miércoles, 3 de diciembre de 2025

II DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo A (Profundizar)

 II DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo A – Diciembre 7, 2025 
Isaías 11, 1-10 / Salmo 71 / Romanos 15, 4-9

Evangelio según san Mateo 3, 1-12

En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea, diciendo: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. Juan es aquel de quien el profeta Isaías hablaba, cuando dijo: Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos.

Juan usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Acudían a oírlo los habitantes de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región cercana al Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río.

Al ver que muchos fariseos y saduceos iban a que los bautizara, les dijo: “Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les aguarda? Hagan ver con obras su arrepentimiento y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham, porque yo les aseguro que hasta de estas piedras puede Dios sacar hijos de Abraham. Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego.

Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han arrepentido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego. Él tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Las Escrituras nos dan consuelo, alimentan nuestra paciencia, de modo que mantengamos nuestra esperanza. Estamos en Adviento, este tiempo de nuestra comunidad en el que nuestra esperanza recibe buena nutrición o cuidados intensivos en algunos casos, pero nunca cuidados paliativos; pues, para nosotros, los amigos de Jesús, la esperanza no muere.

Este tiempo de Adviento es un buen momento para mirar cómo andamos de esperanza; es decir, ese seguir creyendo en medio de dificultades, problemas y tristezas, que el mal, la muerte y la injusticia no tienen la última palabra. Ha de retumbar en nuestro corazón, sacudiendo las puertas y ventanas cerradas, el anuncio del Bautista: "Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos".

¿Convertirnos de qué? De toda actitud que destruye la esperanza, es decir, de la impaciencia y del desconsuelo; de las prácticas injustas que provocan violencia y obstaculizan la paz.

¡Ya viene nuestro Señor! Ya viene a darnos la justicia, a liberarnos, a protegernos, a salvarnos; viene a iluminar nuestras oscuridades, viene a traernos la paz. ¿Cuándo llegará? No sabemos, pero la certeza de que viene nos levanta, nos fortalece para mantener la alegría profunda y participar con Él en la construcción de la paz.

Respira profundo y llena tu corazón de la esperanza que nos regala este tiempo de Adviento.

#FelizDomingo 

“Pórtense de tal modo que se vea claramente que se han vuelto al Señor”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Cuentan que un sacerdote y un taxista que tenían idéntico nombre, murieron el mismo día. El taxista tenía fama de ser muy mal conductor, mientras que el sacerdote era reconocido entre sus vecinos como santo. Al llegar al cielo, al taxista lo atendieron muy bien; lo hicieron seguir a la mejor sala y le dieron un puesto importante, mientras que al sacerdote lo dejaron a un lado. Cuando el sacerdote se dio cuenta de la discriminación con que lo habían tratado, le dijo a San Pedro: “Oiga, debe haber una equivocación. Ese señor taxista se llama igual que yo, pero tenía pésima fama entre los vecinos de nuestro pueblo. ¿Cómo es posible que lo hayan recibido como a un santo, mientras que a mí, que fui sacerdote toda la vida, me han dejado en un puesto sin el menor brillo?” San Pedro, entonces, le explicó al sacerdote: “Mire, aquí trabajamos por resultados”. El sacerdote puso cara de no haber entendido nada, de modo que San Pedro continuó: “Verá usted, los informes que hemos recibido dicen que cuando ese taxista manejaba, todo el mundo rezaba, incluidos los que iban en el taxi. Pero nos han informado que cuando usted predicaba los domingos en la parroquia, todo el mundo dormía...”.

El tiempo de Adviento tiene un carácter penitencial... Es un tiempo de preparación para la venida del Señor. Los cristianos y cristianas estamos invitados a renovar nuestra propia vida para acoger a Dios que quiere volver a poner su tienda entre nosotros. La misión de Juan el Bautista fue precisamente llamar a sus contemporáneos a preparar los caminos del Señor: “En su predicación decía: ‘¡Vuélvanse a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!”. Eso mismo nos dice hoy a cada uno de nosotros. Este tiempo, entonces, es una oportunidad para revisar nuestra vida y reconocer aquellas actitudes que tenemos que cambiar. Es un tiempo de reforma, de conversión, de cambio.

Es posible que haya dimensiones de nuestra vida que tengamos que revisar y corregir para que Dios pueda encarnarse de nuevo en nuestra historia. Dios no nace en el pesebre bien adornado y bonito que organizamos en nuestras casas. No nace en los pesebres con muchas luces y figuritas que se elaboran en las parroquias. Mucho menos va a nacer debajo de los arbolitos de navidad que nada tienen que ver con nuestra tradición cristiana. Dios sólo puede nacer en un corazón que se prepara para acoger su propuesta y se dispone a dejarse transformar por el amor. Nuestro corazón es el único pesebre en el que Dios puede volver nacer de nuevo entre nosotros. Los otros pesebres son apenas el símbolo de lo que queremos vivir nosotros mismos.

Es posible que nuestro corazón, como el pesebre de Belén, no sea el lugar más elegante, ni tenga todas las comodidades de un gran palacio. Es posible que nuestro corazón necesite una limpieza y algunos ajustes para acoger al Hijo de Dios. Lo importante es que esté dispuesto a recibir la pequeñez de un Dios que se abaja para rescatarnos. Muy seguramente esto significará un cambio de rumbo en nuestro camino, una reforma de vida, una transformación interior. Y, por otra parte, esto tendrá que hacerse visible y expresarse en comportamientos nuevos de cercanía a los más frágiles, de acogida a los más débiles, de amor a los más pequeños. No olvidemos tampoco que lo más importante no son los títulos o las certificaciones. En el cielo nos evaluarán por los resultados.

 

RECUPERAR CAMINOS

José Antonio Pagola

Es muy fácil quedarse en la vida «sin caminos» hacia Dios. No hace falta ser ateo. No es necesario rechazar a Dios de manera consciente. Basta seguir la tendencia general de nuestros días e instalarnos en la indiferencia religiosa. Poco a poco, Dios desaparece del horizonte. Cada vez interesa menos. ¿Es posible recuperar hoy caminos hacia Dios?

Tal vez, lo primero sea recuperar «la humanidad de la religión». Abandonar caminos ambiguos que conducen hacia un Dios interesado y dominador, celoso solo de su gloria y su poder, para abrirnos a un Dios que busca y desea, desde ahora y para siempre, lo mejor para nosotros. Dios no es el Ser Supremo que aplasta y humilla, sino el Amor Santo que atrae y da vida. Las personas de hoy volverán a Dios no empujadas por el miedo, sino atraídas por su amor.

Es necesario, al mismo tiempo, ensanchar el horizonte de nuestra vida. Estamos llenando nuestra existencia de cosas, y nos estamos quedando vacíos por dentro. Vivimos informados de todo, pero ya no sabemos hacia dónde orientar nuestra vida. Nos creemos las generaciones más inteligentes y progresistas de la historia, pero no sabemos entrar en nuestro corazón para adorar o dar gracias. A Dios nos acercamos cuando nos ponemos a buscar un espacio nuevo para existir.

Es importante, además, buscar un «fundamento sólido» a la vida. ¿En qué nos podemos apoyar en medio de tanta incertidumbre y desconcierto? La vida es como una casa: hay que cuidar la fachada y el tejado, pero lo importante es construir sobre cimiento seguro. Al final, siempre necesitamos poner nuestra confianza última en algo o en alguien. ¿No será que necesitamos a Dios?

Para recuperar caminos hacia él necesitamos aprender a callar. A lo más íntimo de la existencia se llega no cuando vivimos agitados y llenos de miedo, sino cuando hacemos silencio. Si la persona se recoge y queda callada ante Dios, tarde o temprano su corazón comienza a abrirse.

Se puede vivir encerrado en uno mismo, sin caminos hacia nada nuevo y creador. Pero también se puede buscar nuevos caminos hacia Dios. A ello nos invita el Bautista.

NUNCA HEMOS INTEGRADO LA FIGURA DE JUAN

Fray Marcos

Hoy Isaías y Juan tienen la palabra. El profeta es el hombre que ve un poco más allá que el resto de los mortales. No le gusta lo que ve y busca algo nuevo. Esa novedad la encuentra dentro de sí, viendo las exigencias de su ser. El profeta es siempre un explorador del espíritu que tiene la valentía de comunicar a los demás lo que ha visto.

Los tiempos mesiánicos llegarán cuando ni las religiones ni los conocimientos racionales tengan la última palabra, sino que la norma última sea “la ciencia del Señor”. ¡Genial! Esa sabiduría está en lo hondo de nuestro ser y solo allí debemos descubrirla.

El evangelio de hoy es un alimento tan condensado, que necesitaría muchas horas de explicación (diluirlo para que no resulte indigerible). El problema que tenemos es que lo hemos escuchado tantas veces, que es casi imposible que nos mueva a ningún examen serio sobre el rumbo de nuestra vida. Y, sin embargo, ahí está el revulsivo.

En aquellos días... Este comienzo es un intento de situar los acontecimientos y dejarlos insertados en un tiempo y en un lugar. Jesús tenía veintiocho o treinta años y estaba preparado para empezar su andadura. Los primeros pasos los quiere dar de la mano del primer profeta que aparecía en Israel después de trescientos años de sequía.

En el desierto. Aparece fuera de las instituciones y del templo, que sería el lugar más lógico, sobre todo si damos por supuesto que Juan era hijo de un sacerdote. Esto se dice con toda intención. Nos está advirtiendo que su predicación tiene muy poco que ver con la religiosidad oficial, que había desfigurado la imagen del verdadero Dios.

Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios. Convertirse no es renunciar a nada ni hacer penitencia por nuestros pecados. Conversión (metanoia) es cambio de mentalidad. Es exactamente la frase con que, en el capítulo siguiente, comienza su predicación el mismo Jesús. Quiere resaltar la coincidencia de la predicación de ambos.

Éste es el que anunció el profeta Isaías. Esta manera de referirse al Bautista es muy interesante, porque resume muy bien lo que pensaban los primeros cristianos de Juan. Para ellos, la figura de Juan responde a las expectativas de Isaías y del pueblo. Juan es Elías (correa de cuero) que vuelve para preparar los tiempos mesiánicos.

Llevaba un vestido de piel de camello. Su figura es ya un reflejo de lo que será su mensaje, desnudo y sin adornos, puro espíritu, pura esencia. Juan es un inconformista que no se amolda a la manera religiosa de vivir que tenían los judíos de su tiempo.

Acudía a él toda la gente. La gente se aparta del templo y busca la salvación en el desierto junto a un profeta. La religión oficial se había vuelto inútil, en vez de salvar esclavizaba. Mateo llevará la gente a Jesús, en quien encontrará la salvación definitiva.

Dad el fruto que pide la conversión. Los fariseos y los saduceos eran los dos grupos más influyentes. Van a bautizarse, pero sin cambiar. Las instituciones opresoras tratan de domesticar ese movimiento inesperado, pero son desenmascarados por Juan. 

Él os bautizará con Espíritu Santo. Está hablando de un bautismo superior al suyo. Toda plenitud es siempre realizada por el Espíritu. No se trata del Espíritu Santo, sino de la fuerza de Dios que actúa en Jesús y en todo el que “se bautice en él”.

La conclusión es demoledora. Ninguna religiosidad que no valore al hombre tendrá sentido. Somos propensos a dilucidar nuestra existencia relacionándonos directamente con Dios, pero se nos hace muy cuesta arriba el tener que salir del egoísmo y abrirnos a los demás. Nos cuesta aceptar que lo que me exige Dios (mi verdadero ser) es que cuide del otro. Si nos pudiéramos escamotear de esta exigencia, todos seríamos buenísimos.

 

 

jueves, 27 de noviembre de 2025

I DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo A (Reflexión)

 I DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo A – Noviembre 30, 2025 
Isaías 2, 1-5 / Salmo 121 / Romanos 13, 11-14



Iniciamos con este primer Domingo de Adviento, un nuevo ciclo litúrgico - Ciclo A – y con el, una nueva una oportunidad para discernir cómo y dónde Dios se hace presente en nuestra historia.

Evangelio según san Mateo 24, 37-44

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo’ del hombre. Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada.

Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor. Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”.

Reflexión:

¿Jesús viene o ya está?

Un año litúrgico es un recorrido para recordar, celebrar y actualizar los momentos más importantes de la historia de Jesús: su nacimiento, su vida pública, su pasión, su muerte, su resurrección y el envío del Espíritu Santo. La Iglesia nos guía por este camino para que nuestra fe crezca, se renueve y se haga más concreta en la vida diaria.

Cada año litúrgico inicia con el tiempo de Adviento, palabra que proviene del viene del latín adventus, que significa “venida” o “llegada”; nos prepara para recordar y festejar el nacimiento de Jesús y la cercanía de Dios con nosotros.

Comencemos entonces nuestra preparación para la venida de Jesús a nuestro corazón, dejando que sea el mismo “Dios de Jacob” quien nos “instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas”, para que con su luz y esperanza, podamos reconocer su presencia y así podamos ordenarnos y construir la paz, en este tiempo, donde sufrimos división y violencia… (cfr. Is 2, 1-5).

Prepararnos es “despertar”, es “estar atentos”, y que poco a poco, en silencio, con esperanza y vigilancia, nuestro corazón acoja el mensaje y reconozca la presencia de Dios en nuestra vida ordinaria. Prepararnos es abrir ojos y oídos, para darnos cuenta cómo es que Dios que siempre está con nosotros (Emmanuel).

Prepararnos es sensibilizarnos a  su presencia, aún en medio nuestras fatigas, conflictos, ruidos, trabajo, preocupaciones … es estar atentos, en “vela” , para que los males no nos roben la paz interior y comunitaria y que la semilla de su Palabra, germine en nuestro corazón, que crezca la confianza y esperanza de que Jesús ha venido y está para salvarnos, de aquello que no me deja tener “una vida que valga la pena vivir”.

Prepararme es para darme cuenta de que del Señor, ya está en mí en cuanto lo dejo habitar mi corazón, cuando lo dejo que me guíe “por sus caminos”, y colaborando para que su amor se haga presente en todos los ámbitos de nuestra vida.

Prepararme, es que, para que cuando venga “de manera definitiva” (nuestra muerte) nos encuentre listos, para disfrutar la vida eterna con Él, ya que de él venimos (nos creó) y a él vamos (nuestro destino) …

El tiempo de Adviento, por tanto, es una nueva oportunidad para dejarme abrazar por su amor, para reaprender a vivir y poder encontrar a Dios, que es amor, “en todo y en todos”.

¿Cómo preparar mi corazón en este tiempo de Adviento?... ¿Qué actitudes y acciones me impiden reciba a Dios, en mi corazón?... ¿Cómo vigilar, estar atento, a que el mal no robe mi paz y esperanza?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

I DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo A (Profundizar)

 I DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo A – Noviembre 30, 2025 
Isaías 2, 1-5 / Salmo 121 / Romanos 13, 11-14



Evangelio según san Mateo 24, 37-44

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo’ del hombre. Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada.

Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor. Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

La Palabra este domingo llena nuestro entorno de Adviento, el color litúrgico cambia y se nos propone "despertar".

A lo largo del año nos vamos distrayendo, desilusionando o ilusionando con fantasías; cerramos los ojos y dejamos de ver, porque cuando abrimos los ojos nos sentimos envueltos en tinieblas, sentimos que estamos en una noche profunda y tenemos miedo a esa oscuridad. "La noche está avanzada y se acerca el día", es un recordatorio que nos regala San Pablo hoy.

Quien cree, sabe que va a amanecer; entonces no cierra los ojos para no darse cuenta de la oscuridad que lo rodea, sino que los abre, porque busca la luz que aquí o allá aparecerá. "No saben qué día va a venir su Señor", pero saben que viene y entonces con esperanza vigilan, permanecen despiertos con el corazón dispuesto a la sorpresa de La Llegada. Una llegada que nunca es amenaza para quienes lo siguen y lo esperan, sino siempre es promesa, esperanza.

Descubre si has cerrado los ojos, siente la llamada a despertar y esperar, a reforzar tu esperanza en este Adviento.

#FelizDomingo

“El Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Cuentan que John F. Kennedy, solía terminar los discursos de su campaña en 1960 contando la historia de un famoso coronel Davenport. Este personaje, en 1789, durante una jornada de trabajo de la Asociación de Representantes de Connecticut, fue interrumpido por una terrible tempestad que causó gran revuelo entre los asistentes. Los relámpagos, los truenos y la fuerza de los vientos que golpeaban la casa, hicieron pensar a todos que había llegado el juicio final. Los presentes pidieron a Davenport que se suspendiera la sesión porque el recinto había quedado en una completa penumbra, imposibilitando el trabajo. El coronel Davenport se puso en pie y dijo: “Señores, el día del juicio final puede estar cerca o puede tardar todavía muchos años, nadie lo sabe... Si no está cerca, no tenemos por qué preocuparnos; el chaparrón pasará y seguiremos tranquilos. Pero si el juicio final está muy cerca, yo prefiero que me encuentre cumpliendo mi deber. Por tanto, pido el favor que traigan las velas que sean necesarias para alumbrar el salón”. Inmediatamente, trajeron suficientes velas y la sesión continuó sin problemas.

No sabemos cuándo vendrá el Señor. Para hablar de la venida del Hijo del hombre, el Evangelio de hoy nos recuerda la historia de Noé: “En aquellos tiempos, antes del diluvio, y hasta el día en que Noé entró en el arca, la gente comía y bebía y se casaba. Pero cuando menos lo esperaban, vino el diluvio y se los llevó a todos. Así sucederá también cuando regrese el Hijo del hombre. En aquel momento, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada”. Lo típico de esta comparación es el hecho de que la venida del Señor se dará cuando menos lo esperamos. Por eso, la recomendación característica de este tiempo de Adviento, con el cual comenzamos el ciclo litúrgico de Mateo (A), es mantenerse despiertos y atentos, “porque no saben qué día va a venir su Señor”. La segunda comparación que se utiliza aquí, es muy particular. Se recurre a la sagacidad de los ladrones, que aprovechan los descuidos de los dueños de casa, para hacer sus fechorías. “(...) si el dueño de una casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, se mantendría despierto y no dejaría que nadie se metiera en su casa a robar. Por eso, ustedes también estén preparados; porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen”. De nuevo, la sorpresa de lo inesperado.

Tanto la comparación de Noé, como la de los ladrones, suponen situaciones negativas. El diluvio fue una tragedia para la humanidad y para la creación entera. Los ladrones nunca han sido una bendición para nadie; ni ayer ni hoy. Sin embargo, estas dos comparaciones no anuncian un cataclismo universal o un castigo para que paguemos todas nuestras deudas y pecados. Esta solía ser una estrategia utilizada por algunos evangelizadores que pensaban que, para lograr los cambios necesarios en las personas creyentes, eran más eficaces las amenazas y los castigos, que el anuncio de la salvación gratuita que Dios nos ofrece. Por esto, es importante recordar hoy que lo que nos va a sorprender por lo inesperado de su llegada, es la salvación. Lo que pretende la Iglesia con este tiempo de Adviento es que nos preparemos para recibir en nuestros corazones la plenitud de la presencia del Dios-con-nosotros, que se encarna de nuevo para nuestra salvación. Y ojalá nos encuentre cumpliendo nuestro deber, no por temor, sino por amor...

 

¿SEGUIMOS DESPIERTOS?

José Antonio Pagola

Un día la historia apasionante de los hombres terminará, como termina inevitablemente la vida de cada uno de nosotros. Los evangelios ponen en boca de Jesús un discurso sobre este final, y siempre destacan una exhortación: «vigilad», «estad alerta», «vivid despiertos». Las primeras generaciones cristianas dieron mucha importancia a esta vigilancia. El fin del mundo no llegaba tan pronto como algunos pensaban. Sentían el riesgo de irse olvidando poco a poco de Jesús y no querían que los encontrara un día «dormidos».

Han pasado muchos siglos desde entonces. ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy?, ¿seguimos despiertos o nos hemos ido durmiendo poco a poco? ¿Vivimos atraídos por Jesús o distraídos por toda clase de cuestiones secundarias? ¿Le seguimos a él o hemos aprendido a vivir al estilo de todos?

Vigilar es antes que nada despertar de la inconsciencia. Vivimos el «sueño» de ser cristianos cuando, en realidad, no pocas veces nuestros intereses, actitudes y estilo de vivir no son los de Jesús. Este «sueño» nos protege de buscar nuestra conversión personal y la de la Iglesia. Si no «despertamos», seguiremos engañándonos a nosotros mismos.

Vigilar es vivir atentos a la realidad. Escuchar los gemidos de los que sufren. Sentir el amor de Dios a la vida. Vivir más atentos a su presencia misteriosa entre nosotros. Sin esta sensibilidad no es posible caminar tras los pasos de Jesús.

Vivimos a veces inmunizados a las llamadas del evangelio. Tenemos corazón, pero se nos ha endurecido; tenemos oídos, pero no escuchamos lo que Jesús escuchaba; tenemos ojos, pero no vemos la vida como la veía él, ni miramos a las personas como él las miraba. Puede ocurrir entonces lo que Jesús quería evitar entre sus seguidores: verlos como «ciegos conduciendo a otros ciegos».

Si no despertamos, a todos nos puede ocurrir lo de aquellos de la parábola que todavía, al final de los tiempos, preguntaban: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o extranjero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te asistimos?»

 

DIOS NO TIENE QUE VENIR DE NINGUNA PARTE

Fray Marcos

El tiempo de adviento se caracteriza por su complicada estructura. Por una parte, recordamos el larguísimo tiempo de adviento que precedió a la venida del Mesías. Esta es la causa de que encontremos en el AT tantos textos bellísimos sobre el tema. Esas expectativas suponían una intervención directa y puntual de Dios a favor de su pueblo.

Ahora celebramos la presencia histórica de Jesús. Se trata del punto de partida para desplegar nuestras expectativas como cristianos. Jesús hizo presente el Reino que es Dios en su historia humana. La primera e imprescindible referencia para nosotros es su vida terrena, porque es en su vida donde desterró el odio e hizo presente el amor.

Adviento no es solo la preparación para celebrar dignamente un acontecimiento que se produjo hace más de veinte siglos. El adviento debe ser un tiempo de reflexión profunda, que me lleve a ver más claro el sentido que debo dar a toda mi existencia. No se trata de una conmemoración, sino de una vivencia personal pero decisiva.

Celebrar el adviento hoy sería tomar conciencia de esta propuesta de salvación y prepararnos para hacerla realidad. Esa posibilidad de plenitud humana debe ser nuestra verdadera preocupación. Lo más real no es la realidad, sino sus posibilidades. Jesús, viviendo a tope una vida humana, desplegó todas sus posibilidades de ser.

Hay otro aspecto del adviento que es necesario tener muy claro. Al constatar, siglo tras siglo en la historia de Israel, que las expectativas no se cumplían, se fue retrasando el momento de su ejecución, hasta que se llegó a colocarlo en el final de los tiempos. Surgió así la escatología, género literario que nos dice poco hoy día pero que fue clave.

Sorprende que ni siquiera la venida de Jesús se consideró definitiva. Es la mejor prueba de que la salvación que él propuso no nos convence. Por eso los cristianos sintieron la necesidad de una segunda venida, que sí traería la salvación esperada.

Es muy complicado para nosotros armonizar el tiempo anterior a Jesús, la vida terrena de Jesús, nuestra propia realidad histórica y el hipotético futuro escatológico. Lo más urgente para nosotros hoy es centrarnos en hacer nuestro el mensaje de Jesús y vivir esa plenitud que él vivió. Partiendo de su vida, tratemos de dar sentido a la nuestra.

Estar despiertos es la condición mínima indispensable para desarrollar nuestra verdadera humanidad. Estamos bien despiertos para todo lo terreno y material. Esa excesiva preocupación por lo material, es lo que la Escrita llama “estar dormido”.

No tengo que esperar tiempos mejores para poder realizar mi proyecto de plenitud humana. Si espero que Dios cambie la realidad o cambie a los demás para encontrar mi salvación, será la prueba de que no he descubierto lo que soy ni lo que es Dios. La salvación que Jesús propuso no está condicionada por circunstancias externas.

Hoy comienza el Adviento, pero los grandes almacenes y los medios de comunicación ya hace casi un mes que han empezado su preparación. Casi nadie escuchará el anuncio de que Jesús nace, pero la mayoría va a aceptar la propaganda consumista.

No hay tiempos más propicios que otros para afrontar mi verdadera salvación. Soy yo el que tengo que acotar el tiempo (kairos) que debo dedicar a los asuntos que más me debían interesar. Y lo que más me debía interesar es mi verdadero ser, no mi falso yo.

Dios está viniendo en todo instante, pero solo el que está despierto descubrirá esa presencia. Si no la descubro, mi vida transcurrirá sin enterarme de la mayor riqueza que poseo como ser humano y está a mi alcance. Dios no tiene que venir en ningún momento ni de ninguna parte, porque está en mí y es la base y fundamento de mi ser.

 

jueves, 20 de noviembre de 2025

XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – (Reflexión)

 XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C noviembre 23, 2025

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO 

Samuel 5, 1-3 / Salmo 121 / Colosenses 1, 12-20



Cerramos el año litúrgico – Ciclo C – después de haber hecho un recorrido por nuestra historia de salvación, a través de la Palabra, con la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.

Evangelio según san Lucas 23, 35-43

Cuando Jesús estaba ya crucificado, las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”.

También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: “Este es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le reclamaba, indignado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. Y le decía a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Reflexión:

¿Un Rey crucificado?

Comienzo esta reflexión, con la siguiente afirmación: Jesús, se hizo hombre, para salvarnos.

Durante las pasadas cincuenta y una semanas, hemos recordado y recorrido el camino que Jesús siguió para llevar al cabo su misión salvadora, enseñándonos y mostrándonos cómo es el Reino de su Padre y cuáles son sus deseos, para nosotros, sus hijos.

Podríamos decir que toda la Escritura es una narración de la historia de salvación de la humanidad, que va descubriendo la presencia de Dios, y reconociéndolo como creador de todos y de todo lo que existe: “Ha sido Dios, creador del mundo, el mismo que formó el género humano y creó cuanto existe … Te ruego, hijo mío, que mires el cielo y la tierra, y te fijes en todo lo que hay en ellos; así sabrás que Dios lo ha hecho todo de la nada y que en la misma forma ha hecho a los hombres” (2 Mac 7, 1.20-31)

Para terminar el ciclo litúrgico, celebramos la soberanía del amor de Cristo, que reina sirviendo, reconciliando y dando la vida… salvándonos. Las lecturas de ese día trazan un camino que muestra cómo Dios hace reinar su amor en medio de la debilidad humana.

Jesús, enviado por el Padre, se ha hecho cercano a nosotros, para ser nuestro guía (pastor) hacia el Padre, a llevarnos hacia su casa, “qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor” ... para mostrarnos y que podamos reconocerlo en la vida ordinaria: en la justicia, en la paz, en la unidad (cfr. Sal 121).

Jesús, en palabras de Pablo, es centro y plenitud de toda la creación: “Todo fue creado por él y para él… en él todo subsiste” (Col 1, 12-20), y así Cristo reina porque reúne lo disperso, reconcilia lo roto, ilumina lo oscuro … así, restaura la paz entre Dios y la humanidad.

El evangelio nos coloca ante la paradoja del Reino: el Rey crucificado. Mientras unos se burlan, un ladrón lo reconoce: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Y Jesús responde con ternura: “Hoy estarás conmigo en el paraíso“… En la cruz se revela la verdadera majestad: un amor que perdona, que salva, que no abandona ni a los últimos.

San Ignacio nos invita a contemplar a Cristo Rey como el Señor que llama (Ejercicios Espirituales, n. 91-98): un Rey eterno que convoca a todos a trabajar con Él en la construcción del Reino del Padre. Seguirlo implica asumir su modo de reinar: desde la pobreza, el servicio, el perdón y la entrega total de sí.

Reinar con Cristo es servir con amor, dejar que Él sea el centro de la vida, y trabajar para que su paz y su justicia crezcan en el mundo.

A este Rey del Amor, es a quien hoy glorificarnos.

¿Qué significa para mí que Cristo “reine” en mi vida?... ¿Dónde descubro hoy a Cristo reinando en medio de lo frágil y lo herido del mundo?... ¿Cómo puedo colaborar en la construcción de su Reino de reconciliación y paz, desde mi realidad cotidiana?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP 

XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – (Profundizar)

 XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C noviembre 23, 2025

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO 

Samuel 5, 1-3 / Salmo 121 / Colosenses 1, 12-20




Evangelio según san Lucas 23, 35-43

Cuando Jesús estaba ya crucificado, las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”.

También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: “Este es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le reclamaba, indignado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. Y le decía a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Para decir que Cristo es nuestro rey, hemos recurrido a coronas suntuosas y estampas que lo disfrazan de rey al estilo de este mundo. Si desde esta distorsionada idea clamamos "Viva Cristo Rey", me parece que este clamor es distorsionado. Porque el poder de nuestro rey no tiene que ver con el poder al estilo de este mundo, con coronas y cetros, con sequitos y pajes; el poder de nuestro rey tiene que ver con la mayor expresión que este poder tuvo: volverse vulnerable; al grado de ser víctima y morir en cruz. 

Quienes militan bajo la bandera de este Rey no viven bajo el dominio de las tinieblas, sus vidas son en la luz; viven el reinado de su amor, por ello aman a todo y a todos; reconcilian y cuidan de toda la creación, viven en comunidad, en Iglesia. Los súbditos de este rey, como Él, salvan antes que salvarse a sí mismos.

Así, mirando a Cristo Clavado en la cruz, sin oro ni cetros, sino herido en el corazón, con heridas, como nosotros, exclamemos confiados de que es con nosotros y nos salva siempre: ¡Viva Cristo Rey!

#FelizDomingo

“Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

El ciclo litúrgico que termina hoy con la celebración de la fiesta de Jesucristo Rey del universo, nos presenta a un rey crucificado, del que se burlaban las autoridades: “– Salvó a otros, que se salve a sí mismo ahora, si de veras es el Mesías de Dios y su escogido. Los soldados también se burlaban de Jesús. Se acercaban y le daban de beber vino agrio diciéndole: – ¡Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo! Y había un letrero sobre su cabeza, que decía: ‘Este es el Rey de los judíos”. Incluso, cuenta el evangelio de san Lucas, uno de los criminales que estaban colgados junto a él, lo insultaba diciéndole: “– ¡Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y sálvanos también a nosotros! Pero el otro reprendió a su compañero diciéndole: – ¿No tienes temor de Dios, tú que estás bajo el mismo castigo? Nosotros estamos sufriendo con toda razón, porque estamos pagando el justo castigo de lo que hemos hecho; pero este hombre no hizo nada malo. Luego añadió: – Jesús, acuérdate de mí cuando comiences a reinar. Jesús le contestó: – Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Se trata de un Rey que contrasta con la imagen que tenemos de una persona que ostenta ese título. Es un Rey que no utiliza su poder para salvarse a sí mismo, sino para salvar a toda la humanidad, incluidos tu y yo. Delante de este Rey, humilde y aparentemente vencido, San Juan XXIII, en su Diario del alma, escribió siendo joven, un ofrecimiento que invito a repetir hoy con la misma confianza con la que él lo hizo hace ya tantos años:

“¡Salve, oh, Cristo Rey! Tú me invitas a luchar en tus batallas, y no pierdo un minuto de tiempo. Con el entusiasmo que me dan mis 20 años y tu gracia, me inscribo animoso en las filas. Me consagro a tu servicio, para la vida y para la muerte. Tú me ofreces, como emblema, y como arma de guerra, tu cruz. Con la diestra extendida sobre esta arma invencible te doy palabra solemne y te juro con todo el ímpetu de mi amor juvenil fidelidad absoluta hasta la muerte. Así, de siervo que tú me creaste, tomo tu divisa, me hago soldado, ciño tu espada, me llamo con orgullo Caballero de Cristo. Dame corazón de soldado, ánimo de caballero, ¡oh, Jesús!, y estaré siempre contigo en las asperezas de la vida, en los sacrificios, en las pruebas, en las luchas, contigo estaré en la victoria.

Y puesto que todavía no ha sonado para mi la señal de la lucha, mientras estoy en las tiendas esperando mi hora, adiéstrame con tus ejemplos luminosos a adquirir soltura, a hacer las primeras pruebas con mis enemigos internos. ¡Son tantos, o Jesús, y tan implacables! Hay uno especialmente que vale por todos: feroz, astuto, lo tengo siempre encima, afecta querer la paz y se ríe de mi en ella, llega a pactar conmigo, me persigue incluso en mis buenas acciones. Señor Jesús, tú lo sabes, es el Amor Propio, el espíritu de soberbia, de presunción, de vanidad; que me pueda deshacer de él, de una vez para siempre, o si esto es imposible, que al menos lo tenga sujeto, de modo que yo, más libre en mis movimientos, pueda incorporarme a los valientes que defienden en la brecha tu santa causa, y cantar contigo el himno de la salvación”.

 

¿BURLARNOS O INVOCAR?

José Antonio Pagola

Lucas describe con acentos trágicos la agonía de Jesús en medio de las burlas y bromas de quienes lo rodean. Nadie parece entender su entrega. Nadie ha captado su amor a los últimos. Nadie ha visto en su rostro la mirada compasiva de Dios al ser humano.

Desde una cierta distancia, las «autoridades» religiosas y el «pueblo» se burlan de Jesús haciendo «muecas»: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si es el Mesías». Los soldados de Pilato, al verlo sediento, le ofrecen un vino avinagrado, muy popular entre ellos, mientras se ríen de él: «Si tú eres rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Lo mismo le dice uno de los delincuentes, crucificado junto a él: «¿No eres el Mesías? Pues sálvate a ti mismo».

Hasta tres veces repite Lucas la burla: «Sálvate a ti mismo». ¿Qué «Mesías» puede ser este si no tiene poder para salvarse? ¿Qué clase de «Rey» puede ser? ¿Cómo va a salvar a su pueblo de la opresión de Roma si no puede escapar de los cuatro soldados que vigilan su agonía? ¿Cómo va a estar Dios de su parte si no interviene para liberarlo?

De pronto, en medio de tanta burla, una invocación: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Es el otro delincuente, que reconoce la inocencia de Jesús, confiesa su culpa y, lleno de confianza en el perdón de Dios, solo pide a Jesús que se acuerde él. Jesús le responde de inmediato: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Ahora están los dos agonizando, unidos en el desamparo y la impotencia. Pero hoy mismo estarán los dos juntos disfrutando de la vida del Padre.

¿Qué sería de nosotros si el Enviado de Dios buscara su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los crucificados de la historia? ¿Cómo podríamos creer en un Dios que nos dejara hundidos en nuestro pecado y en nuestra impotencia ante la muerte?

Hay quienes también hoy se burlan del Crucificado. No saben lo que hacen. No lo harían con Martin Luther King. Se están burlando del hombre más humano que ha dado la historia. ¿Cuál es la postura más digna ante ese Crucificado, encarnación suprema de la cercanía de Dios al sufrimiento del mundo, burlarnos de él o invocarlo?

 

JESÚS NUNCA PRETENDIÓ SER REY DE NADIE

Fray Marcos

Permitidme que empiece hoy este comentario con un desahogo personal. Al celebrar esta fiesta me siento deprimido, decepcionado, hundido en la más absoluta miseria. Tengo la sensación de estar traicionando a Jesús en lo más serio y profundo de su mensaje. Ya no es Jesús quién nos dice cómo es Dios, es la religión quien nos dice cómo es Jesús.

Un Jesús que dijo: Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de Dios. Un Jesús que dijo que no venía a ser servido, sino a servir. Un Jesús que dijo: El que quiera ser grande que sea el servidor, y el que quiera ser primero que sea el último. Un Jesús que dijo: mi reino no es de este mundo y cuando querían hacerlo rey, huyó a la montaña.

La cristología de los concilios del s. IV y V se hizo desde conceptos metafísicos de una filosofía concreta la griega. No se tuvieron en cuenta las enseñanzas ni la vida de Jesús. Partieron del supuesto conocimiento de Dios para explicar lo que era Jesús. El camino debe ser exactamente el inverso. Solo conocemos a Jesús y él nos dice quién es Dios.

El credo que rezamos en la eucaristía, el nacido de los concilios de Necea y Constantinopla dice: “…por obra del Espíritu Santo se encarnó y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado…” ni una sola palabra de la vida y del mensaje de Jesús. ¿Puede ser ese un ‘símbolo’ de la fe en Jesús?

Pero ‘el credo de los apóstoles’ hace exactamente lo mismo, pasa del nacimiento a la muerte. En ambos no se tiene para nada en cuenta la vida y el mensaje de Jesús que fueron lo más contrario a la idea de poder, a la que nosotros estamos tan apegados.

Con el evangelio en la mano, ¿podemos seguir hablando de “Jesús rey del universo”? Un Jesús que luchó contra toda clase de poder; que rechazó como tentación la oferta de poseer todos los reinos del mundo; que criticó duramente los discípulos por pretender ser el más importante. ¿Podemos admitir que todo lo que hizo fue para alcanzar más gloria?

Es cierto que el centro de la predicación de Jesús fue “el Reino de Dios”. Nunca se predicó a sí mismo ni reivindicó nada para él. ‘El Reino de Dios’ no hace referencia a un rey. Ese “de” no es posesivo sino epexegético. No es que Dios posea un reino. Dios es el Reino.

El letrero que Pilato puso sobre la cruz, era una manera de mofarse de Jesús y de las autoridades. ¿Para escarnio de quién? Los soldados también le colocaron una corona y un cetro para reírse de él. ¿Creéis que Jesús se hubiera encontrado más cómodo con una corona de oro y brillantes y con un cetro cuajado de piedras preciosas?

Jesús se identificó de tal manera con ese Reino. De Jesús terreno carecería de sentido hablar de su reino. Podemos hablar del Reino de Cristo como una gran metáfora, como el ámbito en el que se hace presente lo crístico, es decir, un ambiente donde reina el amor. Entendido de ese modo y no literalmente, puede tener pleno sentido hablar del Cristo Rey.

Tratad de imaginaros un Jesús rey. Es casi imposible y él mismo se negó a aceptarlo. Pues ese reino sin rey, es el que queremos evocar con esta fiesta. Un reino donde nadie sea súbdito, sino que todos sean reyes. Ahí está la esencia de esta fiesta. Nadie es súbdito de nadie, pero todos deben estar dispuestos a servir a los demás.

Jesús quiere que todos seamos reyes, es decir, libres. Tanto el que esclaviza como el que se deja esclavizar, deja de ser humano y se aleja de lo divino. El que se deja esclavizar es siempre opresor en potencia, no se sometería si no estuviera dispuesto a someter. La opresión religiosa es la más inhuma porque es capaz de llegar a lo más profundo del ser. 

La religión ha sido capaz de hacer de Jesús un Cristo incomprensible. La idea de un Jesucristo es genial, pero con tal de que no nos olvidemos que la base es Jesús.


 


jueves, 13 de noviembre de 2025

XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO –C– (Reflexión)

 XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – C noviembre 16, 2025 
Malaquías 3, 19-20 / Salmo 97 / 2 Tesalonicenses 3, 7-12

En este penúltimo domingo del año litúrgico – Ciclo C – escuchamos palabras fuertes que, por una parte nos pueden asustar, pero por otra, nos ayudarán a crecer y confiar que el Señor, quien siempre está con nosotros.

Evangelio según san Lucas 21, 5-19

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.

Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?” Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.

Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles.

Pero antes de todo esto los perseguirán a ustedes y los apresarán; los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto darán testimonio de mí.

Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.

Los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.

Reflexión:

¿Me atrevo a seguir a Jesús?

El evangelio de hoy nos habla en términos escatológicos, palabra que viene del griego éschatos (ἔσχατος), y que significa “último” o “final” y que se refiere a las realidades últimas: el destino final del ser humano y del mundo según la fe; y que para nosotros los cristianos, significa que caminamos hacia esa meta final: la unión plena con Dios.

En este pasaje evangélico, nos recuerda cuál es nuestro fin último y que Jesús es nuestro salvador; así como lo que tenemos que enfrentar cuando somos sus seguidores: (a) las luchas internas que experimentamos en esta vida terrena, (b) enfrentamientos y persecuciones, por ser discípulos y testigos de Jesús y (c) como siempre contamos con Él y su sabiduría, de nuestro lado, con para hacer frente a lo anterior… ¡y poder alcanzar la vida plena prometida!

Seguimos siendo atacados, en este tiempo, por las “fuerzas del mal”, los “falsos mesías”, que se siguen ostentan como “salvadores” y nos engañan, con palabras huecas, mentiras y falsedades; con obras “faraónicas”, que tienen como intención seducirnos, hacernos soñar, para dominarnos, someternos y alejarnos del plan de Dios. Quienes son guiados por el mal, son sagaces, astutos, prepotentes y soberbios al ejecutar sus planes (cfr. Mal 3, 19-20): cuidado, también podemos ser uno de ellos, si caemos en sus redes…Padre, ¡líbranos del mal!

Así que, no hay que ser ingenuos, ni creer ciegamente; tenemos que aprender a discernir, es decir separar, lo bueno de lo malo, a diferenciar la mentira de lo veraz. En la espiritualidad ignaciana, San Ignacio, representa esta dualidad en la meditación de las dos banderas: (i) la del mal espíritu, que nos seduce y engaña, a través de la avaricia, el honor y el poder, para alcanzar su fin y (ii) y la otra bandeara, la del buen espíritu, la de Jesús, que nos lleva a la salvación, por el camino de la pobreza, que es libertad interior y confianza en Dios; oprobios y desprecios, incomprensión y rechazo, por seguir a Cristo; y humildad, reconociendo que todo bien, viene de Dios. El seguimiento a Jesús, bajo su bandera y con su ayuda, nos conducirá hacia la meta definitiva: salvar nuestra alma y gozar la vida eterna. Tenemos que elegir, tenemos que esforzarnos, sabiendo que no estamos solos.

¿De qué medios se valen, quienes quieren engañarnos?... ¿Cómo evitar ser ingenuos y manipulados?... ¿Qué retos enfrento para ser testigo de Jesús?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP 

XXVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

  XXVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – octubre 4, 2026  Isaίas 5, 1-7 / Salmo 79 / Filipenses 4, 6-9 El evangelio de hoy, n...