Evangelio
según san
Mateo 26, 14–27, 66
En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a
ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?”
Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba
buscando una oportunidad para entregárselo…
NOTA: continúa leyendo el Evangelio en: https://tinyurl.com/PasionSegunSnMateo
Para
profundizar:
“”
Hermann
Rodríguez Osorio, S.J.
SEGUIR A JESÚS CONDUCE A LA CRUZ
José Antonio Pagola
Estamos tan
familiarizados con la cruz del Calvario que ya no nos causa impresión alguna.
La costumbre lo domestica y lo «rebaja» todo. Por eso es bueno recordar algunos
aspectos demasiado olvidados del Crucificado.
Empecemos por decir
que Jesús no ha muerto de muerte natural. Su muerte no ha sido la extinción
esperada de su vida biológica. A Jesús lo han matado violentamente. No ha
muerto tampoco víctima de un accidente casual ni fortuito, sino ajusticiado,
después de un proceso llevado a cabo por las fuerzas religiosas y civiles más
influyentes de aquella sociedad.
Su muerte ha sido
consecuencia de la reacción que provocó con su actuación libre, fraterna y
solidaria con los más pobres y abandonados de aquella sociedad.
Esto quiere decir
que no se puede vivir el evangelio impunemente. No se puede construir el reino
de Dios, que es reino de fraternidad, libertad y justicia, sin provocar el
rechazo y la persecución de aquellos a los que no interesa cambio alguno.
Imposible la solidaridad con los indefensos sin sufrir la reacción de los
poderosos.
Su compromiso por
crear una sociedad más justa y humana fue tan concreto y serio que hasta su
misma vida quedó comprometida. Y, sin embargo, Jesús no fue un guerrillero, ni
un líder político, ni un fanático religioso. Fue un hombre en el que se encarnó
y se hizo realidad el amor insondable de Dios a los hombres.
Por eso ahora
sabemos cuáles son las fuerzas que se sienten amenazadas cuando el amor
verdadero penetra en una sociedad, y cómo reaccionan violentamente tratando de
suprimir y ahogar la actuación de quienes buscan una fraternidad más justa y
libre.
El evangelio siempre
será perseguido por quienes ponen la seguridad y el orden por encima de la
fraternidad y la justicia (fariseísmo). El reino de Dios siempre se verá
obstaculizado por toda fuerza política que se entienda a sí misma como poder
absoluto (Pilato). El mensaje del amor será rechazado en su raíz por toda
religión en la que Dios no sea Padre de los que sufren (sacerdotes judíos).
Seguir a Jesús conduce siempre a la cruz; implica estar dispuestos a sufrir el conflicto, la polémica, la persecución y hasta la muerte. Pero su resurrección nos revela que, a una vida crucificada, vivida hasta el final con el espíritu de Jesús, solo le espera resurrección.
LOS TEXTOS NO DICEN LO
QUE PASÓ EN LA PASIÓN
Fray Marcos
La exégesis ha obligado a cambiar de
mentalidad. Hoy sabemos que los evangelios no relatan sucesos, sino la
cristología de los seguidores de Jesús. Los evangelios no pretenden informarnos
de los hechos sino convencernos de que Jesús es el ‘Mesías’.
Con frecuencia se
inventan los hechos para facilitar la interpretación. Cada vez que leemos la
frase “esto sucedió para que se cumpliesen la Escrituras”, quiere decir: tuvo
que pasar así porque lo dice la Biblia. Si los cuatro evangelios se parecen
tanto en la pasión se debe a que el relato fue el primero del que todas las
tradiciones participaron.
Con los datos que
tenemos no podemos pensar en una entrada triunfal. Si era política, no lo
hubiera permitido Roma. Si era religiosa, no lo hubiera permitido el Templo. No
cabe duda de que algo pasó, pero no debemos imaginarlo como un acto
espectacular sino como un acto profético de un pequeño grupo que llegaban en
ambiente festivo.
Con relación a la
muerte, seguir hablando de la muerte de Jesús como condición para que Dios nos
perdone es la negación del Dios de Jesús. Esa manera de explicar el sentido de
la muerte de Jesús nos mete por un callejón sin salida. La muerte de Jesús, desvinculada
de su predicación y de su vida no tiene el más mínimo significado.
Tampoco fue el
requisito para llegar a la gloria. El domingo veíamos que la muerte no quita ni
añade nada a la verdadera Vida. Jesús murió por ser fiel a sí mismo y a Dios.
Jesús nos enseña que amar como Dios ama, es más importante que conservar la
vida biológica. No murió para que Dios nos amara, sino para demostrar que Dios
es amor.
La muerte de Jesús
no se puede separar de su denuncia de la injusticia en nombre de Dios. Su
cercanía a los excluidos fue su mensaje fundamental. Esta actitud resultó
inaguantable para los que solo buscaban su interés y mantener sus privilegios.
No sabemos casi nada
de las circunstancias de la muerte de Jesús. En la Biblia no podemos encontrar
nada sobre Jesús porque su figura desborda absolutamente todo lo que pudieron
pensar de él antes de que apareciera con su novedosa predicación.
Hoy sabemos los
motivos que llevaron a los jefes religiosos y a Pilato a deshacerse de Jesús, y
en ambos casos eran motivos egoístas y pragmáticos. Ni el Sanedrín ni Pilato
pensaban en otra cosa que en liberarse de un ser humano muy peligroso.
Debemos descubrir la
presencia de Dios en nuestro sufrimiento, en nuestra misma muerte. No podemos
seguir buscando nuestra plenitud en el triunfo y en la gloria. Seguimos
pensando que el dolor y la muerte son incompatibles con Dios. Un Dios que no
nos dé seguridades y garantice la permanencia del yo, no nos interesa.
Una parte de
nosotros está con los dirigentes judíos y no quiere saber nada del dolor y de
la muerte. Otra parte de nosotros se siente atraída por ese hombre que viene a
manifestar la verdadera Vida. En el fondo de nosotros mismos, algo nos dice que
Jesús tiene razón, pero despegarnos de nuestro “yo” sigue siendo una meta
inalcanzable.
Jesús no murió por
nuestros pecados, sino por nuestra imbecilidad. Pablo nos metió por ese
callejón sin salida en el que seguimos atollados. Como en el caso de otras
interpretaciones, la culpa la tiene un apego demasiado literal a la Escritura.
Para un judío los sacrificios en el templo eran la única manera de escapar a la
ira de dios.
Hacer de la muerte
de Jesús el sacrificio definitivo a Dios era matar dos pájaros de un tiro. Por
una parte, se mantenía la exigencia por parte de Dios de la servidumbre. Por
otra, se ponía a Jesús como el culmen de todas las aspiraciones del pueblo judío.

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