jueves, 9 de octubre de 2025

Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario – (Reflexión)

 Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas 17, 11-19) – octubre 12, 2025 
2 Reyes 5, 14-17 / Salmo 97 / 2 Timoteo 2, 8-13


El evangelio de hoy es continuación del pasado domingo y nos vuelve a recordar que la fe en Dios es lo que nos sana y salva …

Evangelio según san Lucas 17, 11-19

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.

Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ese era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

Reflexión:

¿Qué tan agradecido soy?

Las tres lecturas de la liturgia nos hablan de la fe, de como la confianza en Dios nos sana y salva. También es una invitación a reconocer su intervención nuestra vida y a ser agradecidos.

El general sirio Naamán y el samaritano, por la condición de enfermedad que tenían, piden ayuda y la reciben; al quedar limpios de su lepra, vuelven a agradecer el que hayan sido curados. Ambos confiaron, el primero hizo caso a Eliseo, se bañó en el río y quedó limpio de su lepra; el samaritano, le pide a Jesús, junto a otros nueve, que tenga compasión (por su enfermedad), sigue la indicación (confía) y en el camino queda limpio.

La respuesta de ambos nos muestra como podemos ser agradecidos con Dios y con todos aquellos que nos hacen un bien; también es de destacar que, tanto Eliseo como Jesús, dan lo que tienen, de manera gratuita. Hoy, podemos interpretar que esas actitudes de generosidad y agradecimiento son fundamento de toda buena persona y de toda relación interpersonal sana.

Recordando que en la época de Jesús, los leprosos eran excluidos, separados, aislados … y hoy, en nuestra cultura soberbia y egoísta, se generan nuevas formas de exclusión que nos dividen ya sea por raza, creencias, estatus social y económico.

También hoy, Jesús se deja encontrar por nosotros, para que le pidamos, con fe, su ayuda ante nuestras dificultades, dolores o enfermedades, o sea “nuestras lepras”; Jesús sigue deseando sanarnos, reincorporarnos a la comunidad, para que podamos tener una vida digna y sana, y podamos convivir con los demás en armonía.

El mensaje de la Palabra es: buscar nuestra sanción / salvación, en Jesús, y colaborar con Él, desde el agradecimiento (de tanto bien recibido), para tender una mano a quienes sufren y son excluidos, siguiendo su enseñanza y ejemplo. También nos invita a reflexionar, para no ser uno de los nueve ingratos, que solo piden y ni las gracias dan.

¿Porqué la ingratitud de los nueve?... ¿Cómo evitar excluir a la gente?... ¿Qué necesito pedir  sea sanado en mi?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP

Para profundizar: https://tinyurl.com/BN-28C-251012

Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario – (Profundizar)

 Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas 17, 11-19) – octubre 12, 2025 
2 Reyes 5, 14-17 / Salmo 97 / 2 Timoteo 2, 8-13



Evangelio según san Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.

Entonces gritó: «Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas». Pero Abraham le contestó: «Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá».

El rico insistió: «Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos». Abraham le dijo: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». Pero el rico replicó: «No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán». Abraham repuso: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto»”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Todos tenemos nuestras propias "lepras" esas que nos carcomen y destruyen el alma, esas que nos llenan de dolor. ¿Cuál es tu "lepra"? Hoy la Palabra nos recuerda que Dios puede sanarnos, que Jesús puede sanarnos si al darnos cuenta de nuestra "enfermedad" le decimos, le susurramos: ten compasión". 

Y hay también una llamada en la Palabra: la gratitud. Dios no la necesita, pero es el ingrediente que nos vuelve misericordiosos; pues quien se sabe sanado, perdonado, liberado; hace lo mismo por los otros, pues tiene el corazón lleno de gratitud con Dios, sabe que Dios ha sido bueno, y quiere ser bueno como él. 

#FelizDomingo desde Cuba.

“¿Acaso no eran diez los que quedaron limpios de su enfermedad?”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

El día de su ordenación sacerdotal, Antonio José Sarmiento, SJ, hizo una bella oración en el momento de la acción de gracias, después de la comunión. Como esto pasó hace más de treinta y cinco años, no recuerdo los detalles de su plegaria, pero no puedo olvidar que hizo referencia a la multiforme variedad de palabras que componen el campo semántico de la gratitud: Nos habló con gracejo de la gracia de su vocación; dio gracias por tantos bienes recibidos a lo largo de su vida; dijo que se sentía agradecido con Dios, con sus familiares y amigos, y con otras muchas personas que nos habíamos hecho presentes de una manera tan grata para él en este día tan especial; subrayó que se sentía profundamente congratulado y gratificado por la extraordinaria asistencia a la celebración; agradeció que su experiencia de Dios fuera tan gratificante; declaró el agrado que sentía por ser una persona particularmente agraciada por Dios; expresó su agradecimiento al coro que había hecho agradable la ceremonia; habló de la gratuidad con la que quería vivir su sacerdocio; manifestó su gratitud con el obispo y con todos los presentes; exaltó lo gratuito de la vida, observando que todo lo valioso de su existencia lo había recibido gratis; terminó afirmando que se consideraba muy gracioso, pues lograba decir grandes verdades graciosamente y que nos quería gratificar con una copa de vino y una tajada de ponqué, a la que estábamos todos gratuitamente invitados.

El refrán popular nos recuerda que “ser agradecidos es de bien nacidos”. Por algo esta es una de las primeras cosas que los papás y mamás enseñan con mucha insistencia a sus hijos e hijas: “¿Cómo se dice?”, repiten al unísono después de que sus hijos han recibido algún regalo o han sido objeto de alguna obra buena; y los niños y niñas, antes de saber pronunciar muy bien las palabras, balbucean, como pueden, su gratitud. Tal vez esta es la enseñanza más importante del pasaje que nos trae el evangelio de este domingo, que nos presenta a un Jesús peregrino que, de camino hacia Jerusalén, pasa por entre las regiones de Samaria y Galilea: “Y llegó a una aldea, donde le salieron al encuentro diez hombres enfermos de lepra, los cuales se quedaron lejos de él gritando: –¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! Cuando Jesús los vio, les dijo: –Vayan a presentarse a los sacerdotes. Y mientras iban, quedaron limpios de su enfermedad”.

Lo curioso del pasaje que se nos presente hoy es que sólo uno, al verse limpio, “regresó alabando a Dios a grandes voces, y se arrodilló delante de Jesús, inclinándose hasta el suelo para darle gracias. Este hombre era de Samaria”. Entonces Jesús se pregunta: “¿Acaso no eran diez los que quedaron limpios de su enfermedad? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Únicamente este extranjero ha vuelto para alabar a Dios?” Evidentemente, san Lucas quiere destacar el hecho de que los extranjeros, los que eran considerados como parias por parte el pueblo de Israel, son los que reconocen con mayor facilidad las gracias que reciben. Cuando nos sentimos con derechos y pensamos que lo que hemos recibido nos lo hemos ganado, ya sea por nuestros propios méritos o por otra razón, ya sea étnica, religiosa, cultural, política, social, económica, no reconocemos la gratuidad del don recibido. ¿Cuál es nuestra experiencia? ¿De verdad dejamos que de nuestro interior brote con frecuencia la acción de gracias por tanto bien recibido? ¿Agradecemos la luz del sol que gratuitamente nos regala Dios cada día? ¿Reconocemos la gratuidad de nuestro corazón que no descansa ni siquiera mientras dormimos? ¿Decimos gracias por las maravillas de la amistad y la ternura que no se cobran? ¿Nos sentimos gratificados por todo lo gratuito y gracioso de la vida? No olvidemos nunca que el campo semántico de la gratitud es muy variado.

 

VIDA AGRADECIDA

José Antonio Pagola

Hay quienes caminan por la vida con aire triste y amargado. Su mirada se fija siempre en lo desalentador. No tienen ojos para ver que, a pesar de todo, lo bueno abunda más que lo malo. No saben apreciar tantos gestos nobles, hermosos y admirables que suceden todos los días en cualquier parte del mundo. Tal vez lo ven todo oscuro porque proyectan sobre las cosas su propia oscuridad.

Otros viven siempre en actitud crítica. Se pasan la vida observando lo negativo que hay a su alrededor. Nada escapa a su juicio. Se consideran personas lúcidas, perspicaces y objetivas. Sin embargo nunca alaban, admiran o agradecen. Lo suyo es destacar el mal y condenar.

Otros hacen el recorrido de la vida indiferentes a todo. Solo tienen ojos para lo que sirve a sus propios intereses. No se dejan sorprender por nada gratuito, no se dejan querer ni bendecir por nadie. Encerrados en su mundo, bastante tienen con defender su pequeño bienestar cada vez más triste y egoísta. De su corazón no brota nunca el agradecimiento.

Muchos viven de manera monótona y aburrida. Su vida es pura repetición: el mismo horario, el mismo trabajo, las mismas personas, la misma conversación. Nunca descubren un paisaje nuevo en sus vidas. Nunca estrenan día nuevo. Nunca les sucede algo diferente que renueve su espíritu. No saben amar de manera nueva a las personas. Su corazón no conoce la alabanza.

Para vivir de manera agradecida es necesario reconocer la vida como buena; mirar el mundo con amor y simpatía; limpiar la mirada cargada de negativismo, pesimismo o indiferencia para apreciar lo que hay de bueno, hermoso y admirable en las personas y en las cosas. Cuando san Pablo dice que «hemos sido creados para alabar la gloria de Dios», está diciendo cuál es el sentido y la razón más profunda de nuestra existencia. En el episodio narrado por Lucas, Jesús se extraña de que solo uno de los leprosos vuelva «dando gracias» y «alabando a Dios». Es el único que ha sabido sorprenderse por la curación y reconocerse agraciado.

 

¿QUÉ ESPERAS DE DIOS: CURACIÓN O SALVACIÓN?

Fray Marcos

Jesús va de camino hacia Jerusalén. En esa subida se va haciendo presente la salvación, no solo al final del camino como nos han hecho creer. Jesús sale al encuentro de los oprimidos y esclavizados de cualquier clase. Se preocupa de todo el que encuentra en su camino y tiene dificultades para ser él mismo. Sin la compasión de Jesús, el relato sería imposible.

No debíamos decir ‘diez leprosos’, sino diez leprosos curados, uno salvado. En el texto vemos que la fe abarca no solo la confianza sino la respuesta, fidelidad. Es la respuesta que completa la fe que salva. La confianza cura, la fidelidad salva. Mientras el hombre no responde con su propio reconocimiento y entrega, no se produce la verdadera liberación.

Es el único pasaje del evangelio que distingue curación y salvación. Por eso es tan importante para descubrir el sentido de los milagros. El objetivo último de un milagro no era curar, sino la salvación que Jesús estaba haciendo presente. Por esta razón no debemos dar importancia ninguna a la historicidad de esos relatos. Son todos símbolos de salvación.

La lepra era el máximo exponente de la marginación. La lepra es muy peligrosa. Al no tener clara la diferencia entre lepra y otras infecciones de la piel, se declaraba lepra cualquier síntoma sospechoso. De ahí que muchas de esas enfermedades se curaran espontáneamente. Tal vez por eso Jesús podía declarar a uno libre de lepra.

En este relato podemos apreciar la diferencia entre el judaísmo y la primera comunidad cristiana. En efecto, el fundamento de la religión judía era el cumplimiento estricto de la Ley. Si un judío cumplía la Ley, Dios estaría obligado a cumplir su promesa de salvación. Para los cristianos, lo esencial era el don gratuito de Dios y el agradecimiento de la persona.

En este relato encontramos una de las ideas centrales de todo el evangelio. La necesidad de una religiosidad que sea vida y no solamente programación y acomodación a unas normas externas. Se llega a insinuar que las instituciones religiosas pueden ser un impedimento para el desarrollo integral de la persona. El samaritano no estaba obligado a cumplir la Ley.

Solo uno volvió para dar gracias. Solo uno se dejó llevar por el impulso vital. Los nueve restantes se sintieron obligados a cumplir la ley. Para los nueve, volver a formar parte del organigrama religioso y social era la única salvación que esperaban. Los nueve vuelven a someterse a la institución. Vuelven a encontrarse con el dios del templo y de la Ley.

Los nueve fueron curados, pero no encontraron la verdadera salvación; porque tenían suficiente con la liberación de la lepra y la recuperación del estatus social. Todos nos sentimos inclinados a buscar la salvación en las seguridades externas y a conformarnos con ello. Hemos metido a Dios en esa dinámica y solo esperamos de Él que nos dé seguridades.

La gratuidad absoluta de Dios, no solo exige nuestra gratitud, sino que nos obliga a imitarle en una total disponibilidad y entrega sincera los demás. Esa gratuidad no puede estar condicionada por nada. Se debe aplicar a todos y en todas las circunstancias. “La flor no tiene porqué – florece porque florece – no se cuida de sí misma – ni pregunta si la ven”.

No sé si somos conscientes de que “eucaristía” significa acción de gracias. En ella repetimos más de quince veces “Señor ten piedad”, como los diez leprosos. Salvación es reconocer y agradecer a Dios lo que Él es. El evangelio de hoy tenía que motivarnos para celebrar conscientemente esta eucaristía. Que sea una manifestación de agradecimiento y fidelidad.

jueves, 2 de octubre de 2025

Domingo XXVII de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Reflexión)

 Domingo XVII Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas 17, 5-10) – octubre 5, 2025 
Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4 / Salmo 94 / 2 Timoteo 1, 6-8.13-14


Este domingo nos recuerda por qué necesitamos ser salvados y cómo es que el testimonio de quienes han aceptado las enseñanzas del Maestro, nos animan a conocer internamente a Jesús, para salvarnos…

Evangelio según san Lucas 17, 5-10

En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor les contestó: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería.

¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra enseguida y ponte a comer’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú’? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?

Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: ‘No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’ “.

Reflexión:

¿Cómo aumentar mi fe en Jesús?

Lo que el profeta Habacuc dice hoy en la primera lectura, parece tan actual, que podríamos poner sus palabras en boca de tanta gente, de muchos países y en todos los continentes, que sufren y claman al cielo: “¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio, sin que me escuches, y denunciaré a gritos la violencia que reina, sin que vengas a salvarme?” (Hab 1, 2-3)

Basta leer las noticias en periódicos, impresos o digitales, para darnos cuenta lo mal que estamos como sociedad, como humanidad, causando tanto dolor … en nuestro propio país se escuchan los clamores por la carestía, la inseguridad y precariedad. Lo anterior es consecuencia de lo que hacen personas y grupos con poder, que no tienen límite a sus ambiciones y en aras de obtener lo que quieren, oprimen y explotan a la gente y a la misma naturaleza, saqueando los recursos naturales de los que dependemos. Es la triste realidad.

Afortunadamente, sigue habiendo voces, de profetas actuales y grupos que, nos animan como a Timoteo (el que honra a Dios), a ser testigos de “fortaleza, de amor y moderación”, “sostenidos por la fe en Cristo” y “con la ayuda del Espíritu Santo” (cfr. 1Tim 1, 13-14), y podamos enfrentar lo que la realidad nos presenta, para buscar tanto el bien propio, como el bien común.

El evangelio (Buena Nueva) nos da pistas de cómo podemos lograr enfrentar las adversidades al estilo de Jesús y colaborar con él, para tener una mejor vida: teniendo un corazón abierto a la compasión, y a la misericordia, que nos permita tener relaciones interpersonales sanas, donde el perdón, la reconciliación y la reparación, sean es el medio para lograrlo.

Habremos, los seguidores de Jesús, de confiar en él, y poner nuestra esperanza en Dios, que nos impulsa a mirar hacia el futuro con alegría y seguridad; tener fe es creer en las promesas de Dios, quien solo desea nuestro bien.

Estamos invitados pues, a vivir nuestra fe, para transformar nuestra propia vida, y las de los demás en nuestro entorno, con fe en Jesús y sus enseñanzas; así, seremos capaces de hacer posible, lo imposible; porque “habremos hecho lo que teníamos que hacer… no ser sordos a su voz… agradecer y vivir lo que él nos enseña”.

¿Cuándo podemos colaborar para transformar la realidad, de quién sufre?... ¿Cómo tener a Jesús como fundamento?... ¿Cómo construir relaciones interpersonales fraternas?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP

Para profundizar: https://tinyurl.com/BN-27C-251005

Domingo XXVII de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Profundizar)

 Domingo XXVII de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas 17, 5-10) – octubre 5, 2025 
Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4 / Salmo 94 / 2 Timoteo 1, 6-8.13-14


Evangelio según san Lucas 17, 5-10

En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor les contestó: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería.

¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra enseguida y ponte a comer’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú’? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?

Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: ‘No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’ “.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Puede resonar del Evangelio del día de hoy la llamada a hacer lo que tenemos que hacer. "Lo mismo ustedes: cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, digan: 'Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer'".

Pero, ¿qué tenemos que hacer? Cada persona tiene su propia llamada, única, personal e intransferible; que no se encuentra como roca sólida un día, sino que se va descubriendo a lo largo de la vida en las circunstancias específicas que se nos presentan y que nos demandan una respuesta ante cada una de ellas. Pero lo que respondemos brota de una opción fundamental de la que surgirán las respuestas personales y específicas con las que vamos viviendo.

La opción fundamental es esa elección que marca el cómo viviremos, el qué buscaremos, el para qué viviremos. Puede inspirarnos lo que nos dice hoy San Pablo: "Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza", "no te avergüences del testimonio de nuestro Señor", ten por fundamento a Jesús.

Quienes creemos en Jesús no somos cobardes, somos fuertes y amorosos, y tenemos templanza; que en nuestra sociedad, amante de la frivolidad, la moderación y la sobriedad (templanza) suenan casi como un desequilibrio.

Detengámonos, preguntémonos si realmente tenemos por fundamento a Cristo. ¿Qué elecciones tienes en puerta? ¿Cómo estás viviendo? ¿A qué te invita hoy Jesús?

#FelizDomingo

“Los apóstoles pidieron al Señor: – Danos más fe”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Leí alguna vez que hace mucho tiempo vivió en la China un niño llamado Ping que amaba tiernamente las flores. Todo lo que sembraba crecía como por encanto. Un día, el Emperador, que era muy viejo, decidió buscar a su sucesor. ¿Quién podría ser? ¿Cómo podría escogerlo? Decidió que iba a dejar que las flores lo escogieran. Al día siguiente salió un bando: todos los niños deberían venir a la gran plaza para recibir de manos del Emperador semillas de flores. "Quien en el plazo de un año me pueda mostrar el mejor resultado", dijo, "me sucederá en el trono". Esta noticia causó gran revuelo. Los niños de todos los rincones acudieron para recibir sus semillas. Los papás querían que su hijo fuera escogido como Emperador y los niños soñaban con ser escogidos. Cuando Ping recibió sus semillas se sintió el más feliz de todos los niños. Estaba totalmente seguro de que podría cultivar las flores más hermosas.

Ping llenó una matera con tierra y plantó la semilla. La rociaba todos los días. Los días pasaron, pero nada germinaba en la matera. Ping estaba muy triste. Entonces tomó una matera más grande y echó en ella la mejor tierra y tomó la semilla y la plantó. Esperó dos meses más y no pasó nada. Poco a poco paso un año entero. Llegó la primavera y los niños vistieron sus más preciosos trajes para agradar al Emperador. Se dirigieron a la plaza con sus hermosísimas flores, esperando cada uno que sería el escogido. Ping se sentía avergonzado con su matera vacía. Pensó que los demás niños se burlarían de él. Sin embargo, fue a la plaza. El Emperador observaba detenidamente todas las flores. ¡Qué flores tan hermosas! Pero el Emperador no decía ni una palabra. Finalmente, se acercó a Ping, quien agachó su cabeza lleno de vergüenza esperando que sería castigado. El Emperador le preguntó: "¿Por qué trajiste una matera vacía?" Ping comenzó a llorar y respondió: "Planté la semilla que usted me dio, la rocié cada día, pero no germinó. La sembré en una matera más grande, le puse una tierra mejor y tampoco germinó. Esperé un año entero, pero nada creció. Por esta razón hoy vengo ante su presencia con una matera vacía. Hice lo mejor que pude".

Cuando el Emperador escuchó estas palabras, se dibujó en su rostro una sonrisa y puso su mano sobre el hombro de Ping. Luego exclamo: "¡Lo encontré! ¡Encontré a la única persona digna de ser Emperador! No sé de dónde sacaron las semillas que ustedes cultivaron. Porque las semillas que yo les di habían sido cocinadas. Por lo tanto, era imposible que pudieran germinar. Admiro a Ping por el valor que ha tenido para venir delante de mi con su vacía verdad. Por lo tanto, ahora lo premio con el reino y lo nombro mi sucesor.

Si somos sinceros, más del noventa por ciento de las cosas que hacemos en nuestra vida, no tiene otra finalidad que buscarnos a nosotros mismos. El egoísmo es tan sutil, que nos engaña aún en nuestras buenas acciones. Reclamamos, exigimos, solicitamos que se nos tenga en cuenta de mil formas cada día... Pasamos factura por nuestras buenas obras. Queremos que se nos reconozca lo buenos que somos. Hemos hecho todo lo que nos correspondía hacer, y esto, automáticamente, nos hace merecedores de una recompensa por parte de Dios. Pocas experiencias tan importantes para aprender de la gratuidad, como la siembra y la cosecha. El campesino que siembra la semilla y recoge la cosecha, sabe que él ha sido responsable de ciertas condiciones externas que han facilitado las cosas, pero también es consciente de que el crecimiento y el fruto, es solamente obra y regalo de Dios. Esta bella historia nos recuerda que nosotros no somos dueños del crecimiento ni de los frutos, y que tener fe es hacer lo mejor posible las cosas, para que Dios realice su obra de salvación a través nuestro.

 

FE MÁS VIVA EN JESÚS  

José Antonio Pagola

«Auméntanos la fe». Así le piden los apóstoles a Jesús: «Añádenos más fe a la que ya tenemos». Sienten que la fe que viven desde niños dentro de Israel es insuficiente. A esa fe tradicional han de añadirle «algo más» para seguir a Jesús. ¿Y quién mejor que él para darles lo que falta a su fe?

Jesús les responde con un dicho un tanto enigmático: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esta morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería». Los discípulos le están pidiendo una nueva dosis de fe, pero lo que necesitan no es eso. Su problema consiste en que la fe auténtica que hay en su corazón no llega ni a «un granito de mostaza».

Jesús les viene a decir: lo importante no es la cantidad de fe, sino la calidad. Que cuidéis dentro de vuestro corazón una fe viva, fuerte y eficaz. Para entendernos, una fe capaz de «arrancar» árboles como la higuera o sicómoro, símbolo de solidez y estabilidad, para «plantarlo» en medio del lago de Galilea.

Lo primero que necesitamos hoy los cristianos no es «aumentar» nuestra fe en toda la doctrina que hemos ido formulando a lo largo de los siglos. Lo decisivo es reavivar en nosotros una fe viva y fuerte en Jesús. Lo importante no es creer cosas, sino creerle a él.

Jesús es lo mejor que tenemos en la Iglesia, y lo mejor que podemos ofrecer y comunicar al mundo de hoy. Por eso nada hay más urgente y decisivo para los cristianos que poner a Jesús en el centro del cristianismo, es decir, en el centro de nuestras comunidades y nuestros corazones.

Para ello necesitamos conocerlo de manera más viva y concreta, comprender mejor su proyecto, captar bien su intención de fondo, sintonizar con él, recuperar el «fuego» que él encendió en sus primeros seguidores, contagiarnos de su pasión por Dios y su compasión por los últimos. Si no es así, nuestra fe seguirá más pequeña que «un granito de mostaza». No «arrancará» árboles ni «plantará» nada nuevo.

 

SI TUVIERA FE-CONFIANZA NO NECESITARÍA CAMBIAR NADA

Fray Marcos

La petición que hacen los apóstoles a Jesús, está hecha desde una visión mítica de Dios, del hombre y del mundo. La parábola del simple siervo, cuya única obligación es hacer lo mandado, refleja la misma perspectiva. Ni Dios tiene que aumentarnos la fe, ni somos unos siervos inútiles, ni necesitamos poderes especiales para trasplantar una morera al mar.

No pongas la confianza en ti ni en tus obras, por muy religiosas que sean. Confía solo en la Realidad Última, “Dios”. Los que se pasan la vida acumulando méritos no confían en Dios sino en sí mismos. La salvación por puntos es lo más contrario al evangelio. Ese Señor al que tengo que rendir cuentas tiene que dejar paso al Dios que es el fundamento de mi ser.

No hay un dios fuera a quien servir. Cada uno de nosotros es la manifestación de Dios, que a través nuestro puede actuar para hacer un mundo más humano. No hay en mí ningún yo que pueda atribuirse nada. Ni hay fuera un YO al que pueda llamar Dios. Ni Dios puede hacer nada sin mí, ni yo puedo hacer nada sin él. ¿De qué puedo gloriarme?

La religión ha metido a Dios en esa dinámica y nos ha conducido a un callejón sin salida. Descubrir lo que realmente somos sería la clave para una total confianza en Él, en la vida, en cada persona. El mismo relato nos da pistas para salir del servilismo al dios cosa.

Jesús no les podía aumentar la confianza, porque aún no la tenían ni en la más mínima expresión. La fe no se puede aumentar ni disminuir, tiene que crecer desde dentro como la semilla. Una confianza a medias no es confianza. Examinando cada una de sus criaturas, podemos comprender lo que Dios ‘está haciendo’ en ellas en cada momento.

Se interpretó la respuesta de Jesús como una promesa de poderes mágicos. La imagen de la morera, tomada al pie de la letra, es absurda. Lo que nos está diciendo el evangelio es que toda la fuerza de Dios está ya en cada uno de nosotros. El que tiene confianza podrá desplegar toda esa energía, pero nunca para cambiar la realidad que no nos gusta.

Confiar en Dios es apostar por el hombre, por la realidad tal como es. Es estar construyendo la realidad, y no destruyéndola; es apostar por la vida y no por la muerte: por el amor y no por el odio, por la unidad y no por la división. ¿Por qué tantos que no "creen" nos dan sopas con honda en la lucha por defender la naturaleza, la vida y al hombre?

Confiar en lo que realmente soy me da una libertad absoluta para desplegar todas mis posibilidades humanas. Nuestra fe sigue siendo infantil e inmadura, no tiene nada que ver con lo que propone el evangelio. No queremos madurar en la fe por miedo a las exigencias.

Para nosotros, creer es el asentimiento a unas verdades teóricas, que no comprendemos. Esa idea de fe, como conjunto de doctrinas, es completamen­te extraña tanto al Antiguo Testamento como al Nuevo. En la Biblia, fe es confiar en... Pero incluso esta confianza se entendería mal si no añadimos que tiene que ir acompañada de la fidelidad.

La mini parábola del simple siervo inútil no quiere decir que tenemos que sentirnos siervos y menos aún inútiles, sino que nos advierte que la relación con Dios como si fuésemos esclavos nos deshumaniza. Es una crítica a la relación del pueblo judío con Dios que estaba basada en el estricto cumplimiento de la Ley que, según ellos, salvaba.

 

 

jueves, 25 de septiembre de 2025

Domingo XXVI de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Reflexión)

 Domingo XXVI de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas 16, 19-31) – septiembre 28, 2025 
Amos 6, 1a.4-7 / Salmo 115 / 1 Timoteo 6, 11-16


La liturgia de hoy continúa enseñándonos, con parábolas, tanto como somos, como lo que tenemos que hacer, para ser seguidores de Jesús y tener vida eterna…

Evangelio según san Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.

Entonces gritó: «Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas». Pero Abraham le contestó: «Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá».

El rico insistió: «Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos». Abraham le dijo: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». Pero el rico replicó: «No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán». Abraham repuso: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto»”.

Reflexión:

¿Qué tanto me desentiendo de los que sufren?

Las tres lecturas de hoy pueden ser aplicadas a cada uno de nosotros, pues reflejan, por una parte, como somos y cómo es que nos podemos salvar, para tener una vida eterna (vida plena y feliz).

La primera lectura refleja, al igual que la semana pasada, como al poner nuestra seguridad en las cosas (muchas o pocas), podemos caer en la tentación de “echarnos en la hamaca”, para pasarla cómodamente con los míos, olvidándonos de ayudar a los necesitados o de los que sufren; actitud que se nos muestra en la persona del “hombre rico” del evangelio, quien se desentiende de quien tiene en la puerta de su casa, mientras vive de manera egoísta, soberbia e indiferente, disfrutando de su “autosuficiencia”. De igual manera, San Pablo, en la segunda lectura nos exhorta hoy a huir de la codicia y del apego a los bienes materiales.

Jesús vino a salvarnos, y lo sigue haciendo a través de su Palabra y de personas que han encontrado en la oración, fuente de liberación y sentido de servicio, reflejando el amor de Dios con palabras (como profetas) y con hechos concretos, colaborando para que el Reino se haga presente a cada uno de nosotros; lo cual es para nosotros una invitación a ser también testimonio de que Dios está en nuestro corazón, “llevando una vida recta, compasiva, de fe y amor y servicio” (cfr. 1 Tim 6, 11-16).

Ser seguidores de Jesús, implica que respondamos a su manera: ante el egoísmo, con gratitud y servicio; ante la injusticia, con solidaridad y responsabilidad.

En resumen, hoy se nos invita a revisar dónde están nuestros apegos (riqueza, poder, comodidad) y a elegir, con libertad interior, lo que más conduce al servicio y al amor, para como dice San Ignacio de Loyola, “en todo amar y servir”.

¿Cuándo ignoro el sufrimiento de quienes me rodean?... ¿Cómo evitar la tentación del egoísmo y la codicia?... ¿Cómo puedo vivir hoy de manera más solidaria y libre?

 

Alfredo Aguilar Pelayo

alfredo@ccrrsj.org

#RecursosParaVivirMejor

www.ccrrsj.org

 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP

Para profundizar: https://tinyurl.com/BN-26C-250928

Domingo XXVI de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Profundizar)

 Domingo XXVI de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas 16, 19-31) – septiembre 28, 2025 
Amos 6, 1a.4-7 / Salmo 115 / 1 Timoteo 6, 11-16

 Evangelio según san Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.

Entonces gritó: «Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas». Pero Abraham le contestó: «Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá».

El rico insistió: «Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos». Abraham le dijo: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». Pero el rico replicó: «No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán». Abraham repuso: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto»”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

En Sion se encontraba la gran fortaleza de Jerusalén, y la montaña de Samaría, representa el centro de un reino marcado por la idolatría. Así, la primera lectura caracteriza a una persona que se siente asegurada, que adora cosas que no son Dios (dinero, poder, prestigio, títulos, etc.) Se trata del frívolo que no se conmueve ante el sufrimiento de otros.

La segunda lectura describe a otro tipo de persona: La gente de Dios. Este busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre (fuerza bajo el propio control, se responde a las ofensas y a las críticas con gentileza y respeto). Es el tipo de persona que sigue a Dios.

El Evangelio nos vuelve a colocar otros dos personajes con contrastes: El rico (no posee nombre) y el mendigo, llamado Lázaro, postrado y hambriento. El rico (sin nombre) y Lázaro mueren, y lo que sigue, según la narración contada por Jesús, es una suerte de ajuste: Lázaro recibe todo lo que le faltaba y el rico experimenta la sed extrema. Entre ello se ha abierto un gran abismo que no se puede cruzar. 

¿Qué ha condenado al rico? ¿Qué ha salvado a Lázaro? ¿Qué mensaje nos transmite la Palabra hoy para el cotidiano de nuestras vidas? 

El corazón que pierde la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento del otro, rompe y se aleja en todas sus relaciones, va construyendo distancias y abismos con los demás, se queda solo atormentado por su sed de relación, pues los bienes terrenos no nos acompañan al morir, se quedan.

¿Ha que te llama la Palabra hoy? ¿Te conmueves? ¿Eres hombre o mujer de Dios? No se trata sólo de palabras, se trata de acción. #FelizDomingo

“(...) tampoco creerán, aunque un muerto resucite”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Nuestro querido país sigue siendo uno de los más desiguales del mundo. Es verdad que ha habido avances en los últimos años, pero la situación sigue siendo preocupante. La concentración de ingresos y el abismo en el desarrollo de las zonas rurales y urbanas son los elementos más complejos. El 1% de la población obtiene el 18% de los ingresos, mientras el 50% más pobre se distribuye el 7% de los ingresos. Según datos de este año, hay un 36,6% de hogares en pobreza monetaria y un 13,9% en pobreza extrema. Departamentos como Guajira y Chocó tienen tasas de pobreza mucho mayores que regiones como Boyacá y Cundinamarca. En regiones como Vaupés, Guajira, Guainía y Amazones hay más de 390.000 niños menores de 5 años sufriendo desnutrición crónica.

El programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publicó un informe de desarrollo humano 2025 con el título “Un llamado a decidir: personas y posibilidades en la era de la IA”. En este documento Colombia aparece como el tercer país con mayor desigualdad del planeta, según el coeficiente Gini, solo superado por Sudáfrica y Namibia. Necesitamos avanzar en la construcción de la paz, cuando vamos a celebrar el próximo año 10 años de la firma del acuerdo de paz entre la guerrilla de las Farc y el Estado. Los especialistas en procesos de paz insisten en la diferencia que existe entre el “hacer la paz” (Peace making) y el construir la paz (Peace building). Una cosa es hacer las ‘paces’, como decíamos cuando habíamos tenido una pelea con un amigo o amiga, y otra distinta, construir las condiciones que hacen posible esa paz que llaman ‘estable y duradera’. Desde luego, esto tiene un costo y será alto… vamos a comenzar a hablar de ‘Los precios de la paz’, en lugar de ‘Los costos de la guerra’… Esto supondrá que los que tienen más, estén dispuestos a compartir sus riquezas con los que tienen menos. Cosa que es bien difícil de que se de modo espontáneo y libre. Precisamente allí creo que está el origen de todas las guerras. Esto va a suponer más impuestos para los que tienen más y más ayudas y apoyos para los que tienen menos. Habrá que pagar más para financiar el desarrollo humano sostenible de toda la población, de modo que se le quite el piso a la violencia en la que ha estado sumido este pobre país durante tantos años.

Después de haber ofrecido estos pocos datos de la repartición de las riquezas en nuestro país, y de la necesidad de crear condiciones de mayor igualdad entre los colombianos, como paso necesario en la construcción de la paz, la parábola que nos cuenta hoy el Señor parece sacada de nuestra propia realidad: “Había un hombre rico que se vestía con ropa fina y elegante y que todos los días ofrecía espléndidos banquetes. Había también un pobre llamado Lázaro, que estaba lleno de llagas y se sentaba en el suelo a la puerta del rico. Este hombre quería llenarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas”. La historia muestra el destino definitivo del pobre después de su muerte, que es llevado al seno de Abraham, y el destino del rico del que solo dice que “fue enterrado” y llevado un lugar de tormento.

El diálogo entre el rico y Abraham es muy interesante. El rico quiere que Abraham advierta a sus hermanos, por algún medio, para que al morir no vayan al mismo lugar a donde él ha sido llevado. Pero Abraham le recuerda que para eso tienen a Moisés y a todos los profetas. Solo tienen que hacerles caso. Por fin, el rico termina diciendo: “Padre Abraham, eso no basta; pero si un muerto resucita y se les aparece, ellos se convertirán. Pero Abraham le dijo: ‘Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán, aunque algún muerto resucite”. Resucitó el Señor, y tampoco le hemos hecho caso. Incluso, al que predica estas cosas lo acusan de estar echando ‘discursos sociales’, cuando lo que está en juego es el anuncio del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo y la vida digna para todos.

 

ACERCARNOS  

José Antonio Pagola

El pobre Lázaro está allí mismo, muriéndose de hambre «junto a su puerta», pero el rico evita todo contacto y sigue viviendo «espléndidamente» ajeno a su sufrimiento. No atraviesa esa «puerta» que le acercaría al mendigo. Al final descubre horrorizado que se ha abierto entre ellos un «inmenso abismo». Esta parábola es la crítica más implacable de Jesús a la indiferencia ante el sufrimiento del hermano.

Junto a nosotros hay cada vez más inmigrantes. No son «personajes» de una parábola. Son hombres y mujeres de carne y hueso. Están aquí con sus angustias, necesidades y esperanzas. Sirven en nuestras casas, caminan por nuestras calles. ¿Estamos aprendiendo a acogerlos o seguimos viviendo nuestro pequeño bienestar indiferentes al sufrimiento de quienes nos resultan extraños? Esta indiferencia solo se disuelve dando pasos que nos acerquen a ellos.

Podemos comenzar por aprovechar cualquier ocasión para tratar con alguno de ellos de manera amistosa y distendida, y conocer de cerca su mundo de problemas y aspiraciones. Qué fácil es descubrir que todos somos hijos e hijas de la misma Tierra y del mismo Dios.

Es elemental no reírnos de sus costumbres ni burlarnos de sus creencias. Pertenecen a lo más hondo de su ser. Muchos de ellos tienen un sentido de la vida, de la solidaridad, la fiesta o la acogida que nos sorprendería.

Hemos de evitar todo lenguaje discriminatorio para no despreciar ningún color, raza, creencia o cultura. Nos hace más humanos experimentar vitalmente la riqueza de la diversidad. Ha llegado el momento de aprender a vivir en el mundo como la «aldea global» o la «casa común» de todos.

Tienen defectos, pues son como nosotros. Hemos de exigir que respeten nuestra cultura, pero hemos de reconocer sus derechos a la legalidad, al trabajo, a la vivienda o la reagrupación familiar. Y antes aún luchar por romper ese «abismo» que separa hoy a los pueblos ricos de los pobres. Cada vez van a vivir más extranjeros con nosotros. Es una ocasión para aprender a ser más tolerantes, más justos y, en definitiva, más humanos.

 

SIEMPRE HAY UN LÁZARO A MI PUERTA

Fray Marcos

Por última vez, después de una insistencia machacona, nos habla Lucas de la riqueza, pero está claro que en materia de riqueza no haremos caso ni aunque resucite un muerto. La parábola va dirigida a los fariseos, que son amigos del dinero. Jesús les dice que, si de verdad creyeran lo que predican, no estarían tan apegados a las riquezas.

Esta parábola es clave para entender lo que dice el evangelio sobre las riquezas. No se puede hablar de ellas en abstracto y la parábola nos obliga a pisar tierra. El rico no tiene en cuenta al pobre y sin esa toma de conciencia nada tiene sentido. Lo único negativo de la parábola es que, mal interpretada, nos ha permitido utilizarla como opio del pobre.

Nos dice lo mismo que Mateo: Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber. Utilizar los textos para seguir hablando de un premio para los pobres y un castigo para los ricos no tiene sentido alguno; a no ser que se busque la resignación de los pobres para que los ricos puedan seguir disfrutando de sus privilegios.

Rico es el que tiene más de lo necesario y puede acumular bienes. Pobre es el que no tiene lo necesario para vivir y pasa necesidad. En el AT la perspectiva es siempre religiosa. Fueron los profetas, empezando por Amós, los que denunciaron la maldad de la riqueza. Su razonamiento es simple: la riqueza se amasa siempre a costa del pobre.

Pobres, en el AT, sobre todo a partir del destierro, eran aquellos que no tenían otro valedor que Dios. No tenían a nadie en quien confiar, pero seguían confiando en Dios. No existe en el AT concepto puramente sociológico de rico y pobre.

Por eso el evangelio da por supuesto que las riquezas son malas sin matizaciones. No se dice que fueran adquiridas injustamente ni que el rico hiciera mal uso de ellas. Si Lázaro no hubiera estado a la puerta, no habría nada que objetar. Pero es precisamente el pobre, el que, con su sola presencia, llena de maldad el lujo y los banquetes del rico.

La actitud de Jesús para con los ricos parece contradictoria. No fue excluyente, sino abierta y de acogida. Admitió la visita de Nicodemo, era amigo de Lázaro, aceptó la invitación de Mateo, acogió con simpatía a Zaqueo, fue a comer a casa de fariseos ricos. No es fácil descubrir las motivaciones profundas de la manera de actuar de Jesús.

El evangelio denuncia una falsa actitud religiosa. Está lejos del capitalismo, pero también del comunismo. Jesús predica el “Reino de Dios”, que consiste en hacer a todos los hombres hermanos. El comunismo despoja al rico por la fuerza, pero mantiene al pobre en su pobreza para seguir justificándose. Jesús quiere hermanos libres y voluntarios.

No basta despojar a los ricos de su riqueza, porque los ahora pobres ocuparían su lugar. El evangelio va mucho más allá de la solución de unas desigualdades sociales, pero también esas injusticias quedarían superadas con un verdadero amor-compasión entre todos.

Ahora entenderemos por qué la incapacidad de cada uno para solucionar el hambre no es excusa para no hacer nada. Nuestra pasividad demuestra que la religión solo intenta sumar seguridad espiritual a las seguridades materiales. Jesús no está pidiendo que soluciones el hambre del mundo, sino que salgas de tu error al confiar en la riqueza.

 

 

XXVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

  XXVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – octubre 4, 2026  Isaίas 5, 1-7 / Salmo 79 / Filipenses 4, 6-9 El evangelio de hoy, n...