miércoles, 3 de diciembre de 2025

II DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo A (Profundizar)

 II DOMINGO DE ADVIENTO Ciclo A Diciembre 7, 2025 
Isaías 11, 1-10 / Salmo 71 / Romanos 15, 4-9

Evangelio según san Mateo 3, 1-12

En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea, diciendo: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. Juan es aquel de quien el profeta Isaías hablaba, cuando dijo: Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos.

Juan usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Acudían a oírlo los habitantes de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región cercana al Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río.

Al ver que muchos fariseos y saduceos iban a que los bautizara, les dijo: “Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les aguarda? Hagan ver con obras su arrepentimiento y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham, porque yo les aseguro que hasta de estas piedras puede Dios sacar hijos de Abraham. Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego.

Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han arrepentido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego. Él tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Las Escrituras nos dan consuelo, alimentan nuestra paciencia, de modo que mantengamos nuestra esperanza. Estamos en Adviento, este tiempo de nuestra comunidad en el que nuestra esperanza recibe buena nutrición o cuidados intensivos en algunos casos, pero nunca cuidados paliativos; pues, para nosotros, los amigos de Jesús, la esperanza no muere.

Este tiempo de Adviento es un buen momento para mirar cómo andamos de esperanza; es decir, ese seguir creyendo en medio de dificultades, problemas y tristezas, que el mal, la muerte y la injusticia no tienen la última palabra. Ha de retumbar en nuestro corazón, sacudiendo las puertas y ventanas cerradas, el anuncio del Bautista: "Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos".

¿Convertirnos de qué? De toda actitud que destruye la esperanza, es decir, de la impaciencia y del desconsuelo; de las prácticas injustas que provocan violencia y obstaculizan la paz.

¡Ya viene nuestro Señor! Ya viene a darnos la justicia, a liberarnos, a protegernos, a salvarnos; viene a iluminar nuestras oscuridades, viene a traernos la paz. ¿Cuándo llegará? No sabemos, pero la certeza de que viene nos levanta, nos fortalece para mantener la alegría profunda y participar con Él en la construcción de la paz.

Respira profundo y llena tu corazón de la esperanza que nos regala este tiempo de Adviento.

#FelizDomingo 

“Pórtense de tal modo que se vea claramente que se han vuelto al Señor”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Cuentan que un sacerdote y un taxista que tenían idéntico nombre, murieron el mismo día. El taxista tenía fama de ser muy mal conductor, mientras que el sacerdote era reconocido entre sus vecinos como santo. Al llegar al cielo, al taxista lo atendieron muy bien; lo hicieron seguir a la mejor sala y le dieron un puesto importante, mientras que al sacerdote lo dejaron a un lado. Cuando el sacerdote se dio cuenta de la discriminación con que lo habían tratado, le dijo a San Pedro: “Oiga, debe haber una equivocación. Ese señor taxista se llama igual que yo, pero tenía pésima fama entre los vecinos de nuestro pueblo. ¿Cómo es posible que lo hayan recibido como a un santo, mientras que a mí, que fui sacerdote toda la vida, me han dejado en un puesto sin el menor brillo?” San Pedro, entonces, le explicó al sacerdote: “Mire, aquí trabajamos por resultados”. El sacerdote puso cara de no haber entendido nada, de modo que San Pedro continuó: “Verá usted, los informes que hemos recibido dicen que cuando ese taxista manejaba, todo el mundo rezaba, incluidos los que iban en el taxi. Pero nos han informado que cuando usted predicaba los domingos en la parroquia, todo el mundo dormía...”.

El tiempo de Adviento tiene un carácter penitencial... Es un tiempo de preparación para la venida del Señor. Los cristianos y cristianas estamos invitados a renovar nuestra propia vida para acoger a Dios que quiere volver a poner su tienda entre nosotros. La misión de Juan el Bautista fue precisamente llamar a sus contemporáneos a preparar los caminos del Señor: “En su predicación decía: ‘¡Vuélvanse a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!”. Eso mismo nos dice hoy a cada uno de nosotros. Este tiempo, entonces, es una oportunidad para revisar nuestra vida y reconocer aquellas actitudes que tenemos que cambiar. Es un tiempo de reforma, de conversión, de cambio.

Es posible que haya dimensiones de nuestra vida que tengamos que revisar y corregir para que Dios pueda encarnarse de nuevo en nuestra historia. Dios no nace en el pesebre bien adornado y bonito que organizamos en nuestras casas. No nace en los pesebres con muchas luces y figuritas que se elaboran en las parroquias. Mucho menos va a nacer debajo de los arbolitos de navidad que nada tienen que ver con nuestra tradición cristiana. Dios sólo puede nacer en un corazón que se prepara para acoger su propuesta y se dispone a dejarse transformar por el amor. Nuestro corazón es el único pesebre en el que Dios puede volver nacer de nuevo entre nosotros. Los otros pesebres son apenas el símbolo de lo que queremos vivir nosotros mismos.

Es posible que nuestro corazón, como el pesebre de Belén, no sea el lugar más elegante, ni tenga todas las comodidades de un gran palacio. Es posible que nuestro corazón necesite una limpieza y algunos ajustes para acoger al Hijo de Dios. Lo importante es que esté dispuesto a recibir la pequeñez de un Dios que se abaja para rescatarnos. Muy seguramente esto significará un cambio de rumbo en nuestro camino, una reforma de vida, una transformación interior. Y, por otra parte, esto tendrá que hacerse visible y expresarse en comportamientos nuevos de cercanía a los más frágiles, de acogida a los más débiles, de amor a los más pequeños. No olvidemos tampoco que lo más importante no son los títulos o las certificaciones. En el cielo nos evaluarán por los resultados.

 

RECUPERAR CAMINOS

José Antonio Pagola

Es muy fácil quedarse en la vida «sin caminos» hacia Dios. No hace falta ser ateo. No es necesario rechazar a Dios de manera consciente. Basta seguir la tendencia general de nuestros días e instalarnos en la indiferencia religiosa. Poco a poco, Dios desaparece del horizonte. Cada vez interesa menos. ¿Es posible recuperar hoy caminos hacia Dios?

Tal vez, lo primero sea recuperar «la humanidad de la religión». Abandonar caminos ambiguos que conducen hacia un Dios interesado y dominador, celoso solo de su gloria y su poder, para abrirnos a un Dios que busca y desea, desde ahora y para siempre, lo mejor para nosotros. Dios no es el Ser Supremo que aplasta y humilla, sino el Amor Santo que atrae y da vida. Las personas de hoy volverán a Dios no empujadas por el miedo, sino atraídas por su amor.

Es necesario, al mismo tiempo, ensanchar el horizonte de nuestra vida. Estamos llenando nuestra existencia de cosas, y nos estamos quedando vacíos por dentro. Vivimos informados de todo, pero ya no sabemos hacia dónde orientar nuestra vida. Nos creemos las generaciones más inteligentes y progresistas de la historia, pero no sabemos entrar en nuestro corazón para adorar o dar gracias. A Dios nos acercamos cuando nos ponemos a buscar un espacio nuevo para existir.

Es importante, además, buscar un «fundamento sólido» a la vida. ¿En qué nos podemos apoyar en medio de tanta incertidumbre y desconcierto? La vida es como una casa: hay que cuidar la fachada y el tejado, pero lo importante es construir sobre cimiento seguro. Al final, siempre necesitamos poner nuestra confianza última en algo o en alguien. ¿No será que necesitamos a Dios?

Para recuperar caminos hacia él necesitamos aprender a callar. A lo más íntimo de la existencia se llega no cuando vivimos agitados y llenos de miedo, sino cuando hacemos silencio. Si la persona se recoge y queda callada ante Dios, tarde o temprano su corazón comienza a abrirse.

Se puede vivir encerrado en uno mismo, sin caminos hacia nada nuevo y creador. Pero también se puede buscar nuevos caminos hacia Dios. A ello nos invita el Bautista.

NUNCA HEMOS INTEGRADO LA FIGURA DE JUAN

Fray Marcos

Hoy Isaías y Juan tienen la palabra. El profeta es el hombre que ve un poco más allá que el resto de los mortales. No le gusta lo que ve y busca algo nuevo. Esa novedad la encuentra dentro de sí, viendo las exigencias de su ser. El profeta es siempre un explorador del espíritu que tiene la valentía de comunicar a los demás lo que ha visto.

Los tiempos mesiánicos llegarán cuando ni las religiones ni los conocimientos racionales tengan la última palabra, sino que la norma última sea “la ciencia del Señor”. ¡Genial! Esa sabiduría está en lo hondo de nuestro ser y solo allí debemos descubrirla.

El evangelio de hoy es un alimento tan condensado, que necesitaría muchas horas de explicación (diluirlo para que no resulte indigerible). El problema que tenemos es que lo hemos escuchado tantas veces, que es casi imposible que nos mueva a ningún examen serio sobre el rumbo de nuestra vida. Y, sin embargo, ahí está el revulsivo.

En aquellos días... Este comienzo es un intento de situar los acontecimientos y dejarlos insertados en un tiempo y en un lugar. Jesús tenía veintiocho o treinta años y estaba preparado para empezar su andadura. Los primeros pasos los quiere dar de la mano del primer profeta que aparecía en Israel después de trescientos años de sequía.

En el desierto. Aparece fuera de las instituciones y del templo, que sería el lugar más lógico, sobre todo si damos por supuesto que Juan era hijo de un sacerdote. Esto se dice con toda intención. Nos está advirtiendo que su predicación tiene muy poco que ver con la religiosidad oficial, que había desfigurado la imagen del verdadero Dios.

Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios. Convertirse no es renunciar a nada ni hacer penitencia por nuestros pecados. Conversión (metanoia) es cambio de mentalidad. Es exactamente la frase con que, en el capítulo siguiente, comienza su predicación el mismo Jesús. Quiere resaltar la coincidencia de la predicación de ambos.

Éste es el que anunció el profeta Isaías. Esta manera de referirse al Bautista es muy interesante, porque resume muy bien lo que pensaban los primeros cristianos de Juan. Para ellos, la figura de Juan responde a las expectativas de Isaías y del pueblo. Juan es Elías (correa de cuero) que vuelve para preparar los tiempos mesiánicos.

Llevaba un vestido de piel de camello. Su figura es ya un reflejo de lo que será su mensaje, desnudo y sin adornos, puro espíritu, pura esencia. Juan es un inconformista que no se amolda a la manera religiosa de vivir que tenían los judíos de su tiempo.

Acudía a él toda la gente. La gente se aparta del templo y busca la salvación en el desierto junto a un profeta. La religión oficial se había vuelto inútil, en vez de salvar esclavizaba. Mateo llevará la gente a Jesús, en quien encontrará la salvación definitiva.

Dad el fruto que pide la conversión. Los fariseos y los saduceos eran los dos grupos más influyentes. Van a bautizarse, pero sin cambiar. Las instituciones opresoras tratan de domesticar ese movimiento inesperado, pero son desenmascarados por Juan. 

Él os bautizará con Espíritu Santo. Está hablando de un bautismo superior al suyo. Toda plenitud es siempre realizada por el Espíritu. No se trata del Espíritu Santo, sino de la fuerza de Dios que actúa en Jesús y en todo el que “se bautice en él”.

La conclusión es demoledora. Ninguna religiosidad que no valore al hombre tendrá sentido. Somos propensos a dilucidar nuestra existencia relacionándonos directamente con Dios, pero se nos hace muy cuesta arriba el tener que salir del egoísmo y abrirnos a los demás. Nos cuesta aceptar que lo que me exige Dios (mi verdadero ser) es que cuide del otro. Si nos pudiéramos escamotear de esta exigencia, todos seríamos buenísimos.

 

 

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