miércoles, 21 de enero de 2026

III Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 III Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A enero 25, 2026 
Isaías 8, 23-9,3 / Salmo 26 / 1 Corintios 1, 10 -13.17


Evangelio según san Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”.

Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”. Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también. Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.

Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia.

Reflexión:

¿Qué respondo a Jesús?

Este tercer domingo de tiempo ordinario, recordamos como la profecía de Isaías, que se hace realidad en la persona de Jesús, y cómo sigue vigente, cada vez que escuchamos el llamado que nos hace a cada uno de nosotros.

La profecía de Isaías fue sobre la esperanza de llegada de una “gran luz, sobre tierra de tinieblas…” (cfr. Isaías 8, 23-9,3), la cual hoy día necesitamos todavía, pues sigue habiendo sufrimiento y dolor a causa de la opresión que ejercemos unos sobre otros, en mayor o menor grado.

Recordemos como el domingo pasado, Juan Bautista señalaba a Jesús como quien “quita el pecado del mundo”… y es que nuestro pecado como humanidad, sociedad, familia, o persona, es que nos ”equivocamos / fallamos en el blanco” y elegimos vivir lo contario a como exhortaba Pablo, necesitamos “vivir en concordia y sin divisiones” (cfr. 1 Cor 1, 10 -13.17)

La misión de Jesús es acercarnos el Reino de los cielos (el reinado del Amor de Dios entre nosotros), a través de la Buena Noticia (evangelio), que nos presenta la manera en que podríamos relacionarnos y así, vivir de una mejor manera. Lo que Dios quiere para su nosotros sus hijos, sus criaturas, es que tengamos una “vida que valga la pena vivir”; es cuestión, ahora, de que escuchemos su llamado, pongamos atención a sus Palabras y las pongamos en práctica (cfr. Lc 11,28)

Hoy, como a Simón, Andrés, Santiago, Juan y Pablo, Jesús se acerca a nosotros, allí donde andamos en la vida diaria y también nos invita a ser “pesadores de hombres y mujeres”, esto es, que con nuestras palabras y hechos les acerquemos el Reino de Dios.

Sí, hoy nos llama a seguirlo, a estar con Él, para conocerlo internamente, de primera mano; a conocer su proyecto salvador, aprender de Él, siendo sus discípulos ... para luego, colaborar con Él, en su misión.

¿Cómo anda mi escucha de la Palabra, en oración?... ¿Cómo podría ser mejor discípulo de Jesús?... ¿Cómo podría llevar la Buena nueva en mi comunidad?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 


III Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 III Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A enero 26, 2026 
Isaías 8, 23-9,3 / Salmo 26 / 1 Corintios 1, 10 -13.17


Evangelio según san Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”.

Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”. Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también. Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.

Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


   
#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

"Discordia" proviene del latín y se compone de dos elementos: el prefijo "dis", que significa separación, y "cor", que se traduce como "corazón". Así pues, la discordia que denuncia San Pablo en la segunda lectura, que acontece entre las comunidades cristianas, se da cuando los corazones de las personas están separados; entonces sus sentimientos y voluntades se alejan. La discordia termina con la unidad.

Por otra parte, en el Evangelio se nos presenta a Jesús en un momento de crisis: Juan el Bautista ha sido arrestado. El conflicto no encierra a Jesús, sino que lo moviliza a predicar la conversión: "conviértanse, porque ya está cerca el Reino...", y lo moviliza a formar comunidad, llamando a sus primeros discípulos. Y es que el conflicto y el anuncio se realizan "en relación", en comunidad, en concordia (con unión de corazón).

Y finalmente, ¡qué importante la llamada que llega el día de hoy!: "arrepiéntanse", Μετανοεῖτε, que quiere decir: cambia de mente.

Evita la discordia, busca la concordia y cambia tu mente con decisión". Esta es la invitación que recibimos hoy. ¿Cómo se concretan en ti estas llamadas? ¿A qué te invita hoy el Señor?


Síganme y yo los haré pescadores de hombres

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Al enterarse de que Juan el Bautista había sido encarcelado, Jesús se dirigió a Galilea, pero no se quedó a vivir en Nazaret, donde se había criado, sino que se fue a la ciudad de Cafarnaúm, a orillas del lago, en la región de las tribus de Zabulón y Neftalí. “Desde entonces, Jesús comenzó a proclamar: ‘Vuélvanse a Dios, porque el reino de Dios está cerca”. Fue allí en esta pequeña población de pescadores, donde Jesús comenzó a formar una pequeña comunidad que viviera ya la realidad del reino que él anunciaba. El evangelio que nos propone hoy la liturgia nos habla del llamamiento que recibieron los primeros cuatro discípulos. Eran pescadores que pasaban su tiempo ocupado en las labores propias de su profesión. Simón Pedro, Andrés, Santiago y Juan dejaron las redes, sus familias y todo lo que tenían, para seguir al Señor.

Hace algunos meses me pidieron algunas orientaciones para formar una comunidad cristiana. Les sugerí que las reuniones deberían tener estos cuatro momentos:

1. Un momento para compartir la VIDA: Esto se puede hacer con base en una pregunta que puede estar orientada de muchas maneras. También podría organizarse algún tipo de dinámica que ayude a conocerse más, a conversar sobre lo que les llama la atención, lo que les gusta, lo que vive cada uno, etc. Algunas preguntas, podrían ser las siguientes: ¿Qué buscamos cuando venimos a construir una comunidad cristiana? ¿Cuál es mi historia de vida? ¿Qué etapas ha tenido mi vida, mi relación con Dios, mi desarrollo profesional, etc.? ¿Qué es lo que más nos ha impresionado en nuestro vida familiar en este último tiempo? ¿Qué es lo que más nos ha impresionado a nivel social y político en este último tiempo? La idea es generar un momento de compartir la VIDA, que es el elemento inicial de cualquier comunicación y construcción comunitaria.

2. Un momento para escucha la PALABRA DE DIOS: Podrían ir leyendo en cada reunión, una parte del libro de los Hechos de los Apóstoles; en él, san Lucas, cuenta cómo fue que los primeros cristianos hicieron para construir una comunidad fraterna alrededor de la fe en Jesús. No conozco otro método más apropiado para aprender a construir una comunidad cristiana. Podrían comenzar por leer juntos una pequeña introducción al libro de los Hechos de los Apóstoles. Luego pueden ir leyendo, en cada reunión, un capítulo o una pequeña parte y comentarla entre todos. ¿Qué nos enseña? ¿Cómo ilumina este texto lo que hemos compartido sobre nuestras vidas? etc.

3. Un momento para CELEBRAR LA FE EN COMUNIDAD: Un momento de oración, de pedir por nuestras necesidades, de dar gracias, etc. Se puede tomar una oración que uno conozca y repetirla juntos. Se puede invitar a que cada uno ore en voz alta o se puede dirigir un momento de oración personal. Lo fundamental es tener un momento de oración compartida.

4. Un momento para COMPARTIR fraternalmente. Este momento sería para compartir un trozo de ponqué y una gaseosa. Durante este último momento se puede tener también un rato de esparcimiento sano, organizar algún juego, alguna dinámica, un momento para departir un rato.

Algunas sugerencias adicionales: 1) Cada momento de la reunión lo puede preparar una persona distinta cada vez. 2) No deberían ser momentos muy largos; una buena medida podría ser media hora cada momento. 3) Es muy importante ser muy puntuales para empezar y para terminar. 4) Sería bueno tener durante toda la reunión una velita o un cirio encendido en medio de la comunidad, representando a Cristo resucitado. Y también tener una Biblia colocada en un lugar especial, también como símbolo de la presencia del Señor en medio de la comunidad. A esto se pueden añadir flores, algún otro símbolo, dependiendo del tema que vayan a tratar, etc. 5) Hoy, la Iglesia se tiene que formar a partir de pequeñas comunidades en las que se pueda compartir la vida de cada uno de sus miembros. Sólo así podremos decir que el reino de Dios está cerca.

PERDIDOS EN LA CRISIS RELIGIOSA

José Antonio Pagola

Vivimos tiempos de crisis religiosa. Parece que la fe va quedando como ahogada en la conciencia de no pocas personas, reprimida por la cultura moderna y por el estilo de vida del hombre de hoy. Pero, al mismo tiempo, es fácil observar que de nuevo se despierta en no pocos la búsqueda de sentido, el anhelo de una vida diferente, la necesidad de un Dios Amigo.

Es cierto que se ha extendido entre nosotros un escepticismo generalizado ante los grandes proyectos y las grandes palabras. Ya no tienen eco los discursos religiosos que ofrecen «salvación» o «redención». Ha disminuido, hasta casi desaparecer, la esperanza misma de que pueda realmente oírse en alguna parte una Buena Noticia para la humanidad.

Al mismo tiempo crece en no pocos la sensación de que hemos perdido la dirección acertada. Algo se hunde bajo nuestros pies. Nos estamos quedando sin metas ni puntos de referencia. Nos damos cuenta de que podemos solucionar «problemas», pero que somos cada vez menos capaces de resolver «el problema» de la vida. ¿No estamos más necesitados que nunca de salvación?

Vivimos también tiempos de «fragmentación». La vida se ha atomizado. Cada uno vive en su compartimento. Queda muy lejos aquel humanismo que buscaba la verdad y el sentido de totalidad. Hoy no se escucha a quien sabe de la vida, sino al especialista que sabe mucho de una parcela, pero lo ignora todo sobre el sentido de la existencia.

Al mismo tiempo, no pocas personas comienzan a sentirse mal en este mundo vertiginoso de datos, informaciones y cifras. No podemos evitar los interrogantes eternos del ser humano. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿No hay dónde encontrar un sentido último a la vida?

Son también tiempos de pragmatismo científico. El hombre moderno ha decidido (no se sabe por qué) que solo existe lo que puede comprobar la ciencia. No hay más. Lo que a ella se le escapa, sencillamente no existe. Naturalmente, en este planteamiento tan simple como poco científico, Dios no tiene cabida, y la fe religiosa queda relegada al mundo desfasado de los no progresistas.

Sin embargo, son muchos los que van tomando conciencia de que este planteamiento se queda muy corto, pues no responde a la realidad. La vida no es un «gran mecano», ni el hombre solo «una pieza» de un mundo que pueda ser desentrañado por la ciencia. Por todas partes se presiente el misterio: en el interior del ser humano, en la inmensidad del cosmos, en la historia de la humanidad.

Por eso surge de nuevo la sospecha: ¿no serán justamente las «cuestiones» sobre las que la ciencia guarda silencio las que constituyen el sentido de la vida? ¿No será un grave error olvidar la respuesta al misterio de la existencia? ¿No es una tragedia prescindir tan ingenuamente de Dios? Mientras tanto siguen ahí las palabras de Jesús: «Convertíos, porque está cerca el reino de Dios».

 

SIEMPRE DEBO ESTAR CAMBIANDO DE MENTE

Fray Marcos

Todo Mateo deja claro que Jesús comienza su actividad lejos del templo, de las autoridades religiosas, desligado de toda conexión con la institución. Pero también deja claro que la predicación de Jesús es continuación de la de Juan: arrepentíos, está cerca el Reino.

Arrepentíos. El primer significado del “metanoeo” griego no es arrepentirse ni hacer penitencia sino cambiar de opinión, rectificar, cambiar de mentalidad. Si cambias de mentalidad, cambiarás de rumbo. Al traducirlo por arrepentirse, suponemos que la actitud anterior era pecaminosa. Y entonces solo se tiene que convertir el “pecador”.

Todos tenemos que estar cambiando de mentalidad. Convertirse es rectificar el camino que llevo, cuando me he dado cuenta de que la meta no está en esa dirección. Muchas veces no es posible descubrir que una senda es equivocada, hasta que no la hemos recorrido. El mayor peligro es estar convencido de que no tengo nada que rectificar.

Está cerca el Reino. Para ver la dificultad basta recordar algún texto evangélico: no está aquí ni está allá, está dentro de vosotros; mi Reino no es de este mundo. No debemos traducirlo por ‘está’, el Reino no es una realidad estática sino dinámica. La Vulgata lo traduce por “appropinquavit” que significa acercarse. El verbo “hggizw” significa estar cerca y acercarse. Los primeros cristianos decían: ya pero todavía no.

Reino de los Cielos. Los demás evangelis­tas (también alguna vez Mateo) hablan de "el Reino de Dios". Decían ‘de los cielos’, para evitar el nombre ‘Dios’. En el NT, fuera de los evangelios, se habla del Reino de Cristo. Expresión muy peligrosa porque nos induce pensar que Jesús es el dueño, olvidando que Jesús nunca se predicó a sí mismo.

Es imposible definir lo que es el Reino de Dios porque no es nada concreto. En el evangelio nunca se define, aunque fue el núcleo de la predicación de Jesús. Si no reina el amor no reina Dios. Jesús fue la más fiel manifestación del Reino que es Dios.

La palabra griega “basileia” se puede referir al poder que un rey tiene (reinado). Puede significar el territorio o puede significar el conjunto de los súbditos (reino). Ninguno expresa lo que Dios es. Porque no hay ningún rey, menos todopoderoso. Porque Dios nunca hace o deshace. Porque Dios no tiene súbditos a quienes gobernar.       

Es imposible entender esta expresión si no salimos de la idea de un dios soberano, todopoderoso, que desde su trono en el cielo gobierna el universo. Dios es Espíritu. Cuando decimos: Reina la paz, reina la oscuridad o reina el amor, no pensamos en entes que dominan alguna parte de la realidad sino en un ámbito en el que se desarrolla algo.    

Reinado de Dios quiere decir que el ser humano desarrolla lo que tiene de divino. Significa que ha tomado conciencia de lo divino presente en él. Es la atmósfera en que la relación humana consigo, con los demás y con las cosas se despliegan en total armonía.

Entrar en el Reino es tomar conciencia de esa realidad de Dios en mí y actuar en consecuencia. Hoy está clara esta dinámica. El Reino lo manifiesta el que cura, no en el curado. Es Jesús al curar quien hace presente a Dios, no el ciego cuando es curado.

El Reinado de Dios significa la radical fidelidad de Dios al hombre. La realidad primera de ese Reino la constituye Dios, no nosotros. No es una realidad que hace referencia al hombre, sino a Dios. Esto sí que es una “buena noticia”, la mejor que podrían darnos.

El hombre, para ser fiel a Dios no tiene que renunciar a sí mismo, al contrario, la única manera de ser él mismo es descubrir lo que Dios es en él. En cuanto pone su fin fuera de Dios, el hombre falla estrepitosamente a su verdadero ser y no hay ya posibilidad de ser fiel ni a Dios ni a sí mismo. Solo si soy fiel a mí mismo puedo ser fiel a Dios.


jueves, 15 de enero de 2026

II Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

 II Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A enero 18, 2026 
Isaías 49, 3.5-6 / Salmo 39 / 1 Corintios 1, 1-3



Durante el Tiempo Ordinario, estaremos conociendo quién es Jesús, y cómo es que cumple con la misión salvadora, a través de contemplarlo en sus palabras y acciones …

Evangelio según san Juan 1, 29-34

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

Reflexión:

¿Cómo conocer internamente Jesús?

La Biblia, compendio de setenta y tres libros, nos narran la historia de salvación de la humanidad; en el Antiguo Testamento, se narra la historia de la creación del mundo, la relación de Dios con el pueblo de Israel (el pueblo elegido) y la revelación del plan de redención para la humanidad, por parte de Dios.

A través de los profetas, el Antiguo Testamento transmite los mensajes de Dios al pueblo, denunciando la injusticia, llamando al arrepentimiento y anunciando la venida de un Mesías (salvador) que restauraría la relación con Dios de forma permanente. 

Hoy escuchamos en palabras de Isaías, como señalaba la venida del Sirvo de Dios, como “luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra”, a quien el pueblo judío estaba esperando. Hoy sabemos que hablaba de Jesús, por lo que nos dice el Evangelio (que está en el Nuevo Testamento de la Biblia), sobre su bautismo, y cómo se posó sobre Él, el Espíritu de Dios y la voz (del Padre) dijo “Este es mi Hijo muy amada, en quien tengo mis complacencias”.

Juan, en el Evangelio de hoy, confirma que es Jesús “…el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” … y da testimonio de que es Jesús, el Hijo de Dios.

Al igual que Juan, cada uno de nosotros estamos llamados a conocer a Jesús, a aceptarlo como el Salvador de la humanidad, pues quita el pecado del mundo.

Quitar el pecado, es eliminar lo que provoca distanciamiento o enemistad entre las personas y naciones; quitar de nuestro corazón las intenciones y acciones que nos dividen y alejan de la fraternidad, es la misión del Jesús.

Conocer a Jesús, es saber de qué manera nos propone ser constructores de fraternidad y unidad; conocerlo es reconocerlo e identificarme con Él y su proyecto de vida. En los Ejercicios Espirituales Ignacianos, en la segunda etapa, el proceso espiritual es para conocer “internamente a Jesús”, para que, enamorarnos de su proyecto, lo sigamos y seamos colaboradores en su misión salvadora.

Conociendo a Jesús, podremos reflejar, a su imagen y semejanza, el deseo de Dios que “tengamos una vida que valga la pena”, colaborando con Él, echando una mano, principalmente a los más débiles de la sociedad, que son oprimidos por quienes, por sus pecados (malas elecciones), los hacen sufrir.

Quitar el pecado del mundo, es el camino para salvarnos, sanarnos y reintegrarnos al pueblo de hijos de Dios. Cada uno de nosotros estamos llamados a conocer a Jesús, aprender de Él y poner en práctica sus enseñanzas, para ser testigos vivos del amor creador y salvador de Dios.

¿Cómo reconocer al Hijo de Dios, hoy?... ¿Qué resistencias internas tengo, para dar testimonio de Jesús?... ¿Cuál creo sea la misión que Dios me confía?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

II Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 II Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A enero 18, 2026 
Isaías 49, 3.5-6 / Salmo 39 / 1 Corintios 1, 1-3


Evangelio según san Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

En tiempos en que el poder pretende erigirse como "dios", en que las mentiras constituyen tinieblas densas que nos envuelven y en que la desvergüenza se exhibe como bandera, podemos con el salmista exclamar: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad".

Confiar en Dios, dejar que de nuestra boca solo salgan "cantos nuevos", que nuestros oídos sepan escuchar y colocar en nuestro corazón la ley de Dios —el amor—, nos hace no ser solo seguidores, sino testigos del Señor.

Para ser testigo, hay que tener fresca la memoria y ese es un buen ejercicio hoy: recordar dónde, cuándo y cómo te has encontrado con el Señor y cómo Él ha sido luz que disipó tinieblas, fuerza que te restableció, salvación que te rescató.

La memoria agradecida permite responder a la llamada de ser testigos hoy de que Dios es amor, que la Verdad libera y que el respeto y el cuidado tienen mucho valor. No perdamos la esperanza y seamos los testigos que el mundo necesita hoy. #FelizDomingo

(...) soy testigo de que es el Hijo de Dios

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 En una vieja historia se habla de una vendedora de manzanas. La buena mujer acudía cada mañana al mercado a vender su mercancía. Pero pasadas las horas apenas lograba vender algún kilo. Con el paso del tiempo el poco éxito de sus ventas hizo que la mujer se fuera desanimando. Una mañana se acercó un joven a su puesto. Al verla triste y desanimada le preguntó qué le pasaba. “Ya ves –respondió la mujer– cada mañana acudo a este mercado a vender mis manzanas pero cuando la tarde cae apenas he logrado vender algún kilo. Mis manzanas no deben ser buenas”. 

De repente y sin que nadie se lo pidiera el joven comenzó a gritar: “Compren, compren las mejores manzanas de la huerta. Recién recogidas para llevarlas a su mesa... compren”. Al sonido de los gritos se fueron formando corros de personas alrededor de la vendedora y muchas personas pedían ansiosamente algunos kilos de manzanas. Al cabo de pocas horas la mujer había vendido toda su mercancía. “¿Cómo lo has hecho?” –preguntó la mujer– “Durante muchas semanas he acudido a este mercado y no he logrado vender mi mercancía y tú en solo un par de horas has logrado vender más de lo que yo he vendido a lo largo de todo ese tiempo”. “Ha sido muy fácil” –respondió el joven– tus manzanas eran muy buenas, pero ni tu ni ellos lo sabían. Alguien tenía que decírselo. 

Cuando Juan el Bautista vio a Jesús que se acercaba a él, dijo: “¡Miren, ese es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! A él me refería yo cuando dije: ‘Después de mí viene uno que es más importante que yo, porque existía antes que yo’. Yo mismo no sabía quién era; pero he venido bautizando con agua precisamente para que el pueblo de Israel lo conozca. Juan también declaró: “He visto al Espíritu Santo bajar del cielo como una paloma y reposar sobre él. Yo todavía no sabía quién era; pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y reposa, es el que bautiza con Espíritu Santo’. Yo ya lo he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios”. 

Cuando hemos experimentado la salvación que nos trae el encuentro con Jesús, sentimos la imperiosa necesidad de anunciarlo a los demás. Tenemos la obligación de contarle a otros lo que hemos experimentado en carne propia. Evidentemente, esto tenemos que hacerlo con nuestro testimonio de vida, pero también con nuestras palabras. Callarnos y no compartir con las personas que nos rodean esta riqueza, es contradictorio. Muchas personas esperan de nosotros un anuncio explícito, y no sólo una presencia testimonial. Como las manzanas, la noticia que tenemos es muy buena, pero alguien tiene que decirlo. ¡Adelante! Seguro que hay muchas personas que están esperando.


AMAR LA VIDA

José Antonio Pagola

La gente no quiere oír hablar de espiritualidad, porque no sabe lo que encierra esta palabra; ignora que significa más que religiosidad, y que no se identifica con lo que tradicionalmente se entiende por piedad. «Espiritualidad» quiere decir vivir una «relación vital» con el Espíritu de Dios, y esto solo es posible cuando se experimenta a Dios como «fuente de vida» en cada experiencia humana.

Como ha expuesto Jürgen Moltmann, vivir en contacto con el Espíritu de Dios «no conduce a una espiritualidad que prescinde de los sentidos, vuelta hacia dentro, enemiga del cuerpo, apartada del mundo, sino a una nueva vitalidad del amor a la vida». Frente a lo muerto, lo petrificado o lo insensible, el Espíritu despierta siempre el amor a la vida. Por eso, vivir «espiritualmente» es «vivir contra la muerte», afirmar la vida a pesar de la debilidad, el miedo, la enfermedad o la culpa. Quien vive abierto al Espíritu de Dios vibra con todo lo que hace crecer la vida y se rebela contra lo que la hace daño y la mata.

Este amor a la vida genera una alegría diferente, enseña a vivir de manera amistosa y abierta, en paz con todos, dándonos vida unos a otros, acompañándonos en la tarea de hacernos la vida más digna y dichosa. A esta energía vital que el Espíritu infunde en la persona, Jürgen Moltmann se atreve a llamar «energía erotizante», pues hace vivir de manera gozosa, atractiva y seductora.

Esta experiencia espiritual dilata el corazón: comenzamos a sentir que nuestras expectativas y anhelos más hondos se mezclan con las promesas de Dios; nuestra vida finita y limitada se abre a lo infinito. Entonces descubrimos también que «santificar la vida» no es moralizarla, sino vivirla desde el Espíritu Santo, es decir, verla y amarla como Dios la ve y la ama: buena, digna y bella, abierta a la felicidad eterna.

Esta es, según el Bautista, la gran misión de Cristo: «bautizarnos con Espíritu Santo», enseñarnos a vivir en contacto con el Espíritu. Solo esto nos puede liberar de una manera triste y raquítica de entender y vivir la fe en Dios.

 

JESÚS NOS LIBRÓ DE TODA OPRESIÓN

Fray Marcos

Todo lo que nos dice Juan del Bautista es sorprendente e indica una relación especial de esa comunidad con él. Seguramente había en aquella comunidad seguidores del Bautista. Juan pone en labios del Bautista la cristología de su comunidad como base y fundamento de la comprensión de Jesús que va a desplegar en su evangelio.

Juan quiere aclarar que no hay rivalidad entre Jesús y el Bautista. Para ello nos presenta un Bautista totalmente integrado al plan de salvación de Dios. Su tarea es la de preparar el camino al Mesías. Juan no narra el bautismo en sí, va directamente al grano y nos habla del Espíritu, que es lo importante en todos los relatos del bautismo.

"El cordero de Dios". Juan propone a Jesús preexistente, portador del Espíritu e Hijo de Dios. No se puede decir más. Está claro que se está reflejando aquí setenta años de evolución cristología en la comunidad. Es una pena que después, hayamos interpretado tan mal el intento de comunicarnos esa profunda experiencia.

Es difícil precisar lo que “cordero” significaba para aquella comunidad. Podían entenderlo en sentido apocalíptico: un cordero victorioso que aniquilará definitivamente el mal (la bestia). Este concepto encajaría con las ideas del Bautista; pero no con las de Jesús.

Podían entenderlo como el Siervo doliente. Juan interpretó la figura del Siervo, aplicada al Jesús, pero nunca con sentido expiatorio. Sería el cordero pascual, que era signo de la liberación de Egipto, pero sin connotación sacrificial. Cristo nos libera de la esclavitud.

“Que quita el pecado del mundo”. En el evangelio de Juan, pecado es la opresión de un hombre sobre otro. Así se entiende la actitud de Jesús con los pecadores. Cuando dice: tus pecados están perdonados, nos dice que no hay nada que perdonar. Jesús quita el pecado del mundo, no muriendo, sino viviendo el servicio incondicional a todos.

La palabra más usada en la Biblia para indicar “pecado” significa errar el blanco. No se trata de mala voluntad como lo entendemos hoy. En el evangelio de Juan, “pecado del mundo” tiene un significado muy preciso. Se trata de la opresión que un ser humano ejerce sobre otro. El pecado es siempre colectivo. Si hay pecado hay opresor y víctima.

El modo de “quitar” este pecado, no es una muerte expiatoria. Esta manera de entender la salvación de Jesús es consecuencia de una idea arcaica de Dios. Estamos ante la idea de un dios externo, soberano, justiciero y tirano. Nada que ver con la experiencia del Abba de Jesús. El “pecado del mundo” no tiene que ser expiado, sino eliminado.

Jesús salvó al ser humano, suprimiendo de su propia vida toda opresión que impida el proyecto de creación definitiva del hombre. Jesús nos salvó, ayudando a todos los oprimidos a salir de su opresión. Un mandamiento, el amor. Un pecado, la opresión.

No tenemos que oprimir a nadie de ningún modo. No tengo que dejarme oprimir. Tengo que ayudar a todos a salir de cualquier clase de opresión. Tengo que seguir suprimiendo el pecado del mundo. Si no estoy dispuesto, no solo a no oprimir sino a liberar al oprimido, es que no me he enterado del mensaje.

En el mundo en que vivimos, si no explotas te explotan; si no estás por encima de los demás, los demás ten pisotearán. Esta postura obedece al puro instinto y no te lleva a la plenitud. Debo descubrir que sufrir la injusticia es más humano que cometerla.

Es el oprimir al otro, no que intenten oprimirme, lo que me destroza como ser humano. Jesús prefirió que le mataran antes de imponerse a los demás. Esta es la clave que no queremos descubrir, porque nos obligaría a cambiar nuestras actitudes para con los demás. Cuando me impongo a los demás no soy más sino menos.

miércoles, 7 de enero de 2026

BAUTISMO DEL SEÑOR -A- (Reflexión)

 BAUTISMO DEL SEÑOR Ciclo A enero 11, 2026 
Isaías 42, 1-4.6-7 / Salmo 28 / Hech 10, 34-38


Con el Bautismo de Jesús, cerramos el tiempo de Navidad, y damos el inicio al tiempo litúrgico ordinario, para conocer a Jesús en su vida pública y cómo lleva al cabo su misión salvadora, por nosotros…

Evangelio según san Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. Entonces Juan accedió a bautizarlo.

Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.

Reflexión:

¿Quién es Jesús?

Jesús, vivió y creció en una vida “ordinaria”, de acuerdo con la cultura de su tiempo. En ella, fue aprendiendo, experimentando y descubriendo quien era él, el poder darse cuenta de cuál era su misión.

Le llevó casi treinta años el “descubrirse”, “cuestionarse” y “aprender” a vivir. Me imagino que ponía atención, observaba, reflexionaba y oraba lo que iba experimentando; al mirar a Juan, el Bautista, su primo, escuchar su predicación y contemplar a las personas que lo seguían y se bautizaban, decidió también hacerlo, como uno más del pueblo de Dios.

Comencemos la reflexión, recordando el significado de palabra Bautismo: proviene del griego baptizein (βάπτειν), que significa "sumergir" o "introducir dentro del agua", y eso es lo que Juan hacía con el rito del bautismo, la inmersión completa de las personas en el río Jordán, para la purificación de los pecados y el renacimiento, que representa la muerte de la "vida antigua" pecaminosa y el nacimiento a una "vida nueva".

Jesús, al acercarse, haciendo fila, como uno de tantos para ser bautizado, lo hace para, junto a quien viene a salvar, iniciar una nueva vida, y cumplir con su misión. Para Jesús fue un momento fundante, “un instante crucial y concreto en la vida de una persona o en la historia de un grupo que marca un antes y un después, definiendo o redefiniendo su identidad, propósito o camino, como una experiencia transformadora que "cimenta" su existencia y sentido, a menudo relacionado con vocaciones, crisis existenciales o descubrimientos profundos” (cfr. Revista Christus). 

Al ser bautizado, Jesús es confirmado como el Hijo de Dios: Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”, dando así cumplimiento a la profecía “Miren a mi siervo, a quien sostengo, a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi espíritu para que haga brillar la justicia sobre las naciones…” (Is 42, 1-4)

También nosotros como católicos, cuando somos bautizados, aunque todavía pequeños, “somos hechos hijos, en el Hijo”, en otras palabras, somos incorporados al Cuerpo Místico de Cristo, metáfora bíblica, popularizada por San Pablo y la teología católica, que describe a la Iglesia como un cuerpo espiritual único, donde Jesucristo es la cabeza y todos los creyentes son sus miembros, unidos por el Espíritu Santo para formar una sola comunidad.

Hoy, el bautismo de Jesús, nos invita a festejar lo que somos y nuestra misión (única) dentro de la Iglesia. Habremos también de tomar conciencia de lo que implica y como al reconocernos también hijos de Dios, tendremos que ser colaboradores en la misión salvadora y reflejando que fuimos hechos a su “imagen y semejanza”, para entonces aprender de Jesús y poder … “andar por la vida, haciendo el bien y sanado a los oprimidos por el mal” (cfr. Hech 10, 38)

¿Cuándo fui bautizado y quiénes fueron mis padrinos?... ¿Qué tan consciente soy de ser hijo de Dios?... ¿Conozco mi misión, como bautizado?

 

Alfredo Aguilar Pelayo 
#RecursosParaVivirMejor 

 

Columna publicada en: https://tinyurl.com/BNenElHeraldoSLP 

BAUTISMO DEL SEÑOR -Ciclo A- (Profundizar)

 BAUTISMO DEL SEÑOR Ciclo A enero 11, 2026 
Isaías 42, 1-4.6-7 / Salmo 28 / Hech 10, 34-38


Evangelio según san Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. Entonces Juan accedió a bautizarlo.

Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


   #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Jesús llega a bautizarse, los cielos se abren y escucha que es el Hijo muy amado y que el Padre se complace en él. La certeza de su filiación y del amor le llevarán a compartir filiación y amor, y a vivir con un corazón "contentado", como el de Dios; por ello será el amoroso, el esperanzado; será alianza y luz, abrirá los ojos y liberará a los cautivos y a los que habitan en tinieblas, a la gente sin luz.

La certeza del amor nos hace no romper lo que está doblado; nos hace creer que se puede volver a encender lo que aún humea. Y todo esto es lo que da "contentamiento" a Dios.

Sin la experiencia de filiación, es decir, de pertenecer libremente en el amor, hay inseguridad; entonces nos volvemos esclavos sumisos mendigando aceptación, y gritamos porque creemos que no nos quieren escuchar. Porque no amamos, rompemos lo débil y declaramos apagado lo que todavía puede volver a brillar.

En este domingo del Bautismo del Señor, hagamos memoria del amor, hagamos memoria de nuestras filiaciones. ¿Quiénes te han amado gratuitamente? ¿A quiénes perteneces por puro amor? ¿Cuándo has estado "doblado" y Dios, el Padre amoroso, te levantó? ¿Cuándo eras ya "mecha humeante" y el Señor reavivó tu llama? Pidamos a Dios que nos ayude a recordar y agradecer nuestras experiencias de amor, que aleje de nosotros cualquier tentación de ser violentos y vivamos siempre en la esperanza y el amor. #FelizDomingo 


“Jesús fue de Galilea al río Jordán, donde estaba Juan (...)”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Después de haber pasado treinta años de su vida en el anonimato de Nazaret, dedicado a los trabajos ordinarios y sencillos de una vida campesina, Jesús decidió un día, dejar atrás sus pequeñas seguridades y ponerse en camino hacia el sur, junto al río Jordán, donde Juan estaba bautizando. Se despidió de los suyos y se lanzó a una aventura de la cual no regresaría más. Tomó una decisión que resultó ser trascendental para su vida y para la nuestra. Por eso, vale la pena preguntarse ¿Qué fue lo que llevó a Jesús a tomar esta decisión? ¿Qué esperaba encontrar con el bautismo de Juan? ¿Cuáles fueron los sentimientos que lo acompañaron durante este recorrido de más de cien kilómetros desde Nazaret hasta el lugar donde recibió su bautismo? ¿Fue un viaje solitario o lo hizo en compañía de algunos amigos y amigas que también buscaban lo mismo?

Seguramente a Nazaret llegaron las noticias de lo que Juan el Bautista estaba haciendo en un recodo del río Jordán, cerca de Betabara: Invitaba a los pecadores a cambiar de vida, a preparar los caminos del Señor. La llegada del Mesías era algo que todos los israelitas habían esperado con impaciencia durante muchos años. Todos esperaban al Ungido de Dios que liberaría a Israel de la dominación romana y les devolvería la libertad. Haría de ellos una gran nación. Los guiaría en la construcción de una sociedad que fuera sólo de Dios. Muchos de los estudiosos de la Biblia se preguntan si Jesús tenía en este momento de su vida una conciencia plena de su misión, o si la fue descubriendo poco a poco, a través de los mismos acontecimientos históricos que siguieron, a partir de esta decisión.

Todos nosotros, en un momento u otro de nuestra vida, sentimos la llamada a reorientar nuestro camino. Tuvimos que tomar la decisión de dejar atrás los espacios y las personas conocidas que formaban nuestro entorno vital. Dirigimos nuestros pasos hacia rumbos desconocidos, sobre los cuales no estábamos totalmente seguros. Nos aventuramos a establecer nuevas relaciones, nuevas prácticas, nuevas formas de comunicación con nuestro entorno, nuevas formas de pensar la misma realidad. Caminamos hacia lo desconocido confiados en la promesa y en la fidelidad de Dios. Por Él y en Él, nos fuimos a descubrir nuevos horizontes. De la mano de Dios también salió Jesús de Nazaret y fue a bautizarse junto con todos los pecadores y pecadoras de su tiempo, que acudían a recibir el baño regenerador del bautismo de Juan.

Ver a Jesús dirigirse hacia lo desconocido, confiado solamente en la cercanía de su Padre Dios, nos anima a emprender también un camino nuevo cada día, con la confianza de que Dios nos acompañará y repetirá de nuevo lo que el mismo Jesús escuchó en el Jordán: “Este es mi hijo amado, a quien he elegido”.

 

¿A QUIÉN ADORAMOS?

José Antonio Pagola

Jesús no es un hombre vacío ni disperso interiormente. No actúa por aquellas aldeas de Galilea de manera arbitraria ni movido por cualquier interés. Los evangelios dejan claro desde el principio que Jesús vive y actúa movido por «el Espíritu de Dios». 

No quieren que se le confunda con cualquier «maestro de la ley», preocupado por introducir más orden en el comportamiento de Israel. No quieren que se le identifique con un falso profeta, dispuesto a buscar un equilibrio entre la religión del templo y el poder de Roma. 

Los evangelistas quieren, además, que nadie lo equipare con el Bautista. Que nadie lo vea como un simple discípulo y colaborador de aquel gran profeta del desierto. Jesús es «el Hijo amado» de Dios. Sobre él «desciende» el Espíritu de Dios. Solo él puede «bautizar» con Espíritu Santo. 

Según toda la tradición bíblica, el «Espíritu de Dios» es el aliento de Dios, que crea y sostiene la vida entera. La fuerza que Dios posee para renovar y transformar a los vivientes. Su energía amorosa que busca siempre lo mejor para sus hijos e hijas . 

Por eso Jesús se siente enviado no a condenar, destruir o maldecir, sino a curar, construir y bendecir. El Espíritu de Dios lo conduce a potenciar y mejorar la vida. Lleno de ese «Espíritu» bueno de Dios, se dedica a liberar a la gente de «espíritus malignos», que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar. 

Las primeras generaciones cristianas tenían muy claro lo que había sido Jesús. Así resumían el recuerdo que dejó grabado en sus seguidores: «Ungido por Dios con el Espíritu Santo… pasó por la vida haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hechos de los Apóstoles 10,38). 

Qué «espíritu» nos anima hoy a los seguidores de Jesús? ¿Cuál es la «pasión» que mueve a su Iglesia? ¿Cuál es la «mística» que hace vivir y actuar a nuestras comunidades? ¿Qué estamos poniendo en el mundo? Si el Espíritu de Jesús está en nosotros, viviremos «curando» a oprimidos, deprimidos o reprimidos por el mal.

 

CELEBRAMOS EL VERDADERO NACIMIENTO DE JESÚS

Fray Marcos

Empezamos el tiempo ordinario del año litúrgico. Este año recorreremos el evangelio de Mateo. Es lógico que empecemos con el primer relato importante de esa andadura, el bautismo de Jesús. El bautismo es el primer dato de la vida de Jesús que podemos considerar histórico con gran probabilidad. Sin duda fue muy importante para Jesús.
Hoy en las tres lecturas se habla del Espíritu (de Dios) como determinante de la presencia salvadora de Dios. La presencia de Dios en la historia se lleva a cabo siempre a través de su Espíritu. Dios no puede ser causa segunda. Actúa siempre desde lo hondo del ser y sin violentarlo. Por eso decimos que actúa como Espíritu.
Aunque fuera un hecho histórico, la manera de contarlo nos lleva más allá de una crónica de sucesos. Lo narran los tres sinópticos. Hechos alude a él varias veces y Juan hace referencia a él como dato conocido. Si a pesar de las dificultades de encajarlo, se narra en todos los evangelios, es que era una tradición muy antigua.
El relato intenta concentrar en un momento, lo que fue un proceso que duró toda la vida de Jesús. En ningún momento concreto quedó definitivamente clara su trayectoria. No tiene lógica que un simple bautismo marque el punto de inflexión en su vida. Aceptar el bautismo de Juan era aceptar su doctrina y su actitud vital.
El brevísimo diálogo entre Jesús y Juan rompe todos los esquemas del mesianismo judío. No es el bautizar a Jesús lo que le cuesta aceptar al Bautista, sino el significado de su bautismo. Es muy probable que Jesús fuera discípulo de Juan y que no solo se vio atraído por su doctrina, sino que formó parte del grupo de seguidores.
Con sus constantes referencias al AT, Mateo quiere dejar claro que toda la posible comprensión de la figura de Jesús tiene que partir del AT. La manera de hablar es simbólica. Todo pasó en el interior de Jesús. Lucas nos dice: “y mientras oraba...”
Jesús no fue un extraterrestre, dispensado de la trayectoria que todo ser humano tiene que recorrer para alcanzar su plenitud. Los primeros cristianos tomaron muy en serio la humanidad de Jesús. Jesús necesitó aclarar sus ideas sobre Dios y sobre él.
Dios llega siempre desde dentro, no desde fuera. El centro del mensaje de Jesús consiste en invitar a todos los hombres a tener la misma experiencia de Dios, que él tuvo. Después de esa experiencia, Jesús ve con toda claridad que esa es la meta de cualquier ser humano y puede decir a Nicodemo: “hay que nacer de nuevo”.
Los cielos que se abren eran la esperanza de todo el AT. (Is 63,16) “¡Ah si se rasgasen los cielos y descendieses!” La comunicación entre lo divino y lo humano se había interrumpida por culpa de la infidelidad del pueblo. Ahora es posible gracias a la fidelidad de Jesús. La distancia entre Dios y el Hombre queda superada para siempre.
Estamos celebrando el verdadero nacimiento de Jesús. Y éste sí que ha tenido lugar por obra del Espíritu Santo. Dejándose llevar por el Espíritu, se encamina él mismo hacia la plenitud humana, marcándonos el camino de nuestra propia plenitud. Pero tenemos que ser muy conscientes de que, solo naciendo de nuevo, naciendo del Espíritu, podremos desplegar todas nuestras posibilidades humanas.
La presencia de Dios en el hombre tiene que darse en aquello que tiene de específicamente humano; no puede ser una inconsciente presencia mecánica. Dios está en todas las criaturas como la base y el fundamento de su ser, pero solo el ser humano puede tomar conciencia de esa realidad y vivirla. Esto es su meta y objetivo último. Jesús consiguió esa meta e intentó que todos la consigamos también.

III Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Reflexión)

  III Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – enero 25, 2026  Isaías 8, 23-9,3 / Salmo 26 / 1 Corintios 1, 10 -13.17 Evangelio según san...