miércoles, 20 de mayo de 2026

Pentecostés – Ciclo A – (Reflexión)

 Pentecostés Ciclo A mayo 24, 2026 
Hechos 2, 1-11 / Salmo 103 / 1 Corintios 12, 3-7. 12-13

En este domingo de Pentecostés, celebramos la presencia del Espíritu Santo, en cada uno de nosotros, como luz y fuego, que nos guía y nos pone en acción …

Evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo".

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar".

Reflexión:

¿Cómo se manifiesta en mí, el Espíritu Santo?

Pentecostés, etimológicamente proviene del griego πεντηκοστή (pentekoste), que significa "quincuagésimo", el día número 50 después de la Pascua, cuando se recuerda y celebra la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, marcando así el nacimiento de la Iglesia.

No es que antes “no estuviera”, es más bien, cuándo los apóstoles toman conciencia de su presencia, en cada uno de ellos, en la comunidad; se transparenta esa presencia y los llena de esa fuerza interior para dar testimonio de la Buena Noticia que Jesús les había mostrado.

El Espíritu aparece desde el primer capítulo de la Biblia "Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas." (Gen  1,2); en el Antiguo Testamento, el Ruaj Elohim (רוּחַ אֱלֹהִים), término hebreo que se traduce literalmente como "Espíritu de Dios" o "Soplo divino", proviene de Ruaj (viento, aliento o espíritu) y Elohim (Dios), que describe la presencia activa y el poder creador de Dios moviéndose en el mundo, inspirando a personas clave del proceso de salvación, dándoles fuerza, sabiduría o habilidad estratégica; a Moises y a los ancianos, dotados de discernimiento y liderazgo para guiar al pueblo (Núm 11,17), a profetas y líderes como José para interpretar sueños; “pondré en ustedes un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Quitaré de ustedes ese corazón duro como la piedra y les pondré un corazón dócil. Pondré en ustedes mi espíritu, y haré que cumplan mis leyes y decretos” (Ez 36, 26-27)

Con la llegada de Jesús, la relación con el Espíritu Santo se vuelve más íntima y permanente. El Espíritu descendió sobre Él en su bautismo, marcando el inicio de su misión (Mt 3,16); Jesús prometió el Paráclito (domingo pasado), como un "Ayudador" o "Espíritu de verdad" que estaría con sus seguidores para siempre.

Hoy, como seguidores y creyentes en Jesús, al tomar conciencia de la presencia del Espíritu de Dios en nuestra vida, en nuestra persona, en nuestra comunidad, nos hace recordar, vivir y dar testimonio activo de las enseñanzas de Jesús, que hacen presente el Reino de Dios.

Hoy, también tenemos el "fruto del Espíritu" (amor, gozo, paz) y otorga dones espirituales para servir a otros; hoy nos sigue guiando y enseñando, nos conduce a la verdad y recuerda las enseñanzas de Jesús. Así está el Espíritu Santo en nosotros, en cada uno, a lo largo y ancho del mundo. Hablamos para compartir nuestra experiencia del Dios de Jesús, hablamos de tal manera que nuestras palabras y obras muestran quién nos guía.

Reflejar la imagen de nuestro creador (Cfr. Gen 1,27) también es fruto del Espíritu, que nos mueve a ser colaboradores de la misión de Jesucristo, para que “tengamos una vida plena, que valga la pena vivir”, a través de darlo a conocer Él y a su Padre.

Hoy, las palabras de Pablo siguen vigentes: “¿cómo se puede esperar lo que ya se posee?” (Rom 8, 22-27) … el Espíritu, que es uno, nos une en un mismo cuerpo, la Iglesia; está en nosotros y se manifiesta cuando lo que hacemos es “de bien y para el bien común” (1 Corintios 12, 3-7. 12-13).

Es el Espíritu Santo el que nos da el valor, la sabiduría y la paz, que nos hace ser como los primeros apóstoles: heraldos de Jesús Resucitado, del Reino del Padre; es el Espíritu quien nos quita el miedo, la tibieza y la cobardía, para ir y anunciar, por todos lados el Evangelio.

¿Cómo abrirme a la presencia del Espíritu Santo?... ¿Cuál es el lenguaje del Espíritu?... ¿Cómo mis palabras y acciones dan testimonio del Evangelio?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

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