Evangelio
según san Mateo 15, 21-28
En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar:
"Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente
atormentada por un demonio". Jesús no le contestó una sola palabra; pero
los discípulos se acercaron y le rogaban: "Atiéndela, porque viene
gritando detrás de nosotros". Él les contestó: "Yo no he sido enviado
sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel.
Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo:
"¡Señor, ayúdame!" Él le respondió: "No está bien quitarles el
pan a los hijos para echárselo a los perritos". Pero ella replicó:
"Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen
de la mesa de sus amos". Entonces Jesús le respondió: "Mujer, ¡qué
grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo instante
quedó curada su hija.
Reflexión:
¿Cómo me relaciono con
los demás?
Las lecturas de este domingo nos presentan tres
puntos a reflexionar: la universalidad del mensaje de salvación, la misericordia
y compasión del Señor y nuestra fe.
Si bien, la historia de salvación narrada en la
Biblia nace y se va desarrollando en el pueblo escogido por Dios, hoy escuchamos
que es para todas las personas, independientemente de su origen y/o
nacionalidad.
Podemos decir que cualquier persona que tenga
un interés genuino en conocer, seguir y vivir el mensaje
de salvación que se nos transmite a través de la Palabra (en el antiguo y
nuevo testamento de la Biblia), podrá ser salvado, de aquello que le
impide disfrutar de lo que Dios quiere para nosotros: “que tengamos una vida
que valga la pena vivir” (cfr. Carlos Morfín SJ)
En la primera lectura, el profeta Isaías (56, 1.6-7), nos dice
lo que el Señor nos invita a vivir, en relación con las demás personas, en derecho
y justicia, es decir, reconocer la dignidad que Dios ha dado a cada
persona y actuar para que nadie sea tratado como menos, en relaciones interpersonales
sanas, horizontales, que permitan a toda persona vivir y crecer.
Luego, el apóstol Pablo (Rom 11, 13-15. 29-3), nos hace un llamado que
nos interpela todavía hoy, al recordarnos lo que hemos dejado de hacer, quiénes
nos decimos cristianos de hoy, y actuamos en rebeldía en contra de las
invitaciones de Jesús a ser y hacer el bien entre nosotros; Pablo rompe la
lógica de “nosotros, por ser seguidores de Jesús” somos los buenos… no, todos
somos dignos del amor y misericordia de Dios.
Así, las lecturas nos han puesto de manifiesto que el llamado
a vivir con actitudes fraternas es universal, es para todas las personas).
En el evangelio de Mateo, contemplamos a una mujer cananea, que “no
tiene derecho a ser atendida”, según los judíos, pero ella busca, suplica
e insiste a Jesús, por su compasión, para salvar a su hija de los
demonios que la atormentan y le quitan vida.
Su insistencia provoca la intervención de los apóstoles: “atiéndela
… nos fastidian sus gritos”, y Jesús en aparente desprecio, termina
reconociendo en ella: “¡qué grande es tu fe! … que se cumpla lo que deseas”.
Lo que hoy nos deja la Palabra es un reto personal: * a
vivir la justicia de Dios, más allá de nuestras fronteras, * nuestra fe en Dios,
nos lanza a actuar, siendo compasivos…
¿Qué hago yo cuando alguien que
considero "diferente" se acerca a mí con una necesidad?... ¿Cómo tener
y mantener relaciones interpersonales fraternas?... ¿Cómo ir más allá de mis
fronteras y ser persona de bien, desde el amor?

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