Evangelio
según san
Juan 3, 16-18
"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único,
para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo
se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya
está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios".
Para profundizar:
“”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
DIOS ES DE TODOS
José Antonio Pagola
Pocas frases habrán
sido tan citadas como esta que el evangelio de Juan pone en labios de Jesús.
Los autores ven en ella un resumen de lo esencial de la fe, tal como se vivía
entre no pocos cristianos a comienzos del siglo II: «Tanto amó Dios al mundo que
entregó a su Hijo único».
Dios ama al mundo
entero, no solo a aquellas comunidades cristianas a las que ha llegado el
mensaje de Jesús. Ama a todo el género humano, no solo a la Iglesia. Dios no es
propiedad de los cristianos. No ha de ser acaparado por ninguna religión. No
cabe en ninguna catedral, mezquita o sinagoga.
Dios habita en todo
ser humano acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias. A nadie deja
abandonado, pues tiene sus caminos para encontrarse con cada cual, sin que
tenga que seguir necesariamente los que nosotros le marcamos. Jesús le veía
cada mañana «haciendo salir su sol sobre buenos y malos».
Dios no sabe ni
quiere ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de su ser es
amor. Por eso dice el evangelio que ha enviado a su Hijo, no para «condenar al
mundo», sino para que «el mundo se salve por medio de él». Ama el cuerpo tanto
como el alma, y el sexo tanto como la inteligencia. Lo único que desea es ver
ya, desde ahora y para siempre, a la humanidad entera disfrutando de su
creación.
Este Dios sufre en
la carne de los hambrientos y humillados de la tierra; está en los oprimidos
defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su
esfuerzo. Está siempre en nosotros para «buscar y salvar» lo que nosotros
estropeamos y echamos a perder.
Dios es así. Nuestro
mayor error sería olvidarlo. Más aún. Encerrarnos en nuestros prejuicios,
condenas y mediocridad religiosa, impidiendo a las gentes cultivar esta fe
primera y esencial. ¿Para qué sirven los discursos de los teólogos, moralistas,
predicadores y catequistas si no despiertan la alabanza al Creador, si no hacen
crecer en el mundo la amistad y el amor, si no hacen la vida más bella y
luminosa, recordando que el mundo está envuelto por los cuatro costados por el
amor de Dios?
DIOS NO ES NADA DE LO QUE PODAMOS
PENSAR
Las verdades de fe
no pueden ser demostradas. A lo máximo que podemos aspirar es a descubrir que
no son irracionales. Lo que me llevará a una verdadera fe no es el conocimiento
sino la vivencia interior. La Trinidad nos enseña que solo vivimos si convivimos.
Nuestra vida debía ser un espejo que reflejara el misterio de la Trinidad.
Jesús experimentó al
verdadero Dios, pero fracasó a la hora de hacer ver a sus discípulos su
vivencia. En los evangelios encontramos chispazos de esa luz, pero los
seguidores de Jesús no pudieron aguantar el profundo cambio que suponía sobre
el Dios del AT. El cristianismo se encontró más a gusto con el Dios del AT que
con el de Jesús.
Solo después de
haber abandonado siglos de vivencia, se hizo necesaria la reflexión teológica
sobre el misterio. Los dogmas llegaron como medio de evitar ‘errores’, pero lo
importante fue siempre vivir esa presencia de Dios en el interior de cada
cristiano. Solo viviendo la realidad de Dios en nosotros se podrá manifestar
luego en el servicio al otro.
Nadie se podrá
encontrar con el Hijo o con el Padre o con el Espíritu Santo. Nuestra relación
será siempre con el TODO que nos identifica con Él. Cuando hablamos de
cualquiera de las tres personas, estamos hablando de Dios. En teología, esta
manera impropia de asignar acciones a cada persona se llama “apropiación”
(¿indebida?). Ni el Padre ha creado ni el Hijo nos ha salvado ni el Espíritu
Santo actúa por su cuenta.
Lo que creemos saber
racionalmente de Dios, es un estorbo para vivir su presencia en nosotros. Mucho
más si creemos que solo nuestro dios es verdadero. Incluso los ateos pueden
estar más cerca del verdadero Dios que los muy creyentes. Ellos rechazan la creencia
en el ídolo que nosotros nos empeñamos en mantener a toda costa.
De la misma manera,
siempre que aplicamos a Dios contenidos verbales, aunque sean los de “ama”,
“perdonó”, “salvará”, estamos radicalmente equivocados, porque en Dios los
verbos no pueden conjugarse. Dios no tiene tiempos ni modos. Dios no tiene
“acciones”. Dios todo lo que hace lo es. Si ama, es amor, pero no como el
nuestro.
Los primeros
cristianos al amor que es Dios lo llamaron ágape. No se trata de una relación
entre sujeto y objeto sino en la identificación de ambos. En el amor humano hay
un sujeto que ama, un objeto amado y el amor. Ese amor no se puede aplicar a
Dios porque no hay nada fuera de Él. El amor es su esencia, no una cualidad.
Vivir la Trinidad,
sería experimentarlo: 1) Como Dios, ser absoluto. 2) Como Dios a nuestro lado
presente en el otro. 3) Como Dios en el interior de nosotros mismos, fundamento
de nuestro ser. En cada uno de nosotros se está reflejando la Trinidad. Se trata
de descubrir a Dios que me trasciende y a la vez es el fundamento de mi ser.
No tiene ningún
sentido la disyuntiva entre creer en Dios o no creer. Todos tenemos nuestro
Dios. Hoy la disyuntiva es creer en el Dios de Jesús o creer en un ídolo. La
mayoría de los cristianos no vamos más allá del ídolo que nos hemos fabricado a
través de los siglos. Es más perjudicial para la Vida espiritual el teísmo que
el ateísmo.
La verdad es que no
hemos hecho mucho caso al Dios de Jesús. Su Dios es amor y solo amor. Aunque
condicionado por la idea de Dios del AT, dio un salto en el vacío y nos llevó
al Abba insondable. La mejor noticia que podía recibir un ser humano es que Dios
no puede apartarle de su amor. Esta es la realidad que tenemos que apropiarnos.
Al relacionarse con
Dios pensado, el hombre busca sus propios intereses. Si se relaciona con la
Deidad, camina hacia la disolución total y desaparición del yo. No solo debe
renunciar a todo lo externo a él sino renunciar a sí mismo para identificarse
con Dios.

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