Hechos
1, 1-11 / Salmo 46 / Efesios 1, 17-23
Evangelio
según san
Mateo 28, 16-20
Así pues, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al
cerro que Jesús les había indicado. Y cuando vieron a Jesús, lo adoraron,
aunque algunos dudaban. Jesús se acercó a ellos y les dijo:
“Dios me ha dado toda autoridad en el cielo y en la
tierra. Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis
discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por
mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.
Para profundizar:
Reflexiones
Buena Nueva
#Microhomilia
Hernán
Quezada, SJ
«¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo?»
Los cristianos compartimos una llamada, y esta no es una fuerza centrípeta que nos paraliza, sino una fuerza centrífuga que nos lanza al mundo a anunciar y ser buena noticia para los demás: «Vayan y enseñen a todas las naciones».
Pidamos en este domingo que nos conceda espíritu de sabiduría y reflexión para conocerlo; sí, sabiduría y reflexión, un binomio que es capaz de iluminar nuestras mentes de manera que entendamos la esperanza que nos da nuestro llamamiento.
Hay que dudar de todo seguimiento que paraliza y detiene nuestros pasos, nuestra mirada y nuestro horizonte, y nos deja, quizás, llamando «culto a Dios» a un culto a nosotros mismos.
El encuentro con Jesús quizás no nos lleva muy lejos, pero sí nos lleva fuera, nos lleva a darnos cuenta de las necesidades de quienes nos rodean, nos lleva a ser profetas del amor y la esperanza en este mundo herido.
#FelizDomingo
“Yo estaré con ustedes todos los días”
Hay personas a las que les cuestan, particularmente, las despedidas. Son momentos muy intensos, en los que se expresan muchos sentimientos que duermen en el fondo del corazón y tienen miedo de salir a la luz y expresarse de una manera directa. Pero, en estos momentos, saltan inesperadamente y sorprenden a unos y a otros... Despedirse es decirse todo y dejar que el otro se diga todo en un abrazo que contiene la promesa de seguir presente a pesar de la ausencia.
Salta a mi memoria, en esta solemnidad de la Ascensión del Señor, la poesía que Gloria Inés Arias de Sánchez escribió para sus hijos, y que lleva por título: «No les dejo mi libertad, sino mis alas». Como ella, el Señor se despide de sus discípulos, ofreciéndoles un abrazo en el que se dice todo y nos regala la promesa de su presencia misteriosa, en medio de la ausencia:
“Les dejo a mis hijos no cien cosechas de trigo sino un rincón en la montaña, con tierra negra y fértil, un puñado de semillas y unas manos fuertes labradas en el barro y en el viento.
No les dejo el fuego ya prendido sino señalado el camino que lleva al bosque y el atajo a la mina de carbón.
No les dejo el agua servida en los cántaros, sino un pozo de ladrillo, una laguna cercana, y unas nubes que a veces llueven.
No les dejo el refugio del domingo en la Iglesia, sino el vuelo de mil palomas, y el derecho a buscar en el cielo, en los montes y en los ríos abiertos.
No les dejo la luz azulosa de una lámpara de metal, sino un sol inmenso y una noche llena de mil luciérnagas.
No les dejo un mapa del mundo, ni siquiera un mapa del pueblo, sino el firmamento habitado por estrellas, y unas palmas verdes que miran a occidente.
No les dejo un fusil con doce balas, sino un corazón, que además del beso sabe gritar.
No les dejo lo que pude encontrar, sino la ilusión de lo que siempre quise alcanzar.
No les dejo escritas las protestas, sino inscritas las heridas.
No les dejo el amor entre las manos, sino una luna amarilla, que presencia cómo se hunde la piel sobre la piel, sobre un campo, sobre un alma clara.
No les dejo mi libertad sino mis alas.
No les dejo mis voces ni mis canciones, sino una voz viva y fuerte, que nadie nunca puede callar.
Y que ellos escriban, ellos sus versos, como los escribe la madrugada cuando se acaba la noche.
Que escriban ellos sus versos; por algo, no les dejo mi libertad sino mis alas...”
“Los once discípulos se fueron a Galilea, al cerro que Jesús les había indicado. Y cuando vieron a Jesús, lo adoraron, aunque algunos dudaban. Jesús se acercó y les dijo: – Dios me ha dado autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.
HACER DISCÍPULOS DE JESÚS
Mateo describe la
despedida de Jesús trazando las líneas de fuerza que han de orientar para
siempre a sus discípulos, los rasgos que han de marcar a su Iglesia para
cumplir fielmente su misión.
El punto de arranque
es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La resurrección no los ha de llevar a
olvidar lo vivido con él en Galilea. Allí le han escuchado hablar de Dios con
parábolas conmovedoras. Allí lo han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo
el perdón de Dios y acogiendo a los más olvidados. Es esto precisamente lo que
han de seguir transmitiendo.
Entre los discípulos
que rodean a Jesús resucitado hay «creyentes» y hay quienes «vacilan». El
narrador es realista. Los discípulos «se postran». Sin duda quieren creer, pero
en algunos se despierta la duda y la indecisión. Tal vez están asustados, no pueden
captar todo lo que aquello significa. Mateo conoce la fe frágil de las
comunidades cristianas. Si no contaran con Jesús, pronto se apagaría.
Jesús «se acerca» y
entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y el poder que a ellos les
falta. El Resucitado ha recibido del Padre la autoridad del Hijo de Dios con
«pleno poder en el cielo y en la tierra». Si se apoyan en él no vacilarán.
Jesús les indica con
toda precisión cuál ha de ser su misión. No es propiamente «enseñar doctrina»,
no es solo «anunciar al Resucitado». Sin duda, los discípulos de Jesús habrán
de cuidar diversos aspectos: «dar testimonio del Resucitado», «proclamar el evangelio»,
«implantar comunidades»… pero todo estará finalmente orientado a un objetivo:
«hacer discípulos» de Jesús.
Esta es nuestra
misión: hacer «seguidores» de Jesús que conozcan su mensaje, sintonicen con su
proyecto, aprendan a vivir como él y reproduzcan hoy su presencia en el mundo.
Actividades tan fundamentales como el bautismo, compromiso de adhesión a Jesús,
y la enseñanza de «todo lo mandado» por él son vías para aprender a ser sus
discípulos. Jesús les promete su presencia y ayuda constante. No estarán solos
ni desamparados. Ni aunque sean pocos. Ni aunque sean solo dos o tres.
Así es la comunidad
cristiana. La fuerza del Resucitado la sostiene con su Espíritu. Todo está
orientado a aprender y enseñar a vivir como Jesús y desde Jesús. Él sigue vivo
en sus comunidades. Sigue con nosotros y entre nosotros curando, perdonando,
acogiendo… salvando.
LA ASCENSIÓN DE JESÚS SE INICIÓ EN SU
NACIMIENTO Y TERMINÓ EN LA MUERTE
Fray Marcos
Las cuatro fiestas que vienen: subida
de Jesús al cielo, venida del Espíritu, Trinidad, y eucaristía se presentan
como realidades externas que se dieron en un tiempo y lugar. Al entender
literalmente los textos, perdemos su verdadero sentido. Son realidades que
están fuera del tiempo y del espacio, de las que no podemos hablar
estrictamente.
No podemos seguir
falseando el lenguaje. De Jesús se dice: Bajó del cielo, se hizo hombre,
descendió a los infiernos y volvió al cielo. Dios no está en el cielo, el
infierno es un invento nuestro y el hombre no está debatiéndose entre las dos.
Nuestra manera de ver la realidad ha cambiado. Hoy no nos dice nada un cielo o
un infierno.
Decir: a los tres
días, a los ocho días, a los cuarenta días, a los cincuenta días, no tiene
sentido ninguno. Hablar de Galilea o de Jerusalén, o decir que está sentado a
la derecha de Dios, es literalmente absurdo. Se trata de una realidad única que
está sucediendo en este mismo instante, porque está fuera del tiempo y del
espacio.
No se trata de una
realidad inventada, todo lo contrario, esa es la ÚNICA REALIDAD. Es lo que está
sujeto al tiempo y al espacio la que no tiene consistencia. Esa realidad
intangible ha tenido una repercusión real en la vida de los seguidores de
Jesús. Esa realidad es la que debo descubrir para que tenga también en mí la
misma eficacia.
La ascensión empezó
en el pesebre y terminó en la cruz. ¡Todo está cumplido! Ahí terminó la
trayectoria humana de Jesús. Después de eso no existe el tiempo para él, no
puede suceder nada. Es como un chispazo que dura toda la eternidad. Él había
llegado a la plenitud total en Dios. Permaneció de él solo lo que había de
Dios.
¿De verdad queremos
ser cristianos? ¿Tenemos la intención de recorrer la misma senda, de alcanzar
la misma plenitud, la misma meta? ¿Estamos dispuestos a dejarnos aniquilar en
esa empresa, a aceptar que no quedará nada de lo que creo ser? Es duro, pero no
puede haber otro camino. Si renuncio al don total, renuncio a la meta.
La idea de que Dios
o Jesús o el Espíritu pueden hacer en un momento determinado algo por mí, ha
desvirtuado la religiosidad cristiana. Dios, Jesús y el Espíritu lo han hecho
todo por mí y lo siguen haciendo en todo instante. Yo soy quien tengo que hacer
algo en un momento determinado para descubrir esa realidad y vivirla.
En el relato de
Mateo no hay ninguna alusión a la subida al cielo, ni a dejar de verlo. Situar
la escena en un monte, es una suficiente indicación de que lo que le interesa
no es el lugar, sino el simbolismo. Situarlo en Galilea, tiene un significado
muy concreto. Judea había rechazado a Jesús, no era ya el lugar donde encontrar
a Dios.
Jesús no pudo decir
que ‘se le ha dado todo poder’, porque después del bautismo rechazó el poder
como una tentación. Este doble lenguaje nos ha despistado. No hay un poder
bueno y otro malo. Todos son perversos. Se trata de expresar que ha alcanzado
la plenitud absoluta por haberse identificado con Dios en el don total de sí.
El envío a predicar también tiene un carácter absoluto “todos
los pueblos”. El tema de la misión es crucial en todos los relatos pascuales.
La primera comunidad intenta justificar lo que era práctica generalizada de los
cristianos. Predicar el Reino de Dios no es un capricho de unos iluminados sino
mandato expreso de Jesús.
Yo estaré con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Fue el tema del evangelio de los dos domingos
pasados. Ya habían dejado claro que todo lo que hizo Jesús era obra del Padre y
del Espíritu. Ahora sigue siendo Dios en sus tres dimensiones el que va a
continuar la obra de salvación a través de sus seguidores.