jueves, 2 de julio de 2026

XIV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XIV Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A julio 5, 2026 
Zacarías 9, 9-10 / Salmo 144 / Romanos 8, 9. 11-13


Es interesante lo que este domingo se nos recuerda en la Palabra: nuestro Padre, quiere salvarnos de lo que impide tengamos una vida que valga la pena vivir, ya desde aquí, en la tierra …

Evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, Jesús exclamó: "¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre; nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera''.

Reflexión:

¿Dónde encuentro el verdadero descanso?

Hoy, en este domingo de tiempo ordinario, seguimos conociendo a Jesús, que nos revela en qué consiste el Reino de su Padre y cómo es que podemos hacerlo realidad en nuestra vida.

En situaciones, como las que vivimos actualmente, como: polarización, precariedad, violencia y muerte, el profeta Zacarías, sigue vigente y con sus palabras nos recuerda que es de alegrarnos porque el Señor está con nosotros para traernos paz y salvarnos de todo aquello que produce enfrentamientos y conflictos. Pero, esto no sucede de manera mágica, hay que estar atentos a su presencia en nuestra vida, hay que reconocerlo, y a su vez, hacerlo presente en nuestras acciones cotidianas (cfr. Zacarías 9, 9-10).

Sin lugar a duda, las situaciones que provocan impedimentos para “tener una vida que valga la pena vivir”, son nuestros “desórdenes egoístas”, personales y sociales, como dice san Pablo (Rom 8, 9. 11-13). Darnos cuenta de qué y cuales son “nuestros desórdenes”, es el principio del camino espiritual según Sn. Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales [1], y poder “ordenar la vida, para buscar y hallar la voluntad divina”.

El Rey (del amor) que ha venido y permanece para salvarnos es Jesús; es Él quien nos revela la voluntad divida del Padre; para recibirla y conocerla, hay que, además de estar atentos, necesitamos ser “sencillos” y “humildes”, para captar lo que Jesús quiere revelarnos. Como nos recuerda el salmista, el Señor es bueno con todos y que su ternura alcanza a todas sus criaturas. Esa es la manera de reinar de Dios: no desde la imposición, sino desde la misericordia, la justicia y el amor.

Jesús nos muestra que existe una forma de vivir que nos libera de nuestros egoísmos y de todo aquello que destruye nuestras relaciones. Con sus palabras y con su ejemplo nos enseña a construir vínculos marcados por el amor, la justicia y la compasión, cuyo fruto es la paz y el bien común.

Cuando Jesús nos invita a cargar con su yugo, no nos está imponiendo un peso más. Nos está proponiendo compartir su manera de amar. Su yugo es aprender a vivir desde el amor (ágape), la misericordia y el servicio. Paradójicamente, es ahí donde encontramos el descanso que tanto buscamos.

Cuando vivimos como Jesús nos enseña, descubrimos que la verdadera paz no depende de que desaparezcan los problemas, sino de caminar con Él. Entonces nuestra vida, y también la de quienes nos rodean, comienza a convertirse en una vida que verdaderamente vale la pena vivir.

PD. Próximo mes de agosto, tendremos un Taller de Autoconocimiento, para revisar la vida y la presencia de Dios en ella (https://tinyurl.com/TallerDeAutoconocimiento).

¿Cómo puedo tomar conciencia de la presencia de Dios en mi vida?... ¿Qué cargas o afectos desordenados me impiden tener una vida plena?... ¿Cómo aprender a ser manso y humilde de corazón?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XIV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XIV Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A julio 5, 2026 
Zacarías 9, 9-10 / Salmo 144 / Romanos 8, 9. 11-13


Evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, Jesús exclamó: "¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre; nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera''.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

DIOS ES PARA GENTE SENCILLA

José Antonio Pagola

Fue hace muchos años, en L’École Biblique de Jerusalén, un maestro de exégesis nos iniciaba en el difícil arte de desentrañar el evangelio de Mateo. Todo parecía poco para captar el sentido último del texto: crítica textual, análisis literario, estructura del pasaje. Un día llegamos a esos versículos en los que Jesús exclama: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». El profesor hizo un largo silencio. Después nos dijo muy despacio: «No olviden nunca estas palabras. Todo lo demás lo pueden olvidar». Fue probablemente la mejor lección de exégesis que he recibido nunca. Luego, a lo largo de los años, he podido ver que es así.

Siempre que he tenido la impresión de estar junto a una persona cercana a Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una persona sin grandes conocimientos, otras alguien de notable cultura, pero siempre un hombre o mujer de alma humilde y limpia.

En más de una ocasión he podido comprobar que no basta hablar de Dios para que se despierte la fe. Para mucha gente, ciertos conceptos religiosos están muy gastados, y aunque uno trate de sacarles todo el vigor y sabor que tuvieron en su origen, Dios sigue como «fosilizado» en sus conciencias. Sin embargo, me he encontrado con gentes sencillas que no parecen necesitar grandes ideas ni razonamientos. Intuyen enseguida que Dios es «un Dios oculto», y de su corazón nace espontánea una invocación: «Señor, muéstrame tu rostro».

Me he encontrado también con personas que se mueven siempre en el terreno de lo útil. Algunas abandonan a Dios porque les resulta perfectamente inútil; otras le retienen y dan culto porque les sirve. Sin embargo, he podido conocer a gentes sencillas que viven dando gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la vida, soportan con paciencia los males; saben vivir y hacer vivir. No sé cómo lo logran, pero de su corazón parece estar siempre brotando la alabanza al Creador. Su vida es un acierto.

He expuesto muchas veces temas religiosos y he hablado de Dios ante gentes muy diversas. En ocasiones me he encontrado con personas que planteaban preguntas y más preguntas sobre toda clase de cuestiones teológicas, sin mostrar el menor interés por encontrarse con Dios. Pero he visto también a gente sencilla cuyos ojos brillaban de forma especial cuando yo leía textos como este del profeta Isaías: «Yo soy el Señor, tu Dios… Tú eres de gran precio a mis ojos, eres valioso y yo te quiero… No temas, que estoy contigo» (Isaías 43,4); o cuando pronunciaba el Salmo 103: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente ternura el Señor por quienes le temen. Pues él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos barro» (Salmo 103,13-14). Sí, Dios se revela a gente sencilla.

 

DIOS NI ESCONDE NI REVELA NADA A NADIE

Fray Marcos

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidos. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas. ¿Qué hubiera dicho Jesús después de Constantino?

Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias, sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que el verdadero Dios no puede ser aceptado más que por la gente sencilla sin prejuicios. Los sabios son capaces de crearse su propio Dios.

¿Quiénes eran los sencillos? El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley y, por lo tanto, no podían cumplirla.

Estas cosas no son conocimientos, sino las experiencias de Dios que Jesús vivió y que nos quiere transmitir. No se trata de saber más cosas, sino de una experiencia más profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie.

El error de la teología fue creer que conocemos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, sabíamos lo que era Jesús. El texto dice lo contrario, la manera de conocer a Dios es conocer a Jesús, haciendo nuestra su experiencia de Dios.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados. El yugo era la Ley, que era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. La tarea de Jesús fue liberar al hombre de todas las ataduras religiosas.

Mi yugo es llevadero. Jesús libera del yugo que oprime al hombre. No propone un camino de rosas. Sin esfuerzo no hay verdadera humanidad. No es el trabajo duro lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a plenitud.

Jesús quiere ayudarnos a desplegar nuestro ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Las alas tienen su peso, pero si se las quitas, ¿con qué volarán? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones nos permiten avanzar.

No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos dice Jesús, que nunca nos lo hemos creído.

Hacemos mal cuando nos dejamos guiar por entendidos. A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de impedirnos pensar por nosotros mismos. Doctores tiene la Iglesia…

Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Ningún jerarca hoy se atrevería a repetir esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Jesús propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda es la que da sentido a la existencia, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Lo que nos lleve a plenitud, será ligero.

jueves, 25 de junio de 2026

XIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 28, 2026 
2 Reyes 4, 8-11. 14-16 / Salmo 88 / Romanos 6, 3-4.8-11


En este domingo, el evangelio nos recuerda que nadie esta por encima de Dios, como nos lo indicó Jesús en su mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”

Evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

Reflexión:

¿Qué ocupa hoy el centro de mi vida?

En el breve evangelio de hoy, Mateo nos recuerda de manera muy concreta “un orden”, que al vivirlo, nos ayuda a tener mejores relaciones interpersonales con los demás y así tener una “vida que vale la pena vivir”, que es deseo de Dios para todos nosotros.

Al poner a Dios como prioridad en nuestra vida, iremos “ordenamos nuestros afectos desordenados” de tal manera que, viviendo desde el amor que Él nos tiene y enseña, nuestra vida toma una nueva perspectiva, porque estaríamos relacionándonos con los demás, de la misma manera que Dios nos trata. Podemos decir en otras palabras que, si escuchamos y ponemos en práctica sus enseñanzas, es lo mejor que podemos hacer.

El amor de Dios no se agota, tampoco nuestra capacidad de hacerlo. Por eso, cuando Jesús nos pide que lo amemos como prioridad, es para que desde ese amor inagotable podamos crear y/o enmendar nuestras relaciones interpersonales, de tal manera que vivamos su amor en ellas. Su amor (ágape), en un sentido espiritual, representa un amor incondicional, altruista, fraterno y desinteresado, y es el mismo que tenemos que vivir.

Que Dios sea el primero no significa que sea el único a quien debemos amar. Significa que aprendemos de Él la manera de amar a todos los demás; cuando Dios ocupa el primer lugar, también nuestras relaciones encuentran su verdadero lugar; al hacerlo así, estaremos reflejando el amor del Padre, que siempre busca el bien.

En la espiritualidad ignaciana, el significado de prioridad bíblica se centra en el Principio y Fundamento: Dios es el absoluto y el fin supremo, es principio y fin, alfa y omega. Poéticamente, lo escribe San Agustín: “nos creaste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti”

Nos toca, a cada uno, en primer lugar, buscar y encontrar ese amor (ágape), para vivirlo de manera ordinaria, mostrando así que mi prioridad es vivir en esa fraternidad, que crea condiciones de bien común allí donde vivo y con quien convivo; como la “mujer distinguida” que acoge fraternalmente al profeta Eliseo (cfr. 2 Reyes 4, 8-11. 14-16); en segundo lugar, hay que aprender a elegir solo aquello que me lleve a hacer presente el Reino de Amor de dios, y también a saber enfrentar las dificultades que son presenten en la vida, “nuestras cruces”, como Jesús nos lo mostrado (cfr. Rom 6, 3-4.8-11).

Cuando Dios ocupa el centro de nuestra vida, dejamos de usar a las personas y comenzamos a amarlas. Entonces comprendemos que las riquezas, el trabajo, el éxito o la salud son dones valiosos, pero no el sentido último de nuestra existencia. Todo encuentra su lugar cuando Dios ocupa el primero.

¿Cómo puedo amar, como Dios me ama?... ¿Qué necesito reordenar para que Jesús sea mi prioridad?... ¿Qué decisión concreta puedo tomar esta semana para vivir desde su amor?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XIII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XIII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 28, 2026 
2 Reyes 4, 8-11. 14-16 / Salmo 88 / Romanos 6, 3-4.8-11



Evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


   #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Hoy el Evangelio podría resultar difícil de comprender: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí...». La fuerza del mensaje radica en el «MÁS»; sí, no se trata de una invitación a amar menos, y mucho menos a no amar; se trata de vivir una equilibrada jerarquía del amor: amamos a los que amamos tanto como amamos a Dios, y amamos a Dios tanto como amamos a los que amamos, ni más ni menos. Ese amor no es estático, sino que va creciendo; vamos amando más a Dios y a nuestros próximos.

Pero la Palabra no se queda ahí; nos lleva al terreno de esa dimensión incomprensible de nuestra vida: la cruz. No es la cruz de Jesús, sino la propia; la de cada una, la de cada uno. Se trata de eso que pesa, que lastima, que no es justo; de eso que podría derrotarnos y llevarnos a no amar. Quien vive en el amor de Dios carga con su cruz y sigue al Señor. No se «raja», como decimos en Jalisco.

Finalmente, la promesa de Jesús es que Él estará siempre, y siempre los otros estarán; eso que los otros hagan por nosotros lo harán por Jesús, y lo que nosotros hagamos por los otros, lo hacemos por Jesús: una jerarquía de la solidaridad, de la caridad.

Dejemos reposar la Palabra en nuestro corazón y dejemos que mueva nuestros corazones y los afine en el sano equilibrio del amor y la caridad en Dios. #FelizDomingo

“(…) el que pierda su vida por causa mía, la salvará”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Alguna vez mi maestro de novicios me contó la historia de uno de los Padres del desierto al que acudían muchos discípulos en busca de una guía para recorrer el camino de la santidad. Uno de los jóvenes buscadores estaba particularmente preocupado por el secreto de la perseverancia; veía que eran muchos los llamados y pocos los que, efectivamente, se mantenían firmes hasta el final de sus días en el camino comenzado. El Abba, como se les solía llamar a estos Padres durante los primeros siglos de la Iglesia, le dijo al joven novicio:

Cuando un hombre sale con su jauría de perros a cazar, va buscando un venado o una liebre entre los montes y los valles. En un momento determinado uno de los perros reconoce con su olfato la presencia de la presa a lo lejos. Sin perder un instante, comienza a correr y a ladrar, señalando el rumbo a los demás perros y al cazador. Los demás perros también corren y ladran, pero no saben, propiamente hablando, detrás de qué van... por eso, cuando aparecen los obstáculos en el camino, los matorrales cerrados, las quebradas profundas, las cimas infranqueables, se llenan de miedo y dejan de correr. No tienen la culpa, porque, sencillamente, no saben a dónde van, ni qué buscan. Pero el perro que logró olfatear la presa, no tiene inconveniente en superar todas las dificultades que se le puedan presentar en su camino, hasta que llega a atrapar a su presa en compañía de su Señor.

Algo parecido nos pasa en la vida a todos los cristianos. Si no tenemos claro detrás de quién vamos, si nos enredamos haciendo relativo lo absoluto y absoluto lo relativo, terminamos perdiendo el rumbo y olvidando para dónde vamos y qué es lo que buscamos. Esto mismo es lo que pretende San Ignacio de Loyola al proponerle a la persona que quiere hacer los Ejercicios Espirituales, una reflexión que se conoce como el ‘Principio y Fundamento’. Les recuerda que el fin último del ser humano es Dios mismo y que “todas las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es creado” (Ejercicios Espirituales 23).

La conclusión a la que llega San Ignacio de Loyola es que debemos hacernos “indiferentes a todas las cosas creadas (...) en tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados” (Ibíd.). La palabra indiferentes no significa aquí que no nos importen las cosas, sino que no queramos escoger sino aquello que nos conduce al fin para el que hemos sido creados. Todo está coloreado por este amor absoluto y último de nuestra vida.

APRENDER A DAR

José Antonio Pagola

A veces no es tan fácil responder a las preguntas más sencillas. Hemos oído decir con frecuencia que amar es dar. Pero ¿qué es dar? Muchos suponen que dar es solo privarse de algo, renunciar a algo, «sacrificarse» desprendiéndose de algo. Estamos tan condicionados por nuestra sociedad del bienestar y tan inclinados a poseer, acumular y ganar, que «dar» nos parece algo improductivo. Un empobrecimiento que no estamos dispuestos a aceptar. En nuestra sociedad, quien da sin recibir es una persona poco práctica, sin sentido realista, poco inteligente.

Sin embargo, dar es algo totalmente distinto. El gesto de dar es la expresión más rica de vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en grado muy modesto. «Solo el amor hace que la vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los demás procura la gran alegría de vivir» (Karl Tillmann).

Dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico. Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad, solo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás.

Necesitamos todos escuchar con más atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un pobre sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está vivo en nosotros y puede hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, comprensión, aliento, esperanza, acogida o cercanía.

Muchas veces no se trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente, «un vaso de agua fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin prisas, una ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de apoyo y amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que nos pueda parecer. Se llama Dios, nuestro Padre.

 

SI AMAR A DIOS SE OPONE A OTRO AMOR, UNO DE LOS DOS ES FALSO

Fray Marcos

La manera de hablar semita, por contrastes excluyentes, nos puede jugar una mala pasada. El evangelio propone, en fórmulas concisas, varios temas esenciales para el seguimiento de Jesús. Todos tienen más alcance del que se puede sospechar.

El que quiere a sus padres más que a mí, no es digno de mí. El amor a la madre y a Dios son realidades de distinta naturaleza; no se pueden comparar. Jesús no pudo decir eso con el significado que tiene para nosotros hoy. El amor a Dios no puede entrar en conflicto con el amor a nadie, y menos con el amor a la madre.

Hay que tener mucho cuidado al hablar del amor a Dios o a Jesús. Creer que puedo amar directamente a Dios es una quimera. Solo puedo amar a Dios, amando a los demás. Jesús no pudo decir: tienes que amarme a mí más que al Hijo. Recordemos: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber”.

No existe más amor que el que llega a concretarse en obras. Ahora bien, lo más próximo a cada ser humano son los miembros de su propia familia. La advertencia del evangelio está encaminada a hacernos ver que desplegar a tope esos impulsos instintivos, no garantiza el más mínimo grado de calidad humana. Pero sería un error aún mayor el creer que pueden estar en contra de mi humanidad.

El evangelio no quiere decir, que el amor a los hijos o a los padres sea malo y que debemos olvidarlo para amar a Jesús o a Dios. Pero nos advierte de que ese amor puede ser un egoísmo camuflado que busca una seguridad mayor para el ego, sin tener en cuenta a Dios y a los demás. Ese “amor” es egoísmo amplificado.

El hombre puede poner como objetivo el despliegue exclusivo de su animalidad, cercenando así sus posibilidades humanas. Esto es degradarse en su verdadera ser, al poner su mente al servicio del instinto. Si estamos en esa dinámica y metemos a los demás en ella, estamos “amando” mal, y ese amor se convierte en veneno.

Un verdadero amor nunca puede oponerse a otro amor auténtico. Cuando un marido se encuentra atrapado entre el amor a su madre y el amor a su esposa, algo no está funcionando bien. Uno de esos amores (o los dos) está viciado. Si el amor a Dios está en contradicción con el amor al padre o a la madre, los dos pueden ser falsos.

El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda, la encontrará. En griego hay tres palabras para decir vida: “Zoe”, “bios” y “psiques”. El texto no dice zoe ni bios, sino psiques. No se trata de la vida biológica, ni de la vida sicológica. No se trataría de dejarse matar, sino de poner tu humanidad al servicio de los demás.

Esto no sería perder nada, sino ganarlo todo. Quien pretenda defender a toda costa su individualidad egoísta malogrará todos los aspectos de su existencia, porque pasará por ella sin desplegar su verdadera esencia. Mi humanidad no responde a una visión egoísta de mi ser, está inextricablemente unida a la de los demás.

La evolución ha permitido al ser humano ir más allá de los instintos y alcanzar conscientemente una meta más alta que no está en contradicción con la biología. Todo lo que le acerca a ese objetivo último le puede causar más felicidad que satisfacer sus instintos. Nada más falso que la lucha entre lo biológico y lo espiritual.

La trampa es quedarnos en el placer inmediato que nos proporciona nuestra biología y perder de vista el bien total del ser humano. Ahí está la causa de tanto desajuste en la conducta humana. Debemos tomar conciencia de que lo que es malo para nuestro verdadero ser, no puede ser bueno bajo ningún aspecto del ser humano.

 

 

jueves, 18 de junio de 2026

XII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 21, 2026 
Jeremías 20, 10-13 / Salmo 68 / Romanos 5, 12-15


Durante el tiempo ordinario litúrgico, como hemos comentado, vamos conociendo el modo de proceder de Jesús, para darnos a conocer el Reino de su Padre y que viviéndolo seamos personas plenas …

Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: "No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos".

Reflexión:

¿Soy buen testigo de Jesús?

En este domingo, las lecturas y el evangelio nos enseñan, por una parte, maneras de vivir el seguimiento a los deseos de Dios, y por el otro lado, también como hay personas que por “envidias”, “frustraciones”, “traumas” o “engaños”, actúan de tal manera que están en contra de vivir y dejar vivir.

En el profeta Jeremías, nos podemos ver reflejados, cuando al hablar con la verdad que hemos conocido (por la Palabra) y denunciamos actitudes y/o acciones que van en contra de la vida y el bien común, podemos ser atacados, con oprobios y mentiras … no por lo que decimos, sino porque incomodamos a quienes denunciamos por sus acciones.

Hay personas que, por sus heridas, egoísmos, ambiciones o decisiones equivocadas, terminan causando daño a los demás. Y lo más importante es reconocer que todos podemos caer en esas actitudes si no examinamos nuestra vida.

Jesús vino a salvarnos y continúa haciéndolo hoy. Cada vez que escuchamos su Palabra y permitimos que ilumine nuestra vida, nos ayuda a elegir el bien y a alejarnos de aquello que nos destruye, a nosotros mismos o a los demás.

Jesús nos salva y perdona nuestras faltas, esto es, cuando nos equivocamos y nuestras intenciones, pensamientos y acciones, dañan a alguien más o a nosotros mismos. San Pablo nos recuerda que el mal y el pecado son una realidad presente en nuestra historia, pero que la gracia de Dios es más grande. Allí donde abundan nuestras limitaciones, el amor de Dios puede transformar el corazón humano.

Nuestra fe en Jesús y en su Padre nos da la esperanza de que su deseo de bien para todos es posible, en cuanto me dejo guiar y pongo en práctica sus enseñanzas.

El salmo de hoy es un canto de confianza en el Señor, porque es bueno … confiamos en Él, pues nos escucha en nuestras tribulaciones, nos cuida en la adversidad, porque somos sus creaturas y nos ama.

Con la aclamación del evangelio, “El Espíritu de verdad dará testimonio de mí, dice el Señor, y también ustedes serán mis testigos”, nos damos cuenta de cómo es que estamos llamados a dar testimonio de que conocemos a Jesús y por ende al Padre (Jn 14,7).

Conociéndolos, conocemos su verdad, que genera vida y bien entre nosotros; caso contrario de lo que pasa con aquellos (o con nosotros), que cuando la mentira y el engaño (del mal espíritu) nos mueven hacia el mal, manipulando nuestro egoísmo y soberbia, y provocando injusticia, dolor y sufrimiento a los demás.

Hoy, como discípulos de Jesús, estamos llamados a ser testigos de la verdad de Dios, aun cuando ello provoque oposición; pero podemos hacerlo con confianza porque la gracia de Cristo es más fuerte que el mal y porque el Padre cuida de quienes ponen su vida en sus manos.

 

¿Cómo reconozco la acción del mal espíritu en mis pensamientos, decisiones y acciones?... ¿Cómo puedo confiar más en el Señor en medio de las dificultades?... ¿Cómo enfrentar las adversidades caminando de la mano de Dios?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor  

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 21, 2026 
Jeremías 20, 10-13 / Salmo 68 / Romanos 5, 12-15


Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: "No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos".

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

  #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

«No tengan miedo». Jesús se lo repite cuatro veces a sus discípulos en el Evangelio de hoy. Y es que el miedo nos encierra, nos paraliza, nos oscurece, entre tantos otros efectos que podríamos enumerar desde nuestras propias experiencias.

Por otra parte, el miedo no es siempre irracional, tampoco es un asunto que podamos elegir no experimentar; va más allá de nuestra razón y voluntad: ante las amenazas sentimos miedo. Pero qué hacemos con ese sentimiento sí que es importante; darnos cuenta de ello definirá nuestras elecciones, nuestras vidas.

Y ¿cómo no tener miedo? Solo no vive atrapado en sus miedos quien tiene fe, quien se sabe hijo amado de Dios, quien tiene memoria de la promesa del Señor, quien sabe que Él no nos abandona. La gracia de Dios se ha desbordado sobre nosotros, se nos ha otorgado en virtud de Jesucristo, y por ello optamos por la verdad, por procurar la vida que no se acaba, por vivir en la luz y la lealtad.

¿Tienes miedo? ¿A qué tienes miedo? Escucha al Señor liberarte de tu miedo, de tus miedos; escucha cómo te recuerda que Él ha estado, está y estará contigo.

#FelizDomingo

“No tengan miedo a los que pueden darles muerte”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

San Hilario de Poitiers vivió en el Siglo IV, en la época del emperador Constancio, hijo de Constantino. La Iglesia atravesaba una etapa de expansión y estrenaba legitimidad, habiendo sido declarada, ya no sólo religión permitida, sino Religión oficial del Imperio. Aparentemente, se trataba de un momento bueno y deseable; sin embargo, después tantas persecuciones y martirios, durante los primeros siglos, los cristianos habían comenzado a tener un estilo de vida mediocre y cada vez más instalado, en una Iglesia que se iba haciendo rica y poderosa. En estas circunstancias, San Hilario escribe unas palabras que me vinieron a la memoria al leer el texto del Evangelio de Mateo que nos propone la liturgia para el domingo XII del tiempo ordinario, en este ciclo A:

"¡Oh Dios todopoderoso, ojalá me hubieses concedido vivir en los tiempos de Nerón o de Decio...! Por la misericordia de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, yo no habría tenido miedo a los tormentos (...). Me habría considerado feliz al combatir contra tus enemigos declarados, ya que en tales casos no habría duda alguna respecto a quienes incitarían a renegar... Pero ahora tenemos que luchar contra un perseguidor insidioso, contra un enemigo engañoso, contra el anticristo Constancio. Este nos apuñala por la espalda, pero nos acaricia el vientre. No confisca nuestros bienes, dándonos así la vida, pero nos enriquece para la muerte. No nos mete en la cárcel, pero nos honra en su palacio para esclavizarnos. No desgarra nuestras carnes, pero destroza nuestra alma con su oro. No nos amenaza públicamente con la hoguera, pero nos prepara sutilmente para el fuego del infierno. No lucha, pues tiene miedo de ser vencido. Al contrario, adula para poder reinar. Confiesa a Cristo para negarlo. Trabaja por la unidad para sabotear la paz. Reprime las herejías para destruir a los cristianos. Honra a los sacerdotes para que no haya Obispos. Construye iglesias para demoler la fe. Por todas partes lleva tu nombre a flor de labios y en sus discursos, pero hace absolutamente todo lo que puede para que nadie crea que Tú eres Dios. (...) Tu genio sobrepasa al del diablo, con un triunfo nuevo e inaudito: Consigues ser perseguidor sin hacer mártires” (Jesús Álvarez Gómez, Historia de la Vida Religiosa, Publicaciones Claretianas, Madrid, Volumen I, 1987, 170).

Afortunadamente, hoy contamos con el testimonio de auténticos mártires que no han querido someterse dócilmente a los embates de una sociedad que niega, en la práctica, los principios más fundamentales del Evangelio del Señor. Hay quienes han denunciado un orden injusto que aplastaba a las mayorías, como Monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado hace treinta y seis años en San Salvador, mientras celebraba la eucaristía; otros, como Monseñor Isaías Duarte Cancino, aquí en Colombia, tuvieron el valor de señalar el influjo de los dineros del narcotráfico en la elección de congresistas en Colombia; y junto a ellos, muchos hombres y mujeres, fieles al Evangelio, han estado dispuestos a morir antes que ceder frente a una sociedad que nos quiere postrados por el silencio y la pasividad.

No se trata de buscar el martirio por el martirio; Luis Espinal, jesuita catalán, asesinado en Bolivia por denunciar las injusticias de un régimen totalitario, escribió poco antes de morir una oración que tituló: No queremos mártires. Tampoco hoy queremos mártires. Pero tampoco queremos una Iglesia que le tenga miedo a los que matan el cuerpo... Como bien lo afirma Jesús, hay que tenerle miedo, “más bien al que puede darles muerte y también puede destruirlos para siempre en el infierno”.

En lugar de dejarnos cooptar por los halagos de una sociedad cada vez más opulenta y suficiente, tenemos que ser testimonio vivo de una propuesta que, efectivamente, contraste con lo que nos invita a vivir el orden establecido. De lo contrario, como en la época de San Hilario, terminaremos siendo apuñalados por la espalda, mientras nos acarician, delicadamente, el vientre.

LIBERAR DEL MIEDO A NUESTRAS COMUNIDADES

José Antonio Pagola

Las fuentes cristianas presentan a Jesús dedicado a liberar a la gente del miedo. Le apenaba ver a las personas aterrorizadas por el poder de Roma, intimidadas por las amenazas de los maestros de la ley, distanciadas de Dios por el miedo a su ira, culpabilizadas por su poca fidelidad a la ley. De su corazón, lleno de Dios, solo podía brotar un deseo: «No tengáis miedo». Son palabras de Jesús que se repiten una y otra vez en los evangelios. Las que más se deberían repetir también hoy en su Iglesia.

El miedo se apodera de nosotros cuando en nuestro corazón crece la desconfianza, la inseguridad o la falta de libertad interior. Este miedo es el problema central del ser humano, y solo nos podemos liberar de él arraigando nuestra vida en un Dios que solo busca nuestro bien.

Así lo veía Jesús. Por eso se dedicó, antes que nada, a despertar la confianza en el corazón de las personas. Su fe profunda y sencilla era contagiosa: si Dios cuida con tanta ternura de los gorriones del campo, los pájaros más pequeños de Galilea, ¿cómo no va a cuidar de vosotros? Para Dios sois más importantes y queridos que todos los pájaros del cielo. Un cristiano de la primera generación recogió bien su mensaje: «Descargad en Dios todo agobio, que a él le interesa vuestro bien».

Con qué fuerza hablaba Jesús a cada enfermo: «Ten fe. Dios no se ha olvidado de ti». Con qué alegría los despedía cuando los podía ver curados: «Vete en paz. Vive bien». Era su gran deseo. Que la gente viviera con paz, sin miedos ni angustias: «No os juzguéis, no os condenéis mutuamente, no os hagáis daño. Vivid de manera amistosa».

Son muchos los miedos que hacen sufrir en secreto a las personas. El miedo hace daño, mucho daño. Donde crece el miedo se pierde de vista a Dios y se ahoga la bondad que hay en el corazón de las personas. La vida se apaga, la alegría desaparece.

Una comunidad de seguidores de Jesús ha de ser, antes que muchas otras cosas, un lugar donde la gente se libera de sus miedos y aprende a vivir confiando en Dios. Una comunidad donde se respira una paz contagiosa y se vive una amistad entrañable que hacen posible escuchar hoy la llamada de Jesús: «No tengáis miedo».

 

TU VERDADERO SER ES INVIOLABLE

Fray Marcos

El “no tengáis miedo” está encuadrado en el contexto de misión. Jesús acaba de decir a sus seguidores que les perseguirán, incluso los matarán. La advertencia de superar el miedo es aplicable a todas las situaciones que podemos encontrar en nuestra vida.

Hay un miedo instintivo que es producto de la evolución, imprescindible para mantener la vida biológica, ya sea huyendo, sea liberando energía para enfrentarse a la amenaza real. El hombre puede ser presa de un miedo aprendido racionalmente, que nos traiciona y nos lleva a desatinos constantes porque nos paraliza y atenaza.

Anhelamos lo que no tenemos y surge el miedo de no alcanzarlo. No estamos seguros de poder conservar lo que tenemos y surge el temor de perderlo. El miedo racional es la consecuencia de nuestros apegos. No hemos descubierto lo que somos y buscamos seguridades en otra parte. Conocido nuestro verdadero ser no hay lugar para el miedo.

Jesús no nos invita a no tener miedo porque nos promete un camino de rosas. No se trata de confiar en que no me pasará nada desagradable, o que, si algo malo sucede, alguien me sacará las castañas del fuego. Se trata de una seguridad que permanece intacta en medio de las dificultades, porque no puede anular lo que de verdad somos.

Aceptar nuestras limitaciones y descubrir nuestra verdadera riqueza es el único camino para llegar a la total confianza. La confianza es la primera consecuencia de salir de uno mismo y descubrir que mi fundamento no está en mí, sino en Él. Mi pasado es Dios, mi futuro es el mismo Dios; mi presente es Dios, no tengo nada que temer.

La confianza en Dios nos obliga a salir de las falsas imágenes de Dios. Confiar en Dios es confiar en nuestro propio ser, en la vida, en lo que somos de verdad. Se trata de descubrir que Dios es el fundamento de mi ser y que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro de sí. La creación es como tiene que ser, si sé percibirla.

El miedo es la mejor forma de someter a otro. Todas las autoridades lo han utilizado siempre para conseguir el sometimiento de sus súbditos. Incluso las religiones han intentado manipular la divinidad para ponerla al servicio de intereses egoístas.

En nuestra religión, el miedo ha tenido y sigue teniendo una influencia nefasta. La jerarquía ha caído en la trampa de potenciar ese miedo. Han atribuido a Dios la misma estrategia que utilizamos para domesticar los animales: zanahoria o palo.

La causa de Dios es la causa del hombre. No nos engañemos: ponerse de parte de Jesús es ponerse de parte del hombre. Dios no está desde fuera manejando a capricho la creación. Está implicado en ella inextricablemente. Su voluntad es inmutable. No es algo añadido a la creación, sino la misma creación que se fundamenta en Él.

Esta seguridad no tiene nada que ver con lo que yo individualmente sea. La confianza no es un regalo para los buenos, sino una necesidad de los que no lo somos. Cuando confiamos porque nos creemos buenos, entramos en una dinámica peligrosísima, porque no confiamos en Dios, sino en nosotros mismos y en nuestras obras.

Todos los miedos se resumen en el miedo a la muerte. Si fuésemos capaces de perder el miedo a morir, seríamos capaces de vivir en plenitud. Todo lo que tememos perder con la muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida. 

La muerte solo nos arrebata lo que hay en nosotros de contingente, de individual, de terreno, de caduco, de egoísmo. El evangelio está hoy muy claro. Todo lo que te pueden arrebatar, aunque sea la vida, no debía importarte porque no es esencial.

XIV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

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