Evangelio
según san Juan 20, 19-23
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las
puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se
presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con
ustedes". Dicho esto, les mostró las manos y el costado.
Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De
nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha
enviado, así también los envío yo".
Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban
el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados;
y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar".
Reflexión:
¿Cómo se manifiesta en
mí, el Espíritu Santo?
Pentecostés, etimológicamente
proviene del griego πεντηκοστή (pentekoste), que significa "quincuagésimo",
el día número 50 después de la Pascua, cuando se recuerda y celebra la venida
del Espíritu Santo sobre los apóstoles, marcando así el nacimiento de la
Iglesia.
No es que antes “no estuviera”, es más
bien, cuándo los apóstoles toman conciencia de su presencia, en cada uno
de ellos, en la comunidad; se transparenta esa presencia y los llena de esa
fuerza interior para dar testimonio de la Buena Noticia que Jesús les había
mostrado.
El Espíritu aparece desde el primer
capítulo de la Biblia "Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las
tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre
la faz de las aguas." (Gen 1,2); en el Antiguo Testamento, el Ruaj
Elohim (רוּחַ אֱלֹהִים), término hebreo que se traduce literalmente como "Espíritu
de Dios" o "Soplo divino", proviene de Ruaj
(viento, aliento o espíritu) y Elohim (Dios), que describe la presencia
activa y el poder creador de Dios moviéndose en el mundo, inspirando a personas
clave del proceso de salvación, dándoles fuerza, sabiduría o habilidad
estratégica; a Moises y a los ancianos, dotados de discernimiento y liderazgo
para guiar al pueblo (Núm 11,17), a profetas y líderes como José para interpretar sueños; “pondré
en ustedes un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Quitaré de ustedes ese corazón
duro como la piedra y les pondré un corazón dócil. Pondré en ustedes mi
espíritu, y haré que cumplan mis leyes y decretos” (Ez 36,
26-27)
Con la llegada de Jesús, la relación con
el Espíritu Santo se vuelve más íntima y permanente. El Espíritu
descendió sobre Él en su bautismo, marcando el inicio de su misión (Mt
3,16); Jesús prometió el Paráclito (domingo pasado), como
un "Ayudador" o "Espíritu de verdad" que estaría con sus
seguidores para siempre.
Hoy, como seguidores y creyentes en Jesús, al tomar
conciencia de la presencia del Espíritu de Dios en nuestra vida, en nuestra
persona, en nuestra comunidad, nos hace recordar, vivir y dar
testimonio activo de las enseñanzas de Jesús, que hacen presente el Reino
de Dios.
Hoy, también tenemos el "fruto del
Espíritu" (amor, gozo, paz) y otorga dones espirituales para servir a
otros; hoy nos sigue guiando y enseñando, nos conduce a la verdad y recuerda
las enseñanzas de Jesús. Así está el Espíritu Santo en nosotros, en cada
uno, a lo largo y ancho del mundo. Hablamos para compartir nuestra experiencia
del Dios de Jesús, hablamos de tal manera que nuestras palabras y obras
muestran quién nos guía.
Reflejar la imagen de nuestro creador (Cfr.
Gen 1,27) también es fruto del Espíritu, que nos mueve a ser colaboradores
de la misión de Jesucristo, para que “tengamos una vida plena, que valga la
pena vivir”, a través de darlo a conocer Él y a su Padre.
Hoy, las palabras de Pablo siguen vigentes: “¿cómo
se puede esperar lo que ya se posee?” (Rom 8, 22-27) … el Espíritu,
que es uno, nos une en un mismo cuerpo, la Iglesia; está en nosotros y
se manifiesta cuando lo que hacemos es “de bien y para el bien común” (1 Corintios 12, 3-7.
12-13).
Es el Espíritu Santo el que nos da el valor, la
sabiduría y la paz, que nos hace ser como los primeros apóstoles: heraldos de
Jesús Resucitado, del Reino del Padre; es el Espíritu quien nos quita el miedo,
la tibieza y la cobardía, para ir y anunciar, por todos lados el Evangelio.
¿Cómo abrirme a la presencia del Espíritu
Santo?... ¿Cuál es el lenguaje del Espíritu?... ¿Cómo mis palabras y acciones
dan testimonio del Evangelio?

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