jueves, 13 de noviembre de 2025

XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO –C– (Reflexión)

 XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – C noviembre 16, 2025 
Malaquías 3, 19-20 / Salmo 97 / 2 Tesalonicenses 3, 7-12

En este penúltimo domingo del año litúrgico – Ciclo C – escuchamos palabras fuertes que, por una parte nos pueden asustar, pero por otra, nos ayudarán a crecer y confiar que el Señor, quien siempre está con nosotros.

Evangelio según san Lucas 21, 5-19

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.

Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?” Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.

Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles.

Pero antes de todo esto los perseguirán a ustedes y los apresarán; los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto darán testimonio de mí.

Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.

Los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.

Reflexión:

¿Me atrevo a seguir a Jesús?

El evangelio de hoy nos habla en términos escatológicos, palabra que viene del griego éschatos (ἔσχατος), y que significa “último” o “final” y que se refiere a las realidades últimas: el destino final del ser humano y del mundo según la fe; y que para nosotros los cristianos, significa que caminamos hacia esa meta final: la unión plena con Dios.

En este pasaje evangélico, nos recuerda cuál es nuestro fin último y que Jesús es nuestro salvador; así como lo que tenemos que enfrentar cuando somos sus seguidores: (a) las luchas internas que experimentamos en esta vida terrena, (b) enfrentamientos y persecuciones, por ser discípulos y testigos de Jesús y (c) como siempre contamos con Él y su sabiduría, de nuestro lado, con para hacer frente a lo anterior… ¡y poder alcanzar la vida plena prometida!

Seguimos siendo atacados, en este tiempo, por las “fuerzas del mal”, los “falsos mesías”, que se siguen ostentan como “salvadores” y nos engañan, con palabras huecas, mentiras y falsedades; con obras “faraónicas”, que tienen como intención seducirnos, hacernos soñar, para dominarnos, someternos y alejarnos del plan de Dios. Quienes son guiados por el mal, son sagaces, astutos, prepotentes y soberbios al ejecutar sus planes (cfr. Mal 3, 19-20): cuidado, también podemos ser uno de ellos, si caemos en sus redes…Padre, ¡líbranos del mal!

Así que, no hay que ser ingenuos, ni creer ciegamente; tenemos que aprender a discernir, es decir separar, lo bueno de lo malo, a diferenciar la mentira de lo veraz. En la espiritualidad ignaciana, San Ignacio, representa esta dualidad en la meditación de las dos banderas: (i) la del mal espíritu, que nos seduce y engaña, a través de la avaricia, el honor y el poder, para alcanzar su fin y (ii) y la otra bandeara, la del buen espíritu, la de Jesús, que nos lleva a la salvación, por el camino de la pobreza, que es libertad interior y confianza en Dios; oprobios y desprecios, incomprensión y rechazo, por seguir a Cristo; y humildad, reconociendo que todo bien, viene de Dios. El seguimiento a Jesús, bajo su bandera y con su ayuda, nos conducirá hacia la meta definitiva: salvar nuestra alma y gozar la vida eterna. Tenemos que elegir, tenemos que esforzarnos, sabiendo que no estamos solos.

¿De qué medios se valen, quienes quieren engañarnos?... ¿Cómo evitar ser ingenuos y manipulados?... ¿Qué retos enfrento para ser testigo de Jesús?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP 

XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C (Profundizar)

 XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – C– noviembre 16, 2025 
Malaquías 3, 19-20 / Salmo 97 / 2 Tesalonicenses 3, 7-12



Evangelio según san Lucas 21, 5-19

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.

Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?” Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.

Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles.

Pero antes de todo esto los perseguirán a ustedes y los apresarán; los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto darán testimonio de mí.

Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.

Los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

"Llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida". "Pero ni un cabello de sus cabezas perecerá; con su perseverancia salvarán sus almas".

Hoy el Evangelio de Lucas nos coloca entre estas dos afirmaciones hechas por Jesús.

Visualiza tu entorno y descubre cosas, construcciones, tecnología, todo lo hecho por el ser humano y date cuenta que más tarde que temprano va a desaparecer, o sobrevivirá como basura, ruina o vestigio; pero está condenado al olvido.

Ahora, date cuenta de ti, todo eso visible e invisible que eres, todo lo trascendente que resultas porque eres criatura de Dios y por ello no perecerás, pues de nuestro Creador venimos y a nuestro Creador volveremos. Hay un valor distinto, muy distinto, entre las cosas y las personas, no te hacen valer las cosas creadas por el hombre; sino tu condición de hija e hijo. Perseveremos en nuestra fe, en nuestra conciencia de criaturas amadas de Dios y vivamos con libertad y responsabilidad.

#FelizDomingo

“¿Cuál será la señal de que estas cosas ya están a punto de suceder?”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Hace poco comentábamos en un “Encuentro con la Palabra”, cómo la vida es el lugar privilegiado en el que se nos revela el rostro de Dios. El Señor no es Dios de muertos, sino de vivos... y es en la vida donde nos comunica su proyecto. Por tanto, los cristianos no tenemos que consultar, como los griegos, el oráculo de los dioses, o como los asirios, las estrellas (astrología), o leer la mano, o el cigarrillo, etc. Para consultar lo que Dios quiere en nuestra vida personal, comunitaria y social, sólo tenemos que abrir los ojos y mirar... No negar la realidad, no traicionarla ni mentirnos acerca de ella. No ser como el avestruz que piensa que, porque deja de mirar la realidad, metiendo la cabeza entre la arena, va a desaparecer el cazador. No se trata, pues, de difíciles jeroglíficos y adivinanzas; es sencilla; pero a veces las cosas son tan sencillas, que no las vemos; son tan simples, y tan cotidianas, que no les prestamos atención; por eso es fundamental tener ojos limpios y mirar sin miedo la realidad. Por algo Jesús, en un momento de inspiración y “lleno de alegría por el Espíritu Santo, dijo: ’Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste a los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido” (Lucas 10,21).

Esta fue la actitud fundamental de Jesús. Tener los ojos abiertos ante la realidad, ante las cosas sencillas de cada día, en las que descubría los planes de su Padre Dios. Jesús aprendió lo que aprendió sobre el Reino de Dios, mirando su vida y la vida de su pueblo. Sólo tomando el Evangelio de san Mateo, podemos llegar a una lista como la siguiente; Jesús habla allí de pan, sal, luz, lámparas, cajones, polillas, ladrones, aves, graneros, flores, hierba, paja, vigas, troncos, perros, perlas, cerdos, piedras, culebras, pescados, puertas, caminos, ovejas, uvas, espinos, higos, cardos, fuego, casas, rocas, arena, lluvia, ríos, vientos, zorras, madrigueras, aves, nidos, médicos, enfermos, bodas, vestidos, telas, remiendos, vino, cueros, odres, cosechas, trabajadores, oro, plata, cobre, bolsa, ropa, sandalias, bastones, polvo, pies, lobos, serpientes, palomas, azoteas, pajarillos, monedas, cabellos, árboles, frutos, víboras, sembrador, semilla, sol, raíz, granos, oídos, cizaña, trigo, granero, mostaza, huerto, plantas, ramas, levadura, harina, masa, tesoros, comerciantes, redes, mar, playas, canastas, hornos, boca, planta, raíz, ciegos, hoyos, vientre, cielo, niños, piedra de molino, mano, pie, manco, cojos, reyes, funcionarios, esclavos, cárceles, camellos, agujas, viñedos, cercos, torres, lagar, terreno, labradores, fiestas, invitados, criados, reses, menta, anís, comino, mosquito, vasos, platos copas, sepulcros, gallinas, pollitos, higueras, vírgenes, aceite, dinero, banco, pastor, cabras...Y, así, podríamos seguir.

En estos elementos tan sencillos, descubrió Jesús lo que Dios le pedía y lo que Dios quería hacer con él y con toda la humanidad. No se trata de ver cosas distintas, nuevas, sino de mirar lo mismo, pero con unos ojos nuevos: “Pero Yahveh dijo a Samuel: (...) La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón» (1 Sam. 16, 7). Esta manera de mirar es lo que caracteriza a los profetas; una mirada que no es propiamente la del turista. Esta es la respuesta para la pregunta que le hacen al Señor en el evangelio de hoy: ¿Cuál será la señal de que estas cosas ya están a punto de suceder? Ahí están. Sólo tenemos que abrir los ojos y mirar...

 

DAR POR TERMINADO

José Antonio Pagola

Es la última visita de Jesús a Jerusalén. Algunos de los que lo acompañan se admiran al contemplar «la belleza del templo». Jesús, por el contrario, siente algo muy diferente. Sus ojos de profeta ven el templo de manera más profunda: en aquel lugar grandioso no se está acogiendo el reino de Dios. Por eso Jesús lo da por acabado: «Esto que contempláis llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».

De pronto, sus palabras han roto el autoengaño que se vive en el entorno del templo. Aquel edificio espléndido está alimentando una ilusión falsa de eternidad. Aquella manera de vivir la religión sin acoger la justicia de Dios ni escuchar el clamor de los que sufren es engañosa y perecedera: «Todo eso será destruido».

Las palabras de Jesús no nacen de la ira. Menos aún del desprecio o el resentimiento. El mismo Lucas nos dice un poco antes que, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, Jesús «se echó a llorar». Su llanto es profético. Los poderosos no lloran. El profeta de la compasión sí.

Jesús llora ante Jerusalén porque ama la ciudad más que nadie. Llora por una «religión vieja» que no se abre al reino de Dios. Sus lágrimas expresan su solidaridad con el sufrimiento de su pueblo, y al mismo tiempo su crítica radical a aquel sistema religioso que obstaculiza la visita de Dios: Jerusalén –¡la ciudad de la paz!– «no conoce lo que conduce a la paz», porque «está oculto a sus ojos».

La actuación de Jesús arroja no poca luz sobre la situación actual. A veces, en tiempos de crisis, como los nuestros, la única manera de abrir caminos a la novedad creadora del reino de Dios es dar por terminado aquello que alimenta una religión caduca, sin generar la vida que Dios quiere introducir en el mundo.

Dar por terminado algo vivido de manera sacra durante siglos no es fácil. No se hace condenando a quienes lo quieren conservar como eterno y absoluto. Se hace «llorando», pues los cambios exigidos por la conversión al reino de Dios hacen sufrir a muchos. Los profetas denuncian el pecado de la Iglesia llorando.

 

EL MIEDO Y LA ESPERANZA EN EL FUTURO NO TIENEN SENTIDO

Fray Marcos

Estamos en el penúltimo domingo del año litúrgico. El próximo celebraremos la fiesta de Cristo Rey con el que se remata el ciclo (C). El lenguaje escatológico que emplean los evangelistas es muy difícil de entender hoy. Corresponde a otra manera de ver al hombre, a Dios y el mundo. Es lógico que tuvieran una peculiar manera de ver lo último el "esjatón" que a nosotros nos parece extraña. Debemos hacer un esfuerzo por entenderlo bien.

El pueblo judío estuvo siempre volcado hacia el futuro. La Biblia refleja una tensión, esperando una salvación que solo puede venir de Dios. A Noé se le ofrece algo nuevo después de la destrucción de lo viejo. A Abrahán, salir de su tierra para ofrecerle algo mejor. El Éxodo promete salir de la esclavitud a la libertad. Pero todas las promesas, en realidad, son la expresión de las carencias que el ser humano experimenta.

Los primeros cristianos no tienen inconveniente en utilizar las imágenes que le proporciona la tradición judía. A primera vista parece que entra en esa misma dinámica apocalíptica, muy desarrollada en la época anterior y posterior a la vida de Jesús. El NT pone en boca de Jesús un lenguaje que se apoya en los conocimientos e imágenes que le proporciona el AT.

En tiempo de Jesús se creía que esa intervención definitiva de Dios iba a ser inminente. Las primeras comunidades cristianas acentuaron aún más esta expectativa de final inmediato. Pero en los últimos escritos del NT es ya patente una tensión entre la espera inmediata del fin y la necesidad de preocuparse de la vida presente. Ante la ausencia de acontecimientos en los primeros años del cristianismo, las comunidades se preparan para la permanencia.

Con los conocimientos que hoy tiene el ser humano y el grado de conciencia que ha adquirido, no tiene ninguna necesidad de acudir a la actuación de Dios, ni para destruir el mundo y poder crear otro más perfecto (apocalíptica), ni para enderezar todo lo malo que hay en él para que llegue a su perfección (escatología). Dios no tiene que actuar para ser justo ni inmediatamente después de una injusticia ni en un hipotético último día.

El evangelio de hoy tiene dos partes. Ninguna de ellas se puede atribuir a Jesús. La primera porque el evangelio se escribió veinte años después de la destrucción del templo. Es fácil poner en boca de Jesús una profecía de lo que ya había pasado. La segunda porque en el año 90, los cristianos ya eran acosados por todas partes. Los judíos los persiguieron desde que el templo fue destruido. Los romanos ya estaban también persiguiéndolos.

Lo que percibimos que está mal y no depende del hombre, es fruto de una falta de perspectiva. Una visión que fuera más allá de las apariencias nos convencería de que no hay nada que cambiar en la realidad, sino que tenemos que cambiar nuestra manera de afrontarla. Lo que nos debía preocupar de verdad es lo que está mal por culpa del hombre.

No nos debe extrañar la referencia a la destrucción del templo. Este evangelio está escrito hacia el año 90, por lo tanto, ya se había producido esa catástrofe. Es imposible imaginar hoy lo que supuso la destrucción del tempo. Para los judíos fue el “fin del mundo”. Era lógico asociar ruina con el fin de los tiempos, porque para ellos el templo lo era todo.

En la lectura de hoy podemos apreciar claramente los matices que Jesús introduce en la escatología. A Jesús no le impresiona tanto el fin, como la actitud de cada uno ante la realidad actual (“antes de eso”). ¡Que nadie os engañe! La advertencia vale para hoy. Ni el fin ni las catástrofes tienen importancia ninguna, si sabemos mantener la actitud adecuada.

Lo esencial del mensaje de hoy está en la importancia del momento presente frente a los miedos por un pasado catastrófico o las especulaciones sobre el futuro. Aquí y ahora puedo descubrir mi plenitud. Aquí y ahora puedo tocar la eternidad. Hoy mismo puedo detener el tiempo y llegar a lo absoluto. En un instante puedo vivir la totalidad reflejada en mí.

 


jueves, 6 de noviembre de 2025

XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C (Reflexión)

 XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C noviembre 9, 2025 
Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12  / Salmo 45  / 1 Corintios 3, 9-11. 16-17


Estamos en la recta final del año litúrgico – Ciclo C – y escuchamos en las lecturas sobre la indignación de Jesús, porque el templo de su Padre ha sido profanado … hoy también, seguro que haría lo mismo.

Evangelio según san Juan 2, 13-22

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.

En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: El celo de tu casa me devora.

Después intervinieron los judíos para preguntarle: “¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?” Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Replicaron los judíos: “Cuarenta y seis años se ha llevado la construcción del templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho.

Reflexión:

¿Cómo ser templo vivo de Dios?

Este domingo recordamos la dedicación en el año 324, de la Basílica de San Juan de Letrán, la cual se considera como la madre y cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo. En ella se encuentra la cátedra del Papa, por ser sede del Obispo de Roma. Desde 1724 se estableció esta fiesta que celebramos hoy en el cristianismo.

¿Por qué festejamos un “espacio de culto”? La respuesta está en las lecturas de hoy, cuyo tema es el del “templo”, como nos explican en Vatican News:

‘En el Antiguo Testamento (Primera Lectura, Ez 47), el profeta Ezequiel, desde su exilio en Babilonia (estamos en torno al 592 a.C.), trata de ayudar al pueblo a salir de su desánimo por no tener ya tierra ni lugar para orar. Surge así el mensaje -la Primera Lectura- en el que el profeta anuncia el día en que el pueblo adorará a su Dios en el nuevo templo. Un lugar donde el hombre eleva su oración a Dios y donde Dios se acerca al hombre escuchando su oración y socorriéndolo allí donde suplica: un lugar de encuentro. De este modo, el templo asume el papel de Casa de Dios y Casa del pueblo de Dios. Un lugar donde se practica la justicia, la única capaz de curar al pueblo. De este templo, el profeta ve brotar agua: "Y vi que salía agua por debajo del umbral de la Casa". Un agua que es don y que traerá vida, bendición´.

Del encuentro personal que tenemos con Dios, “la fuente de la vida” se producirán los frutos que nuestro Padre desea para todos nosotros: justicia, paz, fraternidad … este encuentro se da tanto en el lugar de culto (iglesia, capilla, templo, oratorio), como en todo lugar, donde con respeto y devoción me disponga al encuentro con Dios, porque, como me decían en el catecismo (cuando niño), “Dios está en el cielo, la tierra y en todo lugar” …

Conectando las lecturas de hoy con la espiritualidad ignaciana, al final de los Ejercicios Espirituales, en la contemplación para alcanzar amor, o sea a Dios, habremos de encontrarlo “en todo y en todos”. Encontramos a Dios en “todos”, en todos los seres humanos, en cada uno de nosotros, porque como lo dice san Pablo “¿No saben acaso ustedes que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1 Cor 3, 16-17), de tal manera que para “encontrar / estar” con Dios, lo hacemos a través de las demás personas y en nosotros mismos; cuando nos cuidamos unos a otros, buscando y haciendo realidad el bien común.

Nadie, nadie, debería ser tratado como “cosa o mercancía”, utilizado, abusado, oprimido, esclavizado … Hoy también Jesús se molesta y “hará un látigo, tirará las mesas donde se comercia con gente” (cfr. Juan 2, 13-22), porque su deseo y misión es para que podamos vivir en amor (agape), fraternidad y paz.

¿Cómo nos cuidamos, para que habite en nosotros Dios?... ¿Cómo construir relaciones interpersonales fraternas?... ¿Cómo cuidar de los demás?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 

#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://bit.ly/RBNenElHeraldoSLP 

XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo (Profundizar)

 XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C noviembre 9, 2025 
Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12  / Salmo 45  / 1 Corintios 3, 9-11. 16-17



Evangelio según san Juan 2, 13-22

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.

En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: El celo de tu casa me devora.

Después intervinieron los judíos para preguntarle: “¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?” Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Replicaron los judíos: “Cuarenta y seis años se ha llevado la construcción del templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva                 

#Microhomilia 
Hernán Quezada, SJ 

Cada una y cada uno de nosotros somos templo de Dios; nos recuerda hoy San Pablo, y en el "templo del Señor" corren aguas vivas que sanan y son fecundas; somos habitados por el Espíritu de Dios. Pero a lo largo de la vida, o en momentos de nuestra vida, nosotros, templo de Dios, nos vamos llenando de "vendedores y cambistas", que van haciendo de nosotros un mercado desordenado y lleno de ruido; se compra y se vende, el Espíritu es arrinconado y "nuestras aguas" dejan de ser transparentes, se vuelven tóxicas, enfermizas y nada fecundas. 

Jesús, al vernos, "su templo" convertido en mercado, no permanece resignado; apasionado actúa y reclama lo que es suyo. Bella imagen del Evangelio que hoy podemos contemplar, Jesús echando de nuestros corazones a esos "mercaderes" que nos han desordenado. 

¿Cómo están los torrentes de tu corazón? ¿Eres templo o mercado? Contempla a Jesús entrar en ti, en su templo, déjalo actuar. Pide la gracia de ser renovado, liberado, reconstruido.

#FelizDomingo

“Destruyan este templo y en tres días volveré a levantarlo”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Cuando Jesús expulsa a los vendedores del templo, y les advierte que si ellos destruyen este templo, él lo volverá a levantar en tres días, no se estaba refiriendo a las piedras y los ladrillos, sino a su propio cuerpo: “El templo al que Jesús se refería era su propio cuerpo. Por eso, cuando resucitó, sus discípulos se acordaron de esto que había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús”. Pablo desarrolla este concepto del cuerpo del Señor, refiriéndose ya no sólo al Señor Jesús, sino también a la misma Iglesia, cuerpo de Cristo vivo en la historia. El concepto de cuerpo, utilizado para hablar de la sociedad, era bien conocido en la antigüedad. La diferencia que se puede establecer en el uso que hace Pablo de este concepto y el uso habitual en la cultura greco-romana, es que la comunidad cristiana no sólo es como el cuerpo de Cristo, sino que efectivamente es el Cuerpo de Cristo.

Las características del cuerpo de Cristo que Pablo presenta en los versículos 12 a 30 del capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios, son las siguientes: El cuerpo es uno (12,12.13.20); tiene muchos miembros (12,12.14.18.20); los miembros son diversos (12,13.15.16.17.28.29); los miembros están distribuidos según la voluntad de Dios (12,18.28); los distintos miembros se necesitan unos a otros (12,21); los miembros más débiles son indispensables (12,22); los miembros que nos parecen más viles, los rodeamos de mayor honor (12,23); hay solidaridad entre los miembros, en el sufrimiento y en el gozo (12,26).

A partir de estas características, vamos a desarrollar algunas de las consecuencias que se siguen para la construcción de una comunidad cristiana, que es lo que celebramos hoy, con la dedicación de la Basílica de Letrán. El cristiano, en cuanto individualidad y también en cuanto referido a una comunidad particular, hace parte de un todo más amplio que es el cuerpo vivo del Señor Resucitado en la historia; esto supone que no es autosuficiente en su existencia, sino que vive en cuanto se abre a una comunión más amplia con otros creyentes. De esta doctrina del cuerpo de Cristo, se desprendería una eclesiología que difiere de otras que aparecen en el mismo Nuevo Testamento. La Iglesia, entendida como la comunidad de los creyentes, forma, en la teología paulina, el cuerpo del Señor resucitado en la historia. Esta necesaria comunión con otros es una exigencia irrenunciable, porque "así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros" (Romanos 12, 4-5).

En la Iglesia, cuerpo de Cristo, ningún miembro se basta a sí mismo; ningún miembro puede despreciar a los otros ni considerarlos fuera del cuerpo: "Y no puede el ojo decir a la mano: «¡No te necesito!» Ni la cabeza a los pies: «¡No os necesito!»" (1 Corintios 12,21). La comunión se da en un movimiento recíproco de reconocimiento; esta comunión supone que los distintos miembros no desempeñan todos la misma función y que no hay unos miembros más importantes que otros. Aparece en este texto una fundamentación clara de los distintos ministerios que existen en la comunidad cristiana; todos nos necesitamos mutuamente en la construcción de la comunidad; una comunidad cristiana que se construya desde esta conciencia acogerá a todos sus miembros en su diversidad reconociendo el valor que tiene su propio servicio y su propio ser.

La comunión exige, pues, el mutuo respeto de los miembros en su especificidad; cada uno debe cumplir su función dentro del cuerpo sin despreciar el papel que los otros cumplen; papeles distintos, pero todos necesarios: "Ahora bien, Dios puso cada uno de los miembros en el cuerpo según su voluntad. Si todos fueran un solo miembro ¿dónde estaría el cuerpo? Ahora bien, muchos son los miembros, mas uno el cuerpo." (1 Corintios 12,18-20). Unos y otros son necesarios para construir la comunión. La cabeza necesita de los pies y los pies de la cabeza. La unidad, pues no es ya uniformismo, sino que se presenta como una nueva forma de relación entre diversos miembros que tienen funciones y características distintas, pero todas ellas necesarias e importantes para la construcción del cuerpo del Señor en la historia. Esto nos lleva a desarrollar una reflexión en torno al pluralismo que surge de esta nueva manera de entender la unidad.

A partir del texto del capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios, tenemos que reconocer que la diversidad de miembros no es un obstáculo para la unidad. Esta diversidad es más bien una condición de la comunión: "Si todo fuera un solo miembro ¿dónde quedaría el cuerpo?" (1 Corintios 12,19). La diferencia es inherente a la comunión en la Iglesia; no se trata de la suma ni la eliminación de las diferencias, sino de comunión en las mismas; la eliminación lo reduce todo a un rasgo único; la suma simplifica el proceso sin crear auténticamente una nueva unidad:

Hay cosas que no admiten diferentes interpretaciones y la diversidad de opiniones o prácticas sobre determinados puntos fundamentales, pueden resultar encubridoras en lugar de enriquecedoras. ¿Cuál es, entonces, el criterio que permite reconocer el pluralismo sano del pluralismo encubridor? ¿Cómo llegar a discernir la diversidad que construye la comunión y la diversidad que favorece el individualismo? La respuesta la podemos encontrar en los versículos finales del texto de la Primera Carta a los Corintios al que venimos haciendo referencia.

La comunión en el cuerpo del Señor se construye alrededor de los más débiles; estos deben ser tratados con especial cuidado y mantienen a la comunidad permanentemente referida a los miembros que tienen mayor necesidad: "Más bien los miembros del cuerpo que tenemos por más débiles, son indispensables, y a los que nos parecen más viles del cuerpo, los rodeamos de mayor honor. Así a nuestras partes deshonestas las vestimos con mayor honestidad. Pues nuestras partes honestas no lo necesitan. Dios ha formado el cuerpo dando más honor a los miembros que carecen de él, para que no hubiera división alguna en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocuparan lo mismo los unos de los otros. Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo" (1 Corintios 12,22-26). Los miembros que tenemos por más débiles, los que parecen más viles, las partes más deshonestas, son las que han recibido, por la voluntad de Dios, un cuidado mayor. Es alrededor de estos miembros, ya pasando a la Iglesia como cuerpo del Señor, como debe construirse la comunión a la que invita Pablo. 

LA INDIGNACIÓN DE JESÚS

José Antonio Pagola

Acompañado de sus discípulos, Jesús sube por primera vez a Jerusalén para celebrar las fiestas de Pascua. Al asomarse al recinto que rodea el Templo, se encuentra con un espectáculo inesperado. Vendedores de bueyes, ovejas y palomas ofreciendo a los peregrinos los animales que necesitan para sacrificarlos en honor a Dios. Cambistas instalados en sus mesas traficando con el cambio de monedas paganas por la única moneda oficial aceptada por los sacerdotes.

Jesús se llena de indignación. El narrador describe su reacción de manera muy gráfica: con un látigo saca del recinto sagrado a los animales, vuelca las mesas de los cambistas echando por tierra sus monedas, grita: «No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

Jesús se siente como un extraño en aquel lugar. Lo que ven sus ojos nada tiene que ver con el verdadero culto a su Padre. La religión del Templo se ha convertido en un negocio donde los sacerdotes buscan buenos ingresos, y donde los peregrinos tratan de «comprar» a Dios con sus ofrendas. Jesús recuerda seguramente unas palabras del profeta Oseas que repetirá más de una vez a lo largo de su vida: «Así dice Dios: Yo quiero amor y no sacrificios».

Aquel Templo no es la casa de un Dios Padre en la que todos se acogen mutuamente como hermanos y hermanas. Jesús no puede ver allí esa «familia de Dios» que quiere ir formando con sus seguidores. Aquello no es sino un mercado donde cada uno busca su negocio.

No pensemos que Jesús está condenando una religión primitiva, poco evolucionada. Su crítica es más profunda. Dios no puede ser el protector y encubridor de una religión tejida de intereses y egoísmos. Dios es un Padre al que solo se puede dar culto trabajando por una comunidad humana más solidaria y fraterna.

Casi sin darnos cuenta, todos nos podemos convertir hoy en «vendedores y cambistas» que no saben vivir sino buscando solo su propio interés. Estamos convirtiendo el mundo en un gran mercado donde todo se compra y se vende, y corremos el riesgo de vivir incluso la relación con el Misterio de Dios de manera mercantil.

Hemos de hacer de nuestras comunidades cristianas un espacio donde todos nos podamos sentir en la «casa del Padre». Una casa acogedora y cálida donde a nadie se le cierran las puertas, donde a nadie se excluye ni discrimina. Una casa donde aprendemos a escuchar el sufrimiento de los hijos más desvalidos de Dios y no solo nuestro propio interés. Una casa donde podemos invocar a Dios como Padre porque nos sentimos sus hijos y buscamos vivir como hermanos.

 

TRATA A TODOS SABIENDO QUE SON TEMPLOS DE DIOS

Fray Marcos

Este El nombre de “purificación del templo” no es adecuado, porque no se trata de purificar, sino de sustituir. El relato del Templo lo hemos entendido de una manera demasiado simplista. Una vez más la exégesis viene en nuestra ayuda para descubrir el significado profundo del relato.

Como cualquier judío, Jesús desarro­lló su vida espiritual en torno al templo; pero su fidelidad a Dios le hizo comprender que lo que allí se cocía no era lo que Dios esperaba de los seres humanos.

Es muy importante recordar que cuando se escribió este evangelio, ni existía ya el templo ni la casta sacerdotal tenía ninguna influencia en el judaísmo. Pero el cristianismo se había convertido ya en una religión. Sin embargo, Juan advierte del peligro de repetir aquella manera de dar culto a Dios.

Este relato cumple perfecta­mente los criterios de historici­dad. Por una parte lo narran los cuatro evangelios. Por otra es algo que podía interpretarse por los primeros cristianos (todos judíos) como desdoro de la persona de Jesús, no es fácil que nadie se lo pudiera inventar si no hubiera ocurrido algo y no hubiera estado en las fuentes.

Nos han repetido, por activa y por pasiva, que lo que hizo Jesús en el templo fue purificarlo de una actividad de compraventa ilegal y abusiva. Según esa versión, Jesús lo que intenta es que al templo se vaya a rezar y no a comprar y vender.

Esto no tiene fundamento alguno, puesto que lo que estaban haciendo allí los vendedores y cambistas, era completa­mente imprescindible para el desarrollo de la actividad del templo.

Se vendían bueyes ovejas y palomas, que eran la base de los sacrifi­cios que se ofrecían en el templo. Los animales vendidos en el templo para sacrificarlos estaban controlados por los sacerdotes; de esa manera se garantizaba que cumplían todos los requisitos de legalidad.

 

También imprescindibles los cambistas, porque al templo sólo se le podía ofrecer dinero puro, es decir, acuñado por el templo. En la fiesta de Pascua, llegaban a Jerusalén israelitas de todo el mundo, a la hora de hacer la ofrenda no tenían más remedio que cambiar su dinero romano o griego por el del templo.

Jesús manifestó con un acto profético, que aquella manera de dar culto a Dios no era la correcta. Imaginad que una persona entra en la sacristía de una iglesia, se apropia del vino y las formas e impide que se diga la misa. No se le juzgaría por apoderarse de unos gramos de pan y una mínima cantidad de vino, sino por impedir la celebración de la eucaristía que es lo importante.

En ningún caso podemos pensar en una acción espectacular. En esos días de fiesta podía haber en el atrio del templo ocho o diez mil personas. Es impensable que un sólo hombre con unas cuerdas pudiera arrojar del templo a tanta gente.

El templo tenía su propia guardia que se encargaba de mantener el orden. Además en una esquina del templo se levantaba la torre Antonia, con una guarnición romana. Los levantamientos contra Roma tenían lugar siempre durante las fiestas. Eran momentos de alerta máxima para las autoridades romanas. Cualquier desorden sería sofocado en unos minutos.

Los textos que citan los evangelistas son la clave para interpretar el hecho. Debemos tener claro que la Biblia no estaba dividida en capítulos y en versículos como ahora. Era una escritura continua que ni siquiera separaba las palabras. Para citar la Biblia se recordaba una frase y con ella se hacía alusión a todo el contexto.

Los sinópticos ponen en labios de Jesús una cita de Isaías 56,7 ("mi casa será casa de oración para todos los pueblos") y otra de Jeremías 7,11 ("pero vosotros la habéis convertido en cueva de bandidos").

El texto de Isaías hace referencia a los extranjeros y a los eunucos que estaban excluidos del templo, y dice: “Yo los traeré a mi monte santo y los alegraré en mi casa de oración. Sus sacrificios y holocaus­tos serán gratos sobre mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos."

Isaías está diciendo, que en los tiempos mesiánicos, los eunucos y los extranjeros podrán dar culto a Dios. Ahora no podían pasar del patio de los gentiles.

 

El texto de Jeremías 7,11 dice así: "No podéis robar, matar, adulterar, jurar en falso, incensar a Baal, correr tras otros dioses y luego venir a presentaros ante mí, en este templo consagrado a mi nombre, diciendo: ‘Estamos seguros’ y seguir cometiendo los mismos crímenes. ¿Acaso tenéis este templo por una cueva de bandidos?”. Los bandidos no son los que venden palomas y ovejas, sino los que hacen las ofrendas sin una actitud mínima de conversión. Son bandidos, no por ir a rezar, sino porque sólo buscaban seguridad.

Lo que Jesús critica es que con los sacrificios se intente comprar a Dios. Como los bandidos se esconden en las cuevas, seguros hasta que llegue la hora de volver a robar y matar.

Juan va por otro camino y cita un texto de Zacarías 14,20: "En aquel día se leerá en los cascabeles de los caballos: "consagrado a Yahvé", y serán las ollas de la casa del Yahvé como copas de aspersión delante del altar; y toda olla de Jerusalén y de Judá estará consagrada a Yahvé Sebaoth; y ya no habrá comerciante en la casa de Yahvé en aquel día". Esa inscripción "consagrado a Yahvé" la llevaban los cascabeles de las sandalias de los sacerdotes y las ollas donde se cocía la carne consagrada. Quiere decir que en los tiempos mesiánicos, no habrá distinción entre cosas sagradas y cosas profanas, Dios lo inundará todo y todo será sagrado, es decir, ordenado al Señor. Las personas no serán santas porque vengan a rezar al templo, su santidad se hará presente en la vida ordinaria.

También en el Apocalipsis (21.22) se dice: "No vi santuario en la ciudad, pues el Señor todopoderoso y el Cordero, eran su santuario."

Los vendedores interpelados (los judíos) le exigen un prodigio que avale su misión. No reconocen a Jesús ningún derecho para actuar así. Ellos son los dueños y Jesús un rival que se ha entrometido. Ellos están acreditados por la institución misma, quieren saber quién le acredita a él. No les interesa la verdad de la denuncia, sino la legalidad de la situación, que les favorece. Pero Jesús les hace ver que sus credenciales han caducado. Las credenciales de Jesús, serán hacer presente la gloria de Dios a través de su amor.

 

Suprimid este santuario y en tres días lo levantaré. Aquí encontramos la razón por la que leemos el texto de Juan y no el de Marcos. Esta alusión a su resurrección da sentido al texto en medio de la cuaresma. Le piden una señal y él contesta haciendo alusión a su muerte. Su muerte hará de él el santuario único y definitivo.

Una de las razones para matarlo, será que se ha convertido en un peligro para el templo. Es interesante descubrir que, para Jn, el fin de los templos está ligado a la muerte de Jesús.

 

APLICACIÓN

 

La aplicación a nuestra vida del mensaje del evangelio de hoy, tendría consecuencias espectaculares en nuestra relación con Dios. Si dejásemos de creer en un Dios ‘que está en el cielo’, no le iríamos a buscar en la iglesia (edificio), donde nos encontramos tan a gusto.

Si de verdad creyésemos en un Dios que está presente en todas y cada una de sus criaturas, trataríamos a todas con el mismo cuidado y cariño que si fuera él mismo.

Nos seguimos refugiando en lo sagrado, porque seguimos pensando que hay realidades que no lo son. Una vez más el evangelio está sin estrenar.

Meditación-contemplación

 

“Ya no habrá comerciantes en la casa del Señor, en aquel día”.

Ha llegado, de verdad, para mí “aquel día”.

¿He salido ya de un toma y daca en mis relaciones con Dios?

¿He descubierto que él me lo ha dado todo

y que yo tengo que hacer lo mismo?

…………………

Mis relaciones con Dios tienen como base su amor total.

Nada puedo pedir ni esperar de él que no me haya dado ya.

Mi tarea consiste en tomar conciencia de ese don total.

Mi vida real responderá entonces a esa realidad.

…………………

Todas las criaturas son manifestación de Dios.

La única Realidad es Él mismo.

Nosotros sólo somos la imagen que se refleja en el espejo,

que no estaría ahí si Él no estuviera presente al otro lado.

 

 

XXVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

  XXVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – octubre 4, 2026  Isaίas 5, 1-7 / Salmo 79 / Filipenses 4, 6-9 El evangelio de hoy, n...