Evangelio
según san Mateo 11, 25-30
En aquel tiempo, Jesús exclamó: "¡Te doy gracias, Padre,
Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y
entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así
te ha parecido bien.
El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al
Hijo sino el Padre; nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo
se lo quiera revelar.
Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la
carga y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que
soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave
y mi carga, ligera''.
Reflexión:
¿Dónde encuentro el
verdadero descanso?
Hoy, en este domingo de tiempo ordinario,
seguimos conociendo a Jesús, que nos revela en qué consiste el Reino de su Padre
y cómo es que podemos hacerlo realidad en nuestra vida.
En situaciones, como las que vivimos actualmente,
como: polarización, precariedad, violencia y muerte, el profeta Zacarías, sigue
vigente y con sus palabras nos recuerda que es de alegrarnos porque el Señor está
con nosotros para traernos paz y salvarnos de todo aquello que produce
enfrentamientos y conflictos. Pero, esto no sucede de manera mágica, hay que
estar atentos a su presencia en nuestra vida, hay que reconocerlo, y a su vez,
hacerlo presente en nuestras acciones cotidianas (cfr. Zacarías 9, 9-10).
Sin lugar a duda, las situaciones que provocan impedimentos
para “tener una vida que valga la pena vivir”, son nuestros “desórdenes
egoístas”, personales y sociales, como dice san Pablo (Rom 8, 9. 11-13). Darnos cuenta de qué y
cuales son “nuestros desórdenes”, es el principio del camino espiritual según Sn.
Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales [1], y poder “ordenar la
vida, para buscar y hallar la voluntad divina”.
El Rey (del amor) que ha venido y permanece para salvarnos
es Jesús; es Él quien nos revela la voluntad divida del Padre; para
recibirla y conocerla, hay que, además de estar atentos, necesitamos ser “sencillos”
y “humildes”, para captar lo que Jesús quiere revelarnos. Como nos
recuerda el salmista, el Señor es bueno con todos y que su ternura alcanza a
todas sus criaturas. Esa es la manera de reinar de Dios: no desde la
imposición, sino desde la misericordia, la justicia y el amor.
Jesús nos muestra que existe una forma de vivir que nos
libera de nuestros egoísmos y de todo aquello que destruye nuestras relaciones.
Con sus palabras y con su ejemplo nos enseña a construir vínculos marcados por
el amor, la justicia y la compasión, cuyo fruto es la paz y el bien común.
Cuando Jesús nos invita a cargar con su yugo, no nos está
imponiendo un peso más. Nos está proponiendo compartir su manera de amar. Su
yugo es aprender a vivir desde el amor (ágape), la misericordia y el servicio.
Paradójicamente, es ahí donde encontramos el descanso que tanto buscamos.
Cuando vivimos como
Jesús nos enseña, descubrimos que la verdadera paz no depende de que
desaparezcan los problemas, sino de caminar con Él. Entonces nuestra vida, y
también la de quienes nos rodean, comienza a convertirse en una vida que
verdaderamente vale la pena vivir.
PD. Próximo mes de agosto, tendremos un Taller
de Autoconocimiento, para revisar la vida y la presencia de Dios en ella (https://tinyurl.com/TallerDeAutoconocimiento).
¿Cómo puedo tomar conciencia de la
presencia de Dios en mi vida?... ¿Qué cargas o afectos desordenados me impiden tener
una vida plena?... ¿Cómo aprender a ser manso y humilde de corazón?

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