Domingo Mundial de la misiones
Éxodo 17, 8-13 / Salmo 120 / 2 Timoteo 3, 14-4,2
Evangelio según
san Lucas 18,
1-8
En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de
orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola: “En cierta
ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en
aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle:
‘Hazme justicia contra mi adversario’.
Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo:
‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la
insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga
molestando’.”
Dicho esto, Jesús comentó: “Si así pensaba el juez injusto, ¿creen
ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y
noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar.
Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre
la tierra?”.
Para
profundizar:
“(...) orar siempre sin desanimarse”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
Hace algunos meses recibí este mensaje: “No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada, jalándola con el riesgo de echarla a perder, gritándole con todas sus fuerzas: ¡Crece, maldita seas! Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes: Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad, no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que, un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles. Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece ¡más de 30 metros! ¿Tardó sólo seis semanas en crecer? No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años. Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas veces queremos encontrar soluciones rápidas y triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo. Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta. Es tarea difícil convencer al impaciente que solo llegan al éxito aquellos que luchan en forma perseverante y coherente y saben esperar el momento adecuado”.
”De igual manera, es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo. Y esto puede ser extremadamente frustrante. En esos momentos, que todos tenemos, recordar el ciclo de maduración del bambú japonés y aceptar que, en tanto no bajemos los brazos ni abandonemos por no "ver" el resultado que esperamos, si está sucediendo algo dentro nuestro: estamos creciendo, madurando. Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando éste al fin se materialice. El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación. Un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros. Un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia. Tiempo... Cómo nos cuestan las esperas. Qué poco ejercitamos la paciencia en este mundo agitado en el que vivimos... Apuramos a nuestros hijos en su crecimiento, apuramos al chofer del taxi... nosotros mismos hacemos las cosas apurados, no se sabe bien por qué... Perdemos la fe cuando los resultados no se dan en el plazo que esperábamos, abandonamos nuestros sueños, nos generamos patologías que provienen de la ansiedad, del estrés... ¿Para qué?”
La parábola de la viuda y el juez, que nos trae hoy la liturgia de la Palabra es un bello ejemplo de esto, aplicado a la vida de oración del cristiano: “Había en un pueblo un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. En el mismo pueblo había también una viuda que tenía un pleito y que fue al juez a pedirle justicia contra su adversario. Durante mucho tiempo el juez no quiso atenderla, pero después pensó: ‘Aunque ni temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, como esta viuda no deja de molestarme, la voy a defender, para que no siga viniendo y acabe con mi paciencia’. Y el Señor añadió: ‘Esto es lo que dijo el juez malo. Pues bien, ¿acaso Dios no defenderá a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Los hará esperar? Les digo que los defenderá sin demora. Pero cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará todavía fe en la tierra?” La propuesta del Señor es que tratemos de recuperar la perseverancia, la espera, la aceptación. Estamos llamados a gobernar aquella toxina llamada impaciencia; la misma que nos envenena el alma con sus prisas y afanes de cada día. Si no conseguimos lo que anhelamos, no deberíamos desesperarnos... quizá sólo estemos echando raíces...
¿HASTA CUÁNDO VA A DURAR ESTO?
José Antonio Pagola
La parábola es breve
y se entiende bien. Ocupan la escena dos personajes que viven en la misma
ciudad. Un «juez» al que le faltan dos actitudes consideradas básicas en Israel
para ser humano. «No teme a Dios» y «no le importan las personas». Es un hombre
sordo a la voz de Dios e indiferente al sufrimiento de los oprimidos.
La «viuda» es una
mujer sola, privada de un esposo que la proteja y sin apoyo social alguno. En
la tradición bíblica, estas «viudas» son, junto con los huérfanos y los
extranjeros, el símbolo de las gentes más indefensas. Los más pobres de los
pobres.
La mujer no puede
hacer otra cosa sino presionar, moverse una y otra vez para reclamar sus
derechos, sin resignarse a los abusos de su «adversario». Toda su vida se
convierte en un grito: «Hazme justicia».
Durante un tiempo,
el juez no reacciona. No se deja conmover; no quiere atender aquel grito
incesante. Después reflexiona y decide actuar. No por compasión ni por
justicia. Sencillamente para evitarse molestias y para que las cosas no vayan a
más.
Si un juez tan
mezquino y egoísta termina haciendo justicia a esta viuda, Dios, que es un
Padre compasivo, atento a los más indefensos, «¿no hará justicia a sus
elegidos, que le gritan día y noche?».
La parábola encierra
antes que nada un mensaje de confianza. Los pobres no están abandonados a su
suerte. Dios no es sordo a sus gritos. Está permitida la esperanza. Su
intervención final es segura. Pero ¿no tarda demasiado?
De ahí la pregunta
inquietante del evangelio. Hemos de confiar; hemos de invocar a Dios de manera
incesante y sin desanimarnos; hemos de «gritarle» que haga justicia a los que
nadie defiende. Pero, «cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en
la tierra?».
¿Es nuestra oración
un grito a Dios pidiendo justicia para los pobres del mundo o la hemos
sustituido por otra, llena de nuestro propio yo? ¿Resuena en nuestra liturgia
el clamor de los que sufren o nuestro deseo de un bienestar siempre mejor y más
seguro?
DIOS NI PUEDE NI TIENE QUE HACER
JUSTICIA AL MODO HUMANO
Fray
Marcos
Comentar las
lecturas de hoy es complicado porque, entendidas literalmente, tenemos que
concluir literalmente lo contrario de lo que dicen. La 1ª: el mito de la
elección. El Dios de Jesús no puede estar en contra de nadie. La 2ª: El mito de
la inspiración. Ninguna Escritura tiene valor absoluto. La 3ª: el mito de la
justicia de Dios. Dios no hará nunca justicia humana.
¡Cómo armonizar el
relato de hoy con aquellas palabras de Jesús en el evangelio de Mt 38-42 y Lc
27-30! Si te abofetean en una mejilla, preséntale la otra; si te requieren para
caminar una milla, acompáñale dos: si te quitan el manto, dales también la túnica;
al que te quita lo tuyo, no se lo reclames. Esta es la justicia que Jesús
predicaba. Nada que ver con la justicia humana.
Hoy es
imprescindible atender al contexto. A continuación del relato de los diez
leprosos que hemos leído el domingo pasado, le preguntan a Jesús los fariseos
sobre cuándo llegará el Reino de Dios. Jesús responde con afirmaciones sobre el
Reino de Dios y sobre su última venida. Desde la perspectiva de ese pequeño
apocalipsis, el relato cobra su verdadero sentido.
El relato trata de
prevenir cualquier desánimo y el peligro de caer en el desaliento porque la
parusía se retrasaba demasiado. Recordemos que la expectativa de un final
inmediato, era el ambiente en que se vivió el primer cristianismo, pero las
perspectivas nunca se cumplieron y todo el mundo se preguntaba qué había sido
de las promesas de Jesús de su vuelta inmediata.
A Dios no tenemos
que pedirle nada, porque no puede darnos nada que no nos haya dado ya. Esto no
quiere decir que la oración no tenga sentido, quiere decir que tengo que
cambiar yo. Dios no puede cambiar en absoluto, es siempre el mismo y no puede
adoptar posturas diferentes ante la realidad. Una vez más el antropomorfismo
aplicado a Dios nos despista.
Si rezamos,
esperando que Dios cambie la realidad: malo. Si esperamos que cambien los
demás, malo, malo. Si esperamos que Dios cambie: malo, malo, malo. Y si termino
creyendo que Dios me ha concedido lo que le pedía: rematadamente malo.
Cualquier argucia es buena, con tal de no vernos obligados a hacer lo único que
es posible: cambiar nosotros.
La justicia divina
se está realizando en todo momento. Para Él todo está en orden en cada
instante. Cuando pedimos a Dios que imponga “justicia” le estamos pidiendo que
actúe para restablecer un equilibrio. Para Dios todo está siempre en absoluto
equilibrio, no necesita equilibrar nada. Dios está siempre con los oprimidos,
pero nunca contra los opresores.
En la Biblia “hacer
justicia” es siempre liberar al oprimido. Ésta era la acción propia de Dios. El
pueblo de Israel interpretó los acontecimientos favorables como acción de Dios
a su favor. Pero cuando las cosas le iban mal tenían que concluir que se debía
a que no habían sido fieles a la Alianza. La verdad es que ante las mayores
injusticias, entonces y ahora, Dios guarda silencio.
El silencio de Dios
ante tanta injusticia me obliga a profundizar en la realidad que me desborda y
a buscar la verdadera salida, no la salida fácil de una solución externa del
problema, sino la búsqueda del verdadero sentido de mi vida en esa circunstancia.
La justicia la tengo que hacer yo en mí. La injusticia que me llega del otro no
me debe hacer injusto a mí.
Ni siquiera
admitimos la posibilidad de entrar en la dinámica del evangelio. Todo lo
contrario, tratamos por todos los medios de que Dios se acomode a nuestra
manera de pensar y actúe como actuamos nosotros, machacando al injusto. La
única manera de ser justo es no practicar ninguna injusticia. Este es el
sentido que tiene casi siempre “justicia” en la Biblia. No me deben preocupar
las relaciones con Dios, sino mis relaciones de total entrega a los demás.

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