Josué 5, 9a.
10-12; Salmo 33; Corintios 5, 17-21
Evangelio según
san Lucas
15,1-3.11-32
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publícanos y
los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas
murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”.
Jesús
les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de
ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y
él les repartió los bienes.
No
muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país
lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de
malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a
padecer necesidad.
Entonces
fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus
campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los
cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. Se puso entonces a reflexionar y
se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo,
aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré:
Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Recíbeme como a uno de tus trabajadores’. Enseguida se puso en camino hacia la
casa de su padre.
Estaba
todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió
hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le
dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme
hijo tuyo’. Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica
más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies;
traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este
hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos
encontrado’. Y empezó el banquete.
El hijo
mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música
y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba.
Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro
gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no
quería entrar.
Salió
entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo
que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca
ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo,
que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro
gordo’.
El padre
repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era
necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y
ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’
”.
Reflexiones Buena Nueva
#Microhomilia
Es el hambre la que nos hace regresar; es la misericordia la que nos hace nacer de nuevo.
El hijo menor, cree que con lo que ha exigido y recibido de su padre le basta; cree que puede irse de casa y valerse por si mismo. Mientras tiene los bolsillos llenos, no se arrepiente de nada y cree que no necesita nada; es hasta que se queda sin nada y le envuelve la humillación y el hambre, cuando por estrategia elige regresar a la casa del padre, con la conciencia que quizás ya no será hijo, sino sólo siervo.
El hijo regresa, hambriento y descalzo, el padre no sólo lo recibe, sino que sale a su encuentro; sin castigos ni reclamos lo abraza y lleno de misericordia lo devuelve a su condición de Hijo.
Así nos suele pasar a nosotros: creemos que podemos vivir sin Dios. Mientras nuestros "bolsillos" están llenos, ni memoria de nuestro Padre tenemos. Es la necesidad, el vacío o el hambre lo que nos hace volver. Y cada vez que volvemos nos encontramos con Dios Padre, Misericordia, que nos recibe y restaura en nuestra dignidad de hijas e hijos de nuevo.
En esta Cuaresma, repasemos las historias que nos confirman que sin Dios no podemos, y que cuando regresamos, Él no acoge y su misericordia nos hace hombres y mujeres nuevos. Es tiempo de reconocer y volver a la casa de nuestro Padre Bueno.
#FelizDomingo
“Así que se puso en camino y regresó a la casa de su padre”
Un hombre El P. Ignacio Rosero, quien murió hace algunos años en Bucaramanga, fue un jesuita pastuso que trabajó muchos años en una parroquia de Barrancabermeja; cambió el frío de San Juan de Pasto por el calor ardiente del Magdalena Medio. Un hombre con un carisma particular; sabía hablar a las multitudes y orientarlas para que pudieran tener todos un encuentro cercano con el Señor. Fui a colaborar con él varias veces durante mi formación y siempre me impactó la profundidad de sus palabras y la experiencia de Dios que transmitía en sus eucaristías. Recuerdo cómo dirigía la procesión del Via Crucis a través de una emisora de radio, sin necesidad de moverse del despacho parroquial. Conocía de tal manera el recorrido y los incidentes del camino doloroso de su pueblo barranqueño, que podía adivinar lo que iba pasando en la procesión, aunque lo que tuviera delante fuera solamente un micrófono y su escritorio revuelto de papeles.
Todos los sacerdotes, las religiosas, los religiosos, el mismo Papa y los obispos hacen cada año una semana de Ejercicios Espirituales. Muchos laicos y laicas también suelen hacer anualmente esta experiencia espiritual. Algunos los hacemos según la metodología creada por san Ignacio de Loyola; otros buscan otros métodos. Lo que se pretende, en último término, es renovar la experiencia de Dios que fundamenta la vida de fe del creyente.
Desde luego el P. Rosero también hacía sus Ejercicios Espirituales anualmente. Una vez le oí decir que había hecho la experiencia cambiando un poco el método. Se había venido para Bogotá y había ido a vivir al Colegio Mayor de san Bartolomé, en el centro de la ciudad. Dejó de celebrar la eucaristía durante ocho días, dejó la oración, el rezo del Oficio Divino y se dedicó ocho días a pasear por el centro, a caminar por los alrededores del colegio; fue a cine, visitó familias amigas... Él mismo contaba que al final de esos ocho días tenía un hambre de Dios muy grande y que pudo regresar a su parroquia en Barrancabermeja, completamente renovado y lleno de Dios. Es decir, hizo los Ejercicios Espirituales por nostalgia de Dios.
No quisiera comparar al P. Rosero con el hijo pródigo, pero sí me llama la atención que esta parábola, que cuenta Jesús a los fariseos y maestros de la ley que criticaban su cercanía a los pecadores, tiene como característica que el hijo descarriado vuelve a casa, precisamente, porque en la distancia, siente nostalgia de la vida junto a su padre: “Al fin se puso a pensar: ‘¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! Regresaré a casa de mi padre, y le diré: Padre mío, he pecado contra el Dios y contra ti; ya no merezco llamarme tu hijo; trátame como a uno de tus trabajadores’. Así que se puso en camino y regresó a la casa de su padre”.
Al llegar a la casa y escuchar la música, el hijo mayor sintió envidia y celos por la fiesta que había organizado su papá: “Pero tanto se enojó el hermano mayor, que no quería entrar, así que su padre tuvo que salir a rogarle que lo hiciera”. Volver a casa por la nostalgia de la vida junto al padre, es lo que motivó al hijo pródigo a regresar. Muchas veces también nosotros nos renovamos interiormente porque sentimos el hastío de una vida alejada de Dios. El camino que escogió el P. Rosero, ese año por lo menos, fue el mismo. No deberíamos sentir envidia de los que hacen así el camino de regreso a la casa de Dios, sino alegrarnos porque también este puede ser nuestro camino.
CÓMO
EXPERIMENTA JESÚS A DIOS
No quería Jesús que las gentes de Galilea sintieran a Dios como un rey,
un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre increíblemente bueno. En
la parábola del «padre bueno» les hizo ver cómo imaginaba él a Dios.
Dios es como un padre que no piensa en su propia herencia. Respeta las
decisiones de sus hijos. No se ofende cuando uno de ellos le da por «muerto» y
le pide su parte de la herencia.
Lo ve partir de casa con tristeza, pero nunca lo olvida. Aquel hijo
siempre podrá volver a casa sin temor alguno. Cuando un día lo ve venir
hambriento y humillado, el padre «se conmueve», pierde el control y corre al
encuentro de su hijo.
Se olvida de su dignidad de «señor» de la familia, y lo abraza y besa
efusivamente como una madre. Interrumpe su confesión para ahorrarle más
humillaciones. Ya ha sufrido bastante. No necesita explicaciones para acogerlo
como hijo. No le impone castigo alguno. No le exige un ritual de purificación.
No parece sentir siquiera la necesidad de manifestarle su perdón. No hace
falta. Nunca ha dejado de amarlo. Siempre ha buscado para él lo mejor.
Él mismo se preocupa de que su hijo se sienta de nuevo bien. Le regala el
anillo de la casa y el mejor vestido. Ofrece una fiesta a todo el pueblo. Habrá
banquete, música y baile. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta buena
de la vida, no la diversión falsa que buscaba entre prostitutas paganas.
Así sentía Jesús a Dios y así lo repetiría también hoy a quienes viven
lejos de él y comienzan a verse como «perdidos» en medio de la vida. Cualquier
teología, predicación o catequesis que olvida esta parábola central de Jesús e
impide experimentar a Dios como un Padre respetuoso y bueno, que acoge a sus
hijos e hijas perdidos ofreciéndoles su perdón gratuito e incondicional, no
proviene de Jesús ni transmite su Buena Noticia de Dios.
SOY
HIJO MENOR, SOY, SOBRE TODO, HIJO MAYOR
La parábola no va dirigida a los pecadores, sino a los fariseos. Se trata de un relato ancestral presente en muchas culturas. Son tres arquetipos del subconsciente colectivo. Es un prodigio de conocimiento psicológico. Los tres personajes nos representan. Yo mismo tengo que ser el Padre que tiene que integrar y acoger todo lo que hay en él de imperfecto. Ser hijo no es vivir sometido al padre o renegando de él, sino identificarse con él.
El padre es nuestro verdadero ser, lo divino que somos y tenemos que
descubrir en lo hondo de nuestro ser. No hace referencia a un Dios que nos ama
desde fuera, sino a lo que hay de Dios en nosotros. Esa profunda realidad que
somos está siempre esperando abrazar todo lo que hay en nosotros. Es el fuego
del amor que espera fundir todo el hielo que hay en nosotros. Esa realidad
fundante nunca lucha contra nada, sino que lo integra todo.
El hijo menor es nuestra naturaleza egocéntrica y narcisista que nos
domina mientras no descubramos lo que somos. Es la ola que quiere
independizarse del océano, porque lo considera una cárcel. Quiere ser
"yo". Cree que lo que no es ella la puede aniquilar. De ahí, surge la
inseguridad. Tiene que retornar a su verdadero ser, porque lo que alcanza por
otro camino nunca podrá satisfacerle. Ser hijo menor es un mal trago que nunca
asimilará.
El hijo mayor representa también nuestro “ego”, pero un yo que ya ha
experimentado su verdadero ser; aunque no se ha identificado con él. Vive al
lado de su naturaleza esencial (el Padre), pero sigue aún apegado a su
naturaleza egocéntrica. De ahí que permanezca en la dualidad que le parte por
medio. El “yo” y el “ser verdadero” aún siguen separados. El Padre que ya ha
descubierto y acepta en el exterior, lo tendrá que descubrir en su interior.
El aparente buen comportamiento está motivado por el miedo a perder al
Padre externo. No es ninguna virtud sino una manifestación más de su egoísmo y
falta de seguridad en sí mismo. Le falta dar el último paso de desprendimiento
del ego e identificarse con lo que hay de divino en él, el Padre. Todos tenemos
que dejar de ser “hermano menor”, y “hermano mayor”, para convertirnos
finalmente en “Padre”.
La insistencia maniquea de nuestra religión en el pecado ha hecho que nos
sintamos hermano menor. Ninguno de los que vais a leer este escrito se debe
sentir hermano menor.
Todos tenemos más rasgos del mayor. Nos irrita que otra persona que se ha
portado mal, sea tan querida como nosotros. Rechazar al hermano es rechazar al
Padre. No solo no nos identificamos con el Padre, sino que intentamos que el
Padre se identifique con nosotros.
El padre espera a uno con paciencia durante mucho tiempo, sin dejar de
amarle en ningún momento; pero también sale a convencer al otro de que debe
entrar y debe alegrarse; demuestra así, en contra de lo que piensa y espera el
hermano mayor, que su amor es idéntico para uno y para otro. El Padre espera y
confía que los dos se den cuenta de su amor incondicional. Ese amor debía ser
el motivo de alegría para uno y para otro.
El objetivo de la parábola es llevarnos al Padre. No se trata de
imitarle. No hay por ahí fuera alguien a quien imitar. Yo tengo que convertirme
en Padre. Dios necesita de mí para existir y hacerse presente entre los seres
humanos. Vivir junto a Dios sin conocerlo es hacer de Él un ídolo. Lo malo de
esta opción es que seguiremos creyendo que caminamos en la verdadera dirección,
lo que hace mucho más difícil que podamos rectificar.