Evangelio
según san
Mateo 15, 21-28
En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar:
"Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente
atormentada por un demonio". Jesús no le contestó una sola palabra; pero
los discípulos se acercaron y le rogaban: "Atiéndela, porque viene
gritando detrás de nosotros". Él les contestó: "Yo no he sido enviado
sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel.
Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo:
"¡Señor, ayúdame!" Él le respondió: "No está bien quitarles el
pan a los hijos para echárselo a los perritos". Pero ella replicó:
"Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen
de la mesa de sus amos". Entonces Jesús le respondió: "Mujer, ¡qué
grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo instante
quedó curada su hija.
Para profundizar:
“”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
EL GRITO DE LA MUJER
José Antonio Pagola
Cuando en los años
ochenta del siglo I Mateo escribe su evangelio, la Iglesia tiene planteada una
grave cuestión: ¿qué han de hacer los seguidores de Jesús? ¿Encerrarse en el
marco del pueblo judío o abrirse también a los paganos?
Jesús solo había
actuado dentro de las fronteras de Israel. Eliminado rápidamente por el
representante de Roma y los dirigentes del templo, no había podido hacer nada
más. Sin embargo, rastreando en su vida, los discípulos recordaron dos cosas
muy iluminadoras. Primero, Jesús era capaz de descubrir entre los paganos una
fe más grande que entre sus propios seguidores. Segundo, Jesús no había
reservado su compasión solo para los judíos. El Dios de la compasión es de
todos.
La escena es
conmovedora. Una mujer sale al encuentro de Jesús. No pertenece al pueblo
elegido. Es pagana. Proviene del maldito pueblo de los cananeos, que tanto
había luchado contra Israel. Es una mujer sola y sin nombre. Tal vez es madre
soltera, viuda o ha sido abandonada por los suyos.
Mateo solo destaca
su fe. Toda su vida se resume en un grito que expresa lo profundo de su
desgracia. Viene detrás de los discípulos «gritando». No se detiene ante el
silencio de Jesús ni ante el malestar de sus discípulos. La desgracia de su
hija, poseída por «un demonio muy malo», se ha convertido en su propio dolor:
«Señor, ten compasión de mí».
En un momento
determinado, la mujer alcanza al grupo, detiene a Jesús, se postra ante él y de
rodillas le dice: «Señor, socórreme». No acepta las explicaciones de Jesús,
dedicado a su quehacer en Israel. No acepta la exclusión étnica, política,
religiosa y de sexos en que se encuentran tantas mujeres, sufriendo soledad y
marginación.
Es entonces cuando
Jesús se manifiesta en toda su humildad y grandeza: «Mujer, ¡qué grande es tu
fe!, que se cumpla lo que deseas». La mujer tiene razón. De nada sirven otras
explicaciones. Lo primero es aliviar el sufrimiento. Su petición coincide con la
voluntad de Dios.
¿Qué hacemos los
cristianos de hoy ante los gritos de tantas mujeres solas, marginadas,
maltratadas y olvidadas por la Iglesia? ¿Las dejamos de lado justificando
nuestro abandono por exigencias de otros quehaceres? Jesús no lo hizo.
UN DIÁLOGO QUE ENRIQUECE
A JESÚS Y A LA MUJER
Hoy las tres
lecturas y el salmo van en la misma dirección: La salvación para todos. La
apertura a los gentiles fue complicada. Muchos seguidores de Jesús pretendían
mantener la pertenencia al judaísmo como la marca y seña de la nueva comunidad,
conservando la fidelidad a la Ley. El problema no se solucionó hasta pasado un
siglo de la muerte de Jesús.
Seguramente la
retirada a territorio pagano está motivada por la oposición de los dirigentes.
Jesús viendo el cariz que toman los acontecimientos prefiere apartarse un
tiempo de los lugares donde le vigilaban. El relato pretende romper con los
esquemas estereotipados que algunos cristianos pretendían mantener:
judío=creyente y extranjero=pagano o ateo.
Quiere dejar claro
que, si una persona tiene fe en Jesús, no se puede impedir su pertenencia a la
comunidad, aunque sea “pagana”. Es un relato magistral que plantea el problema
desde las dos perspectivas. Insiste tanto en la actitud abierta de los cristianos
como en la urgencia de que los paganos vinieran con una disposición adecuada de
sinceridad y humildad.
Los perros son
considerados impuros en muchas culturas. La idea que nosotros tenemos de hiena
es lo que más se aproxima a la idea de perro. Pero hay gran diferencia entre
los perros salvajes y los de compañía que son considerados como familia. A esta
diferencia se aferra la mujer para salir airosa. Jesús no podía prescindir de
los prejuicios que el pueblo judío arrastraba. Tenía motivos para no hacerle
caso; pero vemos un Jesús dispuesto a aprender.
En el AT hay
chispazos que nos indican ya la apertura total por parte de Dios a todo aquel
que le busca con sinceridad. La primera lectura nos lo confirma: "A los
extranjeros que se han dado a Señor les traeré a mi monte santo". No cabe
duda de que Jesús participa de la mentalidad del pueblo. En aquel tiempo, fue
la única manera de garantizar su supervivencia.
Para Jesús la
religión no era una programación por eso fue capaz de responder vivencialmente
ante situaciones nuevas. Su experiencia de Dios y las circunstancias le
hicieron ver que solo puede uno estar con Dios si está con el hombre. Pero para
poder comunicar una experiencia, primero hay que vivirla. Jesús no tuvo más
remedio que aprender de la experiencia cotidiana.
Jesús toma en serio
a la mujer, no como los discípulos. El “apoluson” griego significa también
despedir, rechazar. La respuesta: “Solo me han enviado a las ovejas
descarriadas de Israel”, no va dirigida a los apóstoles, sino a dureza de la
respuesta no desanima a la mujer, sino que le hace ver que el atenderla a ella
no va en contra de la atención a los suyos.
Por ser auténtico y
sincero por ambas partes, el diálogo es fructífero. Los dos aprenden y produce
el milagro del cambio en ambos. A pesar de su actitud, Jesús cambia y descubre
lo que en aquella mujer había de auténtica creyente. Jesús descubre que esa mujer,
ajena al entorno de Jesús, tiene más confianza en él que los más íntimos que le
siguen.
La Cananea demuestra
una sensibilidad mayor de la que muestra Jesús. De ella aprendió Jesús que
debía superar sus prejuicios. Aprendió que hay que proteger ante todo a los
débiles; una idea femenino-maternal. Le sorprendió la confianza absoluta que en
él tenía; otro valor femenino. Jesús hace suyos los valores femeninos que ve en
la mujer y acepta su "anima".
La mujer representa
a todos los que sufren por el dolor de un ser querido. La profunda relación
entre ambas impide delimitar donde empieza el problema de su hija, porque la
madre es también parte del problema; primero dice: ten piedad de mí y más
tarde: socórreme. La enfermedad de la hija se debe a la actitud inadecuada de
la madre.
El diálogo tuvo que
ser más largo. En él la actitud de la madre ha cambiado y Jesús descubre que
ese cambio tendrá repercusiones positivas en la enfermedad de la hija. Viendo
la nueva actitud de la madre, Jesús puede decir sin miedo a equivocarse: tu hija
está curada.

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