Evangelio
según san
Mateo 13, 44-52
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: "El Reino de los
cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo
vuelve a esconder, y lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel
campo.
El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en
perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y
la compra.
También se parece el Reino de los cielos a la red que los
pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la
red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados;
ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de
los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los
arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.
¿Han entendido todo esto?'' Ellos le contestaron: "Sí".
Entonces él les dijo: "Por eso, todo escriba instruido en las cosas del
Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su
tesoro cosas nuevas y cosas antiguas".
Para profundizar:
“”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
BUSCAR A DIOS
José Antonio Pagola
Los estudios
sociológicos dicen que la crisis religiosa se va deslizando en Europa hacia una
«indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia tranquila, ajena a todo
planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más los que, movidos por
una cierta «nostalgia de Dios», sienten la necesidad de buscar «algo
diferente», una manera nueva de creer en él. ¿Cómo buscar a Dios?
Sin duda, cada uno
ha de partir de su propia experiencia. No hay que copiar a otros. No hay que
hacer nada forzado ni postizo. Cada uno conoce sus propios deseos y miserias,
sus vacíos y sus miedos. Cada uno sabe su «necesidad» de Dios. Su voz no calla
nunca. No grita con los labios, pero nos susurra al corazón.
Por eso precisamente
no basta buscar a Dios por fuera: en los libros, las discusiones o el debate.
Una cosa es «discutir de religión» y otra muy distinta buscar a Dios con
sincero corazón. Uno mismo se da cuenta cuándo está huyendo de Dios y cuándo lo
está buscando de verdad. San Agustín decía así: «No te desparrames. Concéntrate
en tu intimidad. La verdad reside en el hombre interior».
Buscar a Dios exige
esfuerzo, pero encontrarse con él no es nunca resultado de un voluntarismo
fanático ni de una ascesis crispada. Dios es un regalo, y lo importante es
acogerlo con «simplicidad de alma». Recordemos la reflexión de la vieja priora
en el Diálogo de carmelitas de Georges Bernanos: «Una vez salidos de la
infancia, hay que sufrir mucho para volver a ella, como solo después de una
larga noche vuelve a aparecer de nuevo la aurora. ¿He vuelto yo a ser de nuevo
niño?».
No es lo más
acertado buscar a Dios apoyándonos solo en las propias intuiciones. Hay muchas
formas de engañarse o de andar dando vueltas sobre uno mismo, sobre nuestros
sentimientos e ideas. Por eso es mejor compartir y contrastar la propia
experiencia con alguien que nos pueda guiar desde su vivencia de Dios. Ese
mutuo compartir puede ser el mejor estímulo para seguir buscándolo.
En su parábola del
«tesoro escondido en el campo», Jesús habla del hombre que, «lleno de alegría»,
vende todo lo que tiene por hacerse con el tesoro. Buscar a Dios no produce
tristeza ni amargura; al contrario, genera alegría y paz, porque la persona comienza
a descubrir dónde está la verdadera felicidad. Recordemos a san Agustín: «Solo
lo que hace bueno al hombre puede hacerlo feliz».
EL TESORO ES MI ESENCIA.
No tengo que
alcanzarlo, sino descubrirlo, valorarlo y vivirlo.
El tesoro y la perla
son dos símbolos que tienen un mismo mensaje. Si lo descubrimos, apreciaremos
en su justa medida todo lo demás. No se trata de un descubrimiento racional,
sino de una experiencia profunda y viva. Seguimos empeñados en descubrir al falso
Dios que hemos creado y está solo en nuestra mente y eso es imposible.
El mensaje es
idéntico, pero tiene matices diferentes en cada uno. En un caso, el encuentro
es fortuito. Y en el otro, es consecuencia de una búsqueda. Otro matic es que
en la primera se identifica el Reino con el tesoro, pero en la segunda se
identifica con el comerciante que busca. El mensaje hay que buscarla en el
conjunto del relato.
Las dos opciones se
hacen con un grado de incertidumbre. Los dos se arriesgan a deshacerse de todo
lo demás, a pesar de no contar con seguridad absoluta. La parábola no juzga la
moralidad de las acciones narradas; simplemente propone unos hechos para que
nosotros nos traslademos a otro ámbito donde no necesito seguridades.
Tanto el campesino,
como el comerciante, obran de forma fraudulenta y por lo tanto injusta. Los dos
se aprovechan de unos conocimientos privilegiados para engañar. No actúan por
desprendimiento sino por egoísmo. “Renuncian” a unos vienes para conseguir bienes
mayores. Su objetivo es conseguir una vida material mejor.
El punto de
inflexión en las dos parábolas es el mismo: “vende todo lo que tiene y compra”.
Sería sencillamente una locura. Si vende todo lo que tiene para comprar la
perla, ¿qué comería al día siguiente? ¿Dónde viviría? Esa imposibilidad radical
en el orden material, es lo que nos hace saltar a otro orden, en el que sí es
posible.
Nada vamos a
conseguir si previamente no descubrimos lo que somos. Nuestra principal tarea
será tomar conciencia de esa Realidad. Si la descubrimos, prácticamente está
todo hecho. La parábola al revés, no funciona. El vender todo lo que tienes,
antes de descubrir el tesoro (que es lo que nos ha propuesto) no es garantía
ninguna de éxito.
El tesoro no es
Jesús. Jesús descubrió la divinidad dentro de él. Éste es el principal dogma
cristiano. “Yo y el Padre somos uno”. Tampoco la Escritura es el tesoro. La
Escritura es el mapa, que puede conducir al tesoro. No podemos presentar la
Iglesia como tesoro. En todo caso, sería el campo donde tengo que cavar para
encontrarlo.
El tesoro es el
mismo Dios. Es la verdadera Realidad que soy, y que son todas los demás. En
cuanto las religiones olvidan esto, se convierten en ideologías esclavizantes.
El tesoro, la perla no representan grandes valores, sino una realidad que está
más allá de toda valoración. Ver a Dios como contrario a otros valores es
hacerle ídolo.
Vivimos en una
sociedad que funciona a base de trampas. Si fuésemos capaces de llamar a las
cosas por su nombre, esta sociedad quedaría colapsada. Si todos nos
convenciéramos de que ni el dinero ni la salud ni el poder ni el sexo ni la
religión son los valores supremos, nuestra sociedad quedaría inmediatamente
purificada.
No se trata de
despreciar nada, sino de tener claro lo que vale de veras. El tesoro nunca será
incompatible con todos los demás valores que nos hacen más humanos. Es una
tentación tener que elegir entre bien y mal. Esta postura es radicalmente
equivocada. Debemos tener claro dónde está el valor supremo y que valores son
relativos o falsos.
El gran problema de
estas dos parábolas es que elegir supone conocer. No basta que nos digan que
esto o aquello es lo mejor. Si no descubro el valor absoluto de lo que he
encontrado, nunca me decidiré por superar el apego a todo lo demás. Si tengo
que hacerme violencia para tomar una decisión espiritual, es que no he
entendido nada.
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