
Evangelio según san Mateo 21, 33-43
En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los
ancianos del pueblo esta parábola: "Había una vez un propietario que
plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una
torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.
Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir
su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los
criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro más lo apedrearon. Envió de
nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del
mismo modo.
Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: 'A mi hijo lo
respetarán'. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros:
'Éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia'. Le
echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.
Ahora, díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con
esos viñadores?'' Ellos le respondieron: "Dará muerte terrible a esos
desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos
a su tiempo".
Entonces Jesús les dijo: "¿No han leído nunca en la
Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra
angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable?
Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de
Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos''.
Para profundizar:
“”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
EL PELIGRO DE AHOGAR LA
VOZ DE LOS PROFETAS
José Antonio Pagola
Cuando el año 70 las
tropas romanas destruyeron Jerusalén y el pueblo judío desapareció como nación,
los cristianos hicieron una lectura terrible de este trágico hecho. Israel,
aquel pueblo tan querido por Dios, no ha sabido responder a sus llamadas. Sus
dirigentes religiosos han ido matando a los profetas enviados por él; han
crucificado, por último, a su propio Hijo. Ahora, Dios los abandona y permite
su destrucción: Israel será sustituido por la Iglesia cristiana.
Así leían los
primeros cristianos la parábola de los «viñadores homicidas», dirigida por
Jesús a los sumos sacerdotes de Israel. Los labradores encargados de cuidar la
«viña del Señor» van matando uno tras otro a los criados que él les envía para
recoger los frutos. Por último matan también al hijo del propietario, con la
intención de suprimir al heredero y quedarse con la viña. El señor no puede
hacer otra cosa que darles muerte y entregar su viña a otros labradores más
fieles.
Esta parábola no fue
recogida por los evangelistas para alimentar el orgullo de la Iglesia, nuevo
Israel, frente al pueblo judío, derrotado por Roma y dispersado por todo el
mundo. La preocupación era otra: ¿le puede suceder a la Iglesia cristiana lo
mismo que le sucedió al antiguo Israel? ¿Puede defraudar las expectativas de
Dios? Y si la Iglesia no produce los frutos que él espera, ¿qué caminos seguirá
Dios para llevar a cabo sus planes de salvación?
El peligro siempre
es el mismo. Israel se sentía seguro: tenían las Escrituras Sagradas; poseían
el templo; se celebraba escrupulosamente el culto; se predicaba la Ley; se
defendían las instituciones. No parecía necesario nada nuevo. Bastaba
conservarlo todo en orden. Es lo más peligroso que le puede suceder a una
religión: que se ahogue la voz de los profetas y que los sacerdotes,
sintiéndose los dueños de la «viña del señor», quieran administrarla como
propiedad suya.
Es también nuestro
peligro. Pensar que la fidelidad de la Iglesia está garantizada por pertenecer
a la Nueva Alianza. Sentirnos seguros por tener a Cristo en propiedad. Sin
embargo, Dios no es propiedad de nadie. Su viña le pertenece solo a él. Y si la
Iglesia no produce los frutos que él espera, Dios seguirá abriendo nuevos
caminos de salvación.
DIOS NUNCA RECHAZA A
NADIE
Al rechazo de los
jefes responde Jesús con suma crudeza. Esta parábola se narra ya en el
evangelio de Mc, del que copian Mt y Lc. Cuando se escriben ya se había
producido la muerte de Jesús, la destrucción de Jerusalén y la separación de
los cristianos de la religión judía. Era muy fácil anunciar como profecía lo
que había sucedido ya.
El relato es a la
vez parábola y alegoría. A cada elemento del relato, corresponde un elemento
espiritual. El propietario es Dios. La viña es el pueblo judío. Los labradores
son los jefes religiosos. Los enviados son los profetas. El hijo es el mismo
Jesús. Los frutos que Dios espera son derecho y justicia. El nuevo pueblo es la
comunidad cristiana.
El relato del
evangelio es copia del texto de Isaías. Pero si nos fijamos, descubriremos
matices que cambian sustancialmente el mensaje. En Is el protagonista es el
pueblo (viña), que no ha respondido a las expectativas de Dios; en vez de
uvas, dio agrazones.
En Mt los
protagonistas son los jefes religiosos (viñadores), que quieren
apropiarse de los frutos e incluso de la misma viña. No quieren reconocer los
derechos del propietario. Pero al final se retoma la perspectiva de Isaías
porque se dice que la viña será entregada a otro pueblo, cosa que ni a Isaías
ni a Jesús se les podía ocurrir.
No es probable que
Jesús la relatara tal como la encontramos en los evangelios. No solo porque en
él se da por supuesta la muerte de Jesús y el total rechazo del pueblo de
Israel, sino también porque a ningún judío le podía pasar por la cabeza que
Dios los rechazara para elegir a otro pueblo. Refleja una reflexión de la
comunidad cristiana.
Se os quitará la
viña y se dará a otro pueblo que produzca sus frutos. Una manera muy bíblica de justificar que los cristianos
se consideraran ahora el pueblo elegido. El relato no solo justifica la
separación, sino que también advierte a las autoridades de la comunidad que
pueden caer en la misma trampa y ser rechazadas.
Recordemos que entre
la Torá y el mensaje del Jesús existe un peldaño, los profetas que
dieron chispazos en la dirección correcta: “esto sucedió para que se cumpliesen
las Escrituras”. Muchas de las enseñanzas de Jesús ya las encontramos en ellos.
La piedra desechada
es ahora la piedra angular. Es la apreciación
cristiana de la figura de Jesús. Jesús nunca pensó en una nueva religión ni un
nuevo Dios. Jesús fue judío y nunca dejó de serlo. Muy a su pesar, su
predicación dio lugar al nacimiento del cristianismo. El traspaso de la viña a
otros sobrepasa el pensamiento bíblico.
Aquellos jefes
religiosos no eran malvados. Su preocupación por el culto, por la Ley, por
defender la institución, por el respeto a su Dios era sincera. Lo que los
perdió fue confundir los derechos de Dios con sus propios intereses. De esta
manera llegaron a identificar la voluntad de Dios con la suya propia y creerse
dueños del pueblo.
La historia nos
demuestra que es muy fácil caer en la trampa de identificar los intereses
propios o de grupo con la voluntad de Dios. No se puede separar el interés de
Dios del interés del hombre. Nunca se puede machacar al ser humano en nombre de
Dios.
¿De qué frutos nos
habla el evangelio? Isaías dice: “esperó de ellos derecho y ahí tenéis asesinatos;
esperó justicia y ahí tenéis lamentos”. Jesús da un paso más. No
habla ya de “derecho y justicia” sino de amor total que es la norma suprema.
Dios no puede
esperar nada de mí porque nada puedo darle. Lo que Dios espera de nosotros no
es para Él sino para nosotros mismos. Siendo y dándose a los demás, Jesús
alcanzó esa plenitud y nos marcó el camino para que todos podamos llegar a
ella.
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