Evangelio
según san
Mateo 11, 2-11
En aquel tiempo, Juan se encontraba en la cárcel, y habiendo oído
hablar de las obras de Cristo, le mandó preguntar por medio de dos discípulos:
“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”
Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y
oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la
lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el
Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí”.
Cuando se fueron los discípulos, Jesús se puso a hablar a la gente
acerca de Juan: “¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida
por el viento? No. Pues entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre lujosamente
vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿A qué
fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se los aseguro; y a uno que es
todavía más que profeta. Porque de él está escrito: He aquí que yo envío a mi
mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino. Yo les aseguro
que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el
Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más
grande que él”.
Para
profundizar:
“ Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
Un niño estaba dibujando un retrato, y su profesor se le acercó y le dijo: – Ese es un retrato interesante. Dime algo de él. El niño le respondió: – Es un retrato de Dios. Entonces, el profesor le dijo: – Pero nadie sabe cómo es Dios. – Lo sabrán cuando haya terminado, dijo el niño... Esta historia me trajo a la memoria una anécdota que escuché en estos días. Dicen que un hombre que escuchó una conferencia de la Madre Teresa de Calcuta en las Naciones Unidas se acercó a la anciana religiosa y le dijo: “Hermana, le cuento que yo no creo en Dios. Soy ateo. Pero le aseguro que, si Dios existe, debe ser muy parecido a usted”.
Estando Juan el Bautista en la cárcel, oyó hablar de Jesús y envió a algunos de sus seguidores para que le preguntaran si él era de veras el que había de venir, o si debían esperar a otro. La respuesta fue muy clara: “Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo. Cuéntenle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida y a los pobres se les anuncia la buena noticia. ¡Y dichoso aquel que no encuentre en mí motivo de tropiezo!” Jesús no da explicaciones ni fundamenta su autoridad en teorías o doctrinas de ningún tipo. Lo único que pide es que se fijen en su comportamiento. Las señales son evidentes y cualquiera que tenga los ojos abiertos y los oídos atentos, podrá reconocer que él es el Mesías de Dios.
Cuando los discípulos de Juan volvieron a la cárcel a contar lo que habían visto y oído, Jesús comenzó a exaltar la misión del Bautista: “¿Qué salieron ustedes a ver al desierto? ¿Un hombre vestido lujosamente? Ustedes saben que los que se visten lujosamente están en las casas de los reyes. En fin, ¿a qué salieron? ¿A ver un profeta? Sí, de veras, y a uno que es mucho más que profeta. Juan es aquel de quien dice la Escritura: ‘Yo te envío mi mensajero delante de ti, para que te prepare el camino”. Esa fue la misión de Juan y es la misión de los profetas de hoy: Preparar los caminos de Jesús y señalar su presencia entre nosotros.
Jesús es el rostro de Dios para nosotros y los que nos decimos sus seguidores debemos ser el retrato de Dios para el mundo. Un niño es capaz de saber cómo es Dios y un ateo es capaz de reconocer sus rasgos en una persona como la Madre Teresa de Calcuta. La pregunta que nos puede asaltar hoy es si los que nos ven hacer lo que hacemos y nos oyen decir lo que decimos, son capaces de reconocer los rasgos de Dios en nosotros. Muchas personas no podrán leer otro evangelio distinto a nuestras vidas. Por eso, tenemos la responsabilidad de transparentar a Dios y abrirle un espacio para que vuelva a encarnarse entre nosotros y en nosotros en esta Navidad. Precisamente, prepararnos para que eso pueda suceder es lo que busca el tiempo de Adviento que estamos viviendo.
NO SENTIRNOS DEFRAUDADOS POR JESÚS
José Antonio Pagola
En estos tiempos de
crisis religiosa y confusión interior es importante recordar que Jesucristo no
es propiedad particular de las Iglesias. Es de todos. A él pueden acercarse
quienes lo confiesan como Hijo de Dios, y también quienes andan buscando un sentido
más humano a sus vidas.
Hace ya algunos
años, el conocido pensador Roger Garaudy, marxista convencido en aquel tiempo,
gritaba así a los cristianos: «Vosotros habéis recogido y conservado esta
esperanza que es Jesucristo. Devolvédnosla, pues ella pertenece a todo el
mundo».
Casi por la misma
época, Jean Onimus publicaba su apasionante e insólito libro sobre Jesús con el
provocativo título de Le Perturbateur. Dirigiéndose a Jesús, decía
así el escritor francés: «¿Por qué vas a permanecer propiedad privada de los
predicadores, de los doctores y de algunos eruditos, tú que has dicho cosas tan
sencillas, palabras directas, palabras que permanecen para los hombres,
palabras de vida eterna?»
Por eso pocas cosas
me producen más alegría que saber que hombres y mujeres alejados de la práctica
religiosa habitual buscan en mis escritos encontrarse con Jesús. Estoy
convencido de que él puede ser para muchos el mejor camino para encontrarse con
el Dios Amigo y para dar un sentido más esperanzado a sus vidas.
Jesús no deja
indiferente a nadie que se acerca a él. Uno se encuentra, por fin, con alguien
que vive en la verdad, alguien que sabe por qué hay que vivir y por qué merece
la pena morir. Intuye que ese estilo de vivir «tan de Jesús» es la manera más
acertada y humana de enfrentarse a la vida y a la muerte.
Jesús sana. Su
pasión por la vida pone al descubierto nuestra superficialidad y
convencionalismo. Su amor a los indefensos desenmascara nuestros egoísmos y
mediocridad. Su verdad desvela nuestros autoengaños. Pero, sobre todo, su fe
incondicional en el Padre nos invita a salir de la incredulidad y a confiar en
Dios.
Quienes hoy
abandonan la Iglesia porque se encuentran incómodos dentro de ella, o porque
discrepan de alguna de sus actuaciones o directrices concretas, o porque
sencillamente la liturgia cristiana ha perdido para ellos todo interés vital,
no deberían por ello abandonar automáticamente a Jesús.
Cuando uno ha
perdido otros puntos de referencia y siente que «algo» está muriendo en su
conciencia, puede ser decisivo no perder contacto con Jesucristo. El texto
evangélico nos recuerda sus palabras: «¡Dichoso el que no se sienta defraudado
por mí!» Dichoso el que entienda todo lo que Cristo puede significar en su
vida.
LA SALVACIÓN PARA TU EGO SERÍA INÚTIL
Fray Marcos
La pregunta de Juan es muy concreta,
pero Jesús responde a dos cuestiones. De sí mismo responde de manera indirecta
con un texto de Isaías. De Juan responde por su cuenta y riesgo, de una manera
sorprendente. El relato que nos propone hoy el evangelio es desconcertante. El
Precursor dudando que el anunciado sea auténtico.
¿No había dicho, no
soy digno de llevarle las sandalias? ¿No había dicho que él bautizaría con
Espíritu Santo? ¿No había dicho que él era el que tenía que ser bautizado por
Jesús? ¿No había visto al Espíritu bajar sobre él? ¿No había oído la voz: este
es mi Hijo amado? ¿Quiere decir que Jesús no respondía a lo esperado?
El tema propuesto
hoy fue muy difícil de resolver. El mensaje y su comportamiento, nada tenía que
ver con lo que los judíos de su tiempo esperaban del Mesías. En la respuesta de
Jesús, no se trata tanto de hablar de Juan cuanto de intentar que todos los que
le están oyendo se den cuenta de lo que significa Jesús y su mensaje.
Contadle a Juan
lo que estáis viendo. Jesús recuerda el
texto de Isaías, para que Juan asociara lo visto con los tiempos mesiánicos
anunciados. Ni todos los leprosos van a quedar limpios, ni todos los sordos van
a oír. También nos dice Isaías que el lobo habitará con el cordero y la pantera
se tumbará con el cabrito. Estas imágenes tenemos que entenderlas como
símbolos. ¿Por qué interpretamos otras como reales?
El texto quiere
decir que la llegada del Reino tendrá consecuencias para todos, pero sobre todo
para los más desfavorecidos. Quiere decir que el que acoja el Reino, saldrá de
la dinámica de la opresión y entrará en la del servicio. Por cierto, entre las imágenes
que se refieren a la presencia del Mesías no hay ni un solo signo religioso.
La noticia es que
Dios no va a pedirnos cuenta de nuestros pecados, sino que nos ha liberado de
todos ellos. La noticia de que no son los sabios y entendidos los que
descubrirán a Dios sino los sencillos. La noticia de que no son los que
detentan el poder religioso los que están más cerca de Dios sino los que lo
sufren y padecen.
Jesús rompe todos
los moldes, desbarata todos los deseos. Lo que aporta va en la dirección
contraria de las expectativas. No viene a imponer nada, sino a proponer el
servicio. Su actitud de no-violencia, de no defenderse de los enemigos, de no
destruir al adversario, escandaliza a todos. No solo no vine a imponer
“justicia” sino que acepta la injusticia en su propia carne. …y dichoso el que
no se escandalice de mí.
El Reino no lo hacen
presentes los ciegos o sordos o cojos curados, sino el que se preocupa de
ellos. Por no tener esto en cuenta, creemos que lo importante es librar al
pobre de sus carencias. El objetivo primero debe ser librarme yo de mi
inhumanidad. Incluso para un ciego, más importante que ver, es recuperar su
humanidad.
La advertencia sirve
también para nosotros. Seguimos creyendo que la salvación que Jesús nos trajo
no responde a lo que esperábamos. Seguimos sin enterarnos de que el amor que
predica Jesús es eficaz solo si se hace vida y es inútil si se queda en teoría.
El amor nunca se
pondrá al servicio de nuestro ego para alcanzar provecho personal. El amor va
siempre en dirección a los demás y se olvida de sí. Nos empujará siempre a
desprendernos de nuestro ego. El amor compasivo es nuestra verdadera
naturaleza.
La mayoría de las
miserias humanas no están a lo fisiológico. Todos estamos rodeados de carencias
más importantes que las biológicas. La falta de alimento me puede matar, pero
la falta de amor me destroza como ser humano. Entraré en la dinámica del Adviento
cuando haga presente el Reino no defraudando al que espera algo de mí.

Hola!
ResponderBorrarExcelentes reflexiones, descubrir a Jesús en los demás es el propósito del Adviento
Una espera silenciosa que me lleva al encuentro de Jesús que vive entre nosotros!