jueves, 8 de mayo de 2025

IV DOMINGO DE PASCUA – Ciclo C

IV DOMINGO DE PASCUA Ciclo C  (Juan 10, 27-30) – mayo 11, 2025 
Hechos 13, 14. 43-52; Salmo 99; Apocalipsis 7, 9. 14-17


El pasado jueves 8 de mayo, fue elegido el 267º Papa de la Iglesia Católica. Las primeras palabras de León XIV (Card. Roberto Francisco Prevost Martínez), fueron: “¡La paz esté con todos ustedes! Queridísimos hermanos y hermanas, este es el primer saludo de Cristo Resucitado, el buen pastor que dio la vida por el rebaño de Dios”.  

Así, para este cuarto domingo de Pascua, continuamos recordando lo que la Resurrección nos has traído y como es que hoy podemos hacerlo realidad, escuchando y siguiendo a Jesucristo: el Mesías, el Maestro, el Buen pastor, el Resucitado.

Evangelio según san Juan 10, 27-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno".

 

Reflexión:

¿Cómo alcanzar la vida eterna?

Si bien el Evangelio de hoy es muy “corto”, sintetiza de una manera muy clara, con tan solo tres verbos lo que lo que tenemos que hacer para siempre alegrarnos y gozar de la salvación que nos trae Jesús:

·        Escucharlo, es atender a sus palabras y enseñanzas con atención, para comprender el mensaje, asimilarlo y vivirlo…

·        Conocerlo, es saber más sobre él y su proyecto; entendiendo por qué y para qué de sus enseñanzas, la meta u horizonte de su proyecto; de tal manera que nos enamoremos de su proyecto, y nos impulse a hacerlo realidad…

·        Seguirlo, es poner en práctica, en nuestra vida ordinaria, sus enseñanzas y actitudes, de tal manera que colaboremos en que su proyecto de vida sea una realidad, allí donde estamos y vivimos, reflejando su “imagen” en todo lo que hagamos …

Dios, siempre presente, en todo y en todos, se ha manifestado para darnos a conocer cuál es su deseo, para todos nosotros, sus creaturas: “tengamos una vida que valga la pena vivir” (cfr. Principio y Fundamento de Ejercicios Espirituales Ignacianos, Carlos Morfin, SJ).

La frase "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6) es una afirmación clave de Jesús:

·        Jesús, nos enseña que el camino es el amor, la fraternidad y la justica, que nos da serenidad, propósito y paz para vivir bien, personal y comunitariamente.

·        Jesús es la verdad revelada por Dios. Él no solo dice la verdad, sino que también es la verdad misma, la realidad objetiva de Dios y del mundo.

·       Jesús vino para que tengamos una “vida abundante” (Jn 10,10), vino a enseñarnos, cual es el camino que nos lleva a esa “vida abundante”, la cual no se refiere solo a la prosperidad material, sino a una vida plena, llena de alegría, paz y propósito espiritual. Jesús ofrece una vida que supera la muerte y la destrucción (vida eterna).

Jesús, el Buen Pastor, solo quiere y desea nuestro bien, la vida y la abundancia para sus ovejas, es decir, sus seguidores. Como sucesor de Pedro, ahora corresponde al nuevo Papa ser el pastor de toda la iglesia universal (católica), y nosotros habremos de escucharlo y dejarnos guiar por él, para “como una Iglesia unida, buscando siempre la paz, la justicia, tratando siempre de trabajar como hombres y mujeres fieles a Jesucristo, sin miedo, para proclamar el Evangelio, para ser misioneros” León XIV (8/05/25)

Escuchamos a Jesús y en él, al Padre (que son uno mismo), a través de los testimonios narrados en las Escrituras (Biblia) y hoy en el nuevo Papa León XIV, los obispos, sacerdotes, religiosos (mujeres y hombres) y personas de buena voluntad, que, habiendo tenido la experiencia de Dios en su vida, nos la transmiten, en “palabras y obras”, el mensaje de Jesús.

Para confiar y tener fe en Jesús, hay que conocerlo, con la mente y el corazón, para que, desde allí, podamos nosotros también como Pablo y Bernabé (Hech 13, 14. 43-52), ser valientes promotores de la vida que Dios desea para nosotros y así, seamos parte de la gran muchedumbre que goza del triunfo de la vida eterna (Ap 7, 9. 14-17).

Pidamos al Dios fortaleza y sabiduría, para el nuevo Obispo de Roma León XIV.

 

¿Cómo puedo conocer mejor a Jesús y su Buena Nueva?... ¿Cómo puedo colaborar con Jesús, en hacer presente el reinado del amor?... ¿Cómo ser signo de paz en mi casa, comunidad y trabajo?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP 

IV DOMINGO DE PASCUA – Ciclo C

 IV DOMINGO DE PASCUA Ciclo C  (Juan 10, 27-30) – mayo 11, 2025  
Hechos 13, 14. 43-52; Salmo 99; Apocalipsis 7, 9. 14-17


Evangelio según san Juan 10, 27-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno". 

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia 

"Nadie las arrebatará de mi mano", esa es la afirmación que escuchamos de Jesús, en el Evangelio de este domingo. Es una afirmación para colocar en nuestro corazón después de leerla, escucharla, creerla y dejar que ilumine nuestra vida. 

Esta afirmación no surge de la boca de quien nos está poseyendo, sino de Aquél al que hemos llegado, porque nos encontró o porque lo encontramos; Aquél en el que encontramos refugio, curación, cuidado. Nadie llega o se queda a la fuerza, nuestro Dios nunca es intimidante, ni posesivo, ni asfixiante. Jesús es el buen pastor que nos busca en medio de las tribulaciones para ofrecerse como regazo; es el refugio del perseguido y del rechazado, es con el que podemos permanecer para siempre seguros sostenidos de su mano.

¿Cómo resuena en ti, hoy está afirmación expresada por Jesús? ¿A qué te sientes llamada, llamado?

#FelizDomingo

“Mis ovejas reconocen mi voz, y yo las conozco y ella me siguen” 

Pedro María Iraolagoitia, S.J., publicó en 1996 un libro que tituló María, El Carpintero y el Niño. Es una bella recuperación de la vida oculta de María de Nazaret, en compañía de su esposo, San José, y del Niño Jesús. Comienza con una carta escrita por el autor a la Virgen María. Entre otras cosas, le dice lo siguiente: “Esta carta es para que me perdones todo lo que he escrito de Ti y del Niño y de San José, en este libro. Toda la culpa la tienen los Evangelistas (y que ellos también me perdonen), por haber escrito tan pocas cosas de tu vida. Nosotros hubiéramos querido saber muchas más cosas de Ti. Nos hubiera gustado saber cómo vivían en Belén, en Egipto, en Nazaret, en Jerusalén; dónde tenían puesto el arcón, la mesa y los tiestos con flores; qué distancia tenías que recorrer para ir al lavadero, cuánto te costaba el litro de aceite y qué cena les diste a los Reyes Magos. Hubiéremos querido saber mil y mil detalles de tu vida, cuantos más, mejor. A fuerza de verte metida en las hornacinas de los altares, es fácil que nos olvidemos de que, en este mundo, viviste veinticuatro horas al día como una mujer sencilla y encantadora, entre pucheros, escobas, vecinas, barro, sol, cansancio, canciones, preocupaciones domésticas, tertulias y el abundante aserrín del taller de José. (...) Mis respetuosos saludos a José y un beso al Niño”.

Uno de los capítulos del libro se llama ‘De la A a la Z’. Y en él, el autor va desgranando palabras sencillas, para describir algunos aspectos de la vida oculta de la Virgen María, San José y el Niño Jesús. La primera palabra es Agua, y dice lo siguiente: “Para limpiar todas las mañanas la carita del Niño y peinarle y mandarle hecho un sol a la escuela. Para preparar la sopa, para lavar tanta cosa, para regar los tiestos de las flores. Para refrescar los labios y la frente de los enfermos que Ella visita en el pueblo. Para sentir la belleza de oírla cantar en la fuente y verla danzar en el río. Para agradecer al Altísimo el regalo de habernos dado el agua a los hombres: algo tan limpio, tan útil, tan fresco y tan bello”.

Cuando llega a la letra o, se fija en la palabra ‘ovejas’: “Al Niño le gustan las ovejas. Cuando salen del pueblo se va con ellas y le pide al cayado al pastor, y juega a ser Pastor. –¿Sabes, Madre? Conozco a todas las ovejas del pueblo y ellas me conocen a mi. –Sí, Hijo. –Cuando sea grande, voy a ser Pastor. –Tú ya eres Pastor, Hijo mío. –Sí... ya soy pastor... ¿Sabes, Madre, qué es lo que hace el Buen Pastor? –No, cariño... ¿Qué es lo que hace? –Da la vida por sus ovejas. Y, a la Madre, toda el alma se le hace congoja, y tiene que «guardar estas palabras en su corazón».

Este libro nos recuerda que las enseñanzas que Jesús fue repartiendo como Buenas Noticias de Dios para el mundo, fueron naciendo, poco a poco, de la vida oculta del Señor. Años de silencio, de aprendizaje lento, de contemplación de la naturaleza y de la historia de su pueblo, con los ojos de Dios. De allí surgió la imagen del Buen Pastor: “Mis ovejas reconocen mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y jamás perecerán ni nadie me las quitará”. Eso mismo sigue diciéndonos hoy, cuando vivimos situaciones difíciles y dolorosas. El Señor es el Buen Pastor que nos apacienta y nos conduce hacia fuentes tranquilas para reparar nuestras fuerzas. Por eso, aunque pasemos por cañadas oscuras, su vara y su cayado, nos dan seguridad.

VOLVER A JESÚS 

Se pueden hacer toda clase de estudios y diagnósticos. Lo cierto es que el mundo necesita hoy savia nueva para vivir. Las Iglesias andan buscando aliento y esperanza. Las muchedumbres pobres del planeta reclaman justicia y pan. Occidente ya no sabe cómo salir de esa tristeza mal disimulada que ningún bienestar logra ocultar.

El problema no es solo de cambios políticos ni de renovaciones teológicas, sino de vida. Estamos necesitados de algo parecido al «fuego» que prendió Jesús en su breve paso por la tierra: su mística, su lucidez, su pasión por el ser humano. Necesitamos personas como él, palabras como las suyas, esperanza y amor como los suyos. Necesitamos volver a Jesús.

Desde el inicio, los cristianos vieron que él podía guiar a los seres humanos. Con su conocido lenguaje, el cuarto evangelio lo presenta como el «pastor» capaz de liberar a las ovejas del aprisco donde se encuentran encerradas para «sacarlas afuera», a un país nuevo de vida y dignidad. Él marcha por delante marcando el camino a quienes lo quieren seguir.

Jesús no impone nada. No fuerza a nadie. Llama a cada uno «por su nombre». Para él no hay masas. Cada uno tiene nombre y rostro propios. Cada uno ha de escuchar su voz sin confundirla con la de extraños, que no son sino «ladrones» que quitan al pueblo luz y esperanza.

Esto es lo decisivo: no escuchar voces extrañas, huir de mensajes que no vienen de Galilea. Siempre que la Iglesia ha buscado renovarse se ha desencadenado una vuelta a Jesús para seguir de nuevo sus pasos. Como se ha recordado tantas veces, «sígueme» es la primera y la última palabra de Jesús a Pedro (Dietrich Bonhoeffer).

Pero volver a Jesús no es tarea exclusiva del papa ni de los obispos. Todos los creyentes somos responsables. Para volver a Jesús no hay que esperar ninguna orden. Francisco de Asís no esperó a que la Iglesia de su tiempo tomara no sé qué decisiones. Él mismo se convirtió al evangelio y comenzó la aventura de seguir a Jesús de verdad. ¿A qué tenemos que esperar para despertar entre nosotros una pasión nueva por el evangelio y por Jesús?

 

DEBEMOS SUPERAR TODA IMAGEN QUE NOS LLEVE A
UNA RELACIÓN EXTERNA CON JESÚS

Para poder entender el texto hoy, hay que tener en cuenta todo el discurso que sigue a la curación del ciego de nacimiento: Jesús como puerta, Jesús como pastor. El pastor modelo da la Vida a las ovejas. Dar la Vida no significa dejarse matar, sino matarse por los demás.

No se trata solo de oír a Jesús, se trata de escucharle. Escucharle significa acercarse sin prejuicios y aceptar lo que nos dice, aunque suponga cambiar nuestras conviccio­nes. Seguirle es estar dispuesto a darse a los demás como él. No basta escuchar, hay que vivir.

Jesús no nos pide ser borregos sino personas responsables de sí mismos y de los demás.

Y yo les doy Vida definitiva. Se trata de la misma Vida que Jesús ha recibido de Dios. La consecuencia primera de seguirle es alcanzar esa Vida del Espíritu. Lo que pasó en Jesús tiene que pasar en mí. Como modelo de pastor, defiende a los suyos con todo su ser, no pasarán a manos de ladrones. Ponerse en manos de Jesús equivale a estar en las de Dios.

Yo y el Padre somos lo Uno. Es la frase que mejor refleja la conciencia que la comunidad tenía de Jesús. No tiene sentido pensar que esa frase exprese su conciencia de ser Dios. Para nosotros, tiene más importancia si caemos en la cuenta de que fue la experiencia de la comunidad de Juan, la que llegó a la conclusión de que Jesús estaba identificado con Dios.

La Vulgata no dice “somos unus” sino unum (neutro). Nos está lanzando más allá de todo lenguaje. Jesús dice que él y el Padre no se distinguen en nada, pero tampoco se distingue de su origen, ninguna otra criatura. Lo que Jesús dijo, lo puede decir cualquiera. No se puede ir más allá. El lenguaje humano, no da más de sí. Lo único que cabe es el silencio.

El Maestro Eckhart llegó a decir que Dios se aniquila para identificarse con nosotros y que el hombre tiene que anonadarse para ser uno con Dios. La simplicidad de las matemáticas nos puede ayudar. 1 + 1 siempre serán 2. Pero 1 x 1 = 1. Si el resultado de 1 x 1 lo vuelvo a multiplicar por 1, seguirá resultando 1. La unidad con Dios nos hace uno con Él y con todos.

Jesús llegó a una experiencia de unidad total con Dios. Ya no había ninguna diferencia entre lo que era él y lo que era Dios en él. Para dar sentido a una adhesión a su persona, se muestra él totalmente volcado sobre el Padre. Relacionarnos con Jesús es relacionarnos con Dios. Por eso el Jesús que predicó el Reino de Dios, se convirtió en objeto de predicación.

Si nos empeñamos en aferrarnos a la imagen de Dios como ente separado, que está en alguna parte fuera del mundo y de nosotros, será imposible entender la unidad entre Jesús y Dios. Jesús es UNO, no con otro ser que tiene una identidad distinta a la suya sino con el fundamento absoluto de su ser y de todos los seres. La homooúsios del dogma.

Si Jesús promete la Vida al que le escuche, quiere decir que les ofrece la misma Vida que él ha recibido del Padre. Por eso se puede hablar de una identificación absoluta con el Padre. Recordemos las palabras de Juan en el discurso del pan de vida: "El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre, del mismo modo el que me come vivirá por mí".

Schillebeeckx dijo: “Si pudiera quitar de mí lo que hay de mí, quedaría Dios; si pudiera quitar de mí lo que hay de Dios, quedaría nada”. Eckhar dijo: “si pudiera quitar de mí lo que hay de mí, quedaría nada”. 1x0=0. Ni yo puedo existir sin Dios ni Dios puede existir sin mí.

 


jueves, 1 de mayo de 2025

III DOMINGO DE PASCUA – Ciclo C

 III DOMINGO DE PASCUA Ciclo C  (Juan 21,1-19) – mayo 4, 2025 
Hechos 5, 27-32. 40-41; Salmo 29; Apocalipsis 5, 11-14



Al contemplar el encuentro de Jesús Resucitado con los apóstoles que describe el Evangelio de este domingo, nos lleva a reflexionar cual nuestra misión en este tiempo de Pascua (y cada día): ¡seguir a Jesús!

Evangelio según san Juan 21,1-19

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: ‘También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?”. Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.

Tan pronto como saltaron a tierra vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”.

Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Quién eres?, porque ya sabían que era el Señor.

Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Después de almorzar le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.

Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”. Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.

Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”. 

Reflexión:

¿Cómo seguir a Jesús Resucitado?

Una manera de orar, es la Contemplación de la Palabra: esto es, mirar lo que nos dice, con los ojos de la imaginación, como si estuviera presente en la escena, escuchando los diálogos entre las personas, observando lo que hacen, sus reacciones…  y las nuestras, para que al reflexionar en la mente y pasándolas por el corazón, tomemos conciencia de que nos nueve y hacia dónde, para  luego sacar provecho para la  vida.

Jesús Resucitado, en el evangelio:

§  observa pescar a los apóstoles, y hoy, a cada uno de nosotros también, ve lo que hacemos en nuestra vida y …

§  nos indica hacia dónde dirigir nuestro esfuerzo, para tener éxito en nuestro quehacer…

§  también nos espera, con la mesa puesta (en la eucaristía), para alimentaros y recuperar fuerza espiritual, escuchando su palabra y compartiendo lo que tiene preparado para nosotros…

§  al igual que a Pedro, nos pregunta si lo amamos; y sin esperar respuesta, nos da él mismo la respuesta, pidiendo que la respuesta sea, más que en palabras, con hechos (acciones), cuidando a sus creaturas, a las demás personas…

§  y al hacerlo así, es aceptar la invitación a seguirlo

Seguirlo, es reconocer al  Resucitado, es dejarme iluminar y fortalecerme por su Espíritu, y como Pedro y los apóstoles poder decir con valor: “Nosotros somos testigos de todo esto y también lo es el Espíritu Santo, que Dios ha dado a los que lo obedecen" (Hech 5, 27-32)

¿Cómo enfrentar las adversidades por dar testimonio del Resucitado?... ¿Cómo puedo “cuidar” de los demás? ... ¿Cómo seguir, en mi vida, a Jesús Resucitado?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP 

III DOMINGO DE PASCUA – Ciclo C

 III DOMINGO DE PASCUA Ciclo C  (Juan 21,1-19) – mayo 4, 2025 
Hechos 5, 27-32. 40-41; Salmo 29; Apocalipsis 5, 11-14

 


Evangelio según san Juan 21,1-19

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: ‘También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?”. Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.

Tan pronto como saltaron a tierra vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”.

Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Quién eres?, porque ya sabían que era el Señor.

Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Después de almorzar le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.

Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”. Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.

Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”.  


#Microhomilia 

Hagamos memoria este III domingo de Pascua, de las veces en que hemos exclamado: ¡Es el Señor!, esos momentos en que nos sentíamos solos, frustrados, derrotados; pero algo pasó, alguien llegó y nos devolvió la esperanza. Esos momentos, que van constituyendo nuestras historias de esperanza, que nutren y sostienen la fe, de que Él es con nosotros.

El Resucitado se hace presente en el cotidiano de sus amigos, y hace de ese cotidiano un momento de alegría y encuentro, no irrumpe como espectáculo, sino que alimenta y se queda a compartir con ellos.

Nuestras propias y personales historias de esperanza, esos pequeños chispazos que iluminaron nuestras oscuridades, nos posibilitan seguir y vivir en la libertad de los valientes, esos que se saben que el Señor es con nosotros y que nos ha liberado.

Después de hacer memoria de nuestras historias de esperanza, escuchemos al Resucitado preguntarnos, llamándonos por nuestro nombre: "... ¿me amas?" 

Refrendemos el amor, la gratitud y el seguimiento.

#felizdomingo

¡Es el Señor!” 
Existe un poema que se canta en la lengua de los indios cherokees de los Estados Unidos y que dice así: “Un hombre susurró: «Dios, habla conmigo». Y un ruiseñor comenzó a cantar, pero el hombre no oyó. Entonces el hombre repitió: «Dios, habla conmigo». Y el eco de un trueno se oyó. Pero el hombre fue incapaz de oír. El hombre miró alrededor y dijo: «Dios, déjame verte». Y una estrella brilló en el cielo. Pero el hombre no la vio. El hombre comenzó a gritar: «Dios, muéstrame un milagro». Y un niño nació. Pero el hombre no sintió el latir de la vida. Entonces el hombre comenzó a llorar y a desesperarse: «Dios, tócame y déjame saber que estás aquí conmigo...» Y una mariposa se posó suavemente en su hombro. El hombre espantó la mariposa con la mano y, desilusionado, continuó su camino, triste, solo y con miedo”. 
El texto que nos propone hoy la liturgia expresa de una manera admirable la experiencia del resucitado que vivieron aquel grupo de pescadores junto al lago de Tiberíades: “Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, al que llamaban el Gemelo, Natanael, que era de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos de Jesús. Simón Pedro les dijo: –Voy a pescar. Ellos contestaron: –Nosotros también vamos contigo. Fueron, pues, y subieron a una barca; pero aquella noche no pescaron nada. Cuando comenzaba a amanecer, Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les preguntó: –Muchachos, ¿no tienen pescado? Ellos le contestaron: –No. Jesús les dijo: –Echen la red a la derecha de la barca, y pescarán. Así lo hicieron y después no podían sacar la red por los muchos pescados que tenía. Entonces el discípulo a quien Jesús quería mucho, le dijo a Pedro: –¡Es el Señor!”  
Jesús resucitado se hace presente en nuestra vida cotidiana, en medio de la pesca, del trabajo, de la rutina de nuestras vidas cansadas porque no tenemos éxito en nuestras búsquedas ordinarias. El se deja sentir en lo sencillo de nuestras labores. No hacen falta experiencias extraordinarias; no se trata de teofanías luminosas y radiantes. Sencillamente, es necesario tener un corazón, como el del discípulo a quien Jesús quería mucho. Un corazón que se sabe amado por el Señor, reconoce la presencia del resucitado con facilidad. 
En esta escena a la orilla del lago, hay un elemento que llama la atención. Los discípulos, sabiendo que era el Señor el que los invitaba a desayunar, no se atreven a preguntarle: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor”. Su presencia no es una prueba irrefutable, una señal inequívoca y absolutamente transparente. Jesús se hace presente en el sacramento del hermano, en el gesto fraterno que nos une, en el estallido constante de la vida que nos llega sin notarla. ¿Hasta cuándo tenemos que sufrir para comprender que Dios está siempre donde está la vida? ¿Hasta cuándo mantendremos nuestros ojos y nuestros corazones cerrados para los milagros de la vida que se presentan diariamente en todo momento? En este tiempo de Pascua, tenemos que dejar atrás el miedo y la desconfianza, para abrirnos a la presencia resucitada del Señor que nos arranca de nuestras tristezas y desesperanzas, para lanzarnos a colaborar con él en la construcción de una vida plena para todos.

 

CUALQUIERA NO SIRVE 

Después de comer con los suyos a la orilla del lago, Jesús inicia una conversación con Pedro. El diálogo ha sido trabajado cuidadosamente, pues tiene como objetivo recordar algo de gran importancia para la comunidad cristiana: entre los seguidores de Jesús, solo está capacitado para ser guía y pastor quien se distingue por su amor a él.

No ha habido ocasión en que Pedro no haya manifestado su adhesión absoluta a Jesús por encima de los demás. Sin embargo, en el momento de la verdad es el primero en negarlo. ¿Qué hay de verdad en su adhesión? ¿Puede ser guía y pastor de los seguidores de Jesús?

Antes de confiarle su «rebaño», Jesús le hace la pregunta fundamental: «¿Me amas más que estos?». No le pregunta: «¿Te sientes con fuerzas? ¿Conoces bien mi doctrina? ¿Te ves capacitado para gobernar a los míos?». No. Es el amor a Jesús lo que capacita para animar, orientar y alimentar a sus seguidores, como lo hacía él.

Pedro le responde con humildad y sin compararse con nadie: «Tú sabes que te quiero». Pero Jesús le repite dos veces más su pregunta, de manera cada vez más incisiva: «¿Me amas? ¿Me quieres de verdad?». La inseguridad de Pedro va creciendo. Cada vez se atreve menos a proclamar su adhesión. Al final se llena de tristeza. Ya no sabe qué responder: «Tú lo sabes todo».

A medida que Pedro va tomando conciencia de la importancia del amor, Jesús le va confiando su rebaño para que cuide, alimente y comunique vida a sus seguidores, empezando por los más pequeños y necesitados: los «corderos».

Con frecuencia se relaciona a jerarcas y pastores solo con la capacidad de gobernar con autoridad o de predicar con garantía la verdad. Sin embargo, hay adhesiones a Cristo, firmes, seguras y absolutas, que, vacías de amor, no capacitan para cuidar y guiar a los seguidores de Jesús.

Pocos factores son más decisivos para la conversión de la Iglesia que la conversión de los jerarcas, obispos, sacerdotes y dirigentes religiosos al amor a Jesús. Somos nosotros los primeros que hemos de escuchar su pregunta: «Me amas más que estos? ¿Amas a mis corderos y a mis ovejas?».

 

LA EXPERIENCIA PASCUAL 

Antes de analizar el relato de hoy, vamos a seguir reflexionando algo más sobre la experiencia pascual. Después de la misa del domingo pasado, alguien me preguntó, como quien no quiere la cosa, “explícanos en qué consiste la experiencia pascual”. Se trata de una experiencia interior que, o se tiene y entones no hay que explicar nada, o no se tiene y entonces no hay manera humana de explicarla.

Esta simple constatación es la clave para afrontar los textos evangélicos que quieren transmitir dicha experiencia. No hay ni palabras ni conceptos para poder meter la realidad vivida, por eso los primeros cristianos acudieron a los relatos simbólicos. El fallo está en nosotros, que seguimos interpretándolos como crónicas de sucesos en vez de buscar el verdadero mensaje que quieren transmitirnos.

El objeto de esos textos no es explicar ni convencer, sino invitar a la misma experiencia que hizo posible la absoluta seguridad de que Jesús estaba vivo.

Descubriremos la fuerza arrolladora de esa vivencia y podremos intuir la profundidad del cambio operado en ellos, si tenemos en cuenta las circunstancias en que se desarrolló la muerte de su Maestro. Las autoridades religiosas y romanas no solo pretendieron matar a Jesús, sino borrarle de la memoria de los vivos. No fue una simple condena a muerte. Fue una condena a ser crucificado. Esa condena llevaba implícita la absoluta degradación del condenado y la práctica imposibilidad de que esa persona pudiera ser rehabilitada de ninguna manera.

Desde esta perspectiva, la posibilidad de que Pilato condenara a la cruz a Jesús por la mañana y por la tarde permitiera que fuera enterrado con lienzos, aromas y ungüentos, en un sepulcro nuevo, es absolutamente nula.

Pero es completamente lógico que los primeros cristianos tratasen de eliminar las connotaciones aniquilantes de la muerte en cruz de un Jesús que para ellos lo era todo. También es natural que, al contar lo sucedido a los que no conocieron lo hechos, tratasen de omitir todo aquello que había sido inaceptable para ellos mismos y los sustituyeran por relatos más de acuerdo con lo que querían transmitir.

En el relato que hoy leemos, nada es lo que parece. Todo es mucho más de lo que parece.

Responde a un esquema teológico definido, que se repite en todas las apariciones. No pretenden decirnos lo qué pasó en un lugar y momento determinado, sino transmitirnos una experiencia de una comunidad que está deseando que otros cristianos vivan la misma realidad que ellos estaban viviendo. En aquella cultura, la manera de transmitir ideas, era a través de relatos, que podían estar tomados de la vida real o construidos para el caso. 

La introducción del relato nos pone en la pista. "Se manifestó" (ephanerôsen) tiene el significado genérico de “surgir de la oscuridad”. Para Juan implica una manifestación de lo celeste en un marco terreno.

“Al amanecer”, justo cuando se está pasando de la noche al día, los siete discípulos pasan de una visión terrena de Jesús basada en lo que pudieron percibir a través de los sentidos, a una experiencia interna que les permite descubrir en él lo que no se puede ver ni oír ni tocar.

Seguimos el esquema, de que hablábamos el domingo.

1º Situación dada.

Los discípulos están pescando, es decir, habían vuelto a su tarea habitual. Nada más contrario a una búsqueda específica de algo espiritual. Ajenos a lo que les va a pasar, y por lo tanto, ni lo esperan ni lo buscan. Los discípulos están juntos, es decir, forman comunidad. No se hace alusión a los doce. Aparece el siete que es un número de plenitud, referido a todas las naciones paganas. Misión universal de la nueva comunidad.

La pesca es la imagen del resultado de la misión. "Aquella ‘noche’ no cogieron nada". Este dato es de vital importancia para comprender el mensaje. La noche significa la ausencia de Jesús. Sin él, la labor misionera es infructuosa y estéril.

Veis como el relato distorsiona la realidad a favor del simbolismo. La pesca se hace siempre de noche, no de día. Sin embargo, aquella a la que se refiere el relato, se consigue cuando se siguen las directrices de Jesús.

 Jesús se hace presente.

Toma la iniciativa y, sin que ellos lo esperen, aparece.

La primera luz de la mañana es señal de la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje simbólico. Jesús es la luz que permite trabajar y dar fruto.

Jesús no les acompaña; su acción en el mundo se ejerce por medio de los discípulos.

Las palabras de Jesús son la clave para dar fruto. Cuando siguen sus instrucciones, encuen­tran pesca y le descubren a él mismo.

 Les saluda.

Comienza una conversación amistosa, que pretende acentuar la cercanía. “Muchachos" (paidion) diminutivo de (pais) = niño. Es el “chiquillo de la tienda”, “la muchacha para todo”. Al darles ese nombre, Jesús está exigiéndoles una disponibilidad total para el servicio.

Por parte de Jesús, la obra está terminada. Él tiene ya pan y pescado. Ellos tienen que seguir buscando y compartiendo ese alimento. Jesús sigue en la comunidad, pero sin actuar directamente en la acción que ellos tienen que llevar a cabo.

 Lo reconocen.

La dificultad de reconocimiento se manifiesta en que sólo uno de los discípulos lo descubre. No el que mejor vista tiene, sino el que está más identificado con Jesús. Sólo el que tiene experiencia del amor de Jesús, sabe leer las señales.

Reconoce al Señor en la abundancia de peces, es decir, en el fruto de la misión. El éxito, es señal de la presencia del Señor. El fracaso delataba la ausencia del mismo.

Juan comunica su intuición a Pedro. Así se centra la atención en éste para introducir lo siguiente.

Pedro no había percibido la presencia, pero al oír al otro discípulo comprendió enseguida. El cambio de actitud de Pedro queda reflejado de un modo simbólico en la palabra "se ató". La misma que utilizó el evangelista Juan para designar la actitud de servicio cuando Jesús se ató el delantal en el relato de la última cena.

Se tira al agua después de haberse ceñido el símbolo del servicio, dispuesto a la entrega. Sólo Pedro se tira al agua, porque sólo él necesita cambiar de actitud. Jesús no responde al gesto de Pedro; responderá un poco más tarde.

La tierra es el lugar propio de la comunidad donde vive con Jesús. Los discípulos que se quedan en la barca, no estaban lejos de esa tierra.

No ven primero a Jesús, sino fuego y la comida, expresión de su amor a ellos. Son los mismos alimentos que dio Jesús antes de hablar del pan de vida. Allí el pan lo identificó con su carne, dada para que el mundo viva. Es lo que ahora les ofrece.

El alimento que les da él se distingue del que ellos logran por su indicación. Hay dos alimentos: uno es don gratuito, otro se consigue con el esfuerzo personal. El primero lo aporta Jesús. El segundo lo deben poner ellos, que han desarrollado su amor y lo manifiestan al trabajar en favor del hombre. No tiene sentido comer con Jesús si no se aporta nada.

El don de sí mismo queda ahora patente por la invitación a comer. Su presencia en el don, es tan perceptible que no deja lugar a duda. La presencia de Jesús en la comunidad es una llegada continuada.

Es claro el paralelismo con la escena de la multiplicación de los panes. Es el mismo alimento, pan y pescado y se describen las mismas acciones de Jesús.

Jesús es ahora el centro de la comunidad que irradia la fuerza de vida y amor. Esa presencia hace capaces a los suyos de entregarse como él.

Al decirnos que es la tercera vez que se aparece, significa que es la definitiva. No tiene sentido esperar nuevas apariciones... 

 La misión.

El domingo pasado, el reconocimiento después de la duda se centra en Tomás; hoy se cristaliza la misión en otro personaje, Pedro. Había reconocido a Jesús como Señor, pero no lo aceptaba como servidor a imitar.

Con su pregunta, Jesús trata de enfrentar a Pedro con su actitud. Sólo una entrega a los demás como la de Jesús, podrá manifestar su amor. La respuesta es afirmativa, pero evita toda comparación. Sólo él lo había negado.

Jesús usa el verbo “agapaô” = amor-amor. Pedro contesta con “phileô” =querer, amistad. Pedro empieza a comprender. Jesús no es el Señor, sino el amigo.

Apacentar = procurar alimento. Jesús le pide la muestra de ese amor. Procurar pasto es comunicar vida. Sólo puede hacerse en unión con Jesús, que es la Vida. “Corderos” y “ovejas” indican a los pequeños y a los grandes, sin distinciones.

Le pide que renuncie a toda idea de Mesías que no coincida con lo que Jesús es. El modelo de pastor se entrega él mismo por las ovejas. Pedro le había negado porque no estaba dispuesto a arriesgar su vida. Para la misión Jesús es modelo de pastor. Para la comunidad, es el único pastor.

Al preguntarle por tercera vez, pone en estrecha relación este episodio con las tres negaciones de Pedro. Espera de Pedro una rectificación definitiva y total. Ahora es Jesús el que usa el verbo “phileô” me quieres, que había utilizado Pedro. Le hace fijarse en ello y le pregunta si está seguro de lo que ha afirmado.

Ser amigo significa renunciar al ideal de Mesías que él se había forjado. Jesús no pretende ser servido, sino que, como él, sirva a los demás. Pedro comprende que la pregunta resume su historia de oposición al designio de Jesús. Con la tercera pregunta queda claro que hay adhesiones no válidas.

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