Evangelio según san Mateo 18, 21-35
En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi
hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”
Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un
rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron
le debía muchos talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo
vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la
deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten
paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor,
lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de
sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y
casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero
se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero
el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le
pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y
fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No
debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve
compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que
no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no
perdona de corazón a su hermano’’.
Para profundizar:
“”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
APOLOGÍA DEL PERDÓN
José Antonio Pagola
Casi siempre que he
escrito sobre el perdón he recibido cartas, por lo general anónimas, en que se
me acusaba de olvidar el sufrimiento de las víctimas del terrorismo, de no
entender la humillación de quien ha sido traicionado por su cónyuge, de no
«tener los pies sobre el suelo» y cosas semejantes.
No me resulta
difícil comprender esta resistencia al perdón. ¿Cómo no voy a intuir la rabia,
impotencia y dolor de quien ha sido víctima de la violencia, el desprecio o la
traición? Pero, precisamente, el resentimiento y la agresividad que se
advierten tras esas líneas me hacen ver con mayor claridad qué sería de un
mundo en que se suprimiera el perdón.
Hay un mecanismo de
defensa bien conocido por los psicólogos. En virtud de un «mimetismo
misterioso», quien ha sido víctima de una agresión tiende a su vez a imitar de
alguna manera a su agresor. Se trata de una reacción casi instintiva que se
desata en el inconsciente individual o colectivo y puede incluso transmitirse
de generación en generación.
Si, en algún
momento, no se produce una reacción de signo contrario, el mal tiende a
perpetuarse. Cuando la víctima no quiere o no puede perdonar, queda en ella una
«herida mal curada» que le hace daño, pues la encadena negativamente al pasado.
De la misma manera, el resentimiento instalado en una sociedad hace más difícil
la lucidez para buscar caminos de convivencia, y puede bloquear todo esfuerzo
por encontrar solución a los conflictos.
El deseo de revancha
es, sin duda, la respuesta más instintiva ante la ofensa. La persona necesita
defenderse de la herida recibida, pero, como advierte el conocido experto
Jacques Pohier, quien pretenda curar su herida infligiendo sufrimiento al
agresor, se equivoca. El sufrimiento no posee un poder mágico para curar de la
humillación o la agresión recibidas. Puede producir una breve satisfacción,
pero la persona necesita algo más para volver a vivir de forma sana. Lo decía
hace mucho tiempo Henri Lacordaire: «¿Quieres ser feliz un momento? Véngate.
¿Quieres ser feliz siempre? Perdona».
A veces se olvida
que el proceso del perdón a quien más bien hace es al ofendido, pues lo libera
del mal, hace crecer su dignidad y nobleza, le da fuerzas para recrear su vida,
le permite iniciar nuevos proyectos. Cuando Jesús invita a perdonar «hasta setenta
veces siete», está invitando a seguir el camino más sano y eficaz para
erradicar de nuestra vida el mal. Sus palabras adquieren una hondura todavía
mayor para quien cree en Dios como fuente última de perdón: «Perdonad y seréis
perdonados».
Perdonar es el mayor
signo de amor
Mateo sigue con la
instrucción sobre cómo comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin
perdón sería imposible la convivencia. El perdón es la más alta manifestación
del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos
es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón.
La frase setenta
veces siete no significa perdonar 490 veces. Quiere decir siempre. El
perdón no es un acto, sino una actitud sostenida. Los rabinos hablan de
perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro añade otras tres. Siete era un
número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es
suficiente. Si Pedro todavía lleva cuenta de los perdones, quiere decir que en
realidad no perdona.
La parábola de los
dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la
desorbitada diferencia de la deuda. El señor perdona una inmensa deuda
(60.000.000 denarios) y el empleado es incapaz de perdonar 100. “Lo mismo hará
con vosotros mi Padre del cielo” nunca lo pudo decir Jesús. Dios es otra cosa.
El perdón del que
hablamos solo puede nacer del amor. Los dos van en contra del instinto. Desde
nuestro ego es imposible entender el perdón del evangelio. Desde esa
conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego.
Perdono al otro para dejar clara mi superioridad. De ahí la famosa frase
“perdono, pero no olvido”.
Debo descubrir que
no hay nada que perdonar. Hacer daño es siempre ignorancia. Desde nuestro
concepto de pecado es imposible perdonar. El pecado no es fruto nunca de una
mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no
es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien.
Pero la voluntad no
tiene posibilidad de discernir entre el bien y el mal, depende del conocimiento
que es siempre limitado. De ese modo con frecuencia creemos que es bueno para
mí lo que es malo. Digo para mí, porque el pecado me daña a mí. Si tengo la sensación
de que el perjudicado es el otro, nunca corregiré mis fallos.
El perdón de Dios es
siempre lo primero. Si lo aceptamos nos hará capaces de perdonar a los demás.
Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado
es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios
nos perdona en la medida en que nosotros perdonamos.
Es muy difícil
armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos
garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y
encorsetado hasta la asfixia por el juridicismo romano. El cristianismo
resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó
Jesús.
Lo que decimos en el
Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy
clara esta idea. La primera lectura decía: "Del vengativo se vengará el
Señor". "Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados".
Mejor sería pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe perdonar.
Para descubrir por
qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir
los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas
que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo.
El amor verdadero
tiene su justificación en la persona que ama, no en la que es objeto del amor.
El amor a los que son amables no es garantía ninguna de amor cristiano. Si no
perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa
y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

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