jueves, 13 de agosto de 2026

XX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XX Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – agosto 16, 2026 
Isaías 56, 1.6-7 / Salmo 66 / Romanos 11, 13-15. 29-32



Evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: "Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: "Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros". Él les contestó: "Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel.

Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: "¡Señor, ayúdame!" Él le respondió: "No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos". Pero ella replicó: "Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos". Entonces Jesús le respondió: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


  #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

El Evangelista nos cuenta hoy el encuentro de Jesús con una mujer «cananea». Los cananeos eran vistos con recelo: en la mente de los judíos existían prejuicios culturales, tensiones teológicas y divisiones territoriales; eran considerados los rivales corruptos que debían ser expulsados.

En el Evangelio, una madre «cananea» desesperada le grita a Jesús: «Ten compasión de mí...», y Jesús la ignora. Los discípulos interceden por ella: «Atiéndela...», y la respuesta de Jesús nos deja perplejos.

Sin embargo, la mujer no se resigna al rechazo; se acerca, se postra y suplica de nuevo. Jesús no parece conmoverse al inicio, pero ella tampoco se inmuta: tiene dos certezas en el corazón: su hija necesita ser sanada y Jesús puede hacerlo. Su fe es tan grande que conmueve a Jesús y hace cambiar de postura al mismísimo Señor.

Imaginemos la escena: imaginemos a la cananea, imaginemos a Jesús. ¿Qué nos enseña ella? ¿Qué aprendemos de Él?

Hay momentos en nuestra vida en los que podemos identificarnos con ese rostro de Jesús: distantes e incluso movidos por condicionantes ideológicos a los que les cuesta dejar fluir la misericordia y el amor. Pero ese mismo Jesús es capaz de transformarse, conmoverse y cambiar su opinión, gracias a alguien totalmente inesperado.

¿A qué te sientes invitada, invitado hoy por la Palabra?

#FelizDomingo


“¡Mujer, qué grande es tu fe!”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

El jesuita brasileño João Batista Libânio, fallecido hace algunos años, en uno de sus muchos libros, decía que las condiciones del cambio eran la sospecha y la experiencia de lo diferente. Cuando funcionamos según nuestros prejuicios, no somos capaces de abrirnos a lo diferente y mucho menos nos atrevemos a sospechar que nuestras posiciones puedan estar equivocadas. Y, por desgracia, vivimos llenos de prejuicios políticos, culturales, sociales, raciales, religiosos...

Cuentan que una vez le preguntaron a un ciudadano estadounidense si era demócrata o republicano, a lo que el hombre respondió: “Soy demócrata”. Le preguntaron, entonces: “¿Por qué es usted demócrata?” “–Soy demócrata, dijo el hombre, porque mi papá era demócrata, mi abuelo era demócrata, toda mi familia ha sido siempre demócrata. Por eso soy demócrata”. “Vamos a ver, inquirió el entrevistador, si su papá hubiera sido un ladrón, su abuelo un ladrón y toda su familia fuera de ladrones, ¿sería usted también ladrón?” “Desde luego que no, respondió el hombre. En ese caso sería republicano”.

Este pequeño ejemplo de prejuicio político es apenas una muestra de lo que funciona dentro de nuestra cabeza. Muy rápidamente sacamos conclusiones respecto de la gente que conocemos todos los días. Cada uno podría hacer un ejercicio de reconocimiento de los propios prejuicios pensando: ¿Cómo le parece que sea una persona que tiene una cuenta bancaria sustanciosa o alguien que esté desempleado? ¿Qué pensamos de una persona nacida en Pasto o en la Costa? ¿Qué respuesta le daríamos a alguien que viene a decirnos que acaba de llegar de una zona de reconocida influencia guerrillera o paramilitar? Y así, se podrían seguir dando muchos ejemplos.

Caminando Jesús por una región apartada, se encuentra con una mujer extranjera. La primera actitud del Señor fue pasar de largo y no contestar nada a los gritos de la mujer, que pedía que le curara a su hija. Los discípulos, entonces, le ruegan que le diga a la mujer que se vaya o que la atienda, “porque viene gritando detrás de nosotros”. Jesús respondió: “Dios me ha enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. Pero la mujer siguió insistiendo: “Fue a arrodillarse delante de él, diciendo: –¡Señor, ayúdame!” Y Jesús le contestó: “–No está bien quitarle el pan a los hijos y dárselo a los perros”. Solemos decir que el perro es el mejor amigo del hombre, pero a nadie le dicen perro como piropo... Sin embargo, la mujer es capaz de sobrepasar el insulto y decirle a Jesús: “–Sí, Señor; pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Jesús, entonces, vencido por la mujer, termina diciendo: “–¡Mujer, qué grande es tu fe! Hágase como quieres. Y desde ese mismo momento su hija quedó sana”.

Es evidente que Mateo quiere dar una lección a su comunidad judeocristiana, para que acojan a los extranjeros como legítimos beneficiarios de los dones del Reino anunciado por Jesús. Para ello, no duda en presentar a un Jesús que fue capaz de abrirse al encuentro con esta mujer extranjera y dejarse vencer por la fortaleza de su fe y su perseverancia. Algunos autores insisten en afirmar que Jesús estaba poniendo a prueba la fe de esta mujer, pero a mi no me cabe en la cabeza que Jesús fuera capaz de insultar a alguien si no es porque estaba convencido de lo que estaba diciendo.

Si queremos sospechar de nuestras posiciones ya tomadas, deberíamos ser capaces de abrirnos al encuentro con lo diferente de nosotros mismos y dejar que este contacto con lo distinto nos cuestione y nos ayude a cambiar nuestro comportamiento habitual frente a los demás, especialmente, frente a aquellos que descalificamos de entrada por nuestros prejuicios.

EL GRITO DE LA MUJER

José Antonio Pagola

Cuando en los años ochenta del siglo I Mateo escribe su evangelio, la Iglesia tiene planteada una grave cuestión: ¿qué han de hacer los seguidores de Jesús? ¿Encerrarse en el marco del pueblo judío o abrirse también a los paganos?

Jesús solo había actuado dentro de las fronteras de Israel. Eliminado rápidamente por el representante de Roma y los dirigentes del templo, no había podido hacer nada más. Sin embargo, rastreando en su vida, los discípulos recordaron dos cosas muy iluminadoras. Primero, Jesús era capaz de descubrir entre los paganos una fe más grande que entre sus propios seguidores. Segundo, Jesús no había reservado su compasión solo para los judíos. El Dios de la compasión es de todos.

La escena es conmovedora. Una mujer sale al encuentro de Jesús. No pertenece al pueblo elegido. Es pagana. Proviene del maldito pueblo de los cananeos, que tanto había luchado contra Israel. Es una mujer sola y sin nombre. Tal vez es madre soltera, viuda o ha sido abandonada por los suyos.

Mateo solo destaca su fe. Toda su vida se resume en un grito que expresa lo profundo de su desgracia. Viene detrás de los discípulos «gritando». No se detiene ante el silencio de Jesús ni ante el malestar de sus discípulos. La desgracia de su hija, poseída por «un demonio muy malo», se ha convertido en su propio dolor: «Señor, ten compasión de mí».

En un momento determinado, la mujer alcanza al grupo, detiene a Jesús, se postra ante él y de rodillas le dice: «Señor, socórreme». No acepta las explicaciones de Jesús, dedicado a su quehacer en Israel. No acepta la exclusión étnica, política, religiosa y de sexos en que se encuentran tantas mujeres, sufriendo soledad y marginación.

Es entonces cuando Jesús se manifiesta en toda su humildad y grandeza: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas». La mujer tiene razón. De nada sirven otras explicaciones. Lo primero es aliviar el sufrimiento. Su petición coincide con la voluntad de Dios.

¿Qué hacemos los cristianos de hoy ante los gritos de tantas mujeres solas, marginadas, maltratadas y olvidadas por la Iglesia? ¿Las dejamos de lado justificando nuestro abandono por exigencias de otros quehaceres? Jesús no lo hizo.

 

UN DIÁLOGO QUE ENRIQUECE A JESÚS Y A LA MUJER

Fray Marcos

Hoy las tres lecturas y el salmo van en la misma dirección: La salvación para todos. La apertura a los gentiles fue complicada. Muchos seguidores de Jesús pretendían mantener la pertenencia al judaísmo como la marca y seña de la nueva comunidad, conservando la fidelidad a la Ley. El problema no se solucionó hasta pasado un siglo de la muerte de Jesús.

Seguramente la retirada a territorio pagano está motivada por la oposición de los dirigentes. Jesús viendo el cariz que toman los acontecimientos prefiere apartarse un tiempo de los lugares donde le vigilaban. El relato pretende romper con los esquemas estereotipados que algunos cristianos pretendían mantener: judío=creyente y extranjero=pagano o ateo.

Quiere dejar claro que, si una persona tiene fe en Jesús, no se puede impedir su pertenencia a la comunidad, aunque sea “pagana”. Es un relato magistral que plantea el problema desde las dos perspectivas. Insiste tanto en la actitud abierta de los cristianos como en la urgencia de que los paganos vinieran con una disposición adecuada de sinceridad y humildad.

Los perros son considerados impuros en muchas culturas. La idea que nosotros tenemos de hiena es lo que más se aproxima a la idea de perro. Pero hay gran diferencia entre los perros salvajes y los de compañía que son considerados como familia. A esta diferencia se aferra la mujer para salir airosa. Jesús no podía prescindir de los prejuicios que el pueblo judío arrastraba. Tenía motivos para no hacerle caso; pero vemos un Jesús dispuesto a aprender.

En el AT hay chispazos que nos indican ya la apertura total por parte de Dios a todo aquel que le busca con sinceridad. La primera lectura nos lo confirma: "A los extranjeros que se han dado a Señor les traeré a mi monte santo". No cabe duda de que Jesús participa de la mentalidad del pueblo. En aquel tiempo, fue la única manera de garantizar su supervivencia.

Para Jesús la religión no era una programación por eso fue capaz de responder vivencialmente ante situaciones nuevas. Su experiencia de Dios y las circunstancias le hicieron ver que solo puede uno estar con Dios si está con el hombre. Pero para poder comunicar una experiencia, primero hay que vivirla. Jesús no tuvo más remedio que aprender de la experiencia cotidiana.

Jesús toma en serio a la mujer, no como los discípulos. El “apoluson” griego significa también despedir, rechazar. La respuesta: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”, no va dirigida a los apóstoles, sino a dureza de la respuesta no desanima a la mujer, sino que le hace ver que el atenderla a ella no va en contra de la atención a los suyos.

Por ser auténtico y sincero por ambas partes, el diálogo es fructífero. Los dos aprenden y produce el milagro del cambio en ambos. A pesar de su actitud, Jesús cambia y descubre lo que en aquella mujer había de auténtica creyente. Jesús descubre que esa mujer, ajena al entorno de Jesús, tiene más confianza en él que los más íntimos que le siguen.

La Cananea demuestra una sensibilidad mayor de la que muestra Jesús. De ella aprendió Jesús que debía superar sus prejuicios. Aprendió que hay que proteger ante todo a los débiles; una idea femenino-maternal. Le sorprendió la confianza absoluta que en él tenía; otro valor femenino. Jesús hace suyos los valores femeninos que ve en la mujer y acepta su "anima".

La mujer representa a todos los que sufren por el dolor de un ser querido. La profunda relación entre ambas impide delimitar donde empieza el problema de su hija, porque la madre es también parte del problema; primero dice: ten piedad de mí y más tarde: socórreme. La enfermedad de la hija se debe a la actitud inadecuada de la madre.

El diálogo tuvo que ser más largo. En él la actitud de la madre ha cambiado y Jesús descubre que ese cambio tendrá repercusiones positivas en la enfermedad de la hija. Viendo la nueva actitud de la madre, Jesús puede decir sin miedo a equivocarse: tu hija está curada.

 

 


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