jueves, 14 de agosto de 2025

Domingo XX de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Profundizar)

 Domingo XX de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas Lucas 12, 49-53) – agosto 17, 2025 
Jeremías 38, 4-6.8-10 / Salmo 39 / Hebreos 12, 1-4



Evangelio según san Lucas 12, 49-53

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “He venido a traer fuego a la tierra ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega!
¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 #microhomilía

"He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!", "—¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división".
En el Evangelio de este domingo, escuchamos en boca de Jesús unas frases que nos dejan perplejos. ¿Cómo puede salir de la boca de Jesús, el rey de la paz, algo así?
Esas frases salen desde las entrañas de Jesús, y expresan un deseo apasionado de que el Reino llegue, de que desaparezca todo aquello que lastima, devora y mata: la injusticia y el pecado. Ese fuego ardió en los corazones de los peregrinos de Emaús y arde en los corazones de quienes no nos resignamos, de quienes creemos y esperamos.
En la vida hay momentos en los que, como Jesús, no sentimos "paz": "Recuerden al que soportó tal oposición de los pecadores, no se cansen ni pierdan el ánimo".
Seguir a Jesús, creer y vivir esperanzados no nos deja "pacificados", sino, no pocas veces, conflictuados. Nos ayuda hoy la carta a los Hebreos: "Corramos, con constancia, la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado; fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús". Solo así la vida tendrá sabor y sentido, y tendremos no cualquier paz, sino la paz que obtiene quien ha terminado la carrera que Jesús ha comenzado. Mirémonos, pues, en camino, en ruta, y pidamos seguir con el corazón en Cristo apasionado.
 
“Yo he venido a prender fuego en el mundo”

Un viejo cacique de una tribu estaba teniendo una charla con sus nietos acerca de la vida. Los niños querían saber sobre muchas cosas: cómo ser buenas personas, por qué había personas malas, por qué algunas personas hacen daño, pelean son agresivos y violentos… Él les dijo: "Una gran pelea está ocurriendo dentro de mí; es entre dos lobos. Uno de los lobos es maldad, temor, ira, envidia, dolor, rencor, avaricia, arrogancia, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, orgullo, competencia, superioridad, egolatría. El otro es bondad, alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, dulzura, generosidad, amistad, benevolencia, empatía, verdad, compasión, y fe. Esta misma pelea está ocurriendo dentro de cada uno de ustedes, y dentro de casi todos los seres de la tierra". Lo niños se quedaron pensando un rato esa realidad de la que el abuelo les estaba hablando. De pronto, uno de los niños preguntó a su abuelo: "¿Y cuál de los lobos ganará la pelea dentro de cada uno de nosotros?" El viejo cacique respondió: “simplemente... el que alimentes". 

Esta historia del viejo cacique revela la lucha que existe en nuestro propio interior y en el mundo entero. Hay dos fuerzas enfrentadas entre sí, que se disputan nuestras decisiones. Una de ellas tiene origen en Dios y la otra en el pecado. Jesús nos dice que no ha venido a traer paz a la tierra entre estas dos fuerzas, él ha venido a traer fuego. “Porque de hoy en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres. El padre estará contra su hijo y el hijo contra su padre; la madre contra su hija y la hija contra su madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.  

Jesús no está hablando aquí de castigos o maldiciones a la humanidad. Está hablando de esta lucha que nos atraviesa interiormente y que atraviesa nuestras vidas y nuestras relaciones. Jesús no quiere una paz mal entendida entre estas fuerzas que se disputan nuestras decisiones y que lo hacían tambalear a él mismo: “Tengo que pasar por una terrible prueba, y ¡cómo sufro hasta que se lleve a cabo!” Una paz a cualquier precio es un error descomunal. Ya sea entre grupos sociales, entre nuestras propias tendencias interiores, o en la relación de una pareja. Esa paz a cualquier precio ha hecho que muchas veces nos hayamos hecho cómplices del mal en el mundo. No podemos ser neutrales ante cualquier conflicto. Seguir a Jesús, supone tomar partido por la justicia, el amor, la comunión, la reconciliación … 

Tenemos en Colombia una coyuntura muy particular. Estamos iniciando un nuevo gobierno que viene de la oposición. En tantos años de democracia, los partidos tradicionales siempre habían ostentado el poder. Las posibilidades de construir un país más justo y fraterno son el sueño de muchos. Pero también existe un gran número de colombianos que no están de acuerdo con estas nuevas propuestas o con los caminos que se proponen ahora. Las diferencias entre unos y otros deben seguir tramitándose de modo civilizado y constructivo. Hemos alimentado durante muchos años al lobo de la guerra, y tenemos la oportunidad de alimentar ahora al lobo de la paz, de una paz con justicia… Por esto, la pregunta de los nietos del cacique también la podríamos hacer nosotros hoy al Señor: “¿Cuál de los dos lobos ganará? Y la sabia respuesta del abuelo, será la que recibiremos: “Ganará el lobo que tú mismo alimentes en tu interior”. ¿Cuál es el lobo que tu estás alimentando? ¿Podemos alimentar ahora al lobo de la paz para seguir avanzando como sociedad hacia un país civilizado?


NO VIVIR EL FUEGO DEL AMOR

José Antonio Pagola

Da miedo pronunciar la palabra «amor». Está tan prostituida que en ella cabe lo mejor y lo peor, lo más sublime y lo más mezquino. Sin embargo, el amor está siempre en la fuente de toda vida sana, despertando y haciendo crecer lo mejor que hay en nosotros.

Cuando falta el amor, falta el fuego que mueve la vida. Sin amor, la vida se apaga, vegeta y termina extinguiéndose. El que no ama se cierra y se aísla cada vez más. Gira alocadamente sobre sus problemas y ocupaciones, queda aprisionado en las trampas del sexo, cae en la rutina del trabajo diario: le falta el motor que mueve la vida.

El amor está en el centro del Evangelio, no como una ley que hay que cumplir disciplinadamente, sino como el «fuego» que Jesús desea ver «ardiendo» sobre la Tierra, más allá de la pasividad, la mediocridad o la rutina del buen orden. Según el Profeta de Galilea, Dios está cerca de nosotros buscando hacer germinar, crecer y fructificar el amor y la justicia del Padre. Esta presencia de un Dios que no habla de venganza, sino de amor apasionado y de justicia fraterna, es lo más esencial del Evangelio.

Jesús contempla el mundo como lleno de la gracia y del amor del Padre. Esa fuerza creadora es como un poco de levadura que ha de ir fermentando la masa, un fuego encendido que ha de hacer arder al mundo entero. Jesús sueña con una familia humana habitada por el amor y la sed de justicia. Una sociedad que busca apasionadamente una vida más digna y feliz para todos.

El gran pecado de los seguidores de Jesús será siempre dejar que el fuego se apague: sustituir el ardor del amor por la doctrina religiosa, el orden o el cuidado del culto; reducir el cristianismo a una abstracción revestida de ideología; dejar que se pierda su poder transformador. Sin embargo, Jesús no se preocupó primordialmente de organizar una nueva religión ni de inventar una nueva liturgia, sino que alentó un «nuevo ser» (P. Tillich), el alumbramiento de un hombre nuevo movido radicalmente por el fuego del amor y la justicia.

 

MANTENER LA VIDA SUPONE LUCHA

Fray Marcos

¿Qué clase de fuego trae Jesús al mundo? ¿Qué significa ese bautismo? ¿De qué paz está hablando? Son frases que no es fácil entender. Debemos estar muy atentos a la hora de interpretarlas para no llegar a conclusiones descabelladas.

Como armonizar las frases: no he venido ha traer paz, sino guerra, con aquella otra, la paz os doy, mi paz os dejo. No se trata de un fuego destructor, como el que provocó Elías o como el que anunciaba el Bautista, sino del fuego que purifica.

¿Qué paz? 1.- En primer lugar, la paz romana, que se consigue con violencia. Es una paz injusta. Es una paz que se sigue dando también hoy, a escala internacional y a escala doméstica. Podemos descubrir ejemplos de esta paz en nuestro entorno.

2.- La paz justa es la que se da entre los que dialogan y defienden posturas distintas, pero que saben respetar los derechos de los demás. Sería un equilibrio de intereses que puede impedir la guerra. Sería una paz positiva, pero no sería paz.

3.- La paz ausencia de problemas. ¡Que me dejen en paz! ¡Mucho cuidado! Es una trampa. Es la paz de los cementerios. Es una paz que anula la vida, porque la vida es lucha. Si llegáramos a conseguir esa paz, dejaríamos de vivir, estaríamos ya muertos.

4.- La paz de Jesús es el equilibrio que un ser humano alcanza cuando es lo que tiene que ser. Esta es la autentica paz. Esta armonía con uno mismo lleva a estar en armonía con Dios y los demás. Es la consecuencia de descubrir tu verdadero ser.

¿Qué guerra? 1.- La guerra para someter al otro, para ponerlo a nuestro servicio y anularlo como persona. Es el fruto del egoísmo más feroz. Surge siempre que utilizamos la superioridad para anular al otro. Es la guerra más frecuente y dañina.

2.- La guerra que hace el sometido, para salir de su situación. Hay que tener mucho cuidado de no caer en la misma violencia contra la que se lucha. Todo el evangelio es un canto a la no-violencia. Supera la opresión sin entrar en su misma dinámica.

3.- La guerra que se hace a otro porque es auténtico. Esta guerra no debemos provocarla, pero tampoco debemos temerla. No debemos actuar contra el que me molesta porque es mejor que yo, ni debemos dejar de ser humanos por no molestar.

4.- La guerra que debemos hacernos a nosotros mismos (Pablo). Tenemos que pelear contra aquellas partes de nosotros mismos que nos impiden alcanzar mayor humanidad. Todo lo que potencie el egoísmo debemos combatirlo en nosotros.

Con estos datos, cada uno podrá descubrir, qué paz hay que buscar y qué paz hay que evitar, qué guerra debemos evitar y qué “guerra” debemos aceptar como imprescindible. Debemos estar atentos, porque las diferencias son muy sutiles.

En estos versículos se presenta la figura de Jesús como el modelo se ser humano. Debemos afrontar toda nuestra vida como un bautismo, como una inmersión en aguas abismales que en la tradición judía son el signo de lucha y sufrimiento.

jueves, 7 de agosto de 2025

Domingo XIX de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Reflexión)

Domingo XIX de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas 12, 32-48) – agosto 10, 2025
Sabiduría 18, 6-9 / Salmo 32 / Hebreos 11, 1-2. 8-19



En la Palabra de este domingo, seguimos leyendo sobre la importancia de tener fe en Dios, para caminar hacia la propuesta que Él nos hizo desde el comienzo de la historia de salvación …

Evangelio según san Lucas 12, 32-4

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino. Vendan sus bienes y den limosnas. Consíganse unas bolsas que no se destruyan y acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla. Porque donde está su tesoro, ahí estará su corazón.

Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos. Fíjense en esto: Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. Pues también ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre”.

Entonces Pedro le preguntó a Jesús: “¿Dices esta parábola sólo por nosotros o por todos?” El Señor le respondió: “Supongan que un administrador, puesto por su amo al frente de la servidumbre, con el encargo de repartirles a su tiempo los alimentos, se porta con fidelidad y prudencia. Dichoso este siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber. Yo les aseguro que lo pondrá al frente de todo lo que tiene. Pero si este siervo piensa: ‘Mi amo tardará en llegar’ y empieza a maltratar a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a embriagarse, el día menos pensado y a la hora más inesperada, llegará su amo y lo castigará severamente y le hará correr la misma suerte que a los hombres desleales.

El servidor que, conociendo la voluntad de su amo, no haya preparado ni hecho lo que debía, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, haya hecho algo digno de castigo, recibirá pocos.

Al que mucho se le da, se le exigirá mucho, y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más”.

Reflexión:

¿Cómo administro lo que se me ha dado?

Con las lecturas de hoy, podemos reflexionar sobre dos puntos: (1) nuestra fe en Dios y (2) mi quehacer con esa fe.

Fe, es “como confiar en alguien que sabes que nunca te va a fallar”, así como lo hacemos con una persona que siempre se preocupa y ocupa de nosotros, nos cuida y guía hacia lo que es para nuestro bien; nuestra fe en Dios es creer y confiar en que Él está vivo y presente y que su Palabra se hace realidad, en cuanto cada uno de nosotros la pone en práctica.

Así, mi respuesta a lo que Dios me va revelando, también es fe en Él, es mi adhesión personal a la propuesta de Dios, como leemos en la segunda lectura (Heb 11, 8-9), Abraham y Sara, nos dan ejemplo de fe en Dios, siendo “obedientes”, “creyendo en sus promesas” …  caminaron confiadamente y con esperanza hacia la tierra prometida, aunque “no alcanzaron los bienes prometidos, pero los vieron y los saludaron con gozo desde lejos” …  

Hoy, también nosotros somos invitados a confiar en la promesa de “tener una vida plena, que valga la pena vivir” (cfr. PyF 23), en cuanto seamos humildes y sencillos, apoyándonos unos a otros, como miembros del pueblo elegido por Dios.

Cada uno ha sido llamado a ser parte de su pueblo, primero por el bautismo (al que nos llevaron nuestros padres y padrinos), luego por nuestra convicción y unión al estilo de vida que nos propone Dios, en Jesús.

Ejercemos nuestra fe en Dios, cada vez que “hacemos su voluntad” (como pedimos en el Padrenuestro), cuando llenos de las enseñanzas de Jesús, el gran tesoro al que aspiramos, y respondemos a las situaciones, con lo que sale de nuestro corazón, a la manera de Jesús. Esto es lo que hago con mi fe, ponerla en práctica, dejar que “venga su Reino”, que se haga presente, en mis respuestas, de palabra y obra,

Lo anterior, no es tan fácil, por ello, me previene Jesús, “estén preparados” para que no nos roben el tesoro”, o sea, los dones recibidos y enseñanzas de vida de Jesús … así que tengo que saber administrar lo que he recibido, para ponerlo al servicio del reinado del amor y contribuir así a la construcción de una sociedad fraterna que cuida de los demás y toda la creación.

¿Cómo cuidar y hacer crecer lo que se me ha dado?... ¿Qué tengo que ofrecer a los demás?... ¿Cuál es mi manera especial de hacer presente el Reino?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP 

Domingo XIX de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Profundizar)

 Domingo XIX de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas 12, 32-48) – agosto 10, 2025 
Sabiduría 18, 6-9 / Salmo 32 / Hebreos 11, 1-2. 8-19

Evangelio según san Lucas 12, 32-4

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino. Vendan sus bienes y den limosnas. Consíganse unas bolsas que no se destruyan y acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla. Porque donde está su tesoro, ahí estará su corazón.

Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos. Fíjense en esto: Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. Pues también ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre”.

Entonces Pedro le preguntó a Jesús: “¿Dices esta parábola sólo por nosotros o por todos?” El Señor le respondió: “Supongan que un administrador, puesto por su amo al frente de la servidumbre, con el encargo de repartirles a su tiempo los alimentos, se porta con fidelidad y prudencia. Dichoso este siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber. Yo les aseguro que lo pondrá al frente de todo lo que tiene. Pero si este siervo piensa: ‘Mi amo tardará en llegar’ y empieza a maltratar a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a embriagarse, el día menos pensado y a la hora más inesperada, llegará su amo y lo castigará severamente y le hará correr la misma suerte que a los hombres desleales.

El servidor que, conociendo la voluntad de su amo, no haya preparado ni hecho lo que debía, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, haya hecho algo digno de castigo, recibirá pocos.

Al que mucho se le da, se le exigirá mucho, y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más”.


Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


 "Porque donde está tu tesoro, ahí está tu corazón" nos anuncia el Evangelio hoy. Lo que nos parece valioso y lo que amamos constituye nuestro tesoro, y al "tesoro" está siempre el corazón vinculado. Jesús en el mismo texto nos dice "vendan sus bienes y den limosnas", "y acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba". Para poder hacer eso no hay que temer. Sólo quien no tiene miedo puede vivir sin poseer, entiende que en el cielo sólo se acumula lo que se comparte. 

No es una invitación a la vida desobligada y descuidada, porque en el mismo Evangelio escuchamos que hay que estar listos, hay que ser previsores y tener la "lampara encendida". Pero no porque tenemos miedo, sino porque tenemos fe; y "la fe es la forma de poseer, ya desde ahora, lo que se espera, y de conocer las realidades que no se ven"; esas que se guardan en el cielo y nada puede corromper.

¿Qué es valioso para ti?¿Qué amas? Mira con los ojos de tu imaginación "tu tesoro", ¿qué contiene?, ¿en dónde está?, ¿está lleno de cosas que "las polillas" de este mundo pueden carcomer o es un tesoro lleno de cosas que nadie puede destruir?. Cuéntale al Señor de tu tesoro y de tu relación con él. Pidamos a Dios más fe, para que siempre estemos dispuestos y valientes para vivir al lado de Él.

#FelizDomingo


“Dichosos ellos, si los encuentra despiertos aunque llegue a la medianoche”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J. 

Hablando de lo que es la iluminación, Anthony de Mello dice lo siguiente: “Es como un vagabundo de Londres que se estaba acomodando para pasar la noche. A duras penas había conseguido un pedazo de pan para comer. Entonces llegó a un malecón junto al río Támesis. Estaba lloviznando, y se envolvió en su viejo abrigo. Ya iba a dormirse cuando de repente se acercó un Rolls-Royce manejado por un conductor. Una hermosa joven descendió del automóvil y le dijo: – Mi pobre hombre, ¿va a pasar la noche en este malecón? – Sí, le contestó el vagabundo. – No lo permitiré, le dijo ella. – Usted se viene conmigo a mi casa y va a pasar la noche cómodamente y a tomar una buena cena. La joven insistió en que subiera al automóvil. De modo que salieron de Londres y llegaron a un lugar en donde ella tenía una gran mansión con amplios jardines. Los recibió el mayordomo, a quien la joven le dijo: “Jaime, cerciórese de que a este hombre lo lleven a las habitaciones de los sirvientes y lo traten bien”. Y Jaime obró como le dijo ella. La joven se había preparado para dormir y estaba a punto de acostarse cuando recordó a su huésped. Entonces se puso algo encima y fue hasta las habitaciones de los sirvientes. Vio una rendija de luz en la habitación en la que acomodaron al vagabundo. Llamó suavemente a la puerta, la cual abrió, y encontró al hombre despierto. Le dijo: – ¿Qué sucede, buen hombre, no le dieron una buena cena? – Nunca había comido tan bien en mi vida, señora, le contestó el vagabundo. – ¿Está usted bien caliente? – Sí, la cama es hermosa y está tibia. – Tal vez usted necesita compañía, le dice ella. – Córrase un poquito. Se le acercó, y él se movió hacia un lado, y cayó directo al Támesis...

Eso es la iluminación. Estar despiertos. Vivimos muchas veces sumidos en nuestros sueños y olvidamos la bella y cruda realidad. Quisiéramos que las cosas fueran distintas, que los problemas no existieran, que los conflictos se resolvieran de una vez y para siempre. Pero este tipo de vida hace que no seamos capaces de reconocer el paso de Dios por nuestras vidas. Por esto hay que mantenerse despiertos. Esto es lo que quería decir el Señor cuando le dice a sus discípulos: “Sean como criados que están esperando a que su amo regrese de un banquete de bodas, preparados y con las lámparas encendidas, listos para abrirle la puerta tan pronto como llegue y toque. Dichosos los criados a quienes su amo, al llegar, encuentre despiertos. Les aseguro que el amo mismo los hará sentarse a la mesa y se dispondrá a servirles la comida. Dichosos ellos, si los encuentra despiertos, aunque llegue a la medianoche o de madrugada”.

No sabemos ni el día ni la hora. Con frecuencia el Señor nos sorprende. “Si el dueño de una casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría que nadie se metiera en su casa a robar. Ustedes también estén preparados; porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperan”. El Señor nos invita a estar preparados para saber descubrir las señales de su presencia que todos los días nos rayan la pupila de tanto mirarlas. Y todavía preguntamos, ¿dónde está el Señor? ¿cómo descubrirlo? ¿cómo sentir su presencia? Por estar soñando, no vemos lo evidente. No reconocemos la presencia de Dios que está siempre trabajando en medio de nuestra realidad y pidiendo nuestra colaboración. Pidamos al Señor que nos regale la gracia de permanecer despiertos, que no vivamos anestesiados y adormilados ante la vida. No sea que nos suceda lo que le sucedió al mendigo que, por estar cómodamente viviendo en nuestros sueños, caigamos directamente al Támesis...

NO VIVIR DORMIDOS

José Antonio Pagola

Uno de los riesgos que nos amenazan hoy es caer en una vida superficial, mecánica, rutinaria, masificada... No es fácil escapar. Con el pasar de los años, los proyectos, las metas y los ideales de mucha gente terminan apagándose. No pocos terminan levantándose cada día solo para «ir tirando».

¿Dónde encontrar un principio humanizador, desalienante, capaz de liberarnos de la superficialidad, la masificación, el aturdimiento o el vacío interior?

Es sorprendente la insistencia con que Jesús habla de la vigilancia. Se puede decir que entiende la fe como una actitud vigilante que nos libera del sinsentido que domina a muchos hombres y mujeres, que caminan por la vida sin meta ni objetivo alguno.

Acostumbrados a vivir la fe como una tradición familiar, una herencia o una costumbre más, no somos capaces de descubrir toda la fuerza que encierra para humanizarnos y dar un sentido nuevo a nuestras vidas. Por eso es triste observar cómo bastantes hombres y mujeres abandonan una fe vivida de manera inconsciente y poco responsable para adoptar una actitud increyente tan inconsciente y poco responsable como su postura anterior.

La llamada de Jesús a la vigilancia nos llama a despertar de la indiferencia, la pasividad o el descuido con que vivimos con frecuencia nuestra fe. Para vivirla de manera lúcida necesitamos conocerla con más profundidad, confrontarla con otras actitudes posibles ante la vida, agradecerla y tratar de vivirla con todas sus consecuencias.

Entonces la fe es luz que inspira nuestros criterios de actuación, fuerza que impulsa nuestro compromiso de construir una sociedad más humana, esperanza que anima todo nuestro vivir diario.

 

¿DE QUÉ DIOS NOS HABLA EL EVANGELIO?

Fray Marcos

Que el texto utilice el lenguaje escatológico nos ha despistado. El que nos hable de talegos y tesoros en el cielo o que Dios llegará como un ladrón, nos ha alejado del Dios de Jesús. Dios no tiene que venir de ninguna parte, menos como ladrón. Está llamando siempre, pero desde dentro. No puede pretender entrar en nosotros sino aflorar a nuestra conciencia.

No hay que confiar en un dios todopoderoso externo, sino en el hombre creado a su imagen y que tiene al mismo Dios como fundamento. No es pues, cuestión de actos de fe en Él, sino confianza absoluta en lo que de Dios hay en nosotros que nunca podrá rallarnos.

Hay que estar despiertos, no porque puede llegar el juicio cuando menos lo esperemos, sino porque la toma de conciencia de la realidad que somos exige plena atención a lo que realmente somos y no es fácil de descubrir. Ha sido Dios el primero que ha confiado en nosotros desde el momento en que ‘decidió’ darse él mismo sin limitación alguna.

A la institución no le interesa la idea de un Dios que da plena autonomía al ser humano, porque no admite intermediarios. Para ellos es mucho más útil la idea de un dios que premia y castiga, porque en nombre de ese dios pueden controlar a las personas. La mejor manera de conseguir sometimiento es el miedo. Eso lo sabe muy bien cualquier autoridad.

El Padre ha tenido a bien confiaros el Reino. Este es el punto de partida. Si el Reino-Dios es el tesoro encontrado, nada ni nadie puede apartarme de él. Todo lo que no sea esa realidad absoluta, que ya poseo, se convierte en calderilla. El Reino es el mismo Dios escondido en mí. Los demás valores deben estar subordinados al valor supremo que es el Reino-Dios.

Esa fe-confianza, falta de miedo, no es para un futuro en el más allá. No se trata de que Dios me dé algún día lo que ahora echo de menos. Esta es la gran trampa que utilizan los intermediarios. A ver si me explico con claridad: Dios es un continuo presente, es eternidad. Esa eternidad es la que tengo que descubrir en mí aquí y ahora en el presente.

La idea que tenemos de una vida futura desnaturaliza la vida presente hasta dejarla reducida a una incómoda sala de espera. La preocupación por un más allá nos impide vivir en plenitud el más acá. La vida presente tiene pleno sentido por sí misma, no es un medio para alcanzar algo. Todo lo que proyectamos para el futuro está ya aquí a nuestro alcance.

La esperanza cristiana no se basa en lo que Dios me dará, sino en que sea capaz de descubrir lo que Dios me está dando siempre. Para que llegue a mí lo que espero, Dios no tiene que hacer nada. Yo soy el que tiene mucho que hacer, pero en el sentido de tomar conciencia y vivir la verdadera realidad que soy. Para eso hay que estar despiertos.

Los seguidores de Jesús, todos judíos, fueron incapaces de librarse del Dios del AT. El Dios de los evangelios es una mezcla de ese Dios y de la increíble novedad del Dios Abba que descubrió. Lo preocupante es que después de dos mil años, nosotros nos sentimos más a gusto con aquel Dios justiciero y antropomórfico que con el Dios amor de Jesús.

El Dios de Jesús ni puede castigar por un pasado ni puede prometer nada para un futuro, porque ni tiene pasado ni tiene futuro. Dios es un eterno presente. No tiene ningún sentido preguntarnos si interviene en la historia, porque Él no tiene historia.

 

 


jueves, 31 de julio de 2025

Domingo XVIII de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Reflexión)

Domingo XVIII de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas 12, 13-21) – agosto 3, 2025 
Eclesiastés 1,2; 2,21-23 / Salmo 89 / Colosenses 3, 1-5.9-11


Continuamos en este domingo, escuchando al Maestro Jesús, que nos da lecciones para esta vida terrena, con las que, poniéndolas en práctica, alcanzamos la vida eterna, la del cielo…

Evangelio según san Lucas 12, 13-21

En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me
ha puesto como juez en la distribución de herencias?”

Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”. 

Reflexión:

¿Cómo me relaciono con las cosas?

Hemos estado leyendo en la liturgia durante la semana pasada, acerca del Reino de Dios, y como Jesús, con parábolas nos pone a reflexionar sobre lo que es y cómo está presente entre nosotros. Hoy domingo, podemos relacionar las lecturas y el evangelio, con el reinado de Dios en nuestro corazón.

Comencemos esta reflexión, con el inicio de la primera lectura: “Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión” (Eclo 1,2) ... pero ¿por qué todas las cosas son vana ilusión? … Pensando y meditando las lecturas, el salmo y el evangelio, podemos encontrar la respuesta.

La expresión “vana ilusión”, se refiere generalmente a esperanzas o seguridades falsas, cosas que parecen tener valor o prometer felicidad, pero que al final son vacías, pasajeras o engañosas… ya que lo material-terrenal es intrascendente, mientras que nuestro espíritu / alma, esencia de nuestro ser, es trascendente, divino, del cielo, de Dios. Por eso, san Pablo en la segunda lectura nos invita hoy a “buscar los bienes de arriba”, a “todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra” (Col 3, 1-5).

Con la “ayuda” del Principio y Fundamento (PyF) de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, podemos comprender lo que implica “todas las cosas” y “bienes del cielo”: “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma; y las otras cosas son creadas para el hombre, y para que le ayuden a alcanzar el fin para el que fue creado.  De donde sigue, que el hombre ha de usarlas tanto le ayuden para su fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impidan.” (PyF 23).

Salvar el alma, es tener vida plena, una que valga la pena vivir, desde ahora en la terrena, para tener una vida eterna, cuando dejemos este mundo. Cuando nos enfocamos solo en lo terreno de manera egoísta, esto es: “pasiones desordenadas, los malos deseos, avaricia, idolatría, mentira, engaño” (cfr, Col 3, 9-11), nos alejamos de tener una vida terrena plena, y poder aspirar a la vida eterna,

Las cosas, son medios, no fines; cuando invertimos el orden y “las cosas” son el fin …nos desordenamos y desviamos de lo que más nos conviene, como nos advierte Jesús, “eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea” … ya que, al morir no nos llevaremos nada material, solo partiremos con lo espiritual, con lo “vale la pena ante Dios”, ´por lo que el reto es, aprender a elegir lo que más conviene para tener vida plena.

¿Qué tengo que ordenar en mi vida?... ¿Cómo hacerme rico, ante Dios?... ¿Cómo hacer uso de las cosas y ser feliz, “como Dios quiere”?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP 


Domingo XVIII de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Profundizar)

 Domingo XVIII de Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas 12, 13-21) – agosto 3, 2025 
Eclesiastés 1,2; 2,21-23 / Salmo 89 / Colosenses 3, 1-5.9-11


Evangelio según san Lucas 12, 13-21

En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me
ha puesto como juez en la distribución de herencias?”

Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”. 

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

La palabra vanidad, viene del latín "vanitas, vanitatis", que significa vacío, vano; y con el sufijo "itas", indica cualidad; así, quien tiene vanidad, tiene la cualidad de estar vacío. 

Nuestro mundo sufre de la epidemia de la vanidad, que se expresa (falsamente) como auto seguridad, cuando en realidad, se tiene el corazón vacío. Aquejados por este mal nos esforzamos por acumular y llenarnos de experiencias, personas o cosas, nuestra mente no descansa buscando con qué saciar nuestra codicia y avaricia; y mentimos, nos mentimos vanidoso, vacíos.

Hoy la Palabra es contundente: "Aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra", porque lo de arriba, eso que no se ve, no se agota y dura para la eternidad. "Guárdense de toda clase de codicia, pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes", atesorar aquí, no es riqueza ni saciedad.

Detengámonos este domingo y pidamos al Señor con el salmista: Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Sácianos de tu misericordia, danos bondad, has prosperas las obras de nuestras manos. Porque lo que nos hacer ricos, no es lo que acumulamos, sino lo que damos.

#FelizDomingo


“(...) la vida no depende del poseer muchas cosas”

 Rodríguez Osorio, S.J.

Mientras viajaba por las montañas, una sabia mujer se encontró un hermoso diamante en un riachuelo. Al día siguiente se cruzó en el camino con otro viajero y al saber que estaba hambriento, le ofreció parte de la comida que traía con ella. Al abrir su bolsa para sacar los alimentos, el hombre vio la piedra preciosa en el fondo del morral, y quedó maravillado. El viajero le pidió el diamante a la mujer y ésta, sin dudarlo, lo sacó de su bolsa y se lo dio. El hombre se fue dichoso por su increíble suerte, ya que sabía que el valor de la piedra era lo suficientemente alto como para vivir sin apuros durante el resto de su vida. Pero días más tarde, después de haber buscado a la mujer, la encontró, le devolvió la joya, y le dijo: –He estado pensando... soy consciente del valor de esta piedra que quiero devolverle, pero espero que a cambio usted me dé algo aun más valioso. Y después de un silencio, continuó: –Deme esa cualidad que le permitió regalarme este tesoro con generosidad y desprendimiento.

El evangelio de hoy nos presenta a un hombre que pide algo inesperado: “–Maestro, dile a mi hermano que me dé mi parte de la herencia. Y Jesús le contestó: –Amigo, ¿quién me ha puesto sobre ustedes como juez y partidor?” Esta situación suscita una enseñanza de Jesús que no viene nunca de más recordar: “–Cuídense ustedes de toda avaricia; porque la vida no depende del poseer muchas cosas”. Y es la ocasión para que el Señor nos cuente una parábola muy bella: “Había un hombre muy rico, cuyas tierras dieron una gran cosecha. El rico se puso a pensar: ‘¿Qué haré? No tengo dónde guardar mi cosecha.’ Y se dijo: ‘Ya sé lo que voy a hacer. Derribaré mis graneros y levantaré otros más grandes, para guardar en ellos toda mi cosecha y todo lo que tengo. Luego me diré: Amigo, tienes muchas cosas guardadas para muchos años; descansa, come, bebe, goza de la vida.’ Pero Dios le dijo: ‘Necio, esta misma noche perderás la vida, y lo que tienes guardado, ¿para quién será?’ Así le pasa al hombre que amontona riquezas para sí mismo, pero es pobre delante de Dios”.

Es impresionante la insistencia de Jesús y los evangelios en este tema de la libertad que debemos tener frente a los bienes materiales. No se trata de una invitación a no tener, sino a tener de tal manera que no pongamos allí el valor de nuestras vidas. La vida no depende de poseer muchas cosas, sino de nuestra capacidad de compartirlas con los demás con generosidad. No es rico el que tiene mucho, sino el que necesita menos para vivir contento. Ignacio Ellacuría, uno de los jesuitas asesinados en El Salvador hace algunos años, decía que la única salvación para nuestro mundo era crear una civilización de la austeridad compartida. Vivir más sencillamente, soñando menos con lo que nos falta y agradeciendo más lo que tenemos. Un mundo y un país en el que unos pocos derrochan y malgastan, mientras que las grandes mayorías no tienen ni lo mínimo para sobrevivir como seres humanos, no es sostenible en el largo plazo.

La parábola que el Señor nos cuenta hoy es una llamada a no vivir pendientes de acumular riquezas sin fin, pensando que ese es el camino de la vida. Por ese camino sólo se llega a la muerte. Una sociedad que quiere la paz, que busca con ansias el final de una guerra fratricida que se ha prolongado tanto entre nosotros, podría tomar el camino de la generosidad y el compartir, que son capaces de crear hermanos. Por eso, pidámosle al Señor que no nos regale diamantes hermosos y caros, sino la capacidad de dar con generosidad y desprendimiento.

DE MANERA MÁS SANA

José Antonio Pagola

«Túmbate, come, bebe y date una buena vida»: esta consigna del hombre rico de la parábola evangélica no es nueva. Ha sido el ideal de no pocos a lo largo de la historia, pero hoy se vive a gran escala y bajo una presión social tan fuerte que es difícil cultivar un estilo de vida más sobrio y sano.

Hace tiempo que la sociedad moderna ha institucionalizado el consumo: casi todo se orienta a disfrutar de productos, servicios y experiencias siempre nuevas. La consigna del bienestar es clara: «Date una buena vida». Lo que se nos ofrece a través de la publicidad es juventud, elegancia, seguridad, naturalidad, poder, bienestar, felicidad. La vida la hemos de alimentar en el consumo.

Otro factor decisivo en la marcha de la sociedad actual es la moda. Siempre ha habido en la historia de los pueblos corrientes y gustos fluctuantes. Lo nuevo es el «imperio de la moda», que se ha convertido en el guía principal de la sociedad moderna. Ya no son las religiones ni las ideologías las que orientan los comportamientos de la mayoría. La publicidad y la seducción de la moda están sustituyendo a la Iglesia, la familia o la escuela. Es la moda la que nos enseña a vivir y a satisfacer las «necesidades artificiales» del momento.

Otro rasgo que marca el estilo moderno de vida es la seducción de los sentidos y el cuidado de lo externo. Hay que atender al cuerpo, la línea, el peso, la gimnasia y los chequeos; hay que aprender terapias y remedios nuevos; hay que seguir de cerca los consejos médicos y culinarios. Hay que aprender a «sentirse bien» con uno mismo y con los demás; hay que saber moverse de manera hábil en el campo del sexo: conocer todas las formas de posible disfrute, gozar y acumular experiencias nuevas.

Sería un error «satanizar» esta sociedad que ofrece tantas posibilidades para cuidar las diversas dimensiones del ser humano y para desarrollar una vida integral e integradora. Pero no sería menos equivocado dejarnos arrastrar frívolamente por cualquier moda o reclamo, reduciendo la existencia a puro bienestar material. La parábola evangélica nos invita a descubrir la insensatez que se puede encerrar en este planteamiento de la vida.

Para acertar en la vida no basta pasarlo bien. El ser humano no es solo un animal hambriento de placer y bienestar. Está hecho también para cultivar el espíritu, conocer la amistad, experimentar el misterio de lo trascendente, agradecer la vida, vivir la solidaridad. Es inútil quejarnos de la sociedad actual. Lo importante es actuar de manera inteligente.

 

ACAPARAR LOS BIENES NECESARIOS 

PARA LA VIDA DE OTROS, ES CAUSAR MUERTE

Fray Marcos

Es imposible hablar de riqueza y pobreza sin caer en demagogias simplistas. El problema no está solo en los ricos que acumulan a costa del trabajo de otro por un sueldo injusto. El problema está también en los pobres que alegando la justicia social pretenden vivir tan ricamente sin dar un palo al agua. No tener esto en cuenta también es demagogia.

Se trata de un mensaje muy sutil. El mismo relato insinúa que ni el que lo escribió lo tenía muy claro. En efecto. El rico no es necio porque lo que ha acumulado lo va a disfrutar otro. Sería igual de insensato si toda la riqueza acumulada pudiera disfrutarla él mismo.

Tampoco es válido el “debemos ser ricos ante Dios” ni “no acumuléis riquezas en la tierra”. Nos invitan a valorar las riquezas espirituales. Es una propuesta también descabellada, entendida como obligación de hacer obras buenas que se acumularían para garantizar una felicidad para el más allá proporcional a lo buenos que hayamos sido aquí abajo.

Este planteamiento que hemos mantenido durante dos mil años sigue siendo insuficiente, porque sigue proponiendo la necesidad de seguridades para el falso yo. No importa que sean seguridades espirituales y para el más allá, porque siguen siendo necesidad de seguridades que necesita el falso yo para subsistir y afianzarse. Jesús nunca pudo hacer esta propuesta.

Intentaré explicarme. Si necesito cualquier seguridad o echo algo en falta, es señal de que estoy planteando mi existencia desde mi falso ser (“creatural”, decía Eckhart). Mi verdadero ser es absoluto y no le falta nada. Este ser que soy ha existido siempre. Ni ha nacido ni puede morir. No debo echar en falta ni siquiera la vida que sería el aparente valor supremo.

El evangelio nos está diciendo que tener más no nos hace más humanos. La posesión de bienes de cualquier tipo no puede ser el objetivo último. La trampa está en que cuánta mayor capacidad de satisfacer necesidades tenemos, mayor número de nuevas necesidades desplegamos; con lo cual no hay posibilidad alguna de alcanzar la meta definitiva.

El hombre tiene necesidades biológicas, que debe atender. Pero descubre que eso no llega a satisfacerle y anhela acceder a otra riqueza que está más allá. Esta situación le coloca en un equilibrio inestable. O se dedica a satisfacer los apetitos biológicos, o intenta trascender y desarrollar su vida espiritual, manteniendo en su justa medida las exigencias biológicas.

Es muy difícil mantener un equilibrio. Podemos hablar de la pobreza muy pobremente y podemos hablar de la riqueza tan ricamente. No está mal ocuparse de las cosas materiales e intentar mejorar el nivel de vida. Jesús no está criticando la previsión, ni la lucha por una vida más cómoda. Pero rechaza que lo hagamos a costa de las carencias de los demás.

Se trata de desplegar una vida plenamente humana que me permita alcanzar una plenitud. Solo esa Vida plena puede darme la felicidad. Se trata de elegir entre una Vida humana plena y una vida repleta de sensaciones, pero vacía de humanidad. La pobreza que nos pide el evangelio no es ninguna renuncia. Es simplemente escoger lo que es mejor para mí.

La clave está en mantener la libertad para avanzar hacia la plenitud humana. Todo lo que te impide progresar en esa dirección, es negativo. Puede ser la riqueza y puede ser la pobreza.

 

 

XXVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

  XXVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – octubre 4, 2026  Isaίas 5, 1-7 / Salmo 79 / Filipenses 4, 6-9 El evangelio de hoy, n...