Evangelio
según san
Mateo 14, 13-21
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el
Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al
saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús
desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los
enfermos.
Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle:
“Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan
a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta
que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más
que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”.
Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco
panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió
los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente.
Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se
llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin
contar a las mujeres y a los niños.
Para profundizar:
“”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
¿CÓMO BENDECIR LA MESA?
José Antonio Pagola
Casi sin darnos
cuenta y empujados por diversos factores, hemos ido deshumanizando poco a poco
ese gesto tan entrañable y humano que es sentarse a la mesa a comer juntos.
La comida se ha
convertido para muchos en algo puramente funcional que es necesario organizar
de manera rápida y precisa dentro de la jornada laboral. Cada vez es más raro
ese momento privilegiado de encuentro familiar en torno a la mesa. En muchos
hogares, esa mesa hecha para ser rodeada ya no sirve para que padres e hijos se
encuentren, compartan sus vidas, conversen y descansen juntos.
Otros se van
habituando a «alimentar su organismo» en esas comidas impersonales de los
restaurantes o en el rincón del self-service de turno. No pocos se ven
obligados a participar en comidas protocolarias o de trabajo, donde el gesto
amistoso del comer juntos es sustituido por el interés, el pragmatismo o la
ostentación.
El gesto de Jesús
invitando a las gentes a recostarse para compartir juntos una comida sencilla,
bendiciendo a Dios por el pan que recibimos, puede ser una llamada para
nosotros. Como expone jugosamente Xabier Basurko en su estudio Compartir el
pan, comer es mucho más que «introducir una determinada ración de calorías en
el organismo».
La necesidad de
alimentarnos es, antes que nada, signo de nuestra indigencia radical.
Oscuramente, los seres humanos percibimos que no nos fundamentamos a nosotros
mismos. En realidad, vivimos recibiendo, nutriéndonos de una vida que, a través
de la tierra, se nos regala día a día a cada uno. Por eso es un gesto
profundamente humano recogerse antes de comer para agradecer a Dios esos
alimentos, fruto del esfuerzo y trabajo del hombre, pero, al mismo tiempo,
regalo originario del Dios creador que sustenta la vida.
Pero, además, comer
no es solo un acto individualista de carácter biológico. El ser humano está
hecho para comer con otros, compartiendo su mesa con familiares y amigos. Comer
juntos es confraternizar, dialogar, crecer en amistad, compartir el regalo de la
vida.
Por eso es tan
difícil dar gracias a Dios cuando uno tiene más comida que la que necesita
mientras otros sufren miseria y hambre. Nos sentimos acusados por aquellas
palabras de Gandhi: «Todo lo que comes sin necesidad lo estás robando al
estómago de los pobres». Tal vez en los países del bienestar hemos de aprender
a bendecir la mesa de otra manera: dando gracias a Dios, pero, al mismo tiempo,
pidiendo perdón por nuestra insolidaridad y tomando conciencia de nuestra
responsabilidad ante los hambrientos de la Tierra.
SI NO ME ACERCO AL QUE ME NECESITA,
TAMBIÉN ME ESTARÉ ALEJANDO DEL DIOS.
Seis veces se dice
en los evangelios que Jesús da de comer a una multitud. Es seguro que algo muy
parecido, pasó en realidad y probablemente más de una vez. Lo importante es lo
que nos quieren decir al contarnos esta historia. Más allá del fácil recurso al
milagro, descubramos el mensaje que nos invita a compartir lo que somos.
Entendido como un
milagro, nos quedamos sin el verdadero mensaje. Podíamos decir que es una
parábola en acción. También hace falta “oídos” y “ojos” bien abiertos para
entenderla. El punto de inflexión del relato está en las palabras de Jesús:
“dadles vosotros de comer”. No entraba en los planes del grupo preocuparse de
los demás.
Tampoco podemos
utilizar el relato como un argumento para demostrar la divinidad de Jesús. El
sentido de la vida de Jesús salta hecho añicos cuando suponemos que era un ser
humano, pero con el comodín de la divinidad que podía utilizar a capricho.
Aunque no se dice
que los panes y peces se multiplicaran, realmente fue un verdadero “milagro”
que un grupo tan numeroso de personas compartiera todo lo que tenían hasta
conseguir que nadie quedara con hambre. En aquel tiempo no se podía repostar
por el camino, todo el que salía de casa iba provisto de alimento para todo ese
tiempo.
Si estamos abiertos,
en el mismo relato encontraremos claves para la interpretación. Los discípulos
se dan cuenta de la situación y actúan con toda lógica: es su problema, ellos
deben solucionárselo. Jesús da una solución menos sensata: “dadles vosotros de
comer”. Soluciona el problema provocando la generosidad y el compartir en cada
uno.
Los libros de la Ley
eran cinco; y dos el resto de la Escritura: Profetas y Escritos. El número
siete (5+2) es símbolo de plenitud. 5000 (cien grupos de cincuenta) es
simbólico. Los doce cestos aluden a las doce tribus. La mirada al cielo, el
recostarse en la hierba… Son los elementos que permiten interpretar el relato,
más allá de la letra.
Jesús no pidió a
Dios que solucionara el problema, sino que se lo pidió a sus discípulos. El
verdadero sentido del texto está en otra parte. La dinámica normal nos dice que
el “pan” indispensable para la vida, tenemos que conseguirlo con dinero; porque
alguien lo acapara y no lo deja llegar a su destino más que cumpliendo unas
condiciones que el que lo retiene impone; el precio. Jesús librar el pan de ese
acaparamiento injusto.
Hoy las lecturas son
un buen punto de partida para la reflexión. La 1ª nos advierte que la comida
material ni alimenta ni da hartura espiritual. Solo cuando se escucha a Dios se
alimenta la verdadera Vida. La 2ª nos indica donde está lo más importante para
cualquier ser humano: el amor que Dios nos tiene y se manifestó en Jesús.
Después de un día
con Jesús, el pueblo fue capaz de compartir lo poco que tenían. Ese es el
verdadero mensaje. Nosotros, después de años junto a Jesús, ¿qué somos capaces
de compartir? No hay distinción entre el pan material y el alimento espiritual.
Al compartir lo que somos y tenemos, nos alimentándonos de verdad.
El relato no separa
el nivel espiritual y el material. La compasión y el compartir son la clave de
toda identificación con Jesús. Es inútil insistir porque es el tema de todo el
evangelio. Personalmente creo que las comidas de Jesús con el pueblo, incluso
con los pecadores, tuvo más que ver con la aparición de la eucaristía que la
última cena.
La eucaristía
comenzó como una comida en la que todo se compartía. Cada vez que se comparte
el pan, se comparte la Vida y se hace presente a Dios que es Vida-Amor. La
eucaristía es memoria de esta actitud de Jesús que se partió y repartió. Al
partirse y repartirse, hizo presente a Dios que es don total. El pan que
alimenta es el que se da.

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