Deuteronomio
4,32-34.39-40; Salmo 32; Romanos 8, 14-17
Evangelio según san Juan 20, 19-23
Al llegar
la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, los discípulos se habían
reunido con las puertas cerradas por miedo a las autoridades judías. Jesús
entró y, poniéndose en medio de los discípulos, los saludó diciendo:
—¡Paz a
ustedes!
Dicho esto,
les mostró las manos y el costado. Y ellos se alegraron de ver al
Señor. Luego Jesús les dijo otra vez:
—¡Paz a
ustedes! Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes.
Y sopló
sobre ellos, y les dijo:
—Reciban el
Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedarán
perdonados; y a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar.
Reflexiones Buena Nueva
#Microhomilia
En esta solemnidad de la Santísima Trinidad, viene a mi mente la ilustración de ésta, que me transmitió la teóloga Barbara Andrade: De un lado el Padre, del otro el Hijo y el amor que hay entre ellos el Espíritu Santo, constituyendo el techo de la "casita trinitaria" que habitamos nosotros. Así no somos huérfanos que vivimos a la intemperie, sino hijos que vivimos acogidos, protegidos, amados, con casa en la comunidad de amor que es Dios. Esta certeza nos la recuerda San Pablo hoy: "No han recibido ustedes un espíritu de esclavos, que les haga temer de nuevo, sino un espíritu de hijos..." somos hombres y mujeres libres que moramos en el amor de Dios.
¿Qué mueve en nuestros corazones lo que la Palabra nos recuerda hoy? Si te descubres en situación de "indigencia" y andas buscándote rincones, cuevas o cualquier techo para guarecerte, no olvides que tienes Casa, que perteneces y habitas en la Casita Trinitaria del amor de Dios.
#FelizDomingo
“(...) bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”
Andrés Sopeña: “Le temíamos a la clase de catecismo más que a una vara verde. Menos Fernandito y Tordecillas, raro era el que no salía con la cara caliente. Es que no podía ser de otra manera, porque, a ver: Dios es nuestro Padre, que está en el Cielo, ¿no? Y estaba bien; lo decías, y te librabas. Pero después don Simón te preguntaba: «¿Dónde está Dios nuestro Padre?» y tú: «Pues, en el Cielo». Y ¡plas! Tortazo. Que ya no estaba allí, hombre; que ahora era «En todo lugar, por esencia, presencia y potencia», fíjate. Y, de nuevo: «¿Por qué decís que está en los cielos?» y tú: «No, si ya no lo digo; es que me he equivocado» y ¡plas!, otra vez, que había vuelto: «Porque en ellos se manifiesta más particularmente su gloria», aclaraba Fernandito. Como en los dioses, que no me lo había estudiado, pero que lo saqué por matemáticas:
– P.: ¿El Padre es Dios? –le preguntaron a Fernandito, que seguro sabía del padre de quién hablaban...
– R.: Sí, padre; el Padres es Dios –para mí, primera noticia.
– P.: ¿El Hijo es Dios? –ésta era para Tordecillas.
– R.: Sí, padre; el Hijo es Dios.
– P.: ¿El Espíritu Santo es Dios?
– R.: Sí, padre; el Espíritu Santo es Dios –respondió el Ruiz, que ya le había cogido el truco a aquello.
– P.: ¿Son, por ventura, tres dioses?
– Tres, exactamente –respondí yo, que había llevado la cuenta. ¡Y me dio una torta!
Luego resultó que no eran dioses, que eran personas. Y a mí aquello me pareció un misterio. Que había que verlo, que una era un triángulo con un ojo y otra una paloma, no recuerdo si con olivillo o sin olivillo. De la otra, ni te cuento; que en mi enciclopedia unas veces tenía forma de corazón y otras de corderillo; según le pillara el cuerpo, seguramente. Pero, yo, callado. (...)”.
Al llegar la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, los discípulos se habían reunido con las puertas cerradas por miedo a las autoridades judías. Jesús entró y, poniéndose en medio de los discípulos, los saludó diciendo:
—¡Paz a ustedes!
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y ellos se alegraron de ver al Señor. Luego Jesús les dijo otra vez:
—¡Paz a ustedes! Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes.
Y sopló sobre ellos, y les dijo:
—Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes no se los perdonen, les quedarán si perdonar.
Las preguntas y respuestas del Catecismo del padre Astete facilitaban el aprendizaje memorístico de los conceptos clave, aunque no siempre propiciaban una experiencia que permitiera entrar en contacto con lo que confesamos en nuestra fe. Hoy seguimos sin entender este misterio de la Santísima Trinidad, “tres personas distintas y un solo Dios verdadero”; pero nos preocupamos menos por la repetición de fórmulas y comunicamos la experiencia con la que sinterizó san Agustín ese misterio trinitario: “Aquí tenemos tres cosas: el Amante, el Amado y el Amor"; un Padre Amante, un Hijo Amado y el vínculo que mantiene unidos a los dos, el Espíritu de Amor. En nombre de esta comunidad de amor, que se necesitan en su diferencia y que no se anulan en una uniformidad ni en una individualidad estéril, quiere Jesús que seamos bautizados todos sus discípulos.
LO
ESENCIAL DEL CREDO
A lo largo de los siglos, los teólogos cristianos han
elaborado profundos estudios sobre la Trinidad. Sin embargo, muchos cristianos
de nuestros días no logran captar qué tienen que ver con su vida esas
admirables doctrinas.
Al parecer, hoy necesitamos oír hablar de Dios con
palabras humildes y sencillas, que toquen nuestro pobre corazón, confuso y
desalentado, y reconforten nuestra fe vacilante. Necesitamos, tal vez,
recuperar lo esencial de nuestro Credo para aprender a vivirlo con alegría
nueva.
«Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra». No
estamos solos ante nuestros problemas y conflictos. No hemos olvidado. Dios es
nuestro «Padre» querido. Así lo llamaba Jesús y así lo llamamos nosotros. Él es
el origen y la meta de nuestra vida. Nos ha creado a todos solo por amor, y nos
espera a todos con corazón de Padre al final de nuestra peregrinación por este
mundo.
Su nombre es hoy olvidado y negado por muchos. Las nuevas
generaciones se van alejando de él, y los creyentes no sabemos contagiarles
nuestra fe, pero Dios nos sigue mirando a todos con amor. Aunque vivamos llenos
de dudas, no hemos de perder la fe en este Dios, Creador y Padre, pues
habríamos perdido nuestra última esperanza.
«Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor». Es el
gran regalo que Dios ha hecho al mundo. Él nos ha contado cómo es el Padre.
Para nosotros, Jesús nunca será un hombre más. Mirándolo a él vemos al Padre:
en sus gestos captamos su ternura y comprensión. En él podemos sentir a Dios
humano, cercano, amigo.
Este Jesús, el Hijo amado de Dios, nos ha animado a
construir una vida más fraterna y dichosa para todos. Es lo que más quiere el
Padre. Nos ha indicado, además, el camino a seguir: «Sed compasivos como
vuestro Padre es compasivo». Si olvidamos a Jesús, ¿quién ocupará su vacío?,
¿quién nos podrá ofrecer su luz y su esperanza?
«Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida». Este
misterio de Dios no es algo lejano. Está presente en el fondo de cada uno de
nosotros. Lo podemos captar como Espíritu que alienta nuestras vidas, como Amor
que nos lleva hacia los que sufren. Este Espíritu es lo mejor que hay dentro de
nosotros.
Es una gracia grande caminar por la vida
bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. No lo hemos
olvidado.
DIOS ESTÁ MÁS ALLÁ
DE SER 1 Y DE SER 3. NO ES NADA DE LO QUE ES. ES FUENTE DE TODO LO QUE ES.
Es verdad que la Biblia dice que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero, en realidad, es el hombre el que está fabricando a cada instante un Dios a su medida. Es verdad que nunca podremos llegar a un concepto adecuado de lo que es Dios, pero no es menos cierto que muchas ideas de Dios pueden y deben ser superadas. Si ha cambiado nuestro conocimiento del mundo y del hombre, será lógico que cambie nuestra idea de Dios, dejando paso a un Dios-Espíritu, cada vez menos cosificado.
Decir que la Trinidad es un dogma o un misterio, no hace
más comprensible la formulación trinitaria. La verdad es que hoy no nos dice
casi nada, y menos aún las explicaciones que se han dado a través de los
siglos. Todas las teologías surgieron de una elaboración racional que siempre
se hace desde una filosofía, determinada por un tiempo y una cultura. También
la primitiva teología cristiana se desarrolló en el marco de una cultura y una
filosofía, la griega, que ninguno de nosotros entiende hoy.
Cada día se nos hace más difícil la comprensión del
misterio, entre otras cosas porque no sabemos qué querían decir los que
elaboraron el dogma. Aplicar hoy a las tres personas de la Trinidad la clásica
definición de Boecio “individua sustantia, racionalis naturae”, es ridículo. No
podemos aplicar a Dios la individualidad y la racionalidad propia del hombre.
Dios no es un individuo, ni una sustancia, ni naturaleza racional.
La dificultad para hablar de Dios como tres personas, la
encontramos en el mismo concepto de persona, que ha experimentado sucesivos
cambios de sentido a través de la historia. Desde el "prosopon"
griego, que era la máscara que se ponían en el teatro para que “resonara” la
voz; pasando a significar el personaje que se representaba; al final terminó
significando el individuo físico. El moderno sentido de persona, es el de yo
individual, la conciencia subjetiva, el núcleo íntimo del ser humano.
En la raíz del significado está la limitación. Existe la
persona porque existe la diferencia y la separación. Esto es imposible
aplicárselo a Dios. En los últimos años se está hablando del ámbito
transpersonal. Creo que va a ser uno de los temas más apasionantes de los
próximos decenios. Si el hombre está anhelando lo transpersonal, es ridículo
seguir encasillando a Dios en un concepto personal, que supone límites.
Siempre que nos atrevemos a decir “Dios es…”, estamos
expresando una idea, es decir, un ídolo. Ídolo no es solamente una escultura de
dios. También es un ídolo de cualquier concepto que le apliquemos. El ateo
sincero está más cerca del verdadero Dios que los teólogos que creen haberlo
atrapado en conceptos. Dios no es nada que podamos nombrar. El “soy el que soy”
del AT, tiene más miga de lo que parece. Dios es solo verbo, pero un verbo que
no se conjuga, porque no tiene tiempos ni modos.
Dios no se identifica con la creación, pero tampoco es
nada separado de ella. De la misma manera que no podemos imaginar la Vida como
algo separado del ser que está vivo, no podemos imaginar lo divino separado de
todo ser creado que, por el mero hecho de existir, está traspasado de Dios.
Tampoco podemos decir que está donde actúa, porque no puede actuar de manera
causal a semejanza de las criaturas. La acción de Dios no podemos percibirla
por los sentidos ni ser objeto de ciencia.
El Dios de Jesús no es el Dios de los buenos, de los
piadosos, de los religiosos ni de los sabios, es también el Dios de los
excluidos y marginados, de los enfermos y tarados; incluso de los irreligiosos
inmorales y ateos. El evangelio no puede ser más claro: “las prostitutas y los
pecadores os llevan la delantera en el Reino de Dios”. El Dios de Jesús no nos
interesa porque no aporta nada a los “buenos” que ya lo tienen todo. En cambio,
llena de esperanza a los “malos” que se sienten perdidos. "No tienen necesidad
de médico los sanos sino los enfermos".
Para nosotros, es sobre todo la experiencia que Jesús tuvo
de su Abba, lo que nos debe orientar en nuestra búsqueda. Jesús no se propuso
inventar una nueva religión ni un nuevo Dios. Lo que intentó fue purificar la
idea de Dios que tenía el pueblo judío en su época. Ese esfuerzo le costó la
vida. Jesús en todo momento quiere dejar claro que su Dios es el mismo del AT.
Eso sí, tan purificado y limpio de adherencias idolátricas, que da la impresión
de ser una realidad completamente distinta.
La forma en que Jesús habla de Dios como amor, se inspira
directamente en su experiencia personal. Naturalmente esa vivencia no hubiera
sido posible sin hacer suyo el bagaje religioso heredado de la tradición
bíblica. En ella se encuentran ya claros chispazos de lo que iba ser la
revelación de Jesús. La experiencia básica de Jesús fue la presencia de Dios en
su propio ser. Descubrió que Dios lo era todo para él y decidió corresponder
siendo él mismo todo para los demás. Al llamar a Dios "Abba" abre un
horizonte completamente nuevo en las relaciones con el absoluto.
La base de toda experiencia religiosa reside en la
condición de criaturas. El hombre se descubre sustentado por la acción
permanente creadora de Dios. El modo finito de ser uno mismo, demuestra que no
se da a sí mismo la existencia, por lo tanto, es más de Dios que de sí mismo.
Sin Dios no sería posible la existencia. El reconocimiento de nuestra
limitación es el camino para llegar a la experiencia de Dios. Él es el único y
sólido fundamento sin el cual, nada existe. Jesús descubre que el centro de su
vida está en Dios. Pero eso no quiere decir que tenga que salir de sí para
encontrar. Descubrir a Dios como fundamento es fuente de una humanidad
insospecchada.
Esta idea de Dios supone un salto sobre la idea del AT.
Allí Dios era el Todopoderoso que hace un pacto al modo humano, y observa desde
su atalaya a los hombres para ver si cumplen o no su “Alianza”, y reacciona en
consecuencia. Si la cumplen, los ama y los premios, si no la cumplen, los
reprueba y castiga. En Jesús Dios actúa de modo muy diferente. Él es don
absoluto e incondicional. Él es ágape y se da totalmente. Es el hombre el que
tiene que reaccionar al descubrir lo que Dios es para él. La fidelidad de Dios
es lo primero y el verdadero fundamento de una actitud humana.
Dios no puede ser un "tú" en el mismo sentido
que lo es otro ser humano. Dios sería más bien la realidad que posibilita el
encuentro con un tú; es decir, sería como ese tú ilimitado que se experimenta
en todo encuentro humano con el otro. Pero a Dios nunca se le puede
experimentar directamente como tal tú, sin el rodeo del encuentro con un tú
humano. No se trata pues, de evitar a toda costa el vocabulario teísta sino
exponer con suficiente claridad el carácter analógico de todo lenguaje sobre Dios.