II Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – enero 18, 2026
Isaías
49, 3.5-6 / Salmo 39 / 1 Corintios 1, 1-3
Evangelio según san Mateo 3, 13-17
En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él,
y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste
es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia
sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a
bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.
Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del
cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me
envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa
el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues
bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.
Para
profundizar:
Reflexiones
Buena Nueva
#Microhomilia
Hernán
Quezada, SJ
En tiempos en que el poder pretende erigirse como "dios", en que las mentiras constituyen tinieblas densas que nos envuelven y en que la desvergüenza se exhibe como bandera, podemos con el salmista exclamar: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad".
Confiar en Dios, dejar que de nuestra boca solo salgan "cantos nuevos", que nuestros oídos sepan escuchar y colocar en nuestro corazón la ley de Dios —el amor—, nos hace no ser solo seguidores, sino testigos del Señor.
Para ser testigo, hay que tener fresca la memoria y ese es un buen ejercicio hoy: recordar dónde, cuándo y cómo te has encontrado con el Señor y cómo Él ha sido luz que disipó tinieblas, fuerza que te restableció, salvación que te rescató.
La memoria agradecida permite responder a la llamada de ser testigos hoy de que Dios es amor, que la Verdad libera y que el respeto y el cuidado tienen mucho valor. No perdamos la esperanza y seamos los testigos que el mundo necesita hoy. #FelizDomingo
“(...) soy testigo de que es el Hijo de Dios”
En una vieja historia se habla de una vendedora de manzanas. La buena mujer acudía cada mañana al mercado a vender su mercancía. Pero pasadas las horas apenas lograba vender algún kilo. Con el paso del tiempo el poco éxito de sus ventas hizo que la mujer se fuera desanimando. Una mañana se acercó un joven a su puesto. Al verla triste y desanimada le preguntó qué le pasaba. “Ya ves –respondió la mujer– cada mañana acudo a este mercado a vender mis manzanas pero cuando la tarde cae apenas he logrado vender algún kilo. Mis manzanas no deben ser buenas”.
De repente y sin que nadie se lo pidiera el joven comenzó a gritar: “Compren, compren las mejores manzanas de la huerta. Recién recogidas para llevarlas a su mesa... compren”. Al sonido de los gritos se fueron formando corros de personas alrededor de la vendedora y muchas personas pedían ansiosamente algunos kilos de manzanas. Al cabo de pocas horas la mujer había vendido toda su mercancía. “¿Cómo lo has hecho?” –preguntó la mujer– “Durante muchas semanas he acudido a este mercado y no he logrado vender mi mercancía y tú en solo un par de horas has logrado vender más de lo que yo he vendido a lo largo de todo ese tiempo”. “Ha sido muy fácil” –respondió el joven– tus manzanas eran muy buenas, pero ni tu ni ellos lo sabían. Alguien tenía que decírselo.
Cuando Juan el Bautista vio a Jesús que se acercaba a él, dijo: “¡Miren, ese es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! A él me refería yo cuando dije: ‘Después de mí viene uno que es más importante que yo, porque existía antes que yo’. Yo mismo no sabía quién era; pero he venido bautizando con agua precisamente para que el pueblo de Israel lo conozca. Juan también declaró: “He visto al Espíritu Santo bajar del cielo como una paloma y reposar sobre él. Yo todavía no sabía quién era; pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y reposa, es el que bautiza con Espíritu Santo’. Yo ya lo he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios”.
Cuando hemos experimentado la salvación que nos trae el encuentro con Jesús, sentimos la imperiosa necesidad de anunciarlo a los demás. Tenemos la obligación de contarle a otros lo que hemos experimentado en carne propia. Evidentemente, esto tenemos que hacerlo con nuestro testimonio de vida, pero también con nuestras palabras. Callarnos y no compartir con las personas que nos rodean esta riqueza, es contradictorio. Muchas personas esperan de nosotros un anuncio explícito, y no sólo una presencia testimonial. Como las manzanas, la noticia que tenemos es muy buena, pero alguien tiene que decirlo. ¡Adelante! Seguro que hay muchas personas que están esperando.
AMAR LA VIDA
La gente no quiere
oír hablar de espiritualidad, porque no sabe lo que encierra esta palabra;
ignora que significa más que religiosidad, y que no se identifica con lo que
tradicionalmente se entiende por piedad. «Espiritualidad» quiere decir vivir
una «relación vital» con el Espíritu de Dios, y esto solo es posible cuando se
experimenta a Dios como «fuente de vida» en cada experiencia humana.
Como ha expuesto
Jürgen Moltmann, vivir en contacto con el Espíritu de Dios «no conduce a una
espiritualidad que prescinde de los sentidos, vuelta hacia dentro, enemiga del
cuerpo, apartada del mundo, sino a una nueva vitalidad del amor a la vida».
Frente a lo muerto, lo petrificado o lo insensible, el Espíritu despierta
siempre el amor a la vida. Por eso, vivir «espiritualmente» es «vivir contra la
muerte», afirmar la vida a pesar de la debilidad, el miedo, la enfermedad o la
culpa. Quien vive abierto al Espíritu de Dios vibra con todo lo que hace crecer
la vida y se rebela contra lo que la hace daño y la mata.
Este amor a la vida
genera una alegría diferente, enseña a vivir de manera amistosa y abierta, en
paz con todos, dándonos vida unos a otros, acompañándonos en la tarea de
hacernos la vida más digna y dichosa. A esta energía vital que el Espíritu
infunde en la persona, Jürgen Moltmann se atreve a llamar «energía erotizante»,
pues hace vivir de manera gozosa, atractiva y seductora.
Esta experiencia
espiritual dilata el corazón: comenzamos a sentir que nuestras expectativas y
anhelos más hondos se mezclan con las promesas de Dios; nuestra vida finita y
limitada se abre a lo infinito. Entonces descubrimos también que «santificar la
vida» no es moralizarla, sino vivirla desde el Espíritu Santo, es decir, verla
y amarla como Dios la ve y la ama: buena, digna y bella, abierta a la felicidad
eterna.
Esta es, según el
Bautista, la gran misión de Cristo: «bautizarnos con Espíritu Santo»,
enseñarnos a vivir en contacto con el Espíritu. Solo esto nos puede liberar de
una manera triste y raquítica de entender y vivir la fe en Dios.
JESÚS NOS LIBRÓ DE TODA OPRESIÓN
Todo lo que nos dice
Juan del Bautista es sorprendente e indica una relación especial de esa
comunidad con él. Seguramente había en aquella comunidad seguidores del
Bautista. Juan pone en labios del Bautista la cristología de su comunidad como
base y fundamento de la comprensión de Jesús que va a desplegar en su
evangelio.
Juan quiere aclarar
que no hay rivalidad entre Jesús y el Bautista. Para ello nos presenta un
Bautista totalmente integrado al plan de salvación de Dios. Su tarea es la de
preparar el camino al Mesías. Juan no narra el bautismo en sí, va directamente
al grano y nos habla del Espíritu, que es lo importante en todos los relatos
del bautismo.
"El cordero de
Dios". Juan propone a Jesús preexistente, portador del Espíritu e Hijo de
Dios. No se puede decir más. Está claro que se está reflejando aquí setenta
años de evolución cristología en la comunidad. Es una pena que después, hayamos
interpretado tan mal el intento de comunicarnos esa profunda experiencia.
Es difícil precisar
lo que “cordero” significaba para aquella comunidad. Podían entenderlo en
sentido apocalíptico: un cordero victorioso que aniquilará definitivamente el
mal (la bestia). Este concepto encajaría con las ideas del Bautista; pero no
con las de Jesús.
Podían entenderlo
como el Siervo doliente. Juan interpretó la figura del Siervo, aplicada al
Jesús, pero nunca con sentido expiatorio. Sería el cordero pascual, que era
signo de la liberación de Egipto, pero sin connotación sacrificial. Cristo nos
libera de la esclavitud.
“Que quita el pecado
del mundo”. En el evangelio de Juan, pecado es la opresión de un hombre sobre
otro. Así se entiende la actitud de Jesús con los pecadores. Cuando dice: tus
pecados están perdonados, nos dice que no hay nada que perdonar. Jesús quita el
pecado del mundo, no muriendo, sino viviendo el servicio incondicional a todos.
La palabra más usada
en la Biblia para indicar “pecado” significa errar el blanco. No se trata de
mala voluntad como lo entendemos hoy. En el evangelio de Juan, “pecado del
mundo” tiene un significado muy preciso. Se trata de la opresión que un ser
humano ejerce sobre otro. El pecado es siempre colectivo. Si hay pecado hay
opresor y víctima.
El modo de “quitar”
este pecado, no es una muerte expiatoria. Esta manera de entender la salvación
de Jesús es consecuencia de una idea arcaica de Dios. Estamos ante la idea de
un dios externo, soberano, justiciero y tirano. Nada que ver con la experiencia
del Abba de Jesús. El “pecado del mundo” no tiene que ser expiado, sino
eliminado.
Jesús salvó al ser
humano, suprimiendo de su propia vida toda opresión que impida el proyecto de
creación definitiva del hombre. Jesús nos salvó, ayudando a todos los oprimidos
a salir de su opresión. Un mandamiento, el amor. Un pecado, la opresión.
No tenemos que
oprimir a nadie de ningún modo. No tengo que dejarme oprimir. Tengo que ayudar
a todos a salir de cualquier clase de opresión. Tengo que seguir suprimiendo el
pecado del mundo. Si no estoy dispuesto, no solo a no oprimir sino a liberar al
oprimido, es que no me he enterado del mensaje.
En el mundo en que
vivimos, si no explotas te explotan; si no estás por encima de los demás, los
demás ten pisotearán. Esta postura obedece al puro instinto y no te lleva a la
plenitud. Debo descubrir que sufrir la injusticia es más humano que cometerla.
Es el oprimir al
otro, no que intenten oprimirme, lo que me destroza como ser humano. Jesús
prefirió que le mataran antes de imponerse a los demás. Esta es la clave que no
queremos descubrir, porque nos obligaría a cambiar nuestras actitudes para con
los demás. Cuando me impongo a los demás no soy más sino menos.