miércoles, 5 de agosto de 2026

XIX Domingo de Tiempo Ordinario – A – (Profundizar)

 XIX Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A agosto 9, 2026  
1 Reyes 19, 9. 11-13 / Salmo 84 / Romanos 9, 1-5

Evangelio según san Mateo 14, 22-33

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa, y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron, y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

La Palabra este domingo nos anuncia una buena noticia: Jesús siempre viene, Él siempre llega. Con este anuncio podríamos deducir que hay momentos y lugares en que no está: como en la cueva donde pasaba la noche Elías en el monte Horeb, o en la barca sacudida por las olas con viento contrario en medio del mar. Cada una y cada uno de nosotros podríamos pensar en tiempos y lugares en donde experimentamos que Él no está. Podría ser que hoy mismo vivamos un tiempo de cueva y noche, o de agitación en medio del mar.

La invitación que recibimos con este anuncio es a sostenernos por la fe en que Jesús viene, en que Él va a llegar. También nos describe la Palabra que Él llega de un modo que no podíamos imaginar; asusta y sorprende, sobre todo cuando nuestro corazón comienza a dudar.

Pero Él toma la iniciativa de devolvernos la tranquilidad: «Soy yo, no temas». Sin embargo, nosotros, como Pedro, podemos obstinarnos en dudar: exigimos pruebas sobrenaturales como pedirle «caminar sobre el mar», y con todo ello nuestra falta de fe nos hunde. Y ante nuestro grito: «¡Sálvame!», nos agarra de la mano y nos da su paz.

¿En qué "cueva" o "mar agitado" necesitas escuchar hoy su «Soy yo, no temas»?

Pidamos al Señor la gracia de descubrirlo en la brisa suave, en la sonrisa amable, en la mano extendida o en la mirada tierna en la que llega para estar.

#FelizDomingo

“¡Tengan valor, soy yo, no tengan miedo!”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Es frecuente que sólo nos acordemos de Dios en tiempos de crisis y dificultad. Cuando navegamos por aguas tranquilas y nuestra vida transcurre sin particulares sobresaltos, podemos ir perdiendo la referencia fundamental al Señor. Podríamos decir, utilizando el lenguaje de san Ignacio de Loyola para referirse a los estados del alma, que en tiempos de desolación buscamos con más insistencia a Dios; y que en tiempos de consolación nos olvidamos de él, como la fuente de toda gracia.

Juan Casiano (ca. 360-435), uno de los padres de la Iglesia, cuyos escritos marcaron definitivamente el monaquismo de Occidente, nos presenta, en una de sus obras, algunas causas por las cuales las personas vivimos momentos de desolación. En primer lugar, dice Casiano, "de nuestro descuido procede, cuando andando nosotros indiferentes, tibios y empleados en pensamientos inútiles y vanos, nos dejamos llevar de la pereza, y con esto somos ocasión de que la tierra de nuestro corazón produzca abrojos y espinas, y creciendo éstas, claro está que habemos de hallarnos estériles, indevotos, sin oración y sin frutos espirituales" (Conlationes IV,3).

La segunda causa por la cual Dios permite que tengamos estas experiencias de abandono, según Casiano, es “para que desamparados un poco de la mano del Señor (...) comprendamos que aquello fue don de Dios, y que la quietud, que puestos en esta tribulación le pedimos, únicamente la podemos esperar de su divina gracia, por cuyo medio habíamos alcanzado aquel primer estado de paz, de que ahora nos sentimos privados” (Conlationes IV,4).

Ignacio de Loyola, en el siglo XVI, explicará esto mismo diciendo que Dios permite que vivamos momentos de desolación “por darnos vera noticia y conocimiento para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crecida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación espiritual, mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor; y porque en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento en alguna soberbia o gloria vana, atribuyendo a nosotros la devoción o las otras partes de la espiritual consolación” (EE, 322).

Pedro, junto con los demás discípulos, vive un momento de crisis profunda, cuando en medio de la noche, y sintiendo que “las olas azotaban la barca, porque tenían el viento en contra”, ve a Jesús caminando sobre las aguas; dice san Mateo que los discípulos “se asustaron, y gritaron llenos de miedo: – ¡Es un fantasma!”. La respuesta de Jesús los tranquilizó: “– ¡Tengan valor, soy yo, no tengan miedo!” Pedro, entonces, con la seguridad que le daban estas palabras, dice: “– Señor, si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el agua”. A lo que Jesús, ni corto ni perezoso, le respondió: “­– Ven”. Entonces, “Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Jesús. Pero al notar la fuerza del viento, tuvo miedo; y como comenzaba a hundirse, gritó: – ¡Sálvame, Señor! Al momento, Jesús lo tomó de la mano y le dijo: – ¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?”

Como Pedro, cuando caminamos sobre aguas tranquilas guiados y conducidos por el Señor, tenemos la tentación de sentirnos dueños de lo que hacemos y nos olvidamos de aquel que hace posible nuestra existencia. De manera que, “para que en cosa ajena no pongamos nido”, es precisamente en las crisis y en los momentos de turbulencia, cuando reconocemos la verdadera fuente de nuestra seguridad y, como los discípulos, después de la tormenta, nos postramos en tierra para decirle al Señor: “–¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!”

APRENDER A CREER DESDE LA DUDA

José Antonio Pagola

No es fácil responder con sinceridad a esa pregunta que Jesús hace a Pedro en el momento mismo en que lo salva de las aguas: «¿Por qué has dudado?».

A veces, las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos turban sin saber exactamente por qué. Principios aceptados hasta entonces como inconmovibles comienzan a tambalearse. Y se despierta en nosotros la tentación de abandonarlo todo sin reconstruir nada nuevo.

Otras veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador. La última palabra sobre mi vida se me escapa y es duro abandonarme al misterio: mi razón sigue buscando insatisfecha una luz clara y apodíctica que no encuentra ni podrá jamás encontrar.

No pocas veces la superficialidad y ligereza de nuestra vida cotidiana y el culto secreto a tantos ídolos nos sumergen en largas crisis de indiferencia y escepticismo interior, con la sensación de haber perdido realmente a Dios.

Con frecuencia es nuestro propio pecado el que quebranta nuestra fe, pues esta decae y se debilita cuando nos alejamos de Dios. Si somos sinceros, hemos de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que profesamos ser y el creyente que somos en realidad. ¿Qué hacer al constatar en nosotros una fe a veces tan frágil y vacilante?

Lo primero, no desesperar ni asustarnos al descubrir en nosotros dudas y vacilaciones. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la oscuridad y el riesgo. A Dios se le busca «a tientas». Y no hemos de olvidar que muchas veces «la fe genuina solo puede aparecer como duda superada» (Ladislao Boros).

Lo importante es aceptar el misterio de Dios con el corazón abierto. Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con él. Y no hace falta esperar a que nuestros interrogantes y dudas se resuelvan para vivir en verdad ante ese Padre.

Por eso lo importante es saber gritar como Pedro: «Señor, sálvame». Saber levantar hacia Dios nuestras manos vacías, no solo como gesto de súplica, sino también de entrega confiada de alguien que se sabe pequeño, ignorante y necesitado de salvación. No olvidemos que la fe es «caminar sobre agua», pero con la posibilidad de encontrar siempre esa mano que nos salva cuando comenzamos a hundirnos.

 

PARA ENCONTRAR A DIOS DEBO SUBIR A LO ALTO

Fray Marcos

Este relato se parece más a los relatos de apariciones pascuales. Algunos exégetas sugieren que puede tratarse de un relato de Jesús resucitado, que han colocado más tarde en el contexto de la vida real. La experiencia nos dice que Dios no se puede meter en conceptos y que es siempre más. Nunca se identifica con lo que pensamos de Él.

Lo narran Mt, Mc y Jn. Los tres lo sitúan después de la multiplicación de los panes. En Mc y Mt, Jesús manda a los discípulos embarcar e ir a la otra orilla. En Jn, la iniciativa es de los discípulos. En los tres Jesús sube a la montaña para orar. En los tres, Jesús camina sobre el agua. La respuesta de Jesús es la misma: “Soy yo, no tengáis miedo”.

El monte es el lugar de la divinidad. Como Moisés la segunda vez que sube al Sinaí, va solo. Nadie le sigue a la esfera de lo divino. La multitud solo piensa en comer. Los apóstoles piensan en medrar. Orar es darse cuenta de lo que hay de Dios en él para poder vivirlo. Jesús tiene necesidad de momentos de auténtica contemplación.

Jesús sube a lo más alto. Los discípulos bajan hasta el nivel más bajo, buscando seguridades. En realidad, encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal, el caos, la destrucción, la muerte. Jesús camina sobre todo esto. El AT dice: solo Dios puede caminar sobre el dorso del océano.

El relato expresa la visión que de Jesús tenía aquella primera comunidad. Era verdadero hombre y como tal, tenía necesidad de la oración para descubrir lo que era y superar la tentación de quedarse en lo material. Al caminar sobre el mar, está demostrando que era también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia.

La barca es símbolo de la nueva comunidad. Las dificultades son consecuencia del alejamiento de Jesús. Jn deja claro que fueron ellos los que decidieron marcharse sin esperarle. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente.

Pero Jesús no les abandona y va en su busca. Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incompatible con sus pretensiones. Su cercanía y muestra de cariño les hace descubrir el verdadero Jesús.

El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra a gusto en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que le inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Juan lo utiliza con mucha frecuencia.

Aparentemente, este episodio tiene mucha miga. Pedro siente una curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ellos. Pero quiere lograrlo por arte de magia, no por una transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: ¡ven! Pedro fracasa por su escasa fe. La Divinidad la tienes que descubrir dentro de ti.

Jesús no revindica para sí esa presencia divina, sino que da a entender que todos estamos invitados a esa participación. Pedro camina sobre el agua mientras está mirando a Jesús; se empieza a hundir cuando mira a las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino porque no es capaz de prescindir de las seguridades materiales.

Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios, solo puede ser vivida. El budismo tiene una frase, a primera vista tremenda: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Podíamos decir también nosotros: si te encuentras con dios, mátalo, es un ídolo que has fabricado tú.

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