
Evangelio
según san
Mateo 9, 9-13
Jesús se fue de allí y vio a un hombre llamado Mateo, que estaba
sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo: —Sígueme.
Entonces Mateo se levantó y lo siguió.
Sucedió que Jesús estaba comiendo en la casa, y muchos de los que
cobraban impuestos para Roma, y otra gente de mala fama, llegaron y se sentaron
también a la mesa junto con Jesús y sus discípulos. Al ver esto, los
fariseos preguntaron a los discípulos: —¿Cómo es que su maestro come con
cobradores de impuestos y pecadores?
Jesús lo oyó y les dijo: —Los que están buenos y sanos no
necesitan médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan el significado de
estas palabras: “Lo que quiero es que sean compasivos, y no que ofrezcan
sacrificios.” Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
Para profundizar:
“”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
YO SOY PAN QUE SE PARTE Y
SE REPARTE
José Antonio Pagola
El domingo ya no es
lo que era hace unos años. En poco tiempo ha crecido y se ha convertido en el
«fin de semana», que comienza ya el viernes por la tarde y en el que la mayoría
puede vivir de manera diferente, escapando de las obligaciones del trabajo, de
los horarios impuestos y de la rutina diaria.
No todos vivimos el
fin de semana de la misma manera. Para algunos es una verdadera suerte: tienen
iniciativa, posibilidades y amigos para disfrutar esos días. Para otros es un
tiempo cruel, pues sienten con más fuerza su soledad, enfermedad o vejez; el domingo
solo despierta en ellos tristeza y nostalgia. Otros temen el domingo, no saben
qué hacer con él, se aburren; si no hubiera fútbol sería insoportable.
Teólogos y
liturgistas se preguntan hoy cómo será en el futuro el domingo cristiano. ¿Se
reducirá a una celebración de la misa aislada y sin conexión alguna con el fin
de semana de la gente? Por el contrario, «¿no será posible –se pregunta Xabier
Basurko– una integración dinámica de los valores humanos del fin de semana en
la mística del domingo?». El liturgista vasco nos ofrece algunas pistas.
El domingo cristiano
puede ser el alma del fin de semana, que ayude a los creyentes a experimentar
mejor su libertad de hijos de Dios, sin imposiciones ni fines utilitaristas. La
eucaristía podría ayudar a recuperar el sosiego y reavivar el aliento interior.
El fin de semana podemos ser un poco más «nosotros mismos».
Por otra parte, se
podría recuperar el sábado como fiesta de la creación; de esta manera se podría
proseguir el domingo con la celebración de la salvación. Así piensan algunos
liturgistas. La fe ayudaría entonces a vivir el fin de semana como una celebración
al Creador y un encuentro con la naturaleza, no a través del trabajo, sino del
disfrute y la contemplación.
Por último, la
celebración de la «asamblea eucarística» puede dar un sentido más hondo a esa
otra dimensión del fin de semana, que es la comunicación entrañable y
gratificante con amigos y familiares, o el encuentro con otras personas y otros
pueblos. El fin de semana puede ser experiencia de encuentro y comunión de
hermanos. ¿Crecerá el domingo cristiano hasta ser «fermento y sal» del fin de
semana de la actual cultura? En cualquier caso, podemos hacernos una pregunta:
¿sabemos los cristianos extraer de la eucaristía dominical aliento y alegría
para vivir el nuevo domingo?
DIOS NO ES NADA DE LO QUE PODAMOS
PENSAR
La eucaristía es una
realidad muy compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tiene
tantos aspectos que es imposible abarcarlos todos. Podemos quedarnos en la
superficialidad del rito y perder así su riqueza. Podíamos considerarla como ‘acción
de gracias’ (eucaristía), ‘Sacrificio’, ‘Presencia’, ‘recuerdo’, ‘alimento’,
‘fiesta’, ‘unidad’, ágape.
La eucaristía es un
sacramento. Los sacramentos ni son milagros ni
son magia. Se realiza un sacramento cuando un signo nos conecta con una
realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. La realidad
trascendente, ni se crea ni se destruye; ni se trae ni se lleva; ni se pone ni
se quita. Es inmutable y eterna. Está siempre ahí pero no se ve.
Para que haya
conexión entre un signo y la realidad significada tiene que haber una mente
activa que realice la conexión. La Realidad significada no es objetivable, más
allá del sujeto que establece la relación no hay nada. La relación entre el
signo y lo significado es real, pero solo mientras mi mente está activando esa
conexión entre ambos.
Los signos no son el
pan y el vino sino el pan partido y el vino servido. No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir
y comer. Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, que
es don infinito y total. Si quieres ser cristiano tienes que partirte,
repartirte, dejarte comer, asimilar, desaparecer en beneficio de los demás.
Es más tajante aún
el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo: esto es
mi vida que se derrama en beneficio de todos. Eso que los judíos tenían por la
cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que
pretende Jesús. Tienes que hacer tuya, mi vida y derramar la tuya en beneficio
de los demás.
La realidad
significada no es Jesús en sí
mismo, sino Jesús como don cuya entrega tengo que imitar. Ese es el
significado que yo tengo que descubrir y vivir. Puedo oír misa sin que me
obligue a nada, pero no puedo celebrar la eucaristía sin comprometerme con los
demás. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que me he quedado en el
rito.
No debemos confundir
la eucaristía con la comunión. Tanto la
eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan
al sacramento incompleto. Ir a misa solo con la intención de comulgar es
sencillamente una trampa.
La eucaristía no
la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Solo la comunidad puede hacer
presente el don de sí mismo que Jesús significó. Es el sacramento del amor. No
puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mt: “donde dos o
tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
La comunión no es un
premio para los buenos. No son los que
“que están en gracia” los que deben acercarse a comulgar. Somos los
desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me
siento pecador estoy necesitado de realizar el último signo del sacramento.
Necesito el signo del amor cuando me siento separado de Dios.
Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús
no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que recordáramos el significado
de lo que acababa de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo
comer. Haced también vosotros esto. Solo entregando vuestra vida a los demás
como he hecho yo, llegaréis a plenitud humana.
Celebrar la
Eucaristía es comprometerse a ser para los demás. Todas las estructuras que
están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas. Una
celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro
desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros
complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver
con lo que queremos expresar en este sacramento.
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