jueves, 18 de junio de 2026

XII Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A – (Profundizar)

 XII Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A junio 21, 2026 
Jeremías 20, 10-13 / Salmo 68 / Romanos 5, 12-15


Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: "No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos".

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

  #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

«No tengan miedo». Jesús se lo repite cuatro veces a sus discípulos en el Evangelio de hoy. Y es que el miedo nos encierra, nos paraliza, nos oscurece, entre tantos otros efectos que podríamos enumerar desde nuestras propias experiencias.

Por otra parte, el miedo no es siempre irracional, tampoco es un asunto que podamos elegir no experimentar; va más allá de nuestra razón y voluntad: ante las amenazas sentimos miedo. Pero qué hacemos con ese sentimiento sí que es importante; darnos cuenta de ello definirá nuestras elecciones, nuestras vidas.

Y ¿cómo no tener miedo? Solo no vive atrapado en sus miedos quien tiene fe, quien se sabe hijo amado de Dios, quien tiene memoria de la promesa del Señor, quien sabe que Él no nos abandona. La gracia de Dios se ha desbordado sobre nosotros, se nos ha otorgado en virtud de Jesucristo, y por ello optamos por la verdad, por procurar la vida que no se acaba, por vivir en la luz y la lealtad.

¿Tienes miedo? ¿A qué tienes miedo? Escucha al Señor liberarte de tu miedo, de tus miedos; escucha cómo te recuerda que Él ha estado, está y estará contigo.

#FelizDomingo

“No tengan miedo a los que pueden darles muerte”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

San Hilario de Poitiers vivió en el Siglo IV, en la época del emperador Constancio, hijo de Constantino. La Iglesia atravesaba una etapa de expansión y estrenaba legitimidad, habiendo sido declarada, ya no sólo religión permitida, sino Religión oficial del Imperio. Aparentemente, se trataba de un momento bueno y deseable; sin embargo, después tantas persecuciones y martirios, durante los primeros siglos, los cristianos habían comenzado a tener un estilo de vida mediocre y cada vez más instalado, en una Iglesia que se iba haciendo rica y poderosa. En estas circunstancias, San Hilario escribe unas palabras que me vinieron a la memoria al leer el texto del Evangelio de Mateo que nos propone la liturgia para el domingo XII del tiempo ordinario, en este ciclo A:

"¡Oh Dios todopoderoso, ojalá me hubieses concedido vivir en los tiempos de Nerón o de Decio...! Por la misericordia de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, yo no habría tenido miedo a los tormentos (...). Me habría considerado feliz al combatir contra tus enemigos declarados, ya que en tales casos no habría duda alguna respecto a quienes incitarían a renegar... Pero ahora tenemos que luchar contra un perseguidor insidioso, contra un enemigo engañoso, contra el anticristo Constancio. Este nos apuñala por la espalda, pero nos acaricia el vientre. No confisca nuestros bienes, dándonos así la vida, pero nos enriquece para la muerte. No nos mete en la cárcel, pero nos honra en su palacio para esclavizarnos. No desgarra nuestras carnes, pero destroza nuestra alma con su oro. No nos amenaza públicamente con la hoguera, pero nos prepara sutilmente para el fuego del infierno. No lucha, pues tiene miedo de ser vencido. Al contrario, adula para poder reinar. Confiesa a Cristo para negarlo. Trabaja por la unidad para sabotear la paz. Reprime las herejías para destruir a los cristianos. Honra a los sacerdotes para que no haya Obispos. Construye iglesias para demoler la fe. Por todas partes lleva tu nombre a flor de labios y en sus discursos, pero hace absolutamente todo lo que puede para que nadie crea que Tú eres Dios. (...) Tu genio sobrepasa al del diablo, con un triunfo nuevo e inaudito: Consigues ser perseguidor sin hacer mártires” (Jesús Álvarez Gómez, Historia de la Vida Religiosa, Publicaciones Claretianas, Madrid, Volumen I, 1987, 170).

Afortunadamente, hoy contamos con el testimonio de auténticos mártires que no han querido someterse dócilmente a los embates de una sociedad que niega, en la práctica, los principios más fundamentales del Evangelio del Señor. Hay quienes han denunciado un orden injusto que aplastaba a las mayorías, como Monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado hace treinta y seis años en San Salvador, mientras celebraba la eucaristía; otros, como Monseñor Isaías Duarte Cancino, aquí en Colombia, tuvieron el valor de señalar el influjo de los dineros del narcotráfico en la elección de congresistas en Colombia; y junto a ellos, muchos hombres y mujeres, fieles al Evangelio, han estado dispuestos a morir antes que ceder frente a una sociedad que nos quiere postrados por el silencio y la pasividad.

No se trata de buscar el martirio por el martirio; Luis Espinal, jesuita catalán, asesinado en Bolivia por denunciar las injusticias de un régimen totalitario, escribió poco antes de morir una oración que tituló: No queremos mártires. Tampoco hoy queremos mártires. Pero tampoco queremos una Iglesia que le tenga miedo a los que matan el cuerpo... Como bien lo afirma Jesús, hay que tenerle miedo, “más bien al que puede darles muerte y también puede destruirlos para siempre en el infierno”.

En lugar de dejarnos cooptar por los halagos de una sociedad cada vez más opulenta y suficiente, tenemos que ser testimonio vivo de una propuesta que, efectivamente, contraste con lo que nos invita a vivir el orden establecido. De lo contrario, como en la época de San Hilario, terminaremos siendo apuñalados por la espalda, mientras nos acarician, delicadamente, el vientre.

LIBERAR DEL MIEDO A NUESTRAS COMUNIDADES

José Antonio Pagola

Las fuentes cristianas presentan a Jesús dedicado a liberar a la gente del miedo. Le apenaba ver a las personas aterrorizadas por el poder de Roma, intimidadas por las amenazas de los maestros de la ley, distanciadas de Dios por el miedo a su ira, culpabilizadas por su poca fidelidad a la ley. De su corazón, lleno de Dios, solo podía brotar un deseo: «No tengáis miedo». Son palabras de Jesús que se repiten una y otra vez en los evangelios. Las que más se deberían repetir también hoy en su Iglesia.

El miedo se apodera de nosotros cuando en nuestro corazón crece la desconfianza, la inseguridad o la falta de libertad interior. Este miedo es el problema central del ser humano, y solo nos podemos liberar de él arraigando nuestra vida en un Dios que solo busca nuestro bien.

Así lo veía Jesús. Por eso se dedicó, antes que nada, a despertar la confianza en el corazón de las personas. Su fe profunda y sencilla era contagiosa: si Dios cuida con tanta ternura de los gorriones del campo, los pájaros más pequeños de Galilea, ¿cómo no va a cuidar de vosotros? Para Dios sois más importantes y queridos que todos los pájaros del cielo. Un cristiano de la primera generación recogió bien su mensaje: «Descargad en Dios todo agobio, que a él le interesa vuestro bien».

Con qué fuerza hablaba Jesús a cada enfermo: «Ten fe. Dios no se ha olvidado de ti». Con qué alegría los despedía cuando los podía ver curados: «Vete en paz. Vive bien». Era su gran deseo. Que la gente viviera con paz, sin miedos ni angustias: «No os juzguéis, no os condenéis mutuamente, no os hagáis daño. Vivid de manera amistosa».

Son muchos los miedos que hacen sufrir en secreto a las personas. El miedo hace daño, mucho daño. Donde crece el miedo se pierde de vista a Dios y se ahoga la bondad que hay en el corazón de las personas. La vida se apaga, la alegría desaparece.

Una comunidad de seguidores de Jesús ha de ser, antes que muchas otras cosas, un lugar donde la gente se libera de sus miedos y aprende a vivir confiando en Dios. Una comunidad donde se respira una paz contagiosa y se vive una amistad entrañable que hacen posible escuchar hoy la llamada de Jesús: «No tengáis miedo».

 

TU VERDADERO SER ES INVIOLABLE

Fray Marcos

El “no tengáis miedo” está encuadrado en el contexto de misión. Jesús acaba de decir a sus seguidores que les perseguirán, incluso los matarán. La advertencia de superar el miedo es aplicable a todas las situaciones que podemos encontrar en nuestra vida.

Hay un miedo instintivo que es producto de la evolución, imprescindible para mantener la vida biológica, ya sea huyendo, sea liberando energía para enfrentarse a la amenaza real. El hombre puede ser presa de un miedo aprendido racionalmente, que nos traiciona y nos lleva a desatinos constantes porque nos paraliza y atenaza.

Anhelamos lo que no tenemos y surge el miedo de no alcanzarlo. No estamos seguros de poder conservar lo que tenemos y surge el temor de perderlo. El miedo racional es la consecuencia de nuestros apegos. No hemos descubierto lo que somos y buscamos seguridades en otra parte. Conocido nuestro verdadero ser no hay lugar para el miedo.

Jesús no nos invita a no tener miedo porque nos promete un camino de rosas. No se trata de confiar en que no me pasará nada desagradable, o que, si algo malo sucede, alguien me sacará las castañas del fuego. Se trata de una seguridad que permanece intacta en medio de las dificultades, porque no puede anular lo que de verdad somos.

Aceptar nuestras limitaciones y descubrir nuestra verdadera riqueza es el único camino para llegar a la total confianza. La confianza es la primera consecuencia de salir de uno mismo y descubrir que mi fundamento no está en mí, sino en Él. Mi pasado es Dios, mi futuro es el mismo Dios; mi presente es Dios, no tengo nada que temer.

La confianza en Dios nos obliga a salir de las falsas imágenes de Dios. Confiar en Dios es confiar en nuestro propio ser, en la vida, en lo que somos de verdad. Se trata de descubrir que Dios es el fundamento de mi ser y que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro de sí. La creación es como tiene que ser, si sé percibirla.

El miedo es la mejor forma de someter a otro. Todas las autoridades lo han utilizado siempre para conseguir el sometimiento de sus súbditos. Incluso las religiones han intentado manipular la divinidad para ponerla al servicio de intereses egoístas.

En nuestra religión, el miedo ha tenido y sigue teniendo una influencia nefasta. La jerarquía ha caído en la trampa de potenciar ese miedo. Han atribuido a Dios la misma estrategia que utilizamos para domesticar los animales: zanahoria o palo.

La causa de Dios es la causa del hombre. No nos engañemos: ponerse de parte de Jesús es ponerse de parte del hombre. Dios no está desde fuera manejando a capricho la creación. Está implicado en ella inextricablemente. Su voluntad es inmutable. No es algo añadido a la creación, sino la misma creación que se fundamenta en Él.

Esta seguridad no tiene nada que ver con lo que yo individualmente sea. La confianza no es un regalo para los buenos, sino una necesidad de los que no lo somos. Cuando confiamos porque nos creemos buenos, entramos en una dinámica peligrosísima, porque no confiamos en Dios, sino en nosotros mismos y en nuestras obras.

Todos los miedos se resumen en el miedo a la muerte. Si fuésemos capaces de perder el miedo a morir, seríamos capaces de vivir en plenitud. Todo lo que tememos perder con la muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida. 

La muerte solo nos arrebata lo que hay en nosotros de contingente, de individual, de terreno, de caduco, de egoísmo. El evangelio está hoy muy claro. Todo lo que te pueden arrebatar, aunque sea la vida, no debía importarte porque no es esencial.

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