jueves, 11 de junio de 2026

XI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XI Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 14, 2026 
Éxodo 19, 2-6 / Salmo 99 / Romanos 5, 6-11



En este domingo, las lecturas nos recuerdan que, poner atención lo que Dios nos indica, nos trae grandes beneficios … ¡nuestra salvación!

Evangelio según san Mateo 9, 36 - 10, 8

En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

Reflexión:

¿Cómo colaborar en la salvación?

Este domingo, las lecturas nos invitan a reconocer nuestra propia historia en la historia del pueblo de Israel. Lo que Dios hizo con ellos, sigue haciéndolo hoy con nosotros.

Reflexionemos sobre ello. Al profesar la fe cristiana, nos reconocemos hijos de Dios, y por ende parte de su pueblo, de su iglesia. En la lectura del Éxodo, actualizando el mensaje, Dios nos dice hoy: "los he traído a mi … escuchen mi voz … manténganse en mi alianza…" y así, “serán mi tesoro especial”. Nos lo dice hoy, de manera personal a cada uno.

Escuchar a Dios, a través de la Palabra revelada, de las enseñanzas de Jesús, y de cuantos nos transmiten la fe, de entrada, nos abre a sentirnos amados y especiales para Dios… y es eso, lo que me mueve a vivir nuestras vidas, de acuerdo con lo que escuchamos de Él. No porque seamos los más fuertes, los más inteligentes o los más perfectos, sino porque Dios nos ama.

Antes de cualquier logro o fracaso, antes de cualquier reconocimiento o error, Dios nos mira con cariño, y nos salva, como nos lo recuerda Pablo en la carta a los romanos. Nos salva de aquello que rompe la relación con Él, con los demás y con nosotros mismos; nos salva con su entrega y fidelidad a su alianza, por que somo suyos, sus hijos. Solo quien nos ama, se entrega como lo hizo Jesús.

Hoy, también Jesús nos mira, con compasión y cariño; nos ve cansados, desanimados, desprotegidos, divididos, polarizados, utilizados, violentados, explotados … sufriendo (cfr. Mt 9, 36 - 10, 8). ¿A caso no parece que así vivimos? Y gran parte de este sufrimiento tiene una raíz común.

Cuando lo que guía nuestra vida, son ideas o voces que alientan nuestro egoísmo, nos encerramos “en nuestro propio querer e interés, pensando solamente en lo que nos conviene, en lo que nos beneficia o nos hace sentir importantes.”, lo que provoca la separación entre nosotros, de los “prójimos” y ello, nos divide y causa situaciones que nos hacen sufrir a todos, en menor o mayor grado.

Nuestra naturaleza humana es débil, el egoísmo nos seduce, y nos lleva a la competencia, a ganar a cualquier precio. Ahí están los resultados.

Afortunadamente, Jesús nos sigue hablando, sigue fiel a su promesa de salvarnos; nos mira, compasiva y tiernamente entre la multitud, como personas concretas (con nombre y apellido), en nuestra realidad, con nuestras heridas, preocupaciones, cansancios y sueños… nos mira con un amor profundo, que lo lleva a seguir actuando en nuestro mundo.

Nos sorprende que Jesús llama a sus discípulos, para que “vayan y proclamen ya se acerca el Reino de los cielos” … Hoy, te llama por tu nombre, me llama por el mío, y nos invita a ser colaboradores de su misión para promover el “reinado del amor”: animando la vida, tendiendo la mano a los que lo necesitan, a quienes sufren; a que “echemos fuera demonios” (que nos apartan de Dios, nos corrompen y nos llevan a hacer el mal, engañándonos).

Hoy, Jesús sigue necesitando personas que se atrevan a mirar con sus mismos ojos, a sentir con su mismo corazón y a colaborar en la construcción de un mundo más humano, más justo y lleno de esperanza.

 

¿Cómo me mira hoy Jesús, en mi vida diaria?... ¿Qué voces estoy hoy escuchando, que influyen en mi vida?... ¿A qué me invita concretamente el Señor para colaborar con Él?

 

Alfredo Aguilar Pelayo

alfredo@ccrrsj.org

#RecursosParaVivirMejor

www.ccrrsj.org

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP

Para profundizar: https://tinyurl.com/BN-11A-260614

XI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XI Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 14, 2026 
Éxodo 19, 2-6 / Salmo 99 / Romanos 5, 6-11



Evangelio según san Mateo 9, 36 - 10, 8

En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

PROGRAMA LIBERADOR

José Antonio Pagola

Muchos cristianos piensan estar viviendo su fe con responsabilidad porque se preocupan de cumplir determinadas prácticas religiosas y tratan de ajustar su comportamiento a unas leyes morales y unas normas eclesiásticas.

Asimismo, muchas comunidades cristianas piensan estar cumpliendo fielmente su misión porque se afanan en ofrecer servicios de catequesis y educación de la fe, y se esfuerzan por celebrar con dignidad el culto cristiano.

¿Es esto lo único que Jesús quería poner en marcha al enviar a sus discípulos por el mundo? ¿Es esta la vida que quería infundir en el corazón de la historia?

Necesitamos escuchar de nuevo las palabras de Jesús para redescubrir la verdadera misión de los creyentes en medio de esta sociedad. Así recoge el evangelista Mateo su mandato: «Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis».

Nuestra primera tarea también hoy es proclamar que Dios está cerca de nosotros, empeñado en salvar la felicidad de la humanidad. Pero este anuncio de un Dios salvador no se hace solo a través de discursos y palabras sugestivas. No se asegura solo con catequesis ni clases de religión. Jesús nos recuerda la manera de proclamar a Dios: trabajar gratuitamente por infundir a los hombres nueva vida.

«Curar enfermos», es decir, liberar a las personas de todo lo que les roba vida y hace sufrir. Sanar el alma y el cuerpo de los que se sienten destruidos por el dolor y angustiados por la dureza despiadada de la vida diaria.

«Resucitar muertos», es decir, liberar a las personas de aquello que bloquea sus vidas y mata su esperanza. Despertar de nuevo el amor a la vida, la confianza en Dios, la voluntad de lucha y el deseo de libertad en tantos hombres y mujeres en los que la vida va muriendo poco a poco.

«Limpiar leprosos», es decir, limpiar esta sociedad de tanta mentira, hipocresía y convencionalismo. Ayudar a las gentes a vivir con más verdad, sencillez y honradez.

«Arrojar demonios», es decir, liberar a las personas de tantos ídolos que nos esclavizan, nos poseen y pervierten nuestra convivencia. Allí donde se está liberando a las personas, allí se está anunciando a Dios.

 

ESTAR MÁS CERCA O MÁS LEJOS DE JESÚS NO LO DETERMINA ÉL

Fray Marcos

Las lecturas de hoy tienen una gran variedad de temas. La pregunta que nos debíamos hacer en este domingo es la siguiente: ¿Qué salvación ofrece Jesús en el evangelio? Lo que ha llegado a nosotros es ya una interpretación de lo que dijo.

El relato del Éxodo fue para el pueblo judío la cima de su experiencia religiosa, pero no se trató de ninguna actuación puntual de Dios. La experiencia de salvación de los israelitas no fue más que una interpretación de acontecimientos favorables. Cuando los aconteci­mientos eran adversos, los interpretaban como castigo del mismo Dios.

En tiempo de Jesús se sintieron liberados del demonio, de las enfermeda­des, de sus pecados. ¿De qué nos tienen que salvar hoy? Para la mayoría de los cristianos, salvarse es evitar la condenación. Salvación debe ser alcanzar la plenitud de ser a la que estoy destinado. Esa plenitud tenía que dar sentido a toda mi vida.

Tal como entendemos la salvación, da la impresión de que a Dios le salió mal la creación y ahora solo con remiendos puede llevar a feliz término su obra. La Biblia dice en el relato de la creación que vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Dios no tiene que cambiar nada, somos nosotros lo que debemos cambiar.

Dios no tiene que librarnos de nada. Nuestras limitaciones son consecuencia de nuestra condición de criaturas. Dios no puede evitarlas. La salvación hay que buscarla a pesar de las limitaciones. En una ocasión Jesús dijo "Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo."

Cuando habla de los doce no quiere decir que los apóstoles fueran exactamente doce, con nombres y apellidos, sino el nuevo Israel. También las doce tribus son un mito: El dios sol rodeado de los signos del zodiaco. Tomar hoy los doce como número de personas investidas por Jesús de un poder especial es anacrónico. La necesidad de un nuevo fundamento del nuevo pueblo llegó mucho más tarde.

No podemos seguir manteniendo la idea de que lo importante en nuestra Iglesia, es la jerarquía. La obligación de “proclamar” el evangelio es de todos los que forman la comunidad, no de unas personas separadas y elegidas especialmente para esa tarea. El Vaticano II habló de la misión de los laicos, pero no queremos enterarnos.

La misión no debía ser un ingente esfuerzo por acrecentar el número de los que pertenecen a la Iglesia, sino el aumentar el número de los que son objeto de nuestro cuidado. El verdadero seguidor de Jesús tiene que considerar a todo hombre como perteneciente a la comunidad, porque todos tienen que ser el objetivo de su servicio.

Una comunidad no es cristiana si no está abierta a todos los hombres. A la comunidad cristiana pertenecen todos los seres humanos. Si dejamos fuera a uno solo, se convertirá en un gueto y dejará de ser la comunidad de Jesús. La Iglesia (pueblo de Dios) debe estar volcada sobre los demás, no replegada sobre sí misma.

Es sorprendente la frase: ”no vayáis a tierra de paganos”. Parece que va en contra del espíritu de Jesús. Él mismo salió varias veces de galilea. Una vez más, nos faltan datos para una interpretación adecuada. Tal vez quiera decir que no los veía preparados para una tarea universal y prefería afianzar la fe de los ya judíos.

Termina el evangelio con una frase tajante: “Gratis habéis recibido, dad gratis”. Solo cuando doy lo que he recibido, lleno de sentido el don que se me ha regalado. Cuando quiero acaparar lo que soy y lo que tengo, lo convierto en algo estéril para mí y para los demás. La gratuidad tenía que ser la norma de la comunidad cristiana.

 

 

jueves, 4 de junio de 2026

X Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 X Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 7, 2026 
Oseas 6, 3-6 / Salmo 49 / Romanos 4, 18-25


El Tiempo Ordinario de la Liturgia, nos va ayudando a conocer internamente a Jesús, quien nos muestra el camino de salvación y además, nos invita a seguirlo en su misión …

Evangelio según san Mateo 9, 9-13

Jesús se fue de allí y vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo: —Sígueme.

Entonces Mateo se levantó y lo siguió.

Sucedió que Jesús estaba comiendo en la casa, y muchos de los que cobraban impuestos para Roma, y otra gente de mala fama, llegaron y se sentaron también a la mesa junto con Jesús y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: —¿Cómo es que su maestro come con cobradores de impuestos y pecadores?

Jesús lo oyó y les dijo: —Los que están buenos y sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan el significado de estas palabras: “Lo que quiero es que sean compasivos, y no que ofrezcan sacrificios.” Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Reflexión:

¿Cómo seguir a Jesús?

Este domingo, en la lectura del profeta Oseas, se nos recuerdan la necesidad de esforzarnos en conocer a Dios y como el Señor, hoy, seguramente se lamentaría de que muchos de nosotros, nuestro amor por Él, es muy poco y efímero en la práctica: nos llamamos cristianos, asistimos a misa (a veces), le pedimos cosas, favores, le prendemos veladoras, ofrecemos “sacrificios”, pero … ¡no vivimos sus enseñanzas!

Tal vez, solo tal vez, será por que precisamente: no conocemos a Jesús (ni a su Padre).

Al igual que, para conocer a una persona, necesitamos escucharla, pasar tiempo con ella, entender que le gusta sobre tal o cual tema, el por qué y para qué de su vida … lo mismo es necesario para conocer a Jesús.

Una forma de conocer a Jesús es, orando, meditando y reflexionando la Palabra, que se nos describe en los evangelios quien fue Jesús, que decía, que hacía, con quién andaba, cuál era su misión, y cómo anunciaba el Reino de su Padre:

·     San Ignacio de Loyola, en la segunda etapa de los Ejercicios Espirituales, nos invita a pedir el “conocimiento interno del Señor, que por mi se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” [104] … Porque, cuanto más escucho a Jesús, más lo voy conociendo y comprendo su propuesta … y como dice el jesuita Adolfo María Chércoles, me puedo responder las preguntas: ¿qué me parece su propuesta? ¿la quiero?

·     Cuando escucho una propuesta, y afectivamente me toca internamente, en el corazón, entonces me importa, confío en quién la propone y me muevo para que se haga realidad.

·     Eso le pasó a Abraham, nos recuerda Pablo en la segunda lectura de hoy, confió en “la promesa de Dios, de una gran descendencia”, … eso también le pasó a Levi (Mateo), quien seguramente “había escuchado” a Jesús, atiende a su llamado y lo sigue … sin la excusa de ser un pecador (fallaba).

Otra manera de conocer a Jesús, es participando de la Eucaristía, recibiendo su Cuerpo y Sangre: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida" (Jn 6, 51)   

Hoy, nos toca a cada uno de nosotros, justos o pecadores, a estar atentos y escuchar la invitación a conocer mejor a Jesús, a seguirlo en nuestra vida diaria, haciendo vida su proyecto … ¡así nos salva!

Total, lo que Jesús quiere es que vivamos “el amor”, para tener una vida “que valga la pena vivir” ya desde ahora, en nuestro tiempo.  ¿Qué me parece? ¿lo quiero?

 

¿Cómo conocer mejor a Jesús?... ¿Cómo estar atento a las llamadas que me hace Jesús?... ¿Qué necesito dejar, para seguir a Jesús?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

X Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 X Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 7, 2026
Oseas 6, 3-6 / Salmo 49 / Romanos 4, 18-25

Evangelio según san Mateo 9, 9-13

Jesús se fue de allí y vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo: —Sígueme.

Entonces Mateo se levantó y lo siguió.

Sucedió que Jesús estaba comiendo en la casa, y muchos de los que cobraban impuestos para Roma, y otra gente de mala fama, llegaron y se sentaron también a la mesa junto con Jesús y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: —¿Cómo es que su maestro come con cobradores de impuestos y pecadores?

Jesús lo oyó y les dijo: —Los que están buenos y sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan el significado de estas palabras: “Lo que quiero es que sean compasivos, y no que ofrezcan sacrificios.” Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Cuánta razón tiene aquello de que somos lo que comemos. Sí, lo que comemos determina mucho de cómo vivimos y viviremos; nuestro alimento es un aspecto fundamental.

Hoy Jesús mismo se proclama como alimento: "Yo soy el pan vivo". Si no nos alimentamos de Él, no tendremos vida, vida eterna, de esa que nunca se acaba.

Los cristianos hemos recibido el regalo de la Eucaristía, ese sacramento en el que, en Cristo y por Cristo, somos alimentados; ese momento de comunión en el que formamos un solo cuerpo porque todos nos alimentamos de Cristo. Y así, con Cristo y en Cristo, nos reconfiguramos, porque la comunión, nuestro alimento, nos transforma.

Vamos a preguntarnos hoy: ¿Qué nos está alimentando el alma?

Quien come del Pan de la Vida, quien se alimenta de Cristo, es configurado de un modo distinto, vive en comunión, su vida es en relación, y por ello vive libre, valiente y con misericordia. Porque quien se alimenta de Cristo, también se vuelve "alimento" que se parte y se comparte: "hagan esto en memoria mía".

Dios nos conceda la gracia de alimentarnos de Él, para vivir con Él y por Él, con todos, en comunión, en comunidad.

#FelizDomingo

Yo soy el pan vivo

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 Había una vez un pan malo que, tan pronto salió del horno, fue colocado, contra su voluntad, en la vitrina de la panadería junto a otros muchos panes. Poco a poco los clientes se fueron llevando todos los panes y sólo quedó el pan malo que siempre que trataban de agarrarlo, gritaba y protestaba para que no lo tocaran. De pronto, llegó una señora a comprar pan y, como no encontró más, se llevó el pan malo que refunfuñó disgustado: – “¿A dónde cree que me lleva?” La señora le dijo: –“Pues te llevo a mi casa, donde hay cuatro niños que te esperan para poder ir a la escuela a estudiar todo el día”. El pan malo no tuvo más remedio que dejarse llevar, pero siguió refunfuñando para sus adentros... Tan pronto estuvo en medio de la mesa del comedor de la familia y se sintió amenazado por los cuatro niños, comenzó a gritar: –“¡No tienen derecho a hacerme daño! ¡Yo no quiero que me partan, ni estoy dispuesto a que me coman! ¡No lo voy a aceptar de ninguna manera!”. 

Los niños, estupefactos, se contentaron esa mañana con el café con leche y algunas galletas que había del día anterior... Dejaron el pan malo sobre la mesa y se fueron a la escuela sin discutir más con el... Pasaron los días y la señora terminó tirando el pan malo a la basura, porque se puso tieso y nadie se lo quería comer... 

Había, en cambio, otro pan bueno que tan pronto salió del horno, crujiente y tierno, se sintió feliz de que se lo llevaran de primero para la casa de una familia numerosa. Cuando lo colocaron sobre la mesa, sabiendo que lo iban a partir y que se lo iban a comer, agradeció a Dios porque podía darle vida a los niños que iban a estudiar a la escuela. Tuvo miedo y le dolió cada uno de los embates del cuchillo que lo fue rebanando poco a poco; luego, cuando sentía cada mordisco, sufría, pero sabía que los niños lo necesitaban para jugar, para estudiar, para reír toda la mañana. Así que se ofreció con generosidad hasta el final, sin dejar sentir el dolor que lo embargaba. 

Esta historia la suelo contar a los niños y niñas cuando hacen su primera comunión; a partir de este sencillo cuento, converso con ellos sobre el valor de la entrega, del sacrificio por los demás, de la entrega generosa de Dios a través de su Hijo en la Eucaristía. Los niños, como los que escuchaban al Señor, se preguntan aterrados: ¿cómo puede este darnos a comer su propio cuerpo?  

Leyendo a santo Tomás de Aquino, podemos entender un poco mejor el sentido de la fiesta de hoy y de los textos bíblicos que nos propone la Iglesia para la celebración de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: “El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres (...) Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión (...)”. 

Participar de la vida del Señor, por haber comido su carne y haber bebido su sangre, es participar de su vida divina, que no es otra cosa que una vida entregada, por amor, hasta la muerte. Por eso, “el que come de este pan, vivirá para siempre”, porque es una vida que no termina, sino que se transforma en vida para el mundo, como el pan generoso que se hizo risa y alegría en los niños del cuento.

YO SOY PAN QUE SE PARTE Y SE REPARTE

José Antonio Pagola

El domingo ya no es lo que era hace unos años. En poco tiempo ha crecido y se ha convertido en el «fin de semana», que comienza ya el viernes por la tarde y en el que la mayoría puede vivir de manera diferente, escapando de las obligaciones del trabajo, de los horarios impuestos y de la rutina diaria.

No todos vivimos el fin de semana de la misma manera. Para algunos es una verdadera suerte: tienen iniciativa, posibilidades y amigos para disfrutar esos días. Para otros es un tiempo cruel, pues sienten con más fuerza su soledad, enfermedad o vejez; el domingo solo despierta en ellos tristeza y nostalgia. Otros temen el domingo, no saben qué hacer con él, se aburren; si no hubiera fútbol sería insoportable.

Teólogos y liturgistas se preguntan hoy cómo será en el futuro el domingo cristiano. ¿Se reducirá a una celebración de la misa aislada y sin conexión alguna con el fin de semana de la gente? Por el contrario, «¿no será posible –se pregunta Xabier Basurko– una integración dinámica de los valores humanos del fin de semana en la mística del domingo?». El liturgista vasco nos ofrece algunas pistas.

El domingo cristiano puede ser el alma del fin de semana, que ayude a los creyentes a experimentar mejor su libertad de hijos de Dios, sin imposiciones ni fines utilitaristas. La eucaristía podría ayudar a recuperar el sosiego y reavivar el aliento interior. El fin de semana podemos ser un poco más «nosotros mismos».

Por otra parte, se podría recuperar el sábado como fiesta de la creación; de esta manera se podría proseguir el domingo con la celebración de la salvación. Así piensan algunos liturgistas. La fe ayudaría entonces a vivir el fin de semana como una celebración al Creador y un encuentro con la naturaleza, no a través del trabajo, sino del disfrute y la contemplación.

Por último, la celebración de la «asamblea eucarística» puede dar un sentido más hondo a esa otra dimensión del fin de semana, que es la comunicación entrañable y gratificante con amigos y familiares, o el encuentro con otras personas y otros pueblos. El fin de semana puede ser experiencia de encuentro y comunión de hermanos. ¿Crecerá el domingo cristiano hasta ser «fermento y sal» del fin de semana de la actual cultura? En cualquier caso, podemos hacernos una pregunta: ¿sabemos los cristianos extraer de la eucaristía dominical aliento y alegría para vivir el nuevo domingo?

 

DIOS NO ES NADA DE LO QUE PODAMOS PENSAR

Fray Marcos

La eucaristía es una realidad muy compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tiene tantos aspectos que es imposible abarcarlos todos. Podemos quedarnos en la superficialidad del rito y perder así su riqueza. Podíamos considerarla como ‘acción de gracias’ (eucaristía), ‘Sacrificio’, ‘Presencia’, ‘recuerdo’, ‘alimento’, ‘fiesta’, ‘unidad’, ágape.

La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos ni son milagros ni son magia. Se realiza un sacramento cuando un signo nos conecta con una realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. La realidad trascendente, ni se crea ni se destruye; ni se trae ni se lleva; ni se pone ni se quita. Es inmutable y eterna. Está siempre ahí pero no se ve.

Para que haya conexión entre un signo y la realidad significada tiene que haber una mente activa que realice la conexión. La Realidad significada no es objetivable, más allá del sujeto que establece la relación no hay nada. La relación entre el signo y lo significado es real, pero solo mientras mi mente está activando esa conexión entre ambos.

Los signos no son el pan y el vino sino el pan partido y el vino servido. No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer. Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, que es don infinito y total. Si quieres ser cristiano tienes que partirte, repartirte, dejarte comer, asimilar, desapare­cer en beneficio de los demás.

Es más tajante aún el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo: esto es mi vida que se derrama en beneficio de todos. Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tienes que hacer tuya, mi vida y derramar la tuya en beneficio de los demás.

La realidad significada no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don cuya entrega tengo que imitar. Ese es el significado que yo tengo que descubrir y vivir. Puedo oír misa sin que me obligue a nada, pero no puedo celebrar la eucaristía sin comprometerme con los demás. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que me he quedado en el rito.

No debemos confundir la eucaristía con la comunión. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto. Ir a misa solo con la intención de comulgar es sencillamente una trampa.

La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Solo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que Jesús significó. Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mt: “donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

La comunión no es un premio para los buenos. No son los que “que están en gracia” los que deben acercarse a comulgar. Somos los desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me siento pecador estoy necesitado de realizar el último signo del sacramento. Necesito el signo del amor cuando me siento separado de Dios.

Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que recordáramos el significado de lo que acababa de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer. Haced también vosotros esto. Solo entregando vuestra vida a los demás como he hecho yo, llegaréis a plenitud humana.

Celebrar la Eucaristía es comprometerse a ser para los demás. Todas las estructu­ras que están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas. Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que queremos expresar en este sacramento.

 

miércoles, 27 de mayo de 2026

Santísima Trinidad – Ciclo A – (Reflexión)

 Santísima Trinidad Ciclo A mayo 31, 2026 
Éxodo 34, 4-6.8-9 / Daniel 3 / 1 Corintios 13, 11-13


Este domingo de la Solemnidad de la Santísima Trinidad, volvemos al Tiempo Ordinario de la Liturgia, para seguir conociendo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en nuestra vida …

Evangelio según san Juan 3, 16-18

"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios".

Reflexión:

¿Padre, Hijo y Espíritu Santo?

Hoy, en la Solemnidad de la Santísima Trinidad, se nos recuerda quién es la Trinidad: Tres Personas, un solo Dios, es el Padre, es el Hijo y es el Espíritu Santo. Tres Personas distintas, un solo amor.

Y así lo profesamos en el Credo: “…Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo…”

Reflexionando en cada una de las Personas de la Trinidad: el Padre, crea y sostiene la vida, el Hijo, se encarna humanamente y nos muestra los deseos y el camino que nos lleva la Padre y el Espíritu Santo, nos recuerda, inspira y acompaña para vivir las enseñanzas del Hijo.

La Trinidad, en esencia nos muestra como fuimos creados por Dios, “a su imagen y semejanza”, en el amor y para el amor, para unidad y en fraternidad, para la relación y entrega mutua, en lo ordinario y cotidiano de nuestra vida.

A lo largo de la historia de la humanidad, y hoy a nosotros, Dios Padre se nos va revelando, nos dice quién es y cómo es: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel"… a quién como Moises, podemos pedirle “perdona nuestras iniquidades y pecados, y tómanos como cosa tuya” (Éx 34, 4-6.8-9).

Conocer el camino que nos ha trazado Jesús, el Hijo de Dios, nos invita a “ser alegres, animarnos entre nosotros, para vivir en paz y armonía” … que es la manera de vivir en unidad y fraternidad (cfr. 1 Corintios 13, 11-13).

Experimentar al Espíritu Santo, es escuchar la voz interior que me guía a la verdad, que me impulsa a buscarla y vivirla en lo ordinario y cotidiano de la vida; es la señal de que Dios está en lo que elijo, hago y amo, al estilo de Jesús.

La Trinidad es la experiencia de Dios en la vida, de tal manera que nos lleva a plenitud humana, a través de la unidad, el encuentro y el servicio que permite que “tengamos una vida que valga la pena vivir” (cfr. Principio y Fundamento, EE 23).

¿Cómo experimento al Padre, en mi vida ordinaria?... ¿De qué manera puedo profundizar en el conocimiento interno de Jesús?... ¿Cómo dejarme guiar por el Espíritu Santo?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Santísima Trinidad – Ciclo A –(Profundizar)

 Santísima Trinidad Ciclo A mayo 31, 2026 
Éxodo 34, 4-6.8-9 / Daniel 3 / 1 Corintios 13, 11-13


Evangelio según san Juan 3, 16-18

"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios".

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

  
#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

¿Quién es Dios? ¿Cómo es Dios? Son preguntas que han acompañado a la humanidad y no son de fácil respuesta. Este domingo, la Palabra nos habla de Dios: Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Dios es el Dios del amor y la paz, y, finalmente, nos dice el Evangelio de Juan: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna"; también dice que Dios no envió a su Hijo al mundo a juzgar al mundo, sino a salvarlo.

El Dios trino, que nos mira y conoce, sabe de nuestras injusticias e iniquidades, sabe de nuestras rupturas y no elige eliminarnos, sino encarnarse para salvarnos; no como un acto hollywoodense, sino como redención, con nosotros y a través de Él. Y aquí entra un aspecto fundamental de Dios, que hoy celebramos en la Iglesia y que el Papa León nos ha recordado en su última encíclica: Dios es "Padre, Hijo y Espíritu Santo: amor en relación, que se da recíprocamente y se comunica al mundo", y "el ser humano está llamado a la comunión con Dios y no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo; su vocación (la de cada uno de nosotros) más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido" (Magnifica Humanitas 48). Cada una y cada uno de nosotros, nos recuerda el Papa León XIV, estamos hechos constitutivamente para la relación, pensados y queridos por Dios para vivir en comunión con Él, con los demás y con la creación (MH 49).

En palabras más simples: Dios es relación, y nosotros, hechos a su imagen y semejanza, también. Así, cada relación profunda, libre y amorosa nos hace ser más felices, más plenos y más humanos. Y, por otro lado, cada ruptura, cada "relación" falsa y destructiva, nos empobrece. Estamos llamados a dar y recibir amor; esa es la única y verdadera fórmula de la felicidad.

Entonces, hoy es un buen día para agradecer a Dios por todas nuestras relaciones y pensar en cómo reparar las rupturas que hemos ocasionado: con Dios, con los otros y con la creación.

#FelizDomingo 

Acertijo o Misterio

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Hace ya muchos años, viajé con algunos compañeros jesuitas a una zona rural del municipio de Marulanda, Caldas, para tener una misión entre los campesinos de la zona. Para los que no conocen, Caldas está en la región central del país, pero con una orografía muy cerrada. Hay muchos pueblos, pero la comunicación entre ellos no es fácil, porque las montañas son monumentales. Pasar de una cima a la otra, atravesando las hondas quebradas, es una proeza digna de titanes. 

Llegamos a la escuelita de la vereda y nos encontramos con un grupo de niños que no tenían ninguna instrucción religiosa y que no conocían nada, más allá de lo que dejan ver estas colosales montañas que los rodean por todas partes. Nos tocaba prepararlos para la primera comunión, que tendríamos el último día de la misión. Cuando me senté con uno de mis compañeros a pensar sobre la mejor forma de llegar a los niños, nos pareció que debíamos comenzar por lo más sencillo: enseñarles a darse la bendición, pues ni siquiera esto sabían. Ustedes no alcanzan a imaginarse el enredo que se nos formó cuando tratamos de explicarles que Dios era Padre, Hijo y Espíritu Santo... Los niños nos miraban con una cara de admiración, como quien se asoma a un abismo insondable, como los que teníamos a nuestro alrededor. 

Es un lugar común decir que es muy difícil predicar sobre la Santísima Trinidad; pero yo creo que la dificultad no está sólo en el que predica, sino también en el feligrés que se sienta en la banca a escuchar un acertijo que no acaba de entender nunca... “Tres personas divinas y un solo Dios verdadero”, decían nuestros abuelos... La mejor explicación de este misterio de la Santísima Trinidad la leí en san Agustín, que solía decir: "Aquí tenemos tres cosas: el Amante, el Amado y el Amor"; un Padre Amante, un Hijo Amado y el vínculo que mantiene unidos a los dos, el Espíritu del Amor. 

En último término, de lo que se trata es del misterio del amor en el cual estamos insertos: “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna”. El amor de Dios, como el nuestro, no puede entenderse sino como entrega generosa y despojo de sí mismo. El amor supone un éxodo del amante hacia el amado, y de éste hacia aquél. San Ignacio de Loyola lo expresa muy bien en su famosa Contemplación para alcanzar amor: “El amor consiste en comunicación de las dos partes, es a saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene, o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que si el uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro” (EE 231). 

Tal vez a los niños de aquella lejana vereda de Marulanda lo único que les quedó claro fue que Dios nos había enviado hasta allí para acompañarlos en su crecimiento en la fe y para expresarles su amor hacia ellos. Y esto mismo los pudo impulsar a amar un poco más a este Dios misterioso y a sus hermanos y hermanas, en quienes se quedó viviendo para siempre.

DIOS ES DE TODOS

José Antonio Pagola

Pocas frases habrán sido tan citadas como esta que el evangelio de Juan pone en labios de Jesús. Los autores ven en ella un resumen de lo esencial de la fe, tal como se vivía entre no pocos cristianos a comienzos del siglo II: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único».

Dios ama al mundo entero, no solo a aquellas comunidades cristianas a las que ha llegado el mensaje de Jesús. Ama a todo el género humano, no solo a la Iglesia. Dios no es propiedad de los cristianos. No ha de ser acaparado por ninguna religión. No cabe en ninguna catedral, mezquita o sinagoga.

Dios habita en todo ser humano acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias. A nadie deja abandonado, pues tiene sus caminos para encontrarse con cada cual, sin que tenga que seguir necesariamente los que nosotros le marcamos. Jesús le veía cada mañana «haciendo salir su sol sobre buenos y malos».

Dios no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de su ser es amor. Por eso dice el evangelio que ha enviado a su Hijo, no para «condenar al mundo», sino para que «el mundo se salve por medio de él». Ama el cuerpo tanto como el alma, y el sexo tanto como la inteligencia. Lo único que desea es ver ya, desde ahora y para siempre, a la humanidad entera disfrutando de su creación.

Este Dios sufre en la carne de los hambrientos y humillados de la tierra; está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Está siempre en nosotros para «buscar y salvar» lo que nosotros estropeamos y echamos a perder.

Dios es así. Nuestro mayor error sería olvidarlo. Más aún. Encerrarnos en nuestros prejuicios, condenas y mediocridad religiosa, impidiendo a las gentes cultivar esta fe primera y esencial. ¿Para qué sirven los discursos de los teólogos, moralistas, predicadores y catequistas si no despiertan la alabanza al Creador, si no hacen crecer en el mundo la amistad y el amor, si no hacen la vida más bella y luminosa, recordando que el mundo está envuelto por los cuatro costados por el amor de Dios?

 

DIOS NO ES NADA DE LO QUE PODAMOS PENSAR

Fray Marcos

Las verdades de fe no pueden ser demostradas. A lo máximo que podemos aspirar es a descubrir que no son irracionales. Lo que me llevará a una verdadera fe no es el conocimiento sino la vivencia interior. La Trinidad nos enseña que solo vivimos si convivimos. Nuestra vida debía ser un espejo que reflejara el misterio de la Trinidad.

Jesús experimentó al verdadero Dios, pero fracasó a la hora de hacer ver a sus discípulos su vivencia. En los evangelios encontramos chispazos de esa luz, pero los seguidores de Jesús no pudieron aguantar el profundo cambio que suponía sobre el Dios del AT. El cristianismo se encontró más a gusto con el Dios del AT que con el de Jesús.

Solo después de haber abandonado siglos de vivencia, se hizo necesaria la reflexión teológica sobre el misterio. Los dogmas llegaron como medio de evitar ‘errores’, pero lo importante fue siempre vivir esa presencia de Dios en el interior de cada cristiano. Solo viviendo la realidad de Dios en nosotros se podrá manifestar luego en el servicio al otro.

Nadie se podrá encontrar con el Hijo o con el Padre o con el Espíritu Santo. Nuestra relación será siempre con el TODO que nos identifica con Él. Cuando hablamos de cualquiera de las tres personas, estamos hablando de Dios. En teología, esta manera impropia de asignar acciones a cada persona se llama “apropiación” (¿indebida?). Ni el Padre ha creado ni el Hijo nos ha salvado ni el Espíritu Santo actúa por su cuenta.

Lo que creemos saber racionalmente de Dios, es un estorbo para vivir su presencia en nosotros. Mucho más si creemos que solo nuestro dios es verdadero. Incluso los ateos pueden estar más cerca del verdadero Dios que los muy creyentes. Ellos rechazan la creencia en el ídolo que nosotros nos empeñamos en mantener a toda costa.

De la misma manera, siempre que aplicamos a Dios contenidos verbales, aunque sean los de “ama”, “perdonó”, “salvará”, estamos radicalmente equivocados, porque en Dios los verbos no pueden conjugarse. Dios no tiene tiempos ni modos. Dios no tiene “acciones”. Dios todo lo que hace lo es. Si ama, es amor, pero no como el nuestro.

Los primeros cristianos al amor que es Dios lo llamaron ágape. No se trata de una relación entre sujeto y objeto sino en la identificación de ambos. En el amor humano hay un sujeto que ama, un objeto amado y el amor. Ese amor no se puede aplicar a Dios porque no hay nada fuera de Él. El amor es su esencia, no una cualidad.

Vivir la Trinidad, sería experimentarlo: 1) Como Dios, ser absoluto. 2) Como Dios a nuestro lado presente en el otro. 3) Como Dios en el interior de nosotros mismos, fundamento de nuestro ser. En cada uno de nosotros se está reflejando la Trinidad. Se trata de descubrir a Dios que me trasciende y a la vez es el fundamento de mi ser.

No tiene ningún sentido la disyuntiva entre creer en Dios o no creer. Todos tenemos nuestro Dios. Hoy la disyuntiva es creer en el Dios de Jesús o creer en un ídolo. La mayoría de los cristianos no vamos más allá del ídolo que nos hemos fabricado a través de los siglos. Es más perjudicial para la Vida espiritual el teísmo que el ateísmo.

La verdad es que no hemos hecho mucho caso al Dios de Jesús. Su Dios es amor y solo amor. Aunque condicionado por la idea de Dios del AT, dio un salto en el vacío y nos llevó al Abba insondable. La mejor noticia que podía recibir un ser humano es que Dios no puede apartarle de su amor. Esta es la realidad que tenemos que apropiarnos.

Al relacionarse con Dios pensado, el hombre busca sus propios intereses. Si se relaciona con la Deidad, camina hacia la disolución total y desaparición del yo. No solo debe renunciar a todo lo externo a él sino renunciar a sí mismo para identificarse con Dios.

 

 

XI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

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