por esta queja constante, la señora decidió un día dejarle una doble ración de todo lo que les iba a ofrecer en la cena de ese día, de manera que el joven no tuviera forma de quejarse. Pero sucedió que el joven ese día llegó tarde a cenar y todos comieron antes de que él llegara. Al momento de recibir su ración doble, que le habían guardado en el horno, la expresión del muchacho por poco hace desmayar a la mamá: Si esto me dieron a mí, ¡cómo le habrán dado a los demás!, fue lo único que acertó a decir el joven insatisfecho...
Los seres humanos sufrimos de una especie de insatisfacción crónica. Vivimos aquejados por lo que algunos llaman el síndrome de las más verdes praderas; es decir, cuando salimos de paseo al campo, miramos a nuestro alrededor y nos parece que el sitio en el que estamos no cumple nuestras expectativas como para sentarnos a comer; en cambio, la ladera del frente se ve más despejada de palos y piedras, y el pasto parece de un verdor especial... de modo que caminamos hasta allá en busca del sueño prometido; pero cuando llegamos, volvemos la mirada atrás y nos parece que donde estábamos no había tanta boñiga ni tanto chamizo como en el nuevo sitio y, entonces, volvemos sobre nuestros pasos o seguimos buscando otra pradera más alejada que se ve como mejor para nuestro propósito de sentarnos a almorzar... Lo cierto es que, cansados de tanto caminar, nos terminamos sentando en cualquier parte, convencidos, eso sí, de que estamos en el peor de los sitios que visitamos y que cualquiera de los anteriores estaría mejor que el que terminamos escogiendo por pura y llana necesidad de dejar, por fin, de dar vueltas alrededor de un sueño que no existe.
La felicidad no parece ser algo alcanzable en esta vida mortal; la realización plena como que no existe en este mundo de sinsabores permanentes; nos queda el consuelo de que vamos probando pequeñas muestras de esa felicidad tan esquiva y de esa realización tan inalcanzable a las que aspiramos desde lo más profundo de nuestro ser insaciable.
Jesús percibe que la comida que recibieron muchos de sus oyentes los había llenado, pero no los había saciado, estrictamente hablando. Una cosa es tener lleno el estómago y otra muy distinta sentir saciado el corazón... “Les aseguro que ustedes me buscan porque comieron hasta llenarse, y no porque hayan entendido las señales milagrosas. No trabajen por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y que les de vida eterna. Esta es la comida que les dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él”. Sólo entonces, sus oyentes piden ese pan que El les promete: “Señor, danos siempre ese pan”. En la medida en que creamos en las palabras de Jesús, sabremos de la auténtica satisfacción que nos ofrece: “Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en mí, nunca tendrá sed”, ni andaremos, como el joven del principio, lamentándonos porque nos tocó menos que a los demás.
¿CÓMO BENDECIR LA MESA?
Casi sin darnos
cuenta y empujados por diversos factores, hemos ido deshumanizando poco a poco
ese gesto tan entrañable y humano que es sentarse a la mesa a comer juntos.
La comida se ha
convertido para muchos en algo puramente funcional que es necesario organizar
de manera rápida y precisa dentro de la jornada laboral. Cada vez es más raro
ese momento privilegiado de encuentro familiar en torno a la mesa. En muchos
hogares, esa mesa hecha para ser rodeada ya no sirve para que padres e hijos se
encuentren, compartan sus vidas, conversen y descansen juntos.
Otros se van
habituando a «alimentar su organismo» en esas comidas impersonales de los
restaurantes o en el rincón del self-service de turno. No pocos se ven
obligados a participar en comidas protocolarias o de trabajo, donde el gesto
amistoso del comer juntos es sustituido por el interés, el pragmatismo o la
ostentación.
El gesto de Jesús
invitando a las gentes a recostarse para compartir juntos una comida sencilla,
bendiciendo a Dios por el pan que recibimos, puede ser una llamada para
nosotros. Como expone jugosamente Xabier Basurko en su estudio Compartir el
pan, comer es mucho más que «introducir una determinada ración de calorías en
el organismo».
La necesidad de
alimentarnos es, antes que nada, signo de nuestra indigencia radical.
Oscuramente, los seres humanos percibimos que no nos fundamentamos a nosotros
mismos. En realidad, vivimos recibiendo, nutriéndonos de una vida que, a través
de la tierra, se nos regala día a día a cada uno. Por eso es un gesto
profundamente humano recogerse antes de comer para agradecer a Dios esos
alimentos, fruto del esfuerzo y trabajo del hombre, pero, al mismo tiempo,
regalo originario del Dios creador que sustenta la vida.
Pero, además, comer
no es solo un acto individualista de carácter biológico. El ser humano está
hecho para comer con otros, compartiendo su mesa con familiares y amigos. Comer
juntos es confraternizar, dialogar, crecer en amistad, compartir el regalo de la
vida.
Por eso es tan
difícil dar gracias a Dios cuando uno tiene más comida que la que necesita
mientras otros sufren miseria y hambre. Nos sentimos acusados por aquellas
palabras de Gandhi: «Todo lo que comes sin necesidad lo estás robando al
estómago de los pobres». Tal vez en los países del bienestar hemos de aprender
a bendecir la mesa de otra manera: dando gracias a Dios, pero, al mismo tiempo,
pidiendo perdón por nuestra insolidaridad y tomando conciencia de nuestra
responsabilidad ante los hambrientos de la Tierra.
SI NO ME ACERCO AL QUE ME NECESITA,
TAMBIÉN ME ESTARÉ ALEJANDO DEL DIOS.
Fray Marcos
Seis veces se dice
en los evangelios que Jesús da de comer a una multitud. Es seguro que algo muy
parecido, pasó en realidad y probablemente más de una vez. Lo importante es lo
que nos quieren decir al contarnos esta historia. Más allá del fácil recurso al
milagro, descubramos el mensaje que nos invita a compartir lo que somos.
Entendido como un
milagro, nos quedamos sin el verdadero mensaje. Podíamos decir que es una
parábola en acción. También hace falta “oídos” y “ojos” bien abiertos para
entenderla. El punto de inflexión del relato está en las palabras de Jesús:
“dadles vosotros de comer”. No entraba en los planes del grupo preocuparse de
los demás.
Tampoco podemos
utilizar el relato como un argumento para demostrar la divinidad de Jesús. El
sentido de la vida de Jesús salta hecho añicos cuando suponemos que era un ser
humano, pero con el comodín de la divinidad que podía utilizar a capricho.
Aunque no se dice
que los panes y peces se multiplicaran, realmente fue un verdadero “milagro”
que un grupo tan numeroso de personas compartiera todo lo que tenían hasta
conseguir que nadie quedara con hambre. En aquel tiempo no se podía repostar
por el camino, todo el que salía de casa iba provisto de alimento para todo ese
tiempo.
Si estamos abiertos,
en el mismo relato encontraremos claves para la interpretación. Los discípulos
se dan cuenta de la situación y actúan con toda lógica: es su problema, ellos
deben solucionárselo. Jesús da una solución menos sensata: “dadles vosotros de
comer”. Soluciona el problema provocando la generosidad y el compartir en cada
uno.
Los libros de la Ley
eran cinco; y dos el resto de la Escritura: Profetas y Escritos. El número
siete (5+2) es símbolo de plenitud. 5000 (cien grupos de cincuenta) es
simbólico. Los doce cestos aluden a las doce tribus. La mirada al cielo, el
recostarse en la hierba… Son los elementos que permiten interpretar el relato,
más allá de la letra.
Jesús no pidió a
Dios que solucionara el problema, sino que se lo pidió a sus discípulos. El
verdadero sentido del texto está en otra parte. La dinámica normal nos dice que
el “pan” indispensable para la vida, tenemos que conseguirlo con dinero; porque
alguien lo acapara y no lo deja llegar a su destino más que cumpliendo unas
condiciones que el que lo retiene impone; el precio. Jesús librar el pan de ese
acaparamiento injusto.
Hoy las lecturas son
un buen punto de partida para la reflexión. La 1ª nos advierte que la comida
material ni alimenta ni da hartura espiritual. Solo cuando se escucha a Dios se
alimenta la verdadera Vida. La 2ª nos indica donde está lo más importante para
cualquier ser humano: el amor que Dios nos tiene y se manifestó en Jesús.
Después de un día
con Jesús, el pueblo fue capaz de compartir lo poco que tenían. Ese es el
verdadero mensaje. Nosotros, después de años junto a Jesús, ¿qué somos capaces
de compartir? No hay distinción entre el pan material y el alimento espiritual.
Al compartir lo que somos y tenemos, nos alimentándonos de verdad.
El relato no separa
el nivel espiritual y el material. La compasión y el compartir son la clave de
toda identificación con Jesús. Es inútil insistir porque es el tema de todo el
evangelio. Personalmente creo que las comidas de Jesús con el pueblo, incluso
con los pecadores, tuvo más que ver con la aparición de la eucaristía que la
última cena.
La eucaristía
comenzó como una comida en la que todo se compartía. Cada vez que se comparte
el pan, se comparte la Vida y se hace presente a Dios que es Vida-Amor. La
eucaristía es memoria de esta actitud de Jesús que se partió y repartió. Al
partirse y repartirse, hizo presente a Dios que es don total. El pan que
alimenta es el que se da.