miércoles, 25 de marzo de 2026

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor – A – (Profundizar)

Domingo de Ramos de la Pasión del señor Ciclo A marzo 29, 2026 
Isaías 50, 4-7 / Salmo 21 / Filipenses 2, 6-11


Evangelio según san Mateo 26, 14–27, 66

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo…

NOTA: continúa leyendo el Evangelio en: https://tinyurl.com/PasionSegunSnMateo

 

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva

#Microhomilia

  Hernán Quezada, SJ 

 

  “”

  Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

 SEGUIR A JESÚS CONDUCE A LA CRUZ

 José Antonio Pagola

Estamos tan familiarizados con la cruz del Calvario que ya no nos causa impresión alguna. La costumbre lo domestica y lo «rebaja» todo. Por eso es bueno recordar algunos aspectos demasiado olvidados del Crucificado.

Empecemos por decir que Jesús no ha muerto de muerte natural. Su muerte no ha sido la extinción esperada de su vida biológica. A Jesús lo han matado violentamente. No ha muerto tampoco víctima de un accidente casual ni fortuito, sino ajusticiado, después de un proceso llevado a cabo por las fuerzas religiosas y civiles más influyentes de aquella sociedad.

Su muerte ha sido consecuencia de la reacción que provocó con su actuación libre, fraterna y solidaria con los más pobres y abandonados de aquella sociedad.

Esto quiere decir que no se puede vivir el evangelio impunemente. No se puede construir el reino de Dios, que es reino de fraternidad, libertad y justicia, sin provocar el rechazo y la persecución de aquellos a los que no interesa cambio alguno. Imposible la solidaridad con los indefensos sin sufrir la reacción de los poderosos.

Su compromiso por crear una sociedad más justa y humana fue tan concreto y serio que hasta su misma vida quedó comprometida. Y, sin embargo, Jesús no fue un guerrillero, ni un líder político, ni un fanático religioso. Fue un hombre en el que se encarnó y se hizo realidad el amor insondable de Dios a los hombres.

Por eso ahora sabemos cuáles son las fuerzas que se sienten amenazadas cuando el amor verdadero penetra en una sociedad, y cómo reaccionan violentamente tratando de suprimir y ahogar la actuación de quienes buscan una fraternidad más justa y libre.

El evangelio siempre será perseguido por quienes ponen la seguridad y el orden por encima de la fraternidad y la justicia (fariseísmo). El reino de Dios siempre se verá obstaculizado por toda fuerza política que se entienda a sí misma como poder absoluto (Pilato). El mensaje del amor será rechazado en su raíz por toda religión en la que Dios no sea Padre de los que sufren (sacerdotes judíos).

Seguir a Jesús conduce siempre a la cruz; implica estar dispuestos a sufrir el conflicto, la polémica, la persecución y hasta la muerte. Pero su resurrección nos revela que, a una vida crucificada, vivida hasta el final con el espíritu de Jesús, solo le espera resurrección. 

   LOS TEXTOS NO DICEN LO QUE PASÓ EN LA PASIÓN

 Fray Marcos

La exégesis ha obligado a cambiar de mentalidad. Hoy sabemos que los evangelios no relatan sucesos, sino la cristología de los seguidores de Jesús. Los evangelios no pretenden informarnos de los hechos sino convencernos de que Jesús es el ‘Mesías’.

Con frecuencia se inventan los hechos para facilitar la interpretación. Cada vez que leemos la frase “esto sucedió para que se cumpliesen la Escrituras”, quiere decir: tuvo que pasar así porque lo dice la Biblia. Si los cuatro evangelios se parecen tanto en la pasión se debe a que el relato fue el primero del que todas las tradiciones participaron.

Con los datos que tenemos no podemos pensar en una entrada triunfal. Si era política, no lo hubiera permitido Roma. Si era religiosa, no lo hubiera permitido el Templo. No cabe duda de que algo pasó, pero no debemos imaginarlo como un acto espectacular sino como un acto profético de un pequeño grupo que llegaban en ambiente festivo.

Con relación a la muerte, seguir hablando de la muerte de Jesús como condición para que Dios nos perdone es la negación del Dios de Jesús. Esa manera de explicar el sentido de la muerte de Jesús nos mete por un callejón sin salida. La muerte de Jesús, desvinculada de su predicación y de su vida no tiene el más mínimo significado.

Tampoco fue el requisito para llegar a la gloria. El domingo veíamos que la muerte no quita ni añade nada a la verdadera Vida. Jesús murió por ser fiel a sí mismo y a Dios. Jesús nos enseña que amar como Dios ama, es más importante que conservar la vida biológica. No murió para que Dios nos amara, sino para demostrar que Dios es amor.

La muerte de Jesús no se puede separar de su denuncia de la injusticia en nombre de Dios. Su cercanía a los excluidos fue su mensaje fundamental. Esta actitud resultó inaguantable para los que solo buscaban su interés y mantener sus privilegios.

No sabemos casi nada de las circunstancias de la muerte de Jesús. En la Biblia no podemos encontrar nada sobre Jesús porque su figura desborda absolutamente todo lo que pudieron pensar de él antes de que apareciera con su novedosa predicación.

Hoy sabemos los motivos que llevaron a los jefes religiosos y a Pilato a deshacerse de Jesús, y en ambos casos eran motivos egoístas y pragmáticos. Ni el Sanedrín ni Pilato pensaban en otra cosa que en liberarse de un ser humano muy peligroso.

Debemos descubrir la presencia de Dios en nuestro sufrimiento, en nuestra misma muerte. No podemos seguir buscando nuestra plenitud en el triunfo y en la gloria. Seguimos pensando que el dolor y la muerte son incompatibles con Dios. Un Dios que no nos dé seguridades y garantice la permanencia del yo, no nos interesa.

Una parte de nosotros está con los dirigentes judíos y no quiere saber nada del dolor y de la muerte. Otra parte de nosotros se siente atraída por ese hombre que viene a manifestar la verdadera Vida. En el fondo de nosotros mismos, algo nos dice que Jesús tiene razón, pero despegarnos de nuestro “yo” sigue siendo una meta inalcanzable.

Jesús no murió por nuestros pecados, sino por nuestra imbecilidad. Pablo nos metió por ese callejón sin salida en el que seguimos atollados. Como en el caso de otras interpretaciones, la culpa la tiene un apego demasiado literal a la Escritura. Para un judío los sacrificios en el templo eran la única manera de escapar a la ira de dios.

Hacer de la muerte de Jesús el sacrificio definitivo a Dios era matar dos pájaros de un tiro. Por una parte, se mantenía la exigencia por parte de Dios de la servidumbre. Por otra, se ponía a Jesús como el culmen de todas las aspiraciones del pueblo judío.

 

 

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