Evangelio
según san
Mateo 18, 15-20
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si tu hermano
comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu
hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que
todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te
hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate
de él como de un pagano o de un publicano.
Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en
el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
Yo les aseguro también, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo
para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues
donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos''.
Para profundizar:
“”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
¿QUÉ HAGO YO POR UNA
IGLESIA MÁS FIEL A JESÚS?
José Antonio Pagola
«Donde están dos o
tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». La mejor manera
de hacer presente a Cristo en su Iglesia es mantenernos unidos actuando «en su
nombre», movidos por su Espíritu. La Iglesia no necesita tanto de nuestras confesiones
de amor o nuestras críticas cuanto de nuestro compromiso real. No son pocas las
preguntas que nos podemos hacer.
¿Qué hago yo por
crear un clima de conversión colectiva en el seno de esta Iglesia, siempre
necesitada de renovación y transformación? ¿Cómo sería la Iglesia si todos
vivieran la adhesión a Cristo más o menos como la vivo yo? ¿Sería más o menos
fiel a Jesús?
¿Qué aporto yo de
espíritu, verdad y autenticidad a esta Iglesia tan necesitada de radicalidad
evangélica para ofrecer un testimonio creíble de Jesús en medio de una sociedad
indiferente y descreída?
¿Cómo contribuyo con
mi vida a edificar una Iglesia más cercana a los hombres y mujeres de nuestro
tiempo, que sepa no solo enseñar, predicar y exhortar, sino, sobre todo,
acoger, escuchar y acompañar a quienes viven perdidos, sin conocer el amor ni
la amistad?
¿Qué aporto yo para
construir una Iglesia samaritana, de corazón grande y compasivo, capaz de
olvidarse de sus propios intereses, para vivir volcada sobre los grandes
problemas de la humanidad?
¿Qué hago yo para
que la Iglesia se libere de miedos y servidumbres que la paralizan y atan al
pasado, y se deje penetrar y vivificar por la frescura y la creatividad que
nace del evangelio de Jesús?
¿Qué aporto yo en
estos momentos para que la Iglesia aprenda a «vivir en minoría», sin grandes
pretensiones sociales, sino de manera humilde, como «levadura» oculta, «sal»
transformadora, pequeña «semilla» dispuesta a morir para dar vida?
¿Qué hago yo por una
Iglesia más alegre y esperanzada, más libre y comprensiva, más transparente y
fraterna, más creyente y creíble, más de Dios y menos del mundo, más de Jesús y
menos de nuestros intereses y ambiciones? La Iglesia cambia cuando cambiamos
nosotros, se convierte cuando nosotros nos convertimos.
Sin comunidad no hay evangelio
Del capítulo 16
hemos pasado al 18. Mateo comienza una serie de discursos sobre la comunidad.
Es la primera vez que se emplea el término “hermano” para designar a los
miembros del grupo. El texto está a continuación de la parábola de la oveja
perdida que dice: “Así vuestro Padre no quiere que se pierda ni uno de estos
pequeños”.
El evangelio nos
advierte que no partimos de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad
de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás
para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento,
pero lo importante es estar preparados para superarlos sin traumas.
Tenemos un problema
en el mismo texto, porque han llegado tres versiones: ‘si tu hermano peca’, ‘si
tu hermano peca contra ti’, ‘si tu hermano te ofende’. Ninguna se puede
remontar a Jesús. Los evangelios ponen en boca de Jesús lo que era práctica de
la comunidad para darle valor definitivo. Al fallo debía responder perdón y
corrección.
“Si tu hermano
peca”, no debemos entenderlo con el concepto que tenemos hoy de pecado.
Durante los primeros siglos solo se apreciaron los fallos contra la comunidad.
La comunidad no juzgaría la situación personal del que ha fallado sino el daño
que había hecho a la comunidad, que tiene que velar por el bien de sus
miembros.
La corrección
fraterna no es fácil. El que corrige puede humillar al corregido al hacer ver
su superioridad. El corregido puede rechazar la corrección por falta de
humildad. Por ambas partes se necesita un grado de madurez no fácil de
alcanzar. Hoy tenemos la dificultad añadida de que no existe ni comunidad ni
compromiso con los demás.
Queremos a los demás
perfectos y en cuanto fallan ponemos el grito en el cielo. La verdad es que
ninguna comunidad es posible sin aceptar y comprender que todos somos
imperfectos y que antes o después fallaremos. Es muy difícil advertir al otro
de sus fallos sin humillarle, más difícil aceptar que me corrija otro que falla
como yo.
Partiendo de que
todo pecado es un error, lo que falla es la capacidad de convencer al otro de
su equivocación. Una buena corrección tiene que dejar claro que buscamos el
bien del otro no nuestra vanagloria. Debemos demostrarle que no solo se aleja
él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia
esa meta.
“Todo lo que
atéis en la tierra…” Hace dos domingos, el mismo Mateo ponía en boca de
Jesús las mismas palabras referidas a Pedro. El poder de decidir ¿lo tiene
Pedro o lo tiene la comunidad? Solo hay una solución: Pedro actúa como cabeza
de la comunidad. En el evangelio de Mt no se encuentra una autoridad que toma
decisiones.
“Donde dos estén
reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está identificado con cada una de sus
criaturas, pero solo se manifiesta cuando hay comunidad. La relación de amor es
el único marco idóneo para que Dios se haga presente. Se trata de estar
buscando únicamente el bien del hombre.
La comunidad es la
última instancia de nuestras relaciones con Dios. Es absurdo pretender una
directa relación con Dios para solucionar mis fallos. La solución final que nos
da el evangelio manifiesta la incapacidad de la comunidad para convencer al
otro de su error. Si tiene que apartarlo es que no tiene la capacidad de
integrarlo.
Sin verdadera
comunidad, las propuestas evangélicas carecen de sentido. Debemos reconocer que
hoy no existe comunidad. Tenemos una iglesia jerárquica que destroza las bases
de una comunidad. La corrección fraterna solo se puede dar entre iguales. Si la
hace el superior, será imposición. Si la hace el inferior, será rebeldía.

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