jueves, 27 de agosto de 2026

XXII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XXII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – agosto 30, 2026 
Jeremías 20, 7-9 / Salmo 62 / Romanos 12, 1-2


Evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: "No lo permita Dios, Señor; eso no te puede suceder a ti". Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: "¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!".

Luego Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria.

Para profundizar:

   Reflexiones Buena Nueva

   #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

«El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y que me siga». Tremenda frase sale hoy de la boca de Jesús.

Cuando el mundo nos convoca a vivir encerrados en nosotros mismos, haciéndonos nuestra propia referencia y horizonte de vida, ¡qué complejo resulta escuchar eso de renunciar a uno mismo!

Renunciar a uno mismo no se trata de no querernos ni apreciarnos, y mucho menos de negar quiénes somos y lo que amamos, sino de renunciar a ser yo mi propio centro, mi principio y mi fin. Como dice San Pablo, se trata de escapar de los criterios del mundo, de dejar que una nueva manera de pensar nos transforme internamente.

Cuando vivimos para nosotros mismos y nos tragamos el veneno endulzado que nos ofrece el mundo, terminamos presos de la soledad y el miedo, carcomidos por la frustración de no alcanzar la «felicidad».

Y es que para ser felices, para vivir bien, hay que salir de uno mismo, hay que poner el cuerpo, hay que ser valientes y libres para reconocer que cargamos una cruz y que no nos la podemos quitar. Pero aquí está la clave de ese «nuevo modo de pensar»: no funciona negar, sino asumir, cargar y caminar.

Pero no solos, sino con Cristo, cargando juntos nuestras cruces. Sí, en el «nuestras» se instala la novedad. Cuando descubrimos que mi cruz es su cruz y que su cruz es la mía, recorremos la vida con valentía y libertad; ganamos la vida, la vida de verdad.

Te invito a mirar esta cruz y reflexionar: ¿qué te hace pensar?, ¿qué sientes?, ¿a qué te invita hoy el Señor?

#FelizDomingo

“¡Apártate de mí Satanás!”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

¿Quién no quiere realizarse como persona? ¿Quién no busca, por todos los medios, su plenitud? ¿Quién no aspira a ser feliz? El carbón o el estaño, el naranjo o la margarita, la vaca o el ciervo, no necesitan preocuparse por su realización; están programados para cumplir su meta. Si encuentran las condiciones necesarias, serán lo que tienen que ser y ya está... Pero nosotros... Nosotros somos otro cuento… La realización no nos llega automáticamente, sino que tenemos que construirla paso a paso, escalón tras escalón. El camino de los hombres y las mujeres ‘se hace al andar’, decía el poeta andaluz y cantaba el juglar catalán… no encontramos hecho el camino, lo tenemos que hacer.

Pero, ¿cuál es el camino que nos lleva a desplegar todas nuestras potencialidades? ¿Cómo llegar a ser auténticamente humanos? ¿Cómo llegar a ser plenamente felices? La familia, con muy buenas intenciones, pero no siempre de manera acertada, nos advierte sobre las ventajas y los peligros de una u otra opción profesional, matrimonial, existencial... Los amigos y amigas nos aconsejan, muchas veces de acuerdo a su propia experiencia, por dónde debemos seguir... La sociedad, a través de los medios de comunicación y la publicidad, nos señala senderos de plenitud y felicidad, que terminan siendo sólo realidad de novela o alegrías de cartón... Todos quieren ayudarnos a encontrar el secreto de la felicidad.

Sin embargo, a casi nadie se le ocurre decirnos que para encontrar la vida, tenemos que perderla. ¡Qué locura! ¡Cómo se te ocurre! ¡Estás loco! Como Pedro, cuando escuchó a Jesús diciendo que “tendría que ir a Jerusalén, y que los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley lo harían sufrir mucho”, nuestros seres queridos, nuestros amigos, la sociedad entera nos lleva aparte y nos reprende: “¡Dios no lo quiera (...)! ¡Esto no puede pasar!”

La reacción de Jesús es tal vez la expresión más fuerte que haya dirigido a ningún ser humano; a los fariseos los llamó “raza de víboras”; a los escribas les dijo “sepulcros blanqueados”; a Pedro le dice: “¡Apártate de mí Satanás, pues eres un tropiezo para mí! Tu no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres”. Poco antes Lo había llamado dichoso “(...) porque esto no lo conociste por medios humanos, sino porque te lo reveló mi Padre que está en el cielo”.

El camino de la felicidad es el despojo de nosotros mismos y de nuestras seguridades: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida?”

¿En qué dirección va la búsqueda de nuestra plenitud? ¿Hacia dónde caminamos cuando aspiramos a realizarnos en la vida? ¿Dónde buscamos la felicidad? Este camino que nos señala el Señor es el único que nos podrá llevar al desarrollo pleno de todas nuestras potencialidades. A los otros planes y proyectos, habrá que decirles con sencillez, pero con decisión: “¡Apártate de mi Satanás!”

APRENDER DE JESÚS LA ACTITUD ANTE EL SUFRIMIENTO

José Antonio Pagola

Pocos aspectos del mensaje evangélico han sido tan distorsionados como la llamada de Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos cristianos tengan ideas bastante confusas sobre la actitud cristiana ante el sufrimiento. Recordemos algunos datos que no hemos de ignorar, si queremos seguir al Crucificado con mayor fidelidad.

En Jesús no encontramos ese sufrimiento que hay tantas veces en nosotros, generado por nuestro propio pecado o nuestra manera desacertada de vivir. Jesús no ha conocido los sufrimientos que nacen de la envidia, el resentimiento, el vacío interior o el apego egoísta a las cosas y a las personas. Hay, por tanto, en nuestra vida un sufrimiento (según los expertos, puede llegar en algunas personas al 90% de lo que sufren) que hemos de ir eliminando precisamente si queremos seguir a Jesús.

Por otra parte, Jesús no ama ni busca arbitrariamente el sufrimiento ni para él ni para los demás, como si el sufrimiento encerrara algo especialmente grato a Dios. Es un error creer que uno sigue más de cerca a Cristo porque busca sufrir arbitrariamente y sin necesidad alguna. Lo que agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume el sufrimiento en seguimiento fiel a Cristo.

Jesús, además, se compromete con todas sus fuerzas para hacer desaparecer en el mundo el sufrimiento. Toda su vida ha sido una lucha constante por arrancar al ser humano de ese padecimiento que se esconde en la enfermedad, el hambre, la injusticia, los abusos, el pecado o la muerte.

El que quiera seguirle no podrá ignorar a los que sufren. Al contrario, su primera tarea será quitar sufrimiento de la vida de los hombres. Como ha dicho un teólogo, «no hay derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás» (Ignacio Larrañeta).

Por último, cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento provocado por quienes se oponen a su misión, no lo rehúye, sino que lo asume en actitud de fidelidad total al Padre y de servicio incondicional a los hombres.

Antes que nada, «tomar la cruz» es seguir fielmente a Jesús y aceptar las consecuencias dolorosas que se seguirán, sin duda, de este seguimiento. Hay rechazos, padecimientos y daños que el cristiano ha de asumir siempre. Es el sufrimiento que solo podríamos hacer desaparecer de nuestra vida, dejando de seguir a Cristo. Ahí está para cada uno de nosotros la cruz que hemos de llevar siguiendo sus pasos.

 

COMO LIMITADOS, DEBEMOS ESTAR SIEMPRE ELIGIENDO

Fray Marcos

Lo que Mateo pone hoy en boca de Jesús ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. ¿A qué judío se le podía ocurrir que el Mesías iba a morir en la cruz? Ni Jesús pudo pensar tal cosa, si pensó que era el Mesías.

A los seguidores les costó Dios y ayuda descubrir quién era Jesús. A pesar del esfuerzo, encontramos en los evangelios infinidad de incoherencias. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas, nos hemos escandalizado de la cruz. Nadie hubiera elegido para Jesús ese camino. La imagen de un Mesías victorioso es la única que puede tener sentido.

La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más conflictivo de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida, se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mateo. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús iba a terminar como terminó.

Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿No podía dejar de pensar como judío? El día que vinieron a prenderle, Pedro sacó la espada y atizó un buen golpe a Malco para evitar que se llevaran a su Maestro. La crítica de Jesús a Pedro tiene como objetivo justificar los juicios contradictorios de los primeros años del cristianismo.

La respuesta de Jesús a Pedro, es la misma que dio al diablo en las tentaciones. La propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. Lo difícil de la tentación no es vencerla, sino desenmascararla. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra el verdadero mesianismo, que no coincide ni con el oficial.

El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. La nueva oferta es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria y ni siquiera recompensa alguna.

Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo y el egoísmo quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas, sean amigas o enemigas, por ser fieles al evangelio y no acomodarnos a este mundo.

La cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El condenado era obligado a cargar con la parte trasversal de la cruz (patibulum). El carácter simbólico solo llegó después de comprender la muerte de Jesús. El relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús.

Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar a una mayor humanidad. Esa propuesta es la única manera de ser humano. Lo que Jesús exige a sus seguidores, es que vayan por el camino del amor. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor. Verlo como renuncia, es no haber entendido ni jota.

Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia, sino llevarnos a verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento, sino lo mejor.

Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego que pretenda potenciar el egoísmo. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.

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