miércoles, 4 de noviembre de 2026

XXXII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A –

Sabidurίa 6, 12-16 / Salmo 62 / 1 Tesalonicenses 4, 13-18

 

La invitación de la Palabra este domingo es para ser previsores y vivir desde ahora de tal manera que podamos llegar a la meta última, que es el encuentro definitivo con el Padre …

Evangelio según san Mateo 5, 1-12

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

A medianoche se oyó un grito: '¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!' Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: 'Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando'. Las previsoras les contestaron: 'No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo'.

Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: 'Señor, señor, ábrenos'. Pero él les respondió: 'Yo les aseguro que no las conozco'.

Estén pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora''.

Reflexión:

¿Cuál es la sabiduría de Dios?

Hoy, después de haber recordado, al comienzo de la semana, a todos los Santos, que nos muestran que es posible vivir haciendo la voluntad de Dios, y a los Fieles Difuntos, que nos recuerdan nuestra realidad humana: todos vamos a morir, sin saber ni cómo, ni cuándo.

Ahora bien, para comprender mejor nuestro potencial y realidad humana, hay que considerar primeramente que hemos sido creados para “tener una vida que valga la pena vivir”, como insistimos en esta columna, pero, también consientes que no toda manera de vivir vale la pena, de acuerdo con nuestra fe. Lo valioso de una vida terrena, es que seamos y colaboremos con los demás, para seamos dichosos y felices en este mundo y luego, al morir, lleguemos a la Casa del Padre, como los santos.

Si queremos alcanzar la felicidad (en este mundo) y salvar nuestra alma (alcanzar la vida eterna), entonces hay que estar preparados, en otras palabras, aprender a vivir. Jesús es nuestro maestro de vida: confiar en el Padre, descubrir y desarrollar nuestros dones y ponerlos al servicio del Reino.

Ir aprendiendo a vivir, mientras transitamos por la vida, es la manera de prepararnos para saber vivir. En la casa, en la escuela y en la vida, vamos aprendiendo muchas cosas, pero entre ellas, hay que saber elegir lo que nos lleva en la dirección de una vida plena, esto es el reto de cada ser humano.

Una vida con sentido es la que nos hacer vivir y crecer en plenitud, con altas y bajas, pero siempre avanzando hacia la meta: la plenitud.

Conocer a Jesús, su modo de vivir, de actuar, de relacionarse y sus intensiones nos enseñan lo que vale la pena. Escucharlo, aprender de él y ponerlo en práctica y la manera de prepararnos. Aprender de Jesús, es acceder a su sabiduría, que es la capacidad de dejar que tu amor nos envuelva, es desear el bien y aprender a ver el mundo con ojos limpios, es poner su verdad en el centro de las búsquedas, es tomar en serio a Dios, que solo desea nuestro bien.

Con la sabiduría de Dios, que nos comunica Jesús, todo encuentra su sitio y nos lleva a la plenitud. Hay que buscarla, reconocerla, vivirla … para estar preparados cada día terrenal y llegar listos a al encuentro con el Padre.

¿Cómo tener la sabiduría de Dios?... ¿Dónde la encuentro?... ¿Cómo puedo integrarla en mi vida ordinaria?


Alfredo Aguilar Pelayo
#RecursosParaVivirMejor

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

XXXII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A –

Sabidurίa 6, 12-16 / Salmo 62 / 1 Tesalonicenses 4, 13-18


Evangelio según san Mateo 5, 1-12

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

A medianoche se oyó un grito: '¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!' Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: 'Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando'. Las previsoras les contestaron: 'No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo'.

Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: 'Señor, señor, ábrenos'. Pero él les respondió: 'Yo les aseguro que no las conozco'.

Estén pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora''.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

CREYENTES POCO SENSATOS

José Antonio Pagola

Son bastantes las parábolas en que Jesús repite, de una manera o de otra, el mismo mensaje: «Lo mejor que tenéis es la esperanza. No la perdáis. Mantenedla viva. No apaguéis vuestro anhelo de vida eterna. Esperad con el corazón ardiendo. Sed lúcidos. Nada hay más triste que una persona “acabada” que ha perdido la esperanza en Dios».

Jesús no utiliza un lenguaje moral. Para él, dejar que se apague en nosotros la esperanza no es un pecado, es una insensatez. Las jóvenes de la parábola, que dejan que se apague su lámpara antes de que llegue el esposo, son «necias», pues no han sabido mantener viva su espera. No se han ocupado de lo más importante que ha de hacer el ser humano: esperar a Dios hasta el final.

No es fácil escuchar hoy este mensaje. Hemos perdido capacidad para vivir algo intensamente de manera duradera. El paso del tiempo lo desgasta todo. Al hombre de nuestros días solo parece fascinarle lo nuevo, lo actual, el momento presente. No acertamos a vivir algo de manera viva y permanente sin dejarlo languidecer.

Hemos encontrado una manera más razonable y sensata de mirar al futuro. Somos maestros en hacer toda clase de cálculos y previsiones para no correr riesgos en el futuro. Nos preocupamos de asegurar nuestra salud y garantizar nuestro nivel de vida; planificamos nuestra jubilación y nos organizamos una vejez tranquila. Todo ello está muy bien, pero no dejamos de ser insensatos si no reconocemos algo que es evidente: todas estas seguridades fabricadas por nosotros son inseguras.

La advertencia evangélica no es irracional o absurda. Jesús invita sencillamente a vivir en el horizonte de la vida eterna, sin engañarnos ingenuamente sobre la caducidad y los límites de esta vida: «¿Qué previsiones hacéis más allá de lo visible y perecedero? ¿Dónde pensáis encontrar seguridad cuando se desmoronen vuestras seguridades?».

Mantener despierta la esperanza significa no contentarse con cualquier cosa, no desesperar del ser humano, no perder nunca el anhelo de «vida eterna» para todos, no dejar de buscar, de creer y de confiar. Aunque no lo sepan, quienes viven así están esperando la venida de Dios.

 

EL AMOR ME MANTIENE ENCENDIDO, EL EGOÍSMO ME APAGA

Fray Marcos

Los textos de estos últimos domingos de año litúrgico nos invitan a despertar, a estar preparados. Pero no debemos seguir pensando en ese Dios vengativo que está al acecho para ver cómo puede cogernos en un renuncio y condenarnos. Dios no nos espera al final del camino. Dios está desde el principio en nuestra Vida para que podamos llevarla a plenitud.

No es la muerte la que tiene que dar sentido a nuestra vida, sino al revés, solo viviendo a tope, se aprende a morir. Aunque solo me quedara un segundo de vida, haría mal en pensar en la muerte. Sería más positivo el vivir plenamente ese segundo. La muerte ni quita ni añade nada; el auténtico sentido debemos dárselo a la vida mientras es plenamente consciente.

La boda consistía en conducir a la novia a la casa del novio, donde se celebraba el banquete. Esta ceremonia no tenía carácter religioso especial. El novio, acompañado de sus amigos y parientes, iba a casa de la novia para conducirla a casa de su propia familia. Todos estos rituales empezaban a la puesta del sol, es decir, de noche, de ahí la necesidad de lámparas.

La luz es más importante que las mismas muchachas, porque lo que determina que entren o no entren en el banquete es que tengan o no tengan el candil encendido. Ahora bien, para que dé luz una lámpara, tiene que tener aceite y estar encendida. Aquí está la madre del cordero. Lo importante es la luz, pero lo que hay que procurar es el aceite y encenderlo.

El aceite y la luz son las obras. Jesús había dicho: Yo soy la luz del mundo. Y también: vosotros sois la luz del mundo. El ser humano es luz cuando ha desplegado su verdadero ser. Nuestra condición de animales no es algo malo, al contrario, es la base para alcanzar nuestra plenitud, pero si no vamos más allá cercenamos nuestra posibilidad de humanidad.

Dar sentido a la vida es más importante que la vida misma. La vida tiene sentido por sí misma, pero tenemos que descubrirlo. Esa es la tarea específicamente humana. Nuestra vida puede quedar malograda como vida humana. Hay que estar alerta, porque el tiempo pasa. Hay que despertar, de lo contrario, perderás la oportunidad de ser tú.

La luz son las obras. El aceite que alimenta la llama es el amor. El ser sensato no depende de un conocimiento racional mayor sino de la plenitud de Vida. Así se entiende que las sensatas no compartan el aceite con las necias. No es egoísmo. Es que resulta imposible amar en nombre de otro. Nuestra lámpara no puede arder con aceite prestado.

Dar sentido a la vida no se puede improvisar en un instante. Solo con lo que hay de Dios en mí, descubierto, reconocido, desplegado, puedo considerarme encendido. Ese despliegue constituye la Sabiduría de la que nos hablaba la 1ª lectura. Sin la llama de un amor sincero y efectivo, seremos irreconocibles incluso para el mismo Dios.

Interpretar la parábola como que debemos estar preparados para el día de la muerte es tergiversar el evangelio. La parábola no hace hincapié en el fin, sino en la inutilidad de una vida apagada sin amor a los que me rodean. Mi lámpara debe estar encendida siempre; si esperamos a prepararla en el último momento, la vida transcurrirá carente de sentido.

Si el aceite es el amor manifestado en obras, lo que cuenta es toda una vida consumida en favor de los demás. No podemos pensar en el último día para darle sentido. Hay que buscar una interpretación más de acuerdo a todo el mensaje de Jesús. El don total de sí mismo trasformó todo lo humano que había en él en divino, no en un más allá, sino aquí y ahora.

Tenemos que abandonar toda búsqueda de glorificación, sea en este mundo o sea en el otro, y entrar por el camino del servicio a los demás hasta consumirnos en la entrega total a los demás. El aceite solo da luz a costa de consumirse. Si aceptamos el programa del evangelio solo porque nos han prometido una “gloria” para el más allá, la cosa no puede funcionar.

XXXII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A –

  XXXII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – noviembre 8, 2026  Sabidurίa 6, 12-16 / Salmo 62 / 1 Tesalonicenses 4, 13-18   La invitaci...