domingo, 27 de septiembre de 2026

XXVI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

XXVI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – septiembre 27, 2026 
Ezequiel 18, 25-28 / Salmo 24 / Filipenses 2, 1-11


Hoy, el evangelio interpela nuestra congruencia y cuestiona nuestra confianza en el proyecto del Reino de Dios, que nos anuncia Jesús…

Evangelio según san Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: "¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: 'Hijo, ve a trabajar hoy en la viña'. Él le contestó: 'Ya voy, señor', pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: 'No quiero ir', pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?" Ellos le respondieron: "El segundo".

Entonces Jesús les dijo: "Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas, sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él''.

Reflexión:

¿Qué tan congruente soy con mi respuesta al Padre?

Ser una persona congruente es cuando no hay contradicción entre lo que uno dice (anuncia, promueve, pregona) y lo que hace al respecto. Hoy la pregunta que respondemos cada uno es: “¿cuál de los dos hace la voluntad del Padre?”.

San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales [EE 153-155 ], también habla de esta congruencia, en cuanto al seguimiento de Jesús, en los tipos de personas que dicen seguir a Jesús:

·       El primer: quiere seguirlo, pero no pone medios (incongruente)
·       El segundo: quiere, pero, que se haga como él quiere (conveniencia)
·       El tercero: quiere, y en efecto se da a la tarea de hacerlo (congruente)

Al escuchar la parábola del Evangelio,  la pregunta es para cada uno y la tenemos que responder: ¿acepto la invitación a trabajar por el Reino? La respuesta que demos será consecuencia de, por una parte, al haber  escuchado, entendido y aceptado la Buena Noticia y seguiremos a Jesús en nuestra vida, (y con ello, estaremos colaborando en la construcción del reinado del amor entre nosotros: en la familia, en la colonia, en el estado y en el país)… por la otra, la segunda lectura, nos recuerda que de aceptar la invitación del Padre,  implica que “nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción; antes bien, por humildad, cada uno considere a los demás como superiores a sí mismo y no busque su propio interés, sino el del prójimo”; de tal manera que nuestro servicio, sea como el mismo Jesús pone de ejemplo, al hacerse “como uno de nosotros”.

En nuestra respuesta, congruente a trabajar para que el Reino se haga presente, nos jugamos nuestra salvación, haciendo el bien a los demás, es decir: ayudando y sirviendo a otros, es que nos salvaremos y nuestra vida terrena, valdrá la pena y alcanzaremos la vida plena.

¿Cuál es la “voluntad del Padre”, que rezamos en el Padrenuestro?... ¿Cómo podría colaborar en construcción de la Paz?... ¿Es mi congruencia para el Bien Común?

 

Alfredo Aguilar Pelayo
#RecursosParaVivirMejor

 

XXVI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

XXVI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – septiembre 27, 2026 
Ezequiel 18, 25-28 / Salmo 24 / Filipenses 2, 1-11


Evangelio según san Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. Él le contestó: ‘Ya voy, señor’, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” Ellos le respondieron: “El segundo”.

Entonces Jesús les dijo: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas, sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él’’.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

 #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

«Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere; cuando el malvado se aparta de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida». El profeta Ezequiel nos recuerda dos realidades: nuestros actos nos matan o nos salvan, y, lo más importante, podemos cambiar. 

Sí, estamos abiertos a la conversión, es decir, podemos cambiar de rumbo, podemos ser una mejor versión de nosotros mismos.

En la misma dirección, el Evangelio nos describe esta misma realidad, pero subraya un matiz: no nos define lo que decimos, sino lo que hacemos. El primer hijo dijo «no quiero», pero se arrepintió y fue; el segundo dijo que iba, pero no fue.

Así pues, nos van definiendo nuestras acciones, pero no nos cancelan. Tenemos siempre la posibilidad de la conversión, tenemos siempre la posibilidad de elegir, porque Dios nos hizo libres. Pero esa libertad que Dios nos ha dado es ética, es decir, tiene una dirección, una llamada, porque los seres humanos somos siempre en relación. Esto nos lo recuerda san Pablo en la segunda lectura: «No se encierren en sus intereses», «manténganse unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir», «tengan ustedes los sentimientos de Cristo».

Aquí encontramos el criterio vital y cotidiano para vivir, para vivir con plenitud, sentido y felicidad: sentir lo que Él sentiría, hacer lo que Él haría si estuviera en mi lugar.

Deja que la Palabra toque tu corazón. ¿A qué te invita hoy?

#FelizDomingo 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

PARA JESÚS, LOS ÚLTIMOS SON LOS PRIMEROS

José Antonio Pagola

Jesús conoció una sociedad dividida por barreras de separación y atravesada por complejas discriminaciones. En ella encontramos judíos que pueden entrar en el templo y paganos excluidos del culto; personas «puras» con las que se puede tratar y personas «impuras» a las que hay que evitar; «prójimos» a los que se debe amar y «no prójimos» a los que se puede abandonar; hombres «piadosos» observantes de la ley y «gentes malditas» que ni conocen ni cumplen lo prescrito; personas «sanas» bendecidas por Dios y «enfermos» malditos que no tienen acceso al templo; personas «justas» y hombres y mujeres «pecadores».

La actuación de Jesús en esta sociedad resulta tan sorprendente que todavía hoy nos resistimos a aceptarla. No adopta la postura de los grupos fariseos, que evitan todo contacto con impuros y pecadores. No sigue la actitud elitista de Qumrán, donde se redactan listas precisas de los que quedan excluidos de la comunidad.

Jesús se acerca precisamente a los más discriminados. Se sienta a comer con publicanos. Se deja besar los pies por una pecadora. Toca con su mano a los leprosos. Busca salvar «lo que está perdido». La gente lo llama «amigo de pecadores». Con insistencia provocativa va repitiendo que «los últimos serán los primeros», y que los publicanos y las prostitutas van por delante de los escribas y sacerdotes en el camino del reino de Dios.

¿Quién sospecha hoy realmente que los alcohólicos, vagabundos, pordioseros y todos los que forman el desecho de la sociedad pueden ser ante Dios los primeros? ¿Quién se atreve a pensar que las prostitutas, los heroinómanos o los afectados por el sida pueden preceder a no pocos eclesiásticos de vida intachable

Sin embargo, aunque ya casi nadie os lo diga, vosotros, los indeseables y anatematizados, tenéis que saber que el Dios revelado en Jesucristo sigue siendo realmente vuestro amigo. Vosotros podéis «entender» y acoger el perdón de Dios mejor que muchos cristianos que no sienten necesidad de arrepentirse de nada.

Cuando nosotros os evitamos, Dios se os acerca. Cuando nosotros os humillamos, él os defiende. Cuando os despreciamos, os acoge. En lo más oscuro de vuestra noche no estáis solos. En lo más profundo de vuestra humillación no estáis abandonados. No hay sitio para vosotros en nuestra sociedad ni en nuestro corazón. Por eso precisamente tenéis un lugar privilegiado en el corazón de Dios.

  LAS PALABRAS SE LAS LLEVA EL VIENTO

Fray Marcos

No se alude en el relato a las otras dos situaciones que se pueden dar: el hijo que dice sí y va a trabajar a la viña; y el hijo que dice no, y no va. En estos dos casos no hay posibilidad de equivocarse ni cabe la pregunta de quién cumple la voluntad del padre.

Jesús distingue dos hijos: los que se consideran verdaderos israelitas y los que los jefes religiosos consideran pecadores. Recordemos que ser hijo significaba hacer siempre la voluntad del padre. El que dejaba de hacer la voluntad del padre dejaba de ser hijo. ¿Quién hizo la voluntad del padre? quiere decir: ¿Quién es verdadero Hijo?

Los fariseos no tenían nada de qué arrepentirse, eran perfectos, porque decían “sí” a todos los mandamientos. Para ellos es intolerable que Dios pague lo mismo al que no ha trabajado. No se dan cuenta de que su respuesta es solamente formal, sin compromiso vital alguno. El espíritu de la Ley no les importaba y el ser humano, menos.

Para Jesús no hay duda, los que se consideran buenos fallan y los malos son los buenos. Los primeros eran los estrictos cumplidores de la Ley, los segundos ni la conocían ni podían cumplirla. Los primeros ponían su empeño en el cumplimiento externo de las normas. Los otros buscaban hacerse más humanos, porque se sabían pecadores.

No debemos engañarnos. La simplicidad del relato esconde una enseñanza fundamental. Los hechos son lo importante, las palabras sirven de poco. La praxis prevalece siempre sobre la teoría. El evangelio no nos invita a decir primero no y después sí. El ideal sería decir sí y hacer; pero lo maravilloso del mensaje está precisamente ahí: Dios comprende nuestra limitación radical y admite la posibilidad de rectificación, después de recapacitar.

La pretensión de ser perfectos no tiene sentido, porque somos limitados e imperfectos. Ni siquiera podemos saber de antemano lo que es bueno o malo. Necesitamos la experiencia para poder dilucidar lo que me edifica o lo que me deteriora como ser humano. Rectificar no es solo cosa de sabios, sino de todo hombre que quiere llegar.

Los recaudadores y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino. Es una de las frases más hirientes que pudo decir Jesús a los fariseos y escribas. Pero es también la mejor noticia que nos podían dar. El organigrama religioso-social de su tiempo era represivo e injusto. Que esa situación se mantuviera en nombre de Dios no podía aguantarlo quien había descubierto un Dios, que quiere el bien de todos los hombres.

Nuestra actitud religiosa es incoherente. Llevamos muchos siglos haciendo una religión de ritos externos. No hay más que ver lo que se entiende por “practicante” para darse cuenta de que no tiene nada que ver con las exigencias del evangelio. Doctrinas y preceptos. Desde el bautismo decimos “sí voy”, pero nos quedamos en donde estamos.

Solo la experiencia me dice qué es lo que me deteriora y qué es lo que me enriquece como ser humano. Cuando damos por absoluta una norma nos negamos a progresar. El gran peligro es creer que Dios mismo nos ha dado directamente esa norma. Desde esa perspectiva se siguen cometiendo verdaderas barbaridades en contra del ser humano.

También hoy podemos ir más allá de la parábola. Ni siquiera las obras tienen valor absoluto. Las obras pueden ser la manifestación de una actitud vital, pero pueden ser fruto de una programación desconectada de nuestro verdadero ser. Los fariseos cumplían todas las normas, pero lo hacían mecánicamente, sin ninguna sinceridad de corazón.

No pierdas el tiempo tratando de situarte en una de las partes. Todos estamos diciendo “no” cada tres por cuatro, y todos estamos diciendo “sí” con una pasmosa ligereza. Aceptar nuestras limitaciones es el primer paso para poder superarlas.

 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

XXV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 XXV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – septiembre 20, 2026
Isaίas 55, 6-9 / Salmo 144 / Filipenses 1, 20-24. 27


Leemos este domingo acerca de cómo es Jesús y lo que somos llamados a ser y hacer …

Evangelio según san Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña


. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo'. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.

Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: '¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?' Ellos le respondieron: 'Porque nadie nos ha contratado'. Él les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña'.

Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: 'Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros'. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.

Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: 'Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor'.

Pero él respondió a uno de ellos: 'Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?'

De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos''.

Reflexión: 

¿Cómo puedo colaborar a construir el Reino?

La Buena Noticia de Jesús (Evangelio), lo que hoy nos propone es cómo vivir bien, personal y comunitariamente; situación que parece no logramos alcanzar como humanidad: siempre en conflicto, en guerra, física e ideológicas, por nuestras envidias. 

El mensaje de Jesús, nos muestra el camino posible para caminar hacia ese anhelo; Primero necesito conocer su propuesta y luego construirla, lo cual es un trabajo artesanal, tanto de cada uno, como de la sociedad.

Conocer a Jesús y su propuesta, es, en palabras del profeta Isaías (Is 55, 6-9): “buscar al Señor mientras lo pueden encontrar, invóquenlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes” … necesitamos reaprender y cambiar la manera de vivir y relacionarnos entre nosotros, pensar de otra manera: “mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor”.

Para dar fruto y vivir bien, tenemos que ponernos las “pilas”, “chambear”, “hacerle caso” a Jesús, que solo quiere nuestro bien. Él nos invita hoy (siempre lo ha hecho) a trabajar para hacer presente el Reinado de su Padre, que en el amor (ágape) y cuyos frutos son la fraternidad, justicia y paz, en nuestro interior, en nuestra familia, en mi colonia, en mi ciudad. 

Nunca es tarde, hoy Jesús nos pregunta '¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?', habrá que responder y ponerlo en práctica, desde la trinchera y el lugar de cada uno, unidos, juntos, sin envidia … hay que colaborar, contribuir, con lo que “tenemos y podemos” … Como dice el dicho: “si no soy yo, ¿quién?; si no es ahora ¿cuándo?” … 

La Palabra nos muestra cómo es Dios: compasivo y misericordiosos, generoso al perdonar, incluyente y bueno, con todos… así que hay que ponernos a trabajar y a pulir los dones recibidos, para que podamos “llevar una vida digna del Evangelio de Cristo…” y que también busquemos e invitemos a otros a que lo hagan. Esta es invitación que se nos hace hoy, ¿qué me parece, lo quiero? 

¿Cómo puedo trabajar por la justicia y paz en mi comunidad?... ¿Me quedaré de espectador?… ¿Cómo puedo hacerlo, haciendo sinergia con otras personas y grupos?


Alfredo Aguilar Pelayo
alfredo@ccrrsj.org
#RecursosParaVivirMejor
www.ccrrsj.org

Para profundizar: 


XXV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XXV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – septiembre 20, 2026
Isaίas 55, 6-9 / Salmo 144 / Filipenses 1, 20-24. 27

Evangelio según san Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.

Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’ Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.

Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.

Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’.

Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’

De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos’’.

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia
Hernán Quezada, SJ 
.
“Vayan también ustedes a mi viñedo” 
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
“El Reino de los cielos es semejante a dos hermanos que vivían felices y contentos, hasta que recibieron la llamada de Dios a hacerse discípulos. El de más edad respondió con generosidad a la llamada, aunque tuvo que ver cómo se desgarraba su corazón al despedirse de su familia y de la muchacha a la que amaba y con la que soñaba casarse. Pero, al fin, se marchó a un país lejano, donde gastó su propia vida al servicio de los más pobres de entre los pobres. Se desató en aquel país una persecución, de resultas de lo cual fue detenido, falsamente acusado, torturado y condenado a muerte. Y el Señor le dijo: «Muy bien, siervo fiel y cumplidor. Me has servido por el valor de mil talentos. Voy a recompensarte con mil millones de talentos. ¡Entra en el gozo de tu Señor!».

La respuesta del más joven fue mucho menos generosa. Decidió ignorar la llamada, seguir su camino y casarse con la muchacha a la que amaba. Disfrutó de un feliz matrimonio, le fue bien en los negocios y llegó a ser rico y próspero. De vez en cuando daba una limosna a algún mendigo o se mostraba bondadoso con su mujer y sus hijos. También de vez en cuando enviaba una pequeña suma de dinero a su hermano mayor, que se hallaba en un remoto país, adjuntándole una nota en la que le decía: «Tal vez con esto puedas ayudar a aquellos pobres diablos». Cuando le llegó la hora, el Señor le dijo: «Muy bien, siervo fiel y cumplidor. Me has servido por el valor de diez talentos. Voy a recompensarte con mil millones de talentos. ¡Entra en el gozo de tu Señor!».

El hermano mayor se sorprendió al oír que su hermano iba a recibir la misma recompensa que él. Pero le agradó sobremanera. Y dijo: «Señor, aun sabiendo esto, si tuviera que nacer de nuevo y volver a vivir, haría por ti exactamente lo mismo que he hecho». Esto sí que es una Buena Noticia: un Señor generoso y un discípulo que le sirve por el mero gozo de servir por amor” (Anthony de Mello, El canto del pájaro, pp. 151-152).

Desde una perspectiva mercantil, es un absurdo que el que trabaja desde el comienzo del día hasta la tarde, reciba lo mismo que el que llegó a la viña casi al caer el sol. Esto no nos cabe en la cabeza y le reclamamos a Dios: “Estos que llegaron al final, trabajaron solamente una hora, y usted les ha pagado igual que a nosotros que hemos aguantado el trabajo y el calor de todo el día”. Pero Dios, como el dueño de la viña, nos responde: “Amigo, no te estoy haciendo ninguna injusticia. ¿Acaso no te arreglaste conmigo por el jornal de un día? Pues toma tu paga y vete. Si yo quiero darle a éste que entró a trabajar al final lo mismo que te doy a ti, es porque tengo el derecho de hacer lo que quiera con mi dinero. ¿O es que te da envidia que yo sea bondadoso?”

Tal vez haya personas que, sabiendo de la generosidad de Dios, habrían sido menos bondadosas... Pero también las hay que se alegran y gozan de tal manera con esta magnificencia divina, que no les queda otro remedio que desbordarse en generosidad.
CONFIAR EN LA BONDAD DE DIOS
José Antonio Pagola
Cada vez estoy mas convencido de que muchos de los que se dicen ateos son hombres y mujeres que, cuando rechazan a Dios, están rechazando en realidad un «ídolo mental» que se fabricaron cuando eran niños. La idea de Dios que llevan en su interior y con la que han vivido durante algunos años se les ha quedado pequeña. Llegado un momento, ese Dios les ha resultado un ser tan extraño, incómodo y molesto que han prescindido de él.
No me cuesta nada comprender a estas personas. Dialogando con alguna de ellas he recordado más de una vez aquellas certeras palabras del patriarca Máximos IV durante el Concilio: «Yo tampoco creo en el dios en que los ateos no creen». En realidad, el dios que algunos han suprimido de sus vidas es una caricatura que se han formado falsamente de él. Si han vaciado su alma de ese «dios falso», ¿no será para dejar sitio algún día al Dios verdadero?
Pero ¿cómo puede hoy una persona encontrarse con Dios? Si se acerca a los que nos decimos creyentes, es fácil que nos encuentre rezando, no al Dios verdadero, sino a un pequeño ídolo sobre el que proyectamos nuestros intereses, miedos y obsesiones. Un Dios del que pretendemos apropiarnos y al que intentamos utilizar para nuestro provecho, olvidando su inmensa e incomprensible bondad con todos.
Jesús rompe todos nuestros esquemas cuando nos presenta en la parábola del «señor de la viña» a ese Dios que «da a todos su denario», lo merezcan o no, y dice así a los que protestan: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».
Dios es bueno con todos, lo merezcan o no, sean creyentes o ateos. Su bondad misteriosa está más allá de la fe de los creyentes y de la increencia de los ateos.
Lo que hemos de hacer es olvidarnos de nuestros esquemas, hacer silencio en nuestro interior, escuchar hasta el fondo la vida que palpita en nosotros… y esperar, confiar, dejar abierto nuestro ser. Dios no se oculta indefinidamente a quien lo busca con sincero corazón. 

Nuestra justicia debe imitar la de Dios
Fray Marcos
Una advertencia a la comunidad. Los cristianos veteranos reclamaban privilegios, porque en un inminente final de la historia, los que se incorporaban no iban a tener la oportunidad de trabajar como lo habían hecho ellos. Advierte a los cristianos que no es mérito suyo haber accedido a la fe antes, sino un privilegio que debían agradecer.

Jesús acaba de decir al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga. A continuación, Pedro dice a Jesús: “Pues nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué tendremos?” Jesús le promete cien veces más, pero termina con esa frase enigmática: Hay primeros que serán últimos, y últimos que serán primeros. A continuación, viene el relato de hoy.

Tenemos una mezcla de alegoría y parábola que puede dificultar la comprensión. Está claro que la viña representa al pueblo elegido, y que el propietario es Dios mismo. Pero también es cierto que, en el relato, hay un punto de inflexión cuando dice: “Al llegar los primeros pensaron que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario”.

Desde la justicia humana, el propietario está cometiendo una injusticia. El propietario actúa desde el amor absoluto, cosa que solo Dios puede hacer. Lo que nos dice es que una relación de ‘toma y da acá’ con Dios no tiene sentido. El trabajo en la comunidad de los seguidores de Jesús tiene que imitar a Dios y ser totalmente desinteresado.

Con esta parábola, Jesús no pretende dar una lección de relaciones laborales. Cualquier referencia a ese campo en la homilía de hoy no tiene sentido. Jesús habla de la manera de comportarse Dios con nosotros, que está más allá de toda justicia. Desde los valores de justicia que manejamos en nuestra sociedad, será imposible entender la parábola.

Hoy todos trabajamos para lograr desigualdades, para tener más que el otro, estar por encima y así marcar diferencias. Incluso en el ámbito religioso se nos ha inculcado que tenemos que ser mejores que los demás para recibir un premio mayor. Esta ha sido la filosofía que ha movido la espiritualidad cristiana de todos los tiempos.

La parábola trata de romper los esquemas en los que está basada la sociedad, que se mueve por el interés. Dirigida a la comunidad, la parábola pretende unas relaciones humanas que estén más allá de todo interés egoísta de individuo o de grupo. “Nadie consideraba suyo propio nada de lo que tenía, sino que lo poseían todo en común”.

Los de primera hora se quejan del trato que reciben los de la última. No tienen derecho a exigir, pero les molesta que los últimos reciban lo mismo que ellos. El relato demuestra un conocimiento profundo de la psicología humana. La envidia envenena las relaciones humanas. A veces preferimos perjudicarnos con tal de que el otro no se beneficie.

Tan desconcertante es ese Dios de Jesús, que después de veinte siglos, aún no lo hemos asimilado. Seguimos pensando en un Dios que ‘paga a cada uno según sus obras’. El don total y gratuito de Dios es siempre el punto de partida, no algo a conseguir gracias a nuestro esfuerzo. Dios se da a todos siempre sin que podamos merecerlo.

No existe retribución que valga. Dios da a todos los seres lo mismo, porque se da a sí mismo y no puede partirse. Dios nos paga antes de que trabajemos. Es una manera equivocada de hablar, decir que Dios nos concede esto o aquello. Dios está totalmente disponible para todos. Lo que tome cada uno dependerá solamente de él.

El mensaje de la parábola es evangelio, buena noticia: Dios es don para todos: amor infinito. Los que nos creemos buenos lo veremos como una injusticia; seguimos con la pretensión de aplicar a Dios nuestra manera de hacer justicia. ¡Cómo vamos a aceptar que Dios ame a los malos igual que a nosotros! Seguimos convencidos de que es injusto.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

XXIV Domingo de Tiempo Ordinario – A – (Reflexión)

 XXIV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – septiembre 13, 2026 
Eclesiástico 33, 27, 33–28, 9 / Salmo 102 / Romanos 14, 7-9




Este domingo, continuamos escuchando en la Palabra, acerca de las actitudes que nos ayudan a tener una buena vida terrena, que nos llevará a una vida plena, al morir…

Evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano’’.

Reflexión:

¿Por qué perdonar a quién me ofende?

Continuamos con enseñanzas elementales de cómo podemos vivir fraternal y humanamente. Los seres humanos hemos sido creados para vivir en comunidad, en relaciones interpersonales. Nadie vive aislado; necesitamos de los demás. En nuestra manera de relacionarnos con las otras personas (y con nosotros mismos), se nos va la vida. Por eso, es importante, escuchar y aprender, de quien solo desea lo mejor para nosotros: Dios y su Hijo, Jesús … para saber vivir y poder tener una vida que valga la pena.

El que diga que no se equivoca, miente, todos nos equivocamos. Equivocarse, fallar, meter la pata, es de humanos; pero ello no es pretexto para no dejar de hacerlo, habremos de reconocer cuando nos equivocamos, para corregir y seguir por buen rumbo en la vida.

Cuando hablamos de pecado, hablamos de hamartía (ἁμαρτία en griego), que literalmente significa «errar el blanco» o «no dar en el blanco». Pecamos, cuando nos molestamos, enojamos, somos vengativos, guardamos rencor, ofendemos a las personas, cercanas o no; cuando nuestras palabras y acciones van contra cualquier persona (cfr. Eclo 33, 27, 33–28, 9), siendo esta una de las expresiones más graves de nuestro pecado, que aparece en la manera en que nos relacionamos con los demás.

La gran enseñanza de hoy, que nos recuerda la Escritura, es saber perdonar; y hay que entender primero lo que es perdonar:

·        una decisión voluntaria y un acto de amor mediante el cual la persona ofendida decide renunciar al rencor y a la venganza…

·        es tomar la decisión de no devolver el mal recibido con otro mal…

No es fácil, pero, es el camino que nos muestra Jesús, para alcanzar la paz entre nosotros. Al perdonar, reflejamos algo de cómo es Dios, quién es “compasivo y misericordioso” (Sal 102) con los todos. Perdonar es tan importante, que el mismo Jesús, en el Padrenuestro, nos muestra pedir (humildemente) que “perdone nuestras ofensas, como él nos perdona” … “que no nos deje caer en la tentación (del orgullo y la soberbia)” y nos “libre del mal”…

Así, que tenemos el reto de romper el ciclo de violencia, del ojo por ojo, diente por diente, sabiendo perdonar, igual que Papá Dios nos perdona “nuestras fallas y deudas”… Perdonar, es liberador, no solamente libera al que es perdonado; también puede liberar al que perdona.

Si hemos sido creados para vivir en relación, aprender a perdonar —y a pedir perdón— es indispensable para aprender a vivir.

PD. Le recomendó, para aprender y profundizar en el perdón, tomar el Taller de Escuelas de Perdón y Reconciliación, ESPERE, informes en el 4444254835

¿A quién, que me ha ofendido, puedo perdonar?... ¿A quién tengo que pedir perdón por algo malo que le hice? … ¿De qué manera encuentro a Dios, en mis relaciones interpersonales?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXIV Domingo de Tiempo Ordinario – A – (Profundizar)

 XXIV Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – septiembre 13, 2026 
Eclesiástico 33, 27, 33–28, 9 / Salmo 102 / Romanos 14, 7-9



Evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano’’.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Hoy la Palabra nos presenta un tema muy complejo: el perdón. Nos dice Jesús que hay que perdonar no siete, sino hasta setenta veces siete. ¡Qué desafiantes nos suenan sus palabras cuando hemos sido heridos, cuando nos han lastimado y ni siquiera nos han pedido perdón! Cuando lo que nos han roto o arrebatado ya no lo podremos recuperar jamás.

Perdonar no se trata de olvidar, tampoco de renunciar a la justicia, y menos aún de llenarnos de ingenuidad y ponernos de nuevo al alcance de quien nos ha hecho el mal. Entonces, ¿en qué consiste el perdón cristiano?

Los seres humanos, cuando somos víctimas, tenemos dos rutas frente a nosotros: la del rencor y la del perdón.

Imaginemos que nos han roto nuestra figura de cristal favorita, ya no se puede reparar y ni siquiera nos han pedido perdón. Quien elige transitar por el rencor mantiene en sus manos los fragmentos rotos: no los suelta y las astillas siguen cortando sus manos y su corazón. Así no se sana; las heridas continúan abiertas y a todos mostramos el desastre que la violencia nos dejó.

Quien elige el perdón deposita los pedazos en las manos de Dios, el Experto en reconciliación. Las heridas necesitan tiempo, pero, ya sin la carga de lo roto, es posible comenzar el proceso de sanación. Poco a poco somos ungidos y, un día, podemos volver a estrechar otras manos y retomar la ruta que el malvado interrumpió. El perdón es renuncia y disposición: renuncia a la venganza y disposición a recibir la gracia del perdón.

Nos ayuda elegir perdonar cuando recordamos que nosotros también hemos sido perdonados, cuando reconocemos que hemos sido beneficiarios de la misericordia de Dios.

Pensemos hoy en el perdón: el que se nos ha otorgado y el que estamos llamados a ofrecer.

#FelizDomingo

“(...) hasta setenta veces siete””

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Cuando las 220 familias de las comunidades de Bojayá, Vigía del Fuerte y otros pueblos del Chocó y Antioquia, a orillas del río Atrato regresaron a sus viviendas, después de la masacre que perpetró la guerrilla de las FARC en medio de ellos, todo el pueblo colombiano quedó admirado de la dignidad de este pueblo. El 2 de mayo, hace ya 24 años, un enfrentamiento entre la guerrilla y los paramilitares ocasionó una de las más graves tragedias ocurridas en la historia de nuestro país: 119 personas murieron, víctimas de un ataque de la guerrilla, mientras estaban refugiadas bajo el amparo del Templo parroquial de Bojayá. Las familias regresaron a su terruño en varias embarcaciones, una de las cuales llevaba el significativo nombre de El Arca de Noé. Como en el relato bíblico, el arco iris de la paz se convirtió en señal de la alianza de Dios con su pueblo. Pero no todo estaba solucionado. Al regresar, seguía habiendo presencia de la guerrilla y de los paramilitares en la región. Sin embargo, la gente no quería seguir desplazada y regresaron con las pobres garantías que les ofreció el gobierno de la época.

Serafina, una de las señoras que regresó a Bojayá junto con su familia, comentaba: “Me gustó lo de las coplas y las pancartas. Pero la música no. Yo siento que todavía estamos de luto. (...) La familia no la hace la sangre sino la gente que vive con uno. A mí se me murió un primo, pero también casi 70 amigos y vecinos”. No estaban para fiestas ni celebraciones. La memoria de los muertos sigue viva en medio de este pueblo.

Junto a esta realidad, a nivel mundial recordamos en estos días la tragedia que vivió el pueblo norteamericano, y el mundo entero, en el año 2001, lo mismo que las represalias que esta acción terrorista produjo hacia el pueblo afgano y el mundo árabe. Recordamos el golpe militar en Chile, y la muerte de su presidente, Salvador Allende hace ya 50 años. El dolor sufrido por los pueblos del mundo es tanto, que no podemos sino preguntarnos: ¿Cómo decirle a estas gentes de Bojayá, de Chile, de Afganistán, de la Torres de Nueva York, de Irak, de Palestina… y de tantas otras partes, que no deben perdonar siete veces, sino setenta veces siete? ¿Cómo explicar a una persona que ha sido maltratada o que ha perdido a sus seres queridos, que Jesús nos invita a perdonar como él nos perdona? ¿Perdonar es olvidar?

Aprender a perdonarse a sí mismo y dejarse perdonar es un artículo escrito por el P. Juan Masiá Clavel, S.J. y publicado en un libro que lleva por título “14 aprendizajes vitales”, de la colección Serendipity Maior. En este artículo el P. Masiá afirma que en toda experiencia humana en la que ha habido una herida de alguien hacia su prójimo, existen dos víctimas: la persona agredida y la persona agresora: “La víctima no es solamente la otra persona a la que yo he herido, sino yo mismo. Al hacer mal a otra persona, me he perjudicado a mí mismo”.

Desde esta perspectiva, la parábola que Jesús nos cuenta este domingo nos invita a colocarnos de ambos lados de la experiencia: a veces somos personas perdonadas, pero no sanadas... el perdón de Dios y de los demás no nos garantiza que después nos hagamos capaces de misericordia y compasión. Otras veces herimos y somos heridos cuando herimos. La víctima no es sólo el que es lastimado; también el agresor es víctima que hay que salvar. Esto es, precisamente, lo que Jesús quiere que sus discípulos entiendan y vivan con el milagro del perdón.

APOLOGÍA DEL PERDÓN

José Antonio Pagola

Casi siempre que he escrito sobre el perdón he recibido cartas, por lo general anónimas, en que se me acusaba de olvidar el sufrimiento de las víctimas del terrorismo, de no entender la humillación de quien ha sido traicionado por su cónyuge, de no «tener los pies sobre el suelo» y cosas semejantes.

No me resulta difícil comprender esta resistencia al perdón. ¿Cómo no voy a intuir la rabia, impotencia y dolor de quien ha sido víctima de la violencia, el desprecio o la traición? Pero, precisamente, el resentimiento y la agresividad que se advierten tras esas líneas me hacen ver con mayor claridad qué sería de un mundo en que se suprimiera el perdón.

Hay un mecanismo de defensa bien conocido por los psicólogos. En virtud de un «mimetismo misterioso», quien ha sido víctima de una agresión tiende a su vez a imitar de alguna manera a su agresor. Se trata de una reacción casi instintiva que se desata en el inconsciente individual o colectivo y puede incluso transmitirse de generación en generación.

Si, en algún momento, no se produce una reacción de signo contrario, el mal tiende a perpetuarse. Cuando la víctima no quiere o no puede perdonar, queda en ella una «herida mal curada» que le hace daño, pues la encadena negativamente al pasado. De la misma manera, el resentimiento instalado en una sociedad hace más difícil la lucidez para buscar caminos de convivencia, y puede bloquear todo esfuerzo por encontrar solución a los conflictos.

El deseo de revancha es, sin duda, la respuesta más instintiva ante la ofensa. La persona necesita defenderse de la herida recibida, pero, como advierte el conocido experto Jacques Pohier, quien pretenda curar su herida infligiendo sufrimiento al agresor, se equivoca. El sufrimiento no posee un poder mágico para curar de la humillación o la agresión recibidas. Puede producir una breve satisfacción, pero la persona necesita algo más para volver a vivir de forma sana. Lo decía hace mucho tiempo Henri Lacordaire: «¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona».

A veces se olvida que el proceso del perdón a quien más bien hace es al ofendido, pues lo libera del mal, hace crecer su dignidad y nobleza, le da fuerzas para recrear su vida, le permite iniciar nuevos proyectos. Cuando Jesús invita a perdonar «hasta setenta veces siete», está invitando a seguir el camino más sano y eficaz para erradicar de nuestra vida el mal. Sus palabras adquieren una hondura todavía mayor para quien cree en Dios como fuente última de perdón: «Perdonad y seréis perdonados».

 

Perdonar es el mayor signo de amor

Fray Marcos

Mateo sigue con la instrucción sobre cómo comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón sería imposible la convivencia. El perdón es la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón.

La frase setenta veces siete no significa perdonar 490 veces. Quiere decir siempre. El perdón no es un acto, sino una actitud sostenida. Los rabinos hablan de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro añade otras tres. Siete era un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente. Si Pedro todavía lleva cuenta de los perdones, quiere decir que en realidad no perdona.

La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda. El señor perdona una inmensa deuda (60.000.000 denarios) y el empleado es incapaz de perdonar 100. “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo” nunca lo pudo decir Jesús. Dios es otra cosa.

El perdón del que hablamos solo puede nacer del amor. Los dos van en contra del instinto. Desde nuestro ego es imposible entender el perdón del evangelio. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono al otro para dejar clara mi superioridad. De ahí la famosa frase “perdono, pero no olvido”.

Debo descubrir que no hay nada que perdonar. Hacer daño es siempre ignorancia. Desde nuestro concepto de pecado es imposible perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien.

Pero la voluntad no tiene posibilidad de discernir entre el bien y el mal, depende del conocimiento que es siempre limitado. De ese modo con frecuencia creemos que es bueno para mí lo que es malo. Digo para mí, porque el pecado me daña a mí. Si tengo la sensación de que el perjudicado es el otro, nunca corregiré mis fallos.

El perdón de Dios es siempre lo primero. Si lo aceptamos nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida en que nosotros perdonamos.

Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el juridicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús.

Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. La primera lectura decía: "Del vengativo se vengará el Señor". "Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados". Mejor sería pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe perdonar.

Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo.

El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en la que es objeto del amor. El amor a los que son amables no es garantía ninguna de amor cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

XXVI Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

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