jueves, 23 de julio de 2026

XVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XVII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A julio 26, 2026 
1 Reyes 3, 5. 7-12 / Salmo 118 / Romanos 8, 28-30


Evangelio según san Mateo 13, 44-52

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: "El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra.

También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.

¿Han entendido todo esto?'' Ellos le contestaron: "Sí". Entonces él les dijo: "Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas".

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

 

“”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

BUSCAR A DIOS

José Antonio Pagola

Los estudios sociológicos dicen que la crisis religiosa se va deslizando en Europa hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia tranquila, ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más los que, movidos por una cierta «nostalgia de Dios», sienten la necesidad de buscar «algo diferente», una manera nueva de creer en él. ¿Cómo buscar a Dios?

Sin duda, cada uno ha de partir de su propia experiencia. No hay que copiar a otros. No hay que hacer nada forzado ni postizo. Cada uno conoce sus propios deseos y miserias, sus vacíos y sus miedos. Cada uno sabe su «necesidad» de Dios. Su voz no calla nunca. No grita con los labios, pero nos susurra al corazón.

Por eso precisamente no basta buscar a Dios por fuera: en los libros, las discusiones o el debate. Una cosa es «discutir de religión» y otra muy distinta buscar a Dios con sincero corazón. Uno mismo se da cuenta cuándo está huyendo de Dios y cuándo lo está buscando de verdad. San Agustín decía así: «No te desparrames. Concéntrate en tu intimidad. La verdad reside en el hombre interior».

Buscar a Dios exige esfuerzo, pero encontrarse con él no es nunca resultado de un voluntarismo fanático ni de una ascesis crispada. Dios es un regalo, y lo importante es acogerlo con «simplicidad de alma». Recordemos la reflexión de la vieja priora en el Diálogo de carmelitas de Georges Bernanos: «Una vez salidos de la infancia, hay que sufrir mucho para volver a ella, como solo después de una larga noche vuelve a aparecer de nuevo la aurora. ¿He vuelto yo a ser de nuevo niño?».

No es lo más acertado buscar a Dios apoyándonos solo en las propias intuiciones. Hay muchas formas de engañarse o de andar dando vueltas sobre uno mismo, sobre nuestros sentimientos e ideas. Por eso es mejor compartir y contrastar la propia experiencia con alguien que nos pueda guiar desde su vivencia de Dios. Ese mutuo compartir puede ser el mejor estímulo para seguir buscándolo.

En su parábola del «tesoro escondido en el campo», Jesús habla del hombre que, «lleno de alegría», vende todo lo que tiene por hacerse con el tesoro. Buscar a Dios no produce tristeza ni amargura; al contrario, genera alegría y paz, porque la persona comienza a descubrir dónde está la verdadera felicidad. Recordemos a san Agustín: «Solo lo que hace bueno al hombre puede hacerlo feliz».

 

EL TESORO ES MI ESENCIA.

Fray Marcos

No tengo que alcanzarlo, sino descubrirlo, valorarlo y vivirlo.

El tesoro y la perla son dos símbolos que tienen un mismo mensaje. Si lo descubrimos, apreciaremos en su justa medida todo lo demás. No se trata de un descubrimiento racional, sino de una experiencia profunda y viva. Seguimos empeñados en descubrir al falso Dios que hemos creado y está solo en nuestra mente y eso es imposible.

El mensaje es idéntico, pero tiene matices diferentes en cada uno. En un caso, el encuentro es fortuito. Y en el otro, es consecuencia de una búsqueda. Otro matic es que en la primera se identifica el Reino con el tesoro, pero en la segunda se identifica con el comerciante que busca. El mensaje hay que buscarla en el conjunto del relato.

Las dos opciones se hacen con un grado de incertidumbre. Los dos se arriesgan a deshacerse de todo lo demás, a pesar de no contar con seguridad absoluta. La parábola no juzga la moralidad de las acciones narradas; simplemente propone unos hechos para que nosotros nos traslademos a otro ámbito donde no necesito seguridades.

Tanto el campesino, como el comerciante, obran de forma fraudulenta y por lo tanto injusta. Los dos se aprovechan de unos conocimientos privilegiados para engañar. No actúan por desprendimiento sino por egoísmo. “Renuncian” a unos vienes para conseguir bienes mayores. Su objetivo es conseguir una vida material mejor.

El punto de inflexión en las dos parábolas es el mismo: “vende todo lo que tiene y compra”. Sería sencillamente una locura. Si vende todo lo que tiene para comprar la perla, ¿qué comería al día siguiente? ¿Dónde viviría? Esa imposibilidad radical en el orden material, es lo que nos hace saltar a otro orden, en el que sí es posible.

Nada vamos a conseguir si previamente no descubrimos lo que somos. Nuestra principal tarea será tomar conciencia de esa Realidad. Si la descubrimos, prácticamen­te está todo hecho. La parábola al revés, no funciona. El vender todo lo que tienes, antes de descubrir el tesoro (que es lo que nos ha propuesto) no es garantía ninguna de éxito.

El tesoro no es Jesús. Jesús descubrió la divinidad dentro de él. Éste es el principal dogma cristiano. “Yo y el Padre somos uno”. Tampoco la Escritura es el tesoro. La Escritura es el mapa, que puede conducir al tesoro. No podemos presentar la Iglesia como tesoro. En todo caso, sería el campo donde tengo que cavar para encontrarlo.

El tesoro es el mismo Dios. Es la verdadera Realidad que soy, y que son todas los demás. En cuanto las religiones olvidan esto, se convierten en ideologías esclavizantes. El tesoro, la perla no representan grandes valores, sino una realidad que está más allá de toda valoración. Ver a Dios como contrario a otros valores es hacerle ídolo.

Vivimos en una sociedad que funciona a base de trampas. Si fuésemos capaces de llamar a las cosas por su nombre, esta sociedad quedaría colapsada. Si todos nos convenciéramos de que ni el dinero ni la salud ni el poder ni el sexo ni la religión son los valores supremos, nuestra sociedad quedaría inmediatamente purificada.

No se trata de despreciar nada, sino de tener claro lo que vale de veras. El tesoro nunca será incompatible con todos los demás valores que nos hacen más humanos. Es una tentación tener que elegir entre bien y mal. Esta postura es radicalmente equivocada. Debemos tener claro dónde está el valor supremo y que valores son relativos o falsos.

El gran problema de estas dos parábolas es que elegir supone conocer. No basta que nos digan que esto o aquello es lo mejor. Si no descubro el valor absoluto de lo que he encontrado, nunca me decidiré por superar el apego a todo lo demás. Si tengo que hacerme violencia para tomar una decisión espiritual, es que no he entendido nada.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

XVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

  XVII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – julio 26, 2026  1 Reyes 3, 5. 7-12 / Salmo 118 / Romanos 8, 28-30 Hoy, el evangelio co...