Hechos
10, 34.37-43 / Salmo 117 / 1 Corintios 5, 6-8
Evangelio
según san
Juan 20, 1–9
El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue
María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a
correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien
Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos
dónde lo habrán puesto”.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos
iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y
llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el
suelo, pero no entró.
En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró
en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que
había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo,
sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que
había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no
habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de
entre los muertos.
Para
profundizar:
Reflexiones
Buena Nueva
#Microhomilia
Hernán
Quezada, SJ
«Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó».
Ayer, al inicio de la celebración de la Vigilia Pascual, en el atrio de la Iglesia de la Compañía en Arequipa, Perú, ardía un fuego que los sacristanes habían preparado; ardía con fuerza e iluminaba la noche. El templo, todo de piedra blanca, permanecía en total oscuridad; dentro, algunos fieles aguardaban a oscuras.
Fuera se bendijo el fuego: «¡Oh, Dios..., santifica este fuego nuevo!». Luego, el celebrante sostuvo el cirio pascual. «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega...», proclamó con voz fuerte el sacerdote, y lo encendió. Poco a poco, los presentes se acercaron a encender sus velas; unos a otros se pasaban la luz. Presididos por la luz del cirio pascual, ahora la luz de Cristo, los celebrantes nos dirigimos al templo que nos esperaba en total silencio y oscuridad. Entramos y, poco a poco, se iluminó. La luz de Cristo irradiaba desde la velita de cada fiel; algunos llegaban tarde y corrían a encender su vela para sumarse a esta iluminación colectiva que acababa con la oscuridad del templo y revelaba toda la belleza del recinto. La oscuridad se había disipado, y dos jóvenes acabaron con el silencio entonando con voces hermosas el Pregón Pascual: «Esta es la noche... ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!».
Cuántas realidades nuestras y del mundo nos hacen sentir como en un templo a oscuras; momentos de nuestras vidas, violencias, miedos y enfermedades que nos hacen permanecer envueltos en silencio y tinieblas. Permanecemos sin darnos cuenta de que otros están a nuestro lado, limitados y recogidos.
El Resucitado arde, y su fuego enciende el fuego de nuestros corazones; el fuego del Resucitado se contagia y es capaz de iluminarlo todo.
En los momentos en los que permanecemos a oscuras, en los que ya no arde fuego en nuestro corazón; pero hasta donde estamos llega el fuego de Cristo: Él llega, otros nos lo llevan; nos encienden de nuevo y volvemos a tener luz. Reconocemos que no estamos solos, sino acompañados, y nuestros corazones, antes a oscuras, comienzan también a sumarse a la luz del Resucitado que lo ilumina todo, que disipa nuestros miedos, pacifica nuestros corazones y nos envía a construir la paz.
Que el Fuego Nuevo que se nos regala en esta Pascua permanezca en nuestro corazón, reavive y fortalezca nuestra esperanza, y nos movilice a la misión. ¡Feliz Pascua!
“No tengan miedo”
El miedo es un sentimiento de angustia por un riesgo o daño real o imaginario. El miedo nos paraliza y bloquea. No somos capaces de superarlo si no desaparece la amenaza que tenemos delante. Cuando sentimos miedo, regresamos un poco a nuestra propia infancia, reviviendo situaciones en las que nos sentíamos indefensos ante situaciones que no éramos capaces de manejar o frente a las cuales nos sentíamos impotentes. Pero la única manera de superar el miedo es también recurriendo a las experiencias propias de la infancia: recordando momentos en los que nos hemos sentido acompañados, apoyados, respaldados, afirmados por alguien que nos inspiraba seguridad.
Recuerdo una historia que me contó alguna vez el Padre Luis Carlos Herrera: “Viajando de Lima a Río de Janeiro una noche de junio, se desató de improviso una tempestad entre las nubes densas del Mato grosso. Temblaba como una hoja el gigantesco aparato, en medio de fogonazos y relámpagos que causaban revuelo y nerviosismo entre todos los pasajeros. Yo leía El Relato de un Náufrago de García Márquez. Permanecí tranquilo en un primero momento, pero no fui capaz de seguir la lectura... Una niña, a mi lado, leía con pasmosa serenidad, recostada en su silla. Ni siquiera se ajustó el cinturón. Al arreciar la tormenta, le dijo la azafata: «¡Ponte el cinturón! ¿No te das cuenta del peligro en el que estamos en estos momentos?» La niña cerró el libro y dijo con tono sosegado: «Papá es el piloto. ¡Tranquila, señora, que él maneja muy bien!» Recordé las palabras de Jesús en la tormenta del lago: «¡Hombres de poca fe!» Al llegar a Río, al amanecer, no hubo ningún contratiempo. Bajamos apresurados la escalerilla... y vimos el abrazo y el beso de felicitación que la niña daba a su padre. Emocionados aplaudimos el hecho”.
“Pasado el día de reposo, cuando ya amanecía, el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron al sepulcro. De pronto hubo un fuerte temblor de tierra porque un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose al sepulcro, quitó la piedra que lo tapaba y se sentó sobre ella. El ángel brillaba como un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve. Al verlo, los soldados temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel dijo a las mujeres: – No tengan miedo. Yo sé que están buscando a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, sino que ha resucitado. Como dijo. Vengan a ver el lugar donde lo pusieron. Vayan pronto y digan a los discípulos: ‘Ha resucitado, y va a ir a Galilea antes que ustedes; allí lo verán’. Esto es lo que tenía que decirles.
Mientras las mujeres abandonaban rápidamente el sepulcro, llenas de miedo, pero con mucha alegría por la noticia que habían acabado de recibir, se encontraron con el Resucitado, que les dijo casi lo mismo: “– No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allá me verán”. Tal vez este sea el mensaje más importante que nos trae la Pascua: “No tengan miedo”. No se dejen vencer por las dudas, por la desconfianza, por el temor. Jesús se hará presente en su vida ordinaria, en la cotidianidad de Galilea. Jesús estará junto a nosotros en el trabajo, en la vida de familia, en el encuentro con la misión. Las situaciones que vivimos, muchas veces nos pueden llenar de miedo, pero la presencia del resucitado nos invita a confiar en su presencia constante. No podemos olvidar nunca que «Papá es el piloto y él maneja muy bien».
MISTERIO DE ESPERANZA
Creer en el
Resucitado es resistirnos a aceptar que nuestra vida es solo un pequeño
paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús, resucitado por
Dios, intuimos, deseamos y creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera
plenitud el anhelo de vida, de justicia y de paz que se encierra en el corazón
de la humanidad y en la creación entera.
Creer en el
Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas contra el hecho de que esa
inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo ha conocido en esta vida
miseria, humillación y sufrimientos, quede olvidada para siempre.
Creer en el
Resucitado es confiar en una vida en la que ya no habrá pobreza ni dolor, nadie
estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que vienen
en pateras llegar a su verdadera patria. Creer en el Resucitado es acercarnos
con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, discapacitados
físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión, cansadas de vivir y de
luchar. Un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las
palabras del Padre: «Entra para siempre en el gozo de tu Señor».
Creer en el
Resucitado es no resignarnos a que Dios sea para siempre un «Dios oculto» del
que no podamos conocer su mirada, su ternura y sus abrazos. Lo encontraremos
encarnado para siempre gloriosamente en Jesús.
Creer en el
Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y
dichoso no se perderán en el vacío. Un día feliz, los últimos serán los
primeros y las prostitutas nos precederán en el reino.
Creer en el
Resucitado es saber que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha
podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo
alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor
o a lo que hemos renunciado por amor.
Creer en el
Resucitado es esperar que las horas alegres y las experiencias amargas, las
«huellas» que hemos dejado en las personas y en las cosas, lo que hemos
construido con amor, quedará transfigurado. Ya no conoceremos la amistad que
termina, la fiesta que se acaba ni la despedida que entristece. Dios será todo
en todos.
Creer en el
Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el
libro del Apocalipsis pone en labios de Dios: «Yo soy el origen y el final de
todo. Al que tenga sed, yo le daré gratis del manantial del agua de la vida».
Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas, porque todo eso
habrá pasado.
NO HAY ARGUMENTOS PARA LA
RESURRECCIÓN
Estamos ante el
misterio más profundo de nuestra religión, imposible de desvelar a través de
conceptos. Es una osadía intentar explicarlo, sabiendo de antemano que la tarea
es imposible. Lo más que puedo hacer es ayudaros a evitar errores.
Los relatos de
apariciones de los evangelios pueden ser una trampa en la que, con gran
facilidad caemos. No hablar de hechos reales, porque nada de lo que acontece
puede llevar al sobrenatural. Lo que puedo ver no puede llevarme a lo
trascendente.
Hoy la exégesis
explica cómo debemos entender esos relatos. Nunca intentan decirnos que lo que
vieron fue lo que cambió su visión de Jesús, al contrario, todos los textos nos
quieren llevar a la vivencia interna que es donde descubrirás la Realidad.
Jesús había
alcanzado la VIDA antes de morir. Y él fue consciente de ello. Él era el agua
viva, dice a la Samaritana; Él había nacido del Espíritu, como pidió a
Nicodemo; Él vive por el Padre; Él es la resurrección y la Vida. Ya en ese
momento cuando habla con sus interlocutores, está en posesión de la verdadera
Vida.
Salgamos de la
trampa de entender la resurrección como la reanimación de un cadáver. Un
instante después de la muerte, el cuerpo no es más que estiércol. La muerte
devuelve al cuerpo al universo de la materia de una manera irreversible.
Jesús resucitó antes
de morir, porque hizo suya la misma Vida de Dios mientras vivía esta vida
biológica. Debo descubrir que estoy llamado a esa misma Vida. No tengo que
esperar nada. Todo lo que necesito está dentro de mí y no me faltará nunca. Ni
creencias ni ritos ni conducta moral pueden suplir esta actitud vital que se me
exige.
A la Samaritana: el
agua que yo le daré se convertirá en un surtidor que salta hasta la Vida
eterna. A Nicodemo: Hay que nacer de nuevo; lo que nace de la carne es carne,
lo que nace del espíritu es Espíritu. También: El Padre vive y yo vivo por el
Padre, del mismo modo el que me asimile, vivirá por mí. Yo soy la resurrección
y la Vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. Jesús no habla del más
allá, sino en presente.
La liturgia de
Pascua no está diciendo que, en cada uno de nosotros, hay zonas muertas que
tenemos que resucitar. Debemos preocuparnos por la vida biológica, pero no
olvidemos la verdadera Vida. Tenemos que estar muriendo todos los días y al
mismo tiempo pasando de la muerte a la Vida. Si al celebrar la resurrección de
Jesús no experimentamos una nueva Vida, es que nuestra celebración ha sido
folclore.
La experiencia
pascual de sus inmediatos seguidores consistió en darse cuenta de esta Vida de
Jesús, descubriéndola en ellos mismos. Es inútil tratar de descubrir a Jesús
resucitado y viviendo, si antes no descubrimos en nosotros esa misma Vida.
Esa toma de
conciencia no puede llegar a través de explicaciones o argumentos teológicos.
La razón no puede tener arte ni parte en este proceso. Para lo que nos puede
servir la inteligencia es para superar los errores que nos impiden descubrirla.
En la medida que
haga mía esa Vida, estoy garantizando mi resurrección. Por olvidar una cosa tan
obvia, la religión nos ha metido en un enredo. Nadie me tiene que dar nada
porque lo tengo todo. Descubrirlo y vivirlo es cosa mía. Si me dejo llevar por
la corriente, nada conseguiré y el hedonismo me arrastrará en sus olas.
No te preocupes de
lo que va a ser de ti cuando te mueras. Lo importante es vivir aquí y ahora esa
VIDA. Todo lo que no sea trabajar en esa dirección será perder el tiempo. Solo
permanecerá lo que en esta vida despliegue desde mi ser profundo.
Para profundizar
Cómo puede resucitar el que está vivo.
Jesús no estuvo muerto ni un instante.
Cambiemos el concepto de esa VIDA
Y cambiará la idea de la Pascua.
No hay sombra en un objeto si no le da la luz.
Podemos vivir en la sombra sin descubrir la luz.
Podemos vivir en la luz, sabiendo que la sombra está a la
vuelta.
No podemos separar la muerte de la Vida,
Pero podemos olvidarnos de una de ellas.
No hay que pasar la muerte para vivir la Vida
Como nos han contado tantas veces.
La Vida es ya mi ámbito, aunque no la descubra.
La pascua no es un tiempo, es un estado,
En el que todos permanecemos siempre.
Muerte y resurrección caminan de la mano
Y nunca pueden separarse del todo.
Jesús había resucitado antes de muerto,
Pero no lo pudieron sospechar sus seguidores.
La experiencia pascual obró el milagro
Y fue una bendición para nosotros.
Gracias a ellos sabemos que está vivo
Y que esa misma Vida está en nosotros.
Si solo nos fijamos en él, seguimos muertos.
La Pascua atañe a cada uno en lo más hondo.
No hay nada que esperar cuando lo tienes todo.
Busca dentro de ti lo que celebras,
y todo cambiará radicalmente.