jueves, 11 de junio de 2026

XI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XI Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 14, 2026 
Éxodo 19, 2-6 / Salmo 99 / Romanos 5, 6-11



En este domingo, las lecturas nos recuerdan que, poner atención lo que Dios nos indica, nos trae grandes beneficios … ¡nuestra salvación!

Evangelio según san Mateo 9, 36 - 10, 8

En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

Reflexión:

¿Cómo colaborar en la salvación?

Este domingo, las lecturas nos invitan a reconocer nuestra propia historia en la historia del pueblo de Israel. Lo que Dios hizo con ellos, sigue haciéndolo hoy con nosotros.

Reflexionemos sobre ello. Al profesar la fe cristiana, nos reconocemos hijos de Dios, y por ende parte de su pueblo, de su iglesia. En la lectura del Éxodo, actualizando el mensaje, Dios nos dice hoy: "los he traído a mi … escuchen mi voz … manténganse en mi alianza…" y así, “serán mi tesoro especial”. Nos lo dice hoy, de manera personal a cada uno.

Escuchar a Dios, a través de la Palabra revelada, de las enseñanzas de Jesús, y de cuantos nos transmiten la fe, de entrada, nos abre a sentirnos amados y especiales para Dios… y es eso, lo que me mueve a vivir nuestras vidas, de acuerdo con lo que escuchamos de Él. No porque seamos los más fuertes, los más inteligentes o los más perfectos, sino porque Dios nos ama.

Antes de cualquier logro o fracaso, antes de cualquier reconocimiento o error, Dios nos mira con cariño, y nos salva, como nos lo recuerda Pablo en la carta a los romanos. Nos salva de aquello que rompe la relación con Él, con los demás y con nosotros mismos; nos salva con su entrega y fidelidad a su alianza, por que somo suyos, sus hijos. Solo quien nos ama, se entrega como lo hizo Jesús.

Hoy, también Jesús nos mira, con compasión y cariño; nos ve cansados, desanimados, desprotegidos, divididos, polarizados, utilizados, violentados, explotados … sufriendo (cfr. Mt 9, 36 - 10, 8). ¿A caso no parece que así vivimos? Y gran parte de este sufrimiento tiene una raíz común.

Cuando lo que guía nuestra vida, son ideas o voces que alientan nuestro egoísmo, nos encerramos “en nuestro propio querer e interés, pensando solamente en lo que nos conviene, en lo que nos beneficia o nos hace sentir importantes.”, lo que provoca la separación entre nosotros, de los “prójimos” y ello, nos divide y causa situaciones que nos hacen sufrir a todos, en menor o mayor grado.

Nuestra naturaleza humana es débil, el egoísmo nos seduce, y nos lleva a la competencia, a ganar a cualquier precio. Ahí están los resultados.

Afortunadamente, Jesús nos sigue hablando, sigue fiel a su promesa de salvarnos; nos mira, compasiva y tiernamente entre la multitud, como personas concretas (con nombre y apellido), en nuestra realidad, con nuestras heridas, preocupaciones, cansancios y sueños… nos mira con un amor profundo, que lo lleva a seguir actuando en nuestro mundo.

Nos sorprende que Jesús llama a sus discípulos, para que “vayan y proclamen ya se acerca el Reino de los cielos” … Hoy, te llama por tu nombre, me llama por el mío, y nos invita a ser colaboradores de su misión para promover el “reinado del amor”: animando la vida, tendiendo la mano a los que lo necesitan, a quienes sufren; a que “echemos fuera demonios” (que nos apartan de Dios, nos corrompen y nos llevan a hacer el mal, engañándonos).

Hoy, Jesús sigue necesitando personas que se atrevan a mirar con sus mismos ojos, a sentir con su mismo corazón y a colaborar en la construcción de un mundo más humano, más justo y lleno de esperanza.

 

¿Cómo me mira hoy Jesús, en mi vida diaria?... ¿Qué voces estoy hoy escuchando, que influyen en mi vida?... ¿A qué me invita concretamente el Señor para colaborar con Él?

 

Alfredo Aguilar Pelayo

alfredo@ccrrsj.org

#RecursosParaVivirMejor

www.ccrrsj.org

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP

Para profundizar: https://tinyurl.com/BN-11A-260614

XI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XI Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 14, 2026 
Éxodo 19, 2-6 / Salmo 99 / Romanos 5, 6-11


Evangelio según san Mateo 9, 36 - 10, 8

En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

La Palabra nos presenta la imagen: «como ovejas sin pastor». Esta imagen es poderosa, pues una oveja sin su pastor está sola y, por tanto, expuesta; expuesta a todas las inclemencias del mundo: lobos, distracción, agotamiento, perdición. Esta situación mueve el corazón de Jesús a la compasión, no a la exclusión o al rechazo, y su respuesta es enviarnos; enviarnos no con los que ya están, sino con quien se encuentra «descarriado», es decir, quien tiene una conducta irracional e inadecuada.

No somos enviados a regañar ni a cuestionar, sino a proclamar buenas noticias, a curar, «resucitar», limpiar y arrojar demonios. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de que respondamos activamente al envío de Jesús! Es decir, que seamos buena noticia, motivo de salud; agua capaz de limpiar y renovar; gente capaz de no aceptar demonios terribles como la soberbia, el egoísmo, el miedo y tantos otros en los que podemos pensar.

¿Qué te dice hoy la Palabra? ¿Qué te hace sentir? ¿A qué te invita?

#FelizDomingo 

“Como ovejas que no tienen pastor”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

“Todos los días del año, sin importar el sol o la lluvia, lo veía pasar junto a mi casa. Varias veces al día..., como el que nada o mucho tiene que hacer. De color ajado, descolorido y con mugre acumulada desde las últimas lluvias. De lomo esquelético y vientre abultado –vivero de parásitos– siempre deambulando en soledad desconfiada. Sobre un fondo de miedo, en su mirar indiferente, dejaba traslucir destellos de tierna bondad y hambre de caricias. Ciertamente era, y es, un marginado del amor. Me estoy refiriendo a uno de los perros callejeros del barrio. Por no tener, ni dueño tenía. Nadie lo llamaba. En tercera persona lo conocíamos despectivamente por «El Pulgas». Su pedegree..., como el de tantos otros. Madre callejera que paría por hambre. Concebía, insensible a la emoción, mientras roía un sucio hueso adobado en polvo o barro, según las estaciones. Paría sin orgullo. Amamantaba hasta donde sus lacios senos respondían –era bien poco– transmitiendo en herencia fatal, su endémica parasitosis. «El Pulgas» nunca supo de ternuras acariciantes. Su única tenue y, ya olvidada, experiencia de relación amorosa –época de amamantamiento– fue abortada por exigencias de la supervivencia. Cada uno, madre e hijo –con dolor traumatizante para «El Pulgas»– cogió por su lado a buscar vida.

En cierta ocasión creyó encontrar la seguridad de un hogar. Su esperanza se quebró pronto, cuando descubrió que –a cambio de unas recortadas sobras de comida– le exigían acabar con un nido de ratas sobrevivientes de un envenenamiento colectivo. Salió de la casa apaleado, intoxicado y casi sin fuerzas. Las hierbas y el instinto de conservación sirvieron de médico y medicina. Al principio, todos se apartaban de él con gesto de asco. La lluvia de piedras y crueles patadas de la chiquillería, le enseñaron a apartarse él mismo con el rabo humillado entre las patas.

Un día dejé de verlo. Me contaron, no sé si será cierto, que habían venido los de la higiene y amarrado lo habían llevado a la perrera a compartir sus mugres y frustraciones con otros perros contaminados. Me dice quien lo ha visto –no me constar y de pronto no deja de ser un chisme más– que está desconocido. Más solitario que nunca. Que aúlla como los coyotes –lamento hecho aria trágica– y que pasa asomado a los barrotes de la jaula atisbando en busca de lo único que le pertenecía: un residuo de libertad. Nota: Cualquier semejanza de «El Pulgas» con el «El Batea», el «Mano fina», «El Camote», «El Mico» o «El Marcado», chiquillos de mi barrio, es pura coincidencia” (Luis Arocena Pildain, Hora de Dios, hora del pobre: Vida Nueva, No. 1464, 1985, p. 183).

“Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban angustiados y desvalidos, como ovejas que no tienen pastor”. Es comprensible que Jesús dijera, enseguida, a sus discípulos: “Ciertamente, la cosecha es mucha, pero los trabajadores son pocos. Por eso, pidan ustedes al Dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla”. Y, diciendo y haciendo: llamó a sus doce discípulos, dándoles “autoridad para expulsar a los espíritus impuros y para curar toda clase de enfermedades y dolencias”. Y san Mateo nos presenta la lista de los primeros escogidos para llevar adelante esta tarea... Hoy tu y yo estamos también en esta lista. Todos somos servidores de la misión de Cristo en esta tierra. Si te encuentras en tu camino con un ser humano que ha vivido una experiencia parecida a la de «El Pulgas», no voltees la cara para mirar a otro lado; escucha a Jesús que nos dice “Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien de su enfermedad a los leprosos y expulsen a los demonios. Ustedes recibieron gratis este poder; no cobren tampoco por emplearlo”.


PROGRAMA LIBERADOR

José Antonio Pagola

Muchos cristianos piensan estar viviendo su fe con responsabilidad porque se preocupan de cumplir determinadas prácticas religiosas y tratan de ajustar su comportamiento a unas leyes morales y unas normas eclesiásticas.

Asimismo, muchas comunidades cristianas piensan estar cumpliendo fielmente su misión porque se afanan en ofrecer servicios de catequesis y educación de la fe, y se esfuerzan por celebrar con dignidad el culto cristiano.

¿Es esto lo único que Jesús quería poner en marcha al enviar a sus discípulos por el mundo? ¿Es esta la vida que quería infundir en el corazón de la historia?

Necesitamos escuchar de nuevo las palabras de Jesús para redescubrir la verdadera misión de los creyentes en medio de esta sociedad. Así recoge el evangelista Mateo su mandato: «Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis».

Nuestra primera tarea también hoy es proclamar que Dios está cerca de nosotros, empeñado en salvar la felicidad de la humanidad. Pero este anuncio de un Dios salvador no se hace solo a través de discursos y palabras sugestivas. No se asegura solo con catequesis ni clases de religión. Jesús nos recuerda la manera de proclamar a Dios: trabajar gratuitamente por infundir a los hombres nueva vida.

«Curar enfermos», es decir, liberar a las personas de todo lo que les roba vida y hace sufrir. Sanar el alma y el cuerpo de los que se sienten destruidos por el dolor y angustiados por la dureza despiadada de la vida diaria.

«Resucitar muertos», es decir, liberar a las personas de aquello que bloquea sus vidas y mata su esperanza. Despertar de nuevo el amor a la vida, la confianza en Dios, la voluntad de lucha y el deseo de libertad en tantos hombres y mujeres en los que la vida va muriendo poco a poco.

«Limpiar leprosos», es decir, limpiar esta sociedad de tanta mentira, hipocresía y convencionalismo. Ayudar a las gentes a vivir con más verdad, sencillez y honradez.

«Arrojar demonios», es decir, liberar a las personas de tantos ídolos que nos esclavizan, nos poseen y pervierten nuestra convivencia. Allí donde se está liberando a las personas, allí se está anunciando a Dios.

 

ESTAR MÁS CERCA O MÁS LEJOS DE JESÚS NO LO DETERMINA ÉL

Fray Marcos

Las lecturas de hoy tienen una gran variedad de temas. La pregunta que nos debíamos hacer en este domingo es la siguiente: ¿Qué salvación ofrece Jesús en el evangelio? Lo que ha llegado a nosotros es ya una interpretación de lo que dijo.

El relato del Éxodo fue para el pueblo judío la cima de su experiencia religiosa, pero no se trató de ninguna actuación puntual de Dios. La experiencia de salvación de los israelitas no fue más que una interpretación de acontecimientos favorables. Cuando los aconteci­mientos eran adversos, los interpretaban como castigo del mismo Dios.

En tiempo de Jesús se sintieron liberados del demonio, de las enfermeda­des, de sus pecados. ¿De qué nos tienen que salvar hoy? Para la mayoría de los cristianos, salvarse es evitar la condenación. Salvación debe ser alcanzar la plenitud de ser a la que estoy destinado. Esa plenitud tenía que dar sentido a toda mi vida.

Tal como entendemos la salvación, da la impresión de que a Dios le salió mal la creación y ahora solo con remiendos puede llevar a feliz término su obra. La Biblia dice en el relato de la creación que vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Dios no tiene que cambiar nada, somos nosotros lo que debemos cambiar.

Dios no tiene que librarnos de nada. Nuestras limitaciones son consecuencia de nuestra condición de criaturas. Dios no puede evitarlas. La salvación hay que buscarla a pesar de las limitaciones. En una ocasión Jesús dijo "Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo."

Cuando habla de los doce no quiere decir que los apóstoles fueran exactamente doce, con nombres y apellidos, sino el nuevo Israel. También las doce tribus son un mito: El dios sol rodeado de los signos del zodiaco. Tomar hoy los doce como número de personas investidas por Jesús de un poder especial es anacrónico. La necesidad de un nuevo fundamento del nuevo pueblo llegó mucho más tarde.

No podemos seguir manteniendo la idea de que lo importante en nuestra Iglesia, es la jerarquía. La obligación de “proclamar” el evangelio es de todos los que forman la comunidad, no de unas personas separadas y elegidas especialmente para esa tarea. El Vaticano II habló de la misión de los laicos, pero no queremos enterarnos.

La misión no debía ser un ingente esfuerzo por acrecentar el número de los que pertenecen a la Iglesia, sino el aumentar el número de los que son objeto de nuestro cuidado. El verdadero seguidor de Jesús tiene que considerar a todo hombre como perteneciente a la comunidad, porque todos tienen que ser el objetivo de su servicio.

Una comunidad no es cristiana si no está abierta a todos los hombres. A la comunidad cristiana pertenecen todos los seres humanos. Si dejamos fuera a uno solo, se convertirá en un gueto y dejará de ser la comunidad de Jesús. La Iglesia (pueblo de Dios) debe estar volcada sobre los demás, no replegada sobre sí misma.

Es sorprendente la frase: ”no vayáis a tierra de paganos”. Parece que va en contra del espíritu de Jesús. Él mismo salió varias veces de galilea. Una vez más, nos faltan datos para una interpretación adecuada. Tal vez quiera decir que no los veía preparados para una tarea universal y prefería afianzar la fe de los ya judíos.

Termina el evangelio con una frase tajante: “Gratis habéis recibido, dad gratis”. Solo cuando doy lo que he recibido, lleno de sentido el don que se me ha regalado. Cuando quiero acaparar lo que soy y lo que tengo, lo convierto en algo estéril para mí y para los demás. La gratuidad tenía que ser la norma de la comunidad cristiana.

 

 

jueves, 4 de junio de 2026

X Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 X Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 7, 2026 
Oseas 6, 3-6 / Salmo 49 / Romanos 4, 18-25


El Tiempo Ordinario de la Liturgia, nos va ayudando a conocer internamente a Jesús, quien nos muestra el camino de salvación y además, nos invita a seguirlo en su misión …

Evangelio según san Mateo 9, 9-13

Jesús se fue de allí y vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo: —Sígueme.

Entonces Mateo se levantó y lo siguió.

Sucedió que Jesús estaba comiendo en la casa, y muchos de los que cobraban impuestos para Roma, y otra gente de mala fama, llegaron y se sentaron también a la mesa junto con Jesús y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: —¿Cómo es que su maestro come con cobradores de impuestos y pecadores?

Jesús lo oyó y les dijo: —Los que están buenos y sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan el significado de estas palabras: “Lo que quiero es que sean compasivos, y no que ofrezcan sacrificios.” Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Reflexión:

¿Cómo seguir a Jesús?

Este domingo, en la lectura del profeta Oseas, se nos recuerdan la necesidad de esforzarnos en conocer a Dios y como el Señor, hoy, seguramente se lamentaría de que muchos de nosotros, nuestro amor por Él, es muy poco y efímero en la práctica: nos llamamos cristianos, asistimos a misa (a veces), le pedimos cosas, favores, le prendemos veladoras, ofrecemos “sacrificios”, pero … ¡no vivimos sus enseñanzas!

Tal vez, solo tal vez, será por que precisamente: no conocemos a Jesús (ni a su Padre).

Al igual que, para conocer a una persona, necesitamos escucharla, pasar tiempo con ella, entender que le gusta sobre tal o cual tema, el por qué y para qué de su vida … lo mismo es necesario para conocer a Jesús.

Una forma de conocer a Jesús es, orando, meditando y reflexionando la Palabra, que se nos describe en los evangelios quien fue Jesús, que decía, que hacía, con quién andaba, cuál era su misión, y cómo anunciaba el Reino de su Padre:

·     San Ignacio de Loyola, en la segunda etapa de los Ejercicios Espirituales, nos invita a pedir el “conocimiento interno del Señor, que por mi se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” [104] … Porque, cuanto más escucho a Jesús, más lo voy conociendo y comprendo su propuesta … y como dice el jesuita Adolfo María Chércoles, me puedo responder las preguntas: ¿qué me parece su propuesta? ¿la quiero?

·     Cuando escucho una propuesta, y afectivamente me toca internamente, en el corazón, entonces me importa, confío en quién la propone y me muevo para que se haga realidad.

·     Eso le pasó a Abraham, nos recuerda Pablo en la segunda lectura de hoy, confió en “la promesa de Dios, de una gran descendencia”, … eso también le pasó a Levi (Mateo), quien seguramente “había escuchado” a Jesús, atiende a su llamado y lo sigue … sin la excusa de ser un pecador (fallaba).

Otra manera de conocer a Jesús, es participando de la Eucaristía, recibiendo su Cuerpo y Sangre: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida" (Jn 6, 51)   

Hoy, nos toca a cada uno de nosotros, justos o pecadores, a estar atentos y escuchar la invitación a conocer mejor a Jesús, a seguirlo en nuestra vida diaria, haciendo vida su proyecto … ¡así nos salva!

Total, lo que Jesús quiere es que vivamos “el amor”, para tener una vida “que valga la pena vivir” ya desde ahora, en nuestro tiempo.  ¿Qué me parece? ¿lo quiero?

 

¿Cómo conocer mejor a Jesús?... ¿Cómo estar atento a las llamadas que me hace Jesús?... ¿Qué necesito dejar, para seguir a Jesús?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

X Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 X Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 7, 2026
Oseas 6, 3-6 / Salmo 49 / Romanos 4, 18-25

Evangelio según san Mateo 9, 9-13

Jesús se fue de allí y vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo: —Sígueme.

Entonces Mateo se levantó y lo siguió.

Sucedió que Jesús estaba comiendo en la casa, y muchos de los que cobraban impuestos para Roma, y otra gente de mala fama, llegaron y se sentaron también a la mesa junto con Jesús y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: —¿Cómo es que su maestro come con cobradores de impuestos y pecadores?

Jesús lo oyó y les dijo: —Los que están buenos y sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan el significado de estas palabras: “Lo que quiero es que sean compasivos, y no que ofrezcan sacrificios.” Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Cuánta razón tiene aquello de que somos lo que comemos. Sí, lo que comemos determina mucho de cómo vivimos y viviremos; nuestro alimento es un aspecto fundamental.

Hoy Jesús mismo se proclama como alimento: "Yo soy el pan vivo". Si no nos alimentamos de Él, no tendremos vida, vida eterna, de esa que nunca se acaba.

Los cristianos hemos recibido el regalo de la Eucaristía, ese sacramento en el que, en Cristo y por Cristo, somos alimentados; ese momento de comunión en el que formamos un solo cuerpo porque todos nos alimentamos de Cristo. Y así, con Cristo y en Cristo, nos reconfiguramos, porque la comunión, nuestro alimento, nos transforma.

Vamos a preguntarnos hoy: ¿Qué nos está alimentando el alma?

Quien come del Pan de la Vida, quien se alimenta de Cristo, es configurado de un modo distinto, vive en comunión, su vida es en relación, y por ello vive libre, valiente y con misericordia. Porque quien se alimenta de Cristo, también se vuelve "alimento" que se parte y se comparte: "hagan esto en memoria mía".

Dios nos conceda la gracia de alimentarnos de Él, para vivir con Él y por Él, con todos, en comunión, en comunidad.

#FelizDomingo

Yo soy el pan vivo

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 Había una vez un pan malo que, tan pronto salió del horno, fue colocado, contra su voluntad, en la vitrina de la panadería junto a otros muchos panes. Poco a poco los clientes se fueron llevando todos los panes y sólo quedó el pan malo que siempre que trataban de agarrarlo, gritaba y protestaba para que no lo tocaran. De pronto, llegó una señora a comprar pan y, como no encontró más, se llevó el pan malo que refunfuñó disgustado: – “¿A dónde cree que me lleva?” La señora le dijo: –“Pues te llevo a mi casa, donde hay cuatro niños que te esperan para poder ir a la escuela a estudiar todo el día”. El pan malo no tuvo más remedio que dejarse llevar, pero siguió refunfuñando para sus adentros... Tan pronto estuvo en medio de la mesa del comedor de la familia y se sintió amenazado por los cuatro niños, comenzó a gritar: –“¡No tienen derecho a hacerme daño! ¡Yo no quiero que me partan, ni estoy dispuesto a que me coman! ¡No lo voy a aceptar de ninguna manera!”. 

Los niños, estupefactos, se contentaron esa mañana con el café con leche y algunas galletas que había del día anterior... Dejaron el pan malo sobre la mesa y se fueron a la escuela sin discutir más con el... Pasaron los días y la señora terminó tirando el pan malo a la basura, porque se puso tieso y nadie se lo quería comer... 

Había, en cambio, otro pan bueno que tan pronto salió del horno, crujiente y tierno, se sintió feliz de que se lo llevaran de primero para la casa de una familia numerosa. Cuando lo colocaron sobre la mesa, sabiendo que lo iban a partir y que se lo iban a comer, agradeció a Dios porque podía darle vida a los niños que iban a estudiar a la escuela. Tuvo miedo y le dolió cada uno de los embates del cuchillo que lo fue rebanando poco a poco; luego, cuando sentía cada mordisco, sufría, pero sabía que los niños lo necesitaban para jugar, para estudiar, para reír toda la mañana. Así que se ofreció con generosidad hasta el final, sin dejar sentir el dolor que lo embargaba. 

Esta historia la suelo contar a los niños y niñas cuando hacen su primera comunión; a partir de este sencillo cuento, converso con ellos sobre el valor de la entrega, del sacrificio por los demás, de la entrega generosa de Dios a través de su Hijo en la Eucaristía. Los niños, como los que escuchaban al Señor, se preguntan aterrados: ¿cómo puede este darnos a comer su propio cuerpo?  

Leyendo a santo Tomás de Aquino, podemos entender un poco mejor el sentido de la fiesta de hoy y de los textos bíblicos que nos propone la Iglesia para la celebración de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: “El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres (...) Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión (...)”. 

Participar de la vida del Señor, por haber comido su carne y haber bebido su sangre, es participar de su vida divina, que no es otra cosa que una vida entregada, por amor, hasta la muerte. Por eso, “el que come de este pan, vivirá para siempre”, porque es una vida que no termina, sino que se transforma en vida para el mundo, como el pan generoso que se hizo risa y alegría en los niños del cuento.

YO SOY PAN QUE SE PARTE Y SE REPARTE

José Antonio Pagola

El domingo ya no es lo que era hace unos años. En poco tiempo ha crecido y se ha convertido en el «fin de semana», que comienza ya el viernes por la tarde y en el que la mayoría puede vivir de manera diferente, escapando de las obligaciones del trabajo, de los horarios impuestos y de la rutina diaria.

No todos vivimos el fin de semana de la misma manera. Para algunos es una verdadera suerte: tienen iniciativa, posibilidades y amigos para disfrutar esos días. Para otros es un tiempo cruel, pues sienten con más fuerza su soledad, enfermedad o vejez; el domingo solo despierta en ellos tristeza y nostalgia. Otros temen el domingo, no saben qué hacer con él, se aburren; si no hubiera fútbol sería insoportable.

Teólogos y liturgistas se preguntan hoy cómo será en el futuro el domingo cristiano. ¿Se reducirá a una celebración de la misa aislada y sin conexión alguna con el fin de semana de la gente? Por el contrario, «¿no será posible –se pregunta Xabier Basurko– una integración dinámica de los valores humanos del fin de semana en la mística del domingo?». El liturgista vasco nos ofrece algunas pistas.

El domingo cristiano puede ser el alma del fin de semana, que ayude a los creyentes a experimentar mejor su libertad de hijos de Dios, sin imposiciones ni fines utilitaristas. La eucaristía podría ayudar a recuperar el sosiego y reavivar el aliento interior. El fin de semana podemos ser un poco más «nosotros mismos».

Por otra parte, se podría recuperar el sábado como fiesta de la creación; de esta manera se podría proseguir el domingo con la celebración de la salvación. Así piensan algunos liturgistas. La fe ayudaría entonces a vivir el fin de semana como una celebración al Creador y un encuentro con la naturaleza, no a través del trabajo, sino del disfrute y la contemplación.

Por último, la celebración de la «asamblea eucarística» puede dar un sentido más hondo a esa otra dimensión del fin de semana, que es la comunicación entrañable y gratificante con amigos y familiares, o el encuentro con otras personas y otros pueblos. El fin de semana puede ser experiencia de encuentro y comunión de hermanos. ¿Crecerá el domingo cristiano hasta ser «fermento y sal» del fin de semana de la actual cultura? En cualquier caso, podemos hacernos una pregunta: ¿sabemos los cristianos extraer de la eucaristía dominical aliento y alegría para vivir el nuevo domingo?

 

DIOS NO ES NADA DE LO QUE PODAMOS PENSAR

Fray Marcos

La eucaristía es una realidad muy compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tiene tantos aspectos que es imposible abarcarlos todos. Podemos quedarnos en la superficialidad del rito y perder así su riqueza. Podíamos considerarla como ‘acción de gracias’ (eucaristía), ‘Sacrificio’, ‘Presencia’, ‘recuerdo’, ‘alimento’, ‘fiesta’, ‘unidad’, ágape.

La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos ni son milagros ni son magia. Se realiza un sacramento cuando un signo nos conecta con una realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. La realidad trascendente, ni se crea ni se destruye; ni se trae ni se lleva; ni se pone ni se quita. Es inmutable y eterna. Está siempre ahí pero no se ve.

Para que haya conexión entre un signo y la realidad significada tiene que haber una mente activa que realice la conexión. La Realidad significada no es objetivable, más allá del sujeto que establece la relación no hay nada. La relación entre el signo y lo significado es real, pero solo mientras mi mente está activando esa conexión entre ambos.

Los signos no son el pan y el vino sino el pan partido y el vino servido. No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer. Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, que es don infinito y total. Si quieres ser cristiano tienes que partirte, repartirte, dejarte comer, asimilar, desapare­cer en beneficio de los demás.

Es más tajante aún el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo: esto es mi vida que se derrama en beneficio de todos. Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tienes que hacer tuya, mi vida y derramar la tuya en beneficio de los demás.

La realidad significada no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don cuya entrega tengo que imitar. Ese es el significado que yo tengo que descubrir y vivir. Puedo oír misa sin que me obligue a nada, pero no puedo celebrar la eucaristía sin comprometerme con los demás. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que me he quedado en el rito.

No debemos confundir la eucaristía con la comunión. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto. Ir a misa solo con la intención de comulgar es sencillamente una trampa.

La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Solo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que Jesús significó. Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mt: “donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

La comunión no es un premio para los buenos. No son los que “que están en gracia” los que deben acercarse a comulgar. Somos los desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me siento pecador estoy necesitado de realizar el último signo del sacramento. Necesito el signo del amor cuando me siento separado de Dios.

Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que recordáramos el significado de lo que acababa de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer. Haced también vosotros esto. Solo entregando vuestra vida a los demás como he hecho yo, llegaréis a plenitud humana.

Celebrar la Eucaristía es comprometerse a ser para los demás. Todas las estructu­ras que están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas. Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que queremos expresar en este sacramento.

 

miércoles, 27 de mayo de 2026

Santísima Trinidad – Ciclo A – (Reflexión)

 Santísima Trinidad Ciclo A mayo 31, 2026 
Éxodo 34, 4-6.8-9 / Daniel 3 / 1 Corintios 13, 11-13


Este domingo de la Solemnidad de la Santísima Trinidad, volvemos al Tiempo Ordinario de la Liturgia, para seguir conociendo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en nuestra vida …

Evangelio según san Juan 3, 16-18

"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios".

Reflexión:

¿Padre, Hijo y Espíritu Santo?

Hoy, en la Solemnidad de la Santísima Trinidad, se nos recuerda quién es la Trinidad: Tres Personas, un solo Dios, es el Padre, es el Hijo y es el Espíritu Santo. Tres Personas distintas, un solo amor.

Y así lo profesamos en el Credo: “…Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo…”

Reflexionando en cada una de las Personas de la Trinidad: el Padre, crea y sostiene la vida, el Hijo, se encarna humanamente y nos muestra los deseos y el camino que nos lleva la Padre y el Espíritu Santo, nos recuerda, inspira y acompaña para vivir las enseñanzas del Hijo.

La Trinidad, en esencia nos muestra como fuimos creados por Dios, “a su imagen y semejanza”, en el amor y para el amor, para unidad y en fraternidad, para la relación y entrega mutua, en lo ordinario y cotidiano de nuestra vida.

A lo largo de la historia de la humanidad, y hoy a nosotros, Dios Padre se nos va revelando, nos dice quién es y cómo es: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel"… a quién como Moises, podemos pedirle “perdona nuestras iniquidades y pecados, y tómanos como cosa tuya” (Éx 34, 4-6.8-9).

Conocer el camino que nos ha trazado Jesús, el Hijo de Dios, nos invita a “ser alegres, animarnos entre nosotros, para vivir en paz y armonía” … que es la manera de vivir en unidad y fraternidad (cfr. 1 Corintios 13, 11-13).

Experimentar al Espíritu Santo, es escuchar la voz interior que me guía a la verdad, que me impulsa a buscarla y vivirla en lo ordinario y cotidiano de la vida; es la señal de que Dios está en lo que elijo, hago y amo, al estilo de Jesús.

La Trinidad es la experiencia de Dios en la vida, de tal manera que nos lleva a plenitud humana, a través de la unidad, el encuentro y el servicio que permite que “tengamos una vida que valga la pena vivir” (cfr. Principio y Fundamento, EE 23).

¿Cómo experimento al Padre, en mi vida ordinaria?... ¿De qué manera puedo profundizar en el conocimiento interno de Jesús?... ¿Cómo dejarme guiar por el Espíritu Santo?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

XI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

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