jueves, 4 de junio de 2026

X Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 X Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 7, 2026 
Oseas 6, 3-6 / Salmo 49 / Romanos 4, 18-25


El Tiempo Ordinario de la Liturgia, nos va ayudando a conocer internamente a Jesús, quien nos muestra el camino de salvación y además, nos invita a seguirlo en su misión …

Evangelio según san Mateo 9, 9-13

Jesús se fue de allí y vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo: —Sígueme.

Entonces Mateo se levantó y lo siguió.

Sucedió que Jesús estaba comiendo en la casa, y muchos de los que cobraban impuestos para Roma, y otra gente de mala fama, llegaron y se sentaron también a la mesa junto con Jesús y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: —¿Cómo es que su maestro come con cobradores de impuestos y pecadores?

Jesús lo oyó y les dijo: —Los que están buenos y sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan el significado de estas palabras: “Lo que quiero es que sean compasivos, y no que ofrezcan sacrificios.” Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Reflexión:

¿Cómo seguir a Jesús?

Este domingo, en la lectura del profeta Oseas, se nos recuerdan la necesidad de esforzarnos en conocer a Dios y como el Señor, hoy, seguramente se lamentaría de que muchos de nosotros, nuestro amor por Él, es muy poco y efímero en la práctica: nos llamamos cristianos, asistimos a mis (a veces), le pedimos cosas, favores, le prendemos veladoras, ofrecemos “sacrificios”, pero … ¡no vivimos sus enseñanzas!

Tal vez, solo tal vez, será por que precisamente: no conocemos a Jesús (ni a su Padre).

Al igual que, para conocer a una persona, necesitamos escucharla, pasar tiempo con ella, entender que le gusta sobre tal o cual tema, el por qué y para qué de su vida … lo mismo es necesario para conocer a Jesús.

Una forma de conocer a Jesús es, orando, meditando y reflexionando la Palabra, que se nos describe en los evangelios quien fue Jesús, que decía, que hacía, con quién andaba, cuál era su misión, y cómo anunciaba el Reino de su Padre:

·     San Ignacio de Loyola, en la segunda etapa de los Ejercicios Espirituales, nos invita a pedir el “conocimiento interno del Señor, que por mi se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” [104] … Porque, cuanto más escucho a Jesús, más lo voy conociendo y comprendo su propuesta … y como dice el jesuita Adolfo María Chércoles, me puedo responder las preguntas: ¿qué me parece su propuesta? ¿la quiero?

·     Cuando escucho una propuesta, y afectivamente me toca internamente, en el corazón, entonces me importa, confío en quién la propone y me muevo para que se haga realidad.

·     Eso le pasó a Abraham, nos recuerda Pablo en la segunda lectura de hoy, confió en “la promesa de Dios, de una gran descendencia”, … eso también le pasó a Levi (Mateo), quien seguramente “había escuchado” a Jesús, atiende a su llamado y lo sigue … sin la excusa de ser un pecador (fallaba).

Otra manera de conocer a Jesús, es participando de la Eucaristía, recibiendo su Cuerpo y Sangre: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida" (Jn 6, 51)   

Hoy, nos toca a cada uno de nosotros, justos o pecadores, a estar atentos y escuchar la invitación a conocer mejor a Jesús, a seguirlo en nuestra vida diaria, haciendo su proyecto … ¡así nos salva!

Total, lo que Jesús quiere es que vivamos “el amor”, para tener una vida “que valga la pena vivir” ya desde ahora, en nuestro tiempo.  ¿Qué me parece? ¿lo quiero?

 

¿Cómo conocer mejor a Jesús?... ¿Cómo estar atento a las llamadas que me hace Jesús?... ¿Qué necesito dejar, para seguir a Jesús?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

X Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 X Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 7, 2026
Oseas 6, 3-6 / Salmo 49 / Romanos 4, 18-25

Evangelio según san Mateo 9, 9-13

Jesús se fue de allí y vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo: —Sígueme.

Entonces Mateo se levantó y lo siguió.

Sucedió que Jesús estaba comiendo en la casa, y muchos de los que cobraban impuestos para Roma, y otra gente de mala fama, llegaron y se sentaron también a la mesa junto con Jesús y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: —¿Cómo es que su maestro come con cobradores de impuestos y pecadores?

Jesús lo oyó y les dijo: —Los que están buenos y sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan el significado de estas palabras: “Lo que quiero es que sean compasivos, y no que ofrezcan sacrificios.” Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

YO SOY PAN QUE SE PARTE Y SE REPARTE

José Antonio Pagola

El domingo ya no es lo que era hace unos años. En poco tiempo ha crecido y se ha convertido en el «fin de semana», que comienza ya el viernes por la tarde y en el que la mayoría puede vivir de manera diferente, escapando de las obligaciones del trabajo, de los horarios impuestos y de la rutina diaria.

No todos vivimos el fin de semana de la misma manera. Para algunos es una verdadera suerte: tienen iniciativa, posibilidades y amigos para disfrutar esos días. Para otros es un tiempo cruel, pues sienten con más fuerza su soledad, enfermedad o vejez; el domingo solo despierta en ellos tristeza y nostalgia. Otros temen el domingo, no saben qué hacer con él, se aburren; si no hubiera fútbol sería insoportable.

Teólogos y liturgistas se preguntan hoy cómo será en el futuro el domingo cristiano. ¿Se reducirá a una celebración de la misa aislada y sin conexión alguna con el fin de semana de la gente? Por el contrario, «¿no será posible –se pregunta Xabier Basurko– una integración dinámica de los valores humanos del fin de semana en la mística del domingo?». El liturgista vasco nos ofrece algunas pistas.

El domingo cristiano puede ser el alma del fin de semana, que ayude a los creyentes a experimentar mejor su libertad de hijos de Dios, sin imposiciones ni fines utilitaristas. La eucaristía podría ayudar a recuperar el sosiego y reavivar el aliento interior. El fin de semana podemos ser un poco más «nosotros mismos».

Por otra parte, se podría recuperar el sábado como fiesta de la creación; de esta manera se podría proseguir el domingo con la celebración de la salvación. Así piensan algunos liturgistas. La fe ayudaría entonces a vivir el fin de semana como una celebración al Creador y un encuentro con la naturaleza, no a través del trabajo, sino del disfrute y la contemplación.

Por último, la celebración de la «asamblea eucarística» puede dar un sentido más hondo a esa otra dimensión del fin de semana, que es la comunicación entrañable y gratificante con amigos y familiares, o el encuentro con otras personas y otros pueblos. El fin de semana puede ser experiencia de encuentro y comunión de hermanos. ¿Crecerá el domingo cristiano hasta ser «fermento y sal» del fin de semana de la actual cultura? En cualquier caso, podemos hacernos una pregunta: ¿sabemos los cristianos extraer de la eucaristía dominical aliento y alegría para vivir el nuevo domingo?

 

DIOS NO ES NADA DE LO QUE PODAMOS PENSAR

Fray Marcos

La eucaristía es una realidad muy compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tiene tantos aspectos que es imposible abarcarlos todos. Podemos quedarnos en la superficialidad del rito y perder así su riqueza. Podíamos considerarla como ‘acción de gracias’ (eucaristía), ‘Sacrificio’, ‘Presencia’, ‘recuerdo’, ‘alimento’, ‘fiesta’, ‘unidad’, ágape.

La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos ni son milagros ni son magia. Se realiza un sacramento cuando un signo nos conecta con una realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. La realidad trascendente, ni se crea ni se destruye; ni se trae ni se lleva; ni se pone ni se quita. Es inmutable y eterna. Está siempre ahí pero no se ve.

Para que haya conexión entre un signo y la realidad significada tiene que haber una mente activa que realice la conexión. La Realidad significada no es objetivable, más allá del sujeto que establece la relación no hay nada. La relación entre el signo y lo significado es real, pero solo mientras mi mente está activando esa conexión entre ambos.

Los signos no son el pan y el vino sino el pan partido y el vino servido. No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer. Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, que es don infinito y total. Si quieres ser cristiano tienes que partirte, repartirte, dejarte comer, asimilar, desapare­cer en beneficio de los demás.

Es más tajante aún el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo: esto es mi vida que se derrama en beneficio de todos. Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tienes que hacer tuya, mi vida y derramar la tuya en beneficio de los demás.

La realidad significada no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don cuya entrega tengo que imitar. Ese es el significado que yo tengo que descubrir y vivir. Puedo oír misa sin que me obligue a nada, pero no puedo celebrar la eucaristía sin comprometerme con los demás. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que me he quedado en el rito.

No debemos confundir la eucaristía con la comunión. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto. Ir a misa solo con la intención de comulgar es sencillamente una trampa.

La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Solo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que Jesús significó. Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mt: “donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

La comunión no es un premio para los buenos. No son los que “que están en gracia” los que deben acercarse a comulgar. Somos los desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me siento pecador estoy necesitado de realizar el último signo del sacramento. Necesito el signo del amor cuando me siento separado de Dios.

Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que recordáramos el significado de lo que acababa de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer. Haced también vosotros esto. Solo entregando vuestra vida a los demás como he hecho yo, llegaréis a plenitud humana.

Celebrar la Eucaristía es comprometerse a ser para los demás. Todas las estructu­ras que están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas. Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que queremos expresar en este sacramento.

 

miércoles, 27 de mayo de 2026

Santísima Trinidad – Ciclo A – (Reflexión)

 Santísima Trinidad Ciclo A mayo 31, 2026 
Éxodo 34, 4-6.8-9 / Daniel 3 / 1 Corintios 13, 11-13


Este domingo de la Solemnidad de la Santísima Trinidad, volvemos al Tiempo Ordinario de la Liturgia, para seguir conociendo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en nuestra vida …

Evangelio según san Juan 3, 16-18

"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios".

Reflexión:

¿Padre, Hijo y Espíritu Santo?

Hoy, en la Solemnidad de la Santísima Trinidad, se nos recuerda quién es la Trinidad: Tres Personas, un solo Dios, es el Padre, es el Hijo y es el Espíritu Santo. Tres Personas distintas, un solo amor.

Y así lo profesamos en el Credo: “…Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo…”

Reflexionando en cada una de las Personas de la Trinidad: el Padre, crea y sostiene la vida, el Hijo, se encarna humanamente y nos muestra los deseos y el camino que nos lleva la Padre y el Espíritu Santo, nos recuerda, inspira y acompaña para vivir las enseñanzas del Hijo.

La Trinidad, en esencia nos muestra como fuimos creados por Dios, “a su imagen y semejanza”, en el amor y para el amor, para unidad y en fraternidad, para la relación y entrega mutua, en lo ordinario y cotidiano de nuestra vida.

A lo largo de la historia de la humanidad, y hoy a nosotros, Dios Padre se nos va revelando, nos dice quién es y cómo es: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel"… a quién como Moises, podemos pedirle “perdona nuestras iniquidades y pecados, y tómanos como cosa tuya” (Éx 34, 4-6.8-9).

Conocer el camino que nos ha trazado Jesús, el Hijo de Dios, nos invita a “ser alegres, animarnos entre nosotros, para vivir en paz y armonía” … que es la manera de vivir en unidad y fraternidad (cfr. 1 Corintios 13, 11-13).

Experimentar al Espíritu Santo, es escuchar la voz interior que me guía a la verdad, que me impulsa a buscarla y vivirla en lo ordinario y cotidiano de la vida; es la señal de que Dios está en lo que elijo, hago y amo, al estilo de Jesús.

La Trinidad es la experiencia de Dios en la vida, de tal manera que nos lleva a plenitud humana, a través de la unidad, el encuentro y el servicio que permite que “tengamos una vida que valga la pena vivir” (cfr. Principio y Fundamento, EE 23).

¿Cómo experimento al Padre, en mi vida ordinaria?... ¿De qué manera puedo profundizar en el conocimiento interno de Jesús?... ¿Cómo dejarme guiar por el Espíritu Santo?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Santísima Trinidad – Ciclo A –(Profundizar)

 Santísima Trinidad Ciclo A mayo 31, 2026 
Éxodo 34, 4-6.8-9 / Daniel 3 / 1 Corintios 13, 11-13


Evangelio según san Juan 3, 16-18

"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios".

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

  
#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

¿Quién es Dios? ¿Cómo es Dios? Son preguntas que han acompañado a la humanidad y no son de fácil respuesta. Este domingo, la Palabra nos habla de Dios: Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Dios es el Dios del amor y la paz, y, finalmente, nos dice el Evangelio de Juan: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna"; también dice que Dios no envió a su Hijo al mundo a juzgar al mundo, sino a salvarlo.

El Dios trino, que nos mira y conoce, sabe de nuestras injusticias e iniquidades, sabe de nuestras rupturas y no elige eliminarnos, sino encarnarse para salvarnos; no como un acto hollywoodense, sino como redención, con nosotros y a través de Él. Y aquí entra un aspecto fundamental de Dios, que hoy celebramos en la Iglesia y que el Papa León nos ha recordado en su última encíclica: Dios es "Padre, Hijo y Espíritu Santo: amor en relación, que se da recíprocamente y se comunica al mundo", y "el ser humano está llamado a la comunión con Dios y no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo; su vocación (la de cada uno de nosotros) más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido" (Magnifica Humanitas 48). Cada una y cada uno de nosotros, nos recuerda el Papa León XIV, estamos hechos constitutivamente para la relación, pensados y queridos por Dios para vivir en comunión con Él, con los demás y con la creación (MH 49).

En palabras más simples: Dios es relación, y nosotros, hechos a su imagen y semejanza, también. Así, cada relación profunda, libre y amorosa nos hace ser más felices, más plenos y más humanos. Y, por otro lado, cada ruptura, cada "relación" falsa y destructiva, nos empobrece. Estamos llamados a dar y recibir amor; esa es la única y verdadera fórmula de la felicidad.

Entonces, hoy es un buen día para agradecer a Dios por todas nuestras relaciones y pensar en cómo reparar las rupturas que hemos ocasionado: con Dios, con los otros y con la creación.

#FelizDomingo 

Acertijo o Misterio

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Hace ya muchos años, viajé con algunos compañeros jesuitas a una zona rural del municipio de Marulanda, Caldas, para tener una misión entre los campesinos de la zona. Para los que no conocen, Caldas está en la región central del país, pero con una orografía muy cerrada. Hay muchos pueblos, pero la comunicación entre ellos no es fácil, porque las montañas son monumentales. Pasar de una cima a la otra, atravesando las hondas quebradas, es una proeza digna de titanes. 

Llegamos a la escuelita de la vereda y nos encontramos con un grupo de niños que no tenían ninguna instrucción religiosa y que no conocían nada, más allá de lo que dejan ver estas colosales montañas que los rodean por todas partes. Nos tocaba prepararlos para la primera comunión, que tendríamos el último día de la misión. Cuando me senté con uno de mis compañeros a pensar sobre la mejor forma de llegar a los niños, nos pareció que debíamos comenzar por lo más sencillo: enseñarles a darse la bendición, pues ni siquiera esto sabían. Ustedes no alcanzan a imaginarse el enredo que se nos formó cuando tratamos de explicarles que Dios era Padre, Hijo y Espíritu Santo... Los niños nos miraban con una cara de admiración, como quien se asoma a un abismo insondable, como los que teníamos a nuestro alrededor. 

Es un lugar común decir que es muy difícil predicar sobre la Santísima Trinidad; pero yo creo que la dificultad no está sólo en el que predica, sino también en el feligrés que se sienta en la banca a escuchar un acertijo que no acaba de entender nunca... “Tres personas divinas y un solo Dios verdadero”, decían nuestros abuelos... La mejor explicación de este misterio de la Santísima Trinidad la leí en san Agustín, que solía decir: "Aquí tenemos tres cosas: el Amante, el Amado y el Amor"; un Padre Amante, un Hijo Amado y el vínculo que mantiene unidos a los dos, el Espíritu del Amor. 

En último término, de lo que se trata es del misterio del amor en el cual estamos insertos: “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna”. El amor de Dios, como el nuestro, no puede entenderse sino como entrega generosa y despojo de sí mismo. El amor supone un éxodo del amante hacia el amado, y de éste hacia aquél. San Ignacio de Loyola lo expresa muy bien en su famosa Contemplación para alcanzar amor: “El amor consiste en comunicación de las dos partes, es a saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene, o de lo que tiene o puede, y así, por el contrario, el amado al amante; de manera que si el uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro” (EE 231). 

Tal vez a los niños de aquella lejana vereda de Marulanda lo único que les quedó claro fue que Dios nos había enviado hasta allí para acompañarlos en su crecimiento en la fe y para expresarles su amor hacia ellos. Y esto mismo los pudo impulsar a amar un poco más a este Dios misterioso y a sus hermanos y hermanas, en quienes se quedó viviendo para siempre.

DIOS ES DE TODOS

José Antonio Pagola

Pocas frases habrán sido tan citadas como esta que el evangelio de Juan pone en labios de Jesús. Los autores ven en ella un resumen de lo esencial de la fe, tal como se vivía entre no pocos cristianos a comienzos del siglo II: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único».

Dios ama al mundo entero, no solo a aquellas comunidades cristianas a las que ha llegado el mensaje de Jesús. Ama a todo el género humano, no solo a la Iglesia. Dios no es propiedad de los cristianos. No ha de ser acaparado por ninguna religión. No cabe en ninguna catedral, mezquita o sinagoga.

Dios habita en todo ser humano acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias. A nadie deja abandonado, pues tiene sus caminos para encontrarse con cada cual, sin que tenga que seguir necesariamente los que nosotros le marcamos. Jesús le veía cada mañana «haciendo salir su sol sobre buenos y malos».

Dios no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de su ser es amor. Por eso dice el evangelio que ha enviado a su Hijo, no para «condenar al mundo», sino para que «el mundo se salve por medio de él». Ama el cuerpo tanto como el alma, y el sexo tanto como la inteligencia. Lo único que desea es ver ya, desde ahora y para siempre, a la humanidad entera disfrutando de su creación.

Este Dios sufre en la carne de los hambrientos y humillados de la tierra; está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Está siempre en nosotros para «buscar y salvar» lo que nosotros estropeamos y echamos a perder.

Dios es así. Nuestro mayor error sería olvidarlo. Más aún. Encerrarnos en nuestros prejuicios, condenas y mediocridad religiosa, impidiendo a las gentes cultivar esta fe primera y esencial. ¿Para qué sirven los discursos de los teólogos, moralistas, predicadores y catequistas si no despiertan la alabanza al Creador, si no hacen crecer en el mundo la amistad y el amor, si no hacen la vida más bella y luminosa, recordando que el mundo está envuelto por los cuatro costados por el amor de Dios?

 

DIOS NO ES NADA DE LO QUE PODAMOS PENSAR

Fray Marcos

Las verdades de fe no pueden ser demostradas. A lo máximo que podemos aspirar es a descubrir que no son irracionales. Lo que me llevará a una verdadera fe no es el conocimiento sino la vivencia interior. La Trinidad nos enseña que solo vivimos si convivimos. Nuestra vida debía ser un espejo que reflejara el misterio de la Trinidad.

Jesús experimentó al verdadero Dios, pero fracasó a la hora de hacer ver a sus discípulos su vivencia. En los evangelios encontramos chispazos de esa luz, pero los seguidores de Jesús no pudieron aguantar el profundo cambio que suponía sobre el Dios del AT. El cristianismo se encontró más a gusto con el Dios del AT que con el de Jesús.

Solo después de haber abandonado siglos de vivencia, se hizo necesaria la reflexión teológica sobre el misterio. Los dogmas llegaron como medio de evitar ‘errores’, pero lo importante fue siempre vivir esa presencia de Dios en el interior de cada cristiano. Solo viviendo la realidad de Dios en nosotros se podrá manifestar luego en el servicio al otro.

Nadie se podrá encontrar con el Hijo o con el Padre o con el Espíritu Santo. Nuestra relación será siempre con el TODO que nos identifica con Él. Cuando hablamos de cualquiera de las tres personas, estamos hablando de Dios. En teología, esta manera impropia de asignar acciones a cada persona se llama “apropiación” (¿indebida?). Ni el Padre ha creado ni el Hijo nos ha salvado ni el Espíritu Santo actúa por su cuenta.

Lo que creemos saber racionalmente de Dios, es un estorbo para vivir su presencia en nosotros. Mucho más si creemos que solo nuestro dios es verdadero. Incluso los ateos pueden estar más cerca del verdadero Dios que los muy creyentes. Ellos rechazan la creencia en el ídolo que nosotros nos empeñamos en mantener a toda costa.

De la misma manera, siempre que aplicamos a Dios contenidos verbales, aunque sean los de “ama”, “perdonó”, “salvará”, estamos radicalmente equivocados, porque en Dios los verbos no pueden conjugarse. Dios no tiene tiempos ni modos. Dios no tiene “acciones”. Dios todo lo que hace lo es. Si ama, es amor, pero no como el nuestro.

Los primeros cristianos al amor que es Dios lo llamaron ágape. No se trata de una relación entre sujeto y objeto sino en la identificación de ambos. En el amor humano hay un sujeto que ama, un objeto amado y el amor. Ese amor no se puede aplicar a Dios porque no hay nada fuera de Él. El amor es su esencia, no una cualidad.

Vivir la Trinidad, sería experimentarlo: 1) Como Dios, ser absoluto. 2) Como Dios a nuestro lado presente en el otro. 3) Como Dios en el interior de nosotros mismos, fundamento de nuestro ser. En cada uno de nosotros se está reflejando la Trinidad. Se trata de descubrir a Dios que me trasciende y a la vez es el fundamento de mi ser.

No tiene ningún sentido la disyuntiva entre creer en Dios o no creer. Todos tenemos nuestro Dios. Hoy la disyuntiva es creer en el Dios de Jesús o creer en un ídolo. La mayoría de los cristianos no vamos más allá del ídolo que nos hemos fabricado a través de los siglos. Es más perjudicial para la Vida espiritual el teísmo que el ateísmo.

La verdad es que no hemos hecho mucho caso al Dios de Jesús. Su Dios es amor y solo amor. Aunque condicionado por la idea de Dios del AT, dio un salto en el vacío y nos llevó al Abba insondable. La mejor noticia que podía recibir un ser humano es que Dios no puede apartarle de su amor. Esta es la realidad que tenemos que apropiarnos.

Al relacionarse con Dios pensado, el hombre busca sus propios intereses. Si se relaciona con la Deidad, camina hacia la disolución total y desaparición del yo. No solo debe renunciar a todo lo externo a él sino renunciar a sí mismo para identificarse con Dios.

 

 

miércoles, 20 de mayo de 2026

Pentecostés – Ciclo A – (Reflexión)

 Pentecostés Ciclo A mayo 24, 2026 
Hechos 2, 1-11 / Salmo 103 / 1 Corintios 12, 3-7. 12-13

En este domingo de Pentecostés, celebramos la presencia del Espíritu Santo, en cada uno de nosotros, como luz y fuego, que nos guía y nos pone en acción …

Evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo".

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar".

Reflexión:

¿Cómo se manifiesta en mí, el Espíritu Santo?

Pentecostés, etimológicamente proviene del griego πεντηκοστή (pentekoste), que significa "quincuagésimo", el día número 50 después de la Pascua, cuando se recuerda y celebra la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, marcando así el nacimiento de la Iglesia.

No es que antes “no estuviera”, es más bien, cuándo los apóstoles toman conciencia de su presencia, en cada uno de ellos, en la comunidad; se transparenta esa presencia y los llena de esa fuerza interior para dar testimonio de la Buena Noticia que Jesús les había mostrado.

El Espíritu aparece desde el primer capítulo de la Biblia "Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas." (Gen  1,2); en el Antiguo Testamento, el Ruaj Elohim (רוּחַ אֱלֹהִים), término hebreo que se traduce literalmente como "Espíritu de Dios" o "Soplo divino", proviene de Ruaj (viento, aliento o espíritu) y Elohim (Dios), que describe la presencia activa y el poder creador de Dios moviéndose en el mundo, inspirando a personas clave del proceso de salvación, dándoles fuerza, sabiduría o habilidad estratégica; a Moises y a los ancianos, dotados de discernimiento y liderazgo para guiar al pueblo (Núm 11,17), a profetas y líderes como José para interpretar sueños; “pondré en ustedes un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Quitaré de ustedes ese corazón duro como la piedra y les pondré un corazón dócil. Pondré en ustedes mi espíritu, y haré que cumplan mis leyes y decretos” (Ez 36, 26-27)

Con la llegada de Jesús, la relación con el Espíritu Santo se vuelve más íntima y permanente. El Espíritu descendió sobre Él en su bautismo, marcando el inicio de su misión (Mt 3,16); Jesús prometió el Paráclito (domingo pasado), como un "Ayudador" o "Espíritu de verdad" que estaría con sus seguidores para siempre.

Hoy, como seguidores y creyentes en Jesús, al tomar conciencia de la presencia del Espíritu de Dios en nuestra vida, en nuestra persona, en nuestra comunidad, nos hace recordar, vivir y dar testimonio activo de las enseñanzas de Jesús, que hacen presente el Reino de Dios.

Hoy, también tenemos el "fruto del Espíritu" (amor, gozo, paz) y otorga dones espirituales para servir a otros; hoy nos sigue guiando y enseñando, nos conduce a la verdad y recuerda las enseñanzas de Jesús. Así está el Espíritu Santo en nosotros, en cada uno, a lo largo y ancho del mundo. Hablamos para compartir nuestra experiencia del Dios de Jesús, hablamos de tal manera que nuestras palabras y obras muestran quién nos guía.

Reflejar la imagen de nuestro creador (Cfr. Gen 1,27) también es fruto del Espíritu, que nos mueve a ser colaboradores de la misión de Jesucristo, para que “tengamos una vida plena, que valga la pena vivir”, a través de darlo a conocer Él y a su Padre.

Hoy, las palabras de Pablo siguen vigentes: “¿cómo se puede esperar lo que ya se posee?” (Rom 8, 22-27) … el Espíritu, que es uno, nos une en un mismo cuerpo, la Iglesia; está en nosotros y se manifiesta cuando lo que hacemos es “de bien y para el bien común” (1 Corintios 12, 3-7. 12-13).

Es el Espíritu Santo el que nos da el valor, la sabiduría y la paz, que nos hace ser como los primeros apóstoles: heraldos de Jesús Resucitado, del Reino del Padre; es el Espíritu quien nos quita el miedo, la tibieza y la cobardía, para ir y anunciar, por todos lados el Evangelio.

¿Cómo abrirme a la presencia del Espíritu Santo?... ¿Cuál es el lenguaje del Espíritu?... ¿Cómo mis palabras y acciones dan testimonio del Evangelio?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

Pentecostés – Ciclo A – (Profundizar)

 Pentecostés Ciclo A mayo 24, 2026 
Hechos 2, 1-11 / Salmo 103 / 1 Corintios 12, 3-7. 12-13


Evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo".

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar".

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

  #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 #microhomilía

"Les retiras el alimento y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu espíritu y los creas, y renuevas la faz de la tierra". Es la imagen que nos regala el salmista el día de hoy: sin Dios somos polvo, pero Él tiene la iniciativa de enviarnos su espíritu para crearnos y renovarnos.

Cuánta necesidad tenemos, y cuánto bien nos hace recordar que Dios nos ha dado su espíritu y que irrumpe en la cerrazón de nuestros miedos. El Resucitado nos da su paz, pero también nos da el Espíritu que nos saca, nos libera; nos reconstruye y rejuvenece, repara y restaura, nos hace sus enviados, nos hace partícipes de la misión del Padre.

Detengámonos y reflexionemos este domingo de Pentecostés sobre este hecho. No se trata de mirar algo que pasó, sino algo de lo que formamos parte y sigue aconteciendo hoy: hemos recibido el Espíritu Santo. ¿Qué significa recordar esto hoy para ti en este momento de tu vida? ¿A qué te sientes invitado, invitada?

Pidamos al Señor que nos reconstruya, que del polvo nos reconstruya de nuevo, que nos libere de cualquier miedo y que nos refuerce en la certeza de que somos enviados, con toda la diversidad de dones y carismas, a anunciar la buena noticia de su Reino.

Y como cada año, oremos con profunda devoción y cuidado la secuencia de Pentecostés:

Ven, Espíritu Santo, 
mándanos tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas,
fuente del mayor consuelo.


Ven, dulce huésped del alma, 
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro.
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.
Ven, Espíritu Santo,
mándanos tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas,
fuente del mayor consuelo.

Riega la tierra en sequía, 

sana el corazón del enfermo; lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tu pueblo; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.”

Ven, Espíritu Santo,
mándanos tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas,
fuente del mayor consuelo.

#FelizDomingo

“Paz a ustedes”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Fray Timothy Radcliffe, antiguo Maestro General de la Orden de Predicadores, comentaba hace algún tiempo el texto bíblico que nos propone la liturgia del domingo de Pentecostés. En su libro, El oso y la monja (Salamanca, San Esteban, 2000, 89-92), llamaba la atención sobre el abismo que existe entre la paz que buscamos nosotros, y la paz que el Señor nos regala. Cuando los once discípulos estaban encerrados en una casa por miedo a los que habían matado al Profeta de Galilea, el Resucitado vino hasta ellos y les dijo: “¡La paz sea con ustedes!” y ellos “se alegraron de ver al Señor”. Pero la paz que les traía los iba a sacar de la paz del encierro y la soledad... En seguida les dijo: “Como el Padre me envió, también yo los envío”. El Resucitado los desinstala, los saca de su escondite, de su búsqueda egoísta de seguridad. La paz que el Señor nos trae, no siempre se parece a la nuestra...

Casi siempre buscamos la paz encerrándonos en nosotros mismos y evitando todos los riesgos de la construcción colectiva de nuestras comunidades y de nuestra sociedad. En esto nos parecemos a los discípulos. Tenemos miedo a ser heridos y salir lastimados... Hay que reconocer que este miedo no es puro invento. Efectivamente, tenemos experiencia de haber sido heridos muchas veces en nuestras relaciones con los demás y procuramos evitar el dolor y el sufrimiento que produce este choque. Pero también sabemos que cuando nos encerramos y nos aislamos de los demás y del mundo, gozamos apenas de una paz a medias; es una paz frágil que en cualquier momento se desvanece en nuestras manos.

Nos encerramos en una paz frágil porque tenemos miedo al cambio, miedo a los demás, miedo a ser sacados de nuestro nido. El miedo nos paraliza, nos bloquea, nos confunde. Hemos desarrollado una serie de tácticas para cerrar nuestras vidas a ese Dios que quiere sacarnos de nuestro encierro. Echamos llave, literalmente, a nuestros conventos, a nuestras casas, a nuestra habitación, de modo que nadie pueda acercarse a perturbar nuestras vidas con sus insistencias, con sus invitaciones, con sus interpelaciones. Podemos encerrarnos también en el exceso de trabajo... Paradójicamente, llegamos incluso a utilizar la oración para mantener a Dios fuera. Podemos dedicar horas y horas a la oración, recitando palabras y repitiendo frases, sin ofrecer a Dios un momento de silencio porque cabe la posibilidad de que nos diga algo que altere nuestra aparente paz y nuestra tranquilidad acomodada.

Pero el Señor se las arregla para irrumpir en nuestro interior con el soplo de su Espíritu y, aun teniendo las puertas cerradas, como los discípulos en el cenáculo, viene a inquietarnos y a salvarnos de nuestra aparente paz. Esa es la Buena nueva de hoy. Que el Señor no se cansa de entrar en nuestras vidas para ofrecernos SU paz. Una paz que nos abre a los demás con el riesgo de ser heridos. Las heridas de las manos y el costado es lo primero que les enseña el Resucitado a los discípulos cuando les anuncia su paz... Se trata, entonces, de una paz conflictiva, ‘agónica’, como diría don Miguel de Unamuno... Es una paz que abre desde fuera nuestros sepulcros para que no sigamos viviendo como muertos, sino para que vivamos una vida plena y auténtica, es decir, llena de preguntas y de problemas, pero iluminada por Dios que es el que nos ofrece la auténtica vida en abundancia.

INVOCACIÓN AL ESPÍRITU

José Antonio Pagola

Ven, Espíritu Santo. Despierta nuestra fe débil, pequeña y vacilante. Enséñanos a vivir confiando en el amor insondable de Dios, nuestro Padre, a todos sus hijos e hijas, estén dentro o fuera de tu Iglesia. Si se apaga esta fe en nuestros corazones, pronto morirá también en nuestras comunidades e iglesias.

Ven, Espíritu Santo. Haz que Jesús ocupe el centro de tu Iglesia. Que nada ni nadie lo suplante ni oscurezca. No vivas entre nosotros sin atraernos hacia su Evangelio y sin convertirnos a su seguimiento. Que no huyamos de su Palabra, ni nos desviemos de su mandato del amor. Que no se pierda en el mundo su memoria.

Ven, Espíritu Santo. Abre nuestros oídos para escuchar tus llamadas, las que nos llegan hoy, desde los interrogantes, sufrimientos, conflictos y contradicciones de los hombres y mujeres de nuestros días. Haznos vivir abiertos a tu poder para engendrar la fe nueva que necesita esta sociedad nueva. Que, en tu Iglesia, vivamos más atentos a lo que nace que a lo que muere, con el corazón sostenido por la esperanza y no minado por la nostalgia.

Ven, Espíritu Santo. Purifica el corazón de tu Iglesia. Pon verdad entre nosotros. Enséñanos a reconocer nuestros pecados y limitaciones. Recuérdanos que somos como todos: frágiles, mediocres y pecadores. Libéranos de nuestra arrogancia y falsa seguridad. Haz que aprendamos a caminar entre los hombres con más verdad y humildad.

Ven, Espíritu Santo. Enséñanos a mirar de manera nueva la vida, el mundo y, sobre todo, las personas. Que aprendamos a mirar como Jesús miraba a los que sufren, los que lloran, los que caen, los que viven solos y olvidados. Si cambia nuestra mirada, cambiará también el corazón y el rostro de tu Iglesia. Los discípulos de Jesús irradiaremos mejor su cercanía, su comprensión y solidaridad hacia los más necesitados. Nos pareceremos más a nuestro Maestro y Señor.

Ven, Espíritu Santo. Haz de nosotros una Iglesia de puertas abiertas, corazón compasivo y esperanza contagiosa. Que nada ni nadie nos distraiga o desvíe del proyecto de Jesús: hacer un mundo más justo y digno, más amable y dichoso, abriendo caminos al reino de Dios.

 

DIOS ES ESPÍRITU

Fray Marcos

Las Hablar del Espíritu Santo es pretender recoger agua de lluvia en un cesto de mimbres. Espíritu es el concepto más escurridizo de la teología. Más de 500 veces encontramos la palabra en la Biblia y apenas podremos descubrir dos pasajes en los que tenga el mismo significado. En ningún caso podemos entenderlo como una entidad separada.

Los evangelios escenifican diversas venidas del Espíritu, aunque más sencillas que la de Lucas. Esas “venidas” indican claramente que Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte. No estamos recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos viviendo una realidad que está sucediendo en este instante como hace dos mil años.

La fiesta de Pentecostés es la expresión más completa de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra de Dios-Espíritu-Vida. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su presencia física. Ahora, Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en ellos.

Pablo dijo que sin el Espíritu no podríamos decir: “Jesús es el Señor”, ni: “Abba”. Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos el Espíritu, porque no puede faltarnos Dios. El Espíritu no es un privilegio ni siquiera para los que creen. Todos estamos fundamentados en Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello.

El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: Lo llama papá, hace su voluntad; le escucha siempre. El mensaje de Jesús se reduce a manifestar esa experiencia de Dios. Su predicación estuvo encaminada a hacer ver a sus seguidores que tenían que vivir esa misma experiencia para alcanzar la plenitud que él alcanzó.

El Espíritu nos hace libres. “No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos”. El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone no dejarnos atrapar por cualquier clase de sometimiento alienante. El Espíritu es la energía que lucha contra las fuerzas desintegradoras: “demonios”, pecado, ley, ritos, teologías, intereses, miedos.

Si Dios está en todos, no puede haber privilegiados. Dios no se puede partir. Si todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios, ninguna estructura de poder o dominio se justifica apelando a Él. "El que quiera ser primero sea el servidor de todos." “No llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro".

El Espíritu es la fuerza que mantiene a cada uno integrado en la comunidad. En el relato de los Hechos, las personas de distinta lengua se entienden. La lengua del Espíritu es el amor, es el único lenguaje que todos entienden. Es lo contrario de lo que pasó en Babel. “Dios hace de todos los pueblos uno, destruyendo el muro que los separaba, el odio”.

Para las primeras comunidades, Pentecostés fue el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús que seguía presente en ellos por el Espíritu. No duró mucho esa vivencia generalizada y pronto dejó de ser comunidad de Espíritu para convertirse en una institución jurídica.

“Obediencia” fue la palabra que caracterizó la vida de Jesús. Pero si nos acercamos a Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados. No fue obediente en absoluto, ni a su familia ni a los sacerdotes ni a la Ley ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”.

Para salir de una falsa obediencia debemos entrar en la dinámica de la escucha del Espíritu. Tanto el superior como el inferior, tienen que abrirse al Espíritu y dejarse guiar por él. Pero debemos estar también atentos a las experiencias de los demás. Creernos privilegiados con relación a los demás anulará una verdadera escucha del Espíritu.

 

 

 

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