miércoles, 7 de enero de 2026

BAUTISMO DEL SEÑOR -Ciclo A- (Profundizar)

 BAUTISMO DEL SEÑOR Ciclo A enero 11, 2026 
Isaías 42, 1-4.6-7 / Salmo 28 / Hech 10, 34-38


Evangelio según san Mateo 3, 13-17

En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. Entonces Juan accedió a bautizarlo.

Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.

Para profundizar:

Reflexiones Buena Nueva


   #Microhomilia

Hernán Quezada, SJ 

Jesús llega a bautizarse, los cielos se abren y escucha que es el Hijo muy amado y que el Padre se complace en él. La certeza de su filiación y del amor le llevarán a compartir filiación y amor, y a vivir con un corazón "contentado", como el de Dios; por ello será el amoroso, el esperanzado; será alianza y luz, abrirá los ojos y liberará a los cautivos y a los que habitan en tinieblas, a la gente sin luz.

La certeza del amor nos hace no romper lo que está doblado; nos hace creer que se puede volver a encender lo que aún humea. Y todo esto es lo que da "contentamiento" a Dios.

Sin la experiencia de filiación, es decir, de pertenecer libremente en el amor, hay inseguridad; entonces nos volvemos esclavos sumisos mendigando aceptación, y gritamos porque creemos que no nos quieren escuchar. Porque no amamos, rompemos lo débil y declaramos apagado lo que todavía puede volver a brillar.

En este domingo del Bautismo del Señor, hagamos memoria del amor, hagamos memoria de nuestras filiaciones. ¿Quiénes te han amado gratuitamente? ¿A quiénes perteneces por puro amor? ¿Cuándo has estado "doblado" y Dios, el Padre amoroso, te levantó? ¿Cuándo eras ya "mecha humeante" y el Señor reavivó tu llama? Pidamos a Dios que nos ayude a recordar y agradecer nuestras experiencias de amor, que aleje de nosotros cualquier tentación de ser violentos y vivamos siempre en la esperanza y el amor. #FelizDomingo 


“Jesús fue de Galilea al río Jordán, donde estaba Juan (...)”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Después de haber pasado treinta años de su vida en el anonimato de Nazaret, dedicado a los trabajos ordinarios y sencillos de una vida campesina, Jesús decidió un día, dejar atrás sus pequeñas seguridades y ponerse en camino hacia el sur, junto al río Jordán, donde Juan estaba bautizando. Se despidió de los suyos y se lanzó a una aventura de la cual no regresaría más. Tomó una decisión que resultó ser trascendental para su vida y para la nuestra. Por eso, vale la pena preguntarse ¿Qué fue lo que llevó a Jesús a tomar esta decisión? ¿Qué esperaba encontrar con el bautismo de Juan? ¿Cuáles fueron los sentimientos que lo acompañaron durante este recorrido de más de cien kilómetros desde Nazaret hasta el lugar donde recibió su bautismo? ¿Fue un viaje solitario o lo hizo en compañía de algunos amigos y amigas que también buscaban lo mismo?

Seguramente a Nazaret llegaron las noticias de lo que Juan el Bautista estaba haciendo en un recodo del río Jordán, cerca de Betabara: Invitaba a los pecadores a cambiar de vida, a preparar los caminos del Señor. La llegada del Mesías era algo que todos los israelitas habían esperado con impaciencia durante muchos años. Todos esperaban al Ungido de Dios que liberaría a Israel de la dominación romana y les devolvería la libertad. Haría de ellos una gran nación. Los guiaría en la construcción de una sociedad que fuera sólo de Dios. Muchos de los estudiosos de la Biblia se preguntan si Jesús tenía en este momento de su vida una conciencia plena de su misión, o si la fue descubriendo poco a poco, a través de los mismos acontecimientos históricos que siguieron, a partir de esta decisión.

Todos nosotros, en un momento u otro de nuestra vida, sentimos la llamada a reorientar nuestro camino. Tuvimos que tomar la decisión de dejar atrás los espacios y las personas conocidas que formaban nuestro entorno vital. Dirigimos nuestros pasos hacia rumbos desconocidos, sobre los cuales no estábamos totalmente seguros. Nos aventuramos a establecer nuevas relaciones, nuevas prácticas, nuevas formas de comunicación con nuestro entorno, nuevas formas de pensar la misma realidad. Caminamos hacia lo desconocido confiados en la promesa y en la fidelidad de Dios. Por Él y en Él, nos fuimos a descubrir nuevos horizontes. De la mano de Dios también salió Jesús de Nazaret y fue a bautizarse junto con todos los pecadores y pecadoras de su tiempo, que acudían a recibir el baño regenerador del bautismo de Juan.

Ver a Jesús dirigirse hacia lo desconocido, confiado solamente en la cercanía de su Padre Dios, nos anima a emprender también un camino nuevo cada día, con la confianza de que Dios nos acompañará y repetirá de nuevo lo que el mismo Jesús escuchó en el Jordán: “Este es mi hijo amado, a quien he elegido”.

 

¿A QUIÉN ADORAMOS?

José Antonio Pagola

Jesús no es un hombre vacío ni disperso interiormente. No actúa por aquellas aldeas de Galilea de manera arbitraria ni movido por cualquier interés. Los evangelios dejan claro desde el principio que Jesús vive y actúa movido por «el Espíritu de Dios». 

No quieren que se le confunda con cualquier «maestro de la ley», preocupado por introducir más orden en el comportamiento de Israel. No quieren que se le identifique con un falso profeta, dispuesto a buscar un equilibrio entre la religión del templo y el poder de Roma. 

Los evangelistas quieren, además, que nadie lo equipare con el Bautista. Que nadie lo vea como un simple discípulo y colaborador de aquel gran profeta del desierto. Jesús es «el Hijo amado» de Dios. Sobre él «desciende» el Espíritu de Dios. Solo él puede «bautizar» con Espíritu Santo. 

Según toda la tradición bíblica, el «Espíritu de Dios» es el aliento de Dios, que crea y sostiene la vida entera. La fuerza que Dios posee para renovar y transformar a los vivientes. Su energía amorosa que busca siempre lo mejor para sus hijos e hijas . 

Por eso Jesús se siente enviado no a condenar, destruir o maldecir, sino a curar, construir y bendecir. El Espíritu de Dios lo conduce a potenciar y mejorar la vida. Lleno de ese «Espíritu» bueno de Dios, se dedica a liberar a la gente de «espíritus malignos», que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar. 

Las primeras generaciones cristianas tenían muy claro lo que había sido Jesús. Así resumían el recuerdo que dejó grabado en sus seguidores: «Ungido por Dios con el Espíritu Santo… pasó por la vida haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hechos de los Apóstoles 10,38). 

Qué «espíritu» nos anima hoy a los seguidores de Jesús? ¿Cuál es la «pasión» que mueve a su Iglesia? ¿Cuál es la «mística» que hace vivir y actuar a nuestras comunidades? ¿Qué estamos poniendo en el mundo? Si el Espíritu de Jesús está en nosotros, viviremos «curando» a oprimidos, deprimidos o reprimidos por el mal.

 

CELEBRAMOS EL VERDADERO NACIMIENTO DE JESÚS

Fray Marcos

Empezamos el tiempo ordinario del año litúrgico. Este año recorreremos el evangelio de Mateo. Es lógico que empecemos con el primer relato importante de esa andadura, el bautismo de Jesús. El bautismo es el primer dato de la vida de Jesús que podemos considerar histórico con gran probabilidad. Sin duda fue muy importante para Jesús.
Hoy en las tres lecturas se habla del Espíritu (de Dios) como determinante de la presencia salvadora de Dios. La presencia de Dios en la historia se lleva a cabo siempre a través de su Espíritu. Dios no puede ser causa segunda. Actúa siempre desde lo hondo del ser y sin violentarlo. Por eso decimos que actúa como Espíritu.
Aunque fuera un hecho histórico, la manera de contarlo nos lleva más allá de una crónica de sucesos. Lo narran los tres sinópticos. Hechos alude a él varias veces y Juan hace referencia a él como dato conocido. Si a pesar de las dificultades de encajarlo, se narra en todos los evangelios, es que era una tradición muy antigua.
El relato intenta concentrar en un momento, lo que fue un proceso que duró toda la vida de Jesús. En ningún momento concreto quedó definitivamente clara su trayectoria. No tiene lógica que un simple bautismo marque el punto de inflexión en su vida. Aceptar el bautismo de Juan era aceptar su doctrina y su actitud vital.
El brevísimo diálogo entre Jesús y Juan rompe todos los esquemas del mesianismo judío. No es el bautizar a Jesús lo que le cuesta aceptar al Bautista, sino el significado de su bautismo. Es muy probable que Jesús fuera discípulo de Juan y que no solo se vio atraído por su doctrina, sino que formó parte del grupo de seguidores.
Con sus constantes referencias al AT, Mateo quiere dejar claro que toda la posible comprensión de la figura de Jesús tiene que partir del AT. La manera de hablar es simbólica. Todo pasó en el interior de Jesús. Lucas nos dice: “y mientras oraba...”
Jesús no fue un extraterrestre, dispensado de la trayectoria que todo ser humano tiene que recorrer para alcanzar su plenitud. Los primeros cristianos tomaron muy en serio la humanidad de Jesús. Jesús necesitó aclarar sus ideas sobre Dios y sobre él.
Dios llega siempre desde dentro, no desde fuera. El centro del mensaje de Jesús consiste en invitar a todos los hombres a tener la misma experiencia de Dios, que él tuvo. Después de esa experiencia, Jesús ve con toda claridad que esa es la meta de cualquier ser humano y puede decir a Nicodemo: “hay que nacer de nuevo”.
Los cielos que se abren eran la esperanza de todo el AT. (Is 63,16) “¡Ah si se rasgasen los cielos y descendieses!” La comunicación entre lo divino y lo humano se había interrumpida por culpa de la infidelidad del pueblo. Ahora es posible gracias a la fidelidad de Jesús. La distancia entre Dios y el Hombre queda superada para siempre.
Estamos celebrando el verdadero nacimiento de Jesús. Y éste sí que ha tenido lugar por obra del Espíritu Santo. Dejándose llevar por el Espíritu, se encamina él mismo hacia la plenitud humana, marcándonos el camino de nuestra propia plenitud. Pero tenemos que ser muy conscientes de que, solo naciendo de nuevo, naciendo del Espíritu, podremos desplegar todas nuestras posibilidades humanas.
La presencia de Dios en el hombre tiene que darse en aquello que tiene de específicamente humano; no puede ser una inconsciente presencia mecánica. Dios está en todas las criaturas como la base y el fundamento de su ser, pero solo el ser humano puede tomar conciencia de esa realidad y vivirla. Esto es su meta y objetivo último. Jesús consiguió esa meta e intentó que todos la consigamos también.

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