Evangelio según san Mateo 3, 13-17
En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a
Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser
bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz
ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios
quiere”. Entonces Juan accedió a bautizarlo.
Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los
cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y
oyó una voz que decía desde el cielo: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien
tengo mis complacencias”.
Para
profundizar:
Reflexiones
Buena Nueva
#Microhomilia
Hernán
Quezada, SJ
“ ”
¿A QUIÉN ADORAMOS?
Jesús no es un hombre vacío ni disperso interiormente. No actúa por aquellas aldeas de Galilea de manera arbitraria ni movido por cualquier interés. Los evangelios dejan claro desde el principio que Jesús vive y actúa movido por «el Espíritu de Dios».
No quieren que se le confunda con cualquier «maestro de la ley», preocupado por introducir más orden en el comportamiento de Israel. No quieren que se le identifique con un falso profeta, dispuesto a buscar un equilibrio entre la religión del templo y el poder de Roma.
Los evangelistas quieren, además, que nadie lo equipare con el Bautista. Que nadie lo vea como un simple discípulo y colaborador de aquel gran profeta del desierto. Jesús es «el Hijo amado» de Dios. Sobre él «desciende» el Espíritu de Dios. Solo él puede «bautizar» con Espíritu Santo.
Según toda la tradición bíblica, el «Espíritu de Dios» es el aliento de Dios, que crea y sostiene la vida entera. La fuerza que Dios posee para renovar y transformar a los vivientes. Su energía amorosa que busca siempre lo mejor para sus hijos e hijas .
Por eso Jesús se siente enviado no a condenar, destruir o maldecir, sino a curar, construir y bendecir. El Espíritu de Dios lo conduce a potenciar y mejorar la vida. Lleno de ese «Espíritu» bueno de Dios, se dedica a liberar a la gente de «espíritus malignos», que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar.
Las primeras generaciones cristianas tenían muy claro lo que había sido Jesús. Así resumían el recuerdo que dejó grabado en sus seguidores: «Ungido por Dios con el Espíritu Santo… pasó por la vida haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hechos de los Apóstoles 10,38).
Qué «espíritu» nos anima hoy a los seguidores de Jesús? ¿Cuál es la «pasión» que mueve a su Iglesia? ¿Cuál es la «mística» que hace vivir y actuar a nuestras comunidades? ¿Qué estamos poniendo en el mundo? Si el Espíritu de Jesús está en nosotros, viviremos «curando» a oprimidos, deprimidos o reprimidos por el mal.
CELEBRAMOS EL VERDADERO NACIMIENTO DE JESÚS
Empezamos el tiempo ordinario del año litúrgico. Este año recorreremos el evangelio de Mateo. Es lógico que empecemos con el primer relato importante de esa andadura, el bautismo de Jesús. El bautismo es el primer dato de la vida de Jesús que podemos considerar histórico con gran probabilidad. Sin duda fue muy importante para Jesús.
Hoy en las tres lecturas se habla del Espíritu (de Dios) como determinante de la presencia salvadora de Dios. La presencia de Dios en la historia se lleva a cabo siempre a través de su Espíritu. Dios no puede ser causa segunda. Actúa siempre desde lo hondo del ser y sin violentarlo. Por eso decimos que actúa como Espíritu.
Aunque fuera un hecho histórico, la manera de contarlo nos lleva más allá de una crónica de sucesos. Lo narran los tres sinópticos. Hechos alude a él varias veces y Juan hace referencia a él como dato conocido. Si a pesar de las dificultades de encajarlo, se narra en todos los evangelios, es que era una tradición muy antigua.
El relato intenta concentrar en un momento, lo que fue un proceso que duró toda la vida de Jesús. En ningún momento concreto quedó definitivamente clara su trayectoria. No tiene lógica que un simple bautismo marque el punto de inflexión en su vida. Aceptar el bautismo de Juan era aceptar su doctrina y su actitud vital.
El brevísimo diálogo entre Jesús y Juan rompe todos los esquemas del mesianismo judío. No es el bautizar a Jesús lo que le cuesta aceptar al Bautista, sino el significado de su bautismo. Es muy probable que Jesús fuera discípulo de Juan y que no solo se vio atraído por su doctrina, sino que formó parte del grupo de seguidores.
Con sus constantes referencias al AT, Mateo quiere dejar claro que toda la posible comprensión de la figura de Jesús tiene que partir del AT. La manera de hablar es simbólica. Todo pasó en el interior de Jesús. Lucas nos dice: “y mientras oraba...”
Jesús no fue un extraterrestre, dispensado de la trayectoria que todo ser humano tiene que recorrer para alcanzar su plenitud. Los primeros cristianos tomaron muy en serio la humanidad de Jesús. Jesús necesitó aclarar sus ideas sobre Dios y sobre él.
Dios llega siempre desde dentro, no desde fuera. El centro del mensaje de Jesús consiste en invitar a todos los hombres a tener la misma experiencia de Dios, que él tuvo. Después de esa experiencia, Jesús ve con toda claridad que esa es la meta de cualquier ser humano y puede decir a Nicodemo: “hay que nacer de nuevo”.
Los cielos que se abren eran la esperanza de todo el AT. (Is 63,16) “¡Ah si se rasgasen los cielos y descendieses!” La comunicación entre lo divino y lo humano se había interrumpida por culpa de la infidelidad del pueblo. Ahora es posible gracias a la fidelidad de Jesús. La distancia entre Dios y el Hombre queda superada para siempre.
Estamos celebrando el verdadero nacimiento de Jesús. Y éste sí que ha tenido lugar por obra del Espíritu Santo. Dejándose llevar por el Espíritu, se encamina él mismo hacia la plenitud humana, marcándonos el camino de nuestra propia plenitud. Pero tenemos que ser muy conscientes de que, solo naciendo de nuevo, naciendo del Espíritu, podremos desplegar todas nuestras posibilidades humanas.
La presencia de Dios en el hombre tiene que darse en aquello que tiene de específicamente humano; no puede ser una inconsciente presencia mecánica. Dios está en todas las criaturas como la base y el fundamento de su ser, pero solo el ser humano puede tomar conciencia de esa realidad y vivirla. Esto es su meta y objetivo último. Jesús consiguió esa meta e intentó que todos la consigamos también.
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