miércoles, 4 de noviembre de 2026

XXXII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A –

Sabidurίa 6, 12-16 / Salmo 62 / 1 Tesalonicenses 4, 13-18

 

La invitación de la Palabra este domingo es para ser previsores y vivir desde ahora de tal manera que podamos llegar a la meta última, que es el encuentro definitivo con el Padre …

Evangelio según san Mateo 5, 1-12

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

A medianoche se oyó un grito: '¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!' Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: 'Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando'. Las previsoras les contestaron: 'No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo'.

Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: 'Señor, señor, ábrenos'. Pero él les respondió: 'Yo les aseguro que no las conozco'.

Estén pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora''.

Reflexión:

¿Cuál es la sabiduría de Dios?

Hoy, después de haber recordado, al comienzo de la semana, a todos los Santos, que nos muestran que es posible vivir haciendo la voluntad de Dios, y a los Fieles Difuntos, que nos recuerdan nuestra realidad humana: todos vamos a morir, sin saber ni cómo, ni cuándo.

Ahora bien, para comprender mejor nuestro potencial y realidad humana, hay que considerar primeramente que hemos sido creados para “tener una vida que valga la pena vivir”, como insistimos en esta columna, pero, también consientes que no toda manera de vivir vale la pena, de acuerdo con nuestra fe. Lo valioso de una vida terrena, es que seamos y colaboremos con los demás, para seamos dichosos y felices en este mundo y luego, al morir, lleguemos a la Casa del Padre, como los santos.

Si queremos alcanzar la felicidad (en este mundo) y salvar nuestra alma (alcanzar la vida eterna), entonces hay que estar preparados, en otras palabras, aprender a vivir. Jesús es nuestro maestro de vida: confiar en el Padre, descubrir y desarrollar nuestros dones y ponerlos al servicio del Reino.

Ir aprendiendo a vivir, mientras transitamos por la vida, es la manera de prepararnos para saber vivir. En la casa, en la escuela y en la vida, vamos aprendiendo muchas cosas, pero entre ellas, hay que saber elegir lo que nos lleva en la dirección de una vida plena, esto es el reto de cada ser humano.

Una vida con sentido es la que nos hacer vivir y crecer en plenitud, con altas y bajas, pero siempre avanzando hacia la meta: la plenitud.

Conocer a Jesús, su modo de vivir, de actuar, de relacionarse y sus intensiones nos enseñan lo que vale la pena. Escucharlo, aprender de él y ponerlo en práctica y la manera de prepararnos. Aprender de Jesús, es acceder a su sabiduría, que es la capacidad de dejar que tu amor nos envuelva, es desear el bien y aprender a ver el mundo con ojos limpios, es poner su verdad en el centro de las búsquedas, es tomar en serio a Dios, que solo desea nuestro bien.

Con la sabiduría de Dios, que nos comunica Jesús, todo encuentra su sitio y nos lleva a la plenitud. Hay que buscarla, reconocerla, vivirla … para estar preparados cada día terrenal y llegar listos a al encuentro con el Padre.

¿Cómo tener la sabiduría de Dios?... ¿Dónde la encuentro?... ¿Cómo puedo integrarla en mi vida ordinaria?


Alfredo Aguilar Pelayo
#RecursosParaVivirMejor

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXXII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A –

Sabidurίa 6, 12-16 / Salmo 62 / 1 Tesalonicenses 4, 13-18


Evangelio según san Mateo 5, 1-12

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

A medianoche se oyó un grito: '¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!' Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: 'Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando'. Las previsoras les contestaron: 'No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo'.

Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: 'Señor, señor, ábrenos'. Pero él les respondió: 'Yo les aseguro que no las conozco'.

Estén pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora''.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

CREYENTES POCO SENSATOS

José Antonio Pagola

Son bastantes las parábolas en que Jesús repite, de una manera o de otra, el mismo mensaje: «Lo mejor que tenéis es la esperanza. No la perdáis. Mantenedla viva. No apaguéis vuestro anhelo de vida eterna. Esperad con el corazón ardiendo. Sed lúcidos. Nada hay más triste que una persona “acabada” que ha perdido la esperanza en Dios».

Jesús no utiliza un lenguaje moral. Para él, dejar que se apague en nosotros la esperanza no es un pecado, es una insensatez. Las jóvenes de la parábola, que dejan que se apague su lámpara antes de que llegue el esposo, son «necias», pues no han sabido mantener viva su espera. No se han ocupado de lo más importante que ha de hacer el ser humano: esperar a Dios hasta el final.

No es fácil escuchar hoy este mensaje. Hemos perdido capacidad para vivir algo intensamente de manera duradera. El paso del tiempo lo desgasta todo. Al hombre de nuestros días solo parece fascinarle lo nuevo, lo actual, el momento presente. No acertamos a vivir algo de manera viva y permanente sin dejarlo languidecer.

Hemos encontrado una manera más razonable y sensata de mirar al futuro. Somos maestros en hacer toda clase de cálculos y previsiones para no correr riesgos en el futuro. Nos preocupamos de asegurar nuestra salud y garantizar nuestro nivel de vida; planificamos nuestra jubilación y nos organizamos una vejez tranquila. Todo ello está muy bien, pero no dejamos de ser insensatos si no reconocemos algo que es evidente: todas estas seguridades fabricadas por nosotros son inseguras.

La advertencia evangélica no es irracional o absurda. Jesús invita sencillamente a vivir en el horizonte de la vida eterna, sin engañarnos ingenuamente sobre la caducidad y los límites de esta vida: «¿Qué previsiones hacéis más allá de lo visible y perecedero? ¿Dónde pensáis encontrar seguridad cuando se desmoronen vuestras seguridades?».

Mantener despierta la esperanza significa no contentarse con cualquier cosa, no desesperar del ser humano, no perder nunca el anhelo de «vida eterna» para todos, no dejar de buscar, de creer y de confiar. Aunque no lo sepan, quienes viven así están esperando la venida de Dios.

 

EL AMOR ME MANTIENE ENCENDIDO, EL EGOÍSMO ME APAGA

Fray Marcos

Los textos de estos últimos domingos de año litúrgico nos invitan a despertar, a estar preparados. Pero no debemos seguir pensando en ese Dios vengativo que está al acecho para ver cómo puede cogernos en un renuncio y condenarnos. Dios no nos espera al final del camino. Dios está desde el principio en nuestra Vida para que podamos llevarla a plenitud.

No es la muerte la que tiene que dar sentido a nuestra vida, sino al revés, solo viviendo a tope, se aprende a morir. Aunque solo me quedara un segundo de vida, haría mal en pensar en la muerte. Sería más positivo el vivir plenamente ese segundo. La muerte ni quita ni añade nada; el auténtico sentido debemos dárselo a la vida mientras es plenamente consciente.

La boda consistía en conducir a la novia a la casa del novio, donde se celebraba el banquete. Esta ceremonia no tenía carácter religioso especial. El novio, acompañado de sus amigos y parientes, iba a casa de la novia para conducirla a casa de su propia familia. Todos estos rituales empezaban a la puesta del sol, es decir, de noche, de ahí la necesidad de lámparas.

La luz es más importante que las mismas muchachas, porque lo que determina que entren o no entren en el banquete es que tengan o no tengan el candil encendido. Ahora bien, para que dé luz una lámpara, tiene que tener aceite y estar encendida. Aquí está la madre del cordero. Lo importante es la luz, pero lo que hay que procurar es el aceite y encenderlo.

El aceite y la luz son las obras. Jesús había dicho: Yo soy la luz del mundo. Y también: vosotros sois la luz del mundo. El ser humano es luz cuando ha desplegado su verdadero ser. Nuestra condición de animales no es algo malo, al contrario, es la base para alcanzar nuestra plenitud, pero si no vamos más allá cercenamos nuestra posibilidad de humanidad.

Dar sentido a la vida es más importante que la vida misma. La vida tiene sentido por sí misma, pero tenemos que descubrirlo. Esa es la tarea específicamente humana. Nuestra vida puede quedar malograda como vida humana. Hay que estar alerta, porque el tiempo pasa. Hay que despertar, de lo contrario, perderás la oportunidad de ser tú.

La luz son las obras. El aceite que alimenta la llama es el amor. El ser sensato no depende de un conocimiento racional mayor sino de la plenitud de Vida. Así se entiende que las sensatas no compartan el aceite con las necias. No es egoísmo. Es que resulta imposible amar en nombre de otro. Nuestra lámpara no puede arder con aceite prestado.

Dar sentido a la vida no se puede improvisar en un instante. Solo con lo que hay de Dios en mí, descubierto, reconocido, desplegado, puedo considerarme encendido. Ese despliegue constituye la Sabiduría de la que nos hablaba la 1ª lectura. Sin la llama de un amor sincero y efectivo, seremos irreconocibles incluso para el mismo Dios.

Interpretar la parábola como que debemos estar preparados para el día de la muerte es tergiversar el evangelio. La parábola no hace hincapié en el fin, sino en la inutilidad de una vida apagada sin amor a los que me rodean. Mi lámpara debe estar encendida siempre; si esperamos a prepararla en el último momento, la vida transcurrirá carente de sentido.

Si el aceite es el amor manifestado en obras, lo que cuenta es toda una vida consumida en favor de los demás. No podemos pensar en el último día para darle sentido. Hay que buscar una interpretación más de acuerdo a todo el mensaje de Jesús. El don total de sí mismo trasformó todo lo humano que había en él en divino, no en un más allá, sino aquí y ahora.

Tenemos que abandonar toda búsqueda de glorificación, sea en este mundo o sea en el otro, y entrar por el camino del servicio a los demás hasta consumirnos en la entrega total a los demás. El aceite solo da luz a costa de consumirse. Si aceptamos el programa del evangelio solo porque nos han prometido una “gloria” para el más allá, la cosa no puede funcionar.

miércoles, 28 de octubre de 2026

sᴏʟᴇᴍɴɪᴅᴀᴅ ᴅᴇ ᴛᴏᴅᴏs ʟᴏs sᴀɴᴛᴏs

 XXXI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – noviembre 1, 2026 
sᴏʟᴇᴍɴɪᴅᴀᴅ ᴅᴇ ᴛᴏᴅᴏs ʟᴏs sᴀɴᴛᴏs 
Apocalipsis 7, 2-4. 9-14 / Salmo 23 / 1 Juan 3, 1-3


En este día recordamos a todas aquellas personas que han superado la debilidad y las tentaciones, siendo dóciles al Espíritu Santo y viven en plenitud la Gloria de Dios …

Evangelio según san Mateo 5, 1-12

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:

"Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran,
porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes, cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos".

Reflexión:

¿Cómo ser santos?

Todos somos creaturas de Dios, de él venimos y estamos llamados a volver a él, después de nuestra vida terrena… es el fin de nuestra vida, el para qué vivimos y somos. Como con frecuencia repito en esta columna, fuimos creados para “tener una vida que valga la pena vivir … para ser felices” (cfr. Carlos Morfín, SJ).

Desde nuestra fe en el Dios de Jesús, podemos alcanzar el deseo de Dios para nosotros, cuando nos dejamos guiar por él y vivir de acuerdo con sus enseñanzas. Un ejemplo son “todos los santos”  que recordamos hoy, que con su vida son testimonio de que es posible lograrlo.

Hoy, con las Bienaventuranzas, Jesús nos dice cuál es el camino y actitudes que al vivirlas, nos permiten acceder a la dicha y felicidad, a la que estamos llamados a gozar; "bienaventurados", "dichosos" y "felices" comparten una profunda raíz espiritual que va mucho más allá de la simple alegría pasajera o la buena suerte material, significan poseer una felicidad plena, sagrada y permanente que proviene de estar en comunión con lo divino.

Las actitudes en nuestra vida, que nos llevan por el camino de esta felicidad, son la manera de ser solidario y fraterno con los demás, con lo que los otros puedan sentirse “hermanos” míos, cuando se crucen conmigo:

·     Pobreza espiritual: confianza y apertura a la gratuidad, pues todo viene de Dios; carencia de codicia (de acumulación, consumo, ostentación) es un lugar de revelación, de encuentro con el Espíritu.

·   Empatía con los que lloran y sufren dolor … para tenderles una mano y brindemos ayuda y consuelo.

·    Deseo de contribuir a la satisfacción y justicia, que procure que los menos favorecidos, tengan acceso a lo necesario para vivir dignamente.

·  Misericordia, es ser compasivo, proactivo, ante la miseria, necesidad o sufrimiento de las personas.

·    Pureza de corazón, es vivir de manera auténtica, transparente, que busca ser y hacer el bien, por amor.

·     Trabajar por la paz, es crear condiciones para vivir la fraternidad mutua con los demás.

·   Ser colaborador de que el Reino del amor, se haga presente en la vida de todos, aún en la adversidad y persecución.

Vivir de esta manera, como nos enseña Jesús, con su Espíritu que nos impulsa y fortalece, es como lograremos reflejar la imagen de Dios y alcanzaremos, ya en esta vida la santidad para la que fuimos creados.

¿Qué me parecen la Bienaventuranzas?... ¿Las quiero vivir?... ¿Cómo puedo integrarlas en mi vida ordinaria?

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

sᴏʟᴇᴍɴɪᴅᴀᴅ ᴅᴇ ᴛᴏᴅᴏs ʟᴏs sᴀɴᴛᴏs

 XXXI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – noviembre 1, 2026 
sᴏʟᴇᴍɴɪᴅᴀᴅ ᴅᴇ ᴛᴏᴅᴏs ʟᴏs sᴀɴᴛᴏs 
Apocalipsis 7, 2-4. 9-14 / Salmo 23 / 1 Juan 3, 1-3


Evangelio según san Mateo 5, 1-12

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:

"Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran,
porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes, cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos".

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

   #Microhomilia
   Hernán Quezada, SJ 

Hoy celebramos a todos los santos, hombres y mujeres en quienes la Iglesia ha reconocido la santidad.

Ser santos es una llamada para todos los cristianos, un horizonte de plenitud. Pero ¿en qué consiste la santidad? El Evangelio de hoy nos la define en las bienaventuranzas, y los santos son testigos de que estas son verdad.

Los santos son pobres de espíritu: se saben necesitados, sostenidos, y dejan a Dios actuar. Experimentaron el sufrimiento, pero también el consuelo; no tuvieron miedo a llorar. Tuvieron hambre y sed de justicia, y no se resignaron a no actuar. Estos bienaventurados fueron misericordiosos, de corazón transparente y trabajaron por la paz. Muchos de ellos fueron perseguidos, calumniados e insultados por hablar con la verdad.

La santidad a la que hoy estamos llamados no tiene nada que ver con imágenes acartonadas de gente abstraída, insensible a la realidad. Ser buenos o ser cristianos no nos exime del sufrimiento ni del conflicto, pero sí nos asegura la plenitud, la alegría profunda y la paz.

Pidamos a los santos y santas que nos preceden que intercedan por nosotros y por toda la humanidad.

#FelizDomingo

“Alégrense, estén contentos, porque van a recibir un gran premio en el cielo”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Para celebrar la fiesta de todos los santos, la Iglesia nos propone la meditación de las Bienaventuranzas que nos ofrece el Señor a través del evangelio de san Mateo. Todo un programa de santidad que nos desborda, pero nos mantiene en movimiento hacia Dios. En un documento del Papa Juan Pablo II sobre la Iglesia en América, encontramos una definición de la santidad que, me parece, nos puede iluminar hoy:

“En el camino de la santidad, Jesucristo es el punto de referencia y el modelo a imitar: Él es «el Santo de Dios y fue reconocido como tal (cf. Mc 2, 24). El mismo nos enseña que el corazón de la santidad es el amor, que conduce incluso a dar la vida por los otros (cf. Jn 15, 13). Por ello, imitar la santidad de Dios, tal y como se ha manifestado en Jesucristo, su Hijo, no es otra cosa que prolongar su amor en la historia, especialmente con respecto a los pobres, enfermos e indigentes (cf. Lc 10, 25ss)» (Ecclesia in America, No. 30)

El corazón de la santidad es el amor, que conduce a dar la vida por los demás, como el mismo Cristo dio su vida por nosotros. Esto significa, prolongar su amor en la historia, especialmente hacia los más desfavorecidos de nuestra sociedad. Esta es la santidad a la que nos llama hoy la Iglesia. No una santidad de encierro ni de un sacrificio estéril, sino capaz de engendrar vida a su alrededor. Los santos que reconocemos hoy están atravesados de heridas, pero no por el resultado de la autoflagelación, sino porque en el dinamismo que los lleva a salir de sí mismos, se van haciendo flecos por amor.

En este sentido, la frase del evangelio que encabeza esta reflexión, no es una excusa barata para resignarnos a los padecimientos de esta vida, con la esperanza de alcanzar un premio en la otra, como muchas veces se ha utilizado de una forma alienante. El gran premio del cielo comienza aquí en esta tierra. Tiene que comenzar, porque el reino les pertenece, porque recibirán consuelo, porque recibirán la tierra que Dios les ha prometido, porque quedarán saciados, porque alcanzarán misericordia, porque verán a Dios, porque serán llamados hijos de Dios... En una palabra, porque serán santos, como Dios mismo es santo.

La pregunta que nos debería asaltar en esta festividad, es si ya estamos comenzando a participar de esta experiencia de despojo y, por tanto, de santidad, con la que Dios quiere bautizar a todos sus hijos e hijas. Preguntarnos si estamos convencidos de lo que repetimos en la primera plegaria eucarística sobre la reconciliación: “Oh Dios que desde el principio del mundo haces cuanto nos conviene para que seamos santos como tú mismo eres santo...”. Dios está haciéndonos santos cada día y a cada instante. Por eso, terminamos pidiendo, con la plegaria citada: “Ayúdanos a preparar la venida de tu reino, hasta la hora en que nos presentemos ante ti, santos entre los santos del cielo...”

 

ES BUENO CREER

José Antonio Pagola

A menudo se piensa que la fe es algo que tiene que ver con la salvación eterna del ser humano, pero no con la felicidad concreta de cada día, que es lo que ahora mismo nos interesa. Más aún. Hay quienes sospechan que sin Dios y sin religión seríamos más dichosos. Por eso es saludable recordar algunas convicciones cristianas que han podido quedar olvidadas o encubiertas por una presentación desacertada o insuficiente de la fe. He aquí algunas.

Dios nos ha creado solo por amor, no para su propio provecho o pensando en su interés, sino buscando nuestra dicha. A Dios lo único que le interesa es nuestro bien.

Dios quiere nuestra felicidad no solo a partir de la muerte, en lo que llamamos «vida eterna», sino ahora mismo, en esta vida. Por eso está presente en nuestra existencia potenciando nuestro bien, nunca nuestro daño.

Dios respeta las leyes de la naturaleza y la libertad del ser humano. No fuerza ni la libertad humana ni la creación. Pero está junto a nosotros apoyando nuestra lucha por una vida más humana y atrayendo nuestra libertad hacia el bien. Por eso, en cada momento contamos con la gracia de Dios para ser lo más dichosos posible.

La moral no consiste en cumplir unas leyes impuestas arbitrariamente por Dios. Si él quiere que escuchemos las exigencias morales que llevamos dentro del corazón es porque su cumplimiento es bueno para nosotros. Dios no prohíbe lo que es bueno para el ser humano ni obliga a lo que puede ser dañoso. Solo quiere nuestro bien.

Convertirse a Dios no significa decidirse por una vida más infeliz y fastidiosa, sino orientar la propia libertad hacia una existencia más humana, más sana y, en definitiva, más dichosa, aunque ello exija sacrificios y renuncia. Ser feliz siempre tiene sus exigencias.

Ser cristiano es aprender a «vivir bien» siguiendo el camino abierto por Jesús. Las bienaventuranzas son el núcleo más significativo y «escandaloso» de ese camino. Hacia la felicidad se camina con corazón sencillo y transparente, con hambre y sed de justicia, trabajando por la paz con entrañas de misericordia, soportando el peso del camino con mansedumbre. Este camino diseñado en las bienaventuranzas lleva a conocer ya en esta tierra la felicidad vivida y experimentada por el mismo Jesús.


SUMO PONTÍFICE, EMINENCIA REVERENDÍSIMA

Fray Marcos

Mateo sigue hablando para su comunidad y poniendo en boca de Jesús lo que quiere decir él a aquellos seguidores. Su intención es hacer ver la diferencia entre el antiguo Israel y la nueva comunidad para que no caiga en los mismos errores que critica. Su preocupación está justificada, porque el cristianismo cayó muy pronto en fariseísmo.

Lo que reflejan los evangelios es la reacción de los cristianos contra esos fariseos. En el texto de hoy encontramos pistas para descubrir que esas palabras no las dijo Jesús: nunca pudo decir que el único Señor era él mismo. La denominación de “hermanos”, que el evangelista pone en boca de Jesús, fue un distintivo de la primera comunidad.

Hoy no se necesita ninguna exégesis especializada. Se entiende todo perfectamente. Otra cosa es que nos interese seguir las directrices del evangelio. De los que se encuentran hoy sentados en cátedras, se podía decir lo mismo que el evangelio dice a los fariseos. Poco han cambiado las cosas en tantos siglos, el texto sigue teniendo actualidad.

Ellos no hacen lo que dicen. No es exacto que los fariseos fueran por definición “fariseos”. Eran cumplidores, pero su rigorismo en la interpretación de la Ley les obligó a disimular que eran incapaces de cumplirla. Pero el engaño mayor consistía en exigirles, en nombre de Dios, unas prácticas que no les podían traer salvación.

Cargan a la gente con fardos pesados e insoportables. Eran 613 los preceptos que tenía que cumplir todo israelita para ser fiel a la Ley. En ese fárrago de prescripciones la vida humana quedaba sumida en una frustración alienante. Recordemos lo que Jesús había dicho: Mi yugo es llevadero y mi carga ligera

Todo lo que hacen es para que los vea la gente. Cuando se pone la perfección en el cumplimiento de normas caben dos salidas: si la alcanzas, soberbia, mirar por encima del hombro a los demás. En la medida que no la alcanzas, la simulación. Lo que los demás piensen de mí es más importante que lo que soy.

Vosotros, en cambio… Aquí tenemos la clave del texto. La nueva comunidad no debe comportarse como los fariseos, sino con autenticidad. El mensaje del evangelio consiste en abandonar toda superioridad y entrar en una dinámica de servicio.

No os dejéis llamar maestros, no llaméis a nadie padre, no os dejéis llamar jefes. Seguramente ya había, en aquella época, quien quería ser más que los demás. Los seres humanos somos capaces de remover el cielo y la tierra, con tal de justificar el estar por encima de los demás y de alguna manera utilizarlos en beneficio propio.

El primero entre vosotros será vuestro servidor. Jesús exige lo que él vivió. El mismo Jesús comenta en otro lugar: “lo mismo que el Hijo de hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir”. No hemos asimilado lo que esto significa.

Sin duda ninguna, la jerarquía debía hacer un serio examen de conciencia partiendo de estas palabras del evangelio y de otras que van en la misma dirección, pero los títulos se los damos nosotros. Una vez más debemos recordar que Jesús no lanza sus diatribas contra la autoridad, sino contra la autoridad que se ejerce como poder.

Obedecer órdenes no garantiza el cumplimiento de la voluntad de Dios. Ser fiel a Dios es ser fiel a ti mismo. Lo que Dios quiere de ti, te lo está diciendo desde dentro de ti. El que quiera doblegar tu voluntad en nombre de Dios te está engañando. Es verdad que nunca podremos alcanzar la plenitud en soledad, pero los demás tienen que ayudarme a descubrir la meta de esa plenitud, mostrándome el camino para alcanzarla.

jueves, 22 de octubre de 2026

XXX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XXX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – octubre 25, 2026
Éxodo 22, 20-26 / Salmo 17 / 1 Tesalonicenses 1, 5-10

Continuamos en este domingo, con otro diálogo más entre Jesús y los fariseos que insisten en ponerlo a prueba …

Evangelio según san Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?"

Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas".

Reflexión:

¿Qué es lo más importante?

El evangelio y la primera lectura están directamente relacionadas, mientras que la segunda lectura nos confirma como es que hay que vivir poniendo en práctica las enseñanzas de Jesús.

Primero hay que dejar claro que, la intención de “poner a prueba” a Jesús, de parte de los sacerdotes y doctores de la ley, era para desafiar su autoridad y desacreditarlo, si no daba una respuesta correcta; había 613 preceptos en la Torá (los cinco primeros libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio).

La respuesta de Jesús es clara:  

§  Amar a Dios: Deuteronomio 6, 5

§  Amar al prójimo como a uno mismo: Levítico 19, 18.

Y ambas coinciden en: AMAR. Son las dos caras del amor, una de Dios, otra de sus creaturas; son dimensiones inseparables de una misma experiencia.

Las normas, leyes, preceptos o mandatos son para orientar la vida del pueblo de Dios, indican lo que podríamos hacer para hacer presente en nuestra la vida, la Voluntad del Dios: justicia, paz fraternidad y bien común; como se comentó la semana pasada, en el Principio y Fundamento Ignaciano: nuestro sentido de vida es “que nuestra vida valga la pena vivir” (cfr. Carlos Morfín SJ).

Solo reconociendo y sabiéndolos amados por Dios, podremos reflejar su imagen desde la nuestra propia, en el prójimo. Así, ya desde el Éxodo nos llaman a cuidar del prójimo, para no hacerlo sufrir, explotarlo,  abusarlo, desprotegerlo, y de manera especial a los indefensos, viudas y niños (cfr Éx 22, 20-26) .

Porque cuando nos sentimos amados por alguien más grande y maravilloso, como Dios, a quien reconocemos como nuestro “creador”, “refugio”,  “protector”, “fuerza”, “liberador”… debemos “Amar al Señor, nuestro Dios, con todo el corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas”… (Lev 6, 5) … primera parte de Ley más importante para Jesús.

Y entonces, viene la segunda parte de la Ley: “… actuar entre nosotros, prójimos, como imitadores del Señor… difundiendo la Palabra de Dios y el Amor del Hijo, Jesús…” nos diría también hoy Pablo, como a los Tesalonicenses en la segunda lectura. Es poner en acción el amor que hemos recibido.

Por eso, al reconocerme amado por Dios (don / regalo), puedo dejar que ese amor trasforme mi interior y cambie mi manera de mirar y relacionarme con los demás y traduzca ese amor en obras concretas, especialmente en el cuidado de los más vulnerables.

La respuesta de Jesús es, que lo más importante es AMAR. Es el gran reto que tenemos; como diría San Agustín “ama y haz lo que quieras” («Dilige et quod vis fac»)…

¿Cómo cambiaría mi vida si aprendiera amar?... ¿Por qué crees que el amor trasformaría la dinámica social?... ¿Cómo amarme a mí mismo y no ser egoísta?

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XXX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – octubre 25, 2026
Éxodo 22, 20-26 / Salmo 17 / 1 Tesalonicenses 1, 5-10


Evangelio según san Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?"

Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas".

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

   #Microhomilia
   Hernán Quezada, SJ 

No somos los de las leyes, somos los del amor.

En más de alguna ocasión algún fiel en el confesionario me ha pedido «la lista de pecados», algo así como una lista de cosas que no debe hacer. En estas listas parece expresarse una llamada a vivir desde la prohibición: no hagas, no digas, no veas, no, no, no. Es una pesada e infantil moralidad del NO. Quien vive con esta moralidad, vive asustado y doblado con el peso de los NO.

Hoy el Evangelio coloca lo fundamental de nuestra llamada, nos recuerda que nuestra moral está fundada en un SÍ: ¡Ama! Hay que vivir amando, vivir en el amor; y porque amamos, no violentamos, no lastimamos, no arrebatamos; porque quien ama busca siempre vivir respondiendo a la moral fundada en el amor al prójimo y a Dios.

Suelo proponer, para un buen examen de conciencia, la pregunta: ¿Amé? ¿En dónde, con quién fui miserable en el amor?

Vivir con la moral del SÍ nos hace hombres y mujeres maduros, responsables y conscientes, que buscan en todo, con todos y todas, en cualquier momento, vivir en el amor.

#FelizDomingo

“¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley?”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

En la manija interior de la puerta de mi cuarto, hay una tirita de papel, colgada de un trozo de lana roja, que tiene escritas dos frases. Por un lado, dice: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Y por el otro, dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Ya está un poco deteriorada, pero me ha acompañado por los lugares donde he vivido en los últimos años.

Recordando la sugerencia del libro del Deuteronomio que decía: “Lleva estos mandamientos atados en tu mano y en tu frente como señales, y escríbelos también en los postes y en las puertas de tu casa” (Dt. 6, 8-9), le propuse, hace muchos años, a los niños y niñas de Mejorada del Campo, una pequeña población a las afueras de Madrid, España, que ataran estos lazos de lana con la tirita de papel en sus muñecas y que luego la colocaran en las puertas de sus cuartos. Los niños salieron felices de la misa con sus pulseras de lana y, estoy seguro de que compartieron con sus familias lo que habían descubierto en la Eucaristía ese día.

El sentido del compartir dominical con estos niños y niñas, que asisten todavía hoy a la Eucaristía dominical, era que se trataba de dos leyes inseparables. Como la cara y el sello de una moneda. Es imposible separarlas. Si llevas una, tienes que llevar la otra; pues, “si alguno dice: «Yo amo a Dios», y al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso. Pues si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn. 4, 20).

Cuando los fariseos le preguntan a Jesús, “para tenderle una trampa”, “¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?”, no se imaginaban que Jesús les iba a dar un compendio de “toda la ley y de las enseñanzas de los profetas”. Para Jesús estos dos mandamientos son muy “parecidos” ... No son dos, sino uno mismo.

Siempre que cierro la puerta de mi cuarto, por las noches, antes de descansar, reviso el día que ha pasado y me detengo en estos dos mandamientos, inseparables, que nos recuerda Jesús en el Evangelio de este domingo. Revisarnos sobre el amor a Dios y al prójimo supone dos dinámicas simultáneas que no podemos nunca separar, tal como lo expresa Benjamín González Buelta, SJ, en uno de sus poemas:

“Soy la misma relación en todo en­cuentro.
Si en verdad soy contigo fue­go,
con sólo abrir los ojos y dar un paso,
no seré con el hermano, hielo”.


EL AMOR LO ES TODO

José Antonio Pagola

Los judíos llegaron a contar hasta seiscientos trece mandamientos que debían ser observados para cumplir íntegramente la Ley. Por eso no era extraño en los círculos rabínicos hacerse preguntas como la que plantean a Jesús en un intento de buscar lo esencial: ¿qué mandamiento es el primero de todos?

Jesús responde de manera clara y precisa: «El primero es: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos». ¿Cómo escuchar hoy estas palabras fundamentales de Jesús?

Hay algo que se nos revela con toda claridad: el amor lo es todo. Lo que se nos pide en la vida es amar. Ahí está la clave. Podremos luego sacar toda clase de consecuencias y derivaciones, pero lo esencial es vivir ante Dios y ante los demás en una actitud de amor. Si pudiéramos actuar siempre así, todo estaría salvado. Nada hay más importante que esto, ni siquiera la práctica de una determinada religión.

Pero, ¿por qué el amor es la fuerza que da sentido, verdad y plenitud a la vida? Esta centralidad del amor se arraiga, según la fe cristiana, en una realidad: Dios, el origen de toda vida, él mismo es amor. Esa es la definición osada e insuperable de la fe cristiana: «Dios es amor» (1 Juan 4,8). Por decirlo de alguna manera, aunque sea deficiente, Dios consiste en amar; Dios no sabe, no quiere y no puede hacer otra cosa que amar. Podemos dudar de todo, pero de lo que no hemos de dudar nunca es de su amor.

Precisamente por esto, amar a Dios es encontrar nuestro propio bien. Lo que da verdadera gloria a Dios no es nuestro mal, sino nuestra vida y plenitud. Quien ama a Dios y se sabe amado por él con amor infinito aprende a mirarse, estimarse y cuidarse con verdadero amor. Qué fuerza y dinamismo genera en nosotros esta peculiar manera de entendernos. Cuántos miedos y angustias se diluyen dentro de nosotros. Qué diferente es la vida cuando la persona aprende a decir: «Señor, que se haga tu voluntad, porque así se va forjando también mi bien».

Por otra parte, es entonces cuando se comprende en su verdadera profundidad el segundo mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Quien ama a Dios sabe que no puede vivir en una actitud de indiferencia, despreocupación u olvido de los demás. La única postura humana ante cualquier persona que encontremos en la vida es amarla.

Esto no significa que se haya de vivir de la misma forma la intimidad con la esposa, la relación con el cliente o el encuentro fortuito con alguien en la calle. Lo que se nos pide es actuar, en cada caso, buscando positivamente el bien que queremos para nosotros mismos. En unos tiempos en que parece cuestionarse todo, es bueno recordar que hay algo incuestionable: el hombre es humano cuando sabe vivir amando a Dios y a su prójimo.

EL AMOR EN DIOS NO ES RELACIÓN SINO IDENTIFICACIÓN,

EL AMOR A DIOS ES VIVIR SU AMOR.

Fray Marcos

La mayoría consideraba que todos los mandamientos tenían la misma importancia. Otros defendían que guardar el sábado era el primero. La mayoría, que el amor a Dios era el principal. A nadie se le había ocurrido que el principal mandamiento, eran dos.

Jesús hace referencia al (Lev 19,18) pero elimina la primera parte que dice: “no guardarás rencor ni tomarás venganza de los hijos de tu pueblo”. Deja claro quién es el prójimo. La originalidad de Jesús está en unir los dos mandamientos, dejándolos convertidos en uno.

Se trata de una identificación en toda regla, que, además, prepara el terreno a Juan para poder decir con rotundidad: un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado (Jn 13,34). Es el mandamiento nuevo, que convierte la Ley en vieja.

El valor absoluto de la persona es la originalidad de Jesús. Hasta entonces el individuo no contaba más que como perteneciente al grupo. Lo único que interesaba era la manifestación del amor, no el amor mismo. De ese modo, el precepto recaía sobre las manifestaciones.

El concepto de “prójimo” es modificado por Jesús de manera sustancial. Para un judío, prójimo era el que pertenecía al pueblo y, a lo sumo, el prosélito. Jesús desbarata esa barrera y postula que todos somos exactamente iguales para Dios. El cristianismo no ha sabido trasmitir esta idea de igualdad y hemos seguido creyéndonos privilegiados.

La exigencia de Jesús no es con relación a Dios sino con relación al hombre. Si proponemos los mandamientos como marco de convivencia es que no hemos entendido el mensaje de Jesús. S. Agustín dijo: Ama y haz lo que quieras. Y Pablo: Quien ama ha cumplido el resto de la Ley. No se trata de una nueva Ley, sino de hacer inútil toda ley.

El “como a ti mismo” es también superado por Jesús: “como yo os he amado” necesitaría un comentario más extenso. Únicamente diré que el amor solo se puede dar entre iguales. Si considero superior o inferior al otro, mi relación con él nunca será de amor. Lo que me pide Jesús es que quiera para los demás todo lo que estoy deseando para mí.

Una vez más tenemos que resaltar la imposibilidad de aceptar el mensaje de Jesús sin abandonar la idea de Dios del AT. Esta es la trampa en la que cayeron los primeros cristianos que eran todos judíos. Aquí está la clave para entender tantas aparentes contradicciones en los evangelios. Lo que pide Jesús es más de lo que puede enseñar una religión.

La excesiva fidelidad a la institución nos impide alcanzar el mandamiento nuevo. Por eso Jesús criticó tan duramente las instituciones religiosas de su tiempo (Templo, Ley, culto); se habían convertido en un obstáculo para llegar al hombre. A Dios no se le puede amar directamente ni mucho ni poco. Dios no es un sujeto con el que me pueda relacionar.

No es nada distinto de mí. Amar a Dios y amar al prójimo es un único acto. Dios y el prójimo no se pueden separar. Tampoco Dios puede amar a sus criaturas porque no son nada fuera de Él. Demuestro que estoy abierto al Amor si amo a todos. Si dejo de amar a una persona, puedo estar seguro de que lo que me mueve no es amor, sino egoísmo o programación.

El amor no responde a necesidad alguna de mi ego. Acontece en la profundidad del ser, incluyendo todos sus aspectos. Es el único camino para un crecimiento armónico del ser, impidiendo que la parte material y biológica se imponga y arrastre a la parte espiritual. El superar el egoísmo no significa una renuncia a nada sino plenitud de humanidad.

En nosotros el amor es una cualidad que podemos tener o no tener, permaneciendo en el ser. En Dios el amor-unidad es su esencia. Pero resulta que nuestro amor a Dios consiste en tomar conciencia del amor de Dios a nosotros y vivirlo como nuestro verdadero ser.

 

 

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