Evangelio según san Mateo 10, 37-42
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: El que ama a su padre
o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija
más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es
digno de mí.
El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la
salvará.
Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí,
recibe al que me ha enviado.
El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de
profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.
Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de
estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su
recompensa”.
Para profundizar:
“”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
APRENDER A DAR
José Antonio Pagola
A veces no es tan
fácil responder a las preguntas más sencillas. Hemos oído decir con frecuencia
que amar es dar. Pero ¿qué es dar? Muchos suponen que dar es solo privarse de
algo, renunciar a algo, «sacrificarse» desprendiéndose de algo. Estamos tan condicionados
por nuestra sociedad del bienestar y tan inclinados a poseer, acumular y ganar,
que «dar» nos parece algo improductivo. Un empobrecimiento que no estamos
dispuestos a aceptar. En nuestra sociedad, quien da sin recibir es una persona
poco práctica, sin sentido realista, poco inteligente.
Sin embargo, dar es
algo totalmente distinto. El gesto de dar es la expresión más rica de
vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de verdad, nos
experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de
enriquecer a otros, aunque sea en grado muy modesto. «Solo el amor hace que la
vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los demás procura la gran alegría de
vivir» (Karl Tillmann).
Dar significa estar
vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico. Es un hombre
pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad, solo es rico
quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás.
Necesitamos todos
escuchar con más atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin
recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un pobre
sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está vivo en nosotros y puede
hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, comprensión, aliento, esperanza,
acogida o cercanía.
Muchas veces no se
trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente, «un vaso de agua
fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin prisas, una ayuda a levantar el
ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de apoyo y
amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge
y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que nos pueda parecer. Se llama
Dios, nuestro Padre.
SI AMAR A DIOS SE OPONE A
OTRO AMOR, UNO DE LOS DOS ES FALSO
La manera de hablar
semita, por contrastes excluyentes, nos puede jugar una mala pasada. El
evangelio propone, en fórmulas concisas, varios temas esenciales para el
seguimiento de Jesús. Todos tienen más alcance del que se puede sospechar.
El que quiere a sus
padres más que a mí, no es digno de mí. El
amor a la madre y a Dios son realidades de distinta naturaleza; no se pueden
comparar. Jesús no pudo decir eso con el significado que tiene para nosotros
hoy. El amor a Dios no puede entrar en conflicto con el amor a nadie, y menos
con el amor a la madre.
Hay que tener mucho
cuidado al hablar del amor a Dios o a Jesús. Creer que puedo amar directamente
a Dios es una quimera. Solo puedo amar a Dios, amando a los demás. Jesús no
pudo decir: tienes que amarme a mí más que al Hijo. Recordemos: “Porque tuve hambre
y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber”.
No existe más amor
que el que llega a concretarse en obras. Ahora bien, lo más próximo a cada ser
humano son los miembros de su propia familia. La advertencia del evangelio está
encaminada a hacernos ver que desplegar a tope esos impulsos instintivos, no
garantiza el más mínimo grado de calidad humana. Pero sería un error aún mayor
el creer que pueden estar en contra de mi humanidad.
El evangelio no
quiere decir, que el amor a los hijos o a los padres sea malo y que debemos
olvidarlo para amar a Jesús o a Dios. Pero nos advierte de que ese amor puede
ser un egoísmo camuflado que busca una seguridad mayor para el ego, sin tener
en cuenta a Dios y a los demás. Ese “amor” es egoísmo amplificado.
El hombre puede
poner como objetivo el despliegue exclusivo de su animalidad, cercenando así
sus posibilidades humanas. Esto es degradarse en su verdadera ser, al poner su
mente al servicio del instinto. Si estamos en esa dinámica y metemos a los
demás en ella, estamos “amando” mal, y ese amor se convierte en veneno.
Un verdadero amor
nunca puede oponerse a otro amor auténtico. Cuando un marido se encuentra
atrapado entre el amor a su madre y el amor a su esposa, algo no está
funcionando bien. Uno de esos amores (o los dos) está viciado. Si el amor a
Dios está en contradicción con el amor al padre o a la madre, los dos pueden
ser falsos.
El que quiera salvar
su vida la perderá, pero el que la
pierda, la encontrará. En griego hay tres palabras para decir vida: “Zoe”,
“bios” y “psiques”. El texto no dice zoe ni bios, sino psiques. No se trata de
la vida biológica, ni de la vida sicológica. No se trataría de dejarse matar,
sino de poner tu humanidad al servicio de los demás.
Esto no sería perder
nada, sino ganarlo todo. Quien pretenda defender a toda costa su individualidad
egoísta malogrará todos los aspectos de su existencia, porque pasará por ella
sin desplegar su verdadera esencia. Mi humanidad no responde a una visión egoísta
de mi ser, está inextricablemente unida a la de los demás.
La evolución ha
permitido al ser humano ir más allá de los instintos y alcanzar conscientemente
una meta más alta que no está en contradicción con la biología. Todo lo que le
acerca a ese objetivo último le puede causar más felicidad que satisfacer sus instintos.
Nada más falso que la lucha entre lo biológico y lo espiritual.
La trampa es
quedarnos en el placer inmediato que nos proporciona nuestra biología y perder
de vista el bien total del ser humano. Ahí está la causa de tanto desajuste en
la conducta humana. Debemos tomar conciencia de que lo que es malo para nuestro
verdadero ser, no puede ser bueno bajo ningún aspecto del ser humano.

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