Evangelio según san Mateo 5, 1-12
En
aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los
cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al
encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Las
descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de
nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto
con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A
medianoche se oyó un grito: '¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!' Se
levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus
lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: 'Dennos un poco de su
aceite, porque nuestras lámparas se están apagando'. Las previsoras les
contestaron: 'No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan
mejor a donde lo venden y cómprenlo'.
Mientras
aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron
con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras
jóvenes y dijeron: 'Señor, señor, ábrenos'. Pero él les respondió: 'Yo les
aseguro que no las conozco'.
Estén
pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora''.
Para profundizar:
“”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
CREYENTES POCO SENSATOS
José Antonio Pagola
Son
bastantes las parábolas en que Jesús repite, de una manera o de otra, el mismo
mensaje: «Lo mejor que tenéis es la esperanza. No la perdáis. Mantenedla viva.
No apaguéis vuestro anhelo de vida eterna. Esperad con el corazón ardiendo. Sed
lúcidos. Nada hay más triste que una persona “acabada” que ha perdido la
esperanza en Dios».
Jesús
no utiliza un lenguaje moral. Para él, dejar que se apague en nosotros la
esperanza no es un pecado, es una insensatez. Las jóvenes de la parábola, que
dejan que se apague su lámpara antes de que llegue el esposo, son «necias»,
pues no han sabido mantener viva su espera. No se han ocupado de lo más
importante que ha de hacer el ser humano: esperar a Dios hasta el final.
No
es fácil escuchar hoy este mensaje. Hemos perdido capacidad para vivir algo
intensamente de manera duradera. El paso del tiempo lo desgasta todo. Al hombre
de nuestros días solo parece fascinarle lo nuevo, lo actual, el momento
presente. No acertamos a vivir algo de manera viva y permanente sin dejarlo
languidecer.
Hemos
encontrado una manera más razonable y sensata de mirar al futuro. Somos
maestros en hacer toda clase de cálculos y previsiones para no correr riesgos
en el futuro. Nos preocupamos de asegurar nuestra salud y garantizar nuestro
nivel de vida; planificamos nuestra jubilación y nos organizamos una vejez
tranquila. Todo ello está muy bien, pero no dejamos de ser insensatos si no
reconocemos algo que es evidente: todas estas seguridades fabricadas por
nosotros son inseguras.
La
advertencia evangélica no es irracional o absurda. Jesús invita sencillamente a
vivir en el horizonte de la vida eterna, sin engañarnos ingenuamente sobre la
caducidad y los límites de esta vida: «¿Qué previsiones hacéis más allá de lo
visible y perecedero? ¿Dónde pensáis encontrar seguridad cuando se desmoronen
vuestras seguridades?».
Mantener
despierta la esperanza significa no contentarse con cualquier cosa, no
desesperar del ser humano, no perder nunca el anhelo de «vida eterna» para
todos, no dejar de buscar, de creer y de confiar. Aunque no lo sepan, quienes
viven así están esperando la venida de Dios.
EL
AMOR ME MANTIENE ENCENDIDO, EL EGOÍSMO ME APAGA
Los
textos de estos últimos domingos de año litúrgico nos invitan a despertar, a
estar preparados. Pero no debemos seguir pensando en ese Dios vengativo que
está al acecho para ver cómo puede cogernos en un renuncio y condenarnos. Dios
no nos espera al final del camino. Dios está desde el principio en nuestra Vida
para que podamos llevarla a plenitud.
No
es la muerte la que tiene que dar sentido a nuestra vida, sino al revés, solo
viviendo a tope, se aprende a morir. Aunque solo me quedara un segundo de vida,
haría mal en pensar en la muerte. Sería más positivo el vivir plenamente ese
segundo. La muerte ni quita ni añade nada; el auténtico sentido debemos dárselo
a la vida mientras es plenamente consciente.
La
boda consistía en conducir a la novia a la casa del novio, donde se celebraba
el banquete. Esta ceremonia no tenía carácter religioso especial. El novio,
acompañado de sus amigos y parientes, iba a casa de la novia para conducirla a
casa de su propia familia. Todos estos rituales empezaban a la puesta del sol,
es decir, de noche, de ahí la necesidad de lámparas.
La
luz es más importante que las mismas muchachas, porque lo que determina que
entren o no entren en el banquete es que tengan o no tengan el candil
encendido. Ahora bien, para que dé luz una lámpara, tiene que tener aceite y
estar encendida. Aquí está la madre del cordero. Lo importante es la luz, pero
lo que hay que procurar es el aceite y encenderlo.
El
aceite y la luz son las obras. Jesús había dicho: Yo soy la luz del mundo. Y
también: vosotros sois la luz del mundo. El ser humano es luz cuando ha
desplegado su verdadero ser. Nuestra condición de animales no es algo malo, al
contrario, es la base para alcanzar nuestra plenitud, pero si no vamos más allá
cercenamos nuestra posibilidad de humanidad.
Dar
sentido a la vida es más importante que la vida misma. La vida tiene sentido
por sí misma, pero tenemos que descubrirlo. Esa es la tarea específicamente
humana. Nuestra vida puede quedar malograda como vida humana. Hay que estar
alerta, porque el tiempo pasa. Hay que despertar, de lo contrario, perderás la
oportunidad de ser tú.
La
luz son las obras. El aceite que alimenta la llama es el amor. El ser sensato
no depende de un conocimiento racional mayor sino de la plenitud de Vida. Así
se entiende que las sensatas no compartan el aceite con las necias. No es
egoísmo. Es que resulta imposible amar en nombre de otro. Nuestra lámpara no
puede arder con aceite prestado.
Dar
sentido a la vida no se puede improvisar en un instante. Solo con lo que hay de
Dios en mí, descubierto, reconocido, desplegado, puedo considerarme encendido.
Ese despliegue constituye la Sabiduría de la que nos hablaba la 1ª lectura. Sin
la llama de un amor sincero y efectivo, seremos irreconocibles incluso para el
mismo Dios.
Interpretar
la parábola como que debemos estar preparados para el día de la muerte es
tergiversar el evangelio. La parábola no hace hincapié en el fin, sino en la
inutilidad de una vida apagada sin amor a los que me rodean. Mi lámpara debe
estar encendida siempre; si esperamos a prepararla en el último momento, la
vida transcurrirá carente de sentido.
Si
el aceite es el amor manifestado en obras, lo que cuenta es toda una vida
consumida en favor de los demás. No podemos pensar en el último día para darle
sentido. Hay que buscar una interpretación más de acuerdo a todo el mensaje de
Jesús. El don total de sí mismo trasformó todo lo humano que había en él en
divino, no en un más allá, sino aquí y ahora.
Tenemos
que abandonar toda búsqueda de glorificación, sea en este mundo o sea en el
otro, y entrar por el camino del servicio a los demás hasta consumirnos en la
entrega total a los demás. El aceite solo da luz a costa de consumirse. Si
aceptamos el programa del evangelio solo porque nos han prometido una “gloria”
para el más allá, la cosa no puede funcionar.

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